DULCES BESOS
10| LA MUCHACHA
Dormir después de la salida del sol no era una cosa que Naruto hiciese a menudo, pero los sueños atormentados habían perturbado su sueño profundo y había dormido hasta bastante después del amanecer.
Había apartado a la fuerza las memorias vagas y en lugar de eso se había concentrado en los pensamientos agradables de su próxima boda. Minato deseaba oír el castillo lleno de nuevo de voces, a Kushina le deleitaría ver pequeñitos corriendo alborotadamente, y Naruto MacNamikaze quería tener su propio niño. Enseñaría a sus hijos a pescar y calcular el movimiento de los cuerpos celestes. Les enseñaría a sus hijas lo mismo, se juró.
¡Él quería niños, y por Amergin, llevaría a su novia al altar esa vez! Sin importar que él no supiera nada de ella. Ella era joven, de edad fértil, y él la trataría respetuosamente y con cortesía. Multiplicadas por dos, para tener esos niños.
Y tal vez un día ella podría llegar a tener compasión de él. Tal vez era lo bastante joven para ser... er, domesticable como un potro joven. Si no podía leer y escribir, le podría gustar aprender. O podría ser débil de vista y no advertir las excentricidades de los ocupantes del Castillo Namikaze.
Y tal vez sus perros lobos navegaran veleros. Ondeando banderas de rendición. Ja. Luciendo atavíos, Sakura era su última oportunidad, y él lo sabía. Porque eran Highlanders que se protegían mucho a sí mismos, por siglos de rumores, por la seguidilla de compromisos matrimoniales arruinados, los padres de las doncellas bien educadas eran reacios a dar a sus hijas en matrimonio. Buscaban para sus hijas hombres respetables y seguros, a quienes los rumores no se aferraran tan tenazmente como erizos en la lana.
Hasta que el Elliott, laird de un clan de antiguo abolengo, había decidido a pasar por alto todo (por dos feudos y una cantidad considerable de monedas) y el matrimonio había sido arreglado. Ahora Naruto solamente tenía que distorsionar sus habilidades inusuales lo suficiente como para hacer a Sakura Elliott interesarse por él, o al menos lo suficiente como para traer a algunos niños al mundo. Él tenía mejor criterio que esperar amor. El tiempo le había enseñado eso bien.
Amor, reflexionó. ¿Cómo sería tener una mujer que lo contemplara con admiración?¿Que lo apreciara por lo que era? Cada vez que había comenzado a creer que una mujer podía interesarse por él, ella había visto u oído algo que la había asustado estúpidamente y lo había abandonado, gritando, ¡Pagano! ¡Brujo! Bah.
Él era un cristiano perfectamente respetable. Simplemente ocurría que era un Druida también, pero no sufría conflictos de fe. Dios estaba en todo. Como Él había concedido Su belleza a los robles poderosos y los lagos de cristal, también había cepillado las piedras y las estrellas con eso. Absorto en la perfección simple de una ecuación, la fe de Naruto se hacía más honda, no se debilitaba.
Recientemente, había empezado regularmente a oír misa otra vez, intrigado por el joven e inteligente sacerdote que había asumido el control de los servicios en el castillo. Talentoso de una manera compasiva, con un ingenio rápido, una madre perturbada por la que no podía ser culpado, y una liberalidad rara en hombres de la iglesia, Itachi Uchiha no condenaba a los MacNamikazes por ser diferentes. Él veía tras los rumores, a los hombres honorables de dentro. Tal vez en parte porque su madre practicaba algunos ritos paganos.
Naruto estaba contento de que el joven sacerdote realizara la ceremonia matrimonial. El trabajo de reconstrucción de la preciosa capilla del castillo había sido acelerado, para tenerlo todo listo con prontitud.
En previsión de la llegada de su futura esposa al Castillo Namikaze, él había tomado precauciones. No sólo había advertido a Minato y Menma sobre despliegues inusuales de talento y conversaciones mentalmente impactantes, sino que había quitado los "heréticos" tomos de la biblioteca y los había guardado arriba en un seguro almacenamiento en la cámara de la torre de Minato.
Dios mediante, ella estaría tan ocupada con sus tías y las criadas que la acompañarían que no advertiría nada extraño acerca de cualquiera de ellos. No cometería los mismos errores con Sakura Elliott que con sus primeras tres prometidas. ¡Seguramente su familia podría presentar sus mejores cualidades sólo por unas dos semanas!
No fallaría esa vez, se juró con optimismo.
Desafortunadamente, nadie más en el castillo parecía optimista ese amanecer.
Al despertarse, hambriento, e incapaz de detectar a una sola muchacha de la cocina alrededor, había vagado por el corredor hacia las cocinas, llamando a Kushina, hasta que finalmente ella había asomado su cabeza de la despensa para ver lo que quería.
¿Qué necesita cualquier hombre en la mañana, él había bromeado, además de una lucha enérgica en medio de las sábanas? Comida.
Ella no había sonreído y había bromeado en respuesta. Lanzándole miradas de soslayo y extrañamente acerbas, Kushina había accedido, siguiéndolo de regreso al Gran Hall y dejando caer un pan costroso, de una semana de antigüedad, cerveza insípida, y un pastel de carne de cerdo que él había comenzado a sospechar contenía partes de cerdo en las que preferiría no pensar.
¿Dónde estaban sus amados arenques y sus tatties, fritas, crujientes y doradas? ¿Desde cuándo tenía él, el favorito de Kushina, que servirse comida magra en la mañana? En ocasiones, Menma había sido tratado de tal manera —usualmente cuando había hecho algo que Kushina no había apreciado, implicando a una muchacha— pero no Naruto.
Así que ahora él se sentaba a solas, deseando que alguien, cualquiera, aún el joven Konohamaru, el muchacho sabihondo que entrenaba en el Druidismo básico, pudiera entrar tranquilamente con un hullo, o una sonrisa. Él no era un hombre dado a los humores sombríos, pero esa mañana su mundo entero se sentía fuera de balance, y no podía sacudirse una molesta sensación de presentimiento de que estaba a punto de empeorar.
—¿Entonces?— dijo Minato, asomando la cabeza en el Gran Hall, ensartándolo con su mirada intensa—. ¿Dónde estuviste anoche?—. El resto de él surgió detrás con un paso más flemático. Naruto sonrió débilmente. Aunque viviera hasta tener cien años de edad, nunca se acostumbraría al modo de andar de su padre. La cabeza primero, el resto de él quedándose atrás, como si tolerara su cuerpo sólo porque acarreaba su cabeza de un sitio para otro.
Él tomó un trago de cerveza insípida y dijo secamente:
—Buenos días para ti también, pa—. ¿Todo el mundo estaba fuera de balance ese amanecer? Minato incluso no había perdido el tiempo en un saludo. Simplemente una pregunta que sonaba más como una acusación y lo había hecho sentirse como un muchacho otra vez, atrapado volviendo sigilosamente de un coqueteo nocturno con una chica del servicio.
El viejo Namikaze hizo una pausa dentro del portal, se apoyó contra la columna de piedra, y cruzó sus brazos a través de su pecho. Demasiado ocupado considerando cuidadosamente los misterios del universo y garabateando en sus diarios para permitirse el gusto del entrenamiento o la esgrima, Minato era casi tan alto como Naruto, pero con una constitución mucho más delgada.
Naruto se obligó a sí mismo a tragar un bocado del que estaba convencido era pastel de cola de cerdo. Crunch-crunch. Por Amergin, ¿qué había echado Kushina en esa cosa?, se preguntó, haciendo un intento para no mirar demasiado el relleno. ¿Horneaba cosas hórridas por adelantado para emplearlas en quienquiera que la contrariase en alguna costumbre?
—Dije, ¿dónde estuviste?— repitió Minato.
Naruto frunció el ceño. Sí, Minato estaba definitivamente de mal humor.
—Durmiendo. ¿Y tú?
Sacó algo difícil de identificar de su plato y lo ofreció a uno de los perros de caza bajo la mesa. Frunciendo los labios, el animal gruñó y se echó hacia atrás. Naruto miró dudosa y ceñudamente el pastel antes de llevar la mirada de regreso a su padre. Minato lucía su edad esa mañana, y eso deprimió e irritó a Naruto.
Lo deprimió porque Minato tenía esa edad, sesenta y dos. Lo irritó porque recientemente su padre se había dedicado a llevar su pelo suelto alrededor de sus hombros, lo cuál, en opinión de Naruto, lo hacía parecer aún más viejo, y a él no le gustaba recordar la mortalidad de su padre.
Quería que sus niños tuvieran a su abuelo alrededor por un tiempo larguísimo. El pelo de Minato ya no era el rubio grueso de su juventud, pero sí largo hasta el hombro, algo blanco y poseído de una personalidad propia. Acoplado con la túnica azul fluida que lo favorecía, proyectaba una apariencia descuidada de filósofo alocado.
Jalando la correa de cuero de su pelo, Naruto la lanzó a su padre y se sintió aliviado al ver que su pa todavía tenía los reflejos suficientes como para atraparla con una mano por encima de su cabeza.
—¿Qué?— Minato preguntó malhumoradamente, recorriéndolo con la mirada—.¿Qué quieres con esto?
—Átalo hacia atrás. Tu pelo me pone de mal humor.
Minato arqueó una ceja.
—A mí me agrada así. Para tu información, a la madre del sacerdote realmente le gusta mi pelo. Me lo dijo justamente la última semana.
—Pa, mantente lejos de la madre de Itachi— dijo Naruto, sin hacer el intento de embozar su aversión—. Juro que esa mujer trata de leer mi fortuna cada vez que la veo. Siempre avanzando a rastras alrededor, proyectando tristeza y condena. Mikoto está como una cabra. Hasta Itachi cree que sí—. Él negó con la cabeza e hizo estallar una corteza de pan en su boca, luego lo lavó con un trago de cerveza. El pastel de carne de cerdo lo había derrotado. Apartó a empellones la bandeja, rehusándose a mirarla.
—Hablando de mujeres, hijo, ¿Qué tienes que contarme sobre la pequeñita que apareció aquí la última víspera?
Naruto bajó su jarra hacia la mesa con un golpe, sin humor para una de las conversaciones secretas de su padre. Deslizó el pastel de carne de cerdo por la mesa hacia él.
—¿No te interesa un poco de pastel, pa?— ofreció. Minato probablemente no advertía cualquier cosa mala en eso. Para él, la comida era comida, necesaria para conservar el cuerpo que acarreaba su cabeza alrededor—. Y no sé de qué muchacha hablas.
—La que sufrió un desmayo en nuestra escalinata anoche, sin nada puesto excepto su piel y tu plaid— dijo Minato, ignorando el pastel—. El plaid del laird, el único que se teje con hilos de plata.
Naruto dejó de cernerse sobre su insignificante desayuno, su atención completamente comprometida.
—¿Desmayo? ¿De verdad?
—Ciertamente. Una muchacha inglesa.
—No he visto a ninguna muchacha inglesa esta mañana. Ni la última víspera—. Tal vez la muchacha a quien Minato se refería era la razón por la que había obtenido el desagradable pastel de carne de cerdo.
Kushina tenía un corazón blando, y habría apostado una de sus preciadas dagas de Damasco que si una muchacha violada había comparecido en el umbral, ella habría sido la única en comer arenques dorados y tatties y huevos escalfados. Tal vez los bollos rellenos que hacía Clootie, las tortas de harina de avena, y la mermelada anaranjada. En más de una ocasión, las mujeres de otros clanes habían buscado refugio en el castillo, buscando empleo o la oportunidad de comenzar nuevamente con personas que no las conocieran. Kushina misma había encontrado ese refugio allí.
—¿Qué dice la muchacha que le ocurrió?— preguntó Naruto.
—Estaba indispuesta para responder preguntas cuando apareció, y Kushina dice que aún no ha despertado.
Naruto contempló a su padre un momento, sus ojos estrechándose.
—¿Estás insinuando que soy responsable de su presencia?—. Cuando Minato no lo negó, Naruto bufó—. Och, pa, ella pudo haber encontrado uno de mis viejos plaids en cualquier parte. Quizá la tela estaba tan harapienta que la han lanzado a los establos para ser cortado en pedazos para el parto de las ovejas.
Minato suspiró.
—Ayudé a llevarla a su cámara, hijo. Tenía la sangre de su virginidad en los muslos. Y estaba desnuda, y se había envuelto tu plaid alrededor de ella. Uno nuevo crujiente, no uno viejo. ¿Puedes ver por qué estoy perplejo?
—Así que por eso es que Kushina me sirvió comida de una semana—. Naruto empujó hacia atrás su silla y se levantó, encrespándose con indignación—. Seguramente no crees que tuve que ver con eso, ¿verdad?
Minato frotó su mandíbula cansadamente.
—Solamente trato de entender, hijo. Ella dijo tu nombre antes de que se desmayara. Y la semana pasada Mikoto dijo...
—No pienses en decirme nada de alguien que adivina leyendo ramitas...
—...que hay una oscuridad alrededor de ti que la preocupa.
—Una elección fortuita de palabras. Una oscuridad. La cuál, convenientemente, podría ser cualquier cosa que llegara a pasar. Un estómago descompuesto por un pastel de carne de cerdo, un corte pequeñito en una pelea de espadas, ¿no ves qué tan vago es? Deberías tener vergüenza de ti mismo, un hombre de ciencia, el Namikaze de mayor categoría nada menos.
Se miraron furiosamente el uno al otro.
—Terco, ingrato, y de mal genio— espetó Minato.
—Confabulando, interfiriendo, y con el pelo como con espinos— replicó Naruto.
—Irrespetuoso e impotente— Minato empujó pulcramente.
—¡No lo soy! Soy perfectamente viril.
—Bien, ciertamente no podrías poner a prueba eso por tu semilla, la cual si estuviera siendo desparramada, no se arraiga.
—Tomo medidas de previsión— Naruto resolló de furia.
—Bien, detente. Tú tienes treinta, yo tengo el doble de eso. ¿Crees que viviré por siempre? A estas alturas, daría la bienvenida a un bastardo. Y puedes estar seguro de que si la muchacha resulta estar embarazada, llamaré al niño MacNamikaze.
Se miraron con ceño, luego Minato repentinamente se sonrojó, su mirada fija en un punto distante más allá del hombro de Naruto.
Naruto se congeló, como si sintiera una presencia nueva en el cuarto. El pelo de su nuca se erizó. Dio vuelta lentamente, y el tiempo pareció detenerse cuando la vio. Su respiración se detuvo de un golpe en su pecho, y él ciertamente chisporroteó bajo el calor de la mirada de ella.
Cristo, pensó Naruto, con la mirada fija en unos ojos que eran tempestuosos y preciosos como una tormenta, es pequeñita, y se ve vulnerable, y absolutamente bella. No es extraño que haya metido a pa y Kushina en tal problema.
Ella era una canción andante de sirenas, canturreando con un calor sensual. Una mano estaba en el elegante pasamano de mármol de la escalera, la otra mano presionaba su abdomen, como al deliberar la posibilidad de que pudiera estar embarazada.
Ojalá él hubiera tomado su virginidad, pero no lo había hecho; no había tomado la virginidad de ninguna mujer, y además él nunca la habría dejado sola y vagando más tarde.
No, pensó, clavando los ojos en ella, él habría conservado a esa mujer metida firmemente en su cama, en sus brazos, caliente y resbaladiza después de haber hecho el amor. Y de volver a hacer el amor. Y más hacer el amor. Ella le hacía alguna cosa mágica a su sangre.
El pelo negro medianoche caía en un brillo lacio hasta después sus hombros y a media espalda. Tenía longitudes extrañas, algunos mechones más largos que otros, con flecos de pelo sobre su frente que ella sopló de sus ojos con una exhalación suave, lo cual hizo que su labio inferior se viera incluso como si hiciera un puchero.
Pequeña de estatura, pero con curvas que podrían hacer caer de rodillas a un hombre adulto, y ciertamente las de él habían empezado a temblar, ella llevaba puesto un vestido de su color favorito que hacía cosas adorables a sus pechos. Era lo suficiente escotado como para casi revelar sus pezones, cortado lo suficientemente bajo como para darle marco sus curvas en una tentación eterna. Sus pómulos eran altos, su nariz recta, sus cejas aladas hacia arriba en los bordes exteriores, y sus ojos...
Cristo, la forma en que ella lo miraba hacía arder su piel.
Ella lo contemplaba como si lo conociera íntimamente. Él dudó que alguna vez hubiera visto una mirada tan intensa y descarada de deseo en los ojos de una mujer. Y, claro está, su siempre astuto padre no lo pasó por alto tampoco.
—Ahora, dime otra vez que no la conoces, muchacho— dijo Minato sardónicamente—. Porque es seguro que ella parece conocerte.
Naruto negó con la cabeza, desconcertado. Se sentía como un tonto, de pie y con la mirada fija, pero aunque lo intentara no podía arrancar su mirada de la de ella. Los ojos de la muchacha eran encantadoramente implorantes, como si esperara algo de él o estuviera tratando de comunicar un mensaje silencioso.
¿De dónde había llegado una belleza tan pequeñita? ¿Y por qué estaba teniendo un efecto tan profundo en él? Concedido, era preciosa, pero él había conocido a muchas mujeres preciosas. Sus prometidas habían sido algunas de las mujeres más bellas en las Highlands.
Pero ninguna lo había hecho sentirse nunca tan posesivo, viril e intensamente hambriento. Esos sentimientos no eran de buen agüero para sus planes de inminente dicha marital. Después de un silencio interminable, él levantó sus manos, confundido.
—Lo juro, nunca la he visto antes en mi vida, pa.
Minato cruzó los brazos sobre el pecho y miró con ceño a Naruto.
—¿Entonces por qué está ella clavando sus ojos en ti de esa manera? Y si tú no te acostaste con ella anoche, ¿cómo explicas la condición en que llegó?
—Oh, caramba— la muchacha barbotó entonces—. Tú piensas que él... oh. No había considerado eso—. Lanzó un suspiro enorme y pellizcó su labio inferior, clavando los ojos en ellos.
En cualquier momento ella quebraría el silencio para salvar su reputación, pensó Naruto, esperando.
—¿Bien?— Minato la animó—. ¿Te tomó él anoche?
Ella vaciló un momento, derramando su mirada entre los dos hombres, luego hizo un bamboleo incierto con la cabeza, que Naruto prontamente interpretó como un "no".
—¿Ves? Te lo dije, pa— dijo Naruto, aliviado de que ella finalmente hubiera apartado la vista de él. La justa indignación lo inundó—. No tengo que seducir a las vírgenes, no con tantas mujeres experimentadas compitiendo por el placer de mi cama.
Las mujeres podrían no querer casarse con él, pero eso ciertamente no las persuadía de gatear a su cama en cualquier oportunidad. Frecuentemente había sospechado que los mismos rumores que las desviaban del altar, eran los mismos atractivos que las seducía para buscar su cama. Después, las muchachas se iban. Atraídas por el peligro de una noche o dos, pero no para vivir constantemente con eso.
Cuando la muchacha diminuta lo miró furiosamente, él le dirigió una mirada desconcertada. ¿Por qué estaba ella ofendida por su experiencia con las chicas?
—Perdona la pregunta tan poco delicada, muchacha— dijo Minato—, pero ¿quién te quitó tu... er, virginidad? ¿Fue alguien de nuestra gente?
Típico de su padre; no dejaría las cosas allí. No había sido él, y eso era todo lo que Naruto necesitaba oír. Bajo condiciones normales él habría buscado por toda la propiedad al pretendiente que la había desvirgado e insensiblemente la había abandonado, y se había ocupado de que a ella le fuera concedida no importaba qué compensación deseaba: era su responsabilidad como laird, pero su pa había pensado que él había tomado su virginidad, y se sentía muy ofendido.
Para quitarla de sus pensamientos, en gran parte para probarse a sí mismo que podía, se marchó dando media vuelta para buscar a Kushina, aclarar ese asunto con ella, y obtener un desayuno comestible, pero volvió sobre sus pasos cuando ella habló otra vez.
—Él lo hizo— dijo ella, sonando al mismo tiempo petulante e irritada.
Naruto giró sobre sí mismo lentamente. Ella parecía casi tan conmocionada por sus palabras como lo estaba él. La muchacha se amilanó bajo la tensión de su mirada, luego refunfuñó:
—Pero deseé que lo hiciera.
Naruto estaba encolerizado. ¿Cómo se atrevía ella a acusarlo falsamente? ¿Qué ocurriría si su prometida la oyera decir eso? ¡Si el padre de Sakura se enterara de que esa mujer pequeñita reclamaba que él insensiblemente la había desvirgado y luego abandonado, podría cancelar las nupcias!
Quienquiera que ella fuera, no iba a hacer estragos en sus niños nonatos. Gruñendo, él cruzó el espacio entre ellos en tres zancadas veloces, la levantó con un solo brazo, y la lanzó sobre su hombro, una mano controladora extendida en su cadera.
Una mano controladora que no pasó por alto apreciar esa cadera, lo que lo puso más enojado todavía. Ignorando las protestas de su padre, él se dirigió a la puerta, avanzó dando tumbos, y arrojó a la chica mentirosa, de cabeza, en una zarza.
Sintiéndose simultáneamente revindicado y como el bribón más arrepentido en toda Alba, cerró de golpe la puerta, deslizó el perno, se plantó a sí mismo contra ella, y plegó sus brazos sobre su pecho, como si hubiera puesto una tranca a la puerta contra algo mucho más peligroso que una simple muchacha mentirosa. Como si el Caos mismo estuviera golpeando con un ariete en sus cercos de protección, vestida en irresistible color de lavanda y emanando un ardor sensual.
—Y que sea el fin de eso— dijo a Minato firmemente. Pero no sonó realmente tan firme como él había intentado. En verdad, su voz aumentó ligeramente al final, y su aseveración produjo una inflexión inquisitiva. Él arrugó el ceño para enfatizarla más propiamente, mientras Minato lo miraba boquiabierto, mudo.
¿Había visto él alguna vez a su padre mudo antes?, se preguntó afanosamente. En cierta forma, tuvo el presentimiento de que deshaciéndose de la embustera muchacha en la zarza no había puesto fin a nada.
Más bien, sospechaba que lo que fuere que pasaba, sólo había comenzado. Si fuera un hombre supersticioso, podría haber imaginado que oía las ruedas rechinantes del destino cambiando de dirección.
Continuará...
Glosario:
- Druida: Estos chamanes o sacerdotes celtas, que todos relacionamos con las aventuras de Astérix o con las piedras de Stonehenge, son ya descritos por cronistas griegos y romanos, que les atribuyen funciones de jueces, maestros, curanderos y adivinos, y los relacionan con la casta sacerdotal de los celtas que habitaban la Galia e Inglaterra.
En el mundo celta las funciones religiosas estaban separadas de la vida política; sin embargo, los druidas fueron difusores de las ideas religiosas y filosóficas, lo que influye en su ponderación política. A pesar de ser un pensamiento filosófico mal conocido, la transmisión de sus enseñanzas se realizó de forma oral, ya que no dejaron testimonio escrito de sus ideas.
Los druidas propios: eran los adivinos y sacrificadores celtas. Son los mas recordados por la historia, y con los que se hacían el termino "druidas".
Los druidas artísticos: eran los bordas y poetas, menos conocido que los druidas propios, pero fueron los que mas perduraron a lo largo de la historia.
- Amergin: Era un druida, Poeta y adivino, Amhairghin mac Míled (o Amergin), conocido también como Amhairghin Glúngel ("Amergin rodilla blanca"), fue el hijo de Míl Espáine (Mil de Hispania) druida, filidh y juez de los Milesios, identificados dentro de la mitología Irlandesa como los primeros habitantes gaélicos de Irlanda. Existen varios poemas atribuidos a Amergin dentro de las sagas y leyendas irlandesas. Especialmente en el Lebor Gabála Érenn, o libro de las invasiones de Irlanda.
- Tuatha Dé Danann: Los Tuatha Dé Danann también llamados Tuatha Dé, es decir: "tribu de los dioses", fueron el quinto grupo de habitantes de Irlanda según la tradición del Lebor Gabála Érenn. Se piensa que representan a los dioses y diosas irlandeses.
