Bueno...aquí yo de nuevo xD De repente, me pareció una idea demasiado buena para no explotarla un poquito más, así que aquí vamos

Muchas gracias por todo su apoyo, aquí y en los otros fanfics


— ¿Tenías familia?

— ¿Disculpa? Lo siento, Yuuji, no te entendí.

— Que si...bueno, si tenías a alguien. Cuando eras humano, digo.

En la seguridad de la penumbra en la madrugada, Itadori se permitió un poco de tranquilidad mientras apoyaba la espalda en el tejado, sus ojos fijos en la casa de enfrente. En condiciones normales sabía perfectamente que jamás hubiese sido capaz de observar lo que sucedía en el interior de un hogar a través de una ventana a tan larga distancia, mucho menos oír lo que conversaban.

Y si bien una parte de su mente se sentía curiosa, la otra no quería escuchar lo que se desarrollaba dentro de lo que había sido el hogar donde había nacido y se había criado. El llanto quedo de su madre lo estaba poniendo bastante nervioso.

Aún así, siguió oyéndolo pese a que había formulado una pregunta aleatoria gobernado por la ansiedad del momento. Sus ojos se desviaron hacia un costado posándose en el perfil perfecto de Satoru, sentado a su lado. Aún con aquella venda puesta, Itadori supo que no estaba observándolo a él, tampoco a la casa. Su rostro estaba elevado al cielo estrellado y, por un momento, Itadori se preguntó si realmente lo había escuchado, al parecer absorto en sus pensamientos.

— No lo recuerdo.— soltó finalmente al cabo de unos minutos de silencio en los que Itadori se había resignado a no obtener respuesta.— Si...si hubieron tal o tales personas ya no están en mi memoria. Supongo que pasó demasiado tiempo, no lo sé.

— ¿No te molesta? No recordar.

No había tristeza, pero Itadori percibió un dejo de frustración y algo de nostalgia en la voz del vampiro. Un poco incómodo por haber escarbado en algo que quizás no era de su incumbencia, Itadori también desvió la mirada hacia la noche misma. El silencio nuevamente se prolongó entre ellos. Sus ojos ahora captaban detalles imposibles incluso en la penumbra más sólida, sus oídos los sonidos más ínfimos y su piel incluso lo que no alcanzaba a tocarlo. Suspiró cuando el brillo de las estrellas titilando en el firmamento le devolvió algo de la falsa paz que sentía en esos momentos.

Ya habían pasado unas semanas desde que se había unido a Satoru en lo que sabía era un viaje de ida. No se arrepentía, para nada. El sentimiento de amor y pertenencia seguían allí y aquello le había llevado cierto alivio a su alma atormentada por las dudas...pese a que Satoru le había dicho que una vez transformado ya no poseía una.

Satoru se equivocaba e Itadori lo sabía. Alguien como él...era imposible que no tuviese alma e Itadori se negaba a creer que él había perdido la suya.

El Padre Getou se había equivocado también...bueno, no tanto.

Bueno, no. Le había acertado, para qué iba a mentirse a sí mismo. Había sido evidente en su momento y ahora lo era más el hecho de que se habían conocido en un pasado que a Itadori se le escapaba completamente. Satoru era una criatura que se alimentaba de sangre humana e iba a recurrir a cualquier tipo de artilugio para conseguirlo, en eso había tenido toda la razón. Y...también en otras cosas.

— No puedo extrañar algo que no recuerdo, Yuuji. Seguro tuve padres. como tú. Quizás también tuve hijos, no lo sé.

— Eso es un poco triste.

Por primera vez, Satoru desvió la mirada hacia él. Itadori parpadeó e hizo lo mismo, ahora recostado sobre las tejas. La expresión del otro era seria pero no parecía molesto, sino que más bien sopesaba sus palabras.

— Lo que voy a decir va a sonar un poco feo, pero…— los labios del mayor temblaron débilmente, dudando. Su boca se cerró y al cabo de unos segundos suspiró.— Cuando pasa tanto tiempo, la tristeza deja de ser un sentimiento relevante. Aprendes a olvidar, a no extrañar, a ver morir a todo el mundo a tu alrededor. En ese sentido te vuelves un poco insensible, sí.

— Satoru, ¿cuántos años tienes?

Luego de varios minutos de aparente tensión, al fin, Satoru sonrió. Era esa sonrisa tan característica que ya le daba a entender a Itadori que en cualquier momento iba a empezar a jugar con él y, lejos de sentirse fastidiado, se relajó.

— ¿Realmente importa?

— Me da curiosidad.

— Mmh...veamos…

Satoru fingió concentración mientras miraba el cielo nuevamente. Itadori rodó los ojos y su mirada nuevamente se desvió hacia su casa. Ya no oía más el sollozo de su madre.

Pese a que habían pasado semanas desde su desaparición, aún seguía llorando la más que probable muerte de su único hijo.

— Si te digo que el número llega casi a los cuatro dígitos, ¿aún estarías conmigo, Yuuji? .— oyó la pregunta con ese tono travieso que Itadori ya conocía. Aún así, frunció el ceño, un poco confundido.

— ¿Cómo cuatro dígitos…? Espera…¡¿tienes mil años?!

— Eh...bueno, casi.

Nuevamente lo miró, sonriendo. Itadori se sentó bruscamente acercándose a él, incrédulo.

— Es mentira, nadie puede vivir tanto.

— Si te cuidas, sí. No sé si sentirme orgulloso, pero puedo asegurarte que somos muy pocos los que llegamos a ser tan viejos.

— ¿Muy pocos…? Espera, de nuevo.

— Despacio, Yuuji.

El aludido bufó mientras el otro soltaba una carcajada suave que se perdió detrás del aullido de un perro a lo lejos. Al oírlo, Satoru jadeó suavemente y formó una "o" con la boca fingiendo sorpresa, sus cejas arqueándose por debajo de la venda.

— ¿Qué sucede?

— Mira nada más.— la sonrisa volvió a expandirse por su rostro; cuando Satoru retiró la venda finalmente e Itadori vio sus ojos celestes volviéndose paulatinamente carmesí, supo que había algo más.— Qué sorprendente, no los había sentido antes.

— ¿De qué hablas?

— ¿Oíste eso?.— Satoru elevó un dedo delante de Itadori y pareció concentrarse sin que el más joven terminara de entender qué era lo que sucedía.— ¿Lo oíste?

— No, no escucho nada.— Satoru hizo un mohín de frustración, suspirando.

— Oh, bueno. Supongo que...bueno, te falta un poco de experiencia. No te preocupes, ya podrás oír cosas muy lejanas a tu posición. Hace un minuto sí escuchaste el aullido de un lobo, ¿no?

— ¿Un lobo?¿Hay lobos aquí?

— Lobos, no. Hombres lobo, sí.

Me estás jodiendo.— Satoru rió, pero el sonido no parecía divertido.

— No, no te estoy jodiendo ahora, pero podríamos

— Oye, sabes a lo que me estoy refiriendo.

Ahora sí, Satoru había estallado en carcajadas ante el rostro avergonzado de Itadori sin que le importase que alguien pudiese oírlo a esas horas de la madrugada. Mientras reía e Itadori bufaba molesto por la aparente confusión de palabras, otro aullido más cercano se dejó oír, cortando un poco la risa de Satoru.

— ¿Sabes? Lo único que extraño de tu otra forma era…

Satoru levantó la mano, el dorso de sus dedos rozando su mejilla. Itadori ahora sí veía cierta tristeza en su mirada carmesí, las pestañas adornando sus ojos.

— Bueno, eso y tu sangre. Era deliciosa.

— ¿Qué extrañabas?

El susurro surgió un tanto inseguro porque Itadori no sabía si en efecto quería conocer la respuesta. Aún así, fue el incentivo que Satoru pareció necesitar para acercarse un poco más a él, sus frente ahora contactando una con la otra.

— Siempre te sonrojabas cuando me veías. Mucho. Era adorable.

— Lo siento.— Satoru frunció el ceño separándose apenas.

— ¿Qué es lo que lamentas?

— Ya no poseer aquello que tanto te gustaba de mí.

Satoru volvió a aproximar sus rostros rozando la nariz de Itadori apenas en una caricia suave. Apenado por lo que acababa de decir, Itadori buscó los labios ajenos en un beso tímido, tranquilo. De repente, sintió los brazos de Satoru rodeándolo y atrayéndolo contra su pecho, ambos cayendo sutilmente cuando el mayor se sentó de nuevo y sirvió de soporte para Itadori, dejándose abrazar.

— Son detalles. Todo tu ser me fascina, Yuuji. No te lamentes por esas tonterías. Lamento haber sido yo el que haya despertado esos sentimientos.

— ¡N-No, está bien! Es mi culpa por ser tan inseguro.

— Descuida, cuando pasen un par de décadas se te pasará.

Aún le parecía irrisorio y un tanto imposible todo lo que había sucedido. No podía creer todavía que ahora era como Satoru y, aunque aún desconocía todo lo que conllevaba su nuevo estilo de vida, le resultaba como mínimo interesante y cautivador pese a que para Satoru le parecía un tanto aburrido.

Y claro, si ya tenía un milenio encima ya le aburría hasta existir.

— ¿Y todos estos años estuviste solo?

— ¿Te refieres a amistades o algo más?

— Lo que sea.

— Bueno, solo no. Tengo amigos a los que conocí y en los que puedo contar. Iremos a ver a uno de ellos, de hecho.

Itadori elevó el mentón desde el torso de Satoru para poder ver su rostro. En efecto, el mayor estaba mirándolo con una sonrisa tranquila, los cabellos blancos cosquilleando en el rostro de Itadori.

— ¿De verdad?

— De verdad.

— ¿Cuándo?

— En un par de meses, si todo sale bien.

— Es mucho tiempo.— Satoru volvió a reír, la alegría llegando a sus ojos que volvían a ser de aquel celeste imposible. Pese a que se estaba riendo de él, Itadori no pudo evitar sonreír ante el sonido que tanto le agradaba.

— Aún te parece mucho tiempo. Descuida, pasará en un suspiro.

— ¿Y pareja?¿Has tenido?.— la pregunta descolocó un poco a Satoru. Parpadeó y luego volvió a sonreír. Mientras una mano de largos dedos se posaba entre sus cabellos, Itadori volvió a ver un rastro de aquella extraña nostalgia en su mirada.

— No que recuerde aunque bueno, ya has visto que mi memoria...Espera, ¿Te acuerdas de Suguru?

— ¿El cura?

— Ajá.

— ¿Qué pasa con él?

— ¿Suguru te contó cómo nos conocimos? .— Itadori intentó hacer memoria, pero no recordaba algo parecido.

— No, no lo creo.

Bueno…

Satoru volvió a sonreír e Itadori distinguió un poco de culpa y algo de diversión en su expresión. Itadori entrecerró los ojos, confundido.

Ya tenía un mal presentimiento sobre aquello.

— ¿Qué?

— Yo...ah...maté a su padre cuando él apenas había nacido.— un sonido estrangulado surgió de la garganta de Itadori, incrédulo.— Fue hace poco...bueno, para ti no. Harán unas tres décadas, o algo así. Su padre se dedicaba a lo mismo que él, supongo que por eso ahora es lo que es.

— No me digas nada. Juró matarte por asesinar a su padre.

— Si...y no. En esa época yo me encontraba muy cómodo en aquella región. Mucho frío, siempre nublado, poca luz. Los humanos eran estúpidos, más de lo normal. Lo siento, lamento ese comentario.

— No importa, continúa.

— Como todos eran supersticiosos y eran comunidades aisladas en el medio de la misma nada, me pareció divertido no ocultar lo que en verdad soy. Nadie era tan valiente como para intentar exterminarme...bueno, salvo Suguru, por supuesto. Los años pasaron y tardé un poco en comprender que aquel muchacho era hijo de ese cura molesto. ¡Cuántos años habían pasado ya!

Satoru rió y detuvo el relato. Itadori se agitó entre sus brazos, moviéndolos a ambos.

— ¡Sigue!

— ¡Ya voy, espera que intento recordar los detalles! Eso habrá sucedido hace unos...no sé, diez o quince años. Suguru fue dispuesto a destruirme porque sabía donde me ocultaba. O eso creo que fue a hacer, no lo sé. Parecía tan valiente, tan decidido.

— ¿Y qué pasó? ¿Qué hizo?

Los ojos celestes se entrecerraron cuando la sonrisa desvergonzada se expandió por su rostro.

— Se enamoró de mí, por supuesto.

— Mentira.

— No, no lo es. Lamentablemente no. Fui testigo de la lucha que tuvo consigo mismo hasta que comprendió sus propios sentimientos. Se fue y volvió varias veces, siempre con el mismo resultado. No podía acercarse, no podía lastimarme aunque lo hiciera. Fue gracioso.

— No, no lo es.— Satoru arqueó las cejas ante sus palabras.— Es espantoso no poder controlarse.

— ¿Tan feo es?

—Sí.

— Oh. Bueno, lo siento, Yuuji. Sabía que la estabas pasando mal, pero no tan mal.

— Ya pasó. Continúa.

— Bueno. Suguru me habrá visitado unas diez veces en al menos tres o cuatro meses antes de que yo decidiera devolverle la cortesía.

— Ay, no.

Ay, sí. Ya había empezado el seminario, pero se las ingeniaba bastante bien para disimular los síntomas que tú tuviste hace poco. ¡No me mires así, Yuuji! Me haces sentir mal.

— ¿Realmente vas a…?Qué mentiroso eres, ¡como si te arrepintieras! No puedo creer que…

— Yuuji, está bien que tu sangre haya sido deliciosa, pero la de Suguru no está nada mal, eh.

Satoru jadeó cuando el golpe de puño impactó en su pecho, un ruido siniestro retumbando en su caja torácica.

— No te...olvides que ahora sí tienes fuerza, Yuuji…

— Me dijiste que tu corazón está seco, así que ese golpe no va a matarte. No finjas.

— Que...que celoso eres. Me gusta.

— Cállate. No estoy celoso.

— Tú sigues siendo más delicioso.

.

— Te alimentaste de él, ¿y?¿Qué sucedió?

— Bueno, Suguru no estaba tan enamorado de mí, después de todo.

— Lo sabía.

— Habrán pasado un par de años y pese a que lo tenía en la palma de mi mano, su mente ganó fuerza y se rebeló. Una pena, la verdad. Ahora que lo pienso, me dejé estar. Tendría que haberlo matado cuando tuve la oportunidad. Luego fue un poquito imposible porque Suguru sabía cómo lastimarme y ya no dudaba. Tuve que irme.

— Oh.

— Sí, una lástima.

— Y ahora te siguió hasta aquí.

— Sí, porque es un rencoroso.

— Satoru…

— Dime.

— Asesinaste a su padre y te alimentaste de él.

— Eso es vivir en el pasado.

Itadori se acomodó otra vez en el pecho de Satoru, su rostro parcialmente escondido en los pliegues de su camisa. Suspirando, guardó silencio pensando en sus padres, en sus amigos. ¿Qué habrán pensado Fushiguro y Kugisaki cuando se enteraron de su desaparición?¿Cómo habría sido el momento en el que su madre descubrió a la mañana siguiente que él no se encontraba en su cama? Itadori no se arrepentía de la decisión que había tomado porque de hecho se sentía feliz y completo junto a Satoru, pero eso no lograba sepultar del todo la culpa por el dolor y el daño que había dejado atrás, como un reguero de pólvora a su paso.

¿Él también olvidaría a su familia y amigos como lo había hecho Satoru?¿Cuánto tiempo…?

— No vayas por ahí.— Itadori alzó el rostro otra vez al oír el murmullo suave.

— ¿Aún puedes leerme la mente?

— No puedo leerte la mente, meterme sí, pero leerla no. Aún así, no es necesario. Eres un libro abierto, Yuuji.

— ¿Cuándo podré hacer esas cosas? Falta mucho, ¿no?

— Bueno...no sólo depende de la cantidad de años, sino de la cantidad de sangre que ingieras. Y el tipo, eso es súper importante también.

— ¿El tipo?

— Así es. No puedes mezclar sangre de animales y humanos, y entre los mismos humanos también hay distintas calidades.

— ¿La mía era de buena calidad?

— De la mejor.

— Satoru…

— ¿Sí?

— ¿Me enseñarás esas cosas?

— ¿Qué cosas, Yuuji?

— A elegir.

Luego de unos segundos de silencio, Satoru volvió a acariciar su cabello, su rostro. Para Itadori no era necesario aclarar que se refería al tipo de personas que debía buscar para...bueno, alimentarse. Hasta ese momento, si bien la cuestión aún le generaba un poco de escozor la había tenido bastante fácil; Satoru se había hecho cargo de todo, tal y como si él se tratara de un recién nacido, inútil y dependiente de los demás. Bueno, podía considerarse uno, de hecho.

El mayor había elegido a las personas que sin esfuerzo alguno había guiado hasta un lugar solitario, alejado de cualquier posibilidad de ayuda y…

Dios, Itadori aún recordaba la primera vez que Satoru le había indicado cómo, cuándo y dónde debía morder. Dominar la aparición de sus colmillos había sido todo un tema, pero más complicado había resultado detenerse a la hora de beber aquel líquido tan delicioso, tan tentador. Por supuesto, había terminado asesinando a la primera persona con la que habían probado. No había tenido oportunidad de sentirse culpable porque Satoru se había deshecho tan rápido de toda prueba y se había enfocado tanto en consolarlo y dándole la garantía de que en una segunda oportunidad podría controlarse mejor, que la mente de Itadori se enfocó en ello y poco tiempo después ni siquiera recordaba cómo había lucido aquel sujeto.

Por suerte, la segunda ocasión fue mucho mejor. Logró controlarse a tiempo pese a que una sensación de frustración se había instalado en su mente y en su estómago, persistiendo uno, dos, tres días hasta que él mismo había sido lo suficientemente insistente como para que Satoru terminara por decidir que quedarse en aquel lugar ya era un peligro. Ahora, Itadori comprendía que Satoru necesitaba más cantidad de sangre para mantenerse por los siglos que tenía encima y a él le costaba encontrar un equilibrio a la ansiedad por conseguir más, y más y más…

Por lo que habían terminado por alejarse de aquella zona, instalándose cerca del puerto.

Esa noche era especial, porque probablemente iba a ser una de las últimas donde Itadori pudiese apreciar su antigua casa, escuchar la voz de sus padres, la familiaridad del lugar. En ese sentido y en muchos otros, Satoru era muy permisivo con él. Itadori estaba seguro que de tratarse de otro, aquello habría sido imposible.

Le estaba regalando el último retazo de lo que aún lo conectaba con su antigua vida, pero ya iba siendo momento de decirle adiós.

— Por supuesto, Yuuji. Aunque bueno, ya eliges muy bien.

— ¿De verdad?

— ¡Claro! Mira, me elegiste a mí, ya con eso…

Itadori se ganó otro jadeo cuando golpeó con mayor fuerza el costado del torso de Satoru, otra vez el retumbar siniestro dejándose oír.

— Yuuji...estoy viejo, me rompo fácil.

— Ya.

— De verdad, tenme un poco de piedad…

— Antes mencionaste hombres lobo cerca de aquí, ¿es eso posible?

Al decir aquello e ignorar totalmente el intento de Satoru por un poco de compasión, la expresión fingidamente angustiada del mayor cambió radicalmente, la sonrisa volviendo a instalarse allí.

— Oh, sí. No sólo es posible, sino también muy conveniente.

— No sé a qué te refieres, pero me da mala espina.

— Vamos..

— ¿Eh?

Satoru se incorporó casi de un brinco dejando a Itadori sentado en las tejas, desorientado. Aún sonriendo y al parecer emocionado, estiró una mano para que Itadori la tomase. Aferrándose a él, se levantó del techo con más dudas que certezas; Satoru caminó tranquilamente por la esquina del tejado sin esfuerzo alguno, sin perder el equilibrio. Al llegar al borde del techo, puso un pie en el vacío, volteándose hacia él.

— Te los enseñaré. Sígueme, si es que puedes.

Con una última sonrisa, Satoru pisó la nada misma...y desapareció en la oscuridad. Suspirando y sintiéndose un poco nervioso porque todavía no dominaba bien aquello, Itadori lo siguió...o bueno, intentó seguirlo, también internándose en la penumbra luego de echar un último vistazo a su antigua casa, ahora con las luces de su cuarto apagadas.