DULCES BESOS


7| SOY DADO


21 de septiembre
10:23 p.m.

Registraron todo el día pero no encontraron las tablillas.

Cuando el cielo se ensombreció hacia el índigo, horadado por las estrellas brillantes, Naruto se rindió y montó una hoguera dentro del círculo de piedras para tener luz para realizar el ritual. Si lo peor ocurría esa noche, él necesitaría que ella supiera tanto como fuera posible sobre lo que habría de suceder. Y su mochila sería una ventaja añadida. Mientras excavaban en las ruinas, él le había dicho todo lo que había acontecido justamente antes de su secuestro.

Aunque con una incrédula ceja arqueada, ella había escuchado mientras él explicaba cómo había recibido una nota que lo convocaba a ir urgente al claro detrás del lago pequeño si deseaba conocer el nombre del Yakushi que había asesinado a su hermano.

Su tristeza haciéndolo arder en la fiebre de la venganza, él había vestido sus armas y se había apresurado a ir sin convocar a sus guardias; la sed por vengar la muerte de su hermano había pasado por encima de todo pensamiento inteligente.

Le contó cómo se había sentido extraño y cansado mientras corría a toda velocidad hacia el lago, y que ahora creía que en cierta forma había sido drogado. Le dijo cómo simplemente se había derrumbado fuera del bosque, a orillas del lago, cómo había sentido sus extremidades agarrotadas y sus ojos se habían cerrado como oprimidos por pesadas monedas de oro. Le dijo que había sentido que retiraban su armadura y sus armas, luego los símbolos siendo pintados en su pecho... después nada más hasta que ella lo había despertado.

Luego le dio cuenta de su familia, de su padre brillante y despeinado, de su querida ama de llaves y madre substituta, Kushina. Le contó sobre su joven sacerdote, cuya madre era una fastidiosa adivinadora de la suerte y solía perseguirlo incesantemente alrededor de la propiedad tratando de echarle un vistazo a su palma.

Había olvidado su pesar por un tiempo y le había regalado cuentos de su infancia con Menma. Cuando había hablado de su familia, la mirada escéptica de la muchacha se había suavizado un poco, y había escuchado con marcada fascinación, riéndose de las travesuras de Naruto y su hermano, sonriendo amablemente con los usuales altercados entre Minato y Kushina. Él dedujo por su expresión triste que, aún cuando su familia había estado viva, no había habido mucha risa y amor en su vida.

—¿No tienes ningún hermano o hermana, Hinata?— había preguntado él.

Ella había negado con la cabeza.

—Mi madre tuvo problemas de fertilidad y me tuvo a una edad avanzada. Después de que me tuvo a mí, los doctores dijeron que no podría tener más.

—¿Por qué no te has casado para tener tus propios niños?

Ella había cambiado de posición y había evitado su mirada.

—Nunca encontré al hombre correcto.

No, ella no había tenido mucho placer en su vida, y a él le gustaría tener la oportunidad para cambiar eso. Le gustaría hacer destellar sus ojos de felicidad.

Deseaba a Hinata Hyûga. Él quería ser su hombre correcto. Sólo su perfume mientras caminaba atrapaba cada pulgada de su atención. Él quería que ella se familiarizara tanto con su cuerpo y el placer que podría darle, que con una simple mirada le hiciera temblar de deseo. Quería pasar unas dos semanas, ininterrumpidas, en su dormitorio, explorando su pasión escondida, desatando el erotismo que hervía bajo su superficie.

Pero nunca sucedería, porque una vez que realizara el ritual y ella descubriera lo que era, y lo que le habría hecho a ella, tendría todas las razones para despreciarlo. A pesar de todo, no tenía otra elección.

Lanzando una mirada preocupada hacia el arco de la luna contra el cielo negro, él respiró a fondo, codiciosamente, el aire dulce de la noche Highland. El tiempo estaba casi sobre ellos.

—Déjalo ya, Hinata— llamó. Estaba emocionado porque la joven se rehusara a rendirse. Aunque pudiera pensar que estaba loco, ella todavía cavaba en las ruinas—. Ven a unirte a mí en las piedras— le hizo señas para llamar su atención.

Quería pasar lo que podría ser su última hora juntos cerca del fuego, sosteniéndola en sus brazos. Deseaba desnudarla de sus ropas y enterrarse dentro de ella, marcándose hondamente en su memoria en la hora que les quedaba, pero era tan probable como que las tablillas se materializaran repentinamente en sus manos.

—Pero no hemos encontrado las tablillas—. Ella giró hacia él, manchándose con polvo la mejilla cuando empujó su pelo hacia atrás.

—Es demasiado tarde ahora. El tiempo está casi sobre nosotros, y ese tubo de luz— él gesticuló hacia su linterna— no nos ayudará a ver lo que no está allí para ser encontrado. Era una esperanza vana y tonta pensar que hubieran sobrevivido intactas en la propiedad. Si no las hemos encontrado aún, entonces la siguiente hora no servirá de nada. Ven. Pásala conmigo— él le tendió los brazos.

Ella había dormido entre ellos la noche anterior, y él se había despertado teniendo la preciosa visión de su rostro, confiado e inocente en el reposo. Había besado sus labios llenos, exuberantes, y cuando se había despertado, sonrojada de sueño, con marcas de arrugas en su mejilla presionada contra su playera arrugada, él había sentido una acometida de ternura que no había sentido por una mujer antes.

La lujuria, siempre a punto de ebullición dentro de él cuando ella estaba cerca, había hervido a fuego lento en una más intensa y compleja sensación, y había reconocido ante sí mismo que si tuvieran más tiempo, podría enamorarse profundamente de ella.

No de sentir exclusivamente el dolor de desear mantenerla en la cama sin respirar, sino de desarrollar una emoción real y duradera, una pasión hecha en partes iguales de respeto y aprecio, el tipo de sentimiento que unía a un hombre y una mujer de por vida. Ella era todo lo que él deseaba en una mujer.

Hinata caminó pesadamente dentro del círculo, claramente renuente a rendirse cuando había aún una piedra sin voltear, otro rasgo que admiraba en ella.

—¿Por qué no me cuentas lo que tienes intención de hacer?—. Todo el día ella había tratado de persuadirlo, pero él se había rehusado a decirle más que buscaban siete tablillas de piedra inscritas con símbolos.

—Dije que te daría pruebas, y lo haré—. Una cantidad abrumadora, irrevocable de pruebas.

Las horas se habían hecho interminables mientras buscaban, aventando rocas y escombros, y su firme esperanza se había desvanecido con cada pedacito quebrado de cerámica, cada recuerdo de su clan muerto.

En una oportunidad la insignificancia de sus esfuerzos casi lo había abrumado, y él la había enviado al pueblo con una lista de artículos para conseguir un poco de tiempo para pensar sin distracciones. Durante su ausencia, había meditado en los símbolos, resolviendo cálculos complicados, y haciendo su mejor intento en los últimos tres, suposición que sería puesta a prueba en menos de una hora.

Él tenía como meta las dos semanas siguientes a la muerte de su hermano, más un día. Estaba casi seguro de estar en lo correcto y creía que sólo había una pequeña oportunidad de que lo peor ocurriera.

Y si lo peor ocurría, entonces la había preparado bien, y sólo necesitaba que ella recordara qué decir y hacer para restaurar su memoria completa, asociada a la versión pasada de sí mismo. Ese era el por qué él le había ordenado aprender de memoria el hechizo.

Ella había recogido varias jarras de agua, junto con linternas, café y comida, y se había sentado a su lado cerca del fuego, cruzada de piernas, limpiándose las manos con toallas humedecidas, emitiendo pequeños suspiros de placer mientras fregaba en su cara las almohadillas diminutas de su paquete.

Mientras ella se refrescaba, él despedazó las piedras que había recolectado durante su caminata. Dentro de cada una había un corazón de polvo brillante, que raspó cuidadosamente en una hojalata y mezcló con agua para formar una pasta espesa.

—Pintura de rocas— dijo ella, lo suficientemente intrigada como para hacer una pausa en sus abluciones. Nunca había visto una, pero sabía que los antiguos las habían usado para pintar con ellas. Eran pequeñas y granuladas, y profundo en el centro, un polvo formado por el tiempo hacía que los colores brillaran cuando se mezclaban con agua.

—Sí, así es como los llamamos también— dijo él, poniéndose de pie.

Hinata observó como él se desplazaba hacia uno de los megalitos y, después de vacilar un momento, empezaba a grabar un diseño complicado de fórmulas y símbolos. Ella estrechó los ojos, estudiándolo. Parte de ellos le parecieron en cierta forma familiares pero ajenos, una distorsionada ecuación matemática que bailaba justo fuera de su alcance, y había pocas que lo hacían.

Una pulsación de aprensión cayó pesadamente en su pecho, y observó fijamente como él se trasladaba hacia la siguiente piedra, luego la tercera y la cuarta. En cada una de las piedras, él grabó una serie diferente de números y símbolos en sus caras interiores, haciendo una pausa ocasionalmente para mirar hacia arriba en las estrellas.

El equinoccio de otoño, reflexionó ella, era el momento en que el sol cruzaba los estratos del ecuador de la Tierra, haciendo que el día y la noche tuvieran aproximadamente una duración similar en el mundo entero. Los investigadores por mucho tiempo habían discutido sobre el uso preciso de las piedras estáticas. ¿Estaba a punto de averiguar su propósito real?

Miró los megalitos y consideró cuidadosamente lo que sabía de arqueoastronomía. Cuando él terminó de esbozar en la decimotercera piedra, la final, su respiración parecía atrapada en su garganta. Aunque reconocía sólo algunas cosas, él con gran cariño había acariciado el símbolo del infinito: el 8 acostado. Bajo él, el lemniscate. La tira Mobius. Apeiron. ¿Qué conocimientos tenía Naruto de eso? Ella escudriñó las trece piedras y sintió una peculiar sensación urticante en su mente, como si un punzón intentara excavar en su cerebro superpoblado.

Vigilándolo, fue golpeada por una posibilidad abrumadora. ¿Era posible que él fuera más listo de lo que ella era? ¿Era esa su locura? ¿Bien parecido e inteligente? Quédate quieto, corazón.

A medida que él volvía la espalda a la última piedra, ella empezó a temblar. Físicamente, él era irresistible. Llevaba puesto su atuendo original de plaid y armadura otra vez, ya que se había despojado del estrecho pantalón que no dejaba a un hombre colgar correctamente y ni siquiera tenía espacio para un maldito cuchillo, tan pronto como se había despertado esa mañana.

Pendía correctamente, por cierto, pensó ella, su mirada dejándose caer a su kilt, la boca seca al imaginar lo que colgaba bajo eso. ¿Él estaba de esa condición siempre, en apariencia perpetuamente semiexcitado? Le gustaría besarlo hasta que no hubiera nada "semi" en él.

Con esfuerzo, arrastró su mirada hacia su cara. Su cabello liso y brillante era una cascada salvaje que descendía en torno a sus hombros. Era el hombre más intenso, excitante y erótico que ella alguna vez había conocido.

Cuando estaba cerca de Naruto MacNamikaze, cosas inexplicables le ocurrían. Cuando lo miraba, con su cuerpo poderoso, su mandíbula cincelada, los ojos azulados y la boca sensual, oía las cítaras distantes de Pan y sufría una compulsión irresistible para rendir tributo a Dionysus, el dios antiguo del vino y las orgías.

La melodía era seductora, urgiéndola a arrojar a un lado la abstinencia, vestir su tanga roja del gatito, y bailar descalza para un imponente hombre rubio que pretendía ser un laird del siglo dieciséis.

Él miró hacia atrás, hacia ella, y sus miradas colisionaron. Hinata se sentía como una bomba de tiempo lista para estallar, haciendo tictac, haciendo tictac...

Su rostro habría debido traslucir sus sentimientos, porque él inspiró vivamente. Las ventanas de su nariz se acampanaron, sus ojos se estrecharon y él se quedó quieto, con la quietud perfecta de un gato montés antes de lanzarse sobre su presa.

Ella tragó.

—¿Qué estás haciendo con esas piedras?— se obligó a sí misma a preguntar, azorada por la intensidad de lo que sentía—. ¿No piensas que es hora de que me lo digas?

—Te he dicho todo lo que podía—. Sus ojos estaban llenos de calma, la luz cristalina que usualmente bailaba dentro de ellos atenuada.

—No confías en mí. Después de todo lo que he hecho para ayudar, aún no confías en mí—. Ella no trató de disimular que se sentía herida.

—Och, Hinata, nunca pienses algo semejante. Es que simplemente hay algunas cosas que son... prohibidas—. No realmente, enmendó en silencio, pero simplemente no podía arriesgarse a revelar sus planes aún, por temor a que ella lo abandonara.

—Tonterías— dijo ella, impaciente con sus evasivas—. Si confías en mí, entonces nada está prohibido.

—Confío en ti. Confío en ti mucho más de lo que imaginas—. Con mi vida, posiblemente aún con la misma existencia de mi clan.

—¿Cómo puedo creer en ti, cuando tú no confías en mí?

—Siempre la escéptica, ¿verdad, Hinata?— la regañó él—. Bésame, antes de que dibuje los símbolos finales. Para la buena suerte— la urgió. Los fragmentos de cristal brillaban intensamente en sus ojos, recordándole a ella que aunque algunas veces él aplacaba su naturaleza apasionada, ardía siempre apenas bajo la superficie.

Hinata comenzó a hablar, pero él colocó un dedo sobre sus labios.

—Por favor, muchacha, simplemente bésame. No más palabras. Ha habido suficientes entre nosotros—. Él hizo una pausa antes de añadir quedamente—: Si tienes algo que decirme, deja que tu corazón hable ahora.

Ella aspiró profundamente.

No había preguntas en su corazón. Más temprano esa tarde, cuando había bajado al pueblo, había extraído su tanga roja de su paquete y, después de lavarse, se la había puesto. Luego se había quitado de la piel su parche de nicotina, prefiriendo su retiro categórico antes de tener que explicar su presencia en su cuerpo. Ella no iba a hacer el amor por primera vez con un parche encima. Además, una vez que había tomado la decisión, una calma notable se había instalado sobre ella.

Sabía lo que iba a hacer.

La verdad fuera dicha, probablemente había sabido desde el momento en que él había abierto sus ojos que iba a darle su virginidad. Los pasados dos días no habían sido más que su forma de acostumbrarse al pensamiento, para estar menos aprensiva cuando finalmente lo hiciera. No se sentía simplemente atraída por él, estaba conquistada por él en cada cosa y todas: mental, emocional y físicamente.

Lo deseaba de un modo que no tenía rima o ni razón. Sentía cosas cuando él le hablaba y la tocaba que se originaban de un lugar único dentro de ella. Ya no tenía importancia que él pudiera ser un perturbado mental. Durante aquel día, cavando a su lado en las ruinas del castillo mientras él hablaba de los diversos miembros de su clan, se había dado cuenta de que iba a esperar por él hasta que resolviera no importaba qué problema pudiera tener en realidad.

A ella le gustaba él. Quería saber más acerca de él. Había comenzado a respetarlo, a pesar de sus falsas ilusiones. Si tenía que llevarlo a un hospital, sujetar su mano, y sentarse a su lado hasta que se recuperase, iba a hacerlo. Si tenía que pasear alrededor de Escocia por meses agarrando firmemente una foto de él hasta que encontrara a alguien que lo pudiera identificar y verter luz sobre su condición, entonces iba a hacerlo.

Ella remetió su flequillo detrás de su oreja y lo miró al mismo nivel. Su voz apenas tembló cuando dijo:

—Haz el amor conmigo, Naruto.

Loco o no, ella quería que él fuera su primer amante, aquí y ahora, encima de una montaña en las Highlands, bajo un millón de estrellas, rodeados por piedras antiguas. Quizá hacer amor tuviese algún poder de cicatrización. Dios lo sabía, ella probablemente necesitaba alguna cicatrización también.

Sus ojos destellaron y él se quedó perfectamente inmóvil.

—Oí eso, ¿verdad?— dijo él cuidadosamente—. ¿Dijiste lo que creo que dijiste? ¿O me he vuelto verdaderamente tan loco como me acusas de ser?

—Haz el amor conmigo— ella repitió quedamente. No hubo ni un pequeño temblor en su voz la segunda vez.

Sus ojos azulados brillaron intensamente.

—Me honras—. Cuando abrió los brazos, ella brincó en ellos, y él la meció sin esfuerzo alguno en su abrazo, jalando sus piernas alrededor de su cintura. Ambos se quedaron sin aliento por la intensidad del contacto. Una corriente de deseo crepitó entre ellos, desintegrándolos desde el corazón. Con zancadas poderosas, él retrocedió con ella hasta el perímetro de las piedras, hasta que la columna vertebral de la joven descansó contra uno de los megalitos. Él agachó su cabeza y la besó, amoldando sus caderas contra ella, y cuando la mujer gimió, él atrapó el sonido en su lengua.

—Te he deseado desde el momento en que te vi— dijo él bruscamente.

—Yo también— confesó ella, con una risa jadeante.

—Och, Hinata, ¿por qué no me lo dijiste?— preguntó él, besando su mandíbula, sus mejillas, su nariz y sus pestañas, acunando su cara con sus manos—. ¿Por qué te resististe? Podríamos haber pasado tres días haciendo esto— dijo él, su acento espeso por el deseo.

—No si teníamos la intención de llegar a tus piedras, entonces— ella jadeó, preguntándose por qué simplemente no se callaba y la besaba con fuerza en la boca—. Cállate y bésame— dijo.

Él se rió y la besó tan duro que desató la ferocidad en su diminuto cuerpo. Ella había visto películas donde las personas hacían el amor lentamente, enrollándose sinuosamente uno en torno al otro, pero el de ellos fue un apareamiento de fiereza.

Dada su propensión a discutir apasionadamente, ella no había esperado que su forma de hacer el amor fuera menos intensa. No podía tener bastante de él: quería más lengua y más manos y más de su musculoso trasero. Lo quería desnudo contra su cuerpo. Quería sentirlo martillando dentro de ella. Había esperado toda su vida para eso, y estaba lista. Simplemente mirarlo la hacía mojar.

Él jaló la camisa de Hinata de dentro de sus pantalones cortos y tocó nerviosamente su bragueta, besándola urgentemente todo el tiempo.

—Tus pantalones, Hinata, quítatelos— dijo él a duras penas.

—No puedo. Mis piernas están envueltas alrededor de ti— refunfuñó ella—. Y tu cuchillo se me está hincando en el pecho.

—Mmm, lo siento—. Él mordió su labio inferior y lo chupó despiadadamente—. Te debo bajar al suelo, desnudarte. Y es necesario que me desnude yo también.

Pero él no hizo ningún movimiento para bajarla, rehén de su boca deliciosa que lo mordisqueaba, de sus manos pequeñitas arañando su espalda.

—Entonces ponme en el suelo, MacNamikaze— ella jadeó algunos minutos más tarde contra su boca, desesperada por sentir su piel contra la de ella—. ¡Llevo puesta demasiada ropa!

—Lo intento— dijo él, arrastrando sus besos hacia abajo por su cuello y raspando con su lengua aterciopelada de regreso hacia arriba, sólo para llegar a sus labios otra vez, una posición de la que él apenas podía evitar tomar ventaja llena.

—No me sueltes— lloriqueó la joven cuando él dejó de besarla. Sus labios se sentían desnudos y fríos sin él, su cuerpo despojado.

En el instante en que los dedos de sus pies tocaron tierra, ella trató impacientemente de alcanzar la ropa de Naruto, pero él buscaba sus pantalones cortos al mismo tiempo, maldiciendo cuando chocaron el uno con el otro: la mandíbula del hombre contra la cabeza de la joven, y ella enredada en su pelo.

Hinata tocó nerviosamente su pelo rubio, luego encontró su camino a las bandas de cuero atravesadas en su pecho pero fue incapaz de averiguar cómo los había sujetado él. Apartándose de la atención de sus manos, él jaló la camisa de la joven sobre su cabeza, y se quedó mirando su sostén. Tocó la tela de encaje con fascinación.

—Hinata, muéstrame tus pechos. Aparta esta cosa, no sea que la haga trizas en mi prisa.

Ella abrió velozmente, con un pequeño sonido explosivo, el broche delantero y se zafó de la prenda. El aire fresco convirtió sus pezones en cumbres endurecidas, y él hizo un sonido bien definido al contener el aliento. Por un momento, pareció no poder moverse, simplemente permaneció parado y se quedó con la mirada fija en ella.

—Tienes pechos espléndidos,— ronroneó, ahuecando las manos sobre los montículos regordetes—. Espléndidos— repitió estúpidamente, y ella casi se rió. A los hombres les gustaban los pechos de cualquier talle o cualquier forma; simplemente les encantaba.

Y a él ciertamente le encantaban los suyos. Los sostuvo en la palma de la mano, levantando y apretando, y con un gemido ronco enterró la cara entre ellos, frotándose hacia atrás y adelante antes de atraer un pezón profundamente dentro de su boca.

Hinata jadeó suavemente cuando él esparció besos abrasadores sobre sus pechos. Se contorsionó y retorció en sus brazos, queriendo su boca allí... y allí... y allí, diciéndole con su cuerpo precisamente cómo y dónde lo necesitaba. Los dedos de Naruto se dedicaron a sus pantalones cortos, con poco éxito, y gruñendo su frustración él tiró de su cremallera pero logró sólo atascarla fuera de la trayectoria correcta. Encontrando una resistencia similar en la vestimenta del hombre, ella gimió frenéticamente. Quería sentir piel contra piel; necesitaba cada última pulgada, presionada hábil e íntimamente contra ella.

—Oh, simplemente encárgate de tu propia ropa y yo lo haré de la mía— dijo la joven bruscamente, el deseo frustrado volviéndola totalmente irritable. Lo necesitaba desnudo ahora.

Él se vio tan aliviado como ella por la eficiente solución, y mientras ella tiraba fuertemente de la retorcida cremallera, y luego pateaba fuera de sus pantalones cortos, él se quitó su plaid, echando cuchillos a diestra y siniestra, quitándose su hacha y su espada y finalmente su armadura de cuero. Se quedó de pie, lanzando su pelo rubio sobre sus hombros, y mirándola.

—Cristo, MacNamikaze— suspiró Hinata, atontada. Seis pies y medio de cincelado guerrero desnudo se levantaban ante ella, inconsciente de lo que su desnudez le provocaba. Orgulloso, de hecho, y bien que debería estarlo. Era recio y masculino y poderoso más allá de toda comparación, y ahora sabía con seguridad que no había habido un calcetín —o veinte— en sus pantalones vaqueros. Era impresionante, y tenía una cantidad notable de masa que ella no había factorizado en su ecuación mientras pensaba en él, pero con seguridad influiría en el futuro. Explicaba mucho.

Los ojos de Naruto flotaron suavemente sobre sus pechos, bajaron a su vientre, y luego se iluminaron al ver su tanga del gatito, e hizo un sonido estrangulado.

—Pensé que ese era algún tipo de listón extraño para recogerte el pelo. Por eso lo puse en la cama de ropa esa noche, pensando que podrías trenzártelo con él antes de dormir. Pero, ah, lo prefiero allí— dijo él a duras penas—. Fue sabio que no me dijeras que eso estaba bajo tu pantalón, pues habría caminado duro todo el día pensando en quitártelo con la lengua.

A él le gusta mi tanga, ella pensó, radiante. Siempre había sabido que si escogía al hombre correcto para recolectar su cereza, apreciaría su buen gusto.

Resbalándose hasta quedarse de rodillas ante ella, él procedió a hacer lo que había amenazado, levantando la tira de su tanga sobre la curva suave de su cadera con los dientes y lamiendo la piel sensible bajo ella. Jaló la seda hacia abajo con unos pocos pellizcos, curvando su lengua bajo ella.

Hinata clavó sus dedos en los hombros de Naruto mientras él lamía una y otra vez, creando esa música mágica bajo su piel. Chupó su nudo sensitivo a través de la seda, haciéndola arquearse contra él, mendigando más.

Cada pulgada que él desnudaba era rápidamente explorada con un golpe caliente de su lengua, alternando mordiscos diminutos de amor. Sus manos callosas se deslizaban arriba de sus muslos, y la fricción deliciosa creada por sus palmas ásperas contra su piel suave despertó zonas erógenas que nunca había sabido que tenía. Sus rodillas temblaron y ella se agarró firmemente de sus hombros musculosos como soporte.

—Eres preciosa— él ronroneó, resbalando sus manos entre sus muslos, acariciando y lamiendo—. No sé qué parte de ti saborear primero.

—Naruto— gimió ella, empujando hacia abajo, contra él.

—¿Qué, Hinata? ¿Me deseas?

—¡Dios Santo, sí!

—¿Me deseabas cuando me viste en ese pantalón estrecho azul?— la presionó—. ¿Me deseabas entonces también?

—Sí.

—¿Sientes el calor cuando te toco? ¿Te golpea como un rayo también?

—Sí.

Él le quitó la diminuta prenda y se puso de pie. Bebió la visión de su cuerpo desnudo por un momento largo antes de arrastrarla a sus brazos.

Gritaron al unísono a medida que la piel encontraba piel, aturdidos por la intensidad del contacto, echando chispas donde se tocaban. Él la besó profundamente, su lengua caliente y hambrienta, saqueando su boca.

Ella arqueó la espalda, frotando sus pechos contra él. Cuando Naruto ahuecó sus manos bajo su trasero, la joven unió sus propias manos detrás del cuello del hombre y envolvió sus piernas apretadamente alrededor de él, atrapando su erección firmemente en la V de sus muslos. Hinata se retorció, queriéndolo dentro de ella inmediatamente, pero o él no cooperaba o ella era demasiado torpe para colocarlo en el ángulo correcto, lo cual, se lamentó la muchacha, dada su inexperiencia, era perfectamente posible.

Pero no parece que él sea particularmente de ayuda, pensó la joven casi con enfado, rompiendo el largo beso lo suficiente como para mirarlo. La mirada azulada era malvada... y arrogantemente divertida.

—¿Estás torturándome?

—A mi ritmo, Hinata. Tú eres la que dijo que no y desaprovechó todos estos días. Podríamos haber hecho esto ayer cuando me rellenaste en ese torturante pantalón estrecho. Y más tarde esa tarde. Y más tarde esa noche, y esta mañana, y...

Cuando trató de contestar, él la besó tan concienzudamente que ella olvidó lo que iba a decir. Él se meció contra ella, imitando el ritmo del sexo, deslizándose de atrás hacia adelante en la V resbaladiza de sus muslos.

Millones de diminutos nervios pidieron a gritos más. Bien, si él no lo hace, lo haré yo. Ella sabía mejor que la mayoría de las personas que las fuerzas de la naturaleza no debían ser resistidas o doblegadas. Se contorsionó contra él, frotándose lascivamente, empujándose a sí misma hacia la culminación.

A medida que su jadeo suave se volvía más frenético, Naruto rompió el beso y la miró. Sus mejillas estaban sonrojadas, sus ojos brillantes y salvajes, sus labios magullados por los besos y abiertos.

—Eso es, toma tu placer—. Él estaba tan fascinado por su osada hambre por él; lo ponía más ardiente y más duro con cada empuje insistente de sus caderas. Si no tenía cuidado, se derramaría sin entrar en ella siquiera. Dudaba que una mujer alguna vez lo hubiera deseado tan intensamente.

Ella lloriqueó a medida que llegaba; ronroneó, se rozó contra él como un gatito hambriento de amor.

—Sí— él exhaló, inundado de un triunfo puramente masculino y posesivo. Cuando sus estremecimientos se apaciguaron y ella se relajó contra él, la bajó al suelo sobre su plaid, luego se sentó hacia atrás en sus rodillas y la contempló por un el momento largo. Lo suficientemente largo para que ella comenzara a retorcerse, y surtiera un efecto caótico en su control fugaz. Hinata arqueó su espalda, levantando sus pechos hacia él, sus pezones convertidos en bayas oscuras, implorando ser besados.

—Tócame— ella murmuró.

—Och, te tocaré— prometió él. Él tocó con el codo sus piernas para abrirlas más, luego bebieron esa visión, de ella yaciendo en la espera de él, sus pechos llenos inflamado de sus besos, sus muslos abiertos y resbaladizos con su deseo.

Él dirigió la mano hacia arriba, al interior de sus muslos, a través de la humedad de su mujer, luego hacia abajo por la otra pierna. Una vez, dos veces, y una media docena de veces más, demorándose entre sus muslos, dando un golpecito a su nudo sensitivo, hasta que ella arqueaba sus caderas hacia arriba sobre el plaid.

—Voy a hacerte el amor como nunca te lo han hecho antes, chica.

Hinata estaba realmente segura de eso, pues nunca le habían hecho el amor antes.

—Promesas, promesas, MacNamikaze— lo provocó—. Una mujer podría morir de vejez antes de que tú tuvieses tiempo para ella.

Sus ojos se agrandaron de sorpresa, luego él se rió, una risa ronca llena de oscuro erotismo. Finalmente, ella ronroneó, cuando, ondeando los músculos de sus hombros, él cubrió su cuerpo con el de él.

—¿No tienes sensatez en absoluto, no sabes lo que me provocas? Soy dos veces tu tamaño, lo sabes— él murmuró contra su oreja.

—Entonces dime algo que no sepa—. Ella se quedó sin aliento cuando él mordió su lóbulo.

—¿Te gusta esto?— preguntó su amante, cambiando de posición entre sus muslos—. ¿O te gusta esto?— frotó la cabeza de su pene una y otra vez en sus pliegues resbaladizos.

Hinata se derritió a medida que él le hablaba en un lenguaje que nunca había oído pero sabía eran palabras de elogio por la admiración ronca en su voz. Los acentos extraños la convirtieron en un ser salvaje mientras él ronroneaba cumplidos contra su piel caliente.

Ella se preguntó a medias si él no estaba embrujándola, porque mientras más él hablaba en esa lengua extraña, más ardiente ella se sentía. O quizá era la profunda voz humeante y la forma que sus manos se movían sobre cada pulgada de su cuerpo, como si estuviera aprendiendo de memoria las sutilezas de cada plano y hueco. Él le dedicó generosa atención a sus pechos, apretándolos, liberándolos y acariciándolos hasta que ella se sintió casi delirante de necesidad, revoloteando en la orilla de otro orgasmo.

Él se aseguró sobre sus antebrazos y succionó cada pezón, moviendo su cabeza hacia atrás y hacia adelante, irritándola con su sombra de barba, y precisamente cuando ella pensaba que no podría soportar otra provocación erótica más, él fijó su atención en el otro.

Besó sus pechos, los lados de sus pechos, el lugar caliente y suave bajo ellos, los empujó para juntarlos y besó la hendidura generosa, arrastrando su lengua entre ellos; luego regresó a sus pezones duros y los tomó alternativamente con sus dientes. Mordiendo y chupando y tirando de ellos en su boca. Ella casi gritó ante el placer exquisito de esas sensaciones.

Naruto trazó besos sobre sus costillas, hacia abajo por su abdomen, luego hizo deslizar su lengua a través de su vientre, juguetonamente moviéndose en su ombligo tembloroso. Luego, repentinamente, deslizó su lengua sobre su brote hinchado y ella gritó.

—Allí, mi Hinata—ronroneó él, enterrando la cara entre sus muslos.

El hombre tiene una lengua mágica, pensó ella, contorsionándose bajo él. Él ahuecó sus manos bajo su trasero, la levantó hacia su boca, y Hinata llenó la noche con quejidos diminutos mientras él la besaba y la lamía, para luego hundir rápidamente la lengua en su profundo interior.

A medida que su lengua caliente la acariciaba en lugares que nunca habían sido tocados antes, ella entró en espasmos, y él le dio lengüetadas mientras la joven se estremecía repetidas veces. Luego, cuando ella pensó que había terminado, él la mordió delicadamente, exprimiendo una serie más diminuta de espasmos de su cuerpo tembloroso.

La resonancia... soy de cristal y me haré pedazos, ella pensó febrilmente.

Mientras arqueaba sus caderas contra él, gritando, Naruto gruñó y se presionó a sí mismo contra la tierra. Deseaba que la experiencia durara mientras pudiera. Quería darle tanto placer como ningún otro hombre alguna vez lo había hecho. Apretando los dientes, se apretó contra el plaid, permaneciendo perfectamente quieto, tratando de convencer a su miembro que necesitaba esperar solamente un poco más, porque al menos le podía conceder eso a ella.

Al menos podría tener eso: ese momento perfecto con ella, antes que no tener nada. Ella lloriqueó suavemente a medida que los espasmos se detenían, y él dulcemente le dio calientes lengüetadas otra vez, advirtiéndole provocativamente que tendría muchos más picos de placer antes de que él hubiera terminado con ella.

Ella era tan bella y abierta a él. Era la mujer más sensual que alguna vez había encontrado en su vida, cada pulgada de su cuerpo sensible a sus caricias, y aunque él se había acostado con mujeres lujuriosas en su vida, ninguna lo había empujado tanto al borde de la razón, hasta ahora.

Su estómago estaba tembloroso por la intensidad de su deseo, y su pene estaba tan duro que era doloroso. Su respiración sonaba ruda hasta para sus orejas, la pulsación de su corazón como un trueno de cien caballos, la sangre hervía en sus venas y la realidad se reducía a simplemente... una... cosa...

Ella.

No podría esperar mucho más tiempo.

Él llovió besos por encima de la oleada suave de su estómago, sobre sus pechos, y arrastrado el borde de sus dientes de regreso a través de sus pezones. Situándose entre sus piernas, no la tomó inmediatamente pero la besó a fondo, un beso de demanda y dominio, de posesión cruda.

—Dime— exigió él. La joven le dejaba leer el hambre en su cara, en sus expresivos ojos tempestuosos, sin esconder nada. ¿Pero ella hablaría de su deseo? ¿Sería tan audaz y le murmuraría palabras que le dirían cómo cumplir a cabalidad sus necesidades más descabelladas?

—Dime— insistió él.

Su diminuta Hinata le dijo una cosa que hasta entonces nunca había oído a una mujer decir, ni noble ni prostituta, y la bajeza de sus palabras se estrelló contra él como si se hubiera tragado una dosis doble de una poción afrodisíaca de los gitanos.

Él nunca había hecho a una mujer decirle eso. Usaban palabras que también lo expresaban, pero lo que había respondido Hinata era exactamente lo que él quería hacer. Su atracción mutua era primitiva e iba más allá de la razón.

Si ella podría expresar tan abiertamente esos deseos crudos, ¿qué más podría enfrentar valientemente? ¿Quién y qué era él? ¿Podría poseer ella tal coraje?

Ella yacía bajo él, temblorosa de deseo, sus labios refulgiendo a la luz de la luna, mojados de sus besos, y Naruto se percató de que se había enamorado de ella más duramente que un roble poderoso partido en dos por un rayo choca contra el suelo del bosque.

Se zambulló dentro de su calor. Y se detuvo. No por elección —oh, no, no por su elección—, sino porque había algo en su camino.

—Oh, simplemente empuja— gimió ella—. Sé que va a doler al principio. ¡Simplemente hazlo! Atraviésalo.

Él quedó aturdido. Los fragmentos de pensamientos colisionaron en su cabeza: Ningún hombre la ha tocado nunca; ¿cómo pudo sobrevivir esta mujer siendo virgen por tanto tiempo? ¿Son los hombres en su siglo absolutos tontos? Luego, ¡Ah, ella no escogió otro, pero me escogió a mí! ¡Qué regalo!

Un hombre más noble podría haberse echado atrás, un hombre más noble que supiera que existía por lo menos una ínfima posibilidad de que pudiera desaparecer esa noche, seguramente se habría rehusado, pero había algo acerca de Hinata Hyûga que lo conducía más allá de la nobleza.

Él la deseaba, por las buenas o por las malas. Y si lo peor ocurría esa noche, entonces el deseo entre ellos podría hacerla más capaz de afrontar lo que podía tener que afrontar. Tal vez la ayudaría a completar todas las cosas que él podría necesitar hacer, y tal vez podría agradarle el sueño extraño de poder persuadirla a encontrar un futuro feliz en su pasado. Pero ahora, por las buenas o por las malas, el único futuro que ella iba a tener después de esa noche estaba de su pasado.

Él la compensaría, se juró. Su felicidad sería su primera prioridad. Le daría cualquier cosa que quisiera, la llenaría de montañas de regalos, atención y devoción, como hubiera sido apropiado para una reina. La cuidaría de pies a cabeza. Y tal vez hacer el amor podría resolver las cosas dudosas en su plan como ninguna cantidad de meticulosa organización podría lograr.

—Puedo ser pequeña— lo persuadió suavemente, cuando él vaciló—, pero soy más fuerte de lo que piensas—. Y ella repitió su petición previa, aquella que había enviado toda la sangre de su cuerpo en una carrera desenfrenada a su ingle.

Enardecido, él se zambulló a través de la barrera, reclamándola.

—Sí— gritó ella, y él bebió el grito en su boca, besándola salvajemente, empujando profundo dentro de ella. Ella acompañó su ritmo urgente, y aunque él sabía que le había causado dolor, su deseo rápidamente sobrepasó el desgarramiento de su virginidad.

Él se entregó a ella con una intensidad que no había sentido con una mujer antes, enterrándose tan profundamente en su interior que pensó que debía estar tocando el borde de su útero; luego deslizándose fuera, lentamente, sólo para empujar otra vez. Su mundo entero, cada respiración y cada latido, estaban enfocados en la mujer en sus brazos.

Deslizando las piernas de la muchacha sobre sus hombros, buscó el ángulo adecuado para impulsarse de vuelta dentro de ella. Él marcó el doloroso movimiento lentamente, sabiendo qué tan pequeñita ella era y que la estiraba hasta sus límites, pero necesitaba estar así, tan profundo en su interior que ya no supiera dónde empezaba él y acababa ella. Se deslizó en ella, poquito a poco, su cuerpo esforzándose por esa dulce tortura.

—Naruto— sollozó ella, echando hacia atrás la cabeza de un lado a otro, enredando su pelo sedoso. Él chupó sus pezones mientras se retiraba y regresaba, y cuando la sintió contraerse alrededor de él, sujetó entre sus dientes ligeramente un pezón y tiró con fuerza. Se impulsó a sí mismo dentro de ella dura, rápida y profundamente, repetidas veces, hasta que se sintió casi enloquecido por la necesidad salvaje.

—Och, Hinata— dijo él apenas, atrapado en las contracciones femeninas—, no podré sobrevivir a este arrebato otra vez—. Y mientras se empujaba dentro de ella tan ferozmente que casi la lastimó, su voz ronca se entremezcló con sus gritos dulces. Alcanzaron el orgasmo en un ritmo perfecto, cada contracción trémula del cuerpo de la mujer extrayendo su simiente.

Él ronroneó para ella mientras llegaba, en una lengua antigua que sabía que no entendería. Dijo cosas tontas, cosas sinceras, cosas profundas y graves que nunca podría admitir de otra manera. La llamó su diosa de la luna y alabó su fuego y su espíritu valiente. Le pidió bebés. Cristo, habló como un tonto.

Hinata se estremeció contra él, escuchando sus cadencias extrañas, y en cierta forma supo que cada palabra que él pronunciaba era una alabanza. Cuando Naruto finalmente se calmó contra ella, la joven acarició su espalda y sus hombros, maravillándose, sintiéndose ligera, exaltada y saciada más allá de toda comparación.

—Eres bella, Hinata— él murmuró, acariciando con sus labios los de ella tiernamente.

Ella gritó cuando él golpeó dentro de ella, en una flexión final de su juego de amor.

—¿Te lastimo, dulce Hinata?— preguntó él, con tal preocupación en sus ojos que tocó su corazón.

—Un poco — confesó ella—. Pero no más de lo que esperaba después de ver ese... calcetín que tienes allí.

Él sonrió, sus ojos bailando.

—Te dije que fue dado por Dios. No querías escuchar nada de eso—. Él chupó su labio inferior—. No tenía la intención de lastimarte, Hinata. Temo que por un momento estuve enloquecido.

—No más que yo. Creo que dije algo realmente perverso— se preocupó ella, mordiéndose el labio.

—Me excitó inmensamente— él gruñó—. Nunca hice a una mujer decirme algo semejante, y me endureció como una piedra.

—Tú estás siempre duro, MacNamikaze— ella bromeó—. No pienses que no veo esa protuberancia permanentemente en tu ropa.

—Lo sé— dijo él con aire satisfecho—. Tu mirada flota suavemente por allí a menudo—. Él se desembriagó repentinamente—. Pero ahora sé por qué siempre me decías que no. Hinata, ¿por qué no me mencionaste que no habías conocido a nadie antes de mí?

Ella cerró sus ojos y suspiró.

—Tuve miedo que dijeras que no— finalmente admitió la joven—. No estaba segura de que harías el amor con una virgen.

Hacer el amor, había dicho ella. Se había preservado de todos los otros, pero había preferido darse a él. Sientes algo por mí, pensó él, esperando que ella dijese las palabras. Se sintió desilusionado cuando no lo hizo, pero el tacto de sus manos trazando círculos suaves en su pecho lo hizo sentir una ternura que significaba mucho para él.

Y ella le había dado su virginidad.

Se sintió endurecerse otra vez, emocionado por la profundidad de su regalo. Aunque no había dado su prueba de que decía la verdad, ella se le había entregado libremente, le había dado eso que no le había dado a ningún otro hombre. Tenía sentimientos por él, estaba seguro de eso, tan seguro como estaba que Hinata Hyûga no se daba a sí misma ligeramente.

Ella lo había honrado de tantas formas.

No había interrogantes en su mente: ella era la única para él. La mujer que había buscado toda su vida... ¿y qué si había tenido que ir quinientos años en el futuro para encontrarla? Él le daría a ella las palabras, y empezaría con las ataduras del Druida, y tal vez en unas pocas horas, si todo iba bien, ella libremente le podría devolver las palabras.

¿Y si no va todo bien?

Él se encogió de hombros mentalmente. Si todo no iba bien, y él no sobrevivía esa noche, la versión de siglo dieciséis de él encontraría su personalidad irresistible, aún antes de que ella dijese el hechizo para reunir sus recuerdos. No podía ver qué daño habría en eso, no podía dudar de que llegaría a pasar de cualquier manera.

Ella le había dado un regalo precioso; eso era todo lo que él tenía para ofrecerle a cambio. El regalo de su amor eterno.

Él colocó la palma de la mano derecha de la joven en su pecho, sobre su corazón, la palma de su izquierda por encima de la de él, y se vio profundamente reflejado en sus ojos. Cuando habló, su voz era baja y firme:

—Si algo debe perderse, entonces sea mi honor por el tuyo. Si uno debe ser desamparado, entonces sea mi alma para la tuya. Si la muerte llega pronto, entonces sea mi vida para la tuya—. Él tomó una respiración profunda y terminó, completando el encantamiento que lo hechizaría de por vida—. Soy dado.

Se estremeció mientras sentía el lazo irrevocable tomar raíz dentro de él, en un enlace que nunca podría ser cortado. Estaba ahora conectado a ella por hebras de la telaraña de la conciencia. Si él entrara en un cuarto lleno de personas, sería atraído a su lado. Si entrara en un pueblo, sabría si ella estaba también allí. La emoción fluyó dentro de él, y luchó por detenerla, asombrado por su intensidad. Los sentimientos chocaron sobre él, sentimientos que nunca había imaginado.

Ella era tan bella... mil veces más que antes, al haberse abierto a sí mismo completamente a ella.

Los ojos de Hinata eran enormes.

—¿Qué quisiste decir con eso?— preguntó, con una pequeña risa temblorosa. Él había hablado en esa voz extraña otra vez, la que tenía la resonancia de una docena de voces, el suave ruido sordo de un trueno primaveral. Había sonado terriblemente romántico, un poco serio y espeluznante también. Sus palabras habían sido casi como algo vivo, rozándola con dedos calientes. Tenía una sensación molesta de que había algo que ella debería decir, pero no tenía idea de qué o por qué.

Él sonrió enigmáticamente.

—Oh, entiendo. Es otra de esas cosas...

—...Que se aclararán con el tiempo— él terminó por ella—. Sí. Es algo así como que te protegeré si la necesidad alguna vez surge—. Es más bien, que eres mía por siempre, si tú estás de acuerdo y me devuelves las palabras. Y ahora soy tuyo por siempre, estés de acuerdo o no.

Era una cosa riesgosa la que había hecho, por cierto, porque si ella nunca estuviera de acuerdo, entonces Naruto MacNamikaze la ansiaría interminablemente. Su corazón, atrapado por el hechizo de las ataduras, la sentiría eternamente, la amaría eternamente. Pero ella debía elegir libremente devolver las palabras, y la unión se intensificaría multiplicada por mil. Él podía vivir por esa esperanza.

Los ojos de Hinata se ensancharon aún más cuando lo sintió a endurecerse dentro de ella.

—¿Otra vez?

—¿Estás demasiado dolorida?— él preguntó tiernamente. Ella arqueó una ceja.

—Te lo dije, soy mucho más fuerte de lo que piensas— respondió, pasando la punta de su lengua rosada sobre su labio inferior.

Él gimió y la atrapó entre sus labios.

—Entonces, sí, Hinata, una y otra vez— dijo él, mientras comenzaba a deslizarse hacia atrás y adelante dentro de ella—. Nosotros los MacNamikazes fuimos educados para resistir.

Y dado que él sabía ella era del tipo incrédulo, una mujer poco dispuesta a aceptar cualquier cosa excepto la prueba firme, él procedió a dar la evidencia sólida de su aseveración, diciéndole con su cuerpo todas las palabras que anhelaba decir con la voz.


Continuará...


Esta Kushina no es la madre biologica de Naruto y Menma aqui ;)

Glosario:

- Arqueoastronomía: el estudio de los conocimientos de Astronomía de las culturas antiguas, especialmente las americanas y asiáticas.