El suelo cambió sutilmente de posición bajo sus pies y eso fue más que suficiente para que Itadori se dejara llevar, fingiendo una caída estrepitosa contra la pared que casualmente tenía una ventana cerrada, golpeándose contra ella.
— ¡Yuuji, ya basta! ¿Cuántas veces tengo que decirte que no te asomes? ¡Es de día! Ya estoy viejo para esto, no me hagas ir hasta allí.
— Lo hubieras pensado antes de hacerte cargo de mí. O intentarlo, porque mucho no lo estás consiguiendo.
— ¡Qué malo eres conmigo! Y yo que te quiero tanto…
Itadori sonrió y volteó al oír el tono falsamente lastimero de su voz. Satoru se encontraba literalmente desparramado sobre un sofá de cuero oscuro apenas vistiendo una camisa, sus piernas largas y blancas cruzadas sobre el apoyabrazos del mueble. Pese a su intento de angustia, Satoru le sonreía desde su posición a unos metros, la diversión llegándole a la mirada.
Aquel camarote era en verdad bastante lujoso. ¿Cuánto dinero había puesto Satoru en aquel viaje? Ni siquiera golpeaban la puerta, nadie sospechaba, nadie los molestaba durante el día.
— ¿Cuánto falta para que lleguemos?
— Santo Dios, Yuuji...ya me has preguntado eso como, no sé, cien veces. Ya falta poco.
— ¿Cuánto?
— Un par de días, como mucho.
— ¿De verdad?
— De verdad.
— Eso me dijiste hace un mes.— Satoru arqueó las cejas e intentó fingir indignación, pero la sonrisa volvió a asomarse.— Lo sabía.
— ¡Esta vez es verdad, lo juro! Cruzar el mar no es cosa de un día, Yuuji. Paciencia.
— Tengo hambre.
— Lo sé, yo también.
Frustrado y ansioso, Itadori se rindió. Se alejó de la ventana y casi arrastrando los pies, cruzó el camarote esquivando los muebles y llegando adonde se encontraba Satoru; éste apartó las piernas y le dio un lugar a Itadori, quien no dudó en zambullirse de lleno entre los almohadones mullidos, resoplando.
Hacía poco más de un mes que Satoru había decidido cruzar el mar en busca de...bueno, lo que él llamaba "nuevo ganado". Al parecer, se había cansado de la sangre de aquella zona de Europa e iban a otra aún peor.
Estados Unidos, creía que le había dicho. Allí, en algún lugar de aquel vasto territorio vivía el "amigo" que Satoru le había comentado a grandes rasgos sin entrar en demasiados detalles. Lo único que Itadori sabía y que a Satoru parecía hacerle cierta ilusión era que ese amiguito suyo tenía mucha más experiencia que él tratando con vampiros jóvenes como él y que seguramente sería de mucha ayuda en algunos aspectos que a Itadori le costaba dominar.
Había aceptado sin recelos subirse a aquel enorme barco al ver la emoción de Satoru y, tratando de seguir su consejo, no había intentado despedirse de nadie ni había mirado atrás cuando finalmente habían partido, enterrando el recuerdo de su antigua vida para siempre.
O al menos eso se decía a sí mismo, porque cuando no podía conciliar el sueño aún recordaba la sonrisa de su madre, las bromas de su padre, la mirada molesta y los regaños de Fushiguro.
¿Tan fácil iba a ser olvidar algo que lo había hecho feliz?
Convencido, se dijo a sí mismo que era más perjudicial para ellos que Itadori se mantuviera cerca. Sin embargo, luego de un mes de viaje su fuerza de voluntad y su paciencia ya flaqueaban, no sólo porque se sentía encerrado y aislado...sino porque en verdad tenía hambre.
Satoru era un hombre precavido, y lo era por dos. Había conseguido — Itadori no sabía en qué momento, porque prácticamente no se despegaba de él — embotellar la cantidad de sangre suficiente para que los dos pudiesen subsistir al menos dos o tres meses sin posibilidad de salir de allí. Satoru había sido claro y estricto al prohibirle cualquier tipo de intención dudosa con algún pasajero durante sus paseos nocturnos e Itadori había cumplido al pie de la letra.
Pero eso no significaba que luego de tantos días, aquella sangre que si bien lo alimentaba comenzara a saberle insípida incluso al punto de volverse asquerosa. Itadori no tenía hambre...en realidad deseaba beber sangre fresca, y ya a esas alturas quería atacar a cualquier humano que se le cruzara en el paso.
Por lo que Satoru había tenido que tomar la medida drástica de encerrarlo sin permitirle la salida siquiera por la puerta del camarote.
Y había tenido que suplir la sed de sangre por...algo más.
Además de precavido, Satoru le había dicho que era un hombre sacrificado. Itadori tenía profundas dudas acerca de aquello, pero no podía negar que lo había hecho todo.
Incluso encerrarse con él allí dentro y mantener relaciones sexuales día y noche.
¿Quién necesitaba dormir allí, si eran inmortales?
Recostado entre los almohadones, suspiró cuando percibió el suave aroma de la piel de Satoru cerca suyo, sus piernas de nuevo apoyadas ahora sobre él. Estiró una mano y apenas rozó la piel con la yema de sus dedos.
Le estaba dando aquella maldita ansiedad otra vez…¡¿de verdad no podía controlarse después de casi 6 meses?!
— Ven aquí.
El susurro había sonado como un ronroneo, sutil y cautivador. Itadori no dudó ni tuvo fuerzas mentales suficientes para siquiera pensar antes de ya estar sobre Satoru; éste recibió sus ansias con los brazos abiertos, sus labios hambrientos sobre los suyos en cuestión de segundos, sus manos colándose debajo de la camisa de seda, rasguñando…
— Sin morder, ¿de acuerdo?
— Mmmh…
Pese a que las palabras habían sido dichas en un tono condescendiente, Itadori se avergonzó de igual manera cuando Satoru lo volteó sin esfuerzo sobre el sofá, deshaciéndose de sus pantalones con una facilidad que aún pasmaba al otro. Aún recordaba el bochorno que había sufrido la primera vez que, enajenado mentalmente por la falta de sangre fresca, había mordido a Satoru como si se tratara de un humano. El mayor simplemente se había reído, pero Itadori casi se había desmayado de la vergüenza cuando algo que no era sangre se había filtrado desde el cuello blanco hacia su boca deslizándose por su lengua hacia su garganta, algo líquido, frío y amargo.
"Los restos de mi alma podrida", le había dicho Satoru entre risas mientras Itadori intentaba no vomitar.
Y pese a que había tenido más que suficiente la primera vez, lo había vuelto a hacer tres veces más.
No, si Itadori además de ansioso era idiota.
Satoru nunca se había quejado ni lo había regañado, más nunca le había explicado qué era aquello, siempre desviando el tema hacia derroteros menos peligrosos.
Que le volviera a hacer la advertencia cuando probablemente iba a terminar hincándole los dientes otra vez era…
Itadori gimió alto, fuerte y profundo cuando Satoru lo embistió sin previo aviso, sus piernas temblando alrededor de su cintura intentando sostenerse de su cuello cuando, lejos de permitirle acostumbrarse, comenzó a penetrarlo rápida y agresivamente. Percibió la respiración agitada, los gemidos roncos y graves del mayor sobre la piel de su cuello mientras el placer se extendía por cada centímetro de su cuerpo…
Con desesperación renovada, Itadori sintió sus colmillos alargarse dentro de su boca; presionó los labios en una línea fina, pálida, el filo rozando la mucosa, lastimándola…
— ¿Muchas ganas?
La voz agitada, el susurro poco contenido contra su oído puso peor a Itadori. Soltó un quejido mezcla de placer y frustración mientras intentaba no desgarrar la camisa del otro por la fuerza con la que lo estaba sujetando, ya al borde del llanto. Cuando una embestida particularmente certera lo obligó a gemir más alto, ya había llegado al límite de lo que podía controlar, sintiéndose decepcionado y enojado consigo mismo.
— Shh, oye...tranquilo, no pasa nada...no hagas eso.
Satoru sostuvo su brazo firmemente cuando Itadori intentó morderse la mano a sí mismo, su mentón temblando, las lágrimas amenazando con caer.
— No quiero...otra vez no…
— Yuuji, mírame.— Itadori intentó enfocar la mirada en la contraria y a duras penas lo consiguió.— Muérdeme si quieres, pero no te tragues nada, ¿está bien?
— No sé si...si podré…
— Inténtalo.
No necesitó que se lo repitiera dos veces. Lastimosamente, sus colmillos se estiraron aún más cuando Satoru le ofreció abiertamente su cuello. Itadori quiso ser sutil, pero un gemido entremezclado con un sollozo surgió ahogado entre sus labios cuando logró apretar y perforar la piel, la carne. Se limitó a enterrarlos esperando que el dolor pulsátil de sus colmillos se detuviera, sin succionar. El sólo placer de aquella acción combinado con las penetraciones lo llevaron a un orgasmo intenso, devastador. Oyó la respiración agitada de Satoru, su cuerpo aplastándolo y paulatinamente deteniendo sus embestidas; enajenado como estaba, tardó en percatarse de las caricias ajenas sobre su cabeza, su rostro.
— Yuuji, despacio...suelta. Abre, separa la mandíbula.
No podía, simplemente Itadori no podía soltar el cuello de Satoru. El alivio temporal se transformó de repente en ansiedad otra vez cuando se percató de que no podía abrir la boca, tal y como si sus músculos se hubiesen acalambrado con los colmillos incrustados.
— Respira profundo. No, inhala por la nariz...eso. Relaja el cuello. Ahora, relaja donde estoy tocando.
Los dedos de Satoru masajeaban suavemente los bordes de su mandíbula en movimientos circulares. Itadori tardó, pero logró relajar poco a poco aquellos músculos repentinamente agarrotados.
Y al final, logró abrir la boca, liberando el cuello de Satoru. Al mirarlo, notó las marcas grandes y horrendas que había dejado sobre la piel perfecta, colores oscuros arremolinándose alrededor de las heridas que él mismo había provocado...
Y estalló en llanto.
— Hey, tranquilo...no llores, Yuuji, ya pasó.
Itadori se aferró a Satoru, llorando y respirando con dificultad, su cuerpo temblando débilmente entre los brazos ajenos; era un estúpido, ¿cómo iba a poder controlarse, si aquello era cada vez peor? No tendría que haber sido tan caprichoso, lo había lastimado cuando…
— Yuuji, ya está, de verdad. No te aflijas tanto, es normal. Luego del año se vuelve mucho más fácil de aguantar, lo prometo.
— Te lastimé.— el sollozo casi impidió que se entendiera lo que había dicho.— Tú...me dejaste hacerlo, y yo...
— ¿Dónde me has lastimado?
Itadori bufó, consternado. Al menos aquella pregunta estúpida logró que dejara de llorar, saliendo del refugio provisorio en el que se había transformado el pecho de Satoru hasta ese momento.
¿Cómo que dónde lo…?
Sus ojos se posaron en su cuello, listo para señalar dónde había sido si es que realmente tenía alguna duda.
Allí no había nada, ni siquiera el indicio de alguna pequeña perforación, la piel perfecta y sin daño alguno.
— ¿Cómo…?
— Sólo fue un rasguño. Nada que no pueda sanar en un par de segundos. No has tragado nada, ¿verdad?
— N-No…¿por qué temes que lo haga?
Satoru suspiró y finalmente se incorporó, saliendo de su interior. De repente, Itadori sintió frío cuando el otro se alejó de él, pero rápidamente Satoru estiró los brazos en su dirección para que Itadori fuese hacia él nuevamente, acurrucándose.
— Porque es veneno. Para los humanos, nuestra sangre puede ser cautivante y beneficiosa siempre y cuando se ingiera en pequeñas cantidades. Para nosotros es tóxica y funciona como un mecanismo de defensa. Si pudiese alimentarte, créeme que no dudaría en hacerlo, pero sólo vas a enfermarte.
— Oh...bueno, igual lo siento. Me cuesta mucho resistirme.— la risa de Satoru se dejó sentir a través de su pecho, la vibración golpeando el oído de Itadori.
— Ya lo sé, soy irresistible. ¿Al menos te sientes mejor?
— Sí.
— Bien.
— ¿De verdad llegaremos en dos días?
— Sí, si. En verdad.
Por supuesto, Satoru había vuelto a mentir.
Los dos días habían sido en realidad dos semanas más. Si bien Itadori se había resignado a caer en las mentiras de Satoru aún siendo consciente de ellas, aquello no significaba que al final del día - o de la noche, en su caso - terminara furioso con el mayor, consigo mismo y con el mundo entero. La noche del desembarco habían alcanzado incluso el límite del acuerdo amistoso que habían establecido desde hacía una semana atrás cuando Itadori literalmente había querido derribar la puerta del camarote de una patada.
— Yuuji, ya podemos bajar. Espera, alto ahí.
Hacía más de dos días que no se dirigían la palabra, más por el enojo de Itadori que por la impaciencia de Satoru; cuando éste le había dicho aquello en tono suave y luego su voz había virado rápidamente a la advertencia Itadori bufó, otra vez a punto de arrancar a los golpes.
— Y ahora, qué.
Con las manos en jarra sobre las caderas, desafió a Satoru pese a la diferencia de alturas. El mayor bloqueaba la salida del camarote con su cuerpo apoyado en el marco de la puerta abierta y eso, para Itadori, era como la perdición misma. A través de la abertura que hacía días, semanas no veía, el aroma dulce, tentador e irresistible de la sangre se filtraba como pólvora explosiva hacia sus fosas nasales, saturándolo todo. Inseguro de su propia reacción luego de estar tanto tiempo separado de otros seres humanos, Itadori sostuvo ahora sus manos delante suyo, sus dedos temblorosos entrelazados.
Y no le pasó desapercibido que Satoru observaba y estudiaba cada uno de sus movimientos con una calma que lo ponía aún más nervioso.
— ¿Cómo...cómo puedes estar tan tranquilo?
La expresión un tanto severa de Satoru se distendió al oír el temblor en su voz. Chasqueando la lengua dio uno, dos pasos dentro del camarote y abrazó suavemente a Itadori; éste, impelido por la ansiedad que ya había escalado a puntos insospechados se aferró a su espalda y enterrando la nariz en la camisa ajena, intentó desintoxicarse de aquel aroma tan llamativo con la fragancia suave de Satoru.
— La única ventaja de ser tan viejo. Yuuji, cuando salgamos se va a poner mucho peor. El puerto está lleno de personas y tenemos que pasar por ellas para llegar al carruaje. Tienes que poder controlarte, es parte de tu aprendizaje.
— ¿Y si no puedo hacerlo? Tengo...tengo miedo de no poder.
— Vas a poder. Confío en ti.
Por supuesto, aquella confianza ciega depositada en Itadori empeoró la situación. Sin embargo, luego de varios minutos de meditación y control mental en el último corredor de aquel maldito barco, Itadori le vio el lado bueno a las cosas: estaba tan nervioso y concentrado en no decepcionar la confianza de Satoru, que sus ojos simplemente se desviaron de las personas a su alrededor y se posaron única y exclusivamente en el mayor, quien parecía tranquilo y en su salsa caminando distendido a su lado, sonriéndole y tomándolo suavemente del brazo para que no se perdiera entre el gentío asqueroso que los rodeaba.
Eso, y las mil y un conversaciones que apabullaban los oídos de Itadori transformándose en un zumbido que lo dejaba casi sordo.
— ¿Vamos bien?.— Satoru había susurrado aquello apenas inclinándose hacia él, pero Itadori había captado sus palabras con claridad absoluta.
— Sí.
— Excelente. Buen chico.
El pequeño apretón en su codo lo relajó bastante. Itadori también podía decir que se sentía orgulloso de haber soportado estoicamente el camino hacia el carruaje que ya se divisaba a la distancia, a unos metros. El conductor los aguardaba ya en su puesto y un hombre alto y elegante se apoyaba contra la puerta oscura, su mirada oculta tras el sombrero de copa que…
El aroma de aquel sujeto le llegó de manera eficaz y potente a la nariz, las alarmas disparándose en su cabeza. Su olor era completamente diferente al del resto del gentío, era...era…
— Sigue caminando, no te asustes. Ese.— Satoru apuró el paso empujando a Itadori, quien se había quedado paralizado en mitad de la nada. Con un dedo enguantado en cuero negro, Satoru señaló hacia el carruaje delante suyo.— es mi amigo. Nos está esperando, ¿a que es muy dulce de su parte?
— ¿Tu...tu amigo?
— Del que te había hablado, ¿lo recuerdas?
Itadori presionó su mandíbula tan fuerte que le fue incluso difícil asentir con la cabeza al llegar ya a un par de metros del carruaje. La escena que se desarrolló a continuación fue el detonante más destructivo que la mente de Itadori había sufrido hasta ese momento: de un momento a otro Satoru lo había soltado y prácticamente se había abalanzado sobre el tipo, su amigo. Se notaba que al otro sujeto no le gustaba para nada el contacto físico y había esquivado a Satoru a una velocidad claramente inhumana, porque el albino había seguido intentando capturarlo entre sus brazos.
Y aquel intercambio en apariencia amistoso le hacía hervir la sangre que no tenía.
— Ya basta, Gojo. Estás haciendo un espectáculo.
— Tú también, y todo porque no te dejas abrazar. ¡Tanto tiempo, Nanami! Qué tierno de tu parte venir a recibirnos, yo…
— No vine a recibirte a ti, no te confundas. Me habías dicho que traías a un neófito contigo. ¿Dónde está?
— Es él.
De repente, toda la atención estaba centrada en él. Itadori apenas había oído la conversación, su expresión seria y concentrada en el tal Nanami. Ahora que el sujeto lo había visualizado, Itadori tuvo un panorama más completo de su rostro cuando se sacó el sombrero y dio un paso hacia él. Si bien la expresión que llevaba era de sorpresa, Itadori captó la severidad en sus facciones. Aquel tipo seguro era un amargado, ya la veía venir.
— No...Gojo, tú…
— ¿Sí?
— ¿Tú lo obligaste a pasar entre las personas…?¿Cómo has hecho para que se contuviera así? Dime que no mataron a nadie a bordo.— Nanami susurraba aquello pero Itadori oía perfectamente lo que decía. Frunció el ceño cuando miró con malos ojos a Satoru, quien seguía sonriendo tranquilamente detrás.
— No me obligó, yo lo hice por mi cuenta. Y no, no necesitamos hacer ese tipo de cosas.
Mierda.
Itadori había sido agresivo, muy agresivo, tanto que Nanami se había volteado otra vez hacia él con las cejas arqueadas y la expresión más clara de indignación que Itadori había visto. Oyó a Satoru silbar y luego reír, sus pasos aproximándose a Nanami.
—Es joven, está en su etapa de rebeldía. Déjalo, ¿sí?.— Satoru apoyó una mano en el hombro de aquel tipo e Itadori perdió el poco control que estaba manteniendo a duras penas para no romperle la cara.
— ¿Por qué lo tocas?
— Yuuji, tranquilo, yo…
— Deja de hacerlo.
Pese a la muchedumbre y el ruido que generaba, un silencio incómodo se instaló entre los tres. Ambos adultos lo observaban con cierto aire de sorpresa y fastidio y quizás había sido eso lo que había logrado que Itadori tragara saliva y agachara la cabeza mientras soltaba el aire que había estado reteniendo.
¿En qué momento se había vuelto tan posesivo con Satoru?
— Lo siento, yo…
— En primer lugar, no te preocupes. Gojo está demasiado lejos de mis intereses, así que te lo regalo.
— ¡Oye!
— En segundo lugar, vas a bajar ese tono, niño. Conmigo, no. Él podrá ser muy condescendiente contigo, pero yo no te conozco. ¿Estamos claros?
— Sí. Estamos claros.
— Bien.
Nanami se aproximó a Itadori y éste tuvo el amago de retroceder. Viendo de reojo a Satoru, vio como éste negaba con la cabeza. Finalmente, a menos de un metro de distancia, Nanami extendió la mano hacia Itadori y éste no dudó en estrecharla.
Estaba más frío que su propia autoestima.
— Nanami Kento. Un placer, Itadori.
