¡Buenas!

De nuevo les advierto: en éste capítulo está Nanami de nuevo en situaciones...candentes. Al que no le agrade leer a Yuuji teniendo relaciones con otro que no sea Gojo, pasen directo al siguiente xD


— Yuuji, no te entiendo, te juro que no puedo hacerlo.

— ¿Qué es tan difícil de entender? No, aléjate, Satoru. No me toques.

Una de las grandes desventajas de haber adoptado aquella nueva y estrafalaria forma de vida era encontrarse completamente limitado de movimientos cuando la luz del sol se asomaba por el horizonte hasta que sus últimos rayos moribundos acariciaban la tierra que ellos podían caminar. De hecho, en la tierra inhóspita y casi deshabitada de Transilvania habían tenido una suerte excepcional e Itadori llegó a preguntarse cómo carajos había aguantado aquella rutina de "salir de noche, esconderse de día" todos los putos días del otro lado del mar.

Aquí, con sólo un poquito de suerte podían salir día y noche durante semanas si las condiciones climáticas se lo permitían. Con razón Nanami se había apostado allí y no había movido más el culo, Yuta incluido.

Por eso, cuando ese día amaneció malditamente soleado sin posibilidad de escape incluso de las zonas más profundas del castillo de Nanami, Itadori deseó morirse, sobre todo luego de la noche anterior.

Bufando, corrió escaleras abajo para adentrarse en los sótanos que ya luego de un par de meses en aquel recinto conocía bastante bien. Rodó los ojos mientras iba salteando escalones adentrándose cada vez más en la penumbra, las antorchas apagadas en aquel sector ya a unos dos o tres pisos de la planta baja del castillo.

Porque sabía que Satoru lo estaba siguiendo en silencio. Siempre lo hacía incluso cuando a Itadori le costaba sentir su presencia cerca suyo.

Se estaba arriesgando a una reprimenda grande por parte de Nanami al visitar aquel lugar porque sabía que por cuestiones paranoicas, el vampiro dormitaba allí abajo durante el día. Si Satoru y él hacían el menor ruido y lo despertaban…

Sin embargo, Itadori estaba tan frustrado y molesto con Satoru que el riesgo valía la pena; sabía que cuanto más se acercara a los aposentos de Nanami, más mermaría en su necesidad de perseguirlo…¿para dónde carajos tenía que doblar, derecha o izquierda?

Olfateó el aire tratando de captar aunque sea una pizca de la esencia de Nanami en el aire húmedo y frío de aquel lugar oscuro. Creyó sentir parte de su efluvio viniendo por la derecha, así que sin pensarlo dos veces al sentir al otro ya pisándole los talones, comenzó a descender la escalera que daba a ese lado, más y más abajo…

— Yuuji...lo siento, no sé qué fue lo que hice, pero te juro que lo siento…

— Siempre lo sientes, siempre estás arrepentido. Estoy cansado de perdonártelas todas. ¡Déjame en paz aunque sea un día, maldición!

No quiero.

De repente, Itadori se vio empujado contra la pared de piedra por una fuerza invisible, dejándolo sin aire; sin tiempo a reponerse, Satoru ya estaba sobre él. Sentía su cuerpo, sus manos, su aroma invadiéndolo todo, incluso la coherencia de sus pensamientos. Parpadeó un par de veces intentando enfocarse cuando percibió los labios ajenos sobre su cuello, los dedos largos desabotonando su camisa con sutil maestría…

— Basta.

Quizás había empleado demasiada fuerza o tal vez Satoru había estado desprevenido justo en ese instante y no se la había visto venir; en cualquiera de los dos casos, el empujón había sido malditamente efectivo y había lanzado a Satoru hacia la pared contraria, su espalda chocando contra la piedra. Itadori no necesitaba ninguna luz para visualizar su silueta en la oscuridad ni sus ojos de aquel tono carmesí completamente abiertos y fijos en él. Satoru parecía genuinamente sorprendido, anonadado por la reacción violenta de Itadori.

Sí, no se la había visto venir. Ni por casualidad.

— ¿Por qué...por qué me rechazas así?¿Qué fue lo que te hice para que me odies de esta manera?

— Satoru, por favor. No te odio, qué dices. Sólo te estoy pidiendo un momento de paz y eres incapaz de respetarlo.

— ¿Paz?¿Tener paz significa estar alejado de mí, acaso?

— ¡Sí, maldita sea, sí!.— Satoru jadeó y en esa ocasión a Itadori le resultó difícil discernir si estaba fingiendo o realmente lo había herido con sus palabras.— No me dejas pensar con claridad...todo lo intentas resolver teniendo sexo y no, Satoru. Ya basta. Estoy harto de que me manipules.

Carajo.

El silencio nefasto e incómodo le dio a entender que sí lo había lastimado. Itadori chasqueó la lengua, molesto consigo mismo y con Satoru…¡es que realmente estaba cansado! Cada vez que surgía un problema, por muy grande o pequeño que fuera e involucraba para mal a Satoru...éste tendía a buscar un contacto físico con Itadori que sabía él no rechazaría, no sólo porque le agradaba sino porque le quería. Satoru no había tardado mucho en darse cuenta de ello, de hecho. Los "te amo" que solían decirse con anterioridad fueron tomando forma y fuerza conforme los meses habían pasado y para su total desgracia, Satoru se había aferrado a ellos como un arma de doble filo, a veces a favor y otras veces en su contra.

E Itadori estaba realmente cansado de que lo manipulara a través de sus sentimientos para que le perdonara absolutamente todo. Una cosa es que lo hiciese porque realmente lo amaba y no le importaba una mierda todo lo malo que pudiese hacer por su naturaleza maligna, pero otra muy diferente es que buscara su aprobación de aquella manera tan forzada y miserable.

— ¿Yo te manipulo?

No, no. No iba a ceder. Satoru estaba usando ese tono de voz con el que sabía que Itadori era débil. Era una mezcla de dolor y enojo, de puñalada sangrante a la que Itadori no solía resistirse...pero si cedía, si...no, iban a volver a cero, Satoru iba a terminar follándoselo en aquel corredor oscuro o peor: iba a hacerse la víctima durante días enteros para que fuese Itadori quien le pidiese disculpas por algo que no había hecho.

— Sí, sí lo haces. No te hagas el inocente porque ya no te sale conmigo.

— Tus palabras me hieren, Yuuji. No puedo creer que...después de todo lo que hice y hago por ti…

— Una cosa no tiene nada que ver con la otra. Satoru, ¿acaso no te das cuenta que no se puede hablar contigo? Cada vez que intento hacerte frente con algo, que intento discutir contigo algún problema, te sales por la tangente. Te amo, sí, pero no para que uses mis sentimientos a tu favor.

Otro silencio. En esa ocasión, Itadori no sintió tanta incomodidad quizás porque había escupido las ideas que había formulado una y otra vez en su mente, temeroso hasta ese momento de exteriorizarlas...porque había una realidad, y era que de cierta manera le temía a Satoru. Lo amaba, por supuesto, pero conocía sólo un porcentaje de sus poderes y considerando los siglos que se cargaba de existencia…

...a él también le daba terror que lo dejara. No temía que lo asesinara o le hiciese daño físico, sino que su miedo pasaba por ser desechable, así como lo había sido Yuta en su momento. Satoru había podido dejarlo sin mirar atrás pese a que había sido un acuerdo tácito entre ambos, pero...él no podía concebir…

— Entonces...quieres que te deje solo.

— Quiero...quiero enfriar la cabeza, es todo. Aún estoy molesto por lo de ayer.

— Yuuji.— Satoru bufó y revolvió sus cabellos. Parecía exasperado, al igual que Itadori.— Sino te lo dije, era porque no tenía sentido hacerlo. Lo único que tenías que saber era que no tenías que beberlo, es todo.

— Pero, ¿cuál era la necesidad de ocultarme que sólo tú tienes ese...ese veneno en el cuerpo? Pensé que todos éramos así, sabes.

— ¿Y en qué cambia que lo sepas o no?

— Porque no quiero que me ocultes cosas.

— No te lo oculté, te dije que era veneno.

— ¡Pero no que sólo tú lo tenías!

Su grito resonó en las profundidades de los corredores de piedra, alertando a Itadori de que estaba siendo él quien perdía los estribos. Resopló, ansioso y un poco nervioso.

— ¿Y qué tiene que sólo yo lo tenga? Es porque te privé de morder a alguien más, ¿no es así?

¿Qué dices?

— No soy celoso, Yuuji. Creo que ya te lo he demostrado.

— Te das cuenta, no. No se puede, eres imposible.

— Es que no comprendo tu enojo.

— Mira...yo...déjame, ¿sí? Necesito enfriar mi cabeza un poco. No me sigas.

— ¿Adónde irás? No puedes salir. ¿Yuuji?

— Lejos de ti.

Cuando Itadori retomó su camino en descenso por el corredor, se alivió y preocupó a partes iguales cuando notó que efectivamente Satoru había dejado de seguirlo. Aminoró el paso sintiéndose un poco más libre, pero ansioso por el estado emocional en el que lo había dejado.

¿Satoru sería capaz de salir herido de una discusión? Itadori lo ponía bastante en duda, el sujeto era duro en todos los sentidos...pero aún así, una cosa era que Satoru lo fuera, y otra muy distinto que Itadori pudiese soportar aquel grado de confrontación.

— Carajo.

Pese a que había susurrado el insulto deteniéndose en un corredor donde no había una mísera luz, su voz pareció resonar demasiado en la soledad de aquel sitio. De repente, el sonido de una bisagra le alertó que una puerta cercana se estaba abriendo, una luz suave proyectándose hacia él.

— ¿Itadori?

Puta madre.

— Ah...Nanami, lo siento...no era mi intención incordiarte a estas horas…

— ¿Sucedió algo?

Su tono de voz no le indicaba molestia, pero Itadori ya la sentía por cuenta propia al haberlo despertado. Nanami terminó de abrir la puerta y salió al corredor; llevaba una bata oscura puesta atada distraídamente en la cintura, su torso dejándose ver parcialmente. Increíblemente estaba bien peinado…¿es que acaso ese tipo siempre estaba bien arreglado?

— ¡No,no! Está todo bien, sólo que…

— Has discutido con Gojo. No me digas nada, lo veo en tu rostro.

Itadori quedó con los labios separados, la excusa tonta a mitad de camino. Nanami parpadeó un par de veces delante suyo e Itadori no tenía deseos ni ganas de mentirle. ¿Para qué, si ya se había dado cuenta?

— ¿Tan obvio soy?

— No es que tú seas obvio. Gojo lo es. Me es sorprendente que esto no haya ocurrido antes con lo asfixiante que es ese tipo. Lo que me preocupa es ver cuánto te ha afectado.

Una mano suave se posó sobre su cabeza, los dedos enredándose en su cabello. Por algún motivo, aquel gesto tan simple calmó sobremanera a Itadori; en un acto completamente impulsivo y estúpido, acortó la distancia existente entre ellos y apoyó su frente en el pecho de Nanami, luego la mejilla. Lejos de rechazarlo, el mayor lo rodeó sutilmente con sus brazos casi sin presionar, la mejilla sobre su cabeza.

Itadori suspiró satisfecho, abrazándolo.

— Lo quiero, realmente lo hago.— susurró contra la piel ajena mientras se sentía miserable y estúpido.— Pero…

— Él también te quiere, se nota. Está más idiota que nunca, sobre todo cuando se encuentra a tu alrededor.

Itadori rió casi sin gracia aferrándose más a la espalda de Nanami al mismo tiempo que percibía mayor presión en el abrazo. Suavemente, acarició la piel del torso ajeno con la nariz olfateando su aroma casi efímero.

— Aún así...hay días en los que me cuesta mucho lidiar con él.—Nanami suspiró o mejor dicho, resopló ante sus palabras.

— Gojo es caprichoso, mentiroso y manipulador. No intentes defenderlo porque hasta tú ya te has dado cuenta. Te quiere, sí, pero no puede evitar ser como es incluso contigo. Está en su naturaleza.

— ¿Y qué hago? Nanami, ¿qué hago?

Un porcentaje de la desesperación que Itadori estaba sintiendo se había transformado repentinamente en ansiosa anticipación al elevar el mentón hacia Nanami por la diferencia de alturas; éste inclinó el rostro hacia Itadori, la expresión serena pero aquel brillo en los ojos que Itadori conocía muy bien.

Nanami no solía expresarse abiertamente, siempre reservado y un tanto conservador en sus actos. Sin embargo, Itadori había aprendido a leer y reconocer su ansiedad, su felicidad y su inseguridad como si fuesen propias...y en ese momento, Nanami estaba sufriendo el mismo tipo de sentimiento que él.

Jaló de la bata sutilmente hacia abajo, sólo un poco. Fue suficiente para que Nanami terminara de inclinar el torso hacia él en respuesta a su pedido indirecto, los labios de Itadori buscando los suyos en forma delicada y contenida; fue un beso tranquilo, casi tierno. Aún así, los labios ajenos buscaron mayor contacto, la necesidad apremiante poco a poco saliendo a flote. Itadori lo dejó hacer; permitió que el beso se volviese más intenso, que su lengua acariciara su boca y que sus dientes mordisquearan sus labios cuanto el mayor quisiera sintiéndose relajado pero también expectante entre sus brazos.

— No...no me has dicho...qué debo hacer…— las palabras surgieron en un suspiro placentero cuando los labios se deslizaron a su cuello, las manos aferrándose a su cintura y atrayéndolo todavía más.— Nanami…

— Por ahora, deberías dormir conmigo.— el murmullo de su voz grave resonó contra el oído de Itadori, sus labios buscando los del mayor ahora en forma más desesperada.— Déjame consolarte.

Por favor, sí.

¿Sintió culpa acaso cuando Nanami tomó su mano y lo guió al interior de su habitación? Un poco, sí. Satoru no abandonaba del todo su mente en ningún momento, creía que ni siquiera cuando se encontraba durmiendo.

¿Creyó que le estaba haciendo daño al permitir que Nanami retirara prenda por prenda y sus dedos acariciaran con paciencia y dulzura cada centímetro de su piel?

No, para nada.

Incluso en el instante en el que su cuerpo descansaba sobre las sábanas de seda y Nanami se acomodaba entre sus piernas, se percató de que Satoru jamás iba a cambiar, mucho menos por él.

Y que él se había enamorado de aquella bestia así como era, caprichoso, mentiroso y manipulador.

— ¿De verdad...de verdad estás solo?

La pregunta fue susurrada entre gemidos contra los labios de Nanami cuando éste comenzó a penetrarlo en forma lenta, cadente y tortuosa, el placer embargándolo al mismo tiempo que la ansiedad. Aferrado a su cuello, Itadori le permitió llevar el ritmo que el otro quisiera, su cuerpo adaptándose y respondiendo favorablemente al sexo sosegado pero amoroso de Nanami.

— Así es.

— ¿Cómo es eso posible? .— Itadori buscó su mirada, sus rostro prácticamente pegados mientras la velocidad y la profundidad de las embestidas aumentaba despacio, demasiado despacio.— Eres increíble.

— Dices las cosas más agradables, Itadori.

— Llámame por mi nombre, por favor…

El torso de Itadori se arqueó y un quejido satisfecho escapó de sus labios cuando una embestida certera lo había tomado por sorpresa. Aún así, Nanami evitó tocar el mismo sitio en su interior, torturándolo.

Y de nuevo, el placer.

— Gojo realmente es idiota...debería cuidarte más...eres maravilloso, Yuuji…

— Tú me haces así…

¿Era posible acaso que alguien no se enamorara de un hombre como Nanami? Humano o vampiro, Itadori creía que cualquiera podía ser presa fácil de sus encantos. Aquel hombre era encantador, atento, amoroso y por sobre todo, sincero.

— Me gustas, Yuuji. Y me gustas mucho.

Itadori ladeó el rostro en su dirección, su cuerpo desparramado sobre las sábanas y su respiración aún agitada. Nanami lo observaba con tal cariño que llegó a incomodar a Itadori pero, aún así, volteó el cuerpo en su dirección y se arrimó al otro, abrazándolo.

Bueno, ahora sí se sentía culpable porque Nanami sí tenía sentimientos e Itadori creía ya estar cruzando la línea delgada entre el altruismo y la manipulación.

Y luego el manipulador era Satoru…¿aquello era contagioso o qué mierda?

— Pero no soy ciego.— Nanami soltó el aire que había estado reteniendo mientras Itadori lo oía en silencio.— Y el corazón también lo es. Por muchas mejores cosas que yo pueda ofrecerte, tu amor es de Gojo, ya lo sé. Y no me molesta.

Nanami había agregado aquello luego de que Itadori se incorporara parcialmente, apenado con sus palabras. Los ojos tranquilos lo observaron y el dorso de su mano acarició la mejilla de Itadori, una sonrisa un tanto melancólica asomando en sus labios.

— Si por ahí va tu felicidad, también será la mía.

— Pero…

— Tampoco te confundas, no me voy a morir porque no me correspondas, Yuuji. Para matarme, vas a necesitar algo más duro y más potente que eso.

La broma de Nanami distendió un poco la culpa de Itadori. Sonriéndole, volvió a recostarse a su lado, el brazo protector rodeando su espalda.

— ¿Por ahí va mi felicidad?.— susurró con la mente en blanco.

— Sí, yo creo que sí.

— No sé...no sé qué hacer.

Nanami guardó silencio e Itadori pensó que su frase iba a quedar sin respuesta. Bueno, no tenía obligación de contestarle e incluso ya se estaba durmiendo cuando Nanami habló de nuevo, su voz gruesa retumbando en el rostro de Itadori a través de su pecho.

— Tendrás que ignorarlo y al mismo tiempo volverte más duro con él. Gojo tendrá un milenio caminando sobre la tierra, pero tiene la mentalidad de un niño de cinco años. Cree que sus acciones no tienen ninguna consecuencia y que vas a perdonarle todo.

Así que era verdad...tenía mil años.

— Lo que no te sea vital, ignóralo. No busques pelea con él porque siempre te llevará a un callejón sin salida, Gojo no aprende más, ya está viejo para eso. Ahora, lo que realmente te afecte, esa no se la perdonas. Pon tus límites si quieres convivir con él, sino créeme que te va a explotar la cabeza.

— ¿Es decir, que básicamente tengo que perdonarle todas las estupideces que haga?.— ambos rieron por la pregunta, pero en realidad Itadori veía un camino oscuro por delante.

— Si no quieres perder la cabeza, sí. ¿Por qué piensas que estaba solo cuando lo conociste? Porque nadie lo aguanta, tú eres un héroe, Yuuji.

— No puede ser.

Itadori rió de nuevo y suspiró, estirándose.

— Aún así…— continuó Nanami, pero quedó en mitad de la frase.

— ¿Aún así?

— Se nota que Gojo está más desesperado por tu compañía que tú por la de él. Si tú temes que él te deje, él está cien veces más aterrado. Por eso se pone tan pesado contigo, porque el miedo lo vuelve inseguro y denso.

— ¿Realmente crees que tenga miedo de que lo deje? Si tiene mil años, puede vivir mil años más y…

— Justamente por eso, Yuuji. Eres joven y aún no lo percibes con claridad, pero...es tan complicado encontrar a la persona correcta...Gojo está convencido de que tú lo eres. Así que bueno, revelando más información de la que debería, Yuuji, creo que estás en claras condiciones de manipularlo a él.

— ¿Él te dijo eso?

— ...Sí. Pero no se lo digas.

— No lo haré.

— A Gojo le fascina y le aterra a partes iguales la facilidad que tienes para caerle bien a los demás. Yuta es la prueba.

— ¿Yuta?¿Por qué?

— Yuta no tiene contacto con nadie, pero con nadie, Yuuji. Las veces que lo hemos intentado...en fin, contigo se acercó de buenas a primeras e incluso después volvió a hacerlo.

— Me pareció que...bueno, que se siente un poco solo.

— Aún está peleando con su naturaleza. No todos lo aceptan tan rápido como tú.

— ¿A ti te costó?

— Un poco, sí.

— Cuéntame un poco sobre tus comienzos, Nanami.

— Mejor aún: te contaré cómo conocí a Gojo.

Dios. A ver.

Como era invierno, las horas del día eran más escasas y frías de lo habitual allí. Mientras Nanami hablaba como nunca lo había oído Itadori, las horas se pasaron una tras otra y pronto sólo tuvieron un breve lapso de tiempo para dormitar antes de que el ocaso volviera a caer sobre el castillo.

Sin promesas ni compromisos de por medio, Itadori abandonó la habitación de Nanami y los sótanos sin remordimientos y con la mente más clara y decidida.

Sonrió e intentó disimular la diversión que le provocó encontrar a Satoru justo en el primer gran espacio amueblado de la planta baja del castillo, a unos pasos de la salida de las escalinatas. Aún así, mantenía una actitud solemne con él: no se aproximó e incluso fingió indiferencia, la venda en su sitio y el torso inclinado hacia una de las ventanas simulando estudiar el jardín exterior. Llevaba una copa en la mano con cierto líquido carmesí dentro, el cual hacía bailar sutilmente con el movimiento de sus dedos.

— ¿Es fresca?

Itadori se aproximó a él a paso cauteloso, también fingiendo cierto aire delirante. Satoru tardó varios segundos en aparentar que acababa de notar su presencia, volteando apenas el rostro en su dirección.

— Sí, así es. Lo es.

Dios querido, qué paciencia. Itadori evitó rodar los ojos ante el tono indiferente y un tanto despectivo con el que le había hablado Satoru. ¿Que no era celoso, que no era rencoroso? Por favor.

Aún así, Itadori se acercó un poco más, deteniéndose a su lado. Para ese momento, Satoru volvía a mirar la penumbra a través de la ventana ignorándolo completamente. El menor apoyó la mejilla en su brazo, apenas acariciándolo con el rostro antes de buscar su mano libre y entrelazar sus dedos con los de Satoru. Como esperaba, no sólo no lo había rechazado sino que había sido Satoru quien había afianzado el agarre presionando sus dedos.

— ¿Puedo?

De nuevo, el silencio. Itadori se adosó más a su costado mientras Satoru disimulaba e intentaba engañar al menor, alejándose un poquito de él.

— ¿Satoru?

— ¿Sí?

— ¿Me das un poquito?

— Puedo considerarlo, sí.

— Y…¿me das un beso? ¿No me extrañaste nada?

La expresión indiferente flaqueó y se derrumbó rápidamente; Itadori ni siquiera necesitaba ver bajo la venda para saber que los ojos de Satoru estaban fijos en él, abiertos y ansiosos. Finalmente, ya no pudo fingir más y el torso entero se inclinó en su dirección, la mano soltando la suya y rodeando su cintura en forma posesiva mientras Itadori le arrebataba la copa.

— Te doy todos los besos que quieras, pero perdóname, ¿sí?

— Mmh…

— ¿Eso es un sí?

Mientras Satoru besaba su cuello y su barbilla, Itadori bebía el contenido de la copa, la sangre aún tibia. Relamió sus labios antes de buscar los del mayor. ¡Qué diferente era, qué pasión desprendía Satoru! Nada de cadencia, nada de paciencia...todo arrebato y ansia.

Y era así como le gustaba a Itadori.

— ¿Me perdonas, Yuuji?.— susurró contra sus labios mientras Itadori retiraba un poco la venda, asomando la mirada por debajo.

— Sólo por esta vez.

— Prometo que no habrá próxima. Lo juro.

Y ahí iba otra mentira antes de que sus bocas se unieran de nuevo.

Sí, Itadori iba a tener que acostumbrarse a aquello...aunque lo amaba por lo que era, no por lo que podría ser.

No tendría que ser tan difícil, ¿no?