DULCES BESOS
16| PROVOCACION
El caos había asaltado su castillo, vestido con trajes deliciosamente escotados, zapatillas sedosas y listones, pensó sombríamente Naruto, llevando su pelo hacia atrás y atándolo con una correa de cuero.
Ninguna de las defensas de su fortaleza era útil contra ella, a menos que él declarara una guerra abierta, se encaramara arriba con los guardias, y quitara el polvo de la catapulta.
En tal caso, claro, su pa y Kushina se reirían hasta quedarse tontos. La había estado evitando desde el día que la había llevado a Konoha. La siguiente vez que la tocara, la tomaría. Sabía eso. Y apretó sus manos en sus lados, inspirando bruscamente.
Su único recurso era evitarla completamente hasta que Menma regresase con Sakura. Cuando Menma confirmara que la batalla no había ocurrido, la sacaría de su castillo y la enviaría muy lejos.
¿Hasta dónde sería lo suficientemente lejos?, una voz inoportuna preguntó. Él conocía bien esa voz. Era la única que diariamente se empeñaba en convencerlo de que tenía todo derecho para llevarla a su cama.
Una voz cada vez más peligrosa, más terriblemente persuasiva.
Gimió y cerró sus ojos. Disfrutaba el respiro de un momento bienaventurado, hasta que la risa de la joven, levantada por la brisa del verano boyante, entró a través de la ventana abierta de su cámara.
Los ojos entrecerrados, él miró con atención fuera, temiendo y anticipando al mismo tiempo qué vestido ella podría haberse puesto ese día. ¿Sería índigo, púrpura, violeta, de color lavanda? Era casi como si ella supiera de su preferencia por ese color vibrante. Y con su pelo oscuro, se veía espléndida en él.
Ese amanecer traía puesto uno escotado de color malva con una faja dorada. Ningún abrigo, por deferencia al clima soleado. Los pechos suculentos y cremosos se levantaban del sencillo cuello recogido. Había amontonado sus trenzas negras medianoche encima de su cabeza y, ensartada con listones violeta, se desplomaba en un desarreglo encantador alrededor de su cara. Caminaba sin rumbo a través de su césped, como si toda la propiedad le perteneciera.
Durante la semana anterior, ella había estado en todos los lugares en donde estaba él, obligándolo a buscar escondites dondequiera que pudiera encontrarlos. Él se había zambullido en habitaciones del castillo que había olvidado incluso que existían.
Ella no se había molestado en ser sutil tampoco. En el momento que lo veía, lo perseguía incluso hasta cuando le mostraba un semblante ceñudo y feroz, farfullando acerca de las cosas que ella tenía que decirle.
Día tras día, sus métodos se hacían más y más astutos y poco limpios. ¡La noche anterior la chica audaz había forzado el cerrojo de su cámara! Porque él había tenido la previsión de obstruir la puerta con un armario pesado, ella había ido a su puerta en el corredor y forzado ese cerrojo. Se había visto obligado a escapar por la ventana.
A mitad de camino había resbalado, colisionando los últimos quince pies hasta el suelo, y aterrizando en una zarza. Ya que no había tenido tiempo de vestir sus trews, sus partes viriles habían chocado en su entrada abrupta contra el arbusto, aportándole un estado de ánimo ciertamente detestable.
La chica trataba de castrarlo antes de su por mucho tiempo ansiada noche de bodas. Cada movimiento, cada pensamiento, cada decisión estaba directamente afectado por su presencia, y estaba resentido por ello.
Su mano estaba incluso en la comida que comía en la guarnición con los guardias, con toda seguridad lejos de ella, mientras Kushina había comenzado a "experimentar" recetas nuevas, y a él le gustaría saber qué condenados infiernos estaba mal con las viejas.
Y había empezado a aprender a cabalgar, ciertamente engatusando al maestro del establo para enseñarle (probablemente por el costo de una sonrisa con un hoyuelo a un lado, pues ciertamente no la había visto palear la bosta de los establos).
A media tarde podía ser encontrada casi pavoneándose en una yegua mansa a través del césped delantero de la propiedad, impidiéndole el paso. Tenía que admitir, sin embargo, que había empezado a montar apropiadamente. Cualquier día de esos, cuando él saltara a horcajadas sobre su caballo para escapar, lo seguiría.
Su vida había sido tan ordenada antes de su llegada. Ahora su vida estaba dispuesta alrededor del itinerario de la chica y cómo evitarla. Él había estado dirigiéndose con cierto éxito a todas las cosas que había anhelado. Simplemente el día anterior a que ella hubiera comparecido en su umbral, había estado soñando con sostener a su primer hijo en sus brazos dentro del año, Dios mediante que la joven Sakura concibiera un bebé tan rápidamente.
Pero ahora él soñaba con ella. Ese amanecer, cuando se había metido a hurtadillas en su cámara para cambiarse de ropa, había oído la salpicadura de su bañera. Se había paseado desde la chimenea hasta la ventana y de regreso otra vez, convencido de que ella chapoteaba mucho más de lo necesario simplemente para obligarlo a pensar en pechos y muslos rosados y pelo sedoso resplandeciente de cuentecillas de agua.
Naruto se quedó con la mirada fija fuera de la ventana, ceñudo. Ella lo enloquecía. ¿Cómo podía crear una chica tan pequeñita tal descalabro en sus sentidos?
La noche anterior, después de que hubiera caído fuera de la ventana, él había intentado tomar una pequeña siesta en el vestíbulo. Poco tiempo más tarde, ella había ido abajo. Allí él había estado sentado, los pies sostenidos sobre la mesa, con una mirada de pesados párpados en el fuego, viendo trenzas doradas en las llamas, cuando había percibido un soplo de su único perfume y se había vuelto para verla de pie sobre las escaleras. Vestida solamente con una diáfana bata de noche.
—Naruto, no puedes continuar evitándome— había dicho ella.
Sin chistar, él se había levantado y había huido del castillo. Había ido a dormir en los establos. ¡El laird del castillo en los establos, por Amergin!
Pero si se hubiera quedado dentro de esas paredes, le habría quitado la bata y besado, chupado y devorado cada pulgada de su cuerpo.
Su traicionero padre y Kushina no hacían las cosas más fáciles. Le habían dado la bienvenida a la muchacha en sus vidas con el entusiasmo de unos padres que finalmente habían conseguido la hija que siempre habían deseado. Kushina cosía para ella y la vestía con creaciones atractivas, Minato jugaba al ajedrez con ella en la terraza, y Naruto no tenía duda que una vez que Menma regresara no tardaría en tratar de seducir a la preciosa bruja.
Y Naruto no tendría derecho a quejarse.
Él contraería matrimonio. Si Menma quería seducir a la muchacha, ¿entonces qué derecho tenía que discutir?
Estrelló su puño en el antepecho de piedra. Una semana. Solamente tenía que evitarla hasta entonces. En el momento en que Menma regresara y confirmara que no había habido una batalla, despacharía a la muchacha a Edimburgo, sí... o tal vez, Inglaterra. La enviaría con un flanco de guardias, encontrando alguna excusa para entretener a su mujeriego hermano en casa.
Tamborileando con energía frustrada, salió como una tromba de su cámara. Intentaría dar otro largo paseo durante un día eterno, marcándolo en un calendario en su cabeza: la salvación cada día más cerca.
Mientras caminaba por el vestíbulo hacia las escaleras de los sirvientes, se tensó y giró de nuevo. Por Dios, no se escondería para salir por la puerta de atrás otra vez. Si ella era lo suficientemente tonta como para probar algo cuando él estaba de tal humor, entonces que sufriera por ello.
Naruto dobló la esquina a toda marcha y chocó abruptamente contra Itachi.
—¡Milord!— dijo Itachi jadeando, volando hacia atrás.
—Lo siento—. Él agarró al sacerdote por los codos y lo equilibró sobre sus pies. Itachi alisó sus ropas, parpadeando.
—No, fue mi culpa. Temo que estaba ensimismado y no oí que se acercaba. Pero estoy agradecido por nuestro encuentro. Venía a buscarlo, si tiene un momento. Hay un pequeño asunto que deseaba discutir con usted.
Naruto aplastó un destello de impaciencia, luego se enojó porque se sintiera impaciente para empezar. Era culpa de ella. Él había pasado muchas excelentes horas hablando con Itachi y nunca había sentido impaciencia; le agradaba el sacerdote. Hizo una respiración profunda, tranquilizadora, y forzó una sonrisa.
—¿Está algo fuera de lugar con la capilla?— preguntó, el retrato de un interés paciente.
—No. Todo está bien, milord. Solamente tenemos que reemplazar las piedras del altar y sellar el entarimado nuevo. Estará acabado con suficiente tiempo—. Itachi hizo una pausa—. Es un asunto diferente acerca del que deseo hablar con usted.
—No necesitas vacilar para hablar— lo reconfortó Naruto. Itachi parecía renuente a sacar a colación el tema que lo preocupaba. ¿Habría visto él a la muchacha persiguiéndolo? ¿El sacerdote estaba preocupado por su compromiso matrimonial? Dios sabe que yo sí, pensó oscuramente.
—Es mi madre otra vez...— Itachi se interrumpió, suspirando. Naruto soltó el aliento y se relajó. Era sólo Mikoto.
—Ha estado agitada últimamente, mascullando acerca de algún peligro que piensa que me acecha.
—¿Más de sus adivinaciones?— preguntó secamente Naruto. ¿Debía la propiedad ser invadida con mujeres confundidas lanzando predicciones horrendas?
—Sí— dijo Itachi sombrío.
—Bien, ahora eres tú por quien ella se preocupa. Hace dos semanas, le decía a Minato que mi hermano y yo estábamos vestidos con una "capa en la oscuridad" o algo semejante. ¿Qué teme ella que te ocurra?
—Es la cosa más singular. Parece pensar que su prometida me dañará de alguna manera.
—¿Sakura?— Naruto se rio.
Itachi negó con la cabeza con una sonrisa pesarosa.
—Milord, es inútil buscar sentido a eso. Mi madre no está bien. Si la encuentra y actúa como una loca, es porque empeora diariamente. Creo que el camino al castillo está más allá de sus posibilidades, pero si en cierta forma se las ingenia para llegar, le ruego que sea paciente con ella. Está enferma, muy mal.
—Advertiré a pa y a Menma. No te preocupes, simplemente la guiaremos de regreso a casa si vagabundea—. Él hizo una nota mental para ser más amable con la vieja. No se había percatado de que estaba tan enferma.
—Gracias, milord.
Naruto comenzó a caminar por el corredor otra vez, luego se detuvo y echó una mirada hacia atrás. Él disfrutaba de la mente filosófica de Itachi y se preguntaba cómo reconciliaba el sacerdote una madre que leía la suerte con su fe. También podría verter luz sobre su tolerancia por los MacNamikaze. Naruto sabía que Itachi había estado en la residencia por mucho tiempo, el suficiente como para haber oído la mayor parte de los rumores a esas fechas.
Los hombres de la Iglesia generalmente sostenían puntos de vista inquebrantables sobre las actividades paganas, pero Itachi irradiaba alguna comprensión interior que desafiaba la comprensión de Naruto.
—¿Alguna de sus predicciones alguna vez se hace realidad?
Itachi sonrió serenamente.
—Si hay algo de verdad en sus lecturas del tejo, es porque Dios escoge hablar de esa manera.
—¿No piensas que los paganos y cristianos están separados por un abismo irreconciliable?
Itachi consideró su respuesta un momento.
—Sé que es la creencia común, pero no. No me ofende que ella lea sus varas; me acongoja que piensa en cambiar lo que ve allí dentro. Se hará la Voluntad de Dios.
—¿Entonces ella ha tenido la razón o no?— presionó Naruto. Itachi era a menudo evasivo, difícil de arrinconar. Pero Naruto sentía que no tenía la intención de ser evasivo, sino que era solamente imparcial en extremo.
—Si alguien debe dañarme, entonces es la voluntad de mi Padre. Yo no lo contrarío.
—En otras palabras, tú no me lo dirás.
Los ojos de Itachi centellearon con diversión.
—Milord, Dios no permite que cualquiera de Sus Creaciones tenga un mal destino. Nos da oportunidades. Todo depende de la manera en que lo mire. Mi madre tiene una mente desconfiada, así que ella ve cosas sospechosas.
» Mantenga sus ojos abiertos, milord, por las oportunidades que Él le da. Conserve su corazón auténtico, y le sugiero, aproveche los dones que le pudo haber dado con amor, y nunca se desviará de Su Gracia.
—¿Cómo qué "dones"?
Otra sonrisa calma, y alguna percepción fascinante en la mirada oscura de Itachi. Naruto sonrió inquietamente y serpenteó por los corredores hacia el Gran Hall.
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.
Hinata simplemente había entrado al vestíbulo y se había dejado caer bruscamente en una silla cuando él bajó.
Casi se cayó de su silla, tan sobresaltada estaba por verlo caminando hacia ella y no escondiéndose hasta la puerta más cercana. Su primer instinto fue dar un salto, arrojar sus brazos alrededor de su pierna como un niño, y aferrarse tanto que no pudiera apartarse de ella. Pero lo reconsideró, pensando que él simplemente podría sacudírsela y alejarse sin mirar atrás, si la expresión en su cara era una indicación de sus verdaderos sentimientos acerca de ella. Infundía bastante temor. Decidió intentar el acercamiento sutil.
—¿Esto quiere decir que finalmente has decidido oírme, testarudo y terco Neanderthal?
Él caminó más allá de ella como si incluso no la hubiera oído.
—¡Naruto!
—¿Qué?— contestó él bruscamente, dando vuelta para mirarla—. ¿No me puedes dejar en paz? Mi vida era buena, maravillosa hasta que tú apareciste. Sacudiéndote— su mirada rastrilló sus curvas abundantes, bastante bien mullidas en su vestido— tratando de tentarme para hacerme arruinar mi boda...
—¿Sacudiéndome? ¡Tentándote! ¿Tú pudiste hacer más alarde de tus piernas? ¿Pasear sin camisa un poco más a menudo? Oh, tonta de mí, por supuesto que no, ¡estás descamisado todo el tiempo!
Naruto parpadeó, y ella vio el indicio de una sonrisa tirando de sus labios, pero se resistió admirablemente. Como por casualidad, él ajustó su sporran, levantando su plaid un poco más. Lanzó su pelo rubio sobre su hombro y arqueó una ceja.
Las hormonas de Hinata estallaron con serpentinas de fiesta y panderetas. Ella se inclinó hacia adelante, cruzando sus brazos bajo su pecho. Sintió el reborde de su corpiño rozar sus pezones. Dos pueden jugar ese juego, Naruto.
Sus ojos azules se alteraron instantáneamente. La diversión helada fue reemplazada por la lujuria salvaje. Por un momento largo, de suspenso, ella pensó que él iba a agachar la cabeza, cargarla, y llevarla subiendo las escaleras hacia la cama más cercana.
Contuvo la respiración, esperando. Si él lo hacía, al menos luego ella podría apaciguarlo lo suficiente como para convencerlo de oírla, después, claro, de que hicieran el amor nueve millones de veces y sus hormonas hubieran sido de verdad serenadas.
Ella lo miró desde debajo de sus cejas, su mirada un desafío patente. Una mirada de ven aquí si te atreves. No había sabido que la tuviera, pero se percataba de que abundaban las cosas que no había sabido que tenía hasta que había encontrado a Naruto MacNamikaze.
—No sabes lo que provocas— él gruñó.
—Oh, sí que lo hago— replicó la muchacha—. Eres un cobarde. Un hombre que tiene miedo de escucharme hasta el final porque podría resultar ser inconveniente para sus planes. Podría desarreglar su mundo ordenado— se burló.
El parpadeo en los ojos masculinos resplandeció en llamas. Su mirada recorrió su pecho expuesto. Ella casi se quedó sin aliento ante el salvajismo de su expresión; ¿él estaba estremeciéndose, vibrando con... deseo suprimido?
—¿Es eso lo que tú quieres? ¿Quieres que te folle?— demandó él bruscamente.
—Si esa es la única forma en que te puedo convencer lo suficiente como para escucharme— ella espetó.
—Si te tomara, muchacha, no hablarías, pues tu boca estaría ocupada con otras cosas, y yo, por cierto, no escucharía. Así que ríndete, a menos que esperes un grosero revolcón en el brezo con un hombre que desea no haber puesto nunca los ojos en ti.
Él dio vuelta sobre sus talones y salió por la puerta.
Cuando él se fue, Hinata suspiró borrascosamente. Sabía que por un momento casi lo había tenido, casi lo había inducido a otro beso, pero la fuerza de voluntad del hombre era asombrosa.
Sabía que él se sentía atraído por ella: crujía en el aire cuando estaban juntos. Se consoló a sí misma con el pensamiento de que él debía tener algunas dudas o no la evitaría tan meticulosamente.
No importaban sus razones, transcurrían demasiados días sin que nada se aclarara entre ellos, y la llegada de su prometida se hacía más cercana, como lo hacía su secuestro inminente.
Aunque lo había arrinconado en dos ocasiones, él había montado de un salto sobre su caballo y se había ido galopando, y aún cuando su equitación se perfeccionaba, era una escapada efectiva.
Se sentía como una tonta, buscando en todas partes, esperando una visión momentánea de él. Había forzado el cerrojo de su habitación la noche anterior, sólo para encontrar que él se había deslizado fuera de la ventana y escalado la maldita pared del castillo para apartarse de ella.
Cuando él había chocado violentamente contra la zarza, Hinata se había quedado mirándolo con ojos enormes, cualquier atisbo de risa súbitamente aplastado por la visión de él desnudo. Había sido todo lo que podía hacer para no lanzarse a sí misma por la ventana sobre él. Era un hombre espléndido. Observarlo pasearse alrededor todos los días era como matarla.
Especialmente cuando llevaba puesto un kilt, porque ella sabía por experiencia que no llevaba nada bajo él. El pensamiento de él colgando pesado y desnudo bajo su plaid le hacía secar la boca cada vez que lo miraba, probablemente porque toda la humedad de su cuerpo iba a alguna otra parte.
Sus travesuras no habían pasado desapercibidas, si no había interpretado mal las miradas que varias de las criadas y los guardias le habían dedicado al rondar el castillo, observándola con diversión evidente.
El amor no tenía orgullo.
Sí, bien, pero Hinata Hyûga lo tenía, y humillarse no era nada divertido. Sospechaba que cuando finalmente se cansara de su terquedad, iba a estar categóricamente muy enojada.
¿No sabía él cuán peligroso era provocar a una mujer?
Continuará...
