DULCES BESOS


14| TU ME AMENAZAS


Hinata estaba eufórica. Él la había besado. Besado de la misma manera en que la había besado en su siglo, y había vislumbrado a su Naruto en sus ojos. ¡Y el herrero había pensado que parecían estar enamorados!

Había esperanza, después de todo. En su siglo, él había afirmado que no besaría a una mujer si estuviera prometido o casado. Bien, pensó alegremente, él había roto esa regla.

Quizá si ella cavaba lo suficientemente profundo y le recordaba cosas que hubiesen hecho en su tiempo, él en cierta forma lo recordaría todo. Lo salvaría y él rompería su compromiso y se casaría con ella, pensó entre sueños.

Resistiéndose al deseo a abanicarse, recorrió la mirada la choza de Tomas. Naruto estaba afuera atando al caballo, pero sabía que esa no era la única razón por la que él hubiera permanecido afuera. El hombre había respondido de la misma manera que lo había hecho en su siglo, y sabía que Naruto era un hombre de intensa pasión. No le gustaba detenerse una vez que comenzaba.

Hinata esperaba que estuviera malditamente incómodo en esos trews de cuero ajustado que parecían tan cómodos y que se había rehusado a comprar para ella.

Era posible que el deleite distorsionara su impresión de la diminuta cabaña del siglo dieciséis, pero ella la encontró preciosa. Era acogedora y caliente, llena de un ligero perfume floral, probablemente de toda exposición de hierbas colgadas cabeza abajo en las ventanas, decidió.

Un conjunto imponente y deslumbrante de exquisitos trabajos de plata, platos y copas, paternósteres de oro bellamente rotulados y tableaux religiosos, estaban esparcidos por todos lados en mesas y estantes. Un manuscrito iluminado estaba abierto sobre una mesa larga y estrecha, rodeado por media docena de candelas de cera acomodadas a una distancia cuidadosa.

No había globos de aceite en el cuarto, sólo candelas, y cuando preguntó, Tomas aclaró que el aceite producía un residuo de humo cuando se quemaba que era más dañino para sus escritos y trabajos de oro que las candelas finas que él compraba. Ciertamente, el orfebre quemaba sólo ciertos tipos de madera en su chimenea, para minimizar el hollín.

Su oficio era tan detallado y tan amoroso para el laird MacNamikaze, había explicado, que Minato mismo había pagado para que tuviera las costosas ventanas de vidrio instaladas a fin de que pudiese trabajar a la luz más brillante del día.

—Éste es para Minato— le dijo él, llamándola por señas para ver el tomo, ansioso por exponer su oficio.

—Es precioso— exclamó ella, levantando la cubierta grabada en relieve con el cuidado devoto de un ratón de biblioteca. Las páginas se veían antiguas y estaban escritas en otro lenguaje ininteligible, con todo lujo de símbolos que bailaban más allá de su comprensión. Los bordes habían sido cuidadosamente dorados con un delicado trabajo de nudos célticos. Hinata miró con atención a Tomas.

—¿De qué se trata este... er, tomo? Tomas se encogió de hombros.

—Verdaderamente, no tengo idea. Los tomos de Minato están a menudo en idiomas inusuales.

Justo entonces, Naruto entró como una tromba en la casa con una bocanada de aire caliente y perfumado de brezos y cerró la puerta con un golpe fuerte.

—¿Has acabado con eso?— dijo él abruptamente, ansioso por seguir hasta la consiguiente pausa para poder hallar a alguien que la reconociera.

Tomas negó con la cabeza.

—No. Tomará algunos días más. Pero aquí está el otro volumen que Minato quería. No pienso decir que me lleva cerca de un año tener en mis manos una copia legible.

Cuándo él ofreció el volumen delgado a Naruto, Hinata reaccionó instintivamente y lo arrancó de su mano.

—Oh, Dios Santo— ella suspiró, clavando los ojos en él.

Sostenía una copia de la visión geocéntrica de Claudio Ptolomeo del universo, el cual declaraba que los planetas y el sol orbitaban alrededor de la Tierra, y que no sería decisivamente sostenido en forma publicada hasta 1543, con Sobre la Revolución de los Orbes Divinos de Copérnico. Sus ojos se ampliaron y su boca se abrió involuntariamente. Era todo lo que ella podía hacer para no acariciar la copia de siglo dieciséis.

—Yo tomaré eso— contestó bruscamente Naruto, tomándolo de sus manos.

Ella parpadeó, demasiado asombrada para protestar. Había sostenido una edición del siglo dieciséis del trabajo de Ptolomeo en sus manos, tocando su piel.

—Vendré de visita en unas dos semanas por el otro tomo— dijo Naruto a Tomas—. Ven— dijo a Hinata.

Despidiéndose de Tomas, Hinata consideró cuidadosamente el significado de ese volumen. ¿El cosmólogo de siglo dieciséis Naruto MacNamikaze? Demonios, pensó, recordando los acordes musicales del universo. Ella había hecho un intento tan duro para volverle la espalda a la Física, pero cuando su corazón finalmente se decidía a quedar implicado, era con un hombre que estudiaba planetas y matemáticas.

Él iba realmente a tener que empezar a confiar en ella. Tenían demasiado para hablar... si él sólo confiara en ella.

Hinata suspiró mientras entraban al Gran Hall. Había dado la bienvenida al día con optimismo, solamente para acabarlo en una derrota. Había logrado no mucho más que la noche anterior, y finalmente se dio cuenta de que aunque él era cortés, encontraba su historia divertida, nada más.

Tres veces había hecho referencia a la "debilidad de juicio" de la chica. Pensaba que estaba chiflada, se percató tristemente. Y Hinata comenzaba a ver que mientras más hablaba del futuro, más loca pensaría que estaba.

Incansablemente, él la había arrastrado de las tiendas de los comerciantes hasta el establo, asegurándose de que todo el mundo en el pueblo la viera, llevándola a cuestas hasta que ella sufrió sobrecarga medieval. Ni siquiera una vez la había tocado mientras lo hacía: apenas la había mirado.

Había sido una excursión estimulante y fascinante en el pasado, con perfumes y escenas que la habían dejado boquiabierta en más de una ocasión. Pero ni siquiera en una ocasión él le había permitido guiar la conversación hacia el asunto más importante: que él sería secuestrado y su clan destruido en aproximadamente un mes.

Cada vez que ella lo había llevado a colación, él la había empujado dentro de otra caseta o se había alejado en la multitud para saludar a alguien.

En el paseo de regreso al castillo había estado tan tenso detrás de ella, que finalmente la muchacha se había inclinado hacia adelante tan lejos como podía sobre la crin color negro. Se había rendido y simplemente había celebrado la belleza de la puesta de sol a medida que había teñido los campos de brezos de violeta profundo.

Había vislumbrado a una marta traviesa saliendo rápidamente del prado, haciendo una pausa sobre sus pequeñas patas peludas, su nariz interrogando la brisa. Un luminoso búho nevado había ululado suavemente en las ramas del bosque más allá. El zumbido continuo de las ranas y los grillos había llenado el aire de canciones.

La noche plena había caído en el momento que entraron en las portillas abiertas del castillo.

—¿No cierras nunca las portillas?—. Ella había preguntado, frunciendo el ceño. La barbacana, construida de piedras macizas, lucía un rastrillo formidable que parecía no haber sido movido hacia abajo en un siglo. La portilla misma estaba modelada de madera de tres pies de grueso y calzada con acero. Y permanecía totalmente abierta. Ni un guardia se sentaba en la barbacana.

Él se había reído, el epítome del varón arrogante.

—No— había contestado fácilmente—. No sólo la casa Namikaze tiene la tropa más grande después de la del rey, sino que ha habido paz en estas montañas durante años.

—Pues bien, deberías— ella había dicho, inquieta—. Simplemente cualquiera podría entrar.

—Justamente cualquiera puede— él había contestado con una mirada afilada—. La única cosa dentro de mi propiedad que me amenaza actualmente descansa a horcajadas sobre mi caballo.

—No te amenazo— dijo ella, recogiendo el hilo de la conversación donde la habían dejado unos pocos momentos atrás—. ¿Por qué no puedes considerar simplemente lo que te he dicho? Tú viste por ti mismo que nadie me reconoció en Konoha. Por el bien del Cielo, si parece una mofeta y huele como una mofeta, entonces probablemente es una mofeta— dijo ella, exasperada.

Naruto desenfundó su espada, la sostuvo junto a la puerta, y la recorrió con la mirada con una expresión perpleja.

—¿Una mofeta?

—Un mamífero, de la familia de las comadrejas, bastante maloliente, aunque probablemente no fue la mejor metáfora—. Ella se encogió de hombros—. Lo que quise decir es que seas lógico. Si simplemente oyeras e hicieras las preguntas correctas, encontrarías que mi historia tiene sentido.

Él no dijo nada, y ella alzó otro suspiro.

—Me doy por vencida. No me importa si crees en mí, si solamente me prometes dos cosas.

—Mi mano en el matrimonio está ya dada.

Hinata Hinata entrecerró sus ojos y suspiró.

—No dejes que Menma vaya a lo de Elliott.

—Es demasiado tarde. Salió este amanecer poco después de que nosotros lo hiciéramos.

Los ojos Hinata se abrieron como platos.

—Debes ir tras él— gritó.

—No te asustes. Envié un complemento de guardias con él...

—¿Pero qué si eso no es suficiente? ¡No sé qué tan grande fue la batalla!

—Él monta con más de doscientos de los mejores combatientes de Alba. Ninguna batalla trivial entre clanes tendrá esos números. Una disputa entre clanes es usualmente poco más que una rencilla entre dos hermanos enojados o sus parientes.

Hinata lo observó.

—¿Estás seguro que no podría ser una batalla mayor?—. Después de todo, él conocía su siglo. En cierta forma, ella había elaborado la idea de que las batallas medievales eran tan grandiosas como había visto en Braveheart.

—Los Yakushi y los Akatsuki frecuentemente están en discordia, y nunca han enviado sus ejércitos completos el uno contra el otro. Aún si lo hicieran, ni más de doscientos en el lado de los Akatsuki los harían ganar. Mis hombres están bien entrenados.

Hinata se mordió el labio inquieta. Quizá eso era todo lo que se necesitaba hacer para mantener a Menma a salvo. Ya las cosas habían cambiado. Inicialmente, según lo que le había dicho Naruto en su siglo, Menma había ido sólo con una docena de guardias.

—Además, previne al capitán que de ninguna manera Menma debía involucrarse en alguna batalla. Shikamaru amarraría fuertemente a Menma a su caballo y escaparía de la batalla antes de desafiar mis órdenes—. Él suspiró antes de añadir—: También le dije a Menma lo que tú afirmaste, antes de que él se marchara. Procederá con cuidado.

» No— dijo él, cuando ella lo miró esperanzadamente—, no porque crea en ti, sino porque no tomaré riesgos, por muy remotos que sean, con la vida de mi hermano. Ya veremos si la batalla que afirmaste sucedería, verdaderamente llega a pasar.

—¿Por qué no pensé en eso?— exclamó ella—. ¿Creerás en mí entonces? ¿Si sucede? La expresión del hombre se volvió hermética.

—Ve a tus cámaras. Diré a Kushina que mande subir una bañera y comida.

—Oh, pamplinas, Naruto. Realmente no crees que podría hacer que dos clanes fueran a la guerra uno contra el otro solamente para demostrar mi punto, ¿verdad? Eso es ridículo.

Su mirada la recorrió desde el cabello hasta las zapatillas y hacia atrás otra vez.

—Cuando te contemplo, muchacha, no sé en lo que creo y, por el momento, estoy condenadamente cansado de mirarte.

—Calculo que eso quiere decir que no obtendré un beso de buenas noches, ¿eh?— dijo ella, escondiendo sus sentimientos heridos tras un pequeño mohín provocativo.

Él se congeló, su mirada fija en sus labios. Luego se sacudió a sí mismo y frunció el entrecejo.

—Soy un hombre prometido— dijo él rígidamente.

—Recuérdame que te lo mencione la próxima vez que me beses como lo hiciste hoy— dijo ella con mordacidad—. Simplemente no puedes andar de un sitio para otro besando un minuto y ocultándote detrás de una prometida al siguiente. Como dijiste: no estás casado aún.

—Y recuerdo que tú no te preocupaste por ello tampoco.

—He cambiado de idea.

—Y te besé sólo porque te lanzaste sobre mí.

—Oh, a duras penas. Me besaste porque quisiste— dijo ella serenamente—. Puedo no entender mucho acerca de las emociones, y puede que sea nueva para el sexo, pero una cosa sé, y es que tú quieres besarme.

Ella giró sobre sí misma y subió corriendo las escaleras.

Naruto, con la boca repentinamente seca, la observó marcharse. Cerró sus ojos y aspiró profundamente. Ella estaba en lo correcto. Deseaba hacerlo. Una y otra y otra vez. Hasta que ella se derritiese contra él y le rogase que la tomara. ¿Nueva para el sexo? A él le gustaría enseñarle a ella cualquier cosa y todo.

Y, además, no creía que alguna vez podría aburrirse de mirar a Hinata Hyûga


Continuará...