DULCES BESOS


17| VOTOS DE DRUIDA


Hinata tenía un plan.

A toda prueba hasta donde podía imaginarlo.

Había tenido suficiente tiempo para reflexionar sobre los errores de sus métodos. Aunque la lista era larga e incluía virtualmente todo lo que había hecho desde el momento que había llegado al siglo dieciséis, no era irrescatable. Estaba todavía asombrada por cómo las emociones podían nublar el juicio de la gente. Nunca en su vida había hecho tantas cosas tontas en sucesión tan rápida.

Pero estaba bajo control ahora, y a corto plazo a estar en control de él.

Iba a explicarle su historia otra vez, sólo que esta vez él iba a escuchar cada detalle singular de ésta: desde el momento en que se había despertado en la caverna hasta el momento en que ella lo había perdido, incluyendo lo que él había comido, había dicho, había traído puesto, lo que había comido ella, había dicho, traído puesto.

Y en alguna parte de esa historia, estaba convencida que encontraría el catalizador que lo haría recordar. Había considerado cuidadosamente las curvas cerradas de la línea cronológica por horas la noche anterior, junto con las flechas termodinámicas, psicológicas y cosmológicas del tiempo.

Estaba convencida de que la memoria estaba impresa en su ADN, y a pesar de las flechas que indicaban que sólo se podía recordar hacia adelante, no hacia atrás, no estaba realmente segura de creer en eso.

Iba a hacer su mejor intento para desmentir la teoría. Después de todo, el quantum era raramente previsible. Incluso Richard Feynman, ganador del Premio Nóbel de Física por su trabajo en la electrodinámica cuántica, había dicho que nadie realmente entendía la teoría cuántica. La teoría matemática era vastamente diferente al mundo implícito por tales ecuaciones.

Ella había concluido que en ese "allí" nunca había sido dos Narutos, solamente dos manifestaciones en la cuarta dimensión de un solo conjunto de células. Más bien como un rayo de luz solitario refractado por un prisma, donde el rayo de luz era Naruto, y el prisma era la cuarta dimensión. Aunque la única luz apuntada dentro del prisma refractaba en múltiples direcciones, era a pesar de todo sólo un foco emisor.

Si esa luz era una persona, ¿por qué sus células no cargarían la huella de su viaje alternativo? Si el recuerdo estaba allí, entonces quizá recordar sería demasiado confuso, de modo que la mente trataría de resolver esos "recuerdos" etiquetándolos como "sueños"; si se recordaba algo, se lo descartaba como fantasías nocturnas.

Naruto iba a escuchar cada palabra, aunque al hablar se quedara ronca.

Y ella sabía precisamente cómo y dónde él iba a hacerlo, pensó con aire satisfecho, remetiendo una lanza bajo su brazo. Ella podría ser pequeña, pero no era inofensiva. Bastante tiempo había pasado de esa manera, sintiéndose herida e ineficaz. Era hora de presentar batalla.

—Entra allí y pruébalo— dijo Hinata al guardia.

Él le lanzó una mirada de duda.

—Vamos, simplemente prueba— ella dijo malhumoradamente—. No voy a lastimarte.

El guardia buscó con la mirada a Minato, que estaba apoyado contra la pared, los brazos cruzados, sonriendo. Ante su inclinación de cabeza, el guardia suspiró e hizo lo que le habían pedido.

—¿Puedes hacerlo?— preguntó Hinata algunos momentos más tarde.

Se escuchó el sonido de ruidos sordos amortiguados, patadas y puñetazos, y luego:

—No, milady, no puedo.

—Haz un intento más duro— lo animó la joven.

Más ruidos sordos. La maldición suave. Bien, pensó ella. Perfecto. Minato y Hinata intercambiaron sonrisas presumidas.

Naruto bajó las escaleras calladamente, sus pies desnudos silenciosos en las piedras. Eran las cuatro de la mañana, y aunque Hinata estaba dormida, el sigilo era siempre sabio con ella en la residencia.

La había oído entrar a su cámara al anochecer, probar la puerta de conexión, luego suspirar y apoyarse contra ella cuando la encontró todavía bloqueada con una barricada. El cordaje de la cama había chillado por un tiempo mientras se acomodaba, pero finalmente todo había quedado en calma.

Él se había desperezado de espaldas en su cama, las manos en la parte trasera de su cabeza, rechazando pensar en ella durmiendo desnuda al otro lado de la pared. Pero la parte difícil acerca de rehusarse a pensar en algo era que se tenía que pensar en eso para recordarse que no pensara acerca de eso.

Y él sabía que ella lo hacía. Dormir sin nada encima. Era una muchachita sensual que disfrutaría del deslizamiento sedoso de las colchas de terciopelo contra su piel fina, suave, cremosa. Deslizándose con una blanda abrasión aterciopelada sobre sus pezones erguidos, retorciéndose en torno a sus caderas, probablemente mientras se arqueaba y empezaba a disfrutar...

Naruto exasperado, dio una sacudida cruel a su cabeza. Cristo, estaba perdiendo la razón, estaba fuera de sus cabales.

Probablemente por ser espiado todo el tiempo. Ella pensaba que él no sabía que lo espiaba, vigilándolo a cada instante, pero lo sabía. Ella era una llama viviente, paseándose alrededor de su castillo, toda tentación y curvas exuberantes.

De tal manera que la cautela se había convertido casi en su profesión. Él podía haber pasado la noche fuera, pero lo irritaba incluso haberlo considerado brevemente. ¡Era su castillo, por Amergin! Ella lo ponía absolutamente irracional.

Mientras doblaba una esquina, tropezó, se golpeó el dedo del pie y maldijo en cinco idiomas. Recorriendo con la mirada a su alrededor, hizo una nota mental para mover el montón de lanzas hacia la armería. No podía imaginar por qué yacían al lado de la escalera en primer lugar.

Negando con la cabeza y mascullando quedamente, bajó los pocos pasos al corredor y se metió calladamente en el garderobe.

¡Ajá! gritó Hinata silenciosamente. ¡Por fin! Ella se agachó bajo el arco de piedra del corredor. Las personas raramente miraban hacia arriba, y la oscuridad del corredor la había provisto de más camuflaje. Aterrizó ágilmente en forma de bola sobre sus pies, se apresuró a ir al vestíbulo, y sacó varias lanzas de acero que estaban amontonadas contra la pared de las escaleras.

Avanzando a rastras silenciosamente de regreso a la puerta del garderobe, reforzó un cabo de la lanza de acero contra la pared de piedra silenciosamente. Entendía de cuestiones de apuntalamiento y de presión mejor que muchos.

Dos, luego tres, luego cinco lanzas, aunque sólo dos sostenían sólidamente la puerta a pedir de boca. Naruto era un hombre grande, y no correría ningún riesgo de que él pudiese derrumbar la puerta sobre su cabeza.

Una pequeña risa nerviosa se levantó dentro de ella. Atrapar al laird del castillo en su garderobe apelaba a su sentido del humor. No obstante, el hecho de que no hubiera dormido durante las pasadas tres noches, en espera de que él hiciera un viaje nocturno, probablemente tuviese un poco que ver con eso también.

Se alejó de la puerta y se deslizó rápidamente en el Gran Hall, con la intención de darle unos pocos minutos de privacidad y el tiempo para descubrir que estaba encerrado y sacara lo peor de su ira fuera de su sistema.

Pronto averiguaría, tristemente, que había menospreciado qué tan malo sería "lo peor".

Naruto pasó una mano a través de su pelo y buscó a oscuras, palpando, la puerta. Cuando no se movió, una parte de él no se sorprendió. Pero otra parte respondió al hecho con una especie de resignación gustosa.

¿Ella quería batalla? Batalla obtendría. Sería agradable poner las cosas en claro de una vez por todas. Una vez que él hubiera arrancado la puerta del marco, exigiría venganza en su cuerpo pequeño con abandono jubiloso. No más No-puedo-tocarte-porque-soy- honorable-y-estoy-prometido.

No, él la tocaría. En cualquier maldito lugar y en cualquier maldita forma que quisiera. Cuantas veces quisiera. Hasta que ella implorara y lloriqueara bajo él.

¿Había estado tratando de enloquecerlo? Bien, se lo concedería. Actuaría como el animal que ella lo hacía sentir. Al infierno con Sakura, el infierno con el deber y el honor, al infierno con la disciplina.

Él necesitaba tomarla. A ella. Ahora.

Naruto descargó de un golpe su cuerpo contra la puerta. Y apenas se estremeció. Aullando, se precipitó contra ella otra vez. Y otra vez, y otra vez. Ni un pelo. Furioso, cerró de un golpe sus puños en la puerta por encima de su cabeza. Otro estremecimiento, pero nada significativo.

¿Podía la astuta chica meter cuñas entre la pared y la puerta, todo el pasaje hasta arriba? ¡Cristo, nunca saldría! Sabía qué tan robusta era la puerta, tallada extragruesa para asegurar la intimidad.

—¡Abre! — él rugió, golpeándola con su puño. Nada. —Muchacha, si abres ahora, te dejaré de una pieza, pero te lo juro, si me mantienes aquí dentro un momento más te desgarraré miembro a miembro en tiras pequeñitas— él amenazó.

Silencio.

—¡Muchacha! ¡Chica! ¡Hinata!

Fuera de la puerta, Hinata contempló las cinco lanzas instaladas en ángulos diversos entre la puerta y la pared de piedra. Nope. De ninguna manera. Él nunca saldría de allí. No hasta que ella estuviera bien preparada. Pero era impresionante ver cómo la puerta se estremecía cada vez que su cuerpo la golpeaba.

—Podrías tener que dejarlo gritar hasta que se ponga ronco, mi querida— dijo Minato, recostado sobre la balaustrada.

Hinata inclinó su cabeza hacia atrás.

—Lo siento, Minato. No tenía la intención de despertarlo.

Él sonrió abiertamente, y Hinata se percató dónde había obtenido Naruto su sonrisa traviesa.

—No me habría perdido ver a mi hijo bloqueado con una barricada en la letrina por una muchacha pequeñita por nada del mundo. Buena suerte con tu plan, mi querida— él dijo con una sonrisa, luego se fue.

Hinata contempló la puerta temblorosa, luego sujetó sus manos sobre sus orejas y se sentó a esperar.

—Te traje café, muchacha— gritó Kushina.

—Gracias, Kushina— respondió Hinata a gritos.

Ambas saltaron en el siguiente rugido enfurecido detrás de la puerta del garderobe.

—¿Eres tú, Kushina?—. Naruto resolló de furia. Kushina se encogió de hombros.

—Sí, soy yo. Traigo café para la muchacha.

—Estás despedida. Despedida. Fin. Vete rápidamente de mi castillo. Fuera. Kushina rodó sus ojos y sonrió a Hinata.

—¿Querrás también el desayuno, muchacha?— dijo dulcemente, lo suficiente fuerte para que Naruto pudiera oírla.

Otro rugido.

Cerca de las diez en punto de la mañana Hinata pensó que él en poco tiempo podría estar listo para hablar. Había amenazado, había fanfarroneado, incluso había tratado de lisonjearla. Luego el soborno había comenzado. Él la dejaría vivir si ella lo dejaba salir inmediatamente. Le daría tres caballos, dos ovejas y una vaca.

Le daría una bolsa de monedas, tres caballos, dos ovejas, y no simplemente una vaca sino una vaca lechera, y la establecería en cualquier parte de Inglaterra, si ella simplemente dejaba su castillo y no lo molestaba otra vez por el resto de su vida. La única oferta/amenaza que había elevado su interés momentáneo había sido cuando él había gritado que iba a follarla hasta que sus lindas piernas no pudieran sostenerla.

Ojalá fuera tan afortunada.

Pero ahora, él había guardado silencio desde hacía quince minutos.

Hinata contempló la puerta, segura de que no debería instigar ninguna discusión. Debilitaría su posición sugiriendo que él tenía el control. No, él tenía que dirigirle la palabra a ella en un tono razonable primero.

Y no tardó mucho antes de que él dijera:

—No es muy agradable aquí dentro, muchacha—. Él sonó enfurruñado. Ella ahogó una risa.

La joven imitó su acento.

—No es muy agradable aquí afuera tampoco. ¿Sabes que me he quedado las pasadas tres noches en espera de que vayas al cuarto de baño? Comenzaba a pensar que nunca lo hacías.

Gruñido.

Ella suspiró y presionó su mano contra la puerta, como para apaciguarlo. O estar más cerca de él. Eso era lo más cerca que habían estado en días, con sólo una puerta entre ellos.

—Sé que no es muy agradable, pero esa fue la única forma que podía pensar para conseguir que me escucharas. Te escapaste de tu cámara; ¿dónde si no te podía atrapar?

—Déjame salir, y escucharemos lo que fuere que tienes el deseo de decir— él dijo rápidamente. Demasiado rápidamente.

—Me parece que no, Naruto— dijo ella, moviéndose hacia abajo hasta el piso de piedra. Vestida con un par de trews de alguien mucho más grande que ella, cruzó sus piernas cómodamente y recostó su espalda contra la puerta. Los había llevado puestos todas las noches, con una suelta camisa de lino, mientras se había pegado al arco de piedra por encima del garderobe.

—Con abundante crema, como te gusta, Hinata— dijo Kushina, colocando un tazón de gachas de avena, crema y melocotones al lado de ella.

Un rugido de atrás de la puerta.

—¿Estás sirviéndole a ella gachas de avena?

—Esto no es nada que te concierna— contestó Kushina serenamente.

—Lo siento, Naruto— dijo Hinata apaciguadoramente—, pero esto es todo por tu culpa. Si una vez siquiera hubieras estado dispuesto a sentarte y tomarte un poco de café o desayunar conmigo y hablar, no tendría que estar haciendo esto. Pero el tiempo transcurre y realmente necesitamos aclarar algunas cosas. Kushina se irá ahora, y va a ser solamente entre tú y yo.

Silencio. Dilatado, tenso.

—¿Qué quieres de mí, muchacha?— finalmente dijo él, cansado.

—Lo que quiero es que oigas. Voy a decirte todo lo que puedo recordar acerca de nuestro tiempo juntos en el futuro. He pensado en ello bastante, y allí debe haber algo que te hará recordar. Es posible que simplemente no lo sepa, cualquier cosa que sea eso.

Ella oyó un suspiro enorme detrás de la puerta.

—Muy bien, muchacha. Oigámoslo todo esta vez.

Naruto estaba sentado sobre el piso del garderobe, sus piernas estiradas, los brazos plegados sobre su pecho, su espalda contra la puerta. Cerró los ojos y esperó que empezara. Sólo había logrado cansarse enfureciéndose. A regañadientes, admiró su persistencia y determinación. El arrebato que había tenido habría aterrorizado a cualquier otra muchacha.

Mientras él se había encolerizado y se había precipitado contra la puerta, imaginaba a Hinata al otro lado, los brazos doblados bajo sus preciosos pechos, golpeando ligeramente un pie, esperando pacientemente a que él se calmara. Esperando horas, sabiendo que podría haber pasado el mediodía incluso.

Ella era formidable.

Y por Amergin, un poco demasiado lista para estar completamente atolondrada. Tú sabes que ella no está trastornada, ¿por qué no lo admites? Porque si ella no está trastornada, dice la verdad.

¿Y por qué demonios te molesta?

Él no tenía respuesta para eso. No tenía idea de por qué la muchacha lo convertía en un idiota balbuciente.

—Tengo veinticinco años de edad— él le oyó decir a través de la puerta.

—¿Tan vieja?— se burló él—. Mi prometida es mas joven—. Él sonrió cuando ella gruñó.—¿Por qué me importaría qué tan vieja eres? ¿Tiene eso algo que ver con tu historia?

—Es la versión larga con un poco de antecedentes. Ahora, cállate.

Naruto calló, sintiéndose curioso acerca de lo que ella le diría.

—Me tomé unas vacaciones en Escocia, sin saber que era la excursión en autobús de unos ancianos...

A medida que el tiempo pasaba, Naruto relajaba su espalda contra la puerta y oía con atención en silencio. Imaginó a partir del sonido de su voz que ella estaba sentada casi de la misma manera, de espaldas a la puerta, hablando sobre su hombro hacia él.

Eso quería decir, en cierto modo, que se tocaban, columna vertebral contra columna vertebral. El pensamiento era familiar: sentarse en la oscuridad, escuchando su voz.

Le gustaba el sonido de su voz, decidió. Era baja, melódica, firme y confiada. ¿Por qué no había advertido eso antes?, se preguntó. ¿Que su voz contenía un grado de confianza en sí misma que tenía que haber provenido de alguna parte?

Tal vez porque cada vez que le había hablado, él había estado desesperadamente distraído por su atracción hacia ella, pero desde que no podía verla, sus otros sentidos estaban intensificados.

Sí, ella tenía una voz delicada, y a él le gustaría oírla cantar una balada antigua, pensó, o tal vez un arrullo para sus niños...

Negó con la cabeza y enfocó la atención en las palabras, no en sus pensamientos idiotas.

Kushina silenciosamente dio a Hinata otro jarro de café y se escabulló.

—Y subimos por la colina hacia las piedras, pero tu castillo no estaba. Todo lo que quedaba eran los cimientos y unas pocas paredes desmoronadas.

—¿En qué fecha te envié a través de las piedras?

—Septiembre veintiuno, y tú lo llamaste Mabon. El equinoccio de otoño.

Naruto aspiró bruscamente. Eso no estaba comúnmente relatado en las leyendas, que las piedras podían ser usadas sólo en los solsticios y equinoccios.

—¿Y cómo usé las piedras?— presionó.

—Tú te estás salteando todo— se quejó ella.

—Bien, dime primero esto, luego vuelve atrás. ¿Cómo usé las piedras?

Por encima de ella, detrás de la balaustrada, Minato y Kushina estaban sentados sobre el piso, escuchándola. Kushina estaba sonrojada por sus carreras desde el lado de Hinata hasta la cocina, subir por las escaleras de los sirvientes, y regresar a unirse a Minato. Todo con la quietud de un ratón.

—No creo que tú debieses oír— murmuró Minato, pero calló abruptamente cuando Kushina presionó su boca contra su oreja.

—Si está pensando que he vivido aquí doce años y no sé lo que son, entonces, viejo, está tan tonto como Naruto piensa que está Hinata.

Los ojos de Minato se ensancharon.

—Puedo leer también, ¿sabe?— murmuró Kushina rígidamente. Los ojos de Minato se pusieron enormes.

—¿Puedes?

—Shh... que estamos perdiéndonos todo.

—Tú juntaste pintura de rocas, las rompiste en el círculo y grabaste fórmulas y símbolos en las caras interiores de las trece piedras.

Un escalofrío cepilló la columna vertebral de Naruto.

—Luego trazaste tres más en la losa. Y esperamos la medianoche.

—Och, Cristo— murmuró Naruto. ¿Cómo podía tener ella conocimientos de cosas así? Las leyendas sugerían que las piedras eran usadas para viajar, pero nadie, salvo él mismo, Menma y Minato, sabían cómo hacerlo. Excepto, ahora, Hinata Hyûga.

—¿Recuerdas los símbolos?— preguntó él bruscamente.

Ella describió varios de ellos, y sus descripciones, aunque incompletas, tenían la suficiente exactitud para perturbarlo profundamente. Con su mente rechazando la posibilidad, titubeó torpemente buscando algo sólido en qué pensar. Algo menos perturbador. Él sonrió, atinando un buen tema. No tenía dudas de que ella trataría de cambiarlo rápidamente.

—Afirmaste que tomé tu virginidad. ¿Cuándo hice el amor contigo?— dijo con voz ronca, girando su boca hacia la puerta.

Hinata estaba sentada del otro lado y volvió su boca hacia la puerta. La besó, luego se sintió completamente tonta, pero por el sonido de su voz, parecía como si él, también, estuviera sentado con su espalda hacia la puerta. Y su voz había sonado más cercana ahora, como si él hubiera puesto su boca hacia la de ella.

—En las piedras, directamente antes de que pasáramos a través de ellas.

—¿Sabía que tú eras virgen?

—No— ella murmuró.

—¿Qué?

—No— ella dijo en voz más alta.

—¿Me engañaste?

—No, simplemente no pensé que fuera lo suficientemente importante como para mencionarlo— dijo ella defensivamente.

—Tonterías. Algunas veces, no decir toda verdad es lo mismo que mentir.

Hinata se sobresaltó, sin gustarle que sus propias palabras fueran lanzadas de regreso a su cara.

—Tuve miedo de que no hicieras el amor conmigo si lo supieras— admitió. Y tú tuviste miedo de que te dejara si sabía la verdad acerca de ti. Qué buena pareja fuimos.

—¿Por qué eras todavía virgen a los veinticinco?

—Yo... simplemente nunca encontré el hombre correcto.

—¿Y cómo sería el hombre correcto para ti, Hinata Hyûga?

—No creo que eso tenga algo que ver...

—Seguramente puedes encontrar en tu corazón el concederme unos pocos dones, viendo dónde me has mantenido atrapado todo el día.

—Oh, está bien— dijo ella a regañadientes—. El hombre correcto... déjame ver, sería listo pero juguetón. Tendría un buen corazón y sería fiel...

—¿La fidelidad es importante para ti?

—Mucho. No comparto. Si él es mi hombre, entonces es sólo mío. Ella podía oír una sonrisa en su voz cuando él dijo:

—Sigue.

—Bien, a él le gustarían las cosas simples. Como el buen café y la buena comida. Una familia...

—¿Quieres niños?

—Docenas— ella suspiró.

—¿Los enseñarías a leer y todo eso?

Hinata hizo una respiración profunda, sus ojos empañados. La vida requería un balance delicado, y la de ella había estado dolorosamente desequilibrada. Sabía exactamente lo que enseñaría a sus niños.

—Los enseñaría a leer y soñar y mirar las estrellas y admirarse. Les enseñaría el valor de la imaginación. Les enseñaría a jugar tan duro como a trabajar—. Suspiró con fuerza antes de añadir suavemente—: Y les enseñaría que todos los cerebros del mundo no pueden compensar el amor.

Ella lo oyó hacer una respiración ruda. Estuvo mucho tiempo silencioso, como si sus palabras hubieran significado mucho para él.

—¿Verdaderamente crees que el amor es la cosa más importante?

—Sé que lo es—. Ella había aprendido toda clase de lecciones en Escocia. Una carrera, el éxito y la aclamación de la crítica, nada de eso tenía demasiada importancia sin amor. Era el ingrediente necesario que había estado necesitando toda su vida.

—¿Cómo hice el amor contigo, Hinata Hyûga?

Los labios de Hinata se entreabrieron en un gemido suave. Las sencillas palabras que él había dicho habían enviado el calor lanceando a través de su cuerpo. Comenzaba a sonar como su Naruto. Esa conversación íntima la conmovía; quizá conmovía las defensas de él de igual manera.

—¿Cómo, Hinata? Dime cómo hice el amor contigo. Dímelo con mucho detalle. Mojando sus labios, ella empezó, su voz bajando íntimamente.

Minato agarró la mano de Kushina y tiró fuertemente.

—No— ella vocalizó.

—No podemos oír a escondidas esto— él pronunció a su vez—. Esto no es correcto.

—No me iré—. Los labios de Kushina estaban fruncidos, su mirada terca.

Minato jadeó pero, después de unos pocos momentos, se agachó otra vez.

Y cuando Hinata habló, él se encontró cediendo a alguna suerte de privacidad, imaginando que era Kushina quien estaba diciéndole con tanto detalle qué le había hecho él a ella. Al principio dejó su barbilla firmemente baja, evitando sus ojos, pero después de un tiempo robó una mirada subrepticia en ella.

Kushina no apartó la mirada.

Los ojos gris-violeta encontraron los azules y los sostuvieron. Su corazón empezó a golpear.

—Y luego me dijiste algo, al final, que nunca olvidaré. Dijiste las palabras más dulces, y eran tan afectuosas que estallaron a través de mí. Lo dijiste en esa voz chistosa que tienes.

—¿Qué dije?—. Naruto movió su mano sobre su miembro. Su plaid estaba echado hacia un lado, sus piernas extendidas, su mano alrededor de su pene. Estaba tan excitado que pensó que iba a explotar. Ella le había dicho en detalle cómo había hecho el amor con ella, y había sido la experiencia más erótica de su vida.

Sentándose a oscuras, mirando las imágenes en su imaginación, había sentido como si volviera a vivirlo. Su mente había suplido los detalles que ella no había mencionado, los detalles que podían solamente haber nacido de su imaginación o de alguna memoria profundamente enterrada. No lo sabía.

Ni le importaba.

Ya no tenía importancia si ella estaba mintiendo o diciendo la verdad. Deseaba a Hinata Hyûga en una forma que desafiaba la razón, en cierto modo más allá hasta de la duda.

Admiraba su tenacidad; la deseaba con cada fibra de su ser; lo hacía reír, lo ponía furioso. Ella se mantenía firme; creía que él era un Druida y lo deseaba de todas maneras.

Por Amergin, el tres veces plantado Naruto MacNamikaze estaba siendo perseguido por una mujer que sabía lo que era él. Ya no podía recordar que alguna vez la hubiera resistido para empezar.

Él luchó contra un deseo intenso de llegar por sí mismo al clímax, para encontrar liberación, una liberación que desesperadamente había necesitado desde el momento en que ella había entrado a su casa. Pero, no, no de una manera tan vacía. Lo deseaba con ella. Dentro de ella.

—Lo que dijiste fue tan romántico— dijo la muchacha con un pequeño suspiro.

—Um-hmm— él se ingenió para musitar. Cuando ella habló otra vez, le tomó unos pocos momentos darse cuenta de lo que decía.

Y cuando lo hizo, se levantó de un salto, rugiendo, pero ella continuó hablando:

—Si algo debe perderse, entonces sea mi honor por el tuyo. Si uno debe ser desamparado, entonces sea mi alma para la tuya. Si la muerte llega pronto, entonces sea mi vida para la tuya. Soy Dado. Eso es lo que tú dijiste.

Cuando ella terminó, Naruto se dobló sobre sí mismo. Un rayo de calor y luz se creó dentro de él y se esparció, envolviéndolo. No podía hablar, apenas podía respirar, mientras ola tras ola de emoción colisionaba sobre él.

Hinata se dobló sobre sí misma, mientras una oleada de emoción intensa colisionaba sobre ella. Se sintió chistosa, realmente extraña, como si verdaderamente hubiera dicho algo irrevocable.

—Och, Cristo, Kushina— murmuró Minato, atontado al mismo tiempo por las palabras de Hinata y por la comprensión de que estaba sosteniendo la mano de Kushina, y ella lo dejaba—. Simplemente se ha casado con él.

—¿Casado?—. Los dedos de Kushina apretaron los de él.

—Sí, los votos del Druida. Nunca hice ese hechizo, incluso cuando me casé con mi esposa.

Los labios de Kushina se abrieron en un "¿por qué?", pero luego ambos miraron a hurtadillas, sin aliento, sobre la balaustrada, desesperados por oír lo que ocurriría después.


Continuará...