DULCES BESOS


18| DOS PALABRAS


—Ejem— dijo Naruto después de mucho tiempo—. ¿Sabes que acabas de casarte conmigo, Hinata?

—¿Qué?— gritó Hinata.

—Por favor, ¿dejarías a tu esposo salir del garderobe?

Hinata se quedó aturdida. ¿Ella se había casado con él con esas palabras?

—Esos eran los votos matrimoniales druidas, un hechizo vinculante, y no entiendo cómo lo sabías tú, pero...

¡Dios Santo, él todavía no recordaba!, se percató ella con una sensación de hundimiento, si bien le había dicho todo, hasta los detalles minúsculos.

—¡Sabía eso, imbécil, porque tú me lo dijiste! Y no sabía que me casaba contigo...

—No creas que saldrás de esto— él dijo malhumoradamente.

—No trato de salir de esto...

—¿No?— exclamó él.

—¿Tú quieres estar casado conmigo? ¿Aún sin recordar?

—Es demasiado tarde. Lo estamos. Nada lo puede deshacer. Será mejor que te acostumbres—. Él dio puñetazos a la puerta para enfatizarlo.

—¿Qué hay acerca de tu prometida?

Él masculló algo acerca de su prometida que calentó su corazón.

—Pero esa es otra cosa que no entiendo, muchacha. Si lo que dices que ha ocurrido realmente ocurrió, entonces no entiendo por qué no habría tejido un hechizo que me deberías decir. Habría sabido que la posibilidad existía, que no podría lograr regresar. Seguramente te habría dado un hechizo de memoria.

—¿Un he-hechizo de m-m-memoria?— barbotó Hinata. ¿Pudo ser tan simple todo el tiempo? ¿Tenía ella la llave para hacerlo recordar, pero él no le había dicho cómo usarla? ¿Qué no le había dicho ella hasta ahora? Deliberadamente había retenido unos pocos detalles para tener algo con qué probarlo cuando repentinamente él reclamara haber recobrado la memoria. Cerrando sus ojos, pensó ferozmente, repasando rápidamente detalles... ¡Oh!

¿Tienes buena memoria, Hinata Hyûga?, le había preguntado él en el coche mientras se acercaban a Ban Drochaid.

—Oh, Dios Santo. ¿Como algo que rimaba?— gritó ella.

—Puede ser.

—Si me hubieras dado un hechizo, ¿me habrías dicho cómo usarlo?— dijo ella acusadoramente.

Hubo un silencio largo, luego él admitió:

—A lo mejor, no te lo habría dicho hasta el último momento posible.

—¿Y si en el último momento posible tú desapareciste?— presionó ella.

Hubo una aspiración ruda, luego un dilatado silencio detrás de la puerta. Entonces:—¡Di tu rima si tienes una!— exclamó él.

Ella dio la vuelta y miró hacia la puerta, luego colocó sus palmas y su mejilla contra ella. Queda, pero claramente, habló.

Naruto estaba orientado a la puerta, sus palmas extendidas contra la madera fría, su mejilla presionada contra ella. Él había murmurado los votos matrimoniales Druida a su vez desde el momento en que ella los había dicho.

No había forma de que ella escapara de él ahora. Su anterior compromiso matrimonial no significaba nada. Él estaba bien y verdaderamente casado. Los votos de atadura de un druida nunca podrían ser rotos. No existía algo como el divorcio Druida.

Él se preparó psicológicamente, en espera de sus palabras, esperando y temiendo.

Su voz melódica se transmitió claramente a través de la puerta. Y mientras ella hablaba, las palabras temblaron a través de él, mezclando el pasado y el futuro con un mortero cósmico y un remolino de luz.

—Donde tú te derrumbes, allí es donde estaré yo, dos llamas brillando en una sola ascua; ambos hacia adelante y atrás volando en el tiempo: si se marchita tu arte, recuerda.

Él cayó al piso doblándose sobre sí mismo, agarrando duramente su cabeza. Och, Cristo, pensó, mi cabeza seguramente se dividirá en dos. Sintió como si estuviera siendo rasgado en dos, o hubiera sido desgarrado en dos y alguna fuerza inimaginable tratara de aplastar las dos partes para unirlas otra vez.

Fue instinto puro librarse de ello.

Las palabras, desde un lugar de sueño, lo abofetearon:

—Tú no confías en mí.

—Yo confío en ti, muchachita. Confío en ti mucho más de lo que crees. Pero no era verdad. Él tenía miedo de perderla.

Luego las imágenes: otro destello de ese trew azul, una Hinata desnuda bajo él, encima de él. Una insignificancia de listón rojo entre sus dientes. El puente blanco.

—Peleas contra mí hasta la muerte— los labios de la falsificación se movieron silenciosamente—.Ya veo. Veo ahora que sólo uno vive. Esto no es obra de la Naturaleza, le es congénitamente indiferente, sino que es nuestro propio temor el que nos impulsa a destruirnos mutuamente. Te ruego, acéptame. Déjanos a ambos vivir.

—Nunca te aceptaré—rugió Naruto.

Él había peleado, cruel y victoriosamente.

Déjanos a ambos vivir.

Naruto echó mano de su voluntad druida, obligándolo a bajar sus defensas, obligándolo a someterse.

Ámala, la falsificación murmuró.

—Och, Hinata— Naruto respiró—. Hinata, mi amor.

Hinata contempló la puerta cautelosamente. No había habido un sonido detrás de ella desde el momento en que había dicho la rima. Preocupada, escarbó la puerta.

—¿Naruto?— preguntó nerviosamente. Hubo un silencio largo.

—Naruto, ¿estás bien?

—Hinata, abre esta puerta en este mismo instante— ordenó él. Sonó jadeante, sin respiración.

—Tienes que contestar algunas preguntas primero— ella equilibró riesgos, queriendo saber exactamente quién saldría en un momento del garderobe—. ¿Cuál era el nombre de la tienda?

—Barrett's— él dijo impacientemente.

—¿Qué quisiste que te comprara en la tienda para ponerte?

—Quise trews púrpuras y una camisa púrpura y tú me diste una camisa playera negra y trews negros y zapatos blancos duros. No entré en tus trews azules y tú amenazaste con ayudarme a calzarlos con mi espada—. Su voz se hizo más honda, con aire satisfecho—. Pero recuerdo que tus amenazas se acabaron una vez que te besé. Te convertiste realmente en una muchacha apacible luego.

Ella se sonrojó, recordando con exactitud qué tan inexcusablemente había respondido a su beso. Un pequeño temblor de excitación corrió a velocidad a través de ella. ¡Era su Naruto otra vez!

—¿Cuál era el nombre de la dependienta en Barrett's? Esa tan maliciosa y poco atractiva— agregó ella, arrugando la nariz.

—La verdad sea dicha, no tengo la menor idea, muchacha. Tenía ojos sólo para ti.

¡Oh, Dios Santo, qué gran respuesta!

—¡Abre la condenada puerta!

Las lágrimas empañaron sus ojos mientras daba un salto para golpear la lanza principal para soltarla. Traqueteó por el piso, seguida por la segunda.

—¿Y qué tenía puesto yo cuando hiciste el amor conmigo?— dijo ella, sacando la tercera y la cuarta a patadas, todavía incapaz de creer que lo tenía de regreso.

—¿Cuando hice el amor contigo?— ronroneó él a través de la puerta—. Nada. Pero antes, tenías unos trews café claro cortados en el muslo, una chemisse corta en la cintura, botas llamadas Timberland, calcetines bautizados Polo Sport, y un listón rojo...

Ella jaló bruscamente la puerta abierta.

—Que me quitaste con los dientes y la lengua— ella lloriqueó.

—¡Hinata!—. Él la aplastó en sus brazos y la besó, un beso profundo desde el alma que la quemó hasta los dedos de los pies.

Cuando Hinata envolvió sus brazos alrededor de su cuello, él ahuecó sus manos bajo su trasero y la elevó, jalando sus piernas alrededor de su cintura. Ella cerró sus tobillos detrás de él. Él nunca se apartaría de ella otra vez.

—Me deseas. A mí. Sabiendo todo lo que soy— él dijo incrédulamente.

—Siempre te deseo— ella refunfuñó contra su boca. Él se rió gozosamente.

Su reconciliación no fue una cosa suave. Ella tiró de su kilt, él desgarró los trews de ella, la ropa voló en todas direcciones, hasta que, jadeando entre besos, ambos se levantaron desnudos cerca de la escalera del Gran Hall.

Hinata lo recorrió con la mirada, sus ojos ampliándose, su respiración saliendo en jadeos cortos, mientras tardíamente se percataba de dónde estaban. Luego su mirada se derramó sobre su cuerpo increíble, y se olvidó no sólo de dónde estaba, sino hasta en qué siglo. No existía nada excepto él.

Los ojos azulados brillaron intensamente, y él agarró su mano, jalándola por el corredor hasta la despensa, donde cerró de golpe la puerta con una patada, y la aplastó contra la pared, dejando su ropa esparcida alrededor del vestíbulo.

Hinata presionó sus palmas contra su pecho musculoso y suspiró de placer. No podía tener suficiente de tocarlo. El tiempo que él no la había reconocido había sido el peor tipo de tortura, mirándolo todos los días, incapaz de acariciarlo y besarlo.

Tenía un montón de tiempo perdido que recuperar, y comenzó trazando sus manos sobre sus hombros, por su espalda, rozando sus caderas fornidas. Su piel era terciopelo sobre acero, tenía olor a hombre y especias y la fantasía de cada mujer.

—Ah, Dios Santo, te extrañé—. Él tomó su boca rudamente, sus manos englobándole la cara, besándola tan profundamente que ella no podía respirar, hasta que él llenó sus pulmones de su propia respiración.

—Te extrañé también— ella lloriqueó.

—Estoy tan apenado, Hinata— él murmuró—, por no creer en ti...

—Discúlpate más tarde. ¡Bésame ahora!

La risa de Naruto rodó erótica y enriquecedora en la oscuridad de la despensa. Él empujó la espalda de la joven encima de los costales de grano y se cernió sobre ella, suspendiendo su peso en sus antebrazos. Y la besó. Besos lentos, intensamente íntimos, y carreras locas de besos profundos. Ella lo bebió como si él fuera el aire que necesitaba para sobrevivir.

Ablandando la espalda contra los costales, la muchacha gimió cuando su muslo musculoso se deslizó entre sus piernas. Él trazó besos calientes y húmedos bajo su cuello, sobre sus clavículas, a través de sus hombros. Ella envolvió sus piernas alrededor de él, rozándose contra su hombre lascivamente, saboreando el deslizamiento resbaladizo de él.

Naruto la contempló, maravillándose. Ella era tan bella; sus mejillas sonrojadas, sus ojos tempestuosos de pasión, sus labios medios divididos en un jadeo suave. Ella era su alma gemela, lista, preciosa y tenaz. La amaría hasta su último suspiro, y más allá, si algo semejante era posible para un Druida y su consorte.

Él le mostraría con su cuerpo todas las cosas que sentía por ella, y tal vez ella murmuraría esas palabras tiernas que él tanto había deseado oír en el círculo de piedras, cuando le había dado su virginidad.

Ella lloriqueó cuando él raspó con su mandíbula sin afeitar sus pezones. Se arqueó hacia arriba, hambrienta de más. Él cambió de posición su cuerpo, de manera que su largura gruesa y caliente descansara entre sus muslos, moviendo sus caderas en empujes lentos, parejos.

Luego retrocedió, enloqueciéndola, y procediendo a saborearla de pies a cabeza. Comenzando en los dedos de los pies.

Hinata echó hacia atrás la cabeza, extática, sintiendo los golpes largos y aterciopelados de su lengua en sus pantorrillas y sus tobillos. Doblando sus piernas, él trazó besos sedosos en el dorso de sus rodillas. Besos húmedos y hambrientos en sus muslos, parpadeos bromistas de su lengua contra la piel sensitiva donde su cadera se unía a la pierna.

Luego besos profundos, calientes y húmedos donde ella más lo necesitaba. Dando lengüetadas y mordisqueando, las manos del hombre se deslizaron hacia arriba de su cuerpo para provocar sus pezones mientras él la besaba y saboreaba hasta que ella se estremeció contra su boca, arqueando sus caderas hacia arriba, pidiendo más.

La resonancia que siempre la acompañaba se alzó hasta un crescendo exquisito, y estalló profundamente, llorando su nombre.

Mientras ella todavía se estremecía con pequeños temblores diminutos, él la dio vuelta y recorrió con su lengua descendiendo por su columna vertebral hasta el hueco donde su espalda encontraba sus caderas.

Luego besó y saboreó y pellizcó cada pulgada de su trasero. Amasando, apretando, acariciando, peligrosamente cerca de su parte más ardiente. Pero no completamente allí. Iba a morirse si él no entraba en ella, pensó la muchacha, apretando los dientes. Se quemaba, dolía de necesidad.

Resbalando su mano entre ella y los sacos de grano, él ahuecó la palma de la mano en su montículo de mujer, y la jaló hacia atrás contra él, descansando la punta pesada de su pene en la hendidura de su trasero. Mientras se rozaba contra su blandura exuberante, él atrapó el nudo diminuto con sus dedos, dando golpecitos ágilmente de atrás hacia adelante.

Él saboreó los gritos diminutos que ella hizo, los jadeos suaves y los gemidos sin aliento, escuchando atentamente para descubrir qué toque producía como respuesta cada sonido. Luego jugó contra ella una y otra vez, llevándola peligrosamente cerca de la cima, luego negándole el placer para oír sus gritos ponerse más salvajes, sintiendo sus caderas estremecerse hacia atrás contra él, viendo la prueba de su deseo.

Ella sabía lo que él era, y todavía lo quería con tal hambre. Era más de lo que él había, en toda la vida, soñado con tener. Si ella sólo dijera las palabras, esas dos palabras simples que él deseaba oír... Sí, era un guerrero, era fuerte y viril, pero, por Amergin, él quería esas palabras. Había pasado toda su vida creyendo que una mujer nunca podría decírselas.

—¡Naruto!— gritó ella—. Por favor.

Te amo, él pensó, deseando oírlo de ella. Deseando decirlo. Él trazó un dedo sobre el nudo tenso de su clítoris antes de deslizarse dentro de ella. Entrecerró los ojos y gimió cuando ella se tensó alrededor de él. Cuando su mujer se arqueó contra él salvajemente, el último vestigio de su control se rompió. Se volvió loco de necesidad. Envolviendo sus manos alrededor de su cintura, empujó dentro de ella en un movimiento resuelto.

Ella sollozó de placer, le rogó que no se detuviera, luego murmuró algo tan deshechamente que él casi no lo oyó. Pero no, ¡él no dejaría que esas palabras pasaran inadvertidas! Temblando, se detuvo a medio movimiento y murmuró roncamente:

—¿Qué acabas de decir?

—Dije que no te detuvieras— lloriqueó Hinata, presionando su espalda contra él.

—No eso, la otra cosa que recién dijiste— demandó él.

Hinata se quedó quieta. ¡Se le había escapado una declaración apasionada de sus sentimientos! ¡Dios, cómo lo amaba! Ella, Hinata Hyûga, estaba completa y delirantemente enamorada.

La muchacha habló quedamente, saboreando el calor de sus sentimientos, poniendo cada onza de su alma en las palabras.

—Te amo, Naruto.

Sujetándose en sus codos, Naruto se tambaleó, sintiendo las palabras golpearlo con todo su impacto.

—Dilo otra vez— jadeó él.

—Te amo— ella repitió suavemente.

Él aspiró en un jadeo rudo y se quedó silencioso un largo rato, saboreando sus palabras.

—Ah, Hinata, mi pequeña y preciosa Hinata, pensé que nunca podría oír esas palabras—. Él levantó el pelo de la muchacha para apartarlo de su cara y besó su sien tiernamente—. Te amo. Te adoro. Te querré todos los días de mi vida— juró—. Sabía incluso en tu siglo que eras la única para mí, lo que había deseado durante toda mi vida.

Hinata entrecerró sus ojos, atesorando el momento, abrazando sus palabras contra ella.

Cuando él se movió otra vez, empujando dentro de su calor flexible, ella se arqueó hacia atrás para encontrarlo. Moviendo sus caderas, introduciéndose despacio y profundo, él inclinó su cara hacia un lado y la besó con el mismo tempo. Aumentando el ritmo, sin nunca romper el beso.

Fue un apareamiento de necesidad cruda y unión sin medida. Como si en cierta forma pudieran entrar dentro del otro si lograran estar lo suficientemente cerca.

Él empujó; ella gritó. Ella se apretó con fuerza; él rugió.

Naruto deslizó sus manos hacia arriba por el cuerpo de Hinata y ahuecó las manos sobre sus pechos, jalando su espalda contra él a medida que se entraba en ella. La despensa se llenó de sonidos de pasión, perfumados con el almizcle erótico de hombre y mujer y sexo.

Cuando ella llegó al clímax otra vez, él explotó, gritando su nombre.

Él la mantuvo en la despensa casi tanto tiempo como ella lo había confinado en el garderobe. Incapaz de dejar de tocarla, de amarla. Incapaz de creer que todo eso había sucedido, que ella ciertamente se hubiera enamorado él en su siglo, que ella le hubiera dicho a su vez los votos de atadura, que si bien él había pasado por alto darle las instrucciones completas, ella tenazmente había perseverado. Incapaz de comprender que Hinata lo amaba exactamente por lo que era. Necesitaba darlo vueltas dentro de su mente como al saborear el brandy más fino.

Él la hizo decírselo una y otra vez a medida que se refamiliarizaba con cada pulgada de su cuerpo delicioso. Era plena noche antes de que él asomara una cabeza cautelosa, recuperara sus ropas, la tomara en sus brazos y la llevara hasta su cama. Donde ella dormiría cada noche, se juró, hasta el fin de la eternidad.


Continuará...