Los personajes de Macross / Robotech son titularidad de sus autores. Este fic es un AU escrito con fines de entretenimiento y sin lucro alguno.

Un helado de vainilla

Capítulo 1

Era un día normal en el SDF-1. Rick acababa de regresar de su patrullaje, el cual había estado tranquilo y sin novedades. Solo tenía que entregar su reporte y estaría libre de su jornada de trabajo. Redactó su reporte, lo envió de manera digital a sus superiores y lo imprimió para llevarlo a la oficina de la Comandante Hayes.

«Entregar este reporte es la parte difícil de este día que estuvo tan tranquilo y ahora, a enfrentar a la fiera Hayes» pensó Rick. «Tan atractiva que es, si no tuviera ese terrible carácter y si no fuera más fría que un iceberg… sería una mujer muy codiciada, bueno, creo que lo es, solo que nadie quiere acercarse a ella, pero yo sí, aunque sea para hacerla rabiar» siguió pensando el piloto mientras en su rostro se dibujaba una sonrisa con la idea de ir a molestar a Lisa y sacarla de sus casillas. Tan solo de imaginarlo, él disfrutaba ya de ese momento.

Llegó a la oficina de la comandante y tocó a la puerta. Nadie respondió. Volvió a tocar y el silencio se apoderó de ese instante. «Qué raro, ella siempre está aquí a esta hora para recibir los reportes. Quizás haya ido a alguna junta extraordinaria. Veré si la puerta está abierta, dejaré mi reporte y me retiraré, no creo que haya problema si entro a su oficina».

Así, el teniente abrió la puerta, la cual estaba sin seguro y él entró sin ninguna dificultad. Dejó su reporte sobre el escritorio, mismo que ya tenía otros documentos encima, perfectamente ordenados. Él había estado muchas veces en esa oficina, generalmente era para recibir las llamadas de atención de la comandante pero nunca se había percatado de los reconocimientos de Lisa que colgaban en la pared. Se dirigió hacia ellos, dando su espalda hacia la puerta de la oficina. Comenzó a leerlos y uno en especial llamó su atención. «Academia Militar Robotech… otorga el presente reconocimiento a Elizabeth Hayes… por obtener el mejor aprovechamiento… Elizabeth… te llamas como mi amiga. Ojalá fueras tan dulce y tierna como ella pero no, tienes toda la furia de un león enjaulado». Los pensamientos de Rick se fueron muy lejos, recordando su vida de niño en la cabaña de su padre. Tan absorto estaba él en sus memorias que no sintió la presencia de la comandante.

–¿Necesitas algo, Hunter? –respondió ella.

Rick se sobresaltó al escuchar la voz de Lisa, moviendo su cuerpo sorprendido. Sintió la presencia de Lisa y la fuerza de su mirada detrás de él, que sólo acertó a cerrar sus ojos fuertemente y a apretar sus labios en señal de espera de una reprimenda por haber entrado a la oficina sin su permiso. «Bueno, si ya me vas a regañar, al menos disfrutaré incomodándote un poco...» dijo Rick para sus adentros.

–Sí, necesito algo. Estaba buscando a mi comandante favorita –dijo Rick mientras se giraba para tener a Lisa de frente–. Sabe, ella es la comandante más bella de la nave.

«¿Pero qué… qué está diciendo este piloto boca floja? ¿Está tratando de coquetearme o de bromear conmigo? ¡Ahora verá este tipo malcriado! Aunque pensándolo bien, seguiré su juego. ¡Seguro que no se lo espera! Aún no empiezo y ya me estoy divirtiendo» dijo Lisa mientras su rostro dibujaba una ligera sonrisa y sus ojos emitían un brillo sagaz.

–Y… ¿la encontraste? –dijo Lisa mientras caminaba lentamente hacia Rick.

–¡Claro que la encontré! ¡Está justo frente a mí! –contestó Ricki.

Lisa abrió sus ojos sorprendida, gesto que fue notado enseguida por el piloto de ojos azules. «¡Esto sí que no te lo esperabas, Hayes! Punto para mí» dijo Rick para sí.

–¿Ah, sí? Y… ¿A qué debo los halagos de un piloto tan atractivo como tú? –respondió Lisa.

«¡¿Escuché bien?! ¿Me dijo atractivo?» pensaba Rick quien no perdía contacto visual con Lisa. Ella se fue acercando y con su dedo índice comenzó a acariciar la solapa del uniforme de él y preparando un tono de voz sensual, comenzó a hablarle al piloto.

–Atractivo es poco… ¿Sabes que tienes los ojos azules más hermosos en toda la nave? –afirmó Lisa, tratando de mantener la compostura porque su risa amenazaba con traicionarla–. Me encanta verlos todos los días, aunque sea por la TacNet.

–Comandante… yo… no… nunca... nunca me habían dicho eso –respondió Rick cuyo rostro comenzaba a sonrojarse.

«Creo que ya es suficiente, no sé cómo pude decirle todas esas cosas. Aunque en realidad, los ojos de Hunter son verdaderamente preciosos. Bueno, ya estuvo bien de juegos» dijo Lisa en su mente. Lisa notó que Rick comenzaba a ponerse nervioso, por lo que se separó de él y se dirigió hacia su escritorio, quedándose recargada sobre un librero que se encontraba detrás de su silla.

–Bien, Hunter. ¿Puedo ayudarle en algo? –preguntó ella en tono formal.

Rick respiró aliviado, aunque un poco triste de que la comandante haya marcado distancia, porque pese a que siempre estaban peleando, a él le había gustado sentir la cercanía de ella. Era de las pocas ocasiones en que podía ver su rostro de cerca, sentir su olor fresco y respirar su perfume de delicado aroma floral.

–Solo vine a dejar mi reporte, comandante, pero usted no estaba –Rick dudó en seguir–, vi su oficina abierta y decidí entrar a dejárselo sobre su escritorio.

–Está bien, teniente, no se preocupe, su reporte será el primero que lea –respondió ella con tono neutral.

–Gracias, comandante.

–¿Puedo apoyarlo en algo más?

–Eh, no, comandante, eso era todo… –contestó Rick aún nervioso.

–Bien. Si gusta, puede retirarse –dijo Lisa como retando a Rick–, no quisiera que se pusiera más nervioso por tenerlo minutos extra junto a mí –añadió ella mientras se cruzaba de brazos y recargaba todo su peso sobre el librero.

«Con que esas tenemos… Crees que me pones nervioso. En realidad, sí me pones nervioso, aunque no voy a caer en tu juego. No sabía que tenías esas habilidades seductoras pero yo también tengo las mías. Esto no se puede quedar así. ¡Ahora es mi turno! Ya verás, Hayes...» hablaba el piloto mentalmente.

–Entonces, comandante… –decía Rick mientras lentamente se acercaba a Lisa –procederé a retirarme, con un atento saludo, fuera de protocolo, si usted me lo permite.

Lisa veía cómo Rick se acercaba a ella, paso a paso. Ella podía oler su esencia masculina, un perfume sutil que olía a maderas finas con notas cítricas, un aroma que nublaba sus sentidos. Lisa contestó por inercia, sin pensar verdaderamente en las consecuencias de su respuesta.

–Sí… Teniente… –respondió ella.

–En ese caso, mi bella comandante –contestó él mientras cerraba el espacio entre ambos–, que pase una linda tarde.

Diciendo esto, Rick colocó sus manos sobre el librero, rodeando a Lisa. Lentamente, él acercó su rostro al de ella. El piloto podía sentir la respiración acelerada de la comandante, incluso la respiración de él se había acelerado, tanto, que hasta podía escuchar internamente los latidos de su propio corazón.

Lisa trató de hacerse lo más atrás posible pero ya estaba completamente recargada en el librero, no había espacio para moverse. Solo veía cómo el rostro de Rick se acercaba a ella y cómo esos ojos azules tomaban tonalidades oscuras y la veían con cierto afecto. Súbitamente, Rick se había acercado tanto al rostro de ella que sintió sobre su mejilla izquierda, la respiración de éste. «Hunter… ¿qué vas a hacer?» pensó ella.

Esos segundos eran una tortura para ambos, que no sabían hasta dónde los iba a llevar algo que empezó como un juego. Finalmente, Rick depositó sus labios en la mejilla izquierda de Lisa, muy cerca de los labios de ella y cerrando sus ojos, le dio un tímido beso de despedida.

Ese contacto casi instantáneo, los hizo sentir descargas eléctricas. Lisa cerró sus ojos en automático, dejándose llevar por esa sensación tan agradable que acababa de experimentar. De igual manera, a Rick le había gustado sentir la piel de Lisa rozando sus labios. No imaginó lo bien que se sentiría besar a su temida oficial superior.

Rick retiró su cabeza, ambos abrieron los ojos, dirigiéndose una mirada que no sabían bien cómo interpretar. Había alegría, duda, afecto, admiración.

–Hasta luego, comandante –se despidió Rick, dándole un beso a Lisa en su mano derecha.

«¡Estocada final, Hayes!» pensaba Rick. Sin embargo, dejar de sentir la cercanía del otro, había sido doloroso para ambos. «Creo que también fue estocada para mí, porque no me quería separar de ti» reflexionaba el piloto.

El piloto se dirigió a la salida de la oficina de la comandante, quien seguía inmóvil en el librero. «¿Pero qué pasó aquí? Hunter, tienes un lado agradable… muy agradable» pensó Lisa mientras una sonrisa se dibujaba en sus labios.

Entre tanto, Rick se dirigía a su dormitorio, muy inquieto, pensando en la escena surrealista que acababa de pasar con la Reina de Hielo. Lo que más lo alteraba era que le había gustado despedirse de beso de Lisa. «Me siento tan confundido. Necesito relajarme, creo que nadar me caería de maravilla».

Y así lo hizo. El teniente fue a la piscina de las instalaciones militares. Quería nadar para despejar su mente y relajar su cuerpo. El lugar estaba relativamente tranquilo pues sólo había algunos militares. Rick nadó a lo largo de la alberca y cuando regresaba, notó que los demás militares se iban con urgencia. Pensó que había llamado de combate o de simulacro, pero que él no había escuchado nada. Rápidamente salió del agua y les preguntó.

–¿Qué sucede? ¿Llamaron a combate? –cuestionó Rick.

–No, teniente. ¡Viene la comandante Hayes! –contestó el otro militar con estrés–. Todos los demás nos vamos.

–Yo no me iré –dijo Rick.

–Le gusta la adrenalina, teniente –respondió el militar en tono burlón–. Está bien, quédese bajo su propio riesgo y ruegue por protección.

–No se preocupe, sargento.

–Me voy, señor –dijo el militar, desapareciendo en el acto.

Las instalaciones se quedaron vacías, únicamente Rick se quedó ahí y se quedó observando las ondas que se formaban en el agua de la piscina.

–Vaya, teniente. ¿Usted no va a huir de mí como hicieron los demás? –preguntó Lisa con sarcasmo.

Lisa se encontraba detrás de Rick, quien seguía viendo a la piscina. Lisa usaba un traje de baño de natación, una sola pieza, color azul oscuro que hacía resaltar su blanca piel.

–¿Por qué habría de hacerlo? Es mi comandante favorita, ¿recuerda?

El comentario logró sacarle una sonrisa a ella.

–¿Sigue con eso, teniente?

–¡Claro! Usted no va a dejar de ser mi comandante favorita de un minuto a otro –respondió Rick.

–Teniente, a veces es usted muy sarcástico –contestó ella.

–Tanto como mi comandante…

–Omitiré eso último.

Lisa observaba lo atractivo que era Rick, con ese tono de piel bronceado natural, su cuerpo delgado y bien trabajado por las horas en el gimnasio, además del speedo rojo vino que la hacía desviar su mirada hacia otras partes del cuerpo del piloto. «¡Lisa! ¿En qué estás pensando? Concéntrate en hacer ejercicio y en despejar tu mente» dijo ella para sí.

De un clavado, la comandante entró a la alberca y se dispuso a nadar. Automáticamente, Rick dirigió su mirada hacia ella. Parecía una sirena, con largas piernas blancas, su cabello estaba sujeto en una coleta y no en esos rizos contenidos que impedían mostrar el largo real de la cabellera. «Es verdaderamente… ¡hermosa! Por nada del mundo me iría si ella está aquí. Estas oportunidades no se presentan tan a menudo».

–¡Hunter! ¿Nadamos juntos hasta la otra orilla? –preguntó la comandante.

–¡Seguro!

Así, nadaron algunas veces de ida y vuelta, hasta que Lisa dijo que ya tenía que retirarse. Rick se sintió algo triste, pues estaba teniendo un tiempo agradable con ella.

–Gracias por nadar conmigo, Hunter. ¿Te quedas un rato más?

–Este… sí, comandante.

–Está bien. ¡Hasta mañana!

–Hasta mañana, comandante.

Lisa salió de la piscina. Rick la observaba con detenimiento, pues pocas veces la había visto en traje de baño. Parecía modelo de pasarela. Largas piernas, cintura breve y una perfecta curvatura justo donde terminaba la espalda. «¡Rayos, Hunter! Así no podrás salir nunca de la piscina… Vaya, creo que necesito nadar más, cansarme y calmarme» dijo para sí.

Algunos minutos después, Rick salió de la alberca, fue a los casilleros para bañarse, cambiarse de ropa y se dirigió a su dormitorio. Se sentía muy cansado pero contento y relajado. Iba mirando sus zapatos mientras repasaba mentalemente los momentos especiales vividos ese día, cuando un brillo proveniente del piso llamó su atención.

Caminó hasta dar con el origen de esos destellos y lo que vió lo dejó atónito. Se agachó a recoger el objeto emisor de esa pequeña luz. Era una pulsera, pero no cualquier pulsera, sino una que estaba hecha a mano, con un tejido en hilo rojo que sujetaba un pequeño cuarzo rosa en forma de corazón y que Rick bien conocía. «Es la pulsera que le dí a la niña que conocí hace años. ¡Ella está aquí! Vaya coincidencia de la vida. ¿Pero dónde estará? Debe ser militar, pues su pulsera está en los pasillos de los dormitorios. Me fijaré en las chicas rubias de ojos verdes, aunque, no he visto a ninguna o no he puesto suficiente atención» pensaba el piloto con emoción.

Así transcurrieron los días. Rick caminaba sin rumbo fijo por los pasillos de los dormitorios del SDF-1, tratando de encontrarse con su amiga rubia. Comenzaba a sentirse acongojado pues no había localizado a alguna chica que coincidiera con los rasgos que él estaba buscando. Una voz conocida lo sacó de sus pensamientos.

–¡Hermanito! ¿Qué haces divagando por los pasillos, como perrito sin dueño? –dijo Roy dando una palmada en el hombro de Rick.

–Roy, ¡viejo! ¡Tú debes saber! Tú conoces a todas las chicas de la base, ayúdame, hermano.

–¡Vaya! ¡Qué petición tan extraña!

–¿Recuerdas que hace años te conté de la niña de la pulsera?

–Claro que sí. Tu amor platónico de la niñez, ¡cómo olvidarlo! Vamos a mi habitación y me cuentas.

Rick comenzó a relatarle los últimos acontecimientos a Roy y le pidió ayuda para encontrar a la chica rubia de ojos verdes. La recordaba como una niñita muy delgada, de hermosos ojos verdes, cabello rubio siempre recogido hacia atrás, en forma de cebolla, como bailarina de ballet. Empezaron a analizar a las probables candidatas, reduciendo el número hasta quedar en 4 posibles prospectos.

–Voy a buscar fotos de ellas en mis redes sociales, te las enseño y me dices si es alguna de ellas –dijo Roy.

–Un momento, ¿cómo es que las tienes en tus redes sociales? ¿Claudia sabe de esto?

–Claro, hermanito. De hecho, Claudia está en todas mis redes sociales. Si quieres tener una relación estable, debes basarte en la confianza.

–¿Ella sabe que eras un mujeriego?

–En efecto, viejo. Ella me conoció siendo un mujeriego. Pero me enamoré de ella y ahora soy el hombre más fiel del universo.

–Claudia logró lo que nadie más pudo.

–Cuando amas a una mujer, ya no tienes ojos para ninguna otra –dijo Roy mientras sonreía al recordar a su hermosa novia –. Bueno, retomemos la búsqueda, aquí están las fotos.

Rick observaba detenidamente las fotos. Efectivamente eran chicas rubias de ojos verdes, pero ninguna era como él recordaba a su amiga de antaño.

–Bueno, viejo, ¿ya pensaste qué pasará si la encuentras y ella está casada o con hijos o con pareja?

–Sí, existe esa posibilidad, pero al menos me gustaría saber que ella está bien. Mira que de entre todas las partes en que ella pudiera estar, sé que se encuentra aquí, en el SDF-1.

–Tienes razón. No hay peor lucha que la que no se hace –dijo el piloto de cabello rubio.

Con tristeza, Rick le devolvió el celular a Roy.

–Roy, no es ninguna de ellas –afirmó un desanimado Rick Hunter.

–Lo siento, hermano. Tan animado que te veías –dijo Roy–. No se me ocurren más chicas con esas características. Solo puedo pensar en los ojos verdes más famosos de toda la milicia, solo que ella no es rubia.

–¿A quién te refieres?

–A mi mejor amiga. La siempre bella Lisa Hayes.

–Lisa… –mencionó Rick como un susurro.

Esto no pasó desapercibido por Roy, quien notó que los ojos de Rick emitían un brillo especial con solo haber escuchado el nombre de Lisa.

–Eh, viejo, ¡la comandante no te es indiferente! –afirmó Roy.

–No sé de dónde sacas esas ideas, Roy. –respondió Rick mientras comenzaba a sonrojarse–. Mejor me retiro, necesito despejarme un poco, hermano.

–Claro, viejo. ¡Cuídate!

Un muy confundido Rick Hunter se dirigió al centro de la ciudad, pensando que el ruido y el bullicio de las calles harían callar sus pensamientos. Fue al cine para distraerse, pero no le gustó la película. Tan desganado estaba que casi arrastraba sus pies al caminar, lo que provocó que al salir de la sala de cine, se tropezara y poco faltó para cayera por completo al piso, si no que alcanzó a detenerse de unas largas y bien torneadas piernas femeninas que estaban cerca de él.

–¡Cómo se atreve! –exclamó la bella chica.

–Disculpe, no fue mi intención, iba cayendo y… y… –respondió Rick con una sorpresa mayúscula–. ¡Comandante!

–¡Hunter! –dijo Lisa algo molesta–. ¿Sigues en tu estado de sarcasmo seductor?

–No, comandante, en verdad, iba a caerme.

–¡Y yo estaba justo enfrente!

La gente no dejaba de mirarlos, pues habían visto la escena y enseguida comenzaron a cuchichear.

–Venga, teniente, vámonos de aquí –dijo Lisa mientras ayudaba a Rick a reincorporarse, sujetándolo de sus manos.

–Sí, comandante. Como usted diga.

Siguieron caminando hasta alejarse de la zona comercial donde se encontraba el cine. Se detuvieron aleatoriamente y se encontraban justo en la entrada de una tienda de helados.

–¡Helados! –exclamó ella.

–¡Wow! Esto sí que es una sorpresa. A la comandante le gustan los centros comerciales, el cine y los helados.

–¡Hey! Soy humana, también tengo gustos y sentimientos… –dijo Lisa con seriedad.

Sus ojos denotaban nostalgia. Rick lo notó, por lo que quiso disculparse.

–Comandante, yo... no quise… –intentó decir él cuando fue interrumpido por Lisa.

–No se preocupe, teniente. Me he hecho inmune a esos comentarios. Los escucho a diario. Sé que mi apodo más común es la Reina de Hielo… –mencionó Lisa con algo de decepción en su voz–. Y por lo mismo, como soy taaaaan fría, es que me gustan los helados, así que vamos por uno. Yo invito. –añadió ella con alegría–.

Rick no dejaba de admirarla. ¿Cómo era posible que ella misma se diera ánimo y que pudiera sobreponerse rápidamente? Empezaba a conocerla mejor y lo que iba descubriendo en ella, lo impresionaba.

–¿Sucede algo, teniente? –preguntó ella al ver que Rick no se movía.

–No, comandante, vamos.

–¿Qué sabor de helado quiere?

–Elija usted por mí. Así sabré si tiene buenos gustos.

Ambos rieron ante tal comentario. La comandante ordenó dos helados dobles de vainilla, en cono.

–¡Vaya, comandante! Es usted muy espléndida. Un delicioso helado doble de vainilla. ¡Mi favorito! –dijo Rick con alegría.

–¡Es mi sabor favorito también! –afirmó ella.

Caminaron hasta llegar al parque principal de la ciudad. Buscaron una banca donde sentarse para disfrutar de su helado. Ellos no hablaban, solo disfrutaban de su compañía mutua. Era como si fueran amigos de tiempo atrás, como si estuvieran destinados el uno para el otro, a excepción de los momentos en que tenían sus famosas desavenencias.

Rick observaba cómo Lisa comía su helado de vainilla. Cómo era posible que una mujer que él consideraba tan fría, estuviera comiendo un helado de una manera tan inocentemente sensual. «¡Hunter, cálmate! Aleja esos pensamientos de tu mente. Ella es hermosa, no creo que esté haciendo esto por coquetearte. Siento que este momento ya lo viví hace años con mi amiga del alma».

Rick trató de sacar esas ideas sensuales de su cabeza desviando la mirada hacia el lago del parque. Ahora fue Lisa quien aprovechó el momento para mirarlo. Él era un hombre muy atractivo. Tenía un perfil precioso, con una nariz fina y respingada. Unos grandes y hermosos ojos azules que contrastaban con el color oscuro de su cabello que tenía algunos brillos en tonalidades rojizas. Sus manos eran amplias y fuertes pero sostenían con delicadeza al cono del helado. «¿Cómo se sentirá ser acariciada por esas manos? Quisiera poder tocarlas. La forma en que come el helado es tan… sexy. ¿Cómo besará? ¿Serán así sus besos franceses? Vaya, en qué estoy pensando. Esos ojos azules, me recuerdan a...». Lisa fue sacada de sus pensamientos.

–Comandante, su helado… –dijo Rick.

–¿Eh? –contestó Lisa muy distraída.

–Su helado, está goteando. No le vaya a ensuciar su ropa –añadió él–. Tome mi pañuelo.

–¡Oh! Gracias, teniente. Es usted muy galante –dijo Lisa sonriéndole–. Será mejor que me apure a terminarlo.

Lisa se apresuró a comer su helado mientras Rick pensaba que ese hecho lo había salvado de ser descubierto con el rostro sonrojado como reacción de sus pensamientos y de la tierna sonrisa que Lisa acababa de dedicarle.

Una vez que degustaron sus helados, comenzaron a caminar siguiendo una de las avenidas principales de la ciudad. De pronto, la acera comenzó a cimbrarse y enseguida en los altavoces comenzaron a anunciar que la nave realizaría la transformación modular porque se avecinaba un ataque enemigo.

–¡Tenemos que regresar al Prometheus! –exclamó Lisa.

–No nos dará tiempo, tenemos que resguardarnos –refutó Rick.

–Está bien, démonos prisa. ¿Por dónde, teniente?

–Por aquí, comandante.

Ambos siguieron corriendo, sin darse cuenta, iban tomados de la mano. Tomaron un camino por el que creyeron que iban a llegar a algún sitio seguro. Sin embargo, comenzaron a surgir muros metálicos dejándolos encerrados.

–¡Estamos atrapados! ¿Cómo vamos a salir de aquí? –preguntó Lisa.

–Yo creo que hasta que termine el ataque.

–Podría tardar horas. ¿Qué vamos a hacer en ese tiempo?

–¿No sabe qué hacer conmigo, comandante? Yo puedo darle algunas ideas –decía Rick sarcásticamente.

–No es momento de bromas, Hunter. Estamos siendo atacados.

–Lo sé, comandante. Es solo que tenemos tantos momentos críticos y tan pocos momentos para vivir, que por esta ocasión quisiera solo esperar a que el ataque acabe. No podemos hacer más.

–Lo entiendo, teniente. A veces también siento lo mismo –afirmó Lisa con nostalgia.

–¿En verdad?

–Sí, teniente. Y ya que estamos fuera de servicio, puede llamarme Lisa.

–Gracias, Lisa… Siento raro llamarla así.

–También puede hablarme de tú, teniente.

–Claro, Lisa. Te hablaré de tú, solo si tú haces lo mismo conmigo. Puedes decirme Rick.

–Seguro… Rick… –dijo Lisa con timidez.

Ambos se sentaron en el suelo metálico. Sin saber qué decirse, hubo un silencio incómodo. Rick había notado que Lisa se veía particularmente triste. Tenía varios días que no la veía físicamente, solo por la TacNec, pero especialmente había estado muy tranquila, sin la energía que siempre la caracterizaba.

–Comandante, es decir, Lisa… –dijo Rick, pero se detuvo, como pidiendo autorización para continuar.

–Adelante, Rick. Te escucho.

–Yo, bueno, quisiera preguntarte si estás bien. Últimamente te he visto cabizbaja, sin tu característica energía. De hecho, no me has regañado desde el día en que nos vimos en la piscina. ¿Recuerdas?

«¡Y cómo no recordarlo, si te veías tan guapo con tu speedo! Con las gotas de agua recorriendo tu cuerpo… y.. ¡Lisa, piensa otra cosa!» pensaba Lisa.

–¿Pasa algo, Lisa? –preguntó Rick.

–Sí, Rick. Estoy… algo… triste –respondió ella, tratando de ocultar lo que estaba pensando.

–¿Por qué estás triste?

–Porque, perdí algo, digo, a alguien, bueno, a los dos –contestó ella, aún alterada por sus pensamientos.

–¿Algo y alguien muy preciado? –repitió Rick–. ¿Tu novio?

–Sí, bueno… no. Es una larga historia.

–Me encantaría escucharla, Lisa. No te pongas nerviosa. Además, tenemos tiempo suficiente para conversar.

–Está bien. Lo que vas a escuchar, no se lo he contado a nadie. Ni a mi padre ni a Claudia.

–Si el tema es muy personal, puedes omitirlo. No quiero incomodarte.

–Rick, me inspiras confianza y… me siento bien contigo –afirmó Lisa con sinceridad, viéndolo a los ojos.

–Yo también me siento bien contigo. De hecho, Lisa, me gusta estar contigo.

Ambos sonrieron e inconscientemente fueron acortando la distancia entre ellos.

Continuará...

Notas de autor:

Hola a todos. Les comparto esta breve historia romántica de Rick y Lisa, con un ligero toque del humor característico de ambos personajes.

De antemano, agradezco sus comentarios.

¡Saludos!