DULCES BESOS
13| EMBRUJADO
Mikoto Uchiha anduvo a tientas por encima del manto frente a la chimenea con sus varas de tejo, el horror enrollándose como una serpiente venenosa en el hoyo de su estómago. Siendo una mujer profundamente supersticiosa, sus hechizos eran tan necesarios para ella como el aire que respiraba. Últimamente había sido atraída por la lectura diaria del futuro, frenética por descubrir qué amenaza se movía siempre cerca de su hijo.
Cuando Itachi y ella se habían mudado cerca del Castillo Namikaze, había estado emocionada por regresar a las Highlands. Ningún terreno plano era para ella; se había lamentado por largos años para regresar a los peñascos brumosos, los lagos trémulos y los páramos llenos de brezo de su juventud. Las Highlands estaban cerca de los cielos, incluso la luna y las estrellas parecían a un tiro de piedra encima de las montañas.
El primer puesto de Itachi, sacerdote de un clan antiguo y rico. Allí él podría experimentar una vida de seguridad y satisfacción, sin riesgo de caer en el tipo de batallas en las cuales había perdido a sus otros hijos, pues los MacNamikaze tenían la segunda mejor tropa en toda Alba, sólo inferior a la del Rey.
Sí, durante las primeras dos semanas había estado eufórica. Pero entonces, poco después de su llegada, había lanzado sus varas de tejo y había visto una nube oscura en el horizonte rodando inexorablemente cerca. Intentando de todas las formas que podía, había sido incapaz de persuadir a sus varas o sus runas o sus hojas de té para que le dijeran más.
Simplemente una oscuridad. Una oscuridad que amenazaba a su único hijo restante. Y luego, la última vez que las había leído, la oscuridad se había extendido hacia uno de los hijos de Minato, pero había sido incapaz de determinar cuál.
Algunas veces sentía que la gran oscuridad absorbente estaba tratando de alcanzarla, tratando de arrastrarla en ella. Se sentaba por horas, agarrando firmemente sus runas antiguas, trazando sus formas, meciéndose de acá para allá hasta que el pánico se aliviaba. El miedo vago había sido su compañero de toda la vida, incluso siendo una muchacha. No se arriesgaría a perder a Itachi, no fuera que esas sombras ganaran sustancia y la despedazaran con sus garras malvadas.
Suspirando, alisó su pelo con dedos temblorosos, luego lanzó las varas en la mesa. Si las hubiera lanzado con Itachi en la cabaña, habría soportado otra conferencia tediosa acerca de Dios y Sus formas misteriosas.
Muchas gracias, muchacho, pero confío en mis varas, no en tu Dios invisible que se rehúsa a responderme cuando le pregunto por qué tiene a cuatro de mis hijos y yo sólo uno.
Estudiando el diseño, la espiral en su barriga se hizo tirante. Sus varas habían caído en el patrón idéntico que habían formado la semana anterior. El peligro... pero ella no tenía forma de saber dónde se alojaba. ¿Cómo debía impedirlo si no sabía desde dónde venía? No se atrevía a fallar con su quinto y último hijo. Sola, esa negrura hambrienta la atraería, la llevaría a la fuerza en la que seguramente debía ser la inconsciencia del infierno.
—Dime más— ella imploró—. No puedo hacer nada hasta que sepa cuál muchacho representa el peligro para mi hijo.
Desesperándose, los recogió, luego repentinamente cambió de idea e hizo algo que un buen adivinador raramente se arriesgaba a hacer, no fuera que fuerzas malignas, siempre armonizadas para temerlas y respetarlas, astutamente emplearan un diseño falso en las ramas. Ella las lanzó otra vez, una segunda vez, y dejó que descendieran rápidamente.
Afortunadamente, los destinos tenían tendencia a ser amables y generosos, pues cuando las varas traquetearon en la mesa, a ella le fue concedida una visión, una cosa que había ocurrido sólo una vez antes en su vida.
Grabada en su imaginación, claramente vio al muchacho mayor de los MacNamikaze, Naruto —un Naruto ceñudo—, oyó el sonido de una mujer llorando, y vio a su hijo, la sangre goteando de sus labios. En alguna parte de la visión, sintió a una cuarta persona, pero no podía enfocar su cara.
Después de un momento, decidió que la cuarta persona no debía estar relacionada con el peligro de Itachi, ya que no podía verla, o su presencia incierta era la de un espectador inocente.
La mujer llorando debía ser la mujer que sus varas le habían dicho mataría a su hijo, la dama con la que Naruto MacNamikaze se casaría. Apretó sus ojos, pero pudo vislumbrar sólo una forma pequeñita y un pelo oscuro con brillos azulados, no la mujer que siempre había visto antes.
La visión se desvaneció, dejándola sacudida y agotada.
Debía poner de alguna manera un alto a las cosas antes de que Naruto MacNamikaze se casara. Sabía, toda Alba lo sabía, que él estaba comprometido por cuarta vez, e Itachi permanecía enfurecedoramente callado acerca de los ocupantes del Castillo Namikaze. Ella no tenía idea de cuándo la boda se llevaría a cabo, o siquiera cuándo llegaría la novia.
Últimamente, mientras más husmeaba por noticias a través de su hijo, más recalcitrante él se volvía. Escondía cosas de ella, y eso la asustaba. Cuando habían llegado, él había hablado libremente acerca del castillo y sus ocupantes; ahora era raro en él que mencionara cualquier cosa acerca de sus días en el castillo excepto por los detalles tediosos concernientes a su trabajo en las capillas.
La cabaña Uchiha se anidaba en un valle en las afueras de Konoha, casi veinte estadios del castillo mismo. Itachi, supervisando la renovación de las dos capillas de la propiedad, caminaba cada día, pero un viaje tan exhaustivo estaba más allá de las articulaciones doloridas y las extremidades abotagadas de Mikoto. Caminar hasta Konoha, un estadio hacia el sur, era posible, y en los buenos días podía hacer cinco o más, pero veinte y de regreso otra vez, era imposible.
Si no podía engatusar a su hijo para recabar información, si el clima la acompañaba, podría caminar hasta el pueblo. Itachi era que todo lo que le había quedado, y ningún MacNamikaze, ni la iglesia, ni aún Dios se llevaría a su último hijo.
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—Aquí, caballo, caballo, caballo— Hinata arrulló.
La criatura en cuestión desnudó sus labios, mostrando unos dientes terriblemente grandes, y ella precipitadamente replegó su mano. Con las orejas aplastadas y la cola meneándose, Hinata evaluó su gran constitución.
Diez minutos atrás, el mozo había sacado a la luz dos caballos del establo y los había amarrado holgadamente a un poste cerca de la puerta. Naruto se había llevado el más grande sin volver la mirada hacia atrás, dejándola a solas con el otro. Había costado toda su voluntad caminar lentamente hasta él, y allí estaba ella, cerca de la puerta de los establos, cortejando a la bestia infernal.
Mortificada, miró por encima de su hombro, pero Naruto estaba a varias yardas, conversando con el maestro del establo. Al menos no la observaba quedar como tonta. Ella era citadina, nacida y criada en la ciudad, por Dios. ¿Cómo debía supuestamente saber qué hacer con unas mil libras de músculo, pelo y dientes?
Hizo un nuevo intento, esta vez sin agregar seducción, meramente un murmullo de voz dulce, pero la criatura obstinada, despreocupadamente, levantó su cola y una corriente caliente siseó en la tierra.
Precipitadamente arrebatando su pie calzado con sandalias de la línea de fuego, ella arqueó una ceja, las ventanas de su nariz ampliadas. Eso en cuanto a pensar que ese día iba a ser mejor que la noche anterior.
Había comenzado prometedoramente. Una media docena de criadas habían llevado una bañera llena de vapor y ella agradecidamente había remojado su cuerpo todavía dolorido de hacer el amor. Luego Kushina había traído el desayuno y café a su cámara.
Dándose alas por el optimismo inducido por la cafeína después de tragar el brebaje oscuro y delicioso, se había vestido y se había paseado buscando a Naruto, continuando sus esfuerzos de convencerlo del peligro en el que estaba. Pero en el momento en que había entrado al Gran Hall, Naruto le había informado que iban al pueblo. En caballos.
Hinata lanzó una mirada dudosa a la bestia. Nunca había visto un caballo en persona, y ahora ella —suponía— ¿confiaría su pequeña persona a esa criatura monstruosa, fornida y arrogante? Le recordaba a Naruto en la estatura y la conducta. Y esa no era garantía para que el animal le gustara más.
Oh, el caballo era bello, y al principio había admirado sus preciosos ojos y nariz sedosa, pero también tenía pezuñas afiladas, dientes grandes, y una cola que ¡ouch!
—Aquí, caballo, caballo, caballo— masculló, tentativamente extendiendo su mano otra vez.
Contuvo el aliento cuando el caballo relinchó suavemente y empujó la nariz hacia sus dedos. Pero en el último instante la determinación de Hinata trastabilló y, visualizando enormes dientes blancos mordiendo pulcramente sus dedos, retiró de un tirón su mano, y el caballo, evidentemente, retrocedió y aplanó sus orejas otra vez.
¡Swish!
Detrás de ella, Naruto observaba todo con asombro.
—¿No has visto un caballo nunca antes, muchacha? No contestan cuando los llamas "caballo". No tienen idea que son caballos. Es como pasear en el bosque, diciendo: "Aquí, jabalí, jabalí, jabalí. Me gustaría asarte para la cena".
Ella le lanzó una mirada alarmada y avergonzada por sobre su hombro.
—Por supuesto que he visto un caballo antes—. Sus cejas se arrugaron, y agregó tímidamente—: En un libro. Y no seas tan arrogante conmigo; deberías haber visto tu cara cuando viste un coche por primera vez.
—¿Un coche?
—En mi época tenemos... carromatos que no necesitan que los caballos los jalen. Él se mofó y descartó su declaración completamente.
—Así que nunca has montado un caballo— comentó secamente, lanzándole hacia arriba en su silla de montar. Fue un movimiento precioso, lleno de gracia casual, confianza suprema y poder masculino elevado a la enésima potencia.
La irritó absolutamente.
—Creído.
Él le lanzó una sonrisa perezosa.
—Aunque no he oído eso antes, no parece que me estuvieras elogiando.
—Significa arrogante y presumido, ostentando así tu habilidad.
—Uno debe trabajar con lo que tiene—. Sus ojos se demoraron en sus labios, luego se dejaron caer hacia sus pechos, antes de que apartara su mirada.
—Vi eso. No me mires de esa manera. Estás prometido— dijo ella rígidamente, resintiendo a la querida Sakura Elliott hasta la médula de sus huesos.
—Och, pero aún no estoy casado— él masculló, mirándola debajo de sus cejas.
—Esa es una actitud despreciable. Él se encogió de hombros.
—Así somos los hombres—. No iba a discutir con ella sus opiniones verdaderas sobre ese asunto en particular. Esas opiniones eran una de las razones por las que su atracción hacia ella lo perturbara tanto. Él prefería ser casto al menos unas pocas semanas antes de su boda, y una vez casado, no se desviaría del rumbo. Pero ella era una tentación irresistible.
Pero él era fuerte. La resistiría. Para probarlo, le sonrió.
¿Qué estaría tramando ahora?, Hinata se preguntó suspicazmente. Sabía que él no había decidido creer en ella; lo había oído sin querer hablando con Menma antes de que la hubieran visto entrar al vestíbulo. Él había dicho que la llevaría al pueblo para comprobar si alguien la reconocía.
—Puedo caminar— anunció ella.
—Es un camino que se tarda un día en hacer— mintió él, y se encogió de hombros otra vez—. Pero si tienes deseos de caminar, entonces veinte estadios... —. Sin decir más, volvió su montura y lentamente se puso en marcha. Ella se arrastró detrás de él, refunfuñando.
Ja, él pensaba que no sabía lo que era un estadio, pero ella sabía toda clase de medidas. Un estadio era apenas un octavo de milla, lo cual quería decir que el pueblo estaba aproximadamente a unas dos millas y media, y aunque ciertamente no le llevaría todo el día, tenía que considerar su predisposición hacia la inercia.
Él se detuvo y le lanzó una mirada que decía última oportunidad. Escudando sus ojos del sol con la mano sobre su frente, la muchacha lo miró con ceño fruncido. De nuevo, él llevaba esos trews de cuero que enfundaban sus muslos poderosos, una camisa de lino, sus bandas y sus botas de cuero. Había algo irresistible en un hombre de buenos músculos vestido de cuero.
Su pelo rubio se derramaba sobre sus hombros, y mientras ella lo contemplaba, él le dio a esa dolorosamente familiar sacudida leonina de su melena, y las hormonas le atronaron en respuesta. Se rehusó a pensar en lo que ella sabía yacía dentro del cuero ajustado de sus trews. Lo sabía por experiencia personal. Porque había envuelto su mano alrededor. Porque le gustaría envolver también sus labios allí...
Remetió su flequillo detrás de su oreja con un suspiro sombrío.
Cuando él aproximó su montura, ella se movió errática y ligeramente hacia atrás. Una esquina de los labios masculinos se levantó en una sonrisa burlona.
—Así que hay algunas cosas a las que temes, Hinata Hyûga. Ella entrecerró sus ojos.
—Hay una diferencia entre el miedo y la falta de familiaridad. Cualquier cosa que uno hace por primera vez puede ser atemorizante. No tengo experiencia con caballos, por consiguiente aún no he desarrollado respuestas correctas. Aún es la palabra importante.
—Entonces ven, oh, valiente—. Él extendió su mano—. Es evidente que no podrás ir montada sobre tu caballo. Si no cabalgas conmigo, tendrás que caminar. Detrás de mí— agregó él, simplemente para irritarla.
Su mano subió rápidamente hacia la de él.
Con un bufido de diversión, él sujetó sus dedos alrededor de su muñeca y la elevó, deslizándola hábilmente en la posición correcta en la silla de montar delante de él.
—Despacio— murmuró él para su montura. ¿O fue eso para ella? No estaba segura que cuál de ellas estaba más nerviosa.
Él ajustó su capa ligera y rodeó su cintura con sus brazos. Hinata cerró sus ojos mientras una oleada de anhelo la inundaba. Él la tocaba. En todas partes. Su pecho se apretaba contra su espalda, sus brazos alrededor de ella para conducir las riendas, sus muslos presionando contra los de ella.
Estaba en la gloria. Lo único que podría hacer mejor ese día sería para él la recordara, la conociera y la mirara en la misma forma que lo había hecho aquella anoche juntos en el círculo de piedras.
¿Era posible que la memoria estuviera en algún lugar dentro de él y, si ella encontrara sólo la palabra justa, recordaría? En un nivel celular, ¿él no tendría que poseer el conocimiento? ¿Quizá profundamente sepultado, olvidado y etéreo como un sueño brumoso?
Silenciosamente saboreó el contacto, luego se dio cuenta de que ni él ni el caballo se movían. Su respiración era cálida, abanicando su nuca. Necesitó de toda su voluntad para no volverse en la silla de montar y plantar un beso profundo y húmedo en esos labios que estaban a sólo una vuelta su cabeza de distancia.
—¿Bien? ¿No avanzamos o algo por el estilo?— preguntó ella. Si se quedaban de esa manera, tocándose así, ella no podría ser responsabilizada por sus acciones. Una parte del pelo sedoso de Naruto había caído sobre su hombro, y ella entrelazó sus dedos para impedirles levantarse y acariciarlos.
¿Qué estaba haciendo él allí atrás? No le serviría de nada empezar a fantasear acerca de él. Ese Naruto era un mes menor que el de ella y una vida entera de sentido común menos. ¡La llevaba a Konoha para saber si alguien podía reconocerla, el imbécil!
—Sí— dijo él roncamente. Sus muslos se tensaron y él instó al caballo a moverse.
A Hinata casi le flaqueó la respiración cuando el animal se movió bajo ella. Era atemorizante. Era vertiginoso. Era alentador. Con sus crines enrizándose en la brisa, el caballo hizo gruñidos suaves ocasionales mientras galopaba sobre el campo esmeralda lleno de brezos.
Fue una experiencia increíble. En su imaginación, se visualizó a sí misma doblada sobre la espalda del caballo, remontándose a través de los prados y las colinas. Siempre había querido aprender a montar, pero sus padres habían dictado su extenuante curriculum educativo, y no había permitido actividades extracurriculares. Los Cassidys eran pensadores, no personas activas.
Había una forma más en que podría distanciarse de ellos, decidió Hinata. Podría convertirse en una persona activa, y pensar lo menos posible.
—Me gustaría aprender a cabalgar— ella le informó sobre su hombro. Iba a estar allí un tiempo, después de todo, y ciertamente no podría ser perjudicial adquirir algunas habilidades medievales. No podría soportar estar sin la libertad de un transporte.
En su siglo, cuando su coche estaba en reparaciones, se sentía atrapada. Sospechaba que sería sabio ganar toda la independencia que pudiera. ¿Qué ocurriría si él nunca creía en ella? ¿Si se casara con su chica bonita y tonta y se rehusara a regresarla a su tiempo? El pánico la inundó ante ese pensamiento. Ella definitivamente necesitaba algunas habilidades básicas.
—Tal vez el maestro del establo te puede acomodar dentro de su horario— dijo él contra su oreja—. Pero he oído decir que él hace a sus aprendices palear las heces fuera de los establos.
Ella tembló. ¿La habían rozado sus labios deliberadamente, o el modo de andar del caballo lo había hecho rozarla sin querer?
—Quizá Menma me podría enseñar— ella contrarrestó.
—No creo que Menma te vaya a enseñar una condenada cosa— dijo él con una voz peligrosa, y esa vez sus labios rozaron su oreja—. Y te ordeno que mantengas tus labios lejos de mi hermano, no sea que deba confinarte en tus cámaras.
¿Qué juego estaba él jugando? ¿Había destellos de celos en su grueso y profundo acento, o sólo era lo que ella deseaba oír?
—Además, mientras temas al caballo, él lo puede sentir y no podrá responder adecuadamente. Debes respetarlos, no temerlos. Los caballos son criaturas sensitivas, inteligentes y llenas de espíritu.
—Como yo, ¿eh?— dijo ella descaradamente. Él hizo un sonido de risa estrangulada.
—No. Los caballos obedecen las órdenes. Dudo que tú alguna vez lo hagas. Y ciertamente tienes una opinión elevada de ti misma, ¿verdad?
—No más que tú.
—Veo espíritu en ti, pero no lo demuestras, y siempre que continúes mintiéndome, el respeto nunca será parte de nuestro trato. ¿Por qué no dices la verdad?
—Porque ya lo hice— espetó ella—. Y si no crees en mí, ¿entonces por que no me envías de nuevo a través de las piedras?— sugirió Hinata, inspirada por un pensamiento repentino. Si él la llevara simplemente a una excursión de un día del futuro, ella le podría mostrar su mundo, sus coches, el lugar donde ella lo había encontrado. ¿Por qué no había pensado en eso la noche anterior?
—No— dijo él instantáneamente—. Las piedras nunca pueden servir para razones personales. Está prohibido.
—¡Ja! Acabas de admitir que las puedes usar— ella saltó al ataque.
Naruto gruñó cerca de su oreja.
—Además, ¿por qué otras razones las usarías? ¿En alguna misión secreta?— se mofó ella—. Y no eran razones personales; debías salvar a tu clan— agregó—. Pienso que eso es lo suficientemente importante como para merecer usarlas.
—Basta. No mantendré este debate.
—Pero...
—Basta. No más peros. Y deja de retorcerte.
Montaron el resto de camino hasta el pueblo en silencio.
Konoha, aunque la llamaran "pueblo", era en verdad una ciudad próspera. Naruto creía que era la urbe más próspera y tranquila que nunca había existido, y los que residían en Konoha callaban acerca de ella cuando viajaban, para preservar la serenidad de su hogar Highland.
Los druidas Namikaze continuaban una vigilia meticulosa sobre Konoha, realizando los rituales antiguos para asegurar la fertilidad del clan y los cultivos. También habían colocado formaciones estratégicas, conocidas como wards, alrededor de los campos, para disuadir a los viajeros curiosos de aventurarse demasiado lejos sobre la montaña.
Era su ciudad; siempre la sostenían y protegían.
Sí, pensó él, su mirada rozando los techos de paja, es un pueblo precioso. Siglos atrás, centenares de personas se habían asentado en el rico valle protegido por los Namikaze. Al pasar los siglos, los centenares se habían convertido en miles. Lo suficientemente lejana para que tuviera pocas visitas, pero no tan lejos del mar para comerciar, Konoha alojaba cuatro Iglesias, dos molinos, cereros, curtidores, tejedores, sastres, alfareros, herreros, un armero, zapateros y diversos artesanos.
Acudirían primero al establecimiento del orfebre, así Naruto podría inspeccionar el intrincado trabajo de laminillas de oro con el cual el talentoso artesano embellecía uno de los atesorados tomos de Minato.
Mientras entraban en los extramuros del pueblo, Naruto observó a Hinata tan desapasionadamente como era posible, lo cual era difícil con ella en ángulo recto entre sus muslos. Había temido colocarla en su caballo, pero simplemente no había habido otra alternativa. Estaba claro que la muchacha nunca se había sentado en un caballo antes.
Disciplinando sus lujuriosos pensamientos, él la estudió. Ella estiró el cuello en todas direcciones, bebiendo las escenas.
Cabalgaron hasta después de los puestos de la curtiduría y la carnicería, cuyas tiendas estaban en el perímetro de la ciudad, donde el olor del estiércol que solía suavizar los cueros podía disiparse más fácilmente y las chorreaduras de carne de los animales recién muertos podían ser con toda seguridad drenadas. En avenidas más adentro estaban los hornos abrasadores de los herreros, colocados lejos de los comerciantes más serenos, así el estrépito de metal contra metal no interferían con los negocios más tranquilos.
Las casas y las tiendas, construidos de piedra con techos de paja y tipa, tenían persianas en los frentes, abiertas hacia la calle. La vía principal alojaba a los cereros, los fabricantes de paños, tejedores, zapateros y cosas semejantes.
Los postigos sobresalientes, abiertos horizontalmente, estaban levantados y sostenidos hacia arriba con palos para formar un toldo, mientras las persianas más bajas se movían hacia abajo, y las mercancías estaban colocadas encima en despliegues tentadores. El pueblo tenía su propio concejo que implementaba estrictamente el código establecido por los Namikaze, por medio del cual regulaban el comercio, el saneamiento y otras materias de artesanía.
Ella parecía tan curiosa como si no hubiera visto esa ciudad antes, pensó Naruto, mientras la muchacha trataba de mirar con atención a los cuatro vientos simultáneamente. En el momento en que habían entrado al pueblo, había empezado a lanzar preguntas. Los herreros, martillando acero caliente al rojo, haciendo volar las chispas, la fascinaron. Miró estúpidamente a un aprendiz joven haciendo alambre, sacando el metal ardiente a través de un hueco de molde con tenazas.
El carnicero casi la hizo descomponer, y negó su oferta de una tira de carne de venado con sal. Mientras pasaban al curtidor, vio vapor levantándose de varias tinas poco hondas y le ordenó hacer una pausa, así podía observar afeitar una piel con un cuchillo curtidor de dos asas.
Los ojos de Naruto se estrecharon. Ella era la actriz más convincente que alguna vez había encontrado. Su locura parecía una cosa esporádica, manifestándose infrecuentemente, si bien de manera espectacular. Siempre que no hablara de ser del futuro o hacer reclamaciones descabelladas acerca de él, parecía solamente poco común, no loca.
Cuando ella se reclinó y presionó una mano contra su muslo cubierto de cuero, cada músculo en su cuerpo se contrajo y su pierna se puso rígida bajo su palma. Él cerró sus ojos, diciéndose a sí mismo que era solamente una mano, un apéndice, absolutamente nada para hacerlo excitar insensatamente, pero la lujuria había estado tronando a través de sus venas desde que la había colocado en el caballo.
El calor de su cuerpo pequeñito, generosamente curvado, entre sus muslos, lo había mantenido en una condición permanente de excitación. Cuando ella estaba cerca, su mente se debilitaba, su cuerpo se endurecía, y se volvía inútil para todo excepto una cosa.
Los juegos de cama.
Le gustaría envolver sus puños en la tela de su traje y rasgarlo hasta abajo por el frente, desnudando todas esas curvas sonrosadas para su placer. Ella lo hacía sentirse tan primitivo como sus antepasados, que habían tomado mujeres tan barbáricamente y sin disculpas como habían conquistado reinos. Por un momento breve, se sintió inundado con la idea extraña de que él tenía derecho a llevarla a su cama.
Habría apostado que ella no protestaría demasiado tampoco, pensó oscuramente. En absoluto.
—¿Hizo él tus... er, trews?—. Ella gesticuló hacia el curtidor.
—Sí— dijo él toscamente, apartando a la fuerza su mano.
—Perdóname por tocar tan glorioso personaje— dijo ella rígidamente—. Sólo por curiosidad, me preguntaba si tus trews eran tan suaves como se ven.
Él se mordió los labios para impedir una sonrisa. Glorioso personaje, ciertamente. ¿De dónde venía ella con sus palabras? Mis trews pueden ser suaves, él pensó, pero lo que está debajo de ellos no lo es. Si su mano hubiera avanzado un poco más alto, ella habría comprobado eso por sí misma.
—¿Puedo tener un par?
—¿De trews de cuero?— dijo él indignado.
Ella volteó su cabeza para mirarlo, y puso sus labios a una respiración de distancia de los de él. El corazón de Naruto palpitó erráticamente y él se quedó inmóvil, así no haría algo abyectamente estúpido, como saborear esos deliciosos labios mentirosos.
—Se ven cómodos, Naruto— dijo ella—. No soy capaz de traer puestos vestidos.
La mirada del hombre parecía pegada en sus labios, y apenas había oído su respuesta. Los labios de una bruja tan única tendrían que ser ardientes y suculentos, húmedos e indiscutiblemente hábiles para besar. Los rectos dientes blancos ligeramente divididos revelaban la punta de una lengua rosada. Por un momento, él observó sus labios moviéndose, pero no podía oír una palabra de lo que decía. Necesitó una sacudida cruel de su cabeza para hacer que la voz de la chica tuviera sentido.
—Siempre quise tener un par, pero en mi casa mis padres —ja— me habrían matado si alguna vez hubiera traído puestos un par de pantalones de cuero negros.
—Deberían, si su hija vistiera unos trews—. Si él vislumbrara su generosamente redondeado trasero cubierto en un pantalón estrecho negro con el calce ajustado del cuero, simplemente podría olvidar quién era él y que se casaría dentro de poco.
—¿Por favor? Simplemente un par. Ay, vamos. ¿Qué daño puede hacer?
Él parpadeó. Por primera vez desde que la había encontrado, sonaba como una mujer normal, pero no mendigaba un vestido bonito: la contradictoria chica quería un atavío de hombres.
—¿Dónde está tu sentido de aventura?— ella presionó.
Enfocado en tus labios, él pensó irritado, junto con todos mis otros malditos sentidos. Una imagen suya vestida con un estrecho pantalón de cuero negro y nada más, su pelo oscuro cayendo en desorden salvaje sobre sus generosos pechos desnudos, hizo aparición en su mente.
—Absolutamente no— él gruñó, hincando las espuelas en su caballo y saludando con la cabeza al curtidor—. Y no te vuelvas a mirarme.
—Oooh. ¿Ahora incluso no tengo permiso para mirarte?— bufó ella y permaneció disgustada hasta el puesto del orfebre, pero él advirtió que no reprimió su curiosidad. No, simplemente ella atizó ese labio inferior delicioso suyo hacia afuera, haciéndolo cambiar de posición, con inquietud, en la silla de montar.
Cuando a fin de cuentas llegaron a lo del orfebre, él saltó del caballo, desesperado por poner distancia entre ellos. Estaba a punto de llamar a la puerta cuando ella se aclaró la voz imperiosamente.
Él lanzó la mirada cautelosamente hacia atrás.
—¿No vas a sacarme de esta cosa?— dijo ella dulcemente.
Demasiado dulcemente, él se percató. Ella estaba tramando algo. Era una visión, vestida en una de las capas de su madre de pálido color malva, su pelo de medianoche trémulo derramándose de sus hombros, sus ojos brillantes.
—Salta— dijo él rígidamente. Ella entrecerró sus ojos.
—Tú no has tenido muchas novias, ¿verdad? Acércate y ayúdame. Esta bestia es más alta que yo. Podría romperme un tobillo. Y luego tú te quedarías atascado llevándome de acá para allá por Dios sólo sabe cuánto tiempo.
¿Novias? Él ponderó la palabra por un momento, la rompió en partes y la analizó. Ah, ella querría decir liaisons, amantes. Suspirando, calculó las probabilidades de que la joven pudiera permanecer montada y quieta y darle alguna paz, pero luego recordó su propósito para llevarla allí. Deseaba que los aldeanos la vieran, con la esperanza de que alguien la reconociera. Estaba seguro de que ella debía haberse detenido en el pueblo antes de caminar a su castillo. Mientras más pronto alguien la reconociera, más pronto él podría poner fin a su presencia en su torreón.
Iba a tener que bajarla del caballo, por pequeñita que fuera, porque ciertamente se lastimaría saltando, y entonces habría un infierno que pagar con Minato.
—¿Tú la hiciste saltar del caballo?— Minato exclamaría.
—Tuve que hacerlo. Tenía miedo de que si la tocaba, no podría dejar de hacerlo.
Sí, eso tendría éxito. Su pa se reiría salvajemente. Se lo diría a Menma y se reirían hasta estallar. Nunca viviría en paz después de eso. Naruto MacNamikaze, asustado de tocar a una chica pequeñita que apenas alcanzaba sus costillas. Rezaba porque su futura esposa provocase sentimientos similares de deseo en él.
—Ven— a regañadientes levantó sus manos.
Ella se animó instantáneamente, se deslizó fuera del caballo, y brincó a sus brazos. Lo golpeó con el suficiente impacto como para que su respiración abandonara sus pulmones en un whoosh suave de aire y lo obligó a envolver sus brazos alrededor de ella para no dejarla caer.
El cabello de la joven se derramó en el rostro de Naruto, y olía como el jabón perfumado de brezo que Kushina hacía en las cocinas. Sus pechos eran montículos suaves, aplastados contra su propio pecho, y sus piernas parecían... no, no parecían, estaban envueltas alrededor de él.
No era extraño que Menma no hubiera resistido. Era asombroso que su hermano no hubiera follado a la muchacha en el acto. Los músculos en sus brazos desafiaron la orden de su cerebro de soltarla. Perversamente, se cerraron herméticamente alrededor de ella.
—¿Naruto?—. Su voz era suave, dulce su respiración, su cuerpo femenino y ágil contra el de él.
Era inútil, él pensó oscuramente. La cambió de posición abruptamente a fin de que sus labios fueran accesibles e hicieran lo que había deseado hacer desde el momento en que había puesto los ojos en ella. La besó. Sin piedad. En su mente, él borraba el beso de Menma de sus labios, borrando la pizarra hasta dejarla limpia, imprimiéndose a sí mismo y sólo a sí mismo en ella.
En el momento que sus labios se encontraron, una energía frenética barbotó a lo largo y ancho de su cuerpo, con sabores que él nunca había sentido en su vida.
Y ella lo besó a su vez salvajemente. Sus pequeñas manos se hundieron en su pelo, sus uñas frotando su cuero cabelludo. Sus piernas estaban apretadas desvergonzadamente alrededor de su cintura, captando la dureza de él cómodamente contra su calor de mujer. El de ella era el beso más caliente y más carnal de la naturaleza, nada que él alguna vez había recibido.
Él respondió como un hombre muerto de hambre por el contacto de una mujer. Ahuecó sus manos bajo su trasero delicioso, deslizando la tela de su falda fuera de sus piernas. La besó y la besó y la besó, sujetando su cabeza firmemente entre sus manos, mordiendo y succionando y saboreando su boca caliente, mentirosa, preguntándose cómo podía ser tan dulce. ¿No debería saber una lengua mentirosa amarga? No como miel y canela.
Una imagen, sorprendente en su claridad y su extrañeza, pasó como un relámpago por su mente: esa mujer, vestida extrañamente con la mitad de las prendas de vestir: una chemisse y unos trews rotos observándolo en un espejo plateado mientras él luchaba con un par descolorido y sucio de trews azules.
Él nunca había usado trews así en su vida.
Pero su lujuria por ella se triplicó ante la aparición de esa imagen. Zambullendo su lengua en su boca, él presionó la parte inferior de su cuerpo contra ella y la jaló más apretadamente contra su dura erección. Su cordura estaba drogada por el perfume de ella, su sabor, el calor crudo de su sensualidad.
—¿Milord?— dijo una voz débil y alarmada detrás de él.
La irritación titiló a través de sus venas, porque alguien se atrevía a interrumpir. ¡Por Amergin, era su elección si decidía ahorcarse a sí mismo! Esta mujer se había metido en su castillo, en sus brazos. ¡Él no estaba casado aún!
Allí estaba de nuevo el sonido de una garganta aclarándose, luego una risa delicada.
Él cerró sus ojos, echó mano de su disciplina Druida para rechazarla con fuerza, pero la pequeña bruja chupó su labio inferior mientras se separaba, causando que su deseo aumentara febrilmente. Las mejillas de la muchacha estaban ruborizadas, sus labios deliciosamente inflamados.
Y él estaba duro como una piedra.
Hondamente indignado consigo mismo, él empastó una sonrisa en su cara, ajustó su sporran alrededor de su cintura, y empezó a saludar al hombre que lo había salvado de hacerle el amor a la muchacha en la calle sin dedicarle un solo pensamiento a su prometida.
—Tomas— él saludó al viejo orfebre de pelo gris. Jaló de la mano a Hinata hacia adelante y la empujó bajo la nariz del herrero, esperando cualquier parpadeo de reconocimiento. No hubo ninguno.
El herrero simplemente resplandeció, su mirada pasando velozmente entre los dos.
—Minato debe estar encantado, muy contento— exclamó él—. Ha estado anhelando nietos y finalmente va a obtener su boda. Vi que ustedes estaban fuera de la ventana y simplemente tuve que venir a presentarme por mí mismo. ¡Bienvenida, milady!
Mientras Tomas volvía una mirada beatífica a Hinata, Naruto se percató de que el herrero estaba suponiendo equivocadamente que Hinata era su última prometida.
Naruto apretó los dientes antes de dejar escapar lo que había estado a punto de decir para desengañarlo de la idea. Lo último que necesitaba era más rumores circulando en el pueblo que casualmente Sakura podría oír un día. Quizá Tomas simplemente olvidaría lo que había visto o, después de ver a la verdadera novia, sabiamente se guardaría su opinión. Mientras menos dijera acerca de eso, mejor.
—Lo juro, en toda mi vida he visto a Naruto MacNamikaze escoltar a una muchacha alrededor del pueblo. Y por cierto nunca había besado a una chica en la calle a la vista de todo el mundo. Och, ¿pero donde están mis modales? Confundidos por ver al laird enamorado, seguro— dijo él, inclinándose precipitadamente de un modo respetuoso—. Les ofrezco la bienvenida otra vez, y si lo desean pueden venir adentro.
Hinata le lanzó a Naruto una mirada traviesa y caliente que lo hizo arder, antes de seguir a Tomas en la tienda.
Él permaneció afuera algunos momentos, tomándose más tiempo del necesario para amarrar su caballo, respirando profundamente del aire crujiente y fresco. Enamorado, mi trasero, él pensó oscuramente. Estoy embrujado.
Continuará...
