Después de más de una década siendo vampiro y de exponer sus pensamientos más profundos - tanto los vulnerables como los retorcidos y sádicos - sólo a Satoru, Itadori jamás llegó a pensar lo bien que se sentiría hacerlo con Nanami; por supuesto, aquella era una situación única y gracias a eso - o por desgracia, en realidad - , Itadori se percataba de que pese a que habían transcurrido tantos años...no había confiado en nadie más que no hubiese sido su mentor y pareja, encontrándose prácticamente solo en aquel nuevo mundo en el que le tocaba existir.

Sin embargo, parte de la incertidumbre y de la tristeza que había acarreado desde la desaparición de Satoru se alivianaron al descargar todas sus frustraciones con Nanami, incluso las que recordaba de su época como humano; increíblemente, Itadori aún recordaba fragmentos de sus conversaciones con Suguru desde el momento en el que sus padres se lo habían presentado, como había intentado convencerlo en reiteradas oportunidades y los métodos que había utilizado para contrarrestar los efectos que Satoru tenía sobre su cuerpo humano en aquella época. Luego, le había relatado lo que el mayor le había contado de su historia con el sacerdote y, en ese momento, Nanami pareció reconocerlo.

"Ya sé de quién estás hablando", había dicho escuetamente Nanami sin soltar mayor información. Si bien la seguridad y firmeza de sus palabras con respecto a que ningún humano podía acercarse al castillo sin que él lo supiese o permitiese seguía en pie, un dejo de preocupación apareció en el semblante de Nanami y a Itadori no se le pasó por alto, preocupándolo también a él.

— ¿Tú lo conoces, Nanamin?

— Personalmente, no...pero Gojo no es el único vampiro que ha tenido problemas con ese individuo. Yuuji, no abandones el castillo hasta que logremos localizarlo con certeza, por favor.

— Pero…

— Si logró herir de gravedad a Gojo, ¿qué piensas que hará contigo? No es mi intención menospreciarte, pero tienes que entender que ese humano conoce los artilugios más rastreros contra nosotros, y tú no.

— Me está buscando a mí, estoy seguro. Si tan sólo me dejo ver, quizás…

— Es mi última palabra, Yuuji. Si quieres mi ayuda, será a mi manera.

Y eso había sido todo.

Itadori se sentía más liviano en cuanto a sus sentimientos negativos y fatalistas con respecto a Satoru, pero más culpable que nunca por inmiscuir a Nanami en un problema que en realidad no era suyo del todo, si bien Satoru lo había involucrado desde antes y prácticamente lo había obligado a través del remordimiento a hacerse cargo de Itadori...y éste suponía que en el proceso, hacerse cargo del que lo quisiera asesinar.

Y ya había pasado otro maldito mes encerrado en ese castillo literalmente desolado y frío, la nieve...no, el hielo cubriendo incluso algunas de los ventanales de los pisos inferiores. Itadori agradecía no verse afectado por el calor y el frío extremos porque la verdad, en otras circunstancias…

Nanami se había limitado a controlar los pueblos cercanos al castillo sin resultado alguno; a esas alturas, la ansiedad y los pensamientos fatalistas de Itadori comenzaban a asomarse a su mente con fuerza nuevamente, la idea de que en realidad Suguru sí había permanecido en Europa para darle caza efectiva a Satoru olvidándose de él más fuerte que nunca, el deseo irrefrenable de salir de allí, de faltar a la palabra de Nanami más intenso con cada día que pasaba sin resultado alguno y…

...y la idea de que Satoru sí había muerto y Nanami lo había estado conteniendo con mentiras piadosas para resguardarlo del peligro estaba más presente que nunca, disparando su ansiedad hasta los techos más altos del castillo.

— Nanamin…

— Dime.

En aquel gran salón de la planta baja, el viento helado se filtraba por los resquicios más pequeños de las grandes puertas produciendo un silbido bajo pero siniestro; Itadori desvió la mirada hacia uno de los ventanales más altos por donde el día anterior se alcanzaba a ver uno de los jardines que Nanami solía cuidar con esmero y paciencia.

La mitad del ventanal estaba tapado por hielo, la otra mitad superior despejada pero la tormenta de nieve impidiendo ver el exterior, el cielo totalmente nublado e inhóspito anunciando que aquello iba a durar días enteros.

Suspiró, encogiendo los hombros. Ladeó la cabeza hacia su interlocutor, sentado frente al hogar con las piernas cruzadas y la postura relajada, leyendo un libro sin prestarle real atención.

— Me gustaría salir, si es posible.

— ¿Cuál es tu deseo?

Itadori sabía que debía escoger muy bien sus palabras; en aquel mes de encierro - que si contaba desde que había llegado hasta allí antes de contarle la verdad a Nanami podían sumar dos - ya habían tenido varias discusiones con respecto a su estadía permanente y enclaustrada en aquel sitio. Por supuesto, el que había discutido, elevado la voz y perdido los estribos había sido Itadori, no Nanami; él se había mantenido firme en su palabra y cada excusa o argumento que Itadori le daba para asomarse por los portones, Nanami lo refutaba con una idea todavía más pesada de argumentos.

Incluso, Itadori había cometido el error de intentar salir de los terrenos del castillo sin autorización de su dueño. ¿Es que no le había entrado en la cabeza que Nanami le había dicho mil y una veces que todo aquel lugar dependía literalmente de él? A Itadori le había costado un mes - mentira, le había costado años, pero no lo había reconocido abiertamente porque le había parecido imposible - unir los cabos y percatarse de que en realidad, Nanami y el castillo eran uno solo. La idea parecía ridícula y estrafalaria a varios niveles y no necesariamente se refería a un plano físico; por alguna extraña razón que muy posiblemente tenía que ver con la técnica de sangre de Nanami que Itadori desconocía, el castillo y el vampiro parecían comunicarse entre sí.

Así de loco sonaba, y así de loco era. Puertas, escaleras y corredores en los que Itadori no podía circular parecían repentinamente bloqueados, sellados o imposibles de acceder sin la presencia de Nanami, incluso ni siquiera estando del castillo...y lo mismo ocurría con el vampiro, que parecía hablar con las paredes y enterarse de cuestiones que eran absolutamente imposibles de saber incluso si tuviese ojos en cada puerta, en cada ventana de aquel inmenso lugar.

Por lo que, más tarde que temprano, Itadori había aprendido a la fuerza que salir de allí por voluntad propia no era una opción. Había caído en una trampa tan simple por ingenuidad y desconocimiento que ahora, pese a no saber en realidad en qué situación se encontraba Satoru, lo maldecía a la distancia.

El vampiro había sabido que Itadori no iba a escapar de la prisión confinadora que representaba el castillo de Nanami sin que éste lo permitiese, e Itadori había caído sin siquiera saberlo. Genial.

— Necesito respirar, despejarme.

— Puedes hacerlo en los jardines, si eso es lo que deseas.

— Nanamin…¿qué sentido tiene estar encerrado si no corro peligro?

Intentó no elevar la voz pero fue un hecho casi imposible culpa de la ansiedad que recorría su cuerpo, su mente. Se acercó a Nanami dando uno, dos, tres pasos en su dirección y sólo se detuvo al ver que el otro descruzaba las piernas.

— Tú mismo me has dicho que Suguru no está en ésta región. Si lo controlas todo, no…

— No lo controlo todo. Si fuese así, créeme que ya habríamos dado con él.

— Nanamin, escucha.

Itadori se acercó a paso rápido y se arrodilló frente a Nanami; éste pareció repentinamente sorprendido, sobre todo cuando Itadori no le dio tiempo a actuar y recomponerse al tomar sus manos entre las suyas, presionando suavemente.

— Sé que esto lo haces por mí y te estoy infinitamente agradecido. Pero no puedo permanecer más tiempo encerrado, me está afectando demasiado.

— Yuta permaneció casi dos años aquí sin salir al mundo exterior, Yuuji. Es…

— Pero no soy Yuta. Soy yo, Yuuji. Mírame, Nanamin, por favor. Déjame salir o me volveré loco, estoy sufriendo aquí dentro.

El más joven presionó suavemente las manos ajenas entre las suyas y retuvo el aire al ver que, en efecto, sus palabras sí habían calado hondo en Nanami. Odiaba tener que recurrir a ese tipo de manipulación miserable con alguien que sólo tenía intenciones de protegerlo, pero...bueno, de hecho había sido Satoru quien le había enseñado a ser así.

Siempre quejándose de lo manipulador y rastrero que el vampiro podía ser con él...y ahora él le devolvía lo mismo a Nanami. Malditos fueran los dos.

Nanami lo observó con expresión seria, solemne; Itadori no parpadeó ni desvió la mirada mientras aguardaba algún tipo de respuesta; conocía algunos de los puntos débiles de Nanami y sabía muy bien dar en el clavo con dos: la culpa y la benevolencia. Sabía que pese a que aquello era para protegerlo, Nanami sentía culpa de mantenerlo encerrado...y bajo ninguna circunstancia, aquello tenía que significar torturar mentalmente a Itadori, porque su bondad hacia él era mucho más grande y sincera.

Finalmente, el mayor suspiró e Itadori vio la victoria en la resignación de su rostro. Soltó el aire y presionó las manos de Nanami con mayor convicción, aguardando el veredicto.

— Mi intención no es hacerte sufrir, Yuuji. Si...si es eso lo que sientes...está bien. Vamos a confiar en que no se me ha escapado ningún rincón por revisar.

— Seguro que no, Nanamin.

Con cierto alivio, Itadori le sonrió por primera vez en semanas. Nanami pareció sorprendido por el gesto y aquello aterró un poco a Itadori…¿cuánto tiempo hacía en realidad que no sonreía con verdadera alegría?

El caso era que al fin podía abandonar los terrenos del castillo más por voluntad de Nanami que propia; podía considerar aquello una pequeña, pequeñísima victoria…

...y sólo le quedaba la más grande, la que realmente deseaba.

Si Nanami tenía razón y Suguru conocía los artilugios más elocuentes y originales para eludir los poderes de los vampiros, estaba claro que seguramente algo había hecho para ocultarse de los ojos de Nanami; si el mayor tenía paciencia milenaria, Suguru también poseía una digna de admirar para la limitada vida de un ser humano...y quizás era por eso que vivía con mayor intensidad su búsqueda, porque Itadori estaba más que convencido que lo había ido a buscar pese a que el pensamiento de que seguía en Europa a veces hacía flaquear su certeza.

Si Suguru lo buscaba a él, estaba claro que si Itadori se exponía por voluntad propia iba a aparecer...y no creía que tuviese que alejarse demasiado del castillo para hacerlo.

Con aquella creencia que se acercaba más a un delirio que a una certeza real, Itadori abandonó el castillo y sus jardines directo hacia la zona más baja de aquella montaña; los poblados estaban bastante alejados pero llegar hasta ellos no era un inconveniente, menos cuando no había testigos producto de la tormenta de nieve que impedía movilizarse a cualquiera.

Cuando Itadori detuvo su andar a unos cientos de metros del primer poblado, las estructuras de piedra y madera visibles como sombras difusas a través de la nieve y el viento, distinguió la cruz de hierro alta y reconocible incluso en la oscuridad entre las demás edificaciones. No sabía si se trataba de un presentimiento o era sólo producto de las historias de terror que Satoru le había contado en reiteradas oportunidades, pero al aproximarse a paso lento a aquella iglesia en apariencia deshabitada, un mal presentimiento se apoderó de su cuerpo, sus pies en realidad deseando correr en dirección contraria a la que se dirigía.

La puerta de madera apenas hizo ruido cuando Itadori la abrió sin problemas; el interior del recinto estaba en penumbras, pero sus ojos ni siquiera tenían que acostumbrarse a ella. El salón lleno de asientos de madera, de estatuas de piedra a los costados y el altar al fondo daban un aspecto más siniestro que contenedor. Quizás cometiendo un error, Itadori cerró la puerta a sus espaldas y con el mal presentimiento a flor de piel, dio uno, dos, tres pasos en el interior de aquel lugar solitario, sus pasos resonando en el alto techo solo eclipsados por el silbido del viento.

— Sabía que tarde o temprano vendrías, Yuuji.

Itadori detuvo sus pasos y sus ojos se desviaron hacia un costado; Suguru se hallaba sentado en uno de los bancos de madera…¿cómo era posible que no lo hubiese visto o como mínimo percibido apenas había ingresado allí? Estaba claro que Nanami tenía razón, sabía…

Al verlo allí tranquilamente sentado, la sonrisa pacífica en el rostro y la paz en sus facciones, todo lo que había estado acumulando durante aquellos meses se le vino encima, nublando su juicio. Itadori sintió odio y rencor pero no hacia Suguru, sino hacia sí mismo; la energía positiva que despedía aquel sujeto era tal que pese a saber lo que había hecho, Itadori no podía odiarlo. Simplemente parecía no poder hacerlo, ni siquiera al recordar…

— Si estás preocupado por Satoru, descuida. No lo seguí, así que calculo se encuentra bien. Lo que me sorprende es que él no te haya seguido a ti.

Pese a que Suguru se incorporó lentamente del asiento y aquello podía representar un peligro, Itadori no pudo más que experimentar alivio ante sus palabras...porque sorprendentemente le creía. El hombre se aproximó con pasos tranquilos tal y como si estuviese seguro de que Itadori no haría ningún movimiento en su contra, y acertó; no sólo no quería hacerlo, no podía. Se sintió repentinamente paralizado, allí de pie en mitad del corredor mientras Suguru detuvo sus pasos a escasos metros de su posición.

— ¿Por qué...por qué me has seguido hasta aquí?

— Te respondo con otra pregunta…¿por qué te quitaste la cadena que te di?

La pregunta descolocó a Itadori; tardó varios segundos en comprender y recordar aquello. Sí, ahora que hacía memoria, Suguru se estaba refiriendo a un evento que había sucedido cuando todavía era humano…¿que por qué se había quitado la cadena? Porque Satoru se lo había pedido. No. Él lo había terminado haciendo para no lastimarlo.

— Porque no quería herir a Satoru.

Suguru alzó las cejas y dio uno, dos pasos más hacia él. En ese momento, las piernas de Itadori reaccionaron con la intención de retroceder, más una mano de Suguru lo detuvo, pidiéndole tranquilidad.

— Espera. Temías herirlo, ¿por qué?

— ¿Cómo que por qué? Esa cosa lo lastimó, yo lo vi. U-Usted me dijo que...que Satoru no podría…

— Yuuji, estira una mano para mí. No te haré daño, lo prometo.

¿Iba a creerle aquello a pesar de saber que había herido de gravedad a Satoru? Y sí, por supuesto, porque Itadori seguía siendo igual de ingenuo que siempre pese a que los años le habían demostrado a la fuerza que no lo fuera. No sólo detuvo su escape, sino que volvió a aproximarse y con cierta inseguridad, levantó un brazo con la palma hacia arriba en dirección a Suguru. Éste se tomó su tiempo para dar un paso al frente mientras rebuscaba entre sus mangas; con cierta sorpresa e incomodidad, Itadori vio la misma cadena, el mismo rosario que le había dado hacía más de una década…

...y lo depositó en su mano abierta.

Al cabo de unos segundos, Itadori percibió cierto calor y un suave vapor surgió de su mano...y nada más. No sintió dolor ni daño alguno, más la sensación espantosa y el deseo inminente de soltar la cadena estaban allí, más presentes que nunca.

— ¿Te das cuenta?.— susurró Suguru mirando su mano, el vapor volviéndose más denso mientras retiraba la cadena una vez más.— Siempre con mentiras de por medio.

— Eso no cambia las cosas.— Itadori carraspeó, incómodo. Una vez más, se sentía un tonto.— Igualmente hubiese elegido a Satoru.

— Lo sé. Me entristece saber que de todas maneras hubiesen elegido a un monstruo por encima de tu familia.

— ¿Qué quiere de mí ahora?

— Ayudarte, Yuuji.

De nuevo, Itadori retrocedió al oír la vehemencia de sus palabras. Había ido hasta allí con la firme certeza de encontrarlo y acabar de una vez por todas con aquello, de asesinar a Suguru...y ahora, sin que el humano le hubiese hecho absolutamente nada, comenzaba a aterrarse de su propia indecisión

— ¿De qué habla? Soy su enemigo, padre.

— Que no seas humano no significa que seamos enemigos, Yuuji. No soy tan obtuso como Satoru te hizo creer.

— ¿Por qué él y no yo? He asesinado igual que él, soy el mismo monstruo que…

— No, no lo eres.

Itadori había elevado la voz y los nervios habían ascendido hasta tal punto que no se había percatado de la cercanía que Suguru había establecido entre ellos, la distancia casi inexistente; cuando se dio cuenta, se encontraba ya rodeado por los brazos del otro, su rostro contra el torso ajeno.

El contacto era suave, casi cariñoso. Itadori se descubrió a sí mismo en un estado de shock del que no podía salir...del que no deseaba escapar. Anonadado, se dio cuenta de que realmente había extrañado ese calor humano, el del afecto, el de la contención que sólo había experimentado cuando...Satoru lo amaba, él lo sabía...pero la sensación era abismalmente diferente...no era mejor ni peor, pero…¿cómo podía haberse olvidado el cómo se sentía el abrazo de su madre, de su padre...?

— Tu alma aún tiene salvación, Yuuji.

— No, no la tiene.

Y en el instante en el que Itadori cerró los ojos entregándose al placer de aquella sensación olvidada, sucedieron varias cosas a la vez. Su cuerpo se movió, el eje en el que estaban ambos de pie cambió repentinamente cuando Suguru se desplazó bruscamente hacia un costado...y quizás fue por ese mismo movimiento exagerado que su cuerpo laxo realizó entre sus brazos que había salvado su vida.

Algo filoso, muy filoso y letal se enterró en su espalda a un costado. Ahora sí experimentó dolor, una sensación casi agónica que lo hizo jadear.

Si Suguru no se hubiese movido y él no se hubiese desplazado unos centímetros hacia un costado, aquella cosa iba directo a impactarse contra su corazón.

Itadori jadeó y cayó al suelo casi al mismo tiempo que lo había hecho Suguru; sus sentidos estaban afectados y no podía distinguir qué carajos había sucedido. Sin aire y con el dolor aún atravesándolo, logró sostenerse de uno de los bancos de madera arrastrándose como pudo mientras oyó el ruido característico de un forcejeo a sus espaldas.

Había alguien más allí con ellos e Itadori no lo había notado. Su visión estaba borrosa y su olfato no percibía nada característico; aún así, el contorno de las siluetas fue claro cuando volteó con dificultad, aún aferrado a la madera.

Suguru estaba en el suelo y alguien estaba prácticamente sobre él, ambos forcejeando...aunque estaba claro cuál de los dos era el ganador de aquella contienda que Itadori nunca vio venir.

Su visión se tornó más borrosa y sus rodillas temblaron un poco más al igual que sus brazos, la respiración aún más dificultosa. Aún así, con un sentimiento de congoja que no pudo definir bien, pudo distinguir como el cuerpo de Suguru dejaba de moverse paulatinamente, los latidos de su corazón extinguiéndose.

¿Por qué aquello le provocaba semejante pena si aquel hombre claramente había intentado asesinarlo? El sujeto de pie forcejeó un poco más con un objeto metálico, largo y en apariencia filoso; con un ruido desagradable, logró retirar aquella especie de daga que le había dado fin a la vida de Suguru y, con cierto temor, notó que comenzaba a caminar hacia él.

No podía siquiera pensar en huir, ni siquiera podía casi respirar y…

El sujeto soltó lo que ahora veía era una espada frente a sus ojos, el color carmesí destellando junto con el metal; luego, se arrodilló a su altura y antes de que Itadori pudiera hacer algo, la mano extraña palpó su espalda y el dolor lacerante y asfixiante se volvió más y más fuerte y…

Con un quejido ahogado, Itadori comenzó a recuperar la respiración cuando la cosa que tenía en la espalda abandonó su cuerpo de repente; aquel tipo se la había sacado y lanzado lejos, el sonido metálico tintineando y haciendo eco en las paredes de piedra del lugar.

— ¿Cómo te sientes? Lo siento, no pensé que iba a ser tan rápido.— la voz susurrada tan cerca desconcertó a Itadori porque le costó reconocerla. Hacía años que no la oía.

— ¿Y-Yuta?¿Eres tú?

— Si, si. Soy yo. ¿Puedes verme, olerme?

La mano fría de Yuta tomó la suya y presionó. No, Itadori apenas y sentía su tacto como un hormigueo, mucho menos podía olfatearlo; entrecerrando los ojos, intentó definir sus facciones, sin éxito.

— No, no puedo...no siento nada.

El silencio de Yuta a su lado no hizo más que incomodarlo. Se sentó a su lado sin soltarle la mano y pese a que no la sentía, Itadori presionó sus dedos para sentir que se aferraba a alguien.

— ¿Por qué viniste solo? Sabías que estaba aquí, ¿verdad?

— ¿Te envió Nanami?.— una risilla fue toda la respuesta que necesitaba oír.

— Temió que cometieras alguna imprudencia, así que me pidió que te vigilara de lejos. Cuando te vi entrando aquí...tuve un mal presentimiento.

— Yo...yo también lo tuve, y...entré igual. Soy un idiota.

— No, no lo eres. Claro que no.

Repentinamente, Yuta apretó su mano e Itadori sintió algo más allá del hormigueo.

— Creo que...creo que sentí tu mano.

— Menos mal...significa que el veneno no tuvo el tiempo suficiente...menos mal.— repitió en un resoplido aliviado, la presión en su mano incrementándose.

— ¿Veneno? No sabía que había un veneno para vampiros.

Pese a que Itadori rió, el silencio de Yuta fue casi esclarecedor. Los segundos pasaron e Itadori iba a preguntar qué sucedía, pero el otro se le adelantó con voz insegura.

— ¿Gojo no te lo dijo? Su...bueno, su "sangre" es venenosa para los de nuestra especie. Este tipo te inyectó eso directamente con la puñalada, pensé que...pensé que habías reconocido el olor.

Un silencio incómodo y tenso se estableció entre ellos.

Ahora Itadori comprendía por qué se había relajado de esa manera en los brazos de Suguru. Aturdido por el calor de su sangre, había creído que la sensación de cariño y paz se las había transmitido él con aquel gesto...y no el aroma en el cuchillo que estaba a punto de clavarle por la espalda.

Suguru conocía su máxima debilidad, por supuesto. Sabía que Itadori era débil a Satoru como éste lo era por Itadori, y su último acto había sido utilizar aquello a su favor.

Qué tonto era, cuántos años le faltaban para darse cuenta que hasta un humano podía manipular sus sentimientos de aquella manera tan miserable…

— No...no me di cuenta, aunque no lo entiendo. He…—Itadori carraspeó, un poco avergonzado.— He bebido esa cosa antes y no me ha hecho nada más allá de un dolor de estómago. ¿Por qué ahora me está matando?

Itadori no podía concebir que estuviese realmente muriendo por el veneno de la persona a la cual amaba…¿qué era aquello, una historia trágica de amor o algo así?

— Porque ingresó directamente a tu cuerpo, casi a tu corazón. Llegué a pensar que le había acertado, pero no…¿puedes verme ahora?

Se tomó con seriedad su pregunta y luego de parpadear varias veces y prepararse mentalmente, Itadori enfocó su mirada en Yuta, sentado a su lado. La oscuridad era intensa, pero...sí, podía distinguir mejor sus facciones, su cabello…

— Puedo verte las ojeras.— Yuta soltó un sonido estrangulado que Itadori no supo definir y luego rió.

— Bueno, eso es un gran avance. No te vas a morir, Yuuji. Tranquilo.

De hecho, no murió. No al menos en el término que ellos manejaban, como le había dicho Nanami.

Al cabo de un par de días luego de que Yuta lograra sacarlo de ese lugar y trasladarlo de nuevo al castillo de Nanami, se recuperó casi por completo. La herida de su espalda no sanó inmediatamente como lo hacían otras heridas más profundas e incluso, cuando cerró del todo, dejó la cicatriz visible de la puñalada entre sus costillas.

Y con el peligro resuelto y aquella maldita historia de persecución concluida, Itadori se había finalmente despedido de Nanami a las pocas semanas de que el revuelo en el pueblo se hubiese calmado; con la ansiedad a flor de piel y sin creer ahora en nada de lo que Suguru le había dicho, Itadori tenía la misión de encontrar a Satoru, donde sea que se hubiese metido.

Increíblemente, Yuta insistió en acompañarlo. Al parecer, la experiencia con Suguru y la cercanía de la muerte que experimentó Itadori lo habían hecho replantearse un poco las cosas y ya no parecía tan taciturno como antes, sino más bien decidido a empezar de nuevo. ¡Cuántos años le había llevado aceptarse! Para Itadori era impresionante, pero aquella sería la primera vez que Yuta saldría por cuenta propia y solo del continente.

Bueno, un cambio de aires le vendría bien e Itadori realmente necesitaba compañía para afrontar aquella búsqueda que no sabría realmente cuánto tiempo iba a llevarle, ni qué resultados tendría.

Sin embargo, tenía la seguridad de que encontraría a Satoru y volverían a estar juntos para toda la eternidad, como él le había prometido.

¿FIN?