DULCES BESOS
21| TE CONTARÉ UNA HISTORIA
—La liberación del poder del átomo ha alterado Todo,
excepto nuestra forma de pensar...
La solución para este problema yace en el corazón
del género humano. Si sólo lo hubiera sabido,
debería haberme convertido en un relojero.
— Albert Einstein
.
.
— El corazón tiene sus razones de las cuales
La razón no sabe nada.
— Blaise Pascal
Hinata yació en la roca plana por un tiempo incalculable.
Estaba atontada, destruida de dolor. Cuando un sorbo de realidad finalmente regresó, fue una píldora imposible de tragar: la realidad sin él. Para siempre. ¿Cómo ella —la Física genial— no lo había previsto? ¿Cómo podía ser tan estúpida?
Había estado tan emocionada por quedarse con Naruto en el siglo dieciséis, tan perdida en los planes de ensueño de su futuro, que su cerebro se había declarado en huelga, y había pasado por alto tener en cuenta un factor críticamente importante: en el momento en que ella cambiara el futuro de Naruto, cambiaría el de ella.
En el futuro nuevo que habían creado, Naruto MacNamikaze no estaba encantado. No estaba enterrado en la caverna para que ella lo descubriera. Y así, en ese futuro nuevo que habían creado porque Naruto no estaba encantado, ella no lo había encontrado, y él nunca la había enviado de regreso a él.
En el momento preciso en que la posibilidad de que él fuera encantado había sido completamente invalidado, Hinata Hyûga había dejado de existir en el siglo dieciséis. La realidad la había dejado caer pesadamente de regreso a donde había estado antes de que hubiera caído abajo del barranco.
En el exacto momento en que había estado antes. Sin ninguna necesidad de usar el puente blanco. La realidad del siglo dieciséis la había escupido fuera, rechazando su misma existencia. Una anomalía inaceptable. Naruto nunca había estado encantado, por lo tanto ella no tenía ningún derecho a existir en su tiempo.
Eso en cuanto a las teorías que reclamaba Stephen Hawking, que aseguraba estaban equivocadas por apoyar la existencia de un censor cósmico que impediría la acumulación de paradojas. Había claramente alguna fuerza manteniendo las cosas alineadas en el universo. Dios aborrece una singularidad desnuda, pensó Hinata con un medio bufido que rápidamente se tradujo en sollozo.
Agarró firmemente su cabeza, repentinamente temiendo que sus recuerdos pudieran desvanecerse. Pero no, le recordó el científico, las flechas de tiempo recordaban hacia adelante, así que su memoria permanecería intacta. Ella había estado en el pasado, y el recuerdo de él estaba grabado en la esencia de su ser.
¿Cómo había pasado por alto darse cuenta de que, al salvarlo a él, ella lo perdería para siempre? Ahora, mirando hacia atrás, no podía creer que ni sola una vez hubiera pensado qué inevitable tendría que ser el final.
El amor la había cegado, y retrospectivamente, se dio cuenta de que no había querido pensar en lo que podría ocurrir. Meticulosamente había bloqueado pensar en cualquier cosa que tuviera que ver con la Física, ocupada en saborear la alegría simple de ser una mujer enamorada.
—No— gritó—. ¿Cómo se supone que viviré sin él?
Las lágrimas se resbalaron por sus mejillas. Escudriñó el área temblorosa, buscando el barranco en el cual había caído, pero incluso eso ya no estaba. No había ya ninguna hendidura dividiendo la cara noreste de las laderas. Los gitanos habrían debido crearla, se percató, quizá aún estaba bajo ella, ¿quién sabía?
Lo que sabía era que aún si cavaba bajo la montaña de escombros en los cuales se encaramaba, no encontraría a un Highlander dormido bajo él.
—¡No!— ella gritó otra vez.
Sí, el científico murmuró. Él lleva quinientos años muerto.
—Él vendrá a través de las piedras hasta mí— insistió ella.
Pero él no lo haría. Y ella no necesitaba que el científico le señalara eso. Él no podía. Aún si hubiera sobrevivido a la herida de flecha, nunca usaría las piedras. Sería como si alguien le dijera: "Si terminas tu investigación, creas la última arma y la desatas en un mundo inocente, puedes regresar con Naruto."
Nunca podría desatar tal aptitud para el mal, sin importar el dolor permanente. Ni lo haría él. Su honor, una de las muchas cosas que ella amaba de él, los mantendría para siempre apartados.
Si él hubiera sobrevivido.
Hinata dejó caer su cabeza contra la roca, introdujo su mochila en sus brazos, y la agarró apretadamente. Nunca podría saber si había muerto de la herida de flecha, pero si no hubiera muerto en combate, aún así habría muerto casi quinientos años atrás. La pena la ahogó, el dolor más intenso que cualquier cosa que alguna vez hubiera imaginado. Enterró su cara en la mochila y lloró.
Pasaron horas antes de que ella lograra obligarse a sí misma a levantarse de las rocas y caminar hasta el pueblo. Horas en las cuales lloró como si su corazón se quebrara.
Una vez en el pueblo, había encontrado su alojamiento y se había registrado, pero no pudo soportar estar sola, así que había bajado como entumecida al acogedor restaurante de la posada, esperando encontrar a Biwako y Hiruzen. No para conversar, apenas podría hablar de hecho, sino para ser confortada por su cálida presencia.
Ahora, de pie en el portal del comedor, parpadeó a medida que recorría con la mirada el interior brillantemente iluminado. No empezaré a gritar otra vez, Hinata se dijo a sí misma ferozmente. Lloraría más tarde, después de que hubiera regresado a casa, a estados unidos. Se caería a pedazos allí.
El restaurante se sentía extraño y moderno después de haber estado en el siglo dieciséis. La chimenea pequeña en la pared sur del comedor parecía una miniatura comparada con las chimeneas medievales, las decoraciones de neón de la barra llena de demasiados colores después de semanas de suave luz de velas y globos de aceite.
Las docenas de mesas, coronadas con floreros de frescas flores silvestres, parecían demasiado pequeñas para sentar a los invitados con cualquier grado de comodidad. El mundo moderno, cubierto con una capa impersonal para ella ahora, parecía fuera de orden, con estilos y formas uniformes.
Su mirada flotó sobre una máquina expendedora de cigarrillos en la esquina. Débilmente, se percató de que había pasado a través de lo peor de la crisis en el siglo dieciséis. A pesar de todo, sintió una necesidad urgente, completamente autodestructiva, romperse en una ola sobre ella.
Su mirada fue atraída por un calendario amarillento que pendía detrás de la caja registradora. 19 de septiembre.
Era el mismo día en que ella había salido. Pero por supuesto, pensó. No había pasado el tiempo. Quizá unos meros pocos momentos inadvertidos en el siglo veintiuno, mientras ella había vivido los días más felices de su vida de la Escocia del siglo dieciséis.
Ella inhaló por la nariz, peligrosamente cerca de las lágrimas otra vez. Echando un vistazo alrededor, pensando que el conjunto del arco iris de Hiruzen debería ser fácil de divisar, casi pasó por alto a la mujer de cabello plateado sola, en una de las cabinas alineadas junto a un banco de ventanas, su silueta recortada contra la luz crepuscular.
El anochecer lanzaba sobre Biwako sombras magulladas, y Hinata fue golpeada por la percepción de qué tan vieja se veía. Sus hombros estaban encorvados, sus ojos cerrados. Su sombrero de ala ancha estaba aplastado entre sus manos. Mientras un coche aparcaba fuera del banco de ventanas, los focos delanteros iluminaron la cara de la mujer mayor, revelando las huellas brillantes de lágrimas en sus mejillas.
Oh, Dios, ¿Biwako llorando? ¿Por qué?
Hinata, afligida, se apresuró a ir a la cabina. ¿Qué podría hacer a la alegre Biwako llorar, y dónde estaba Hiruzen? Desde que Hinata conocía a la enamorada pareja, la única forma en que Hiruzen dejaría de estar junto a Biwako era si fuera físicamente incapaz de estar allí. Un escalofrío rozó su cuello.
—¿Biwako?— ella dijo débilmente.
Biwako se estremeció con fuerza, alarmada. Los ojos que miraron a Hinata estaban rojos de llorar, llenos de pesar.
—No— Hinata respiró—. Dime que nada le ha ocurrido a Hiruzen— insistió—.¡Dímelo!—. Repentinamente floja, ella se dejó caer bruscamente en el cubículo frente a Biwako y envolvió la mano de la mujer mayor en la de ella—. Por favor— imploró.
—Oh, Hinata. Mi Hiruzen está en el hospital—. La admisión trajo una ráfaga fresca de lágrimas. Desplumando otra servilleta del dispensador, Biwako se limpió los ojos, sopló su nariz, y depositó la servilleta algodonada encima de un sustancioso montón.
—¿Qué sucedió? Él estaba bien justamente... er, esta mañana— protestó Hinata, sintiendo dificultades en continuar la fecha convencional.
—Me parecía bien también a mí. Habíamos estado de compras toda la mañana después de que saliste, riéndonos y pasándola bien. Él se sentía en plena forma— dijo ella con una sonrisa dolorida—. Luego ocurrió. Se quedó absolutamente quieto y simplemente permaneció allí con la mirada furiosa y alarmada en su cara—. Los ojos de Biwako se llenaron de más lágrimas mientras volvía a vivir el momento.
» Cuando se agarró fuertemente el pecho, lo supe—. Pasó un paño impacientemente por sus mejillas—. El maldito hombre nunca se cuida. No comprueba su colesterol, ni su presión sanguínea. Unos cuantos días atrás, finalmente había logrado extraer la promesa de que una vez que volviéramos a casa, se haría un reconocimiento médico completo—. Ella se quebró, temblando.
—Pero está vivo, ¿cierto?— preguntó Hinata débilmente—. Dime que está vivo—.Ella no podría soportar más tragedias ese día. Ni una onza más.
—Está vivo, pero tuvo un ataque al corazón— murmuró Biwako—. Aunque lo han estabilizado, no saben cuánto daño se ha hecho. Todavía está inconsciente. Voy de regreso para el hospital en unos pocos minutos. Las enfermeras insistieron en que tomara aire fresco.
» Ella se sonrojó—. No podía dejar de llorar. Creo que fui demasiado chillona y el doctor se ofuscó conmigo. Pensé que podría tomar algo de sopa y té antes de regresar esta noche, pero aquí estoy—. Ella ondeó una mano hacia el envase plástico de sopa y emparedados para llevar.
—Oh, Biwako, lo siento tanto— suspiró Hinata—. No sé qué decir—. Las lágrimas que trataba de retener resbalaron por sus mejillas; lágrimas por Naruto, y ahora lágrimas por Biwako y Hiruzen.
—¿Queridita, estás llorando por mí? ¡Oh, Hinata!—. Deslizándose hacia el lado de Hinata en la cabina, ella la abrazó, y se mantuvieron juntas por mucho tiempo.
Y algo dentro de Hinata se quebró.
Envuelta en los brazos maternales de Biwako, el dolor de todo lo sucedido se estrelló sobre ella. Qué injusto amar tan profundamente y perderlo todo. ¡Qué injusta era la vida! Biwako apenas había encontrado a su Hiruzen, igual que Hinata apenas había encontrado a Naruto. Y ahora, ¿debían ambas angustiarse interminablemente por perderlos?
—Mejor es no amar— Hinata murmuró amargamente.
—No— la regañó Biwako amablemente—. Nunca pienses eso. Mejor amar y perder... El viejo dicho es cierto. Si nunca tuviese otro momento con mi Hiruzen, a pesar de todo me sentiría bendita. Estos meses pasados con él me han dado más amor y pasión de lo que algunas personas alguna vez conocen. Además— dijo ella—, él va a estar bien.
» Si tengo que sentarme junto a su cama y agarrar su mano y gritarle hasta que se mejore, arrastrar su terco trasero hasta el doctor cada semana, y aprender a cocinar sin grasa o mantequilla o cualquier maldita cosa de comer, lo haré. No consentiré que el hombre se aparte de mí—. Ella hizo puño su mano adornada con el anillo de bodas y la sacudió al cielo raso—. Tú no lo puedes tener aún. Él es mío todavía.
Un poco de risa escapó de Hinata, entremezclada con lágrimas frescas. Si sólo fuera tan fácil para ella, si sólo debiera luchar por su hombre, de la forma en que Biwako podía batallar por el suyo. Pero el de ella llevaba cinco siglos muerto.
Hinata se volvió consciente, después de un momento, de que Biwako la contemplaba fijamente. La mujer mayor ahuecó su brazo sobre los hombros de Hinata y buscó su mirada.
—Oh, queridita, ¿qué es? Me pareces como si pudieras tener un problema propio— se inquietó ella.
Hinata remetió su flequillo detrás de la oreja y evitó su mirada.
—No es nada— ella dijo precipitadamente.
—No trates de desalentarme— la regañó Biwako—. Hiruzen te diría que no hay caso una vez que coloco mi mente en una cosa. No es sólo mi problema con Hiruzen lo que te ha hecho llorar.
—Realmente— protestó Hinata—. A ti te sobran los problemas...
—Así que aparta mi mente de ellos por un momento, si quieres— la presionó Biwako—. La pena compartida es pena reducida. ¿Qué te ocurrió hoy? ¿Encontraste tu... eh, desmontadora?—. Los ojos de Biwako brillaron apenas un poco, y Hinata se maravilló de que la mujer mayor todavía pudiera chispear en semejante momento.
¿Si había encontrado su desmontadora? Hinata retuvo una burbuja de risa casi histérica. ¿Cómo podía decirle a Biwako que había vivido casi un mes en un solo día? O, al menos, pensaba que lo había hecho. Era tan extraño bajar de la falda de la montaña para encontrarse que no había pasado el tiempo, que estaba comenzando a temer por su cordura.
Pero Biwako estaba en lo correcto: la pena compartida era pena reducida. Ella quería hablar de él. Necesitaba hablar de él. Pero, ¿cómo podría confía su dolor? A menos que...
—No es realmente nada— ella mintió débilmente—. ¿Qué tal si te cuento una historia en lugar de eso, para quitar tu mente de estas cosas?
—¿Una historia?—. Las cejas de Biwako desaparecieron bajo sus rizos plateados.
—Sí— dijo Hinata—, he estado pensando en experimentar con la escritura, y he estado rondando una historia, pero me he quedado en blanco en el final.
Los ojos de Biwako se estrecharon atentamente.
—Una historia, dices. Ah sí, me gustaría oírla, y tal vez tú y yo podríamos pensar cómo debería ser el final.
Hinata hizo una respiración profunda y empezó:
—De acuerdo, la protagonista es una chica que caminaba en las colinas al pie de una montaña de Escocia, y ella encontró a un Highlander encantado durmiendo en una caverna por encima de Loch Ness... bueno, bastante lejos, ¿eh?.
Una hora más tarde, Hinata observaba a Biwako abrir la boca varias veces, y cerrarla otra vez. Acomodó sus rizos, acomodó su sombrero, luego alisó su suéter rosado.
—Al principio pensé que ibas a contarme algo que te ocurrió hoy, algo que no querías decir directamente—. Biwako negó con la cabeza—. Pero, Hinata, no tenía idea de que tuvieses tanta imaginación. Verdaderamente quitaste mi mente de mis preocupaciones por un tiempo.
» Córcholis— exclamó, haciendo gestos con las manos hacia los envases plásticos— hasta comí cuando estaba segura de que no podría tragar ni un poco de comida. Queridita, debes terminar esta historia. Simplemente no puedes dejar al héroe y la heroína pendiendo de esa manera. No me entra ni a balazos. Cuéntame el final.
—¿Qué ocurre si no hay final, Biwako? ¿Qué ocurre si eso es todo? ¿Qué ocurre si ella fue enviada de regreso a su tiempo y él murió y eso es todo?— dijo Hinata helada.
—No puedes escribir una historia así. Encuentra la manera de traerlo a través de las piedras.
—Él no puede— dijo Hinata rotundamente—. Nunca. Aún si hubiera sobrevivido...
—Los juramentos son un montón de tonterías cuando el amor queda en riesgo—insistió Biwako—. Incumple las reglas. Simplemente reescríbelas con más detalles.
—No puedo. Es parte de la historia. Él se convertiría en un Druida oscuro si lo hiciese—. Y Hinata entendía qué tan horrible sería—. Nadie en su clan alguna vez ha roto el juramento. No deben. Y en verdad, temo que pensaría menos de él si lo hiciera.
Biwako arqueó una ceja.
—¿Tú? ¿Que tú podrías pensar menos de él?.
Hinata negó con la cabeza tímidamente.
—Quise decir mi heroína en la historia. Ella podría pensar menos de él. Él era perfecto como era. Él era un hombre de honor que conocía sus responsabilidades, y esa era una de las cosas que ella amaba de él. Si él rompiera sus votos y usara las piedras por razones personales, corrompería el poder dentro de él. No podría mencionarte qué tan perverso él se volvería. No. Si él viviera —lo que dudo seriamente—, nunca vendría a través de las piedras hasta ella.
—Tú eres la narradora del cuento. No lo dejes morir— protestó Biwako—. Arregla esta historia, Hinata— dijo severamente—. ¿Cómo te atreves a relatarme una historia tan amarga?
Hinata encontró su mirada fija.
—¿Qué ocurre si no es sólo una historia?— ella dijo suavemente.
Biwako la estudió un momento, luego dejó caer la mirada fuera de la ventana en el crepúsculo. Su mirada recorrió de izquierda a derecha, sobre Loch Ness, a lo lejos. Luego sonrió débilmente.
—Hay magia en estas colinas. La he sentido desde que llegamos. Como si las leyes naturales del universo realmente no se aplicaran a este país—. Ella hizo una pausa y regresó la mirada a Hinata—. Cuando mi Hiruzen se mejore, simplemente podría emplear esa magia de las colinas para nosotros, bajo el cuidado de un buen doctor por supuesto, y alquilar una pequeña casa de campo por el resto del otoño. Dejar algo de esa magia entrar en sus viejos huesos.
Hinata sonrió tristemente.
—Hablando de Hiruzen, te llevaré de regreso al hospital. Vamos a ver lo que los doctores nos pueden decir. Y si necesitas llorar, entonces yo manejaré la conversación— . Aunque Biwako levantó una señal protesta, Hinata no pasó por alto el alivio y la gratitud en sus ojos.
Hinata estaba aliviada también, porque sospechaba que no podría soportar estar sola por algún tiempo.
Hinata pasó al resto de sus vacaciones en el pueblo al lado del lago vidrioso y profundo con Biwako, sin mirar nunca hacia las colinas, sin aventurarse nunca fuera del pueblo, sin permitirse nunca siquiera considerar ir a ver si el Castillo Namikaze todavía se levantaba.
Estaba demasiado en carne viva, el dolor demasiado fresco. Mientras Biwako visitaba a Hiruzen en el hospital, Hinata se acurrucaba bajo las mantas, sintiéndose afiebrada de dolor. La perspectiva de regresar a casa, a su apartamento pequeño y vacío, era más de lo que ella podía soportar.
Cuando Biwako regresaba en las tardes, exhausta por sus preocupaciones, se confortaban una a la otra, se obligaban a comer algo saludable, y daban lentos paseos al lado del espejo plateado enorme de Loch Ness, y observando el sol pintando de rojo la superficie plateada y lavanda.
Y bajo el agreste cielo escocés, Hinata y Biwako se unieron como madre e hija. Intercambiaron ideas sobre su "historia" en más de una ocasión. Biwako la urgió a que lo pusiera por escrito, convertirlo en un romance histórico y enviarla a un editor.
Hinata puso reparos. Nunca se publicaría. No hay manera de que lo haga.
Eso no es cierto, Biwako había discutido. Leí un romance de vampiros este verano que adoré. ¡Un vampiro, qué sorpresa! El mundo necesita más piedras de amor. ¿Qué piensas que leo cuando estoy sentada en el hospital, esperando para ver si mi Hiruzen alguna vez podrá hablar otra vez? No alguna historia de horror.
Tal vez algún día, había concedido Hinata, en su mayor parte para acabar la conversación. Pero comenzaba a considerarlo. Si no pudiera tener su y-vivieron-felices-para- siempre en la vida real, al menos podría escribirlo. Alguien más lo podría vivir por unas pocas horas.
A pesar de su pena implacable, se rehusó a dejar el lado de Biwako hasta que Hiruzen estuvo estable y Biwako con mejor ánimo. Día a día, Hiruzen se robustecía. Hinata estaba convencida de que cicatrizaba por la pura magnitud y la profundidad del amor de Biwako por él.
El día que él fue dado de alta, Hinata acompañó a Biwako al hospital. Su habla estaba impedida porque el lado izquierdo de su cara estaba paralizado, pero el doctor había dicho que con el tiempo y con terapia, podría recobrar considerable terreno.
Biwako había dicho con un guiño que a ella no le importaba si él alguna vez pudiera hablar claro de nuevo, mientras todas sus otras partes estuvieran en buena forma para funcionar.
Hiruzen se había reído y había escrito sobre su tablero borrable que ciertamente lo estaban, y que estaría feliz de demostrárselo si todo el mundo dejara de preocuparse por él y lo dejaban a solas con su sexy esposa.
Hinata había sonreído y había observado, con una mezcla de alegría y dolor, cómo Biwako y Hiruzen gozaban el uno del otro.
Sólo después de que hubieran logrado una promesa de ella de que los visitaría en Maine por Navidad, Biwako realmente había alquilado una casa de campo preciosa en el Loch para el resto del otoño, Biwako había ayudado a Hinata a empacar y la había acompañado al taxi para el viaje al aeropuerto.
Mientras Hinata se acomodaba en el asiento trasero, Biwako hizo pasar su masa amplia por la puerta y la abrazó ferozmente, besando su frente, nariz y mejillas. Ambas estaban emocionadas.
—No te atrevas a rendirte, Hinata Hyûga. No te atrevas a dejar de amar. Nunca podré saber lo que te sucedió ese día en las colinas, pero sé que fue algo que cambió tu vida. Hay magia en Escocia, pero siempre recuerda: un corazón que ama hace su propia magia.
Hinata tembló.
—Te amo, Biwako. Y cuida de Hiruzen— agregó ferozmente.
—Oh, tengo esa intención— la reconfortó Biwako—. Y te amo también—. Biwako dio un paso atrás mientras el conductor cerraba la puerta.
Una vez que el taxi se apartó de la cuneta, y ella había mirado a Biwako hasta que fue una mota vestida de rosa a lo lejos, Hinata lloró todo el camino hasta el aeropuerto.
Continuará...
