DULCES BESOS


8| EL TIEMPO


21 de septiembre
Tres minutos para la medianoche

Hinata se desperezó indolentemente, sus manos rozando los músculos de la espalda de Naruto. Se sentía sexy, saciada, soñolienta y sensible y, oh... mucho más compleja de lo que era antes. Se sentía marcada de nuevo en cierta forma.

Hinata Hyûga finalmente había sido adecuada y verdaderamente amada. Un sentido indefinible de paz y certeza anidaban en su vientre, su corazón estaba lleno, su mente a gusto.

Pero respirar bajo su peso era un desafío para el que incluso la nueva y perfeccionada Hinata no estaba preparada, así con un codazo tierno lo empujó para liberarse. Él se puso boca arriba y ella se deslizó a horcajadas sobre él, en la misma forma que el día que lo había encontrado, pero con una diferencia altamente erótica y deliciosa: estaban ambos desnudos. Había tanto que quería hacer con él. Quería hacer el amor encima de él, al lado de él, con él detrás de ella...

—Naruto— murmuró la muchacha, estudiando su cara, tan bella a la luz plateada de la luna. Sus ojos azules, calientes y zafiros, se abrieron, perezosamente seductores.

—Gracias— dijo ella suavemente. Él había hecho de su primera vez una experiencia bella, apasionada, intensa, y si por alguna razón insondable nunca lograse hacer el amor con él de nuevo, sabía que él sería el estándar por el cual ella juzgaría a los hombres por el resto de su vida.

Ella estaba cayendo de cabeza en un apasionado enamoramiento. Y se sintió increíble. Él atrapó su cara en sus manos y la haló hacia abajo para un beso hambriento.

—Nunca me lo agradezcas. Sólo pídeme más. Esa es la mejor alabanza que un hombre puede oír de una mujer. Eso y el rocío de esa mujer— él resbaló una mano entre sus piernas— que cuenta a un hombre cuánto ella lo desea.

Él le sonrió, y precisamente al mismo momento, advirtió la postura de la luna en el cielo. Su sonrisa se desvaneció abruptamente y su cuerpo se tensó bajo el de ella. La pasión se aplacó en sus ojos, reemplazado por el pánico.

—¡Cristo!— juró—. ¡Es casi demasiado tarde!—. Rodándola fuera de él, se incorporó, agarró su plaid, y corrió hacia la laja—. Ven— ordenó.

Aturdida por su rápido cambio, todavía sintiéndose erótica y somnolienta y suave, ella clavó inexpresivamente los ojos en él.

—Es casi medianoche— dijo él urgentemente—. Ven. Ella trató de alcanzar su ropa, y él negó bruscamente:

—No hay tiempo de vestirse. Pero debes traer tu mochila, Hinata.

Desconcertada por su comentario, y no completamente cómoda con su desnudez, ella agarró su mochila y se apresuró a reunirse con él en la losa, ya que sin embargo, el científico dentro de ella sentía inmensa curiosidad por descubrir cómo tenía intención de probar sus objetivos. Además, se dijo Hinata a sí misma, habría tiempo para hacer el amor luego.

Él trabajó velozmente, robando miradas intermitentes en el cielo mientras sumergía sus dedos en la pintura y trazaba los símbolos finales en la tabla.

—Toma mi mano.

Ella deslizó su mano en la de él. Él estudió los diseños un momento, luego meneó su cabeza y exhaló ruidosamente.

—Pide a Amergin que sean los correctos. Quédate cerca de mí, Hinata. Aquí.

Hinata se posicionó donde él indicaba y trató de mirar con atención alrededor para ver los últimos símbolos, pero el hombre anguló su cuerpo entre ellos, bloqueando su vista.

—¿Qué piensas que va a ocurrir, Naruto?— preguntó la joven, recorriendo con la mirada su reloj de pulsera, sorprendida de que algo hubiera permanecido en su cuerpo en el frenesí de su manera de hacer el amor. Casi rió cuando se percató de que eso, y la correa de la mochila sobre su hombro, era todo lo que ahora traía puesto. La manilla de los segundos se movía con un audible tick-tick-tick.

—Hinata, yo...— él se interrumpió y la miró.

Su mirada voló hacia la de él. ¿Lo había sentido él también cuando habían hecho el amor? Teniendo poca práctica en ese arte, estaba insegura de si la emoción que sentía cuando lo miraba era un efecto secundario y temporal de la intimidad física. Sospechaba que era algo de duración más significativa, pero no tenía ninguna prisa en ponerse en ridículo.

Pero si él lo sentía también, la joven podría creer que lo que existía entre ellos era tan real y válido como cualquier ecuación matemática. La mirada de Naruto pasó rápidamente sobre su cuerpo, de tal manera que la hizo sentirse bella, no pequeña y... bien, un poco regordeta. Siempre se había sentido inadecuada en un mundo lleno de chicas altísimas y modelos delgadas en las cubiertas de cada revista y cada película.

Pero no con él. En sus ojos, ella vio un reflejo de sí misma que era muy cercano a la perfección.

—Ojalá tuviésemos una eternidad— dijo él tristemente.

Los dedos de la joven se apretaron alrededor de su mano, silenciosamente animándolo a continuar. Cuando su reloj pulsera repicó la hora de la medianoche con diminutos tintineos metálicos, ella se sobresaltó. Uno. Dos. Tres...

—Eres gloriosa, Hinata— dijo él, trazando su dedo hacia abajo por la curva de su mejilla—. Un corazón tan valiente.

Cinco. Seis. Siete.

—¿Te importo, aunque sea sólo un poco, Hinata?

Hinata asintió con la cabeza, su garganta constreñida repentinamente, sin confiar en sí misma para hablar. Él se veía tan triste que ella tuvo miedo de expresar impulsivamente tontas cosas sentimentales y quedar como una estúpida. Ya había dicho algo mientras hacían el amor que nunca había pensado que saldría de sus labios, y si no tenía cuidado, se pondría repugnantemente pegajosa con él.

Nueve.

—Eso, y mi fe en ti, debe ser suficiente. ¿Me auxiliarías, si corriese peligro?

—Por supuesto— dijo ella instantáneamente. Luego, más con vacilación—: ¿Y tú?

—Daría mi vida por ti— dijo él con sencillez—. Hinata, no me temas. Pase lo que pase, prométeme que no me temerás. Soy un buen hombre, te juro que lo soy.

Afligida por el dolor en su voz, ella rozó su mandíbula con los dedos.

—Sé que lo eres, Naruto MacNamikaze— dijo ella firmemente—. No te temo.

—Pero las cosas podrían alterarse.

—Nada puede alterar eso. Nada me podría hacer temerte.

—Ojalá pudiera ser cierto— dijo él, sus ojos ahora estaban oscuros.

Doce.

¿Trece?

Él gritó entonces, la arrastró rudamente a sus brazos, y la besó, un beso profundo desde el alma, y el mundo como Hinata Hyûga lo conocía comenzó a desenredarse en las costuras.

Ella empezó a girar en sus brazos, a oscilar de arriba a abajo y dar vueltas como un corcho en un remolino, a lo largo y a lo ancho, hacia un lado, hacia atrás y adelante... luego en una dirección nueva que no fue una dirección del todo.

El espacio-tiempo cambió, su misma existencia dentro de ella se alteró, y en cierta forma Hinata se derritió en los brazos de Naruto. Su mochila se zafó de su hombro y rebotó sin rumbo en un vórtice de luz.

Como desde una gran distancia, ella vio las manos del hombre tratando de alcanzarla, pero había algo mal con ellas. Tenían una dimensión añadida que su mente no podía comprender. Ella contoneó sus dedos, luchando para captar su calidad nueva. Sus palmas, sus muñecas, sus brazos eran tan... diferentes.

Creyó ver a Naruto dando vueltas más allá, y luego oír un estampido supersónico distante, pero un estampido supersónico habría querido decir que ella estaba moviéndose a la velocidad del sonido, y no se movía en absoluto, a menos que uno contase el hecho de que se sentía tan poco efectiva como una mariposa batiendo sus alas frágiles contra vientos con la fuerza de un tornado.

Imaginó que podría sentir las puntas de esos apéndices delicados arrancándose a rasgones. Además, pensó débilmente, concentrándose en algún punto de cordura, las personas aceleradas a la velocidad del sonido no oían el estampido supersónico. Sólo las que estaban quietas lo hacían.

Luego un destello blanco la envolvió, tan deslumbrante que la hizo perder todo sentido de tiempo, espacio e individualidad. La blancura la llenó: se sofocó en ella, la respiró, la sintió bajo su piel, empapándose en sus células y reacomodándolas según algún diseño extraño. La velocidad terminal del paracaidista en caída libre, el científico dentro de ella recitó con un voz fría, a un promedio de noventa y tres a ciento veinticinco millas por hora.

El sonido se traslada a setecientas sesenta millas por hora en un día húmedo. La velocidad de escape es la velocidad requerida para egresar de la atmósfera de la Tierra y lograr un viaje interplanetario, o veinticinco mil millas por hora. La luz lo hace a ciento ochenta y seis mil millas por segundo. Luego un pensamiento peculiar: Un gato siempre cae de pie. Mantén una velocidad angular de cero.

No hubo ninguna sensación de movimiento, pero sí un vértigo horrible. No había sonidos, pero el silencio era ensordecedor. No hubo plenitud de cuerpo, pero tampoco hubo vacuidad. La velocidad de escape lograda y excedida, blanco y más blanco... y de pronto estaba en —¿delante? ¿fuera?— de un túnel o puente largo. Pero no tenía cuerpo al cual dirigir.

El blanco se fue tan abruptamente que la oscuridad la golpeó como una pared de ladrillos. Entonces, benditos fueran, hubo sonido y visión, y la sensación de sus manos y sus pies.

Tal vez no tan benditos, decidió. El sabor era una bilis metálica amarga en el fondo de su garganta; el peso era una presión repugnante después del vacío terrible.

Reprimiendo el deseo de vomitar, levantó una cabeza que pesaba dos toneladas y se sintió tan hinchada como un tomate demasiado maduro.

Alrededor de ella, la noche estalló. El granizo apedreó la tierra, levantando guedejas de niebla del terreno. El viento aulló y rugió, arrojando hojas y rompiendo ramas. Los grandes trozos de hielo picaron su piel desnuda.

—¡Naruto!— gritó.

—Aquí, Hinata—. Él tropezó tratando de llegar a su lado, luego resbaló en el suelo cubierto de granizo y cayó de rodillas.

—Naruto, ¿qué está ocurriendo?—. Mientras él trataba de enderezarse en posición vertical, la joven vio que su cara estaba pálida y desdibujada; líneas que nunca antes había visto marcaban surcos afilados alrededor de su boca.

Él miraba hacia abajo, a sus propias manos, con espanto. La mirada de Hinata voló hacia ellas, preguntándose lo que estaba mal, pero lo que fuere que él viera, ella no podía hacerlo. Parecían desaparecer en la niebla.

—Cometí un error cuando esbocé los símbolos finales— él gritó roncamente. Una pelota grande de hielo golpeó su pómulo, poniendo a la vista un verdugón inmediato—. Regresé demasiado lejos. Pensé que podría ir contigo, pero no puedo. ¡Perdóname, Hinata, se supone que no debería ser de esta manera!

—¿Qué?— Hinata apenas lo podía oír, tan ensordecedor era el viento. Las hebras de su pelo le picaron la piel del cuello mientras el viento lo fustigaba salvajemente en torno a su cara.

El vendaval la azotaba, sintiendo que raspaba la piel de sus pómulos. El granizo magullaba su cuero cabelludo; su cabeza dolía en docenas de lugares. Ella avanzó con indecisión hacia él y se agarró a su brazo. Lo sintió curiosamente insustancial bajo sus dedos, aunque podía ver los músculos en sus brazos hinchándose. Él trató de cerrar su mano brumosa alrededor de la de ella, pero la muchacha la sintió deslizarse entre sus dedos.

—¿Qué te está ocurriendo?— gimió Hinata.

—Sálvame. Salva a mi clan, Hinata— él gritó—. Preserva la tradición.

Cristo, él podía sentirse a sí mismo siendo desgarrado en dos. Hablándole a ella, y simultáneamente haciendo un intento para razonar con su personalidad pasada. No funcionaba. Le tomaba un esfuerzo inmenso solamente mover sus labios y formar palabras.

Él estaba partido... en dos lugares a la vez, tambaleando porque finalmente entendía la siguiente dimensión... ¡y tenía que decirle a ella qué decir y hacer! ¡Debía decirle cómo usar el hechizo que le había enseñado!

—¿De qué estás hablando?— gritó la muchacha—. ¡Ay!— gritó, mientras un trozo de granizo golpeaba su frente.

Pero él no contestó, simplemente titiló de un modo que la aterrorizó, como si se estuviera desvaneciendo, pero peleando por quedarse. Casi histérica, Hinata trató de pegarse a él, pero él se deslizó de entre sus manos.

Sus ojos azules relampaguearon... él pareció salvaje, adusto, un brujo tenebroso de épocas pasadas... Empujó su plaid hacia ella, demandando sin palabras que lo tomara. Ella cerró los dedos temblorosos sobre la tela.

—Escucha— gritó él. Su mirada pasó rápidamente sobre ella y la pasión resplandeció en sus ojos. Luego irguió su cabeza como escuchando algo que ella no podía oír y bajando la mirada más allá de ella, como viendo algo que la joven no podía ver. Sus labios se movieron una última vez. —En el momento que lo veas debes decirle... muéstrale...

—¿Qué?— lloró ella—. ¿Qué le diga qué cosa a quién?—. Las hojas voladoras y las ramas cayeron como lluvia sobre ellos. Cuando él se agachó rápidamente y escudó su cara para evitar un golpe de una rama particularmente grande, ella se perdió más de lo que él decía. ¿Decirle y mostrarle a quién qué?

Abruptamente, él se fue. Se desvaneció tan completamente como los símbolos habían desaparecido de su pecho en la caverna días atrás. Con su desaparición, la vorágine murió y el granizo cesó abruptamente. La noche cayó silenciosa, la niebla se disipó en una última y amarga ráfaga de viento.

Hinata permaneció congelada, en estado de choque, magullada y quemada por el viento y... dolorida.

No confiaba en sí misma para dar un paso sobre unas piernas que momentos atrás no habían sido sus piernas del todo, sino sus piernas y alguna otra cosa, algo que el científico dentro de ella todavía meditaba, caminando de arriba abajo en una bata blanca de laboratorio protestando estridentemente. No estaba segura de que cualquier parte suya obedecería órdenes simples, tan anudada estaba su mente.

—Naruto— ella llamó débilmente. Entonces más fuerte—: ¡Naruto!

Un silencio terrible la saludó. Tembló incontrolablemente, recordando tardíamente que estaba desnuda. Distantemente, jaló su plaid alrededor de ella y gateó a través de la tierra resbaladiza hacia el fuego.

Pero no había fuego. La tormenta habría debido apagarlo.

Se dejó caer de rodillas en la tierra recubierta de granizo, agarrando firmemente su plaid, acuclillándose dentro de él para entrar en calor. Ciegamente, echó una mirada alrededor y se sintió asombrada al ver que el granizo era tan grueso sobre la cima que parecía como si los cielos se hubieran abierto y simplemente hubieran helado la parte superior de la montaña.

Podría tomar horas para que se derritiera en la cálida noche otoñal. Y luego permaneció inmóvil, sin pensar más acerca de la tormenta extraña, como si volviera a revivir su encuentro entero a través de su mente, finalmente viendo el patrón.

Él había dicho que le probaría que decía la verdad, pero sólo lo podría hacer en las piedras. Había dicho que si ella no creyese en él entonces, sería libre. Ella ahora se percató de que él siempre había escogido sus palabras cautelosamente, implicando dobles significados.

Ahora entendía exactamente lo que había querido decir él.

—Me dejaste— murmuró—. Tú realmente me lo demostraste, ¿huh?— bufó, y empezó a llorar al mismo tiempo—. La prueba indiscutible. Ajá. Si alguna vez hubo un escéptico aquí, ese soy yo.

Él la había intimidado para que lo guiara a través de su tiempo hasta las piedras, le había hecho el amor de una manera increíble, había probado que su historia era verdadera, y luego había vuelto a su tiempo dejándola en el siglo veintiuno, sola.

Él no había estado loco después de todo. Ella había tenido a un genuino guerrero del siglo dieciséis que había viajado a través del tiempo en sus brazos, y se había burlado de él a cada paso. Lo había tratado con incredulidad, hasta con condescendencia en ocasiones.

Oh, ella lo había echado a perder regiamente. Se había enamorado de él a la velocidad de la luz. En el espacio de tres días, se había atado a él como nunca había pensado posible. Había estado construyendo una vida con él en su mente, racionalizando sus falsas ilusiones, entrelazándolo en su mundo.

Y él la había dejado. ¡Incluso no se había ofrecido a llevarla con él!

¿Irías? ¿Habrías dicho que sí?, el científico preguntó secamente. ¿Descendido rápidamente a un siglo del que no sabes nada? ¿Dejarías atrás esto para siempre?

¡Caramba, sí, habría dicho que sí! ¿Qué tengo aquí? ¡Estaba enamorándome, e iría dondequiera por eso!

Para variar, el científico dentro de ella no tuvo una respuesta cáustica.

Hinata lloró, sintiéndose repentinamente vieja, lamentando la pérdida de algo que no había verdaderamente apreciado y entendido el tiempo que lo había mantenido en su mano.

No tuvo idea de cuánto tiempo permaneció pensando, volviendo a vivir todo a través de su mente, permaneciendo mucho tiempo sobre su manera de hacer el amor, mirando todo con otros ojos.

Cuando finalmente se incorporó, temblaba. Sus rodillas estaban congeladas de acuclillarse en el hielo, y los dedos de los pies le picaban. Siento, MacNamikaze. Me enseñaste eso. Espero que estés feliz contigo mismo al mostrarme que tengo corazón, lastimándome.

Se empujó hacia arriba y se deslizó del círculo, buscando sus ropas en la oscuridad. Quitándose de encima una nueva acometida de llanto, resopló. ¿Dónde diablos estaban sus botas? Y ya puestos en el asunto, ¿dónde estaban su mochila y su linterna? Comenzaba a sentir una severa falta de nicotina; el desasosiego emocional siempre la hacía desear ardientemente un cigarrillo.

¿Cómo lograría alguna vez sobreponerse? ¿Cómo haría frente al conocimiento de que el hombre de quien se había enamorado estaba muerto desde hacía centenares de años?.

El pánico la apresó a medida que rodeaba la losa, buscando sus pertenencias. No estaban. ¿La violenta tormenta de viento podría habérselo llevado todo?

Atontada, recorrió la mirada alrededor, luego la levantó al cielo, y percibió una visión, por primera vez desde que Naruto había desaparecido, de lo que existía más allá de las piedras.

Donde previamente no había habido nada, toneladas y toneladas de piedra se levantaban desde la Tierra.

Se quedó con la boca abierta de asombro, su mirada flotando suavemente desde cada torre y torrecilla, hasta una torre de piedra más grande, después por las paredes encasquetadas con esas piedras dentudas que se veían en todos los castillos de Escocia, para ir a otra torrecilla y otra torre cuadrada de nuevo. Parpadeando, miró de izquierda a derecha y de regreso otra vez.

Una alarma detonó en su cerebro, pero no podía responder. No podía responder a nada. Empezó a hiperventilar; las respiraciones diminutas se estrellaron unas contra otras y se apilaron en su garganta.

Un castillo monstruoso se extendía más allá del círculo de piedras.

Enorme, adusto, a pesar de todo bello, modelado de paredes grises y macizas de piedra que se catapultaban rectamente hacia el cielo. Una torre rectangular central se levantaba más alta, con dos torres redondas más pequeñas flanqueándola. Las alas se extendían por el este y el oeste consumiendo el horizonte, con grandes torres cuadradas en el este y el oeste. Una niebla lechosa polvoreaba las cordilleras y tapaba las torrecillas.

Su mandíbula cayó.

A semejanza de las piedras frías que la rodeaban, ella se quedó inmóvil.

¿Podía ser que no lo hubiera perdido después de todo?

Con una oleada dolorosa de adrenalina que hizo su corazón batir demasiado rápido, se escapó del círculo de piedras e irrumpió en un patio terraplenado. Los caminos se bifurcaban en varias direcciones, una línea recta conducía hacia las escaleras de la parte delantera del castillo mismo.

Dio vuelta en un círculo lento, sin prestar atención a sus pies helados. Débilmente, su mente registró el hecho de que el granizo había caído sólo dentro del círculo de piedras. La tierra más allá de él estaba caliente y seca.

Él le había mencionado que en su siglo, las piedras de Ban Drochaid habían estado adjuntas dentro de las paredes del perímetro de la propiedad, pero el Ban Drochaid dentro del que ella se había introducido una hora atrás había residido en el centro de un páramo de hierbas y piedras desmoronadas.

Aún ahora, estaba completamente rodeada por paredes altas, dentro de una auténtica fortaleza.

Recorrió con la mirada el cielo nocturno. Era de un negro espeso, sin siquiera remotas incandescencias en el horizonte en cualquier dirección, lo que era imposible, porque Alborath estaba en el valle más allá, y sólo la noche anterior, sentada sobre el capó del auto de alquiler, se había lamentado de que las luces del pueblo echaran a perder su panorama de las estrellas.

Retrocediendo hacia el castillo que no había estado allí cinco minutos atrás, ella manoseó los pliegues de su plaid. Repentinamente, las palabras que él había gritado — palabras que había ignorado porque no tuvieron sentido en ese momento— cobraron un significado perfecto.

«Regresé demasiado lejos. Pensé que podría ir contigo, pero no puedo. Salva a mi clan.»

Oh, Dios Santo, Naruto, pensó ella; no entraste de nuevo en el tiempo. ¡Me enviaste de regreso a salvarte!


Continuará...