— Yuuji, siéntate un momento, por favor.

— Estoy bien así, gracias.

Itadori sabía que había sido grosero con el sacerdote, pero la ansiedad que estaba viviendo en esos momentos le impedía ser incluso respetuoso con un desconocido.

Se encontraban en su habitación; era de tarde, el sol golpeando los ventanales de su balcón. Itadori se hallaba de pie o mejor dicho, dando vueltas por todo el cuarto como un león enjaulado, prácticamente desesperado por salir de allí. El sacerdote se encontraba sentado en una silla de madera al otro lado del cuarto, las piernas cruzadas y las manos descansando sobre su falda, el rostro impertérrito. Sus padres, a su lado, sin embargo, distaban mucho de hallarse tan tranquilos como el cura.

E Itadori tampoco podía echarles en cara la expresión contrariada y preocupada que ambos expresaban. Incluso había maltratado a su madre más temprano aquel día, no iba a suponer que no se hallaban molestos…

Y es que estaba harto, cansado, exasperado; habían pasado dos semanas desde que aquel sacerdote se había metido en su casa, en su vida, en su intimidad y con ello, el inicio de todos sus problemas. Lo que había iniciado con pequeñas charlas que no llegaban demasiado lejos no sólo porque Itadori no se sentía en confianza y no quería soltar lo poco que sabía sino porque entendía la mitad de las cosas que le preguntaba aquel sujeto, ya había escalado un poco más lejos aquellos últimos días en donde el insomnio y la ansiedad habían alcanzado un nivel insoportable para Itadori.

Le había dado ejercicios para realizar; insólitamente, cuando Itadori se había negado e incluso había pensado en no realizarlos en cuanto el sacerdote se fuera de la casa y lo dejara en paz, se había topado con la desagradable noticia de que debía hacerlos junto a sus padres. En otras circunstancias aquello no debería haber suscitado ningún problema; después de todo, la ejercitación consistía solamente en leer algunos pasajes de la biblia, nada más.

¿Quién iba a suponer que algo tan inocente podría llevarlo al borde de la demencia?

No sabía si era el libro que el mismo Getou les había proporcionado con los capítulos y pasajes marcados, si se trataba de las palabras que su madre recitaba casi de memoria o si era la actividad en sí, pero conforme los días pasaban y aquello se había vuelto costumbre, Itadori había aprendido a aborrecer aquello. La molestia se transformó en dolor de cabeza, el zumbido en sus oídos se había instalado de nuevo y cada día Itadori se volvía más insufrible, situación que empeoraba y detonaba cuando su madre lo obligaba a escuchar y leer aquello junto a ella.

Y a eso, tenía que sumarle otro hecho escabroso y determinante de su insanía: el sacerdote les había prohibido expresamente que lo dejaran salir de la casa.

Contrario a lo que sus padres podían llegar a creer, Getou les había explicado que el problema mayor radicaba en no encontrar al causante de todo aquello, el cual se encontraba fuera de la casa. Había intentado por todos los medios sonsacarle a Itadori un nombre, una ubicación, lo que fuera, pero no había tenido caso; por ese motivo, al no tener una pista firme del sujeto que en teoría el cura estaba buscando, había decidido atraerlo hacia él, encerrándolo.

O eso era lo que ya comenzaba a pensar Itadori, porque lejos de mejorar su situación cada vez empeoraba más, y ya no se trataba de la ansiedad tonta y manejable que había sufrido tiempo atrás. Aquello era literalmente insoportable. Al zumbido y el insomnio se le habían sumado poco tiempo después la ansiedad y el dolor de cabeza, y hacía tres o cuatro días, la inapetencia y una comezón extraña que le obligaba a rascarse insistentemente los brazos y el cuello, tal y como si de una alergia persistente e intensa se trataran.

Ese mismo día, después de que Itadori le gritara a su madre que ya estaba harto de aquellas estupideces, de que quería salir de allí y de que su padre viese las heridas que él mismo se estaba infringiendo al rascarse violentamente, habían vuelto a llamar a Getou, quien se había hecho presente un par de horas después.

Sólo para seguir arruinándole la existencia.

Satoru había tenido razón en temerle, aquel sujeto era malvado. No le importaba en lo más mínimo la condición deplorable a la que estaba llevando su cuerpo y su mente con tal de llegar a él.

Si ese era el caso, podía hacerse a la idea de que con él no iba a obtener absolutamente nada que lo condujera a Satoru.

— Hijo, por favor, deja de lastimarte.

La voz de su madre lo hizo volver a la realidad. Frunció el ceño cuando un haz de luz se filtró entre las cortinas, el dolor de cabeza más fuerte que nunca. Se alejó de la ventana y en ese momento, notó que había estado rascándose el antebrazo izquierdo mientras elucubraba contra el sacerdote.

— Ah, lo siento.

— ¿Cuánto tiempo hace que te molesta la luz del sol?

El tono suave y condescendiente de Getou sacó de sus casillas a Itadori. Allí, cómodamente sentado sonriéndole sin ningún rastro de preocupación real en su mirada mientras sus padres morían de la ansiedad a su lado y competían por Itadori a ver quién iba a volverse loco primero...viéndolo allí, despreocupado e incluso divertido con su sufrimiento, Itadori le deseó el mal. Y no era sólo cuestión de ansiar que algo malo le sucediera, sino que le apetecía hacérselo él mismo. Dañarlo, lastimarlo, infringirle cualquier daño que le borrara esa sonrisa de suficiencia y lo sacara de su casa para siempre.

Si tan sólo sus padres no estuviesen presentes…

Itadori jadeó, asustado.

Se había acercado unos cuantos pasos a la posición donde se encontraba Getou, el cual no había cambiado su semblante mientras él se había aproximado sin percatarse de aquello. Por primera vez en todos aquellos días, el sentimiento que lo embargó en ese momento había sido el miedo y no la ira. Se percató de que había estado dispuesto a hacerle daño a otra persona intencionalmente, incluso a asesinarla. ¿Desde cuándo se había vuelto tan violento, incapaz de controlar incluso sus propios pensamientos? Lo había deseado, joder.

¿Era acaso el siguiente paso de su insanía?

Retrocedió uno, dos pasos hacia la cama. Chocó contra el borde del colchón y se dejó caer, sentándose pesadamente, derrotado y afligido a partes iguales. Por el rabillo del ojo divisó a su madre acercándose a él, otro movimiento a su lado deteniéndola.

— Pero…

— Déjelo, por favor. Es normal, no se preocupe.— la voz del cura seguía generándole ira, pero con el susto que acababa de darse consigo mismo le restó importancia a sus palabras.— ¿Podrían dejarnos a solas un momento?

— No.

La negativa salió de los labios de Itadori casi como si no hubiese sido él quien la hubiese dicho. Presionó los labios con fuerza y por primera vez en varios minutos, miró a su madre. La pobre mujer estaba al borde de las lágrimas, detenida por su padre en su intento por acercarse a él, el brazo de Getou estirado en su dirección también impidiéndoselo.

— Mamá, no me dejes a solas con él.

El temor que había sentido antes se intensificó cuando Getou se incorporó de su asiento cuan alto era; con paso tranquilo, se acercó a su madre y posó una mano en su hombro, apenas presionando en un intento por llamar la atención de la mujer.

— Pueden esperar aquí fuera si tienen dudas, pero debo hablar con él a solas. Por favor.

Su madre lo miró y en ese momento, Itadori vio la duda y el mismo miedo que él estaba sufriendo pero por motivos diferentes. Derrotado, el muchacho supo que había perdido cuando su padre le susurró algo a Getou y arrastró a su madre hacia afuera del cuarto, sus ojos sin despegarse de Itadori.

El silencio que siguió al sonido de la puerta cerrándose tras su padre fue tenebroso. Incómodo, ansioso, enojado y temeroso, Itadori se trepó a su cama en un afán por alejarse de aquel hombre que había dado varios pasos hacia su posición.

Ya no sonreía y ahora sí, Itadori podía percibir cierto fastidio en su mirada.

— Siéntete libre de hablar conmigo, Yuuji. Es creo la primera vez que podemos conversar tú y yo a solas.

— No tengo nada que decir, Padre.

— Entonces, permíteme hacerte una pregunta. Es una sola y no te pondrá en aprietos. Él no se enterará.

Al mencionarlo indirectamente, Itadori sufrió un pequeño colapso al percibir el peligro en sus palabras. Iba a empezar con ese interrogatorio otra vez, buscando algún tipo de dato para llegar hasta Satoru...no podía ser que iba a pasar por esa tortura otra vez en aquel estado, débil y completamente agotado…

— ¿Qué fue lo que te dijo para que accedieras a darle tu sangre?¿Te dijo que no podía evitarlo, que la utilizaba con fines científicos...o que era por una enfermedad? Me genera curiosidad saber con qué logró convencerte.

Itadori se quedó sin habla, y sin respiración.

Jamás había mencionado que le daba su sangre a Satoru, ni siquiera indirectamente. Getou tampoco lo había dado a entender ni se lo había cuestionado antes, era la primera vez que sacaba aquel tema sin rodeos. ¿Cómo…?

Y sobre todo…¿Cómo sabía lo que le había dicho?

La expresión consternada de su rostro probablemente alertó a Getou en que había dado en el blanco. Con paso tranquilo se acercó a su posición y se sentó ahora en el borde de la cama, a escasos centímetros suyo. Anonadado por lo que acababa de oír, Itadori ni siquiera atinó a retirarse, su cerebro en blanco.

— Oh, no te preocupes. No le he dicho nada a tus padres al respecto con la esperanza de que esto no llegue a mayores.

— ¿A qué...a qué se refiere?

— Responde a mi pregunta primero, y te contaré el resto. Yuuji, yo sé que me ves como tu enemigo, lo entiendo. No puedes evitarlo, no eres tú, es él.

Ahora sí, Itadori se apartó de Getou hasta el borde contrario de la cama, incorporándose. Se alejó de él y comenzó a caminar en círculos, casi histérico.

— Desde que usted llegó me siento mucho peor. Es su culpa.

— Te sientes peor porque no lo has visto. Es adictivo, lo sé. Estás desesperado por salir de aquí e ir a verlo, ¿verdad? Incluso, podría permitirte salir de aquí para que me guíes hacia donde se encuentra y así terminar con esto.

— Lo sabía, es lo único que le importa. Me advirtió quién era usted.

Getou le sonrió nuevamente y una pequeña risilla escapó de sus labios, alterando todavía más a Itadori.

— ¿Él te lo advirtió, de veras? Vamos, con qué cara...es peor que yo en muchos aspectos y todavía se atreve.

Itadori dio un paso más hacia atrás, chocando finalmente con la pared opuesta. En el silencio que siguió, mientras Getou aún lo observaba desde la cama con aquella sonrisa tranquila, Itadori comprendió dos grandes hechos. El primero era que él mismo se había delatado al estar con la guardia baja, había nombrado a Satoru casi directamente al admitir que en efecto, existía.

El segundo hecho y más importante aún, era que Getou parecía conocer a Satoru.

— ¿Usted…?

— ¿Si lo conozco? En efecto, hace años. Muchos años te diría, tantos que creo que el primer recuerdo que tengo de él es de cuando yo aún no sabía caminar. Por eso sé de lo que es capaz, ya lo he visto. Es ingenioso, pero viejo. Y el Diablo sabe más por viejo que por Diablo, Yuuji.

Itadori comenzó a dudar.

Pero no de Getou, sino de Satoru.

¿Por qué no le había dicho que en efecto se conocían, que el sujeto que en teoría lo llamaba peligroso en realidad era un viejo conocido? ¿Por qué Getou parecía conocer tanto sobre él, por qué estaba tan seguro de lo que decía...y por qué Itadori le creía?

Tragó saliva, relajando los músculos por primera vez en días, el dolor de cabeza matándolo.

— Me...me dijo que...sufría de una enfermedad. Que era la única manera de combatir los síntomas, yo...parecía...tan convincente…

— Lo es, claro que sí. Lo primero que debe hacer es ganarse tu confianza, sino ¿cómo va a lograr que le des su sangre voluntariamente?

Getou se incorporó y rodeó la cama, caminando hacia él. Un poco temeroso, Itadori intentó retroceder sin lograrlo, la pared tras su espalda. El sacerdote se detuvo a escasos centímetros apoyando ambas manos en sus hombros.

— Yuuji, no te sientas culpable ni tonto por haberle creído. No son sólo sus palabras convincentes y su personalidad atrayente, es el poder que esconde y que no te ha enseñado porque sabe.— las manos de Getou presionaron sus hombros, sus cejas arqueándose.— que en el momento en el que lo conozcas del todo, vas a salir corriendo. Y él no puede permitirse eso, no contigo.

— ¿Qué...qué significa eso?

— Yuuji, con una mano en el corazón, respóndete seriamente a tí mismo. ¿Qué ser humano necesita beber sangre directamente de la vena de una persona para vivir?

Itadori parpadeó estudiando su mirada mientras sentía sus rodillas temblando.

Claro que lo sabía. Eso no existía. Itadori sabía que Satoru no era humano, siempre lo había sabido, incluso era el primer pensamiento que había tenido con anterioridad cada vez que recuperaba la memoria al verlo. Sabía que existían personas que sí necesitaban transfusiones sanguíneas para seguir viviendo, pero no así. Satoru bebía su sangre, tal y como Getou acababa de decírselo.

— Ese hombre no sólo no es humano, Yuuji, es una bestia. Salvaje y peligrosa, y en estos momentos debe sentirse acorralada. ¿Cuántos días hace que no se alimenta de ti? Debe estar desesperado. Es increíble que no haya intentado asesinarme todavía para llegar hasta ti.

— Si…

Itadori carraspeó, apenado por lo que iba a decir.

— Si lo que usted dice es cierto...puede buscar a alguien más, no me necesita a mi.— horrorizado, se sintió decepcionado por la conclusión a la que acababa de llegar. Si Satoru sólo quería su sangre, y no a él...

— No, él te quiere a ti. Cuando te digo que lo conozco, es porque sé cómo actúa. En otras ocasiones no ha tenido problema alguno en buscar otras víctimas, incluso asesinarlas para obtener lo que quiere. Pero en éste caso es diferente.

En ese momento, el muchacho sintió un leve temblor en las manos del sacerdote, su mirada volviéndose más intensa.

— Eres especial para él. Es increíble, pero no hay caso parecido al tuyo en las cercanías. No ha bebido de nadie más, no ha asesinado a ninguna persona. Debe estar hambriento, famélico, pero aún así te está esperando a ti, Yuuji. Eso me lleva a otra pregunta que me gustaría contestaras con total sinceridad.

— ¿Qué...qué es?

Getou pareció dudar antes de que sus labios se separaran nuevamente, cierta incomodidad en sus ojos.

— ¿Has mantenido relaciones sexuales con él?

Itadori sintió el calor ascendiendo por su cuello hacia su rostro, sus mejillas completamente sonrojadas. Esquivó la mirada de Getou mientras volvía a ponerse nervioso otra vez, jugando con sus propios dedos.

— Que no te dé vergüenza admitirlo. No estoy aquí para juzgarte, sino para ayudarte.

— Yo...tengo, ah...lagunas mentales.— Getou no lo interrumpió ni agregó nada más, por lo que Itadori prosiguió.— Hay cosas que no recuerdo muy bien, pero...sé que sí. Que...que estuve con él.

— ¿Fueron muchas veces? .— incómodo, Itadori se removió intentando liberarse de su agarre, sin éxito.— Yuuji, es importante.

— Sí, no lo sé. Tal vez. Ya se lo dije, hay partes, muchas partes que no recuerdo bien.

— En alguno de esos pocos recuerdos que tienes…¿te ha mostrado alguna otra forma?

— ¿Otra...otra forma?¿A qué se refiere?

— Yuuji, no te asustes, pero ¿has visto alguna especie de bestia sobre ti, una criatura que no se parecía en nada a él?

— No, no. De eso estoy seguro.

— Bien.

En ese momento, al fin, Getou lo soltó.

— ¿Qué significa eso?

— Le gustas, no sólo por tu sangre. Tienes la mala suerte de que le atraes a varios niveles. No creo que semejante criatura sea capaz de sentir amor...pero bueno, lo que siente por ti se le acerca.

— Escuche, Padre.

— Te escucho atentamente.

Itadori sabía que con lo que iba a decir a continuación, Getou iba a terminar de confirmar que se había vuelto loco del todo, ya sea por lo que sea que Satoru le hubiese hecho como por el mismo encierro y las sesiones terroríficas con la biblia. Tomó aire y aguardó a que su mente se tranquilizara un poco, el zumbido cediendo por momentos.

— Lo quiero, y soy yo el que hablo, no lo que...lo que sea que me hizo.— a medida que hablaba, Itadori ganaba seguridad al ver que Getou no intentaba contradecirlo.— Él...no me ha hecho daño. Pudo haberlo hecho, ¿verdad? Yo sé que usted piensa que lo que me ha hecho es espantoso, pero...no quiero que piense que estoy loco, pero yo no lo veo así. Y si…— tomó aire nuevamente, envalentonado.— Y si es necesario que yo me sacrifique para que nadie más salga lastimado, lo haré. Lo haré por él.

Juntó sus labios y tragó saliva, aliviado y en parte un poco asustado por lo que acababa de exteriorizar. Getou se limitó a observarlo sin agregar nada a su discurso; luego, levantó una de sus manos y acarició su cabeza, la preocupación reflejada en sus ojos.

— Eres demasiado bueno, Yuuji. Es muy probable que un corazón noble como el tuyo haya caído presa voluntariamente de un depredador como él. No dudo de que, pese a todo lo que él provoca en ti de manera fantasiosa, te hayas enamorado de su persona. Los humanos somos así, tontos por naturaleza.

— Pero…

Pero.— interrumpió Getou.— Eso no significa que tengas que hacer ningún sacrificio. Pensé que...bueno, realmente creí que era sólo su encantamiento, pero si albergas esos sentimientos por él, será más difícil combatirlo.

— Usted quiere asesinarlo, ¿no es así?

La pregunta había salido en un murmullo contenido, las palabras atascadas en el nudo de su garganta. Ante el silencio del sacerdote, Itadori se aferró a sus ropas oscuras, zarandeándolo suavemente presa de la ansiedad.

— Sea sincero conmigo como yo lo fui con usted.—finalmente, las lágrimas enturbiaron su visión, agachando la mirada.

— Si él...si él realmente siente algo por ti más allá de la necesidad de alimento...se irá.

— ¿Qué?

Getou suspiró y se alejó de Itadori sentándose en el borde de la cama otra vez; en esa ocasión, invitó al muchacho a tomar asiento a su lado con la palma de su mano sobre las frazadas mientras escarbaba en uno de sus bolsillos. Agotado como se encontraba y ya harto de estar a la defensiva, el muchacho prácticamente se arrastró a su lado, dejándose caer sobre el colchón.

— Considerando ésta situación en particular, Satoru tiene dos posibilidades contigo.

Desde su posición, recostado, Itadori desvió su mirada del techo hacia el sacerdote, sus manos apoyadas sobre la cama inclinado hacia atrás, sonriéndole. Claro que sabía su nombre, si lo conocía.

— Le atraes de forma adictiva como él te atrae a ti, pero a diferencia tuya, Yuuji, él no puede permitirse tener semejante debilidad. Eres su talón de Aquiles. Lo sabes, él lo sabe y lo más importante, sabe que yo lo sé. Pierde la compostura y baja la guardia cuando está a tu alrededor porque se siente seguro, cómodo. Incluso te ha permitido conocer el lugar donde descansa de día, ¿no es cierto?

— ...Sí, así es.— Itadori respondió con desconfianza de nuevo ante la posibilidad de que aquello fuese una trampa.

— Seguramente él ya no se encuentra allí por ese motivo. No te preocupes por él, claro está que debe tener varios escondites.

— No quiero que le pase nada.— soltó Itadori de repente, inclinando el cuerpo hacia Getou. Frunció el ceño cuando el dolor de cabeza se volvió más fuerte al punto en el que le costaba enfocarlo.

— Eso depende de él. Como te he dicho, tiene dos caminos contigo. Uno es beber de ti, alimentarse hasta saciarse y consumirte hasta matarte. Con eso eliminaría la amenaza que representas para él, una debilidad menos. Dime, ¿cuántas veces por semana lo has visto? ¿Una, dos, tal vez tres?

Itadori lo miró con expresión sorprendida y un tanto contrariada. Getou enarcó las cejas, confuso.

— ¿Dije algo malo? Lamento si te incomodé…

— La última semana que estuve con él, sé que lo vi todos los días.— el silencio incómodo que siguió logró que Itadori se apoyara en sus codos, incorporándose a medias.— ¿Qué sucede?

— Es un milagro que estés vivo. Le cuesta mucho contenerse y esperar cuando se trata de ti, Yuuji. Es como un niño con una bolsa de golosinas...pero...Yuuji, necesito que contestes una última pregunta, tal vez la más importante de todas.

— Dígame.

— ¿Satoru te ha propuesto una vida juntos, ha mencionado la palabra eternidad contigo?

— ...no lo recuerdo. Como le dije, tengo recuerdos fragmentados.

— Ya veo. Bueno, en ésta nueva situación desesperada puede que lo haga. Yuuji, es muy importante que te niegues. Sé que es muy difícil, pero no te entregues apenas te proponga cualquier cosa.

— ¿Qué querría de mí?

Getou guardó silencio; sus ojos se desviaron hacia el ventanal del balcón, los últimos rayos rojizos del sol anunciando el crepúsculo inminente.

— Convertirte en alguien como él. Por la naturaleza egoísta que poseen, es raro que estas criaturas accedan a eso. Sin embargo, como tú mismo has expresado, contigo es diferente. Esa es la otra posibilidad, Yuuji. Es decir...va a matarte, o va a convertirte en alguien como él, y yo no puedo permitir que ninguna de las dos situaciones suceda.

En ese momento, Itadori oyó un sonido metálico suave proveniente de Getou. Finalmente, el hombre volteó hacia él y se agachó casi hasta su altura; sus manos se acercaron a su rostro y por un momento Itadori pensó que iba a sostenerle la cara, pero su objetivo era pasar una cadena por su cabeza. Al mirar, la cadena tenía un dije bastante macizo con un símbolo extraño y un tanto complicado, algo similar a una cruz.

— Lo único que voy a pedirte, es que nunca te saques esto. Por nada del mundo, Yuuji, no lo hagas, ni aunque él te lo pida de rodillas. Si ve que no puede tenerte de ninguna de las dos formas que él desea, se marchará porque ya no tendrá nada que lo ate a éste lugar.

— Y usted lo perseguirá, ¿no es así?

— No tengo tanto tiempo libre. En realidad, es casi casualidad que yo haya llegado aquí. Como yo, hay muchas otras personas que se dedican a rastrear criaturas como él...y como él, hay otros, Yuuji. No creas que es el único de su especie, desgraciadamente no sólo hay más, sino más antiguos y peligrosos.

Itadori tomó entre sus dedos el dije haciéndolo girar a contraluz mientras Getou hablaba. Progresivamente, el dolor de cabeza comenzó a disminuir y el zumbido se sintió cada vez más lejano, casi al punto de oírlo como si estuviese en otra habitación, fuera de la casa, en la calle. Por primera vez en días, Itadori suspiró un poco aliviado, cerrando los párpados pesados por el agotamiento.

— Si lo quieres como dices, Yuuji...no te saques ese pendiente. No le des la oportunidad de acercarse, ¿está bien?

— No lo haré.

— Bien. Entonces, me retiro antes de que te quedes dormido. Volveré mañana. Igualmente, quedan dos aprendices míos vigilando fuera de tu casa, sólo por si acaso.

— ...está...está bien…

El muchacho quería decirle que no valía la pena, que como todos esos días Satoru no había dado señales de vida aquella noche no sería la excepción. Sin embargo, se encontraba tan agotado que apenas y podía articular palabras; lo único que sintió fue la mano suave de Getou sobre su frente, la caricia reconfortante antes de que el hombre se levantara de la cama y caminara silenciosamente hacia la salida de su cuarto. Luego oyó voces amortiguadas, creyó que también el llanto de su madre…

...y nada más.

En la posición en la que se había lanzado a la cama mientras hablaba con el sacerdote se había quedado profundamente dormido. Nadie más había ingresado a la habitación o Itadori no los había oído realmente.

Sin embargo, Itadori se despertó con la sensación de que alguien estaba observándolo.

Le costó bastante inclinarse hacia un costado, amodorrado por el sueño; se estiró y observó la habitación. Probablemente su madre había dejado un candelabro con varias velas encendidas que estaban a medio consumir, por lo que no era tan tarde en la noche.

En el interior del cuarto no había nadie.

Se incorporó pesadamente y se dirigió al balcón. Al apartar las cortinas y asomarse contra el vidrio, tampoco vio nada que le llamara la atención. Frunciendo el ceño, soltó las cortinas y se dispuso a seguir durmiendo pese a que el sueño comenzaba disiparse de su mente…

"Yuuji…"