Epílogo

— Hasta mañana. Gojo-sensei, Itadori.

— ¡Ten cuidado al volver a casa, Megumi! Está ya muy oscuro y…

— Sí, sí.

Itadori se despidió del muchacho de cabello negro con la mano y observó divertido a Satoru, sentado en el escritorio con expresión apesadumbrada en su rostro, claramente fingida. Megumi desapareció por la puerta y ambos guardaron silencio dentro de aquel salón de clases hasta que sus pasos se perdieron por las escaleras hacia la planta baja del edificio. Fuera, el sonido de los vehículos disminuía a medida que la medianoche se acercaba, los locales seguramente ya cerrando sus puertas por aquel día.

— ¿Sabes? Megumi...me sigue dando la impresión de que lo conozco de algún sitio. Pero no sé de dónde.

— ¿Mmh? Yuuji, hace sólo unos meses que estamos aquí, lo recordarías.

— Sí, pero...no sé, es raro. Incluso el carácter de mierda que tiene me resulta familiar.

— Quién sabe...quizás te recuerde a alguien de cuando eras humano.

— ¿Cuánto hace de eso?

Satoru resopló a su lado y se incorporó del escritorio; la diferencia de alturas era evidente e Itadori alzó la vista hacia él, arqueando las cejas. Justo en ese momento acomodaba la venda que ahora volvía a cubrir sus ojos, sus cabellos disparados en todas direcciones.

— Podrías ya dejar de usar ese trapo.

— ¿Y que mis alumnos se enamoren de mis ojos? Te vas a poner celoso, Yuuji— Itadori golpeó el costado de Satoru al pasar provocándole un quejido.— Duele, Yuuji. ¡Golpeas demasiado fuerte, recuerda que estoy más viejo que nunca!

— Ya, claro. Entonces, ¿cuánto hace?

— Y...déjame pensar…

Ambos salieron del salón por la misma puerta que Megumi había abandonado hacía unos minutos; los corredores de aquel colegio nocturno estaban desiertos a esa hora salvo por el personal de limpieza que también ya estaba por retirarse. Descendieron escaleras hasta la planta baja mientras Itadori rememoraba cómo habían llegado allí y se preguntaba cómo era posible que nadie aún hubiese notado la extraña relación que mantenía con Satoru.

Con el paso de los años, ambos habían tenido que cambiar su locación cada tanto porque la gente comenzaba a sospechar. Sospechar, significaba que luego de unos años comenzaban a notar cosas obvias como el hecho de que no envejecían, no se relacionaban con nadie y sólo se les veía de noche; además, el cuento del parentesco a veces no convencía del todo a los lugareños y conforme los años, las décadas y los siglos comenzaron a sucederse...las historias ya se quedaban cortas y poco convincentes, hasta que habían logrado cierta paz en aquella época.

Increíblemente, mientras más avanzados en tecnología se volvían los humanos, más estúpidos eran. ¿Los teléfonos celulares les provocarían ese efecto adverso? Evidentemente aquello sólo afectaba a los humanos, porque Satoru y él…

Mientras caminaba ladeó el rostro en dirección a Satoru sólo para torcer el gesto y hundirse en su propio pensamiento. El mayor estaba tan concentrado en la pantalla de su celular que apenas y notaba lo que sucedía a su alrededor.

Pensamiento descartado. Aquel poder misterioso de aquellos aparatitos afectaba las neuronas de todo tipo de criaturas.

— Satoru, pareces un niño humano, contrólate un poco.

— No me desconcentres, estoy intentando sacar la cuenta.

— ¿La cuenta de qué?

— ¿Me estás jodiendo?

— Ahora mismo no, pero…

— Oh...hace 326 años que eres un vampiro, ¡felicitaciones!

— ¿Podrías gritarlo un poquito más alto?.— Satoru solo sonrió y pasó un brazo por encima del hombro de Itadori, atrayéndolo a él ya casi en la salida del colegio.

— ¿Qué tiene? En ésta época ya no creen en la existencia de criaturas como nosotros, sería sólo un chiste.

Mientras Itadori empujaba a Satoru sin fuerzas y éste terminaba por atraerlo y capturar sus labios con los suyos, el menor pensó que Satoru en realidad tenía razón. Para suerte de los de su especie, a medida que todo se volvía más terrenal y menos metafórico, las personas comenzaron a desoír las historias de terror de sus propios ancestros, abandonaron la mayoría de las creencias populares de cada región y lo que alguna vez había sido un hecho se transformó en leyenda local. Al borde de la extinción, ciertas criaturas que ya habían dado por perdida su supervivencia lograron subsistir y prosperar bajo nuevas reglas, adaptándose a la vida "moderna" que les tocaba compartir con los humanos.

Porque así era ahora en esa nueva época; antes, criaturas y humanos se mantenían separados y sólo chocaban en incidentes sangrientos y mortales...ahora, coexistían incluso bajo un mismo techo sin siquiera percatarse de ello en una paz ficticia, un equilibrio precario que todos los que eran conscientes de aquello habían jurado intentar no romper.

— ¿Tienes hambre? Podríamos…

— Satoru, no. ¿En qué quedamos? Van a pensar que traficamos órganos.

— ¿Y? Comprar un cadáver o contratar un sicario no es mucho más pacífico. Hablaba de hacerlo por nuestra cuenta.

Itadori rodó los ojos y se apartó de Satoru mientras éste reía y estiraba las manos hacia él, los dedos retorciéndose en el aire fingiendo querer atraparlo. Itadori palmeó sus manos y se alejó un poco más, chasqueando la lengua. Estaban en la ciudad, no en un pueblo perdido en la mitad del campo…¿cómo se le ocurría pensar algo así? Estaba bien que los humanos de aquella época eran un poco retardados, pero tampoco para tanto.

— Ni hablar, olvídalo...tú…

— ¿Qué sucede?¿Yuuji?

Los ojos de Satoru se desviaron en la misma dirección que los de Itadori, más allá de lo que una persona normal pudiese notar. Aún estaban dentro de los límites del colegio pero las luces del patio donde practicaban educación física estaban apagadas, la penumbra cerrada impidiendo detectar cualquier movimiento...a ojos humanos.

Satoru chasqueó la lengua cuando el reconocimiento se hizo presente tan rápido y efectivo como le había sucedido a Itadori; cuando éste lo vio dar un paso en dirección al campo oscuro apoyó una mano en su antebrazo y presionó suavemente, deteniéndolo.

— Satoru...déjalo, ¿sí? No tiene nada de malo.

— ¿Nada de malo, dices? Yuuji, esa cosa...no, esto no va a terminar bien. Olvídalo.

Itadori ahora aferró el brazo de Satoru con más ahínco cuando el mayor quiso deshacerse de su agarre; Satoru volteó hacia él con una expresión indescifrable en el rostro pero un atisbo de fastidio se asomaba en sus facciones. Si Itadori pudiese ver sus ojos, estaba seguro de que serían de un rojo carmesí que no anunciaba nada bueno.

— Tú tienes la culpa, le diste alas, le dijiste que estaba bien.— Itadori rodó los ojos, molesto pero más aliviado de que Satoru desviara su atención hacia él.

— Y por supuesto que se las di, está bien, Satoru. No seas retrógrado, cambia un poco el pensamiento.

¿Me estás diciendo viejo?.— como Itadori no respondió y su mirada fue más que elocuente, Satoru comenzó otro drama.— No puedo creer que justo tú me vengas con eso. Yuuji…¡no te lo tomes a mal, pero Yuta es tan ingenuo como tú!

— ¿Qué significa eso?¿Me estás diciendo estúpido?

— Estúpido no, ingenuo.

Satoru dibujó exageradamente la O con sus labios justo en el momento en el que Itadori estaba listo para propinarle un golpe; en ese instante, una risa lejana se dejó oír y ambos desviaron la mirada hacia el campo a oscuras. Itadori sonrió; eran pocas las ocasiones en las que Yuta reía tan abiertamente...y desgraciadamente, muy pocas habían sido en presencia de ellos dos. Ahora, desde que había conocido a esa persona especial, sus risas se oían con mucha mayor frecuencia y se le notaba más aliviado, feliz.

— Yuuji...mira, puedes decirme viejo y retrógrado todo lo que tú quieras, pero…

— ¿Pero?

— No es normal que un vampiro esté saliendo con un hombre lobo. Es...incompatible.

— Seguro que para follar no, ¿o sí?

Itadori no pudo retener por más tiempo aquello porque sentía que Satoru estaba siendo demasiado obtuso con su pensamiento. Sí, era cierto; hasta donde el conocimiento y la experiencia de Itadori llegaban, la relación entre ambas especies nunca había sido buena, sobre todo porque como siempre, los peores de la historia habían sido los vampiros. Expertos en el arte de gobernar la mente, habían hecho estragos con los licántropos durante siglos y éstos los veían como un enemigo natural. Que Itadori recordase de esos tres siglos de vida, sólo en unas dos o tres ocasiones se había topado con esa gente y la experiencia había sido de todo, menos agradable.

Sin embargo, ¿eso se seguía aplicando en la actualidad? Fácilmente hacía más de 60 o 70 años que no se topaban con ningún licántropo...por lo que probablemente, como ellos, habían evolucionado dentro de la misma sociedad en la que todos se veían ahora obligados a convivir. ¿De verdad iban a seguir manteniendo una enemistad que a ninguno de los dos lados les servía para nada?

A la vista estaba que no.

Una vez que Itadori había encontrado a Satoru luego de semanas y semanas enteras de búsqueda, aún convaleciente del ataque de Suguru y con un humor de los mil demonios, Yuta había decidido separarse de ellos y explorar por sí mismo algunas partes de Europa que Satoru le había recomendado conocer; años después - diez, veinte...o quizás treinta años después porque Itadori ya comenzaba a perder la noción del tiempo igual que Satoru - Yuta había retornado y los había encontrado cerca de la isla de Japón, hacía unos...bueno, varios años, unas décadas tal vez. Desde ese momento y si bien no estaban constantemente juntos, no había vuelto a separarse de ellos salvo en un par de ocasiones en las que habían vuelto a visitar a Nanami, en Estados Unidos.

Por eso, cuando Satoru había decidido por cuenta propia y sin consultarle a ninguno de los dos establecerse en Japón, se habían instalado allí sin demasiadas quejas porque los tres ya sabían desplazarse solos sin problemas en aquella nueva era tecnológica. Con todo el dinero que habían acumulado y que Satoru venía resguardando hacía literalmente un milenio, poseían más de diez propiedades desperdigadas en puntos estratégicos y ante la eventualidad podían incluso separarse sin correr peligro real.

Luego de haberse encaprichado con Japón, había venido el delirio del profesor. Repentinamente, Satoru expresó intensos e irrefrenables deseos de impartir clases de lo que fuera; como Yuta no tenía fuerzas mentales suficientes para hacerlo desistir e Itadori ya sabía que era una causa perdida...se habían tenido que reorganizar para que aquello fuese creíble y nuevamente - como siempre - Satoru había cumplido su capricho en una escuela nocturna donde ninguno de los tres despertaba sospechas.

Sin embargo, y como Itadori creía ya ocurría en todo el mundo, las razas literalmente se habían mezclado. A diferencia de los vampiros, criaturas como los licántropos sí podían reproducirse e incluso procrear con seres humanos...y quizás por eso, en un principio, ninguno de los tres había notado que entre los alumnos había uno. Bueno, un mestizo que tampoco los había reconocido a ellos…

...hasta que Yuta había demostrado un repentino y poderoso interés en él, hecho que no había sucedido con ningún otro ser vivo hasta entonces. Había sido allí, hacía ya unas semanas, que Satoru e Itadori se habían enterado al mismo tiempo que había un licántropo en el mismo colegio que ellos y que encima estaba saliendo con Yuta.

Saliendo, en plan...novios.

Itadori había sido receloso pero rápidamente lo había aceptado al notar que en sí, Inumaki era un buen muchacho. No parecía agresivo ni presentaba dobles intenciones con Yuta, por lo que…¿qué tenía de malo, si el chico lo aceptaba a Yuta por lo que era sin hacer escándalos?

Escándalo era lo que había hecho Satoru al enterarse; en varias ocasiones había tenido que ser Itadori el que tuviese que detenerlo en alguna afronta con Yuta cuando había querido "convencerlo" de que detuviese aquello, aunque ya en sí fuese demasiado tarde. Lo que le preocupaba a Satoru era el ser expuesto, como durante todos los años de su existencia; sin embargo, Inumaki había sido bastante claro en sus sentimientos por Yuta y pese al recelo y la desconfianza, al final había terminado "aceptando" la relación.

Pero siempre, siempre que los veía sucedía aquello…

La risa de Satoru lo sacó de sus pensamientos.

— Tienes razón, seguro que para follar no hay ningún problema...espera…¿y si…?

— No, Satoru, ni se te ocurra. Corta ahí.

Igual y sólo iba a preguntar si no tendrá olor a perro cuando…

— ¡Basta!

Cuando Satoru volvió a reír y a intentar acariciar su cabeza, Itadori supo que el peligro había pasado; se alejó del campo del colegio hacia la salida y supo que Satoru lo seguía. Al final, el mayor recargó su peso en la espalda de Itadori rodeando su cuerpo con sus brazos en un abrazo afable, su nariz acariciando el costado de su cuello.

— No te enojes, fue sólo una broma.

— ¿Nunca te preguntaste qué olor tienes tú cuando tienes sexo, Satoru?

— ¿Yo? A rosas, jazmines, algún toque de lavanda…

Claro.

— Tú hueles dulce, como la sangre.

Itadori sonrió ante la especie de cumplido que Satoru le estaba haciendo mientras sentía los brazos del otro cerrándose en torno a su cuerpo.

¿Quieres que te lo demuestre?

— Genial, a ver si realmente hueles a flores como dices.

Ambos se alejaron riéndose; Itadori dio un último vistazo a sus espaldas. Yuta iba a estar bien, debía de estar bien.

Igual que ellos, por toda la eternidad.