DULCES BESOS
9| MEDIEVAL
—Cuando considero la pequeña parte en la que se extiende mi vida,
amortiguada en la eternidad de todo el tiempo, o la parte pequeña
de espacio que puedo tocar o puedo ver, engullido por la inmensidad
infinita de espacios que no sé y que no conozco,
me siento asustado y asombrado por estar aquí en lugar de allí...
ahora en lugar de luego.—
—Blaise Pascal.
.
.
—Para aquéllos de nosotros que creen en la física,
esta separación entre el pasado, el presente y el futuro
es sólo una ilusión, por muy tenaz que sea.—
— Albert Einstein.
18 de julio
1518
La pesadilla estaba más allá de cualquier cosa que la mente adormecida de Naruto MacNamikaze alguna vez había logrado llamar por medios mágicos, repleta con un sabor tan vil, que lo conoció por lo que era: el sabor de la muerte.
Las imágenes oscuras lo tentaban desde el margen de su visión, sintiendo una sanguijuela monstruosa succionarlo, y luchar cuerpo a cuerpo. Entonces, repentinamente, hubo dos seres distintos pero similares dentro de su cuerpo.
Estoy poseído por un demonio, pensó el Naruto dormido, luchando para arrojar la atrocidad lejos de él. No permitiré esto. Enfurecido, se resistió a la presencia nueva violentamente, repartiendo golpes para destruirla sin incluso tratar de identificarla. Era extraña y tan fuerte como él mismo, y eso era todo lo que necesitaba saber.
Enfocó su mente, aislando al intruso, rodeándolo con su voluntad, y con un esfuerzo inmenso lo empujó de su cuerpo. Entonces, repentinamente, hubo dos de él en su pesadilla, pero el otro él se veía mayor, y desesperado. Mortalmente cansado.
—Vete pues, demonio— Naruto gritó.
—Escúchame, tonto.
Naruto sujetó sus manos sobre sus orejas.
—No oiré ninguna de tus mentiras, demonio.
En alguna parte en la distancia, en el lugar de pesadilla que desafiaba la capacidad de su mente para comprenderla o fabricarla, Naruto sintió el olor de una mujer. Era poco clara, pero podía sentirla, incluso percibir el calor fragante de su piel. Una acometida de deseo lo consumió, casi destrozando su determinación de sujetar al otro él a raya.
Sintiendo la debilidad, la réplica se lanzó de un salto hacia adelante, pero Naruto endureció su voluntad y lo derrumbó a un lado.
Se miraron furiosamente el uno al otro, y Naruto se admiró del juego de emociones en la cara de la copia. El miedo. Un pesar tan intenso que podría partir a un hombre en pedazos. Y mientras lo observaba, una comprensión repentina titiló en los ojos del falso Naruto, al mismo tiempo que la copia pareció perder solidez.
—Peleas contra mí hasta la muerte— los labios de la falsificación se movieron silenciosamente—.Ya veo. Veo ahora que sólo uno vive. Esto no es obra de la Naturaleza, ya que le es congénitamente indiferente, sino que es nuestro propio temor el que nos impulsa a destruirnos mutuamente. Te ruego, acéptame. Déjanos a ambos vivir.
—Nunca te aceptaré— Naruto rugió.
La copia se hizo indistinta, luego se puso más sólida, luego se desvaneció alrededor de las orillas otra vez.
—Estás en peligro terrible...
—¡No hables más! ¡No creeré nada de lo que dices!—. Naruto repartió golpes a la sombra de sí mismo cruelmente.
La sombra levantó la mirada hacia atrás sobre su hombro y le gritó a alguien que Naruto no podía ver:—En el momento que lo veas debes decirle la primera rima que te enseñé, ¿podrás recordarla? El verso en el coche, y cómo funciona la mochila y todo estarán bien.
—¡Vete, demonio!— Naruto rugió, apartando de un empujón a él con su voluntad. El otro él atravesó a Naruto con su mirada fija.
—Ámala— la falsificación murmuró, y luego dejó de existir.
Naruto se incorporó como un rayo en la cama, jadeando en busca de aire. Se arañó la garganta, golpeó sus puños en su pecho, y finalmente logró beber una respiración dolorosa. Sudaba. Helado y febril al mismo tiempo, había hecho trizas su ropa de cama en su sueño. Las pieles de animales anteriormente suaves eran ahora meros penachos de pelaje goteados en sudor, y su cabeza martillaba.
Buscó a tientas el jarro de vino en su lado de la cama. Le llevó varios intentos antes de lograr rodearlo con sus dedos. Temblando, bebió mucho, hasta que el jarro estuvo vacío. Pasó lentamente el dorso de su mano a través de su boca.
Su corazón tronaba y se sentía como si hubiera estado más peligrosamente amenazado que nunca en toda su vida. Como si algo hubiera avanzado a rastras sobre su cuerpo y tratado de afirmar derechos territoriales.
Hundió sus manos temblorosas en su pelo, se levantó de la cama, y comenzó a pasearse. Derramó la mirada con cautela hacia atrás en la cama, esperando que un súcubo lo acechara en el montón de ropa destruida.
¡Por Amergin! ¿Qué sueño extraño lo había visitado? No podía recordar nada de él ahora, excepto una sensación amarga de violación, y un sentido vacío de victoria.
Su atención fue atraída por un destello de luz brillante más allá de la ventana de su dormitorio. Un gruñido bajo, como un trueno, lo siguió, y él tiró fuertemente a un lado del tapiz y contempló la noche a través del vidrio.
Naruto permaneció de pie al lado la ventana por mucho tiempo, tomando respiraciones lentas, profundas, y tratando de recobrar una medida de calma. Raramente sufría pesadillas y prefería olvidarse de esta en especial, pues el sueño apestaba a locura. Lo acorraló firmemente en un lugar profundo, oscuro de su mente, para enterrarlo donde nunca vería la luz.
El arrebato murió tan repentinamente como se había originado, y la noche en las Highlands quedó quieta y silenciosa otra vez.
.
.
Piensa, piensa, piensa, se recriminó Hinata. Se supone que tienes inteligencia, úsala. Pero su cerebro se sentía entumecido y torpe. Después de un día de pasión increíble, tras la tormenta bizarra, y una mente sin nicotina, no estaba en condiciones de ser genial. Estaba apenas en condición de ingeniarse a medias.
Caminando cautelosamente sobre el granizo que se fundía, llevó la cuenta de los hechos tangibles, porque los intangibles, por el momento, la asustaban demasiado. Estaba desesperada por encontrar alguna conclusión objetiva y lógica para explicar su paradero ilógico.
Tembló, observando el castillo. La perspectiva de enfrentarlo la mantenía al mismo tiempo fascinada y aterrorizada.
Pero había algo que tenía que hacer primero. No porque fuese del tipo incrédulo, de ninguna manera, no ella. Pero prefería ver la evidencia sólida con sus dos ojos.
Sacando una respiración fortificante, se zambulló en la oscuridad más allá del círculo de piedras y se alejó velozmente del castillo. Cuando alcanzó la pared de la propiedad, subió a una pila de barriles, presionó su mejilla contra una raja estrecha en la pared, y miró con atención fuera, en el valle, a la ciudad de Alborath.
No estaba allí. Sospecha confirmada.
Sus hombros bajaron bruscamente. No había esperado que el pueblo estuviera, pero su ausencia era chocante, sin embargo.
Regresé demasiado lejos.
En otras palabras, meditó, buscando desordenadamente en lo que sabía acerca de las teorías de viajes en el tiempo, él probablemente había tratado de ir hacia atrás poco después de que hubiera sido secuestrado, pero había puesto los símbolos equivocados.
Había regresado hasta un tiempo, hasta un pasado donde él estaba en el castillo, y si la teoría común tuviese aplicación, si los viajes por el tiempo fuesen posibles, entonces la red del universo no soportaría dos personalidades idénticas en un solo momento. El futuro "él" en cierta forma había sido anulado.
¡Viaje por el tiempo!, el científico gritó en su cabeza. ¡Analiza!
Tenemos que salvarlo. Analiza eso. Contemplaremos las ramificaciones de multiuniversos más tarde.
Si el futuro "él" había sido anulado, eso quería decir que el Naruto del que se había enamorado ya no existía, pero lo encontraría en el castillo, antes de ser encantado, y sin conocimiento de ella en absoluto.
Ese pensamiento hizo doler su corazón. No sentía ninguna prisa para mirar en sus ojos azules, que la habían contemplado tan íntimamente hacía apenas una hora, y ver una absoluta falta de reconocimiento.
Prométeme que no me temerás.
¿Temerle? ¿Por qué le temería ella? ¿Porque él podía manipular el tiempo? ¡Ja, tan solamente había aumentado su fascinación por él!
Salva a mi clan.
Ella no le fallaría.
Cuadrando los hombros, volvió rápidamente a través de las piedras, hacia el castillo, y subió rápidamente las escaleras. Convirtiendo su mano en un puño, dio un golpe a una puerta enorme que la hizo sentirse como una Alicia encogida en un País De Las Maravillas hostil. Una vez, dos veces, y luego otra vez.
—¡Hooola!— gritó. Lanzó su pequeña estructura contra la puerta, golpeándola con el hombro.
No hubo respuesta. Ningún conveniente timbre en la puerta, claro. Su mente apuntó debidamente una nueva prueba tangible de que no se trataba de una puerta del siglo veintiuno. Pero contemplaría la puerta medieval más tarde.
Desde el interior. Por el momento, se sentía como si pudiera desfallecer de un momento a otro. La extrañeza de todo lo que la rodeaba dejaba sus impresiones completamente abrumadas. Y para tratarse de una física, supuestamente capaz de una comprensión intensificada, estaba totalmente alucinada.
—¡Oh, por favooor!— gritó, dando la vuelta y usando su trasero como un carnero golpeador en la puerta gruesa. Thump-thump, thump-thump. Se lastimó más de lo que dañó la puerta, e hizo casi tanto ruido como una almohada blanda. Pero que la condenaran si la habían enviado de regreso a salvarlo, sólo para serle negada la entrada.
Dio un paso atrás y contempló las ventanas. ¿Quizá podría lanzar algo a través del vidrio? No, no era exactamente una forma sabia para peticionar refugio a unos desconocidos, decidió. Alguien le podría disparar. Flechas, o algo igualmente arcaico. Quizá aceite hirviendo lanzado hacia abajo de las paredes.
Echó una mirada alrededor y observó una pila de madera picada en trocitos. Corrió a toda prisa a la pila, desbloqueó un tronco, y golpeó ruidosamente un extremo contra la puerta.
—Por favor, abran— llamó.
—Ya voy— contestó una voz somnolienta—. Te oí la primera vez. Eres impaciente, ¿verdad?—. Hubo un sonido de metal resbalando contra la madera, y la puerta fue finalmente, dichosamente, abierta. Hinata se hincó de rodillas con alivio.
Una mujer de carnes prietas y cuarentona, cubierta con un vestido largo y una gorra parecida al encaje estaba de pie en el portal, parpadeando, con sueño en sus ojos. Éstos se ampliaron mientras se detenía ante la visión de la joven acuclillada en el umbral, casi desnuda.
Se movió rápidamente; atrajo a Hinata a través de la puerta con una sujeción fuerte y la cerró de un golpe detrás de ellas.
—Och, muchacha— la arrulló dulcemente, recogiéndola en sus brazos—. Kushina está contigo ahora. Por el amor de Columba, ¿qué te ha obligado a vagar tan lejos en una noche como ésta? ¡Una chica inglesa, nada menos! ¿Cómo llegaste aquí? ¿Te ha tomado un hombre? ¿Te ha hecho daño, muchachita?
Mientras la mujer la acercaba a su pecho amplio, Hinata pensó, Así que ésta es la Kushina de Naruto, y se cimbró contra ella. Era tal cual él la había descrito. Del tipo agresivo y brusco, bonita, ya pasado el rubor de la juventud, pero con una belleza eterna que nunca se desvanecería.
Más allá de todo pensamiento coherente, se sintió apenas asombrada al percatarse de que su cerebro estaba desconectado, como si alguien hubiera alcanzado el interruptor principal y, circuito por circuito, todos los sistemas hubieran sido dados de baja.
¡No podía derrumbarse ahora! Necesitaba saber qué fecha era. Pero su cuerpo, abrumado y locamente desbalanceado por su viaje a través de los siglos, tenía otras ideas.
—Mujer, ¿Qué es toda esta conmoción?—. Un hombre llamó desde alguna parte del perímetro de su conciencia.
—Ayúdeme con la muchacha, Minato— murmuró Kushina—. Es muy rara, pero está fría y sus pies están casi congelados.
Hinata hizo un intento desesperado de preguntar ¿Qué fecha es? y ¿Está bien él?, pero condenado fuera todo, se sentía desmayar.
Un hombre mayor con asomo de canas en su cabello rubio acercó su cara a la de ella y la joven logró murmurar:
—Naruto.
—Fascinante— pensó que lo oyó comentar—. Llevémosla arriba y metámosla en la Cámara De Plata.
—Pero esa cámara es anexa a la de Naruto— protestó Kushina—. No sería correcto.
—La conveniencia sea condenada. Es lo más adecuado.
Hinata no escuchó más. Naruto estaba vivo y la pondrían cerca de él. Ella descansaba por el momento.
La mañana siguiente.
—¿Por qué debe vivir todo el tiempo aquí arriba, Minato? Parece un águila calva anidando en la montaña— dijo Kushina, codeando la puerta abierta de su cámara de la torre, ciento tres escalones por encima del propio castillo, con su cadera—. Tenía que establecerse en la rama más alta, ¿verdad?
Minato MacNamikaze asomó su cabeza por sobre un libro con una expresión aturdida. Una melena rubia y con mechas plateadas se derramaba alrededor de su cara, y Kushina lo encontró terriblemente bien parecido en un modo muy maduro, pero nunca le diría eso.
—No soy calvo. Tengo muchísimo pelo—. Él agachó su cabeza otra vez y reanudó la lectura, corriendo su dedo a través de la página.
El hombre estaba completamente en su mundo la mayoría de las veces, pensó Kushina. Muchas eran las veces que se había preguntado cómo había logrado concebir hijos con su esposa. ¿La mujer le habría cerrado de golpe sus tomos encima de los dedos y llevado a la fuerza por la oreja?
Ahora, esa era una buena idea, pensó, observándolo a través de unos ojos que ni siquiera una vez, en los doce años que vivía allí, había dejado traslucir una onza de sus sentimientos por él.
—La bebida—. Ella tiró con violencia el jarro sobre la mesa al lado de su libro, cuidando de no derramar una gota en su precioso tomo.
—No es otro de tus brebajes viles, ¿verdad, Mi señora?
—No— dijo ella, con una mueca pedregosa—. Este es otro de mis brebajes espléndidos. Y lo necesita, así que beba. No saldré hasta que el jarro esté vacío.
—¿Has puesto algo de cacao en él?
—Sabe que estamos casi sin existencias.
—Mi señora— dijo él con un suspiro desengañado, pasando una página en su libro—, puedes irte. Lo beberé más tarde.
—Y también podría saber que su hijo está levantado— añadió ella, las manos a sus caderas, su pie taconeando, esperando que él bebiera. Cuando él no contestó, ella siguió adelante—. ¿Qué desea hacer con la muchacha que apareció la última víspera?
Minato cerró su tomo, rehusándose a mirarla para no traicionar lo mucho que disfrutaba hacerlo. Se serenó a sí mismo con la promesa de que con toda seguridad robaría varias miradas subrepticias cuando ella caminara hacia la puerta.
—¿No vas a salir?
—No hasta que beba.
—¿Cómo está ella?
—Duerme— dijo Kushina a su perfil. El hombre raramente la miraba, que ella supiera; había estado hablando a su perfil por años—. Pero no parece haber sufrido daño duradero—. Gracias a los santos, pensó Kushina, con un sentimiento ferozmente protector hacia la muchacha que había llegado sin ropas y con sangre de su virginidad en los muslos.
Ni ella ni Minato lo habían pasado por alto cuando habían arropado a la pequeña muchacha inconsciente en la cama. Habían intercambiado miradas ansiosamente, y Minato había tocado la tela de la plaid de su hijo con una expresión perpleja.
—¿Ha dicho ella algo acerca de lo que sucedió la última noche?— preguntó él, frotando su pulgar ociosamente sobre los símbolos grabados en relieve en el cuero del libro.
—No. Aunque refunfuñó en sueños, nada de eso tenía sentido. Las cejas de Minato se levantaron.
—¿Crees que ella fue... er, dañada de algún modo que haya afectado su mente?
—Creo— dijo Kushina cuidadosamente— que mientras menos le pregunte ahora será mejor. Es fácil ver que necesita un lugar donde quedarse, ya que no tiene posesiones ni ropa. Sugiero que le conceda refugio como lo hizo conmigo esa noche, largos años atrás. Deje que cuente su historia cuando esté lista.
—Bien, si se parece a ti, entonces eso significa que nunca lo sabré— dijo Minato con estudiada despreocupación.
Kushina contuvo el aliento. En todos esos años, ni una vez Minato había preguntado lo que había sucedido la noche que ella había encontrado santuario en el Castillo Namikaze. Por eso aunque fuera una tan casual referencia a esa noche era más rara que una marta púrpura.
La privacidad era siempre sagrada para los MacNamikazes, lo que algunas veces era una bendición, pero frecuentemente una maldición. Los hombres Namikaze no solían curiosear. Y muchas habían sido las veces que ella había deseado que uno de ellos lo hiciera.
Cuando, una docena de años atrás, Minato la había encontrado tumbada en el camino, golpeada y dejada por muerta, ella no se había sentido con ánimos de hablar de eso. Cuando se había curado y estaba lista a confiar, Minato, que había sostenido su mano y luchado por ella mientras había yacido febril, se había retirado serenamente de su lado de la cama y nunca había hablado de eso otra vez. ¿Qué debía hacer una mujer? ¿Expresar impulsivamente su triste historia como si estuviera buscando compasión?.
Y así, una distancia educada e infinita se había formado entre el ama de llaves y el laird. Como debía ser, se recordó a sí misma. Irguió su cabeza calculadamente, advirtiéndose a sí misma no leer nada más en su sencilla declaración.
Cuando ella no dijo nada, Minato suspiró y la instruyó para obtener ropa adecuada para la muchacha.
—Saqué algunos de los vestidos viejos de su esposa. Ahora, ¿podría beber, por favor? No crea que no he notado que no se siente bien últimamente. Mi brebaje lo ayudará si deja de echarlo en el garderobe.
Él se sonrojó.
—Minato, apenas come, apenas duerme, y un cuerpo necesita ciertas cosas. ¿Simplemente lo probará y verá si no ayuda?
Él levantó una ceja, dándole una apariencia satírica.
—Chica insistente.
—Viejo zorro irritable.
Una sonrisa débil jugó en los labios de Minato. Él levantó el jarro, acercó su nariz, y bebió el contenido echando la cabeza hacia atrás. Ella miró el movimiento de su garganta por varios minutos antes de que él hiciese una mueca y lo dejara caer pesadamente. Por un momento breve, sus ojos se cruzaron.
Ella dio la vuelta y fue rápidamente hacia la puerta.
—No se olvide de la muchacha— ella recordó rígidamente—. Necesita verla, asegurarle que tiene un sitio aquí tanto tiempo como necesite.
—No me olvidaré.
Kushina inclinó su cabeza y dio un paso fuera del portal.
—Kushina.
Ella se congeló, de espaldas a él. El hombre no la había llamado Kushina en años. Él se aclaró la voz.
—¿Has hecho algo diferente contigo misma?—. Cuando ella no contestó, él despejó su garganta otra vez—. Te ves... er, esto... es que te ves más bien... — él se interrumpió completamente, mientras lamentaba incluso haber comenzado.
Kushina se giró para mirar hacia él, sus cejas en una línea recta, los labios fruncidos. Él abrió y cerró la boca varias veces, su mirada flotando sobre su cara. ¿Pudo advertir él verdaderamente el pequeño cambio que ella había hecho? Pensaba que él nunca la advertía. Y si él lo hacía, ¿pensaría entonces que era una mujer vieja y tonta preocupándose continuamente de sí misma?
—¿Más bien qué?— demandó la mujer.
—Er... que yo creo que... la palabra... sería sacando— y parecía más suave en cierta forma, pensó él, su mirada paseándose de arriba a abajo. Dioses, pero la mujer era tentadoramente suave para empezar.
—¿Ha perdido el juicio, viejo?— lo interrumpió ella, aturdida, y cuando Kushina estaba aturdida, ejercía la irascibilidad de una espada—. Me veo igual que cada día— mintió. Enderezando su columna vertebral, se obligó a sí misma a deslizarse regiamente por la puerta.
Pero en el momento que supo que estaba fuera de vista, bajó rápidamente las escaleras, las faldas volando, el resonante pelo suelto, las manos en su garganta.
Pasó las manos sobre las hebras etéreas de pelo que había cortado un poco más ese amanecer, igual que los de la pequeña muchacha, admirando su apariencia. Si un cambio tan menor atraía —¡por Dios, un cumplido!— de Minato MacNamikaze, podría coser para sí misma ese vestido nuevo de lino más suave de color lapislázuli que había estado considerando.
¡Y lo iría a buscar, ciertamente!
Hinata se despertó lentamente, saliendo a la superficie de un montaje de pesadillas en las cuales había estado corriendo de un lado a otro desnuda (naturalmente, en su mayor peso, nunca después de una semana de dieta exitosa), cazando a Naruto, para perderlo a través de unas puertas cerradas antes de que lo pudiera alcanzar.
Hizo una respiración profunda, buscando desordenadamente entre sus pensamientos. Había dejado los Estados Unidos porque despreciaba su vida. Se había embarcado en un viaje a Escocia para perder su virginidad, ver si tenía un corazón, y sacudir su mundo.
Bien, ciertamente había consumado todas sus metas.
Ninguna sencilla desmontadora de cerezas para mí, pensó. Sino un genio viajando por el tiempo que llega con un mundo de problemas y me devuelve a su tiempo para arreglarlos.
No es que a ella le importara.
Había decidido que las palabras alma gemela y Naruto MacNamikaze eran sinónimos. Finalmente había encontrado a un hombre que la hacía sentir cosas con una intensidad que nunca había supuesto, era brillante, pero no frío en su brillantez. Sabía cómo bromear y ser ardiente y apasionado.
La encontraba bella, y era un amante fenomenal y sexy. Simplemente, había encontrado al hombre perfecto y lo había perdido, todo en tres días. Él había despertado más emociones en ella en ese corto tiempo de lo que había sentido en su vida entera.
Lentamente, Hinata abrió sus ojos. Aunque el cuarto estaba oscuro, la quieta luz dorada de un fuego se derramaba alrededor de la cámara. Ella parpadeó ante la profusión de púrpuras rodeándola, luego recordó la fascinación de Naruto por los trajes púrpura en Barrett's. Su insistencia por los trews púrpuras o una camisa playera, una petición que ella había rehusado.
Eso lo selló. Estaba definitivamente en el mundo de Naruto ahora.
Una suntuosa colcha violeta de terciopelo estaba remetida bajo su barbilla. Por encima de ella, un dosel de color lavanda con diáfanas cortinas rodeaba la cama elegantemente esculpida en madera de cerezo. Una piel de oveja lila —oh realmente, ella pensó, no sabía que hubiera ovejas lilas— estaba extendida sobre sus pies. Las almohadas púrpuras con adornos tejidos de plata estaban diseminadas alrededor del cabecero.
Las mesas pequeñas estaban encortinadas en sedas de color orquídea y ciruela. Brillantes cortinas color ciruela y tapices negros con patrones complicados adornaban las dos ventanas altas, y entre ellas colgaba un enorme y ornamentado espejo de marco dorado. Dos sillas estaban dispuestas ante las ventanas, centradas alrededor de una mesa que sostenía platos y copas de plata.
Púrpura, reflexionó, con comprensión repentina. Un hombre tan electrizante y enérgico naturalmente preferiría rodearse a sí mismo del color que tenía la frecuencia más alta en el espectro.
Era un color caliente, vívido y erótico. Como el hombre mismo.
Ella presionó su nariz en la almohada, esperando atrapar su perfume en la ropa de cama, pero si él había pasado la noche en esa cama, habría sido mucho tiempo atrás, o las cubiertas se habían cambiado.
Ella fijó su atención en el marco de la cama exquisitamente tallada en la cual yacía. El cabecero tenía numerosas gavetas y armarios pequeños. Un pie de cama impresionante estaba tallado con un delicado trabajo de nudos célticos. Había visto una cama como esa una vez antes.
En un museo.
Esa era tan nueva como cualquier cosa que se pudiera encontrar en una galería de mobiliarios actuales. Apartando el flequillo de su cara, continuó examinando el cuarto. Saber que estaba en el siglo dieciséis y ver eran dos cosas muy diferentes. Las paredes estaban modeladas de piedra gris pálida, el cielo raso era alto, y no había ninguna de esas molduras o rodapiés que siempre parecían tan fuera de lugar en los "renovados" castillos frecuentados por los turistas.
Ni un tomacorriente, ni una lámpara, solamente docenas de tazones de vidrio llenos de aceite, coronados por mechas llenas de grasa, ennegrecidas. El piso estaba cubierto con tablones de madera clara como la miel, pulida para lograr un alto brillo, con alfombras esparcidas alrededor. Un baúl precioso estaba colocado cerca del pie de la cama, coronado con una pila de mantas dobladas.
Más sillas acolchonadas estaban organizadas ante el fuego. La chimenea estaba modelada de suave piedra rosada, con una maciza repisa tallada por encima de ella. Allí, un fuego de turba humeaba, cubierto de brezo, apilado encima de los ladrillos, secándose para perfumar el cuarto. A todo esto, era un cuarto deliciosamente caliente, rico y lujoso.
Buscó con la mirada su muñeca para ver qué hora era, pero aparentemente su reloj pulsera había volado también, en la misma espuma cuántica que había devorado su ropa y su mochila.
Permaneció momentáneamente distraída por la prenda que llevaba puesta: un camisón largo, blanco, sujeto con cordones, que parecía positivamente pasado de moda y frívolo.
Negó con la cabeza, meció sus piernas por el borde de la cama, y se sintió abruptamente dolorida cuando los dedos de los pies le colgaron un pie por encima del piso. Con un brinco exasperado, salió fuera de la cama alta y se apresuró a ir a la ventana.
Jaló el tapiz a un lado para encontrar el sol brillando intensamente más allá de las ventanas. Tocó nerviosamente el picaporte un momento, entonces la empujó para abrirla y respiró profundamente del aire fragante.
Estaba en la Escocia del siglo dieciséis. Wow.
Bajo ella se estiraba un precioso patio terraplenado, cercado por los cuatro contramuros del ala del castillo donde estaba alojada. Dos mujeres batían alfombras contra las piedras, charlando mientras vigilaban a una nube de gansos y de niños pateando una especie de excéntrica pelota por los alrededores.
Los miró fijamente, entornando los ojos. Eeew, pensó, recordando que Hiruzen había dicho que había leído que los niños medievales habían jugado a la pelota con bolas modeladas de vejigas de animales o algo semejante.
Se sacudió a sí misma abruptamente. Necesitaba saber qué fecha era. Mientras estaba parada boqueando fuera de la ventana, el peligro podía estar más cerca que nunca de su amante Highland.
Estaba a punto de jalar la colcha fuera de la cama y ponérsela encima a modo de toga, cuando advirtió un vestido —de color de lavanda, por supuesto— yaciendo sobre un sillón acolchado cerca del fuego, a un lado de una miscelánea de otros artículos.
Se apresuró a ir a la silla, donde manoseó los productos, tratando de decidir el orden en el cual se suponía que debía ponérselos.
Y no había bragas, se percató con súbita desilusión. Apenas podía esperar a andar por allí, con el trasero desnudo bajo su vestido. Miró encolerizadamente la ropa, como si sólo la irritación pudiera conjurar un par de bragas desde el aire delgado. Recorrió con la mirada el cuarto, con el ojo de un empresario, pero a regañadientes concluyó que aún si arrebatase un mantel de la mesa, tendría que anudársela alrededor como un pañal.
Se quitó el camisón, luego deslizó la prenda de ropa interior blanca y suave sobre su cabeza. Con un movimiento simple, se le pegó al cuerpo y cayó a media pierna. Sobre eso quedó el vestido, luego la sobre-túnica sin mangas de un púrpura más oscuro, bordado con hilos de plata. Anonadada de que no llegara al piso, se subió la bastilla y bufó cuando vio que había sido pulcramente acortada. Aparentemente las personas ya habían notado qué bajita era. Ató los cordones de la sobre-túnica bajo sus pechos.
Las zapatillas eran una broma, de tamaño demasiado grande, pero tendrían que servir. Robó la ringlera de seda de una mesa y desgarró la tela. Mientras lo estaba enrollando y rellenando las zapatillas en la parte de los dedos de los pies, su estómago gruñó poderosamente, y recordó que no había comido nada desde el día anterior por la tarde.
Pero simplemente no podía pasearse allí afuera, en el corredor, sin un plan. La agenda: un baño, un café, luego, lo más pronto posible, descubrir dónde estaba Naruto y decirle lo que había sucedido.
Dile... en qué peligro se encuentra, habría sido probablemente lo que él había estado diciendo antes de que se hubiera derretido en el círculo de piedras. Muéstrale... obviamente, había querido decir su mochila. Ella suspiró, deseando tenerla. Pero Naruto era un hombre brillante con una mente lógica. Seguramente, él vería la verdad en su historia.
Retrospectivamente, la enfureció que Naruto no le hubiera dicho toda la verdad. Sin embargo, a regañadientes, reconoció que aunque las oportunidades hubieran sido buenas, si él le hubiera dicho, con condescendencia infinita, ella le hubiera discutido la imposibilidad del viaje por el tiempo y lo habría llevado al distrito psiquiátrico más próximo.
Nunca hubiera creído que él sabía cómo moverse en la cuarta dimensión. ¿Quién y qué debía ser ese hombre al que ella había dado su virginidad?
Había solamente una forma de averiguarlo. Encontrarlo y hablarle.
Verás, Naruto. Tú no me conoces, pero en un futuro serás embrujado, te despertarás en el siglo veintiuno, y me enviarás de regreso a salvarte y proteger a tu clan de ser destruido.
Ella frunció el ceño. No era algo en lo que ella creería, si un hombre apareciera en su tiempo con tal historia, pero Naruto habría debido saber acerca de qué hablaba. Estaba claro que él había querido que ella le contara a su pasado "él" toda la verdad. No había ninguna otra cosa que hubiera tratado de decir.
Estaba muerta de hambre, de comida y de una visión momentánea de Naruto. Y era urgente que averiguara la fecha. Metiendo a la fuerza las zapatillas en sus pies, salió corriendo a la galería.
Continuará...
