DULCES BESOS
12| CHARLATANA
Horas más tarde, una Hinata ansiosa se paseaba ante el fuego en la Cámara De Plata. El día se había hecho interminable sin señales de Naruto. Si sólo él regresara, entonces ella aclararía las cosas y podrían empezar a sacar en claro quién era el enemigo.
Después de un desayuno exuberante de huevos escalfados, patatas y pez desecado con sal en la galería con Minato, Kushina le había dado una excursión breve, señalando garderobes y cosas por el estilo. Había pasado algunas horas en la biblioteca, luego se había retirado a su cámara para aguardar a Naruto.
Menma había cabalgado de regreso unas pocas horas atrás, sin él. Había dicho que habían dividido caminos en la taberna. Minato había llamado a su hijo menor —más joven por unos meros tres minutos— y le había contado su plan, y Menma, sonriendo abiertamente y lanzando miradas húmedas y calurosas a Hinata —¿tenía que chorrear tanta atracción sexual cruda como Naruto?—, estaba ahora manteniendo la puerta del corredor entreabierta, acechando la llegada de Naruto. Lo había divisado cabalgando hacia el establo hacía un cuarto de hora.
—No puedo creer que la colocaras en la cámara anexa a la de Naruto— dijo Menma sobre su hombro.
Minato se encogió de hombros defensivamente.
—Ella dijo su nombre anoche, y además, esta es la tercera habitación más agradable del castillo. Sólo la tuya y la de Naruto están más esplendorosamente amuebladas.
—No estoy seguro de que ella debiera dormir tan cerca de él.
—¿Dónde la debería mover? ¿Más cerca de tu cámara?— replicó Minato—. Naruto niega conocerla. Tú la besaste. ¿Quién plantea más amenaza para ella?
Hinata se sonrojó, agradecida de que Menma no dijera que ella había demandado que la besara. Él la recorrió con una mirada experta y tentadora. Dios Santo, era guapísimo, pensó ella, observando el lustroso deslizamiento de su sedoso pelo largo hasta la cintura cuando él inclinó su cabeza para discutir sobre su hombro con Minato.
¿Cómo podían existir dos hombres tan devastadores en un castillo? No era que ella se sintiera atraída por él, pero tendría que estar muerta para no apreciar su cruda virilidad masculina.
—¿Por qué está ayudándome?— preguntó ella a Minato, aproximándose a la conversación en una dirección menos desconcertante.
Él sonrió débilmente.
—No te preocupes sobre mis motivos, mi querida.
—Sería sabio que te preocuparas sobre sus motivos, muchacha— la alertó Menma—. Cuando pa se molesta en involucrarse a sí mismo, siempre obra con segunda intención. Los esquemas dentro de los esquemas, e inevitablemente, él sabe más de lo que deja ver.
—¿De verdad?— ella miró fijamente al hombre encantador y paternal, incrédula.
—Inocente como un cordero pequeño deambulando por la ladera, mi querida— dijo Minato suavemente.
Menma negó con la cabeza.
—No creas ni una palabra. Pero no deberías gastar saliva tratando de sacar más de él. Guarda silencio como una tumba sobre sus pequeños secretos.
—No soy el único que conserva secretos por aquí, muchacho— dijo Minato con una mirada intencionada. Padre e hijo batallaron con sus miradas algunos momentos, luego Menma dejó caer sus ojos y miró de nuevo fuera, en el corredor.
Un silencio embarazoso reinó, y Hinata se preguntó qué se estaba perdiendo, qué secretos guardaba un hombre como Menma. Sintiéndose como una intrusa asomándose, cambió de tema otra vez.
—¿Está seguro que él no escuchará? ¿Está seguro que necesitamos ir a tales extremos?—. Una pila de tablas de madera y cerrojos yacía cerca de la puerta contigua, y mientras Hinata más la miraba, más nerviosa se ponía.
—Mi querida, tú lo acusaste de tomar tu virginidad. No, no te hablará si lo puede evitar.
Menma inclinó la cabeza en concordancia.
—Ya viene— advirtió.
—Ve al tocador, mi querida— la urgió Minato—. Cuando lo oigas entrar en su cámara, cuenta hasta diez, luego únete a él. Bloquearé esta puerta y Menma lo hará con la otra. No le permitiremos salir hasta que no hayas dicho lo que necesitas decirle.
Enderezando los hombros, Hinata tomó una respiración profunda y se zambulló en el tocador. Escuchó atentamente el sonido de la puerta de Naruto abriéndose y se dio cuenta, para su desazón, que temblaba.
Se sobresaltó cuando oyó la puerta abrirse, y contó hasta diez lentamente, concediendo tiempo a Menma para salir a hurtadillas de su cámara y bloquear la puerta del corredor.
Minato se había reído ahogadamente cuando le había contado a ella que si Naruto se rehusaba a oír, entonces Menma y él harían lo mejor que pudieran para atrancarlo dentro, martillando una tabla o dos sobre las puertas del lado de afuera. ¡Dios Santo, ella esperaba que no llegasen a eso!
El momento había llegado. Dio vuelta el asa y quedamente abrió la puerta.
Naruto le daba la espalda, orientado hacia el fuego, y ella se quedó con la mirada fija en él. El hombre se había cambiado y llevaba ahora pantalones de cuero ajustados, una camisa de lino ondulante y botas.
Su sedoso pelo rubio, desatado, se veía como si hubiera salido directamente de la cubierta de una de esas novelas románticas que ella encargaba en , por Internet, para no tener que avergonzarse ante algún arrogante vendedor masculino en la librería.
Ja, pensó. Cuando retornara a su tiempo, iba a empezar comprarlos abiertamente, sin disculpas. Nunca había visto a un hombre sonrojarse mientras estaba comprando el Playboy. Pero tenía que sobrevivir a la furia de Naruto MacNamikaze primero. Murmurando una oración silenciosa, cerró la puerta tras de sí.
Él se volvió en el momento que escuchó el clic, y cuando la vio, sus ojos de cielo brillaron intensa y peligrosamente. Meneando un dedo, la miró fijamente, y ella se movió ligeramente más lejos de la puerta en caso de que él tuviera intención de lanzarla fuera otra vez. Él la siguió como un imán al acero.
—Ni siquiera pienses, inglesa, que toleraré una más de tus mentiras— dijo él con sedosa amenaza—. Y mejor sal de mi cámara, porque tengo encima bastante whisky como para estar dispuesto a saborear el delito del cual he sido acusado—. Su mirada flotó significativamente hacia la cama maciza, encortinada en seda y cubierta con almohadas de terciopelo.
Los ojos de Hinata se ensancharon. Ciertamente, su expresión era una combinación de furia y lujuria cruda. La lujuria cruda era perfectamente maravillosa; la cólera, sin embargo, era algo de lo que alegremente prescindiría.
Iba a ser fría y racional esa vez. Nada de comentarios estúpidos, nada de despliegues emocionales. Ella le diría lo que había sucedido, y él entraría en razón.
Primero se apresuró a reconfortarlo.
—No trato de obligarte a casarte conmigo.
—Bien, porque no lo haré— gruñó él, acortando la distancia entre ellos, usando su cuerpo para intimidarla.
Ella plantó sus pies en el suelo y se mantuvo firme. Dado que su nariz alcanzaba sólo su plexo solar, no era tan fácil como parecía.
—¿Qué es esto?— ronroneó él suavemente—. ¿No me temes? Deberías hacerlo, inglesa—. Él cerró sus manos alrededor de la parte superior de sus brazos como bandas de acero.
Minato y Menma estarían presionando sus orejas contra las puertas, esperando su explosión, pensó ella, pero lo habían juzgado mal. Ése no era un hombre que explotara; cuando se enfurecía callaba y era infinitamente más peligroso.
—Contéstame— demandó él, sacudiéndola—. ¿Eres tan tonta que no tienes miedo de mí?
Ella había ensayado su discurso una docena de veces, pero cuando él estaba parado tan cerca, le era difícil recordar hasta dónde había decidido comenzar. Sus labios se abrieron mientras ella se quedaba con la mirada fija en él.
—Por favor...
—¿Por favor qué?— dijo él sedosamente, agachando su cabeza hacia la de ella—. ¿Por favor bésame? ¿Por favor tómame, de la forma que me acusas de haberte tenido? He tenido mucho tiempo para pensar hoy, inglesa, y debo confesar que me encuentro fascinado por ti. Monté por horas antes de detenerme en la taberna. Bebí por horas, pero temo que ni todo el whisky de la bella Alba te limpiaría de mi mente. ¿Me has hechizado, bruja?
—No, no te he hechizado, no soy una bruja, y por favor no me beses— ella se las ingenió para decir. ¡Dios Santo, lo deseaba! Aunque él la reconociera o no, era su Naruto, con mil diablos, simplemente un mes y cinco siglos más joven.
—Och, esa es una petición rara en una mujer— se burló él—. Especialmente de una que dice que ya ha probado mi manera de hacer el amor. ¿Menoscabas ahora mis atenciones íntimas?— Su mirada era hielo y mar tormentoso, desafiante—. ¿Fui menos que satisfactorio? Afirmas que somos amantes; tal vez deberíamos probar otra vez. Parecería que he dejado una impresión menos que favorable—. Él cerró su mano alrededor de su muñeca y la jaló hacia la cama—. Ven.
Ella clavó sus talones, toda una proeza con unas zapatillas suaves en un piso de madera.
Sus protestas se convirtieron en un silbido de sus pulmones cuando él la introdujo en sus brazos y la lanzó encima de la cama. Ella aterrizó sobre la espalda, se hundió profundamente en los colchones de plumas cubiertos de terciopelo, y, antes de que pudiera gatear fuera, él estaba encima de ella, su cuerpo exageradamente largo cubriéndola, inmovilizándola con su peso.
Ella cerró los ojos para no ver su cara bella y enojada. Nunca podría llevar adelante una conversación significativa con él en esa posición.
—Naruto, por favor, escúchame. No trato de atraparte en el matrimonio, y hay una razón por la que dije lo que dije esta mañana, si simplemente me escucharas— dijo ella, los ojos apretadamente cerrados.
—¿Hay una razón por la que mentiste? No hay nunca una razón para mentir, muchacha— él gruñó.
—¿Eso quiere decir que tú nunca mientes?— dijo ella sarcástica, abriendo sus ojos en una raja y ojeándolo. Todavía estaba de mal humor porque él no le hubiera dicho la verdad exacta antes de enviarla a su tiempo.
—No, no miento.
—Y un demonio. Algunas veces, no decir toda la verdad es exactamente lo mismo que mentir— espetó ella.
—Tal lenguaje en una señora. Pero tú no eres una señora, ¿verdad?
—Bien, tú no eres ciertamente un caballero. Esta señora no te pidió que la tiraras en tu cama.
—Pero a ti te gusta estar debajo de mí, muchacha— dijo él con voz ronca—. Tu cuerpo me dice mucho de lo que tus palabras niegan.
Hinata se rigidizó, horrorizada al percatarse de que había enganchado sus tobillos sobre las piernas masculinas y frotaba una zapatilla contra una pantorrilla fornida. Ella empujó su pecho.
—Quítate de mí. No puedo hablarte cuando estás aplastándome.
—Olvídate de hablar— dijo él toscamente, inclinando su cabeza hacia la de ella.
Hinata se echó atrás, hundiéndose más profundo en las almohadas, sabiendo que en el momento en que él la besara, ella se perdería.
Pero en el instante que sus labios acariciaron los de ella, la puerta del tocador se abrió y Minato entró enérgicamente.
—Ejem— Minato se aclaró la voz.
Los labios de Naruto se congelaron contra los de ella.
—Sal de mi cámara, pa. Trataré esto como lo crea adecuado— gruñó.
—Pero no te acostaste con ella la última noche, ¿eh?— Minato comentó suavemente, su mirada fija abarcándolos—. Las cosas se ven placenteras y agradables para mí, para ser desconocidas y todo lo demás. ¿No estás olvidando algo? ¿O debería decir a alguien? La muchacha me dijo que estabas corriendo peligro; el único peligro que percibo es que eches a perder un perfectamente buen...
—¡*Hand yer wheesht!— Naruto rugió. Tensándose, se empujó fuera de ella y se recostó en sus talones, sobre la cama—. Pa, no eres desde hace mucho tiempo el jefe aquí, ¿recuerdas? Yo lo soy. Así que vete. Fuera—. Él lanzó una mano impaciente hacia la puerta—. Ahora.
—Simplemente vine a ver si Hinata precisaba asistencia— dijo Minato serenamente.
—Ella no precisa asistencia. Tramó esta red con mentiras, así que no me culpes por seguirla.
—¿Mi querida?— Minato preguntó, observándola.
—Está bien, Minato. Puedes irte— dijo ella suavemente—. Menma también.
Minato la evaluó un momento más, luego inclinó su cabeza y retrocedió. Cuando la puerta se cerró otra vez, Naruto se bajó de la cama y se alejó varios pasos.
—¿Qué quiso decir Minato con "alguien"?— preguntó ella—. ¿Echando a perder un perfectamente buen qué?
Él la observó en un silencio frío.
Ella se levantó y lo observó cautelosamente y, aunque ella podría ver deseo brillando intensamente en su mirada, también podía ver que él había cambiado de opinión acerca de tratar de tener relaciones sexuales con ella por el momento. La muchacha se sintió al mismo tiempo aliviada y decepcionada.
—Habla. ¿Por qué has venido aquí, y cuál es tu propósito?— preguntó él rígidamente.
Mientras ella se sentaba ante el fuego, Naruto vertió whisky en un vaso y apoyó la espalda contra la chimenea, de cara a ella. Tomó un trago abundante, estudiándola discretamente sobre el borde de su vaso.
Era condenadamente difícil pensar claramente en su presencia, en parte porque ella era tan malditamente bella y en parte porque lo había puesto a la defensiva con su escandalosa declaración desde el momento en que había puesto los ojos en ella. La intensidad de su atracción hacia esa mujer lo contrariaba considerablemente más que su mentira. Era lo último que necesitaba, justamente antes de su boda. Una tentación andante... no, una exuberante tentación deslizándose para embrollar las cosas.
Al principio, él había querido simplemente intimidarla empujándola hacia atrás en la cama, pero entonces la había tocado y ella había enroscado los tobillos sobre sus pantorrillas, y él se había perdido en la blandura acogedora de su cuerpo bajo el suyo. Si su padre no los hubiera interrumpido, entonces todavía estaría encima de ella.
Desde el momento que había entrado al castillo esa noche, había sentido a la pequeña inglesa dentro de sus paredes. Respondía ferozmente a ella; todo lo que necesitaba era mirarla para avivar sentimientos en él que no podía explicar.
Había dicho la verdad al decir que no la podía sacar de su mente. Ni por un momento. Su perfume parecía ordenarle que regresara aún mientras estaba sentado en medio de las mesas remojadas en cerveza maloliente en la taberna.
La de ella era una fragancia limpia, fresca y sensual, una aleación de lluvia primaveral, vainilla y misterio. Mientras estaba en la taberna, se dio cuenta de que en cierta forma sabía que ella tenía un hoyuelo en un costado de su boca deliciosa cuando sonreía, aunque no podía recordar haberla visto sonreír.
—Sonríe— demandó.
—¿Qué?—. La joven lo miró como si él hubiera perdido el juicio.
—Dije: sonríe— gruñó él.
Ella sonrió débilmente. Sí. Tan claro como el agua. Un hoyuelo en el lado izquierdo.
Él suspiró pesadamente.
Su mirada flotó sobre sus rasgos, demorándose en la marca de bruja en su pómulo, y se preguntó cuántos otros tendría, en lugares más íntimos. Le gustaría buscarlas, conectar esos lunares con su lengua, pensó, su mirada permaneciendo mucho tiempo en el espacio cremoso de la hendidura por encima del corpiño escotado de su vestido.
Él negó con la cabeza impacientemente.
—Basta de eso. ¿Qué es tan importante, inglesa, que mentiste para ganar mi atención esta mañana?
—Hinata— ella corrigió distraídamente. Se pellizcaba su regordete labio inferior entre el pulgar y el dedo índice, y el gesto lo hacía sentirse malditamente incómodo.
La diosa de la luna, dijo silenciosamente, y ella parecía, cada pulgada, una diosa.
—Tú ya sabes mi nombre, y desde que afirmaste tal familiaridad conmigo, no me detendré en ceremonias e insistiré que me llamas 'milord'.
De inmediato ella frunció el entrecejo, haciendo que sus labios se crisparan, pero él dejó su cara impasible. La mujer no respondió a su comentario. Su autocontrol lo irritó; la prefería fuera de balance, reaccionando ciegamente. Así él se sentiría más en control.
Ella lo miró de arriba abajo cautelosamente.
—No sé dónde comenzar, así que pido que me oigas completamente antes de que comiences a enojarte otra vez. Sé que una vez que oigas mi historia entera, entenderás.
—¿Vas a decirme alguna otra cosa para contrariarme? ¿Qué más has dejado? Ya me has acusado de tomar tu virginidad, pero afirmas que no tratas de atraparme en el matrimonio. ¿Qué buscas?
—¿Prometes escucharme bien? ¿Ninguna interrupción hasta el fin?
Después considerarlo un momento, él accedió. Minato había dicho que ella afirmaba que estaba en algún tipo de peligro. ¿Qué daño habría en oír? Si él salía del cuarto sin dejarla presentar su caso, entonces tendría que estar en guardia constante para que Minato no lo encerrara en el garderobe y que ella pudiera gritar a través de la puerta.
Y hasta que no hubiera aclarado las cosas, estaba realmente seguro de que no iba a ver una sola hornada de arenques y tatties de Kushina. Ni siquiera había habido nada de su café espeso, negro y exótico en todo el día. No, tenía que arreglar las cosas. Él disfrutaba sus comodidades y no tenía la intención de sufrir un día más sin ellas. Además, mientras más pronto aclarara las cosas, más pronto él la podría despedir y quitarla de su vista.
Encogiéndose de hombros, aceptó.
Ella se mordió el labio, vacilando un momento.
—Estás en peligro, Naruto...
—Sí, me doy cuenta de eso, aunque sospecho que no nos referimos a lo mismo— él masculló hoscamente.
—Esto es serio. Tu vida corre peligro.
Él rió burlonamente, su mirada rozándola desde la cabeza a los dedos de los pies.
—Och, pequeña, y después me dirás que tienes intención de salvarme, ¿eh? ¿Tal vez pelear contra mis asaltantes por ti misma? ¿Los morderás en las rodillas?
—Oooh. Eso no es gracioso. Y si eres demasiado estúpido para escucharme, entonces tendré que hacer justamente eso— ella contestó bruscamente.
—Considérame advertido, muchacha— él la serenó—. Te he oído, así que puedes irte— dijo él abruptamente, despachándola—. Dile a Minato que te escuché bien, así él cancelará su pequeño asedio. Tengo cosas que hacer.
A la primera oportunidad, le pediría a Kushina que le asegurara a la muchacha una colocación en el pueblo, lejos del castillo. No, tal vez haría que Menma se la llevara a Edimburgo y le encontrara un trabajo allí. De una u otra manera, tenía que sacar a la fascinante muchacha de su propiedad antes de que él hiciera algo tonto e irrevocable.
Como por ejemplo lanzarla a la cama y descargarse en ella hasta que ninguno de los dos pudiera moverse. Hasta que los músculos le dolieran de amarla. ¿Ella marcaría en sus hombros los signos diminutos de sus uñas?, se preguntó. ¿Arquearía su cuello y haría ruidos dulces de gatita? Se sintió endurecer instantáneamente con ese pensamiento.
Le volvió la espalda, esperando que pudiese disminuir cualquier hechizo que hubiera lanzado en él.
—¿No quieres saber siquiera qué tipo de peligro?— ella preguntó incrédulamente.
Él suspiró y la miró por encima de su hombro, una ceja sardónica arqueada. ¿Qué podría, se preguntó irritado, hacer a la muchachita acobardarse? ¿Una espada en su garganta?
—Dijiste que oirías la historia completa. ¿Era una mentira? ¿Y pretendes que no mientes?
—Muy bien— dijo él impacientemente, volviéndose—. Dime todo y termina con ello.
—Tal vez deberías sentarte— dijo ella ansiosamente.
—No. Estaré parado y hablarás—. Él cruzó sus poderosos brazos sobre el pecho.
—No facilitas esto.
—No tengo intención de hacerlo. Habla o sal, no desaproveches mi tiempo. Ella aspiró profundamente.
—Okay, pero te estoy advirtiendo, va a sonar bastante inverosímil al principio. Él exhaló impacientemente.
—Soy de tu futuro...
Él reprimió un gemido. La muchacha era una tontuela confundida. Andando de aquí para allá por el exterior, desnuda, acusando a los hombres de violarla, ¡pensando que era del futuro, ciertamente!
—Del siglo veintiuno, para ser precisos. Paseaba en las colinas cerca de Loch Ness cuando caí en una caverna y te hallé durmiendo...
Él negó con la cabeza.
—Termina esta tontería.
—Tú dijiste que no interrumpirías— la muchacha se levantó de un salto, demasiado cerca para su comodidad—. Es lo suficientemente difícil para mí contarte todo esto.
Los ojos de Naruto se estrecharon, y retrocedió un paso, evitando que ella lo tocara y él se convirtiera en una bestia lujuriosa otra vez. Ella permaneció allí, la cabeza echada hacia atrás. Sus mejillas estaban sonrojadas, sus ojos tempestuosos brillaban, y parecía lista para golpearlo con los puños, a pesar de su tamaño diminuto. Tenía valor, le concedía eso.
—Sigue— gruñó él.
—Te encontré en la caverna. Tú dormías, y tenías símbolos curiosos pintados en tu pecho. En cierta forma, mi caída sobre ti te despertó. Estabas confundido, no tenías idea de dónde estabas, y me ayudaste a salir de la caverna. Me dijiste la historia más extraña que alguna vez había oído.
» Afirmaste que eras del siglo dieciséis, que alguien te había secuestrado y encantado, y que dormiste por casi cinco siglos. Dijiste que lo último que recordabas era que alguien te había enviado un mensaje para ir algún valle cerca de un lago si tenías el deseo de saber quién había matado a tu hermano. Tú dijiste que fuiste, pero alguien te había drogado y empezaste a sentirte muy cansado.
—¿Encantado?— Naruto negó con la cabeza con asombro. La muchacha tenía una imaginación que podría competir con el bardo más fino. Pero había cometido su primera equivocación: él no tenía un hermano muerto. Tenía únicamente a Menma, que estaba vivo y sano.
Ella hizo una respiración profunda y continuó, sin desanimarse por su patente escepticismo.
—No creí en ti tampoco, Naruto, y estoy arrepentida. Me dijiste que si te acompañaba a Ban Drochaid, me probarías que decías la verdad. Fuimos a las piedras, y tu castillo— ella señaló con una mano alrededor del cuarto—, este castillo era sólo ruinas. Me hiciste pasar al círculo—. Ella deliberadamente omitió la pasión intensa que habían compartido allí dentro, sin desear alienarlo adicionalmente. Con un suspiro triste, continuó—. Y me enviaste aquí, a tu castillo, en tu siglo.
Naruto resopló con una exhalación exasperada. Sí, era verdaderamente una loca, y una que conocía al dedillo los viejos rumores. Él sabía que a los aldeanos les gustaba repetir el viejo cuento de que sus antepasados habían visto dos flotas enteras de templarios entrar en las paredes del Castillo Namikaze hacía siglos, para nunca salir otra vez. Aparentemente ella había oído acerca de esos "paganos Highlanders", que podían abrir portales y lo había incorporado en su locura.
—Pero antes de enviarte— él se mofó, sin admitir semejante cosa—, usando las piedras en alguna costumbre pagana, tomé tu virginidad, ¿eh?— dijo secamente—. Debo confesar, has escogido una forma única para tratar de atrapar a un hombre en una boda.
» Escoge a otro del que abunden los rumores extraños. Afirma que él tomó tu virginidad en el futuro, así, él nunca podrá concluyentemente argumentar contra ella—. Negó con la cabeza y sonrió débilmente—. Te otorgo crédito por tu imaginación y tu audacia, muchacha.
Hinata lo miró furiosamente.
—Por última vez, no trato de casarme contigo, arrogante troglodita cabeza dura.
—Cabeza dura— él sacudió la cabeza y parpadeó—. Bien, porque no puedo. Estoy prometido— dijo él rotundamente. Eso pondría fin a sus locas reclamaciones.
—¿Prometido?— repitió ella, atontada. Los ojos de Naruto se estrecharon.
—Es evidente que no te complace. Ten cuidado, no sea que te traiciones a ti misma.
—Pero eso no es verdad. Me dijiste que tú nunca...— ella se interrumpió, los ojos dilatados.
Otro hueco en su historia, meditó Naruto. Él había estado prometido por más de medio año. Casi toda Alba sabía de sus próximas nupcias, y era, a lo mejor, observado ansiosamente para ver si realmente tenía éxito esa vez. Y él tendría éxito.
—Lo estoy. La unión se acordó en la última Navidad. Sakura Elliott llegará cerca de dos semanas antes de nuestra boda.
—¿Elliott?— ella exhaló.
—Sí, Menma va a ir a buscarla y traerla aquí para la boda.
Hinata le dio la espalda, para disimular la sacudida y el dolor que sabía debía estar grabado en su cara. ¿Prometido? ¿Su alma gemela iba a casarse con alguien más?
Él había dicho que Menma había sido asesinado regresando de la propiedad Elliott. Le había contado que había estado prometido, pero ella había muerto. ¡Pero no se había molestado en decirle que ambos lo habían hecho al mismo tiempo! ¿Por qué? ¿Había amado tanto a su prometida, entonces? ¿Había sido demasiado doloroso para él hablar de eso?
Su corazón se hundió hasta los dedos de los pies. No es justo, no es justo, gimió silenciosamente. Si ella salvara a Menma, salvaría a la futura esposa de Naruto. La mujer con la que él quería casarse.
Hinata dejó salir una respiración temblorosa, odiando sus opciones. Así no era como las cosas, se suponía, debían ir. Se suponía que ella le contaría su historia, juntos desenmascararían al villano, se casarían, y vivirían felizmente desde entonces. Había planeado todo lo que sucedería desde esa tarde, aún hasta los detalles de su traje de novia medieval.
A ella no le importaría quedarse en el siglo dieciséis con él; voluntariamente, perdería el derecho a sus Starbucks, sus tampones y sus duchas calientes. De todas maneras, ¿qué si no pudiera depilarse las piernas? Él tenía dagas afiladas, y eventualmente ella habría aprendido a no lastimarse. Sí, eso podría ser un poco rústico, pero por otra parte, ¿a qué tenía que volver ella en su siglo?
A nada. Ni una maldita cosa. Una vida vacía, sola.
Las lágrimas presionaron el fondo de sus ojos. Ella dejó caer la cabeza, escondiéndose detrás de su flequillo, recordándose a sí misma que no había llorado desde que tenía nueve años, y que llorar no la ayudaría ahora.
—Esto no está ocurriendo— masculló de manera deprimente.
No puedes dejar que su clan se destruya, no importa el precio, dijo su corazón suavemente. Después de un tiempo, ella dio la vuelta y lo miró, tragándose el nudo en su garganta, admitiendo que no había manera de que pudiera quedarse ociosa y observarlo ser secuestrado y su familia destruida. Así que ¿qué tanto podía desgarrarse en pedazos durante el proceso?
Eso en cuanto a enamorarse, pensó de manera deprimente.
—Naruto— dijo ella, luchando por imprimir el tono más calmo de voz que podía, cuando por dentro se sentía deshecha—, en el futuro, lo último que dijiste fue que le dijera al pasado "tú" la historia completa y te mostrara algo. Ese algo que se suponía debía mostrarte era mi mochila, porque tenía cosas de mi siglo que te habrían convencido...
—Muéstrame eso— demandó él.
—No puedo— dijo ella impotentemente—. Desapareció.
—¿Por qué eso no me sorprende?
Ella se mordió los labios para abstenerse de gritar de frustración.
—El futuro "tú" pareció pensar que serías lo suficientemente listo, créeme, pero comienzo a darme cuenta de que el futuro "tú" te dio más crédito del que mereces.
—Calla y desiste de tus insultos, muchacha. Provocas al mismo laird de quien depende tu refugio.
Dios Santo, eso era cierto, se percató ella. Dependía de él para su protección. Aunque era una mujer lista, tenía más que unas pocas preocupaciones acerca de cómo podría valerse por sí mismo un especialista en Física equivocadamente insertado en la Escocia medieval. ¿Qué ocurriría si él nunca creía en ella?
—Sé que no crees en mí, pero hay algo que debes hacer, ya sea que creas en mí o no— dijo ella desesperadamente—. No puedes dejar ir a Menma para que escolte a tu prometida aún. Por favor, te lo ruego, pospón la boda.
Él arqueó una ceja oscura.
—Och, deja eso, muchacha. Pídeme que me case contigo. Diré no, luego puedes ir de regreso a donde sea estabas antes.
—No trato de conseguir que lo pospongas para que te cases conmigo. Te lo digo porque van a morir si tú no haces algo. En mi tiempo, me dijiste que Menma fue asesinado en una batalla de clanes, entre los Akatsuki y los Yakushi, cuando regresaba de lo de Elliott. También me contaste que te habías prometido, pero que ella había muerto.
» Pienso que pudo haber sido asesinada viniendo aquí con Menma. Según tú, él trató de ayudar a los Akatsuki porque ellos eran sobrepasados en número. Si él interfiere en esa batalla, entonces ambos morirán. ¿Y creerías en mí entonces? ¿Si predijera esas muertes? No hagas que ese sea el precio. Te vi entristecerte— ella se interrumpió, incapaz de continuar.
Demasiadas emociones mezcladas se derrumbaban sobre ella: la incredulidad de que él no creyera lo que le decía, el dolor de que estuviera comprometido, el cansancio excesivo y la tensión nerviosa de la dura experiencia. Le lanzó una última mirada suplicante, luego salió rápidamente en su dormitorio.
Después de que ella hubiera salido y cerrado la puerta, Naruto la contempló inexpresivamente. Su súplica por su hermano había sonado tan sincera que había sentido escalofríos y había sufrido un sentimiento extraño y desagradable de deja vù.
Su historia no podía ser cierta, se reconfortó a sí mismo. Muchas de las antiguas leyendas sugerían que las piedras eran usadas como portillas hacia otros lugares de leyendas nunca olvidadas, pasando a través de los siglos.
A ella le habrían gustado tanto esos chismes que, en su locura, había hilado una historia que contenía un pedacito puramente coincidental de verdad. ¿Habría falseado la sangre de su virginidad? Tal vez estaba embarazada y necesitaba desesperadamente un marido
Sí, él podía viajar a través de las piedras, eso era cierto. Pero todo lo demás que ella declaraba estaba plagado de errores. Si él alguna vez hubiera quedado atrapado en el futuro, nunca se habría comportado de esa forma.
Nunca habría enviado a una muchachita a través de las piedras. Ni siquiera podía comenzar a imaginar la situación en la cual él pudiera tomar la virginidad de una muchacha, cuando había prometido solemnemente nunca mentir y no tomar a una virgen excepto en la cama de matrimonio. Y nunca la habría instruido para decirle a su personalidad pasada tal historia y habría esperado de sí mismo creer en ella.
Och, pensar en toda esa personalidad futura y personalidad pasada era suficiente para hacer que a un hombre le martilleara la cabeza, pensó, masajeando sus sienes.
No, si él hubiera estado en esa situación, simplemente habría vuelto hacia atrás y habría rectificado las cosas. Naruto MacNamikaze era infinitamente más capaz de lo que ella lo había acusado de ser.
No había razones para contrariar excesivamente las ideas de ella. Su primer problema era consigo mismo, porque confundida o no, él la deseaba ferozmente.
A pesar de todo, meditó, tal vez debería enviar un acompañamiento de guardias con Menma en la mañana. Tal vez el país no estaba tan tranquilo como parecía desde la gran altura de la montaña de MacNamikaze.
Negando con la cabeza, caminó a grandes pasos hacia la puerta del tocador y deslizó el cerrojo de su lado, poniéndola bajo llave. Luego agarró la llave de un compartimiento en el cabecero de su cama, dejó su cámara, y puso bajo llave el corredor también.
Nada haría peligrar su boda. Seguramente no una muchachita corriendo alborotadamente y sin cuidado, diciendo tonterías acerca de que él había tomado su virginidad. Ella no iría a ninguna parte de la propiedad sin estar acompañada de alguien, él mismo o su padre.
Menma, por otra parte... él no tenía intención de permitir que estuviera dentro del lanzamiento de una piedra cerca de ella.
Él se volvió sobre sus talones y fue con paso impetuoso hacia el corredor.
Hinata se acomodó en la cama y lloró. Lloró a moco tendido, realmente, con lágrimas calientes y un poco del ahogado ruido que le dejó una nariz congestionada y un dolor de cabeza serio.
No era extraño, porque no había llorado desde que tenía nueve años de edad. Lastimaba llorar. No había llorado siquiera cuando su padre la había amenazado, asegurando que si no regresaba a la Corporación Tritón y terminaba su investigación, nunca le hablaría otra vez. Tal vez algunas de esas lágrimas se filtraban ahora.
Confrontar a Naruto había sido más horrible de lo que había supuesto. Él estaba prometido. Y salvando a Menma, salvaría a la futura esposa de Naruto. Su cerebro hiperactivo afanosamente conjuró imágenes torturantes de Naruto en la cama con Sakura Elliott. Sin importar que ni siquiera supiera cuál era la apariencia de Sakura Elliott.
Estaba claro, por la forma en que estaban saliendo las cosas, que Sakura sería la antítesis de Hinata: alta y delgada y de piernas largas. Y Naruto tocaría y besaría a la alta y pasilarga señora MacNamikaze de la forma que había tocado y besado a Hinata en las piedras.
Hinata apretó sus ojos cerrados y gimió, pero las imágenes horribles eran más vívidas en el interior de sus párpados. Sus ojos abrieron de golpe otra vez. Concéntrate, se dijo a sí misma. No ganas nada torturándote, tienes un problema mayor en tus manos.
Él no había creído en ella. Ni una palabra de las que había dicho.
¿Cómo podía ser? Ella había hecho lo que él había querido que hiciera, le había dicho lo que había sucedido. Había creído que al contarle toda la historia, le haría ver la lógica inherente, pero comenzaba a darse cuenta de que el Naruto del siglo dieciséis no era el mismo hombre que el Naruto del siglo veintiuno había pensado que era. ¿La mochila podría haber hecho una diferencia?, se preguntó.
Sí. Podría haberle mostrado el teléfono celular, con su complicada maquinaria electrónica. Le podía haber mostrado la revista con la fecha y los artículos modernos, su ropa extraña, la tela impermeable de su bolso. Tenía caucho y artículos plásticos allí dentro; materiales que aún una persona medieval que no fuera un genio no habría podido descartar sin más consideración.
Pero la última vez que ella había visto la maldita mochila, subía vertiginosamente en la espuma cuántica. ¿Dónde supones que acabó? , el científico interrogó, con admiración inocente.
—Oh, quédate callado, no se quedó aquí, y nada más que eso realmente importa— masculló Hinata en voz alta. No estaba con ánimos para pensar en teoría cuántica por el momento. Tenía problemas, toda clase de problemas.
Las probabilidades de identificar al enemigo sin su ayuda no prometían. La propiedad era enorme, y Minato le había dicho que, incluyendo los guardias, había setecientos cincuenta hombres, mujeres y niños dentro de las paredes, y otros mil colonos dispersos alrededor. Sin mencionar el pueblo cercano...
podría ser cualquiera: un clan distante, una mujer enojada, un vecino vencedor. Ella tenía aún la mayor parte del mes, y tan recalcitrante como él se mostraba, incluso renuente a admitir que podía viajar a través de las piedras, ciertamente no podía esperar que él la ayudara con otra información.
Parpadeando, se desvistió y gateó bajo las sábanas. Mañana sería otro día. Eventualmente, lo convencería en cierta forma, y si no era así, simplemente tendría que salvar al clan MacNamikaze por sí misma.
¿Y entonces qué harás?, demandó su corazón. ¿Atrapar el ramillete en la boda? ¿Esperar que te contrate como su niñera?
Grrr...
.
.
—¿Bien?— Minato requirió, paseándose en el Gran Hall—. ¿Afirma todavía que tomaste su virginidad?
Naruto se reclinó en su silla. Bebió de un trago los restos de su whisky y rodó el vaso entre sus palmas. Había estado mirando fijamente el fuego, pensando en su futura esposa, tratando de guiar su mente lejos de la mujer fascinante en la cámara contigua a la suya. Mientras el licor se deslizaba en su vientre, sus preocupaciones se habían aliviado un poco y había comenzado a ver el humor oscuro en la situación.
—Oh, sí. Ella tiene una razón por la que permanezco dichosamente ignorante de la grieta en mi honor. Parece que me acosté con ella en mi futuro.
Minato parpadeó.
—¿Podrías repetirlo?
—Me acosté con ella dentro de quinientos años a partir de ahora— dijo Naruto—. Y luego la envié de regreso a salvarme—. Él no pudo refrenarse más. Echó hacia atrás la cabeza y se rió.
Minato le miró extrañamente.
—¿Cómo afirma ella que llegaste a estar en el futuro?
—Estaba encantado— dijo Naruto, los hombros temblando de risa. Realmente tenía gracia, ahora que reflexionaba sobre eso. Desde que no la tenía a la vista, no se preocupaba de que le pudiera flaquear el control de su lujuria, y podía ver el humor más fácilmente.
Minato acarició su barbilla, su mirada absorta.
—¿Así que ella reclama que te despertó y tú la enviaste aquí?
—Sí. Para salvarme de estar encantado en primer lugar. También masculló alguna tontería acerca de que tú y Menma corrían peligro.
Minato entrecerró sus ojos y frotó su dedo índice en la arruga entre sus cejas, una cosa que hacía a menudo mientras pensaba profundamente.
—Naruto, debes mantener una mente abierta. Eso no es enteramente imposible a primera vista— dijo él lentamente.
Naruto se desembriagó velozmente.
—No en el fondo, no lo es— él estuvo de acuerdo—. Pero una vez que te detengas en los detalles, te darás cuenta que ella es un pequeña charlatana con poco agarre a la cordura.
—Admito que es inverosímil, pero...
—Pa, no voy a repetir todas las tonterías que ella dijo, pero para reconfortarte, la historia de la muchacha está tan llena de agujeros que si fuera un barco, estaría besando la cama arenosa del océano.
Minato frunció el ceño considerándolo.
—No veo cómo podría perjudicar tomar precauciones. Tal vez deberías pasar algún tiempo con ella. Ver qué podrías averiguar acerca de ella.
—Sí— Naruto estuvo de acuerdo—. Se me ocurrió llevarla a Balanoch en la mañana, comprobar si alguien la reconoce y nos pueda decir dónde se encuentran sus parientes.
Minato inclinó la cabeza.
—La observaré un poco yo mismo, la estudiaré buscando signos de locura— le lanzó a Naruto una mirada adusta—. Vi la forma en que la mirabas y sé que, a pesar de tus dudas, la deseas. Si ella está como una cabra como dices, entonces no permitiré que se tome ventaja de ello. Debes mantenerla apartada de tu cama. Tienes a tu futura esposa en quien pensar.
—Lo sé— Naruto mordió, toda huella de diversión desaparecida.
—Necesitamos reconstruir la estirpe, Naruto.
—Lo sé— él mordió otra vez.
—Entonces sabes dónde están tus obligaciones— dijo Minato suavemente—. No en medio de los muslos de la muchacha.
—Lo sé— Naruto gruñó.
—Por otra parte, si ella no estuviera como una cabra...— Minato empezó, pero se detuvo y suspiró cuando Naruto salió abruptamente del cuarto.
Minato se sentó en un silencio pensativo después de que su hijo se hubo ido. Su historia estaba cerca de ser imposible para creer en ella. ¿Cómo debía uno ver con buenos ojos a alguien golpeando en la puerta, sosteniendo haber pasado el tiempo con uno en el futuro?
La mente que inmediatamente rechazó esa idea fue también la misma mente irritada que arguyó que era un concepto que incluso un Druida debía revisar. Con paciencia, Minato había hecho unos pocos cálculos complicados, y la posibilidad existía. Era una posibilidad minúscula, pero un buen Druida sabía que era peligroso ignorar cualquier posibilidad.
Si la historia de la chica fuera cierta, a su hijo le habría importado tanto la muchacha como para haber tomado su virginidad. Si la historia de la chica fuera cierta, entonces ella sabía que Naruto tenía más poderes que la mayoría de los hombres mortales y él le
habría importado lo suficiente como para darle su virginidad y regresar a salvarlo.
Él se preguntó cuánto sabía verdaderamente Hinata Hyûga de Naruto. Hablaría con Kushina y dejaría que ella mencionara casualmente unas pocas cosas, y observara la reacción de la muchacha. Kushina era un buen juez de carácter.
Él pasaría el tiempo con ella también, no para cuestionarla, pues las palabras podían convertirse en mentiras fáciles, sino para estudiar el funcionamiento de su mente como estudiaba a los aprendices. Entre los dos, discernirían la verdad. Claramente Naruto no estaba demostrando una respuesta sensata hacia la muchacha.
Su hijo mayor podía ser tan terco algunas veces... Después de tres compromisos matrimoniales fracasados, estaba tan cegado por dudas acerca de sí mismo, tan decidido firmemente a casarse, que tenía pocos deseos de distraerse con cualquier cosa que pudiera amenazar sus inminentes nupcias. Él iba a casarse, y a no demorarse durante el proceso.
Aunque Minato sabía que necesitaban reconstruir la línea Namikaze, sospechaba que el matrimonio entre Naruto y la muchacha Elliott conllevaría toda una vida de decepción, que inevitablemente resultaría en sufrimiento para los dos.
¿Una pequeña charlatana, esa Hinata Hyûga? Minato no estaba tan seguro acerca de eso.
Continuará...
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