"Yuuji."

Itadori jadeó, sorprendido y afectado en grado sumo al oír aquella voz que durante días y semanas se había evaporado de su mente. Con cierta desesperación la notó débil, lejana, casi como si Satoru estuviese tan apartado de su ubicación que el sonido apenas y llegaba a su mente.

Recordó repentinamente la conversación que había tenido con Getou aquella tarde, todo lo que involucraba a Satoru y lo peligroso que era; sin embargo, parte del temor que había sentido se disipó con el alivio de oírlo, de saberlo allí con él aunque no estuviese de cuerpo presente.

Y la tentación había sido más grande, mucho más fuerte que el raciocinio.

— ¿Señor?

Itadori murmuró aquello sintiéndose mal de la cabeza a muchos niveles estando en la soledad de su habitación. Sabía que le estaba hablando a la misma nada, pero aún así tenía la esperanza de que…

De repente, un sonido similar a un sollozo, a un quejido lastimero y doloroso se dejó oír en su mente, alterándolo. Itadori tardó varios segundos en comprender que Satoru parecía estar sufriendo de algún calvario tan grande que incluso él lo oía en su cabeza...recordó que Getou le había advertido que Satoru parecía no haberse alimentado de nadie más durante aquellos días, y acostumbrado como estaba a las facilidades que le brindaba Itadori...no le extrañaría que los síntomas que el otro le había dicho intentaba evitar al beber su sangre hubiesen vuelto con toda su fuerza, atormentándolo.

— ¿Dónde...dónde se encuentra…?

"Yuuji, por favor, te necesito, sal de allí ahora mismo...no puedo entrar."

De nuevo, aquel sonido estrangulado. Parecía que Satoru incluso tenía dificultades para respirar e hilvanar una frase entera sin esfuerzo, lo cual afectó a Itadori. Nunca lo había oído así, tan afectado físicamente por su ausencia...si accedía a su llamado, si iba hacia donde se encontrara…¿moriría?

¿Estaba dispuesto a arriesgarse, ahora que sabía que la posibilidad de morir en sus manos era grande?

Sin responder a su llamado, Itadori sintió que por alguna razón su tiempo se agotaba. Su respiración se volvió irregular al igual que los latidos de su corazón, más veloces y potentes repiqueteando contra su pecho; tragó saliva intentando vencer la obstrucción de su garganta producto de los nervios, de la indecisión.

Si elegía ir adonde fuera que Satoru lo estuviese llamando y la desgracia se cerniera sobre él, la verdadera naturaleza del hombre al que creía amar saliendo finalmente a la superficie…¿sería una muerte rápida, indolora...o por el contrario…?

"Por favor...no resisto más…"

La voz estaba prácticamente suplicando por él. Itadori tomó su cabeza con ambas manos al borde del colapso, pensamientos fatalistas atravesando su mente a toda velocidad. Las advertencias de Getou, sus propios sentimientos y el dolor de Satoru se entremezclaron en una madeja imposible de desarmar, confundiéndolo aún más.

Hasta que la verdadera pregunta que no se había formulado hasta ese momento surgió clara en su mente, sus verdaderas dos posibilidades.

¿Morir...o dejarlo morir?

Getou estaba convencido de que si Satoru comprobaba que Itadori ya no podía pertenecerle, se marcharía hacia nuevas tierras en busca de otras chances de supervivencia. Sin embargo, para Itadori aquello no estaba muy claro. Si no se había alimentado de nadie más, si había estado soportando aquella tortura sólo por él…¿cómo podía esperar que en otro lado le fuese mejor? Y la sola idea de saberlo hambriento y en la necesidad de matar para sobrevivir lejos de horrorizarlo, le partía el corazón.

Decidiendo rápido, Itadori tomó una chaqueta y caminó raudamente hacia la puerta. Antes de abrirla, se percató de que no era tan tarde y sus padres podrían estar despiertos; ansioso, también recordó que Getou le había dicho antes de partir que había apostado gente para vigilarlo, sabedor de que aquello podría suceder en cualquier momento.

Si no podía salir por la puerta...sólo quedaba el balcón.

Inseguro, se acercó a los ventanales y separó las cortinas, abriendo el postigo. Asomó la cabeza por el borde de piedra y comprobó que la altura no le permitiría sobrevivir si se lanzaba desde allí. Escudriñó en la oscuridad sin encontrar ningún salvataje que le permitiera bajar progresivamente hasta la parte posterior de la casa sin hacer mucho ruido…

Otra vez, como una letanía triste y ansiosa, en su mente se dejó oír aquel jadeo desesperado. Acorralado por la ansiedad y el sufrimiento de Satoru, Itadori ni siquiera supo en qué momento había tomado sus sábanas, las había amarrado entre sí y convertido en una soga de tela que había atado a la pata de la cama, impulsándose fuera de la casa con ella. La cama se resintió por el peso y se movió, chirriando contra el piso y chocando contra el ventanal, deteniéndose allí.

Para cuando sus padres se alertaran del sonido, ya sería demasiado tarde.

Con ímpetu renovado, Itadori saltó la valla que unía el jardín trasero con el del vecino comenzando a correr por un camino alterno, oscuro y un tanto tenebroso. El objetivo era alejarse de allí, pero ¿hacia dónde debía ir? Getou le había dejado claro que Satoru probablemente ya no se encontraba en la casona, temeroso de ser descubierto en su debilidad…

Entonces, ¿adónde debía ir?

Desorientado por la niebla que ya se había levantado por completo, Itadori terminó en el inicio de un rosedal que conocía parcialmente. Cansado de correr, se recargó en un árbol mientras regularizaba su respiración, ansioso y temeroso de lo que pudiese suceder. Sus ojos estudiaban su entorno a través del espeso manto blanco que se proyectaba a su alrededor. No podía ver con claridad más allá de los tres o cuatro metros, pero el silencio era revelador.

No era de madrugada todavía a juzgar por la posición de la luna en el cielo, pero la luz tenue de las farolas y la ausencia de voces y del sonido de los carros le indicaron a Itadori que ya era bastante entrada la noche.

Un poco más tranquilo, pensó en la locura que acababa de cometer pese a todas las advertencias que había recibido; en un intento de despejarse, caminó hacia el interior del jardín público lleno de caminos, árboles y plantas florecidas. Nunca se había internado demasiado porque era amplio y un tanto laberíntico. Entre la niebla y los arbustos, estaba seguro de que si seguía adentrándose cada vez después iba a ser una odisea salir de allí sin perderse…

Itadori detuvo sus pasos bruscamente cuando oyó el sonido de una rama quebrándose demasiado cerca de su posición. No oyó el revoloteo de alas, el chillido de ninguna alimaña. El silencio volvió a cubrirlo todo mientras Itadori volteaba en un intento vano por distinguir algo en la cercanía, su mirada elevada hacia los árboles…

Jadeó sorpresivamente cuando los brazos largos lo rodearon por detrás apresándolo en un abrazo casi asfixiante; tardó varios segundos en reconocer su presencia, su perfume. Aliviado pero también ansioso, Itadori giró dentro del abrazo para encarar a Satoru. El hombre se cernía sobre él, la espalda encorvada, su cuerpo levemente tembloroso. Con intranquilidad Itadori tomó el rostro ajeno entre sus manos, pálido y ojeroso. No llevaba la venda colocada...y sus ojos de aquel color imposible se habían transformado en dos orbes carmesí, intensos y profundos.

Hambrientos.

— Yuuji...cuánto te he extrañado…

— ¿Está...está bien…?

Itadori sabía la respuesta a su estúpida pregunta, pero aún así se sorprendió cuando el otro se aferró a su cuerpo bruscamente, buscando sus labios en forma desesperada. Confundido y abrumado por sus propias emociones, Itadori tardó en hallar el ritmo de sus labios desenfrenados. Se aferró al cuello de su camisa cuando creyó caer hacia atrás, pero era sólo Satoru empujándolo contra uno de los arbustos, sus manos ansiosas introduciéndose debajo de su piel mientras el muchacho percibía con cierta inquietud aquellos colmillos creciendo en su boca, raspando sus labios, su lengua sin que el beso se detuviera…

Hasta que Satoru lo detuvo abruptamente, su rostro separándose de él en forma tan repentina que por un momento mareó a Itadori; un poco contrariado, se percató de que el rostro de Satoru apuntaba hacia otra dirección, sus ojos penetrando en la niebla y detectando algo o alguien que a Itadori obviamente se le escapaban por completo.

— Yuuji, ¿te han seguido hasta aquí?

Su tono de voz profundo estaba cargado de ansiedad, pero no dejaba de ser dulzón y cantarín. Itadori frunció el ceño ante su pregunta...nadie lo había seguido desde el patio trasero de su casa pero, enajenado como se encontraba por la situación, no se había detenido para cerciorarse de que no ocurriese en su carrera hasta allí.

De imprevisto lo recordó. Rodó los ojos y bufó, fastidiado al percatarse de que muy probablemente las personas que Getou había dejado a cargo hubiesen detectado su fuga nocturna.

— Getou me lo había dicho...lo olvidé, no pensé que…

Un silbido por parte de Satoru seguido de una risa corta interrumpieron a Itadori.

— Vaya...Suguru sigue siendo tan precavido como siempre.

Lejos de parecer contrariado, Satoru parecía divertido con la situación, casi como si aquello se tratase de un simple juego. Lentamente, deslizó sus manos por la espalda de Itadori mientras lo encaraba otra vez, la intensidad de su mirada carmesí aturdiendo al muchacho.

— Espérame aquí, ya vuelvo.

— ¿Qué...qué va a hacer?

Para cuando Itadori logró encontrar su voz, Satoru ya se había alejado dos, tres metros de su posición, la túnica oscura ondulando a sus pies. Al oír su tono inseguro, el hombre más alto se limitó a detenerse por escasos segundos y voltear apenas hacia él, sonriéndole. Los colmillos estaban expuestos, más alargados y afilados que nunca. No había duda ni ira en su rostro, sino complacencia.

—No quiero que nos interrumpan. No te preocupes, estaré bien.—Satoru amplió su sonrisa con expresión despreocupada volteando otra vez, prosiguiendo la marcha.— Ah, me olvidaba.

La niebla ya lo cubría parcialmente; Itadori entrecerró los ojos intentando distinguirlo mientras se alejaba, ansioso y temeroso de lo que iba a ocurrir.

— Hazme un favor, y quítate ese collar horroroso que te dio Suguru. Me repele cuando me acerco a ti.

Y con eso, literalmente...desapareció.

Itadori agudizó el oído con la esperanza de captar algún sonido. No sabía a qué distancia se hallaban las personas que Getou había mandado a vigilarlo ni tampoco si se hallaban ya dentro de aquel jardín vasto en donde Itadori se había internado...pero más allá de aquellos sujetos, Satoru se había esfumado. Itadori había oído sus pasos y visto su silueta desdibujandose detrás de la niebla que los rodeaba pero, de un momento a otro, literalmente había dejado de oírlo y verlo, tal y como si no se hubiese encontrado nunca allí en primer lugar.

A lo lejos, captó un sonido sordo. ¿Un golpe?

Un quejido.

Un grito. Una risa.

Y el silencio.

Tragó saliva, aún apoyado en el arbusto donde Satoru lo había dejado segundos atrás. Su corazón latía con fuerza en su pecho, el desasosiego y la preocupación ascendiendo por su garganta, una mano invisible presionándola cada vez más fuerte.

¿...qué había sido aquello?

Itadori era ingenuo, pero no estúpido.

Cuando Satoru le había dicho restándole importancia que no iban a interrumpirlos...bueno, ya podía hacerse una idea de lo que hablaba. Nervioso, volvió a distinguir su silueta en la distancia. Era imposible que no lo hubiese notado antes, estaba demasiado cerca para no haberlo escuchado acercándose…

— ¿Mmh?¿Yuuji?¿Aún no te la has quitado?

¿Qué?

— La cadena que traes. Quítatela.

Su voz sonaba tranquila, pero firme. Itadori estudió su rostro breves segundos antes de que sus ojos se desviaran a su mano elevada en el aire, los dedos y el dorso cubiertas de sangre. Mientras Satoru lo observaba con ambas cejas arqueadas en expresión confundida, acercó su mano a sus labios, la lengua saliendo a su encuentro. Hipnotizado por el espectáculo, Itadori fue testigo de como Satoru limpió la sangre casi por completo, lamiendo.

— ¿Yuuji?

— ¿Para qué quiere que me la quite?

— ¿Para qué? Te mostraré para qué.

A una velocidad inhumana, el hombre más alto se aproximó a Itadori; no sonreía y la expresión de su rostro denotaba hastío. En ese momento, al tenerlo tan cerca de su rostro, Itadori comprobó que sus ojos adquirían progresivamente aquel color semejante al cielo despejado que tanto le gustaba. Satoru se inclinó despacio hacia él, la mano aproximándose.

Tomó la cadena en su mano, el dije entre sus largos dedos blancos. El efecto fue instantáneo. Con horror, Itadori vio como la piel de Satoru se quemaba, ampollas pequeñas y algunas no tanto surgiendo de su piel, extendiéndose por el dorso de su mano; espantado, Itadori apartó su mano de la cadena mientras las comisuras de aquellos labios se elevaban sutilmente en una sonrisa divertida.

— Por esto. Me lastima si hace contacto conmigo. Sólo fíjate...en la cantidad de artilugios que ha usado para apartarte de mi, Yuuji.

Su tono se volvió más suave, casi un murmullo acongojado. Mientras lo oía, Itadori volvió a mirar la mano antes quemada por la cadena. Rápidamente, las ampollas se reabsorbían y desaparecían ante sus ojos asombrados.

— Quítatela, Yuuji. Por favor.

— ¿Qué...qué hará si me la quito?

De repente, Satoru pareció perder la paciencia. Itadori lo vio en su mirada cargada de ira, en su mandíbula presionada fuertemente, las venas de su rostro marcándose repentinamente.

No puedo tocarte. Recién cuando lo hice casi ardo al no darme cuenta que traías esa basura puesta. Te has dejado convencer por ese resentido hijo de puta, has permitido que te manipule así...Yuuji, ¿cómo pudiste permitir algo así?¿No te das cuenta que quiere separarnos, que me odia?

Su tono de voz furibundo y poco contenido cambió de repente, volviéndose melifluo y angustiado al mismo tiempo. Itadori no lo pensó dos veces y extendió sus manos hacia él; por reflejo, Satoru tomó sus manos...e Itadori vio como el contacto con su piel le quemaba, ni siquiera con la cadena…

— ¿Lo ves?

— ¿Por qué…?

Itadori no pudo terminar la frase sorprendido ante el acto de Satoru; aún viendo y seguramente sufriendo aquellas quemaduras ante el más mínimo contacto con Itadori, estaba aproximando su rostro al suyo con la intención de besarlo. En ese momento, el muchacho se percató de que probablemente antes también se había quemado al abrazarlo y besarlo. Alarmado con la idea de hacerle daño nuevamente, Itadori se apartó de él, retrocediendo todo lo que el arbusto a sus espaldas le permitió.

Satoru arqueó las cejas y luego frunció el ceño. Lejos de estar molesto por su actitud, parecía dolido por su rechazo.

— ¿Por qué me rechazas?.— procuró un nuevo acercamiento y en un acto reflejo, Itadori lo detuvo apoyando ambas manos en sus hombros, ganándose una mueca de dolor por parte del mayor.— ¿Yuuji?¿Ya no me amas?

— ¡Claro...Claro que sí!.— sus mejillas sonrojadas lo delataban más que sus palabras.

— ¿Entonces?

— Te estoy lastimando, no me toques, o…

Las manos de largos dedos rodearon las muñecas de Itadori en forma firme, sin presionar demasiado fuerte. En ese instante, los ojos desorbitados del muchacho fueron testigos del sutil vapor que surgía de la piel que había hecho contacto con él, chamuscándolo. Itadori intentó zafarse desesperado, sin éxito.

No me importa. Si no quieres quitarte esa cadenita que te regaló Suguru, está bien, no voy a obligarte.— el tono de su voz cambió sutilmente y un dejo de resentimiento y algo que Itadori reconoció como celos se filtró como veneno.— Si quieres lastimarme, tampoco me importa. Yo te quiero a ti, Yuuji...si debo pagar con dolor el precio por amarte, lo haré con gusto.

— No...no es necesario...yo…

Itadori se mentiría descaradamente a sí mismo si dijese que aquello no lo había conmovido. Luego de semanas enteras de sufrir los efectos de su ausencia, la desesperación de la incertidumbre al no saber si volvería a verlo y las advertencias que Getou le había hecho y que luego de lo que acababa de presenciar Itadori sabía eran reales...Itadori podía llegar a la firme conclusión de que no le importaban las consecuencias de sus actos.

Sobre todo porque lo afectaban pura y exclusivamente a él. Si amar a una criatura como Satoru significaba la muerte, Itadori la recibiría con los brazos abiertos.

Cuando sus manos tomaron la cadena y la deslizaron por su cuello, Itadori vio la mirada concentrada de Satoru sobre sus movimientos, completamente inmóvil. Embelesado, sus ojos seguían cada desplazamiento milimétrico del metal sobre su piel e Itadori tuvo la seguridad de que ni siquiera respiraba, sus labios entreabiertos, aquellos colmillos aún alargados asomándose…

La cadena finalmente salió sobre su cabeza, el dije descansando en la palma de su mano. Itadori recordó que Getou le había dicho horas atrás que no se quitara aquella cadena por nada del mundo, ni siquiera si Satoru se lo suplicaba. Bueno, no había tenido que llegar tan lejos. Había sido su propia elección arriesgarse…

...aún cuando el instinto le gritaba que probablemente aquello había sido un grave error.

Luego de unos segundos de calma, lo primero que Itadori sintió fue un cambio en su eje. De estar de pie, de repente estaba en el suelo, un gran peso aplastándolo completamente al punto de resultar asfixiante. Una mano fuerte jaló sus cabellos exponiendo su cuello, el cuero cabelludo lastimado por las garras que sin compasión lo habían raspado entero; Itadori jadeó por el dolor y por la sorpresa de sentir su ropa siendo desgarrada bruscamente, aquí y allá, los arañazos incluso llegando hasta su piel, marcándola. El peso sobre él era inmenso, tanto que le resultaba imposible creer que fuese Satoru quien…

Un gruñido se dejó oír al lado de su oreja derecha, dejándolo momentáneamente sin respiración. Aquel sonido gutural, aquel ronroneo violento y profundo no era humano, no surgía de la garganta de una persona; en la mente asustada del muchacho, el ruido tuvo la imagen mental compatible de una mandíbula fuerte adornada con decenas de dientes filosos listos para desgarrar cualquier cosa, las fauces de una bestia asesina incontrolable.

La mano que sostenía sus cabellos prácticamente lo levantó de su lugar y lo volteó rudamente, quedando boca abajo en un abrir y cerrar de ojos. De nuevo, aquel quejido tenebroso y amenazante se dejó oír en su nuca retumbando por su espalda, la criatura que producía el sonido apoyada sobre él. En el momento en el que Itadori quiso voltear bajo su propio riesgo para ver qué era lo que estaba sobre él, las garras potentes se lo impidieron sujetando su cabeza contra el suelo, su frente chocando de lleno contra el césped; pese a que podía mover los brazos, la fuerza aplastante de aquella cosa era demasiado superior a la suya. Todo intento de huida estaba completamente descartado, imposible de llevarse a cabo en esas condiciones.

Pero Itadori había buscado eso en el momento en el que vio el hambre y la necesidad profunda e íntima en la mirada de Satoru. Había sido testigo de la exasperación de su rostro, de la ansiedad mal disimulada cuando la cadena por fin había abandonado su cuerpo.

Por eso, ahora no podía quejarse cuando la tela de sus pantalones era desgarrada con rudeza, sus piernas separadas al igual que sus glúteos, completamente expuesto a aquella cosa que hacía unos segundos había sido Satoru, sus garras afiladas clavándose en su trasero, en sus caderas, las heridas ardiendo mientras algo grande, duro y húmedo hacía presión en su parte más íntima.

Con un quejido doloroso, el cuerpo de Itadori cedió al empuje insistente, un jadeo ahogado escapando de su garganta cuando sin previo aviso aquella cosa inmensa lo llenaba por completo, la mezcla de dolor y placer combinándose en su interior y en su mente. Itadori se aferró como pudo a las hierbas que crecían en el suelo cuando la bestia sobre su cuerpo comenzó a penetrarlo rudamente, su piel arañada, lastimada y sucia por la tierra frotándose contra las pequeñas piedras que por allí había.

Paradójicamente, sus piernas se separaron un poco más para acomodar el cuerpo de aquella cosa monstruosa que elevó sus caderas del suelo, las embestidas más profundas y certeras. Pronto, el dolor se esfumó e Itadori quedó envuelto en una nebulosa de placer que lo cegó completamente; vergonzosamente, se descubrió a sí mismo gimiendo y rogando por más, las garras enterrándose en su piel, la sangre fluyendo por los costados de su cuerpo y siendo absorbidas luego por la tierra seca.

Antes de lo que hubiese pensado, su cuerpo alcanzó la tan ansiada liberación, el placer consumándose en un orgasmo que logró marearlo en el suelo. De imprevisto, la bestia gruñó e Itadori percibió su peso sobre él nuevamente sin dejar de bombear en su interior con la misma fuerza que antes; oyendo la amenaza latente contra su oído, Itadori lo relacionó con un perro grande, muy grande a punto de atacar, de morder y desgarrar. Y así fue, su idea no había estado tan equivocada; las garradas jalaron de su cabello y expusieron el costado de su cuello, el dolor lacerante de dos colmillos perforando aquella piel sensible extendiéndose por sus hombros, el adormecimiento tan conocido siguiéndole después.

Y así, era imposible para Itadori afirmar cuánto tiempo había pasado. Minutos, horas enteras. Su cuerpo se debilitaba conforme los orgasmos se sucedían y aquella criatura consumía su sangre sin reparos, el mareo instalándose en forma permanente. Pese al deterioro evidente que estaba sufriendo, Itadori no sentía miedo ni dolor, solo placer que terminaba transformándose en cansancio.

En algún momento de la madrugada, su cuerpo colapsó e Itadori perdió el conocimiento. No supo realmente si habían sido sólo segundos, minutos u horas. Sólo recordaba que en algún momento había querido recobrar la conciencia sin mucho éxito; había oído la voz suave de Satoru pidiéndole algo, sus dedos separando sus labios para que Itadori bebiese algo caliente de gusto extraño, un líquido espeso que recorrió su lengua y su garganta antes de que sus labios volvieran a sellarse.

Si tenía que apostar dentro del sopor y la enajenación mental, Itadori podía delirar que aquello que le había prácticamente obligado a tragar había sido sangre.

Cuando sus párpados se abrieron nuevamente tiempo después, su situación había cambiado drásticamente.

Se encontraban en otro sitio.

La luz de la luna se filtraba por una ventana de cristales rotos, de vidrios sucios. Apenas distinguía algún detalle, las paredes altas, el techo aún más alto en aquel sitio desconocido; su cuerpo pesaba, pesaba muchísimo producto del agotamiento pero aún así no era necesario mover un solo músculo, su cuerpo envuelto por completo en una túnica negra, arrullado por unos brazos suaves, cariñosos. Las fuerzas no le daban para mantener los ojos abiertos pero aún así, su cuello dolorido por las heridas se estiró hacia atrás, su cabeza apoyada en el pecho firme y cálido.

Lo primero que sus ojos cansados detectaron fue la sonrisa. Las comisuras de los labios elevados, la ausencia de los colmillos asomándose. Luego, vio la venda negra sobre sus ojos, sus cabellos blancos despeinados sobre ella. Aunque Itadori no pudiese comprobarlo, sabía que estaba mirándolo fijamente sin emitir sonido alguno, sus brazos afianzando un poco más el abrazo mientras Itadori suspiraba suave, casi sin aire.

Su cuerpo realmente se sentía entumecido, dolorido, pesado. Su respiración era superficial, demasiado, casi como si Itadori estuviese dejando de respirar, las inhalaciones cada vez menos profundas y más espaciadas, su corazón latiendo cada vez más lentamente en su pecho…

Sin embargo, no temía. Se sentía a gusto entre sus brazos, satisfecho de la calma que había logrado darle. En algún momento, aquella mano de largos dedos se deslizó suavemente por su brazo desnudo bajo la túnica buscando su muñeca. Itadori no veía muy bien, pero vio heridas, sangre seca sobre su piel. Los dedos presionaron allí donde sabía pasaba una arteria bastante superficial.

— No sabes lo mucho que te amo, Yuuji.— el susurro de su voz era tan afectuoso que Itadori sintió sus palabras como una caricia cálida y reconfortante.— Tanto, que no puedo dejarte ir.

No había pena en su voz, sino cierta expectativa. Itadori tampoco quería marcharse de allí, no le importaba el estado en el que se encontraba, tampoco le importaba morir entre sus brazos. Comprendió finalmente, cuando su garganta no pudo formular ningún sonido para responderle, que efectivamente estaba perdiendo la vida lentamente.

Vaya, al final...Getou había tenido razón. Itadori siempre lo había sabido desde lo más profundo de su corazón. Satoru no era humano, y no sufría de ningún tipo de enfermedad. Era una criatura, una bestia que se alimentaba de la sangre humana para sobrevivir e Itadori había sido probablemente su víctima predilecta.

Tanto, que la había consumido hasta matarla.

Itadori sintió el momento exacto en el que su corazón dejó de latir. Lo supo porque ya no percibía su movimiento dentro de su pecho, porque tampoco percibía el latido palpitante en su cuello. El dolor lacerante de su cuerpo comenzó a ceder, a desaparecer rápidamente.

De repente, también dejó de respirar.

Sin embargo, aún seguía con vida.

No, no podía ser. Itadori abrió los ojos por completo, encontrándose en la misma situación. Envuelto por la túnica y los brazos ajenos, Itadori se percató de que no había dejado de respirar, sino que no necesitaba hacerlo. Flexionó los dedos de sus manos y comprobó que podía moverlos sin dificultad. Frunciendo el ceño, se animó a levantar el brazo, la túnica deslizándose a un lado.

No había dolor, sino una gran fortaleza recorriendo su cuerpo, apoderándose de cada músculo de su ser. La mano de Satoru entrelazó los dedos con la suya frente a sus ojos. Antes, los colores de sus pieles desentonaban. Ahora, el dorso de ambas manos presentaban una tonalidad un tanto pálida, las venas de Itadori marcándose un poco más que antes.

Por primera vez desde que su corazón había dejado de latir, Itadori jadeó, asombrado.

Recordó las palabras de Getou, su voz tan presente como si estuviese a su lado. Satoru tenía dos alternativas. Matarlo...o convertirlo en alguien como él.

— Ahora podremos estar juntos para siempre, Yuuji.

El susurro amoroso se dejó oír contra su oído, la bestia salvaje olvidada en el pasado. Itadori buscó sus labios, la felicidad embargándolo por completo al saber que, a diferencia de lo que el resto podía llegar a pensar, él era el elegido.

Satoru lo amaba y era por eso que había decidido convertirlo en su compañero para toda la eternidad.


Buenas, buenas!

Antes que nada, muchas gracias por acompañarme hasta aqui. Esta idea surgió de un fanart...y aquí estamos. Por lo pronto termina aquí, no se si le haré un epílogo o no luego.

De nuevo, muchas gracias por leer. Nos leemos pronto!