TW: Este capítulo contiene temáticas de suicidio, problemas familiares, pérdida y depresión.
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Por si no estaban al tanto, estoy subiendo ilustraciones/fanarts de esta historia a instagram! me hace muy feliz platicar con ustedes ahí, y que me manden memes jfjsjaj me pueden encontrar como alexthedragonite
Gracias por leer y comentar!
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4
Una chica que perdió a su padre
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Astrid se sentía más agotada que nunca.
Después de dejar en el refugio al animal que le había traído dolores de cabeza los últimos días, se sentó un rato en la banca de un parque, contemplando la situación.
Todavía no podía creer lo que había pasado poco antes, ver al extraño chico desaparecer y convertirse en un gato ante sus propios ojos... Dioses, algo realmente malo estaba pasando con ella seguramente. Era una completa locura.
La peor parte era que ni siquiera podía contárselo a nadie. No sabía ni a quién decirle, o cómo explicarlo exactamente, ¿quién iba a creerle algo así?, aunque quizá eso sería lo mejor, quizá sólo debía olvidarse del asunto y pretender que nada de eso había pasado realmente. Lo único que debía importarle de ahora en adelante era no volver a toparse a esa criatura y así con suerte tener un poco de tranquilidad.
Si tan sólo fuera posible...
Pero más tarde llegando a casa, Ruffnut la esperaba con muchas preguntas.
—¿Dónde estabas? —tenía las manos en las caderas y una mirada de reproche.
—Afuera —respondió Astrid pasándole por un lado.
—¿Dónde está Bonito?
—No sé.
—¿En serio?
—Uhum.
—¿Dónde está su comida?
—La regalé, él no se la come, de todas maneras.
—¿Por qué no me avisaste?
—¿Qué importa, Ruff? te hice un favor.
Todo lo que Astrid quería era encerrarse en su habitación y tener un poco de paz, pero por supuesto, al compartirla con su molesta prima no podía hacer eso.
Ruff la siguió de cerca hasta el umbral de su habitación, no iba a permitirle seguir en su plan de mal genio, ni tampoco estaba dispuesta a quedarse sin una explicación. La tomó fuerte por el brazo, deteniéndola en el pasillo.
—¡Ya fue suficiente, Astrid! Puedo ver a kilómetros que estás ocultando algo, ¿Dónde está?, ¿Qué le hiciste a Bonito?
—¡Ya te dije que nada! Déjame en paz, Ruffnut —ella se sacudió de su agarre—. Te lo estoy pidiendo amablemente, déjame tranquila.
—Me importa un pepino tu falsa amabilidad, ¿Qué le hiciste?
—¡Alguien lo quería y lo regalé, ¿Okay?! —volvió a mentir, sólo quería que Ruff ya la dejara en paz, si le decía que lo había llevado al refugio seguramente iría por él y ver al extraño gato/chico era lo último que quería—. Fin. Ya. No está. Ahora tiene una nueva familia.
—¿Qué? —Ruff pareció dolida de verdad al escuchar esas noticias, Astrid pudo notar cómo la tristeza crecía en sus ojos grises—. ¡¿Por qué hiciste eso?! ¡Pudiste decirme antes al menos! ¿Lo diste en adopción sin dejar que me despidiera? ¿Qué clase de cruel persona eres? ¡Sabes que me había encariñado con él!
Astrid sacudió la cabeza, para Ruff había hecho algo malo, y probablemente tuviera razón, de no ser porque el gato en realidad no era un animal normal. No iba a permitir que volviera, pero tampoco había forma de explicarle a ella la situación para que lo aceptara. No le quedaba más que ser firme y quedarse con el título de mala—. Eso no es culpa mía, Ruff. Te dije que se iría tarde o temprano.
—¡Pero yo quería que se quedara! Yo iba a cuidarlo de todas maneras, yo le compré todo lo que necesitaba... Y-yo...
—¡Tú tú tú! ¡Pareces una torpe niña, Ruffnut! —le gritó, comenzando a hartarse—. ¿Quién crees que iba a cuidarlo cuando te fueras en verano, eh? No ibas a tener opción más que dejarlo aquí, te lo dije antes, no me gustan los gatos, ni en tus sueños iba a dejar que se quedara.
Su prima la observó con los ojos bien abiertos, atónita—. No es justo, Astrid. Él no hacía nada para molestarte, cuidarlo ni siquiera era para tanto —trató de contenerse, pero lágrimas de ira comenzaron a escapar de sus ojos—. ¡Ya me cansé de esto! ¿De verdad me odias, no es así? Haces esto porque quieres que me vaya, ¿Cuál es tu maldito problema?, ¡¿Por qué eres tan mala?!
Grosera. Cruel. Mala.
"Ese es tu problema".
"Por eso nadie quiere estar contigo".
¿Qué importa?
Ya estaba sola desde antes...
¿A quién le importaba lo que ella hiciera o lo que le pasara, o lo que sintiera, en realidad? Nadie se preocupaba por ella, a nadie más le importaba en serio.
¿Qué más daba ser fría?
¿Qué más daba caerle mal a los demás?
¿Qué más da seguir aquí?
—Superalo, Ruffnut —su voz se escuchó más áspera y fría que nunca—. Estás lloriqueando por un estúpido gato, dejame en paz de una maldita vez.
Todos se podían ir al diablo.
Ruff la miró callada por un momento—. Lo que pasó... Astrid —dijo entonces, despacio—. Que tu padre muriera... aún con ese dolor... no te da derecho a tratar a los demás como basura.
Hubo silencio unos segundos que parecieron eternos. Astrid casi quería no contestar, casi quería sólo empujarla y cerrarle la puerta en la cara. Sintió cómo una bomba explotó dentro de su pecho y le cortó la respiración. El aire a su alrededor pareció hacerse más denso, cuando su rostro y mirada sombría se alzó para encarar a Ruffnut.
—Tú... no sabes nada —siseó—. No eres nadie para hablarme de eso.
—¿Y qué si lo hago? —Ruff se atrevió a responder—. A este punto sólo estoy segura de que necesitas que alguien te lo diga y te ponga en tu lugar.
Con eso, todo terminó de venirse abajo.
En menos de un segundo Ruff tenía a Astrid encima de ella, ambas forcejeando en el suelo del pasillo, gritando y gruñendo y tirándose de los cabellos.
—SUÉLTAME —exigió Ruff, tomándola fuertemente de las muñecas—. ¡TE HE TRATADO BIEN DESDE QUE LLEGUÉ AQUÍ Y LO ÚNICO QUE HACES ES MANDARME AL DEMONIO Y TRATARME MAL CUANDO SE TE DA LA GANA, ERES HORRIBLE!
—¡SI ESO CREES, ESTÁS TARDANDO EN LARGARTE ENTONCES! —Astrid consiguió soltar una de sus manos, arañándole de paso la mejilla.
Con ambas furiosas, los gritos y forcejeos no pararon, hasta que la señora Hofferson despertó en la otra habitación a causa del escándalo, era su día de descanso, había dormido la mañana entera hasta muy tarde y tenía una resaca terrible. Cuando salió para ver qué estaba pasando, las chicas ni siquiera se percataron de su presencia hasta que gritó para detenerlas.
—¡ASTRID! ¡POR DIOS, YA BASTA! —tomó a su hija por los brazos, quitándosela a Ruffnut de encima—. ¡Parecen animales! ¡¿Qué demonios pasa con ustedes?! ¡¿Por qué están peleando?!
Astrid se sacudió con brusquedad, empujando a su madre al suelo y liberándose.
—¡ASTRID! —le reprendió molesta desde el piso—. ¿¡CUAL ES TU PROBLEMA?!
La rubia se giró hacia ella, impresionada por semejante pregunta. Casi parecía echar fuego por la mirada.
—¡¿CUÁL ES MI PROBLEMA?! —le cuestionó, perdiendo los estribos—. POR SUPUESTO YO SOY LA ÚNICA QUE HACE MAL LAS COSAS, ¿NO ES ASÍ? ¡A QUIÉN LE IMPORTA! ¡¿TÚ POR QUÉ AHORA HACES COMO QUE TE IMPORTA?! ¡VETE A DORMIR O A SEGUIR EMBORRACHÁNDOTE COMO SIEMPRE LO HACES!
Lillian se quedó pasmada, por un momento desconocía a su propia hija. Pero la acusación y la ira de su voz cayeron encima de ella como un balde de agua fría.
Astrid había llegado a su límite.
—¡MALDITA SEA, NO LE HABLES ASÍ A TU MADRE! —Ruffnut saltó en defensa de la mujer—. ¡¿En serio tampoco tienes ni el más mínimo respeto por ella?!
—¡TÚ SÓLO CIERRA LA BOCA!
—¡NO LO VOY A HACER! —se levantó del suelo, furiosa—. TODOS HACEN LO MEJOR QUE PUEDEN, ASTRID, LAS PERSONAS TE TRATAN BIEN Y SE PREOCUPAN POR TI Y TÚ NO LO VES, NO TIENES RESPETO POR NADA NI POR NADIE, ERES GROSERA Y EGOÍSTA Y NO HACES NADA MÁS QUE TRATAR MAL A LAS PERSONAS QUE TE RODEAN.
—¡CALLATE! —dio un paso al frente—. NO SABES ABSOLUTAMENTE NADA.
—¡CLARO QUE LO SÉ!
—NO, NO ES CIERTO, ¿CREES QUE HACES ALGO POR MÍ ESTANDO AQUÍ? ¿CREES QUE ELLA SE PREOCUPA POR MÍ? —apuntó a su madre, quien yacía aún en el suelo.
—Astrid... —Lillian apenas tuvo la fuerza de decir, jamás había la escuchado hablar así.
—¡No! —Astrid la detuvo llevándose las manos a ambos lados de la cabeza, cubriendo sus oídos con fuerza—. ¡No digas ni una palabra! ¡No quiero escuchar ni una sola palabra de ti! ¿Crees que fuiste la única que sufrió cuando él se fue? ¿Crees que eras la única que lloraba noche y día? ¡¿Crees que a mí no me dolía también?! ¡TE OLVIDASTE DE MÍ, MAMÁ, ME HICISTE A UN LADO! ¡PERDÍ A MI PADRE Y LUEGO TÚ ME DEJASTE SOLA!
—Hija...
Las lágrimas comenzaron a correr por el rostro de ambas, y ninguna podía moverse. Los nudillos de Astrid estaban blancos por la fuerza, sus uñas lastimando la piel de sus palmas. Miró a su madre a la cara.
—Decidiste irte con tus amigas, decidiste llegar tarde todos los días a casa, decidiste comenzar a beber y a no volver ni siquiera los fines de semana...
—¡No quería que me vieras así!
—¡YO QUERÍA TENER A MÍ MAMÁ! —su voz comenzó a cortarse con el llanto—. Necesitaba... tener a mi mamá. Ni siquiera tenía a nadie más... Te lo dije y te quedabas dormida... Te pedí que te quedaras y aún así no volvías hasta tarde... —agachó la cabeza, sollozando, volviendo su voz apenas audible—. Yo no te importo... —tragó—. Y a mí... no me importa nadie ya.
—Astrid... —Lillian apenas pudo decir, cuando su hija finalmente salió corriendo por el pasillo y azotó la puerta de su habitación.
No pudo moverse, no podía dejar de llorar, estaba devastada.
Sólo en ese momento se había dado cuenta del daño que había hecho, y no lo quería creer.
La habitación creció en pesadumbre, y aún con la oscuridad arribando con el paso de las horas, la mujer no pudo hacer más que sollozar, y dejarse envolver en la tristeza.
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Astrid pasó horas abrazada a sus rodillas en el suelo de la habitación, recargada contra la puerta.
Muy en el fondo estaba consciente de lo dura que había sido con su madre, pero el hecho de sentirse abandonada por ella seguía calándole en el corazón. Siempre trató de ser comprensiva, quiso convencerse a sí misma de que todo iba a pasar, de que mientras su madre pudiera distraerse y volver a sonreír, tal vez las cosas podían estar bien.
Pero nada estaba bien.
Y estaba cansada de fingir que ella estaba bien.
Extrañaba tanto a su padre... extrañaba tanto cómo era su vida antes de la tragedia que se lo arrebató.
Él era su mejor amigo, la persona en la que más confiaba en el mundo incluso. Eran una familia feliz. Ni siquiera lo que pasaba afuera importaba, cuando sabía que sin importar qué, sus padres estarían ahí para ella.
Las lágrimas no paraban de correr por su rostro cuando recordaba todas las cosas que alguna vez habló con su padre, los momentos que pasaron juntos, los sueños que tenían y sus esperanzas...
Las tantas promesas que se hicieron.
Pero entonces él se fue.
Y entonces, su propia madre se convirtió casi en una extraña.
Habían pasado meses y aún le dolía y le quemaba en el pecho pensar en que todo había cambiado, en que su mundo había colapsado y de pronto muchas cosas habían perdido sentido.
Las cosas sólo empeoraban su alrededor, lloraba siempre que estaba sola, y todos la hacían a un lado.
Astrid ya no sabía qué hacer para calmar el dolor.
Después de horas, bien entrada la noche, con la a garganta seca, los ojos enrojecidos y el corazón quebrantado, una abrumadora idea que creía haber dejado atrás volvió a hacer eco en su mente.
No tenía sentido seguir aquí.
Sólo quedaba el dolor.
La soledad.
Sólo iba a hacer más daño.
y a nadie le importaría que ella se fuera. ¿No es así?
Con la mirada vacía, se dirigió hacia la ventana de su habitación para abrirla y salir con cuidado. Salió en el frío, a la intemperie, para encaminarse a un lugar que la tentaba a mitigar su dolor desde tiempo atrás.
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Hiccup seguía sin poder creer que Astrid lo hubiera dejado en un refugio de animales después de todos sus intentos por comprobar quién era él. Esto podía significar el fin, si no conseguía salir de ahí y volver con ella cuanto antes...
No.
Tenía que arreglarlo.
Tenía que pensar en algo, pronto.
Lo habían encerrado a él sólo en una de las jaulas frías de la perrera, cuyo seguro era más difícil de abrir usando garras de lo que hubiese imaginado.
Todo hubiera sido más fácil si no hubieran tantas reglas para cumplir la misión, si tan solo pudiera transformarse o teletransportarse o hacer algo, lo que fuera, pero se sentía más inútil que nunca. Astrid no lo quería cerca, y eso anulaba cualquier tipo de poder que estuviera a su alcance para escapar.
Desde que ella lo había dejado ahí y conforme pasaban las horas, Hiccup se sentía más agotado y la sensación de que algo andaba mal solo se incrementaba. Algo estaba pasando, algo malo.
Astrid...
Tenía que salir de ahí.
Pasaba de media noche, cuando ya no aguantó más la ansiedad, y se le ocurrió una idea. Más valía que ésta resultara o podría costarle caro.
~Y más vale que me ayuden un poco allá arriba eh. ~
Se echó de panza arriba en el suelo metálico de la pequeña jaula, pretendiendo estar herido, entonces reunió energías y aire en sus pequeños pulmones felinos...
Y comenzó a gritar.
Sus alaridos eran tan fuertes que los otros animales también empezaron a escandalizarse, y pronto todos los demás gatos y perros estaban haciendo tanto ruido que el guardia del refugio no tuvo alternativa más que ir a averiguar cuál era el problema con todos ellos. No fue difícil dar con Hiccup, pues el gato de pelaje café se aseguró de que su llanto fuera el más audible de todos, además de que la pose en la que estaba actuando era bastante convincente.
—¿Qué pasa contigo? —preguntó el guardia—. Creo que te estás muriendo.
El hombre miró hacia los lados, sin estar seguro de qué hacer.
Hiccup lo llevó un paso más lejos, comenzando a temblar ligeramente, como si tuviera debilidad y frío. Su plan era simple, pues la intención no era parecer peligroso o desesperado...
Necesitaba que el guardia tuviera una razón para abrirle la puerta.
Para lo demás tendría que arreglárselas después.
Por suerte, luego de unos instantes de buena actuación, el hombre cayó redondito en su trampa, abriendo la puerta de su jaula y metiendo la mano con cuidado para tocarle la barriga y tratar de averiguar qué le estaba sucediendo. Pero fue entonces cuando Hiccup se movió rápido.
Una de las ventajas de los gatos era la increíble flexibilidad y reflejos que ser uno le proporcionaba, y de lo cual sacó completo provecho. Se escabulló del agarre del hombre, saltando desde la jaula y corriendo velozmente hacia la puerta. La primera había sido pan comido, pues para su suerte el bruto del guardia la había dejado entreabierta, el problema parecía que iba a ser la segunda.
—¡HEY! ¡Detente ahí! —se vio interceptado, pero no fue difícil encontrar otra salida.
Pronto divisó una ventana encima del escritorio, la cual estaba abierta y carecía de protección.
~Huh, aceptaré eso como ayuda de los de arriba, ¡Gracias! ~de un salto, el felino alcanzó el alféizar y salió disparado a la calle.
Por fin, libertad.
Siguiente parada: encontrar Astrid.
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~Santa Madre ¿Por qué tenía que tener patas tan cortas?
Gracias a los dioses no era un napoleón, pero eso no quitaba que sólo el camino a la casa Hofferson lo había dejado agotado.
El mal presentimiento aún vibraba fuerte en su pecho, tanto que ni siquiera tuvo que entrar a la casa para percatarse de que Astrid no estaba ahí.
Aún desde afuera Hiccup podía percibir en el ambiente que algo había ocurrido, había un aire triste cubriendo la entrada, y un rastro.
Molestia, angustia.
Dolor.
~No... Astrid.
Tal vez aún estaba a tiempo.
Tenía que llegar a ella.
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El frío rozaba cada vez más sus mejillas conforme se acercaba al borde, a pesar de la altura, la brisa del mar lograba alcanzarla, Astrid podía jurar que parecía estarle llamando. Entre más tiempo pasaba caminando por el puente, lo escuchaba y sentía cada vez con más intensidad.
Más fuerte. Resonaba más alto que nunca.
¿Qué podría pasar?
¿Qué le esperaba después?
Tal vez ya nada de eso importaba siquiera.
Lo había estado pensado por varios meses ya, había luchado con su propia conciencia tratando de convencerse de que este no podía ser el fin.
¿Pero y qué si lo era?
Sintiendo las caricias del viento, desahogó más lágrimas que ya no creía posible que le quedaran.
Las últimas. Pensó.
Finalmente se acercó a la barandilla, tocando el frío metal que la mantenía al otro lado del vacío. Miró al cielo, buscando quizá algún tipo de consolación que sabía que no llegaría.
—Lo siento papá... —sus palabras se mezclaron con la brisa—. Pero ya no quiero seguir...
Era una tortura pensar en él, pensar en lo desepcionado que estaría de ella en esta situación. Pensar en lo mucho que su padre esperaría que cuidara de su madre, ¿Pero quién cuidaba de ella entonces? No era justo, y le llenaba de pena. Tenía sólo diecisiete y no había ni un solo rumbo en su camino que ella quisiera tomar para salir adelante. No esperaba nada de la vida, nada iba a mejorar...
¿Verdad?
Cuando menos lo pensó, estaba del otro lado de la baranda, de puntas en la orilla, cerrando los ojos, dándole la espalda al vacío, dejándose abrazar por la neblina y la noche y el sonido del mar.
El frío hizo temblar su cuerpo entero.
Estaba tan cerca.
No.
Todo al fin terminaría.
¡No!
Apretó los ojos con fuerza, dejando salir el aire que no sabía que estaba conteniendo.
Miró sus pies, tan cerca de la orilla.
Sus manos temblaban.
Sí...
Y aún en el aire... sus manos seguían temblando.
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Sintió cómo el tiempo se detuvo, cuando sus oídos se inundaron del intenso y perturbador pitido del vacío. Cuando su vista de pronto era el cielo y las estrellas y el suelo y la estructura debajo del puente.
Cuando su vista eran sus manos y sus pies y su cabello, arrastrados hacia el cielo por el fuerte viento de la caída libre.
El corazón se le subió a la garganta.
¡NO!
¿Qué acababa de hacer?
Sintió el calcinante miedo abrazarla con fuerza antes que el agua y el golpe llegaran, exprimió su ser y de sus ojos brotaron pesadas lágrimas que ahora se daba cuenta serían las últimas que tendrían lugar...
O eso parecía, hasta que nada después, lo escuchó.
—¡ASTRID!
Y de pronto todo parecía ser un sueño.
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Y a este truco le llamo, agarrar las riendas e irnos de 0 a 100 en frieguiza.
Espero que les haya gustado este cap y las ilustraciones que hice para ustedes, voy a estar subiendo más a Instagram. Las próximas están casi listas y todo se va a poner mejor! Muchas gracias por su apoyo y paciencia!
Hasta prontoo
