Cuando Itadori descendió del carruaje en el que había viajado durante varias noches, no pudo evitar sonreír al reconocer el lujo en el carro que lo aguardaba a unos metros de distancia, el conductor en su sitio y sin rastros de más personas a su alrededor. Con una seña, le indicó al conductor que lo había transportado hasta allí y a su ayudante que intercambiasen su equipaje de un carruaje al otro, pegándoles en el proceso.

Estados Unidos se veía igual que siempre, eh. Bueno, no. Transilvania se veía como siempre. Oscuro, frío, ventoso y nevado.

¿Cuánto tiempo había pasado…?

La puerta de madera del carruaje delante suyo se abrió suavemente, más nadie salió de su interior. Suspirando y meneando los hombros ganando coraje, se acercó a paso tranquilo, abrió del todo la entrada y se metió dentro, cerrando tras de sí.

— Tanto tiempo, Yuuji.

— Hola, Nanamin.

Itadori se desparramó en el asiento mullido frente a Nanami. Verlo allí sentado, las piernas cruzadas y la expresión seria enmarcando aquella aura de majestuosidad que siempre lo había envuelto trajo a la mente de Itadori gratos recuerdos.

— ¿Aún sigues con eso?

— Me gusta llamarte así. ¿No te agrada? .— luego de un momento de silencio, Nanami suspiró.

— Me llamó la atención...bueno, que fueses tú quien se comunicara.

— ¿De verdad?¿Aún te sorprende?

— En realidad, no. Me dio gusto.

El menor parpadeó un par de veces fingiendo sorpresa y luego sonrió lentamente, las comisuras de sus labios curvándose hacia arriba mientras veía la expresión ansiosa relajándose.

— Y a mí me dio gusto que me recibieras. ¿Me esperaste mucho?

— En realidad…

Itadori colocó la traba a la puertilla mientras Nanami comenzaba a hablar, incorporándose de su asiento y con todo el descaro del mundo, sentándose a horcajadas sobre las piernas del mayor. Antes de que pudiese terminar la frase o sorprenderse por sus actos, Itadori ya estaba atacando su boca y deshaciendo el nudo de su corbata.

Por supuesto, sabía que Nanami no iba a rechazarlo, todo lo contrario; sus manos se deslizaron desde su espalda hasta su trasero, presionándolo contra su pelvis.

— ¿De verdad has venido solo, Yuuji?

— Ajá.— con las respiraciones agitadas, Itadori comenzó a desprender la camisa del otro al tiempo que sonreía.— Extrañaba esto.

— Espera, Yuuji.

Itadori bufó un tanto fastidiado cuando las manos de Nanami sujetaron las suyas a mitad de camino de manera firme, desinflando sus ánimos.

— Aquí no. No hay privacidad.

— ¿Realmente te importa que la comida nos vea?

Dios Santo, no los llames así.— la convicción y el enojo de Nanami disminuyeron cuando Itadori se aproximó de nuevo, restregándose contra su cuerpo y lamiendo sus labios.

— Es lo que son. Pero si insistes…

Tan rápido como había comenzado, las cosas se habían terminado con Itadori de nuevo en su asiento, acomodándose un poco la ropa que Nanami había alcanzado a mover de su sitio. Éste lo observaba con expresión ansiosa y confusa y sí, también con frustración.

Itadori volvió a sonreírle de forma ingenua, tal y como si no hubiese ocurrido nada.

— ¿Cuánto hacía que no venía por aquí?

— Un par de años.

— ¿Tanto?

En ese momento, el carruaje comenzó a moverse mientras Itadori cruzaba las piernas, silbando.

— Sí, hace mucho no vienes por aquí.

— Lo siento, Nanamin...no me di cuenta, Satoru siempre está empecinado en corretear por Europa y...bueno, ya sabes cómo son las cosas.

— Suenas molesto.

— Lo estoy.

— ¿Otra vez discutiendo con Gojo?

Itadori bufó, resopló y guardó silencio mientras observaba a través de la ventana con aire fastidiado. Por unos minutos, Nanami no volvió a preguntar nada más mientras Itadori decidía qué palabras utilizar cuidadosamente.

— ¿Cuándo no? Estoy harto. Siempre es lo mismo con él.

— Y siempre te quejas de lo mismo cuando vienes.

— Lo siento.

— Está bien, te he dicho que no me molesta. ¿Dónde está?

— Italia. Creo. Eso fue hace unos cuatro meses, así que...no sabría decirte exactamente en dónde anda.

— ¿Hace cuatro meses que se separaron?

— Ajá. ¿Sucede algo?

— Discúlpame, pero estoy francamente sorprendido. Y escéptico al respecto.

— ¿Por qué?

Nanami lo observó a través de sus lentes anticuados, descruzó las piernas y volvió a cruzarlas sin desviar la mirada de sus ojos.

— Yuuji, me estás mintiendo.

— ¿Eh? ¿Lo dices por Satoru?¿No puedo estar sin él, acaso?

— Tú sí, él no.

— Pues bien, déjame informarte que dentro de éste carro sólo estamos tú y yo. Y que yo hace bastante que no intimo con nadie

— ¿Has venido hasta aquí para eso?

— Puede ser.

En realidad, Itadori estaba allí por otras cuestiones que hasta ese momento escapaban del conocimiento de Nanami. Le costó casi tres semanas volver a adaptarse al clima frío y a no temerle al sol tan seguido como lo hacía en Europa; luego, adentrarse y mezclarse entre las personas de los poblados más cercanos sin levantar sospechas.

Siempre con mucho, muchísimo cuidado porque sabía que en cualquier momento podría toparse con aquel sujeto indeseable de nuevo.

De sólo recordarlo le hervía la sangre que no tenía.

Al cabo de un mes, Nanami había dejado de desconfiar y de cuestionarle acerca del paradero de Satoru. Era inteligente, Nanami no tenía un pelo de tonto. Por supuesto que iba a buscar hasta la última excusa para no creer del todo en la palabra de Itadori siendo que la última vez que había estado separado de Satoru por más de dos semanas por otro inconveniente menor, el mayor prácticamente había llorado un mes seguido culpando a Itadori de abandono y desamor.

¿Cómo era posible que hubiesen pasado cuatro meses y Satoru no estuviese como mínimo sobre la nuca de Itadori?

La respuesta era sencilla, pero compleja de decir. Y Nanami no podía enterarse.

Porque si llegaba a saber que a Satoru lo habían herido de muerte y que a él lo estaba rastreando el mismo hombre que casi había aniquilado a su pareja, estaba claro que lo expulsaría de allí incluso a la luz del sol.

De nuevo, en plena luz del día y en la seguridad de su recámara en penumbras, Itadori se vio a sí mismo sin poder dormir, como todos los días. Luego de dar mil y un vueltas sobre la cama se incorporó y sentó en el borde del colchón, sus manos sobre su rostro.

La angustia terminaba por dominarlo y el llanto surgía sin que Itadori pudiese detenerlo., intentando que los sollozos no surgieran de forma estrepitosa y Nanami terminase oyéndolo. Solo y conociendo una verdad que no podía revelar, se sentía terriblemente culpable al buscar el consuelo de Nanami sin saber en qué condiciones se encontraba Satoru en esos momentos.

El mayor no se había comunicado de ninguna manera, ni siquiera a través de alguna carta escrita en clave. La incertidumbre crecía día a día y si no hubiese sido porque Itadori a la larga había aprendido a fingir como Satoru…

Aún así, luego de pasados diez años desde su transformación, Itadori seguía siendo más dependiente de Satoru que éste de él. Nanami se había equivocado en aquella ocasión e Itadori lamentó que hubiese sido así.

Cuando el padre Getou había por fin dado con las huellas correctas y Satoru se había confiado pensando en que no iba a ser capaz de matarlo, Itadori deseó haber reaccionado de manera diferente y no haberse quedado inmóvil cuando Satoru le había ordenado que no se moviera, que no lo ayudara. Itadori había visto las balas de plata, incluso aquel objeto metálico atravesando a Satoru y no había podido hacer nada.

Y para colmo de males, había terminado huyendo ante el grito de Satoru obligándolo a que lo hiciera, aquel líquido oscuro que tantas veces le había dicho no tragase escurriéndose por sus labios, su mirada carmesí asustada.

Asustada por Itadori, no por él.

Lo único que Itadori había alcanzado a conseguir para Satoru había sido la distracción suficiente para que lograra escapar a tiempo, sólo que eso lo había llevado a enfrentarse de manera directa con Suguru y aquello había derivado en que ahora lo persiguiera a él.

Si tan sólo se acercara lo suficiente para que Itadori pudiese hacerlo pedazos en la seguridad de la noche no tendría por qué haber tenido que viajar a otro continente y encima esconderse de aquella manera; sin embargo, Suguru no era ningún estúpido y conocía los artilugios que Satoru había tenido a bien enseñarle a Itadori, imposibilitándole la acción que tanto ansiaba realizar.

Si intentaba volver a Europa, estaba seguro de que terminaría delatando la posición de Satoru y aquello podría ser mucho peor...si es que Satoru seguía con vida.

No, aquel pensamiento otra vez no…

¿Qué iba a hacer Itadori con su existencia si había perdido al amor de su vida? Otra vez, la sola idea de que Satoru estuviese muerto le generó un ataque de pánico. ¿Por qué había ido hasta allí, por qué había involucrado a Nanami en aquello que sólo le concernía a él?

Porque se había desesperado, porque no había pensado cuando le había escrito a Nanami pidiéndole asilo sabiendo que no recibiría una negativa, menos si Satoru no viajaba con él.

Había abandonado a Satoru del otro lado del mar, cómo podía ser tan…

Aquello iba en su contra, Itadori ahora lo veía claro. Suguru había atacado a Satoru no por el rencor que lo invadía, sino para hacerle daño a él. Itadori había hecho caso omiso a sus palabras, se había ido con Satoru incluso sabiendo lo que aquello significaba y ahora se lo estaba haciendo pagar.

Sin embargo, Itadori no era el mismo de hacía diez años. ¿Acaso Suguru creía que todavía era aquel muchacho confundido y temeroso que había conocido en su cuarto? Dentro de sus pensamientos, no pudo dejar pasar el leve sentimiento de desilusión hacia el humano; en esos instantes de dolor e incertidumbre, Suguru había sido tan paciente, tan bueno con él...claro, ahora se había transformado en lo que aquel sacerdote ansiaba destruir, francamente el único motivo de su vida, ¿tanto tiempo libre tenía?

O tanto rencor, en todo caso. Satoru había tenido razón, Suguru era un rencoroso de mierda.

Aquella noche salió de nuevo. Se atrevió a ir un poco más allá, a la ciudad. Sorprendentemente, no encontraba rastros ni del cura ni de sus ayudantes, los cuales sabía lo acompañaban a todas partes...o se estaba escondiendo muy bien…¿o era posible que no lo hubiese seguido? No, imposible. Suguru le había pisado los talones hasta el barco que lo había transportado a América, no podía ser que no hubiese cruzado también el mar.

O quizás él no era tan importante, después de todo. Aquel pensamiento lo relajó y preocupó a partes iguales, porque sino lo había seguido a él…

— Yuuji.

Significaba que podría haber buscado a Satoru para darle el golpe final...y era por eso que no se estaba comunicando con él…

— Yuuji.

— Disculpa, no oí tu pregunta.

Eran las cinco de la madrugada. En otras condiciones, tanto Itadori como Nanami estarían en otro tipo de situación ya a esas horas...pero para Itadori el estrés, la ansiedad y la incertidumbre se habían acumulado de tal manera y lo habían afectado a tal grado que se había puesto más intratable que nunca; había esquivado el contacto con Nanami la mayor parte del tiempo e intentaba conversar con él lo menos posible, temeroso de que los nervios lo traicionaran y terminara tratándolo mal, justo a su anfitrión…

— No te he hecho ninguna.

— Ah.

— Ya ha pasado un mes, tal vez unos días más desde que has llegado.

— Sí, por ahí. Sí.

Nanami había encendido el hogar de aquel enorme salón, el fuego siendo la única luz que lo iluminaba todo. Ninguno de los dos sentía frío realmente pese a que hasta hacía un par de horas en el exterior había estado nevando copiosamente; Itadori siguió con la mirada los pasos del mayor hasta que se detuvo delante del fuego, casi dándole la espalda.

— ¿No crees que ya va siendo hora de que me cuentes qué fue lo que sucedió?

— ¿Con qué, Nanamin?

— Con Gojo, por ejemplo. Ustedes no han peleado, lo sé.

— ¿Por qué no me crees? Yo…

— Porque Gojo me advirtió que los estaba siguiendo un humano, hará cosa de medio año atrás. Luego de eso, dejó de responder a mi correspondencia. Y después, me escribiste tú. Un poco raro, ¿no te parece?

Bueno, Itadori no se había esperado aquello para nada. Satoru nunca le había comentado en aquella época que se había estado escribiendo con Nanami, mucho menos que le había comentado a otra persona que Suguru ya estaba detrás de ambos. De hecho, Itadori se había enterado casi en el momento en el que el sacerdote los había atacado...y Satoru lo había sabido de antemano. Probablemente ya se habían encontrado en algún momento anterior el cual Itadori desconocía o como mínimo, el mayor lo había sabido.

— ¿Sabes por qué? Esto fue lo último que recibí de él.

Itadori jadeó cuando la silueta de Nanami se detuvo delante suyo. Perdido en sus pensamientos, Itadori no lo había siquiera oído aproximarse a su posición y, cuando el otro extendió un sobre lacrado hacia él, dudó antes de tomarlo. Tragó saliva, carraspeó y terminó estirando el brazo para tomar aquella carta con dedos temblorosos, sin poder disimular ya su nerviosismo.

Nanami se apartó en silencio para darle mayor visibilidad a Itadori mientras éste abría el sobre y extendía el papel escrito. Un gemido estrangulado se atoró en su garganta cuando reconoció la caligrafía pulcra y estilizada de Satoru. La carta era corta, muy corta.

Junio, 13.

Escribo la fecha porque no sé cuándo llegará esto a tus manos. O siquiera llegará, no lo sé.

Satoru ni siquiera saludaba en el inicio de la correspondencia y eso a Itadori ya le daba un muy mal presentimiento. Incluso en cartas, se podía escuchar la manera de hablar de Satoru y aquella no parecía ser la suya.

Sólo voy a pedirte una cosa, sólo una..y apelo enormemente a los años, a las décadas y siglos que hace nos conocemos.

No te niegues, por favor: si algo llega a pasarme, sea lo que sea, hazte cargo de Yuuji hasta que él se independice. Es bastante centrado, pero aún es demasiado joven. ¿Qué son 10 años para gente como nosotros? Va a estar enojado y asustado, por favor, contenlo. Él te quiere, te escucha.

Lo siento.

G.S.

Itadori apretó tanto la mandíbula mientras leía que no le hubiese sorprendido si escuchaba el crujido de un diente partiéndose. Inspiró aire profundamente mientras le fallaban las rodillas, sentándose en el primer sofá que tuvo a bien ver antes de caerse al suelo.

Luego, por supuesto, el llanto. Mientras hincaba el codo en su muslo y cubría su rostro con una mano procuró no mojar con sus lágrimas el último papel que Satoru había escrito, quizás la única y última prueba de su existencia. Los segundos pasaron eternos mientras el sonido de su sollozo se entremezclaba con el del crepitar del hogar encendido.

De repente, sintió que el sofá se hundía a su lado y no necesitó cerciorarse de que se trataba de Nanami; el mayor rodeó sus hombros con un brazo y lo atrajo hacia él, las lágrimas saliendo con mayor intensidad y el sollozo del que se avergonzaba escapándose de sus labios temblorosos.

— Gojo nunca pide éste tipo de cosas. Jamás. Cuando recibí esto...supe que algo malo había sucedido.— la voz de Nanami sonaba grave, el murmullo lóbrego parecido al de alguien que estaba dando una muy mala noticia.— ¿Podrías explicármelo tú, Yuuji?

Claro que iba a tener que hacerlo. Itadori había abusado de la confianza y la hospitalidad de Nanami, le había mentido en la cara y peor aún, le había ocultado el verdadero motivo de su llegada tan intempestiva a aquellos parajes tan lejanos. Con el pañuelo que Nanami le ofrecía se limpió la cara sólo para jadear, asustado y sorprendido al ver el pañuelo blanco lleno de sangre carmesí, fresca y rutilante.

— No te preocupes. Después de unos años, es normal que te suceda eso.

— Lamento lo de tu pañuelo.— ¿esa era su voz?

— Eso es lo de menos.

Itadori se soltó finalmente del agarre de Nanami y se recostó en el respaldo del sofá, resoplando e intentando calmarse un poco para acomodar sus ideas. Los minutos pasaron de nuevo envueltos en un silencio que no resultaba incómodo, más si acuciante.

— Yo...no me enteré que ese hombre nos seguía hasta que...bueno, hasta hace cuatro meses. Se ve que Satoru ya lo sabía y no me dijo nada.

— Seguramente lo hizo para protegerte. ¿Lo conoces?

— Sí. Lo conocí cuando era humano, él...él buscaba a Satoru. Le guarda rencor. Jamás pensé que…

Las aguas subieron rápidamente cuando Itadori recordó el momento exacto en el que la expresión de Satoru había cambiado completamente aquella noche, la diversión y la tranquilidad mudándose lejos y siendo reemplazadas por la seriedad y la preocupación. Itadori se había asustado de inmediato al verlo de aquella manera tan inusual, sobre todo cuando Satoru lo había tomado de los hombros y le había obligado a jurarle que, si algo le sucedía, huiría lejos, tan lejos que tendría que cruzar el océano sin mirar atrás.

En ese instante, Itadori pensó que Satoru estaba jugando. No le hubiese extrañado tampoco, un delirio más, un delirio menos. Sin embargo, cuando había nombrado a Nanami...su expresión se había vuelto más severa al exigirle que le hiciera caso, e Itadori no había tenido más opción que asentir y prometerle que buscaría a Nanami si algo malo le sucedía.

Y el semblante de Satoru se había relajado un poco hasta que él había aparecido. ¡Cuántos años hacía que Itadori no oía aquella voz suave y pausada! Aún así, la recordaba como la primera vez que la había oído en el living de su casa, aquella tarde infernal en la que sus padres habían decidido contratar a un sacerdote.

— Bueno, en realidad sí sabía que era capaz, más no pensé que aún nos seguía.

— Yuuji...lamento tener que preguntar esto, pero ¿Gojo está muerto?

— No...No lo sé. Estaba muy herido y…

Sin poder soportarlo más, Itadori comenzó a hiperventilar en otro ataque de ansiedad; como la cosa iba empeorando, Nanami tuvo a bien sostenerlo firmemente por los hombros mientras Itadori sentía que no podía respirar, tomando con fuerza el cuello de la camisa del mayor.

— Yo lo dejé ahí, Nanami. Lo dejé solo...yo…

— Yuuji, respira. Tranquilízate. Eso, despacio.— cuando pudo respirar de nuevo con cierta dificultad, otra vez percibió las lágrimas de sangre corriendo por sus mejillas, limpiándolas con el dobladillo de su camisa.— Escúchame bien. Si Gojo hubiese muerto, lo habrías sentido.

— ¿De...de verdad?

— Sí, es una sensación muy desagradable. Cuando tu progenitor, el vampiro que te convirtió desaparece...sientes como si te arrancaran un trozo de ti. Literalmente. ¿Has sentido algo como eso?

— N-No...creo que no. No, no lo he sentido.

— Entonces respira tranquilo, Gojo aún está con vida. Bueno, en el término que manejamos nosotros.

Por primera vez en mucho tiempo, Itadori resopló aliviado. Si se lo decía Nanami tenía que ser cierto, ¿no? Él nunca le mentiría para hacerlo sentir mejor, ¿no es así?

— El humano te siguió hasta aquí, ¿no es así?

— Y-Yo...Nanami, escucha, lo he estado buscando y no lo he encontrado, estoy seguro de que…

Nanami lo soltó y suspiró; se pasó una mano por el cabello y sus ojos se mantuvieron fijos en un punto lejano, cerca del hogar. Itadori no agregó más nada cuando se percató de que, a fin de cuenta…¿quién era él para creerse capaz de engañar a un vampiro que tenía siglos caminando sobre la tierra? Nanami ya se las conocía a todas.

Era obvio que lo había sabido o sospechado todo desde un comienzo, sólo que le había dado tiempo a Itadori para que fuese él quien se lo contara.

— Me iré. No quiero generarte problemas. Me iré antes de que Suguru llegue hasta aquí.

— ¿Te he echado, acaso?

— N-No, pero…

— ¿Entonces? No te preocupes. Puedo asegurarte que ningún humano puede acercarse a este castillo sin que yo lo permita. Y cuando digo ninguno, es ninguno, Yuuji. No importa qué superpoder tenga ese sujeto. Si es por eso que querías irte, olvídalo.

— ¿Estás...estás seguro, Nanami? Te mentí.

— En realidad, sólo ocultaste parte de la información que yo desconocía. Eso no es mentir.

Itadori iba a llorar en cualquier momento otra vez, ya lo veía venir. Nanami se cruzó de piernas mientras apoyaba una mano en el muslo de Itadori dando apenas unas palmaditas reconfortantes.

— Bien. Ahora, cuéntame sobre ese tal Suguru.

Bueno, ahora sí se pudrió todo xD

¡Nos leemos!