CAPÍTULO 2

Al sentir la proximidad de Hunter, las alertas del cuerpo de Lisa se encendieron, comenzando a tener sentimientos encontrados, queriéndose alejar de él pero también le gustaba sentirlo tan cerca de ella. Rick era bien parecido, con un rostro atractivo, una voz varonil que a ella le encantaba y un cuerpo bien proporcionado, como ella ya lo había constatado las veces que lo había observado con su traje de vuelo o en la piscina.

El chico miraba fijamente a su comandante, sin siquiera parpadear y sentía el impulso de abrazarla en ese momento. Veía el delicado rostro de la chica, sus ojos verdes, sus largas pestañas, su nariz fina y esa boca con labios delicados que lo invitaban a besarlos. Rick tenía ese sentimiento de calidez en el corazón que únicamente se experimenta cuando se está cerca del ser amado, lo cual lo confundía de sobremanera, porque si bien, la comandante era atractiva, ella no era la mujer de la cual él estaba enamorado, ¿o sí?… «¡Rayos, Hunter! En buen lío te has metido. Solos tú y la comandante, tan bella que es. No sé por qué siento que la conozco de años y no puedo controlar las ganas de… besarla. ¿Qué se sentirá saborear esos delicados labios? ¿Besará con la misma pasión con la cual da órdenes por la tacnet? ¡Ya deja de pensar en esas cosas!» decía el piloto en su cabeza.

Mientras Rick tenía sus cavilaciones, Lisa no acertaba qué hacer pues no solía tener acercamientos románticos ni coqueteos con nadie. La presencia de tan guapo piloto la estaba inquietando y sólo pudo hilar algunas palabras.

–¿Te… gusta… estar conmigo? –preguntó Lisa con nerviosismo.

–Sí, Lisa. No sé cómo explicarlo… pero me agrada estar así... contigo –respondió Rick con una pequeña sonrisa coqueta.

–¿Así? ¿Cómo?

–Tan… cercanos. Me... Me gusta la chica sensible que hay detrás del rol de la comandante Hayes –dijo Rick–. ¿Sabes? A veces pienso que la faceta de comandante solo la usas para alejar a la gente de ti. Fuera de esa imagen y del ambiente militar en el que te desenvuelves, eres tan transparente, Lisa… yo… te am… admiro –añadió él, tratando de que sus palabras no lo traicionaran–.

Los ojos de Lisa se abrieron a más no poder y se quedó sorprendida ante tal declaración pues la relación que ella tenía con el teniente Hunter no era de las mejores ni la más idónea.

–Yo… no lo creía así –dijo Lisa que no salía de su sorpresa–, porque siempre estamos peleando o estamos a la defensiva –replicó ella.

–Discúlpame, por favor. Me portaré mejor contigo de ahora en adelante –respondió Rick apenado mientras se llevaba su mano a la cabeza–. No sé por qué reacciono como un chiquillo insoportable cada vez que tenemos algún tipo de contacto.

–Discúlpame también –contestó Lisa–. En realidad, yo también he hecho lo mío para que nos llevemos tan mal.

–Que nos llevemos tan mal… –repitió él.

De cierta manera, ese comentario lo había entristecido. La comandante tenía razón, se llevaban muy mal. Aunque sus conversaciones iniciaran de una manera tranquila, todas sin excepción, terminaban en divergencias, conflictos o en el peor de los casos, en peleas.

–Ojalá siempre estuviéramos así de tranquilos como ahora –contestó Rick, acercándose más a ella–. A veces siento como si ya te conociera… Es como si algunos momentos ya los hubiéramos vivido.

–Es curioso, Rick. Yo también tengo esa sensación –respondió ella.

Rick y Lisa quedaron viéndose directamente. Los hermosos ojos claros de ambos denotaban paz y felicidad. No sabían qué decirse, sólo se admiraban el uno al otro. Lisa veía los enormes ojos color azul océano de Rick, los cuales brillaban como zafiros mientras Rick veía los preciosos ojos verdes de ella, que brillaban como esmeraldas aunque también emitían cierta tristeza. «Tus ojos… tan transparentes y tan hermosamente tristes… como los ojos de...». Rick fue sacado de sus pensamientos por un mechón de cabello de Lisa que resbaló traviesamente por su cara. Rick no pudo resistirse, tomó el cabello color miel y lo acomodó detrás de la oreja de ella.

Con este gesto, el piloto aprovechó la oportunidad de acariciar una de las mejillas de Lisa y con su mano completa, acunó parte de su rostro. Lisa inclinó su cabeza hacia la mano de Rick, quien lentamente fue inclinando su cabeza hacia la de ella. «Esto es como si se estuviera repitiendo...» pensaba Lisa pero fue sacada de sus pensamientos al sentir que Rick colocaba su otra mano en el cuello de ella. Millones de descargas recorrieron la espalda de Lisa y la mano de Rick, se sentía tan bien. Ambos jóvenes seguían mirándose fijamente, poco a poco fueron cerrando sus ojos, mientras acercaban sus rostros hasta que sus labios se rozaron ligeramente.

Inmediatamente Rick abrió los ojos, sorprendido, recordando algo de su pasado.

–¡Elizabeth! –dijo él.

–¿Sí? –respondió ella.

Con ese pequeño roce de labios, Rick se sentía confundido. Miles de recuerdos vinieron a su memoria. Tampoco quiso hacer sentir mal a Lisa y decirle que la Elizabeth a la que él había llamado, era una amiga de antaño que había recordado con ese beso. Curiosamente, ambas chicas se llamaban igual. «¡Casi me descubre! Pero, ¿por qué la recordé? Si Lisa es tan… diferente. Piensa, Rick, piensa cómo vas a salir de este embrollo que estás haciendo» dijo el piloto para sus adentros.

Mientras, Lisa veía la mirada de confusión de Rick. «¿Qué pasó? Intentó besarme pero se detuvo. ¿Acaso sería que sólo está jugando? Bueno, si no le pregunto, nunca sabré y… no sé por qué, pero no me quiero quedar con la duda. ¿Qué me pasa contigo, Hunter?» pensó Lisa.

–Rick, ¿qué pasa? –preguntó Lisa.

Rick no sabía qué contestar. Su cabeza tenía un remolino de ideas. Elizabeth, el beso, un helado, la pulsera y Lisa, su oficial superior que estaba en espera de su respuesta. Por fin, su mente empezó a revolucionar y se le ocurrió una buena justificación.

–Es que me quedé pensando en que me dijiste que tenías algo preciado que habías perdido y que tenías… novio –respondió el piloto–, y… pues… yo… no quise, bueno, no quiero… tú sabes, interferir.

–¿Novio? –contestó Lisa, asombrada.

–Sí, me lo dijiste hace un momento –respondió Rick.

–Oh, ya te entendí. Bueno, iba a contarte pero… nos desviamos del tema –comentó Lisa mientras su rostro comenzaba a ruborizarse.

–¿Me contarías?

–Sí… ¿y tú me contarás de tu novia? –preguntó Lisa, sintiendo una punzada en su corazón.

–Lisa, yo... no tengo novia. Bueno… quizá haya alguien, pero… fue hace muchos años.

–¿Otra larga historia también?

–Sí, al parecer sí –contestó el teniente, ruborizándose–. Creo que estamos en igualdad de condiciones. Si tú me cuentas, yo también te cuento la historia romántica de mi vida, que está de película.

–¿De verdad? ¿Es un gran amor?

–Estaba tratando de hacer una broma, Lisa –le dijo Rick, mientras tomaba la mano de ella–. Me encantaría saber tu historia.

Con ese toque de sus manos, ambos jóvenes volvieron a sentir miles de descargas eléctricas. Sus corazones latían con rapidez y en sus estómagos tenían sensaciones indescriptibles. Sin saber cómo, sus cuerpos estaban apoyados el uno en el otro y ahora tenían sus manos entrelazadas, la mano derecha de Rick con la mano izquierda de Lisa. Se sentían tan bien, era como si ya hubieran estado así o como si se hubiesen estado esperando el uno al otro. Lisa sentía la firme mano de él, con sus dedos fuertes y la amplia palma de la mano del joven que envolvía la delicada mano de ella, mientras Rick sentía los largos y finos dedos de Lisa, mientras pensaba «Son manos de pianista...», recordando un momento especial en la vida de él.

Lisa pensaba que cómo era posible que tuviera esas sensaciones de paz, de regocijo y ¿de amor? con ese piloto desobediente que desde que lo conoció parecía hacer todo para irritarla. Sin embargo, él le inspiraba confianza y de cierta manera, protección. No era que ella necesitara ser protegida porque siempre había sido autosuficiente, pero esa sensación de confort y protección masculina empezaba a gustarle.

Haciendo a un lado lo que estaba sintiendo, Lisa decidió comenzar a contar su historia, entre los ruidos de los misiles que se escuchaban, provenientes de la batalla.

–Verás, Rick, hace muchos años, hubo un chico, muy noble, sencillo, de gran corazón… –recordaba Lisa mientras inconscientemente se formaba una sonrisa en su rostro–.

–¡Vaya! Lisa está enamorada –decía Rick de broma. Sin embargo, este comentario le había dolido sin saber bien por qué.

–Pues… podríamos decir que él fue el primer chico con el que tuve contacto –respondió ella.

–¿Contacto físico? –preguntó Rick con curiosidad–. ¿Te refieres a… tener…? Bueno, tú me entiendes.

–¡Rick! ¿En qué estás pensando? –respondió ella con su rostro enrojecido tan solo de pensar en lo que acababa de sugerir el piloto–. Pero no, no fue ese tipo de contacto. Él me enseñó que a pesar de las encrucijadas de la vida, siempre hay que ser positivos y buscar la felicidad.

–Tu novio ya me agradó –mencionó el joven piloto–. ¡Yo pienso de la misma manera!

Lisa comenzó a relatar pormenores de esa historia que por años, había estado guardada en sus recuerdos y que en ese momento salía a la luz. De entre toda la gente a la que pudo haberle contado, ella estaba abriendo su corazón con ese piloto rebelde que la exasperaba y la sacaba de su control, pero por alguna extraña razón, ella se sentía cómoda y muy tranquila a su lado.

:::FLASHBACK:::

–Lisa, ¿qué te parecería ir de vacaciones? –preguntó el apuesto caballero.

–Mi respuesta es la misma que los años anteriores. No quiero ir sola a esos campamentos de verano, padre. Casi todo el año estoy encerrada en el internado, así que en el verano prefiero estar en casa, por lo menos me siento acompañada con la servidumbre –respondió la jovencita.

–Lo siento, hija. Ya sabes que por mi trabajo, no me es posible pasar mucho tiempo contigo. Además, debo protegerte y enviarte a estudiar a uno de los colegios más seguros y prestigiosos de Inglaterra –dijo el coronel Hayes.

–Sí, papá. Lo sé. No me quejo, es solo que a veces me siento sola… –afirmó Lisa con tristeza–. Extraño tanto a mamá…

–Yo también la extraño y es por eso que quiero que vayamos de vacaciones.

–¿Vayamos? ¿Te refieres a tí y a mí? –preguntó la joven con entusiasmo.

–Sí, pequeña. Tú y yo. ¿Qué te parece?

–¡Me encantaría, papá! –decía Lisa mientras abrazaba a su padre por la cintura–. ¿A dónde iremos?

–Al mismo lugar donde tu madre y yo fuimos en nuestro primer aniversario de bodas. Ella quería regresar ahí cuando cumpliéramos 10 años de casados… –dijo el coronel con nostalgia–. Tu madre ya no está, pero estamos tú y yo y podemos cumplir ese sueño que ella tenía.

–¡Vamos, papá! Aunque sería un aniversario de más de 10 años, para mí será mi primer viaje contigo y mamá irá en nuestros corazones. ¿Cuándo iríamos?

–Tiene que ser pronto, hija. Me autorizaron algunos días de descanso y tú estás en receso escolar.

Así, Lisa y su padre emprendieron el vuelo al continente americano, para continuar vía terrestre hasta llegar al destino de su viaje.

Después de haber conducido varias horas, el coronel despertó a Lisa, que cansada del viaje, se había quedado profundamente dormida.

–Llegamos, amor –dijo el militar.

El cansancio del viaje y el cambio de horario, apenas le permitieron a Lisa abrir sus hermosos ojos verdes. Lo que vio, la dejó gratamente impresionada. Se trataba de una zona de descanso y esparcimiento que estaba en un espacio boscoso, cerca de un pequeño poblado.

En la zona, había preciosas cabañas y lujosos chalets a los cuales se accedían mediante caminos para vehículos, vías para caminar y también había ciclovías. Las coníferas eran preciosas, con un verdor extremadamente bello.

Lisa estaba muy emocionada. A pesar de que la familia Hayes tenía también una residencia campestre, este centro de esparcimiento le había encantado a la jovencita, lo cual se hizo notable para su papá.

–¿Te gusta, Lisa?

–¡Sí! ¡Es hermoso!

–Me agrada que te guste. Ahora hay que ir a la recepción a registrarnos y que nos indiquen cuál será nuestro chalet.

–¿Chalet?

–Sí, mi amor. Cuando vine con tu madre, solo había cabañas. Ahora que hay chalets, reservé uno, porque mi princesa se merece solo lo mejor –dijo el coronel mientras miraba con satisfacción a su hija.

–Gracias, padre. ¡Seguro vamos a tener un gran tiempo juntos!

Ambos descendieron del automóvil que el coronel había rentado en el aeropuerto y se dirigieron a la recepción. El coronel llenó los formatos necesarios, mientras Lisa inspeccionaba la lujosa cabaña en la que se encontraba la administración del centro vacacional.

Ella se encontraba absorta viendo a través de los grandes ventanales de la cabaña sin percatarse de que a lo lejos, un jovencito la observaba detenidamente mientras pensaba «¡Qué hermosa niña! Parece un ángel de porcelana. Es como de esas chicas que solo salen en las revistas o las películas que acostumbran ver mis primas. Siempre había preferido ver aviones, porque esas chicas se me hacía que no existían, hasta hoy...»

–Vámonos, cielo –decía el apuesto caballero.

–Sí, padre.

Mientras se retiraban y sin darse cuenta, el coronel dejó caer un sobre con información y mapas de la zona. El jovencito lo notó enseguida, recogió el sobre y fue tras los huéspedes para entregárselo. El coronel ya se había subido al auto y Lisa se había entretenido contemplando el paisaje.

–Señorita… –dijo el chico con duda–, se les cayó esto.

Lisa volteó al escuchar la voz y con sus hermosos ojos verdes, miró fijamente al jovencito, quien quedó impactado por la belleza de la chica, sus hermosos ojos verdes, sus rasgos tan finos, nariz pequeña, cejas delicadas, su rubio cabello recogido en un peinado estilo cebolla y unos labios tan delicados. Era la primera vez en que él se fijaba en los labios de una chica y también era la primera vez en que una chica le llamaba la atención. Lisa observó al jovencito, piel bronceada, hermosos ojos azules, nariz pequeña, labios carnosos, cabello negro corto y muy bien peinado hacia atrás con mucho gel. Visualmente congeniaron en el acto. Después ella vio el sobre que el muchacho le estaba ofreciendo y extendió su mano para tomarlo pero el chico no lo soltaba.

–¡Qué gentil! Muchas gracias –dijo ella.

El chico no acertaba a reaccionar, no sabía qué decir o qué hacer. Escuchar la voz de la chica lo había fascinado.

–Creo que deberías soltar el sobre para que yo pueda tomarlo –añadió Lisa sonriendo.

–Lo… siento… –respondió él apenado–, aquí está –dijo el chico mientras se llevaba su mano a la nuca en señal de nerviosismo–.

–Gracias, ¡hasta luego! –se despidió Lisa brindándole una sonrisa.

Lisa y su padre se instalaron en el chalet. A ella le había encantado el estilo campestre lujoso del inmueble, el olor que había a madera fresca y plantas silvestres. Fue a explorar la planta alta y escogió cuál sería su recámara. El coronel estaba complacido de que a su hija le estuviera gustando estar en ese lugar, que era uno de los favoritos de su esposa.

–Papá, ya acomodé mis pertenencias. ¿Podríamos salir a dar una vuelta por los alrededores?

–Hija, yo todavía no acomodo mis cosas, si quieres puedes ir a inspeccionar sin alejarte mucho y regresas en 20 minutos, para salir a comer. Después, podemos hacer un recorrido juntos. Me encantaría caminar por los senderos por los que tu madre y yo caminábamos hace años.

–Está bien, papá –dijo Lisa sonriendo.

Un delicado viento que hacía sonar las hojas de los árboles y que se perdía entre las altas coníferas, invitaba a Lisa a indagar más. Caminó por la ruta principal, encontrándose con pequeños senderos que se dirigían a diversas partes. Algunos iban hacia otros chalets, cabañas, jardines o las áreas de entretenimiento.

Hubo un sendero que le llamó la atención pues al final de éste, se veían unos rosales y fue hacia ellos corriendo como niña chiquita. Había rosas blancas, rojas, amarillas y rosas.

–¡Qué hermosas son! –dijo en voz alta.

Acarició los pétalos de una rosa blanca. Tal era la emoción de Lisa que sin precaución, intentó tomar la rosa con sus manos para acercarla a su rostro y sentir su delicado aroma, pero una espina se incrustó en su dedo índice, hiriéndolo y haciendo brotar una gota de sangre.

–¿Te lastimaste? –preguntó una voz con preocupación.

Lisa volteó hacia la dirección de la que provenía esa voz y vio a un conocido chico de ojos azules. Ambos sonrieron tímidamente.

–Sí… bueno, solo es una espina –respondió ella.

–Toma mi pañuelo –dijo el chico mientras sacaba su pañuelo del bolsillo de su overol.

–Gracias, pero… se va a ensuciar.

–No te preocupes, a ver, dame tu mano.

Con un fino movimiento, Lisa acercó su mano a la del muchacho.

–¡Asombroso! Tienes unas manos hermosas y bien cuidadas. ¡Seguramente eres pianista! –decía el chico mientras revisaba el dedo de Lisa y lo limpiaba con su pañuelo.

–¿Por qué lo dices? –cuestionó ella sorprendida.

–Porque tus manos son muy suaves, tus dedos son finos, largos y delicados, como de pianista.

–Bueno, sí, estudio piano en el conservatorio de música.

–¡Lo sabía! ¡Tus manos son perfectas! De hecho, toda tú lo eres.

Al estar estudiando en un internado para señoritas, Lisa había tenido poca interacción con chicos y mucho menos, alguno le había dicho que era perfecta. Ese comentario la sorprendió y retiró su mano de las del joven, mientras su rostro empezaba a sonrojarse.

–¿Dije algo malo? –preguntó el muchacho.

Lisa solo negó con su cabeza.

–Discúlpame si te molesté con mis comentarios. Yo… casi no converso con chicas como tú –agregó el chico.

–Aquí debes conocer a muchas –cuestionó Lisa sagazmente.

–No es así. Vienen muchas chicas con sus familias, pero nunca he conversado con ellas, porque estoy en mi trabajo. Además, ellas ni siquiera me miran. Son chicas de buena posición económica que no se fijan en alguien como yo –respondió Rick.

–¿Qué quieres decir?

–Sí, que ellas tienen su estatus y su círculo de amistades. Es más, no sé cómo es que tú estás hablando conmigo ahorita, si yo solo soy un empleado de aquí.

–¡Hey! No te digas así. Eres un ser humano, no importa dónde trabajes o cuánto dinero tienes.

–Muchas gracias. Aunque no te conozco, se ve que eres de muy buena familia y conservas tu humildad. Es raro encontrar gente así –mencionó el chico mientras le brindaba una sonrisa a la jovencita.

–Me halagan tus palabras –afirmó ella aún con su cara sonrojada–. Creo que eres un buen chico.

Ambos sonrieron tiernamente y se miraban a los ojos que emitían un brillo especial.

–Tengo que regresar con mi padre. Gracias por el pañuelo y por tu plática –dijo Lisa mientras le extendía su mano en ademán de despedida.

–Gracias a ti por platicar conmigo. ¿Podrías decirme tu nombre?

–Elizabeth Ha… –dijo Lisa, deteniéndose abruptamente.

–Elizabeth ¿Ha? –repitió el chico.

–¡Andrews! Elizabeth Andrews –respondió ella, recordando que su padre le había dicho que por prevención, no utilizara su verdadero apellido.

–Mucho gusto, Elizabeth –habló el joven mientras tomaba la mano de ella y se despedía.

Lisa vio en su reloj que solo tenía 2 minutos para llegar al chalet. Sabía lo estricto que era su padre con el tiempo, como buen militar. Así que se soltó de la mano del chico y se fue corriendo. Él solo la veía alejarse pero de pronto, ella se detuvo y dando media vuelta le hizo una pregunta.

–¿Cómo puedo localizarte? –gritó ella.

–¡Trabajo aquí todos los días!

–¿Y cómo te llamas?

–¡Richard!

«Richard...» sonrió la jovencita para sus adentros, dio media vuelta y siguió corriendo en dirección al chalet para encontrarse con su padre, con quien degustó una deliciosa comida italiana que el coronel había ordenado en el restaurante de la zona vacacional.

Después, salieron a caminar a los alrededores. Lisa escuchaba atenta las historias que su padre le contaba. Sólo en contadas ocasiones podía tener este tipo de acercamiento con él, pues siempre estaba trabajando. A ella le encantaba escuchar acerca de la juventud de su padre, cómo conoció a su madre y cómo se habían enamorado. «Amor... ¿Será que algún día me enamore como mis padres o que alguien se enamore de mí? Creo que por ahora no es lo importante. Lo que quiero es terminar bien mis estudios en el colegio y amo tocar el piano. Quizá vaya a ser una concertista... Además, no conozco a ningún chico que me guste, todos esos hijos de políticos y militares que conozco, parecen cortados con el mismo molde.». En ese instante, su mente voló hacia Richard. «Él es el único chico diferente que he conocido, se sale del patrón de los cánones sociales. Ni siquiera sé por qué estoy pensando en él...»

–Hija, ¿en qué estás pensando? –preguntó el coronel.

La voz varonil de su padre, la sacó de sus pensamientos.

–¿Por qué lo dices, padre?

–Porque tu mente estaba muy lejos de aquí. ¿Hay algo que deba saber?

–Solo pensaba en mi futuro. Quizá me decida a ser concertista de piano.

–Como tu hermosa madre…

–O quizá sea militar, como tú. ¿Qué te parecería?

–También es otra opción, cielo. Solo que conociéndote, tú eres arte puro. Te apasiona el piano, tomas clases de ballet y gimnasia, amas dibujar, dominas varios idiomas. Creo que tu área es otra.

–Tienes razón, papá. Imagíname de militar, no sé cómo sería eso. ¡Creo que me la pasaría dando órdenes a todos!

Ambos rieron con ese comentario. Se dirigieron a su casa y el cansancio del viaje los hizo retirarse a sus habitaciones.

Al día siguiente, desayunaron muy ligero y salieron a disfrutar de los alrededores. Había un lago de aguas cristalinas, rodeado de hermosos pinos.

–Papá, quisiera quedarme un rato aquí.

–¿Trajiste tu traje de baño?.

–¡Seguro, papá! El traje de baño no debe faltar en las vacaciones de verano –dijo Lisa mientras guiñaba un ojo–. Además de nadar, quisiera contemplar el paisaje, sentir el viento y ver cómo mueve las ramas de los pinos.

Lisa y su padre se acomodaron en unas butacas de playa que estaban dispersas en la orilla del lago. El coronel se quedó dormitando. Lisa se quitó su ropa y sus sandalias, quedándose en un conservador traje de baño de dos piezas, rojo con delgadas líneas amarillas con blanco, que apenas dejaba ver sus incipientes formas femeninas. Ella se dedicó a caminar siguiendo el borde del lago y de vez en cuando metía sus pies al agua.

A lo lejos, un par de ojos azules observaban a la chica, ella sintió la fuerza de la mirada y volteó inmediatamente, dándose cuenta que era Richard. Lisa lo saludó desde lejos y el chico correspondió el saludo. «Se ve tan bonita. Y no es presumida como mucha gente que solo le interesan las posiciones sociales. ¡Es perfecta!» pensaba Richard.

Richard usaba su característico overol, de color azul marino con una camisa roja que hacía contraste con el color azul de sus ojos. Ambos se admiraban desde lejos pero Lisa decidió acercarse a él, que estaba dando mantenimiento a los senderos.

–Hola, Richard –dijo ella tímidamente.

–Hola… Elizabeth… Ha-Andrews –respondió él.

Se rieron con ese comentario, mismo que sirvió para romper el hielo.

–Es un hermoso lugar, Richard.

–Sí que lo es. Por eso me gusta trabajar aquí.

–¿Siempre has trabajado aquí?

–No, sólo en los veranos, que no tengo que asistir a la escuela y cuando no tengo que acompañar a mi papá a alguna salida –contestó el chico–. Me sirve para no estar todo el día en casa; además me pagan y ahorro ese dinero para algunos gastos.

Lisa lo escuchaba atentamente. Ese chico era tan agradable, atento y trabajador. Sin embargo, ese día parecía muy tímido y empezaba a sonrojarse.

–¿Qué sucede, Richard? Te noto algo tímido –cuestionó la chica.

–Es que… nunca había platicado con una chica… así… con… con esa ropa –respondió él apenado y su rostro estaba tan rojo como el color de su camisa.

–¿Te refieres al traje de baño? –preguntó Lisa con naturalidad.

–Sí… –dijo Richard tímidamente y escondiendo su cabeza entre sus hombros–. ¿No… te da pena estar hablando así conmigo?

–En realidad, no, Richard. Practico gimnasia desde pequeña y usamos leotardos para las competencias. Creo que me he acostumbrado a ese tipo de prendas –respondió ella con una ligera sonrisa.

–¡Oh! Entiendo. –dijo el chico devolviéndole la sonrisa.

–Tampoco quiero decir que me guste vestir así, con poca ropa o que me exhibo en cualquier oportunidad –añadió ella con cierto rubor en su rostro.

–Claro, no lo pensaría de ti. Te ves muy tranquila y recatada.

–Sí, lo soy…

Los chicos quedaron observándose, solamente el viento los acompañaba en sus contemplaciones. Richard rompió el silencio.

–Y dime, Elizabeth. ¿Te estás divirtiendo aquí? –preguntó el chico.

–Sí, claro. Me encanta estar rodeada de la naturaleza. –respondió la chica sonriendo.

–¿Ya viste toda el área?

–No, aún no. Solo hemos llegado hasta este lago.

–Si quieres, puedo enseñarles las instalaciones en la tarde, cuando termine mi horario de trabajo. ¿Qué te parece? –propuso Richard.

–¡Sería estupendo! Me encanta la idea –respondió Lisa entusiasmada–, pero, ¿no te da miedo mi papá?

–Bueno, sí, un poco. Tiene mucha personalidad pero se ve que te quiere y un padre que ama y procura a sus hijos, no puede ser mala persona.

–Exacto, papá es buena persona, solo que es muy estricto, por su formación y su trabajo.

–Ya veo… Hablando de trabajo, tengo que regresar al mío –dijo Richard–. ¿Nos vemos en el sendero principal del chalet en donde se hospedan, a las 5 p.m.?

–Perfecto, ¡ahí estaremos!

Lisa le comentó a su papá del acuerdo que había hecho con Richard, para recorrer las instalaciones. El coronel sonrió para sus adentros pues parecía que su tímida hija había hecho un amigo, aunque como padre, él desconfiaba de todo y más, por el importante puesto de trabajo que él desempeñaba. Sin embargo, tuvo que hacer de lado esos sentimientos de duda y decidió confiar en su hija, dándole el espacio necesario para que ella se desarrollara individualmente.

–Hija, ¿te agradaría que sólo fueran tú y ese chico? –preguntó el coronel para obtener la sensibilidad de Lisa.

–Ningún problema, papá, pero, ¿por qué no vas tú? ¿No quieres ir? ¿Te pasa algo, te sientes bien? –preguntó Lisa con preocupación.

–Nada de eso, pequeña. Es solo que quiero darte tu espacio. Se ve que disfrutas la compañía de ese chico –dijo el coronel, notando cómo el rostro de su hija comenzaba a sonrojarse–. Solo cuidate bien y… bueno… recuerda que eres una chica bien educada y con valores morales… –ahora era él a quien se le subían los colores al rostro–, tú sabes a lo que me refiero.

–Despreocúpate, papá. Sé cómo se encargan los bebés, eso no va a pasar. Richard es… solo una amistad –dijo Lisa con una risilla.

–Confío en tí, Lisa.

–Gracias, papá.

–Bien, pequeña. Ya casi son las 1700 horas. La puntualidad es característica de la familia Hayes.

–Sí papá. Regresaré un poco antes de que anochezca. ¡Hasta luego!

La jovencita se despidió dando un beso y un abrazo a su padre, mientras le sonreía. El coronel se daba cuenta que Lisa se veía feliz, dejando de lado la tristeza y timidez que la caracterizaban. Ella tenía la tendencia de alejarse de las personas o bien, alejar a los chicos que intentaban acercarse a ella, pero éste no era el caso. El coronel Hayes se acercó a la ventana para ver cómo su hija se reunía con el jovencito en el sendero principal, que también había llegado muy puntual. El gallardo militar sonrió para sí y tomó una foto de su esposa que siempre llevaba con él.

–Amor... Al parecer, nuestra hija está dejando de ser niña –dijo él suspirando mientras miraba la imagen de su esposa.

Mientras tanto, en el sendero donde Richard y Elizabeth se habían encontrado, los chicos platicaban de todo y nada conciso. La vestimenta de Lisa era una blusa azul verde de cuello halter y un short blanco, que dejaban ver sus hombros y sus finos brazos, así como sus largas y torneadas piernas, por lo que el chico la miraba embelesado pensando en lo hermosa que se veía con esa ropa. Por parte suya, a Lisa le gustaba lo jovial que Richard se veía con la camisa roja tipo polo y el pantalón de mezclilla que él portaba. A ella le seguía llamando la atención el contraste del color rojo con el azul profundo de los ojos del chico.

Siguieron caminando, mientras Richard le enseñaba las instalaciones que ella no había visitado. Fueron al campo de mini golf que más bien eran retos para insertar una pelota de golf en hoyos escondidos en figuras geométricas rebuscadas y después se dirigieron al verdadero campo de golf, mismo que Lisa pensó que era inmenso. Posteriormente, el chico le mostró las demás áreas: albercas y toboganes, campos de fútbol, restaurantes y botanas y un pequeño centro comercial.

–¡Qué bonito es! –dijo ella.

–¿Te gusta?

–Claro. Me falta visitar tantos lugares, le voy a decir a mi papá que vengamos mañana.

Después del recorrido, ambos chicos lucían acalorados debido a la temperatura veraniega y a la humedad del lugar. La blanca piel de Elizabeth comenzaba a verse sonrojada y gotitas de sudor empezaban a escurrir por su frente. Richard notó esto último, por lo que decidió llevarla a la fuente de sodas.

–Elizabeth, ¿quisieras algo para tomar? –preguntó el chico–. Creo que hace calor.

–Sí, pero... no traje dinero –respondió ella apesadumbrada.

–No te preocupes, los caballeros invitamos –dijo Richard con una sonrisa–, ¿Qué quisieras?

–¡Gracias! Mmm… veamos… Se me antoja un helado.

–¡A mí también! ¡De vainilla!

–¡Sí! Es mi sabor favorito –dijo la chica sonriendo–. ¡Vaya! Tenemos gustos similares.

–Así parece –respondió Rick mientras pedía los helados–. Por favor, dos helados de vainilla, Tom.

–Hola, hijo, enseguida –dijo Tom, quien era el encargado de la fuente de sodas y que conocía a Richard desde pequeño–. ¿Sencillos o dobles?

–¿Quisieras doble? –preguntó Richard a Elizabeth.

–¡Claro! Sería perfecto –respondió la chiquilla con una sonrisa y un brillo en sus ojos como si fuera una niñita.

–Doble, Tom. Gracias.

–Aquí tienen, chicos. Disfruten su helado… y Richard, tu amiga es muy bonita. Cuídala muy bien.

El comentario hizo que ambos chicos se sonrojaran. Elizabeth era del tipo de chica que no le importaba llamar la atención ni andar a la moda, su elegancia era natural por lo no estaba acostumbrada a recibir esos comentarios. Richard tampoco estaba acostumbrado a decirle halagos a las chicas, de hecho, no tenía amigas, más que las compañeras de su escuela pero ellas preferían a los chicos populares y no a los chicos sencillos, como él.

Los chicos siguieron caminando y decidieron sentarse en una banca a degustar su helado. Lisa se sentó a la derecha de Richard. No hablaban, solo se limitaban a observar el paisaje que empezaba a iluminarse con tonalidades amarillas y anaranjadas, pues el sol comenzaba a ocultarse.

–La puesta del sol es hermosa –dijo Richard–.

–Lo es. Hace que tus ojos tengan un brillo amarillo verdoso –respondió Lisa, volteando a ver al chico mientras le sonreía.

Richard también volteó a verla, se quedó mirando fijamente a sus ojos, que se veían hermosos con tonalidades anaranjadas. Sin embargo, desde que la conoció, había notado que esos hermosos ojos verdes siempre estaban nostálgicos y tristes.

–¿Pasa algo, Richard? –preguntó Lisa.

–Nada… –respondió él–. Bueno, Elizabeth, es que desde que te ví por primera vez, me llamaron la atención tus ojos, tan verdes, tan hermosos pero tan tristes.

–Tristes…

–Sí. He pensado que cómo una chica como tú, tan educada, elegante, que parece tenerlo todo, puede tener motivos para estar tan triste –comentó el chico, mientras seguía comiendo su helado.

–Yo… no lo había notado. Tengo una tristeza inmensa en mi corazón pero no sabía que de alguna manera, lo estaba reflejando.

–No tenía idea… ¿Puedo hacer algo para que te sientas mejor?

–Ya lo estás haciendo, Richard, en verdad –dijo Lisa sinceramente–. Me agrada conversar contigo.

–Gracias, Elizabeth. A mí también me gusta estar contigo –respondió el chico.

Inconscientemente, ambos fueron acortando el espacio que los separaba. La cercanía de sus brazos hizo que sus pieles se rozaran y que ambos sintieran como miles de hormiguitas en sus cuerpos y maripositas en el estómago. Los chicos se dedicaron tiernas sonrisas mientras quedaban mirándose a los ojos. Parecía que el tiempo se detenía cuando las esmeraldas de los ojos de ella entraban en contacto con los zafiros de los ojos de él. No hacían falta las palabras. Pero algo desvió su atención. Era el helado de Lisa que comenzaba a gotear.

–¡Tú helado! Creo que es mejor que nos apresuremos a comerlos, porque el calor los está derritiendo.

–Tienes razón, Richard –dijo ella entre risas–. No quisiera ensuciarme como si fuera una niña de kinder.

–Si quieres, puedo conseguirte un babero.

–¡Hey! Se supone que me tienes que tratar bien, eso no es caballeroso –dijo Lisa mientras hacía un gesto arrugando su nariz.

–Yo… lo siento, Elizabeth –se disculpó Richard, apenado.

Lisa sonrió y con dulzura, puso su mano izquierda en el hombro derecho de él. Ese contacto despertó miles de sensaciones en ambos. Para Richard, sentir una delicada mano femenina sobre su hombro era una experiencia totalmente nueva. Asimismo lo era para Lisa. Ella no estaba acostumbrada a mostrar afecto. Si bien, había sido una niña muy cariñosa, el hecho de haber perdido a su madre la hizo retraerse de mostrar sus sentimientos.

–No te preocupes, era una broma –mencionó ella–, es que a veces soy muy sarcástica. Disculpa.

–¡Vaya! Alegre, triste, sarcástica, ¡eres una combinación de emociones, Elizabeth! Pero… me quedé con una duda.

–¿Cuál? –cuestionó la chica–.

–¿Por qué esa tristeza? ¿Qué la origina?

–Es por mi mamá…

–Cierto, no la he visto. Viniste sólo con tu padre, ¿verdad?

–Sí. Mamá falleció, Richard. Hace algunos años.

–¡Oh! Lo… siento, Elizabeth. No lo imaginé. Disculpa por preguntar –respondió Richard apenado.

–Está bien. Tengo que asimilarlo –respondió ella mientras una lágrima escurría por su mejilla.

Richard lo notó enseguida, por lo que con su mano, secó la gotita de sentimientos que salía de los ojos de ella. Lisa, al sentir este gesto, tuvo emociones encontradas. Por un lado, la tristeza que sentía al haber perdido a su madre y por otro, su corazón empezaba a sentir un calor que la reconfortaba.

–Elizabeth… No llores… Piensa que a tu madre le gustaría verte siempre feliz –dijo Richard, mientras retiraba su mano del rostro de Lisa.

–Es que… la extraño muchísimo, Richard –respondió ella con tristeza.

–Te entiendo. Yo también extraño mucho a mi mamá –comentó el muchacho–. Falleció cuando yo era muy niño.

A Lisa le sorprendió saber que Richard también había perdido a su mamá. Él se veía siempre alegre y muy quitado de la pena, mientras que ella no podía con la tristeza de que su madre no estuviera con ella.

–Pero tengo dos opciones: estar siempre apesadumbrado porque mamá ya no está o estar bien, pensando que a ella le gustaría verme feliz –añadió Richard.

Nuevamente el chico volvía a sorprender a Lisa, con esa mentalidad. Ella comenzaba a admirarlo por la filosofía de vida que él tenía, por la manera de comportarse y por cómo convertía las desavenencias en oportunidades.

–Tienes razón, Richard. Voy a tomar ese modo de ver la vida y tratar de ser positiva –dijo Lisa, mientras otra lágrima escurría por su rostro.

–Ya no llores, bonita –dijo Richard mientras volvía a secar la lágrima con su mano derecha.

Pero esta vez, Richard no quitó su mano y acunó el rostro de ella. Lisa lo veía sorprendida, con sus ojos muy abiertos, dejando escapar una sonrisa ante el gesto de él. Richard le sonrió tiernamente, poco a poco fue acercando su rostro al de ella y le dio un beso en la frente.

–Todo va a estar bien, Elizabeth. Recuerda que tu mamá cuida de ti, donde quiera que esté. Y también me tienes a mí –afirmó el chico mientras acariciaba el rostro de la jovencita.

–Gracias, Richard –respondió Lisa, mientras subía su mano para colocarla sobre la mano del muchacho, que aún seguía en el rostro de ella.

Ambos jóvenes sentían que sus corazones latían aceleradamente, que sus rostros comenzaban a sonrojarse y la sensación en sus estómagos era indescriptible. Era la primera vez que experimentaban la cercanía del sexo opuesto, lo cual les estaba produciendo sentimientos y emociones que nunca antes habían tenido. La cadencia del momento fue rota por la iluminación automática que comenzó a encenderse, haciendo que Lisa se percatara que ya estaba oscureciendo y tenía que regresar con su padre.

Ella quitó su mano de la mano de Richard, quien sintió que le habían quitado algo que necesitaba y que lo hacía sentirse más feliz. Lisa vio la confusión en la cara de él, por lo que comenzó a hablar.

–Es que está oscureciendo, ya debo regresar al chalet –dijo ella apesadumbrada, pues no quería que ese momento terminara.

–Sí, Elizabeth –respondió el chico.

Richard retiró su mano del rostro de Lisa, se levantó y con una bella sonrisa, extendió su brazo ofreciéndole su mano.

–¿Puedo acompañar a esta hermosa señorita en su regreso al chalet? –preguntó Richard cuya sonrisa se hizo mayor al sentir que Lisa tomaba su mano.

–Claro que sí, caballero –respondió ella sonriendo.

Paso a paso y tomados de la mano, Elizabeth y Richard se dirigieron al chalet. La sensación de tener sus manos enlazadas era como si también estuvieran generando un enlace intangible entre ellos. Se sentían tan bien. El momento era mágico, con el viento acariciando sus rostros, el sonido de los árboles acompañando su caminar, lo apacible del paisaje vigilando sus pasos y la felicidad que ambos sentían en sus corazones.

–Bien, llegamos –dijo Richard con algo de dolor pues no quería separarse de Elizabeth.

–Gracias, Richard. Fue una linda tarde. ¡Me encantó! –respondió la joven.

–A mí también, Elizabeth –decía Richard con una sonrisa –¿Qué te parece si nos vemos mañana también?

–¡Seguro! ¿A la misma hora de hoy?

–¡De acuerdo! –contestó Richard con mucho entusiasmo–. ¿Podrías pedirle permiso a tu papá de llegar un poco después de oscurecer? Hay una feria saliendo del centro vacacional, cruzando la avenida principal. Me gustaría llevarte ahí, si tu quieres, claro está.

–Me encantaría ir, muchas gracias –respondió Lisa sonriendo–. Yo… debo entrar, Richard.

–Oh, sí, tienes razón –decía el chico apenado sin soltar la mano de ella.

Apesadumbrado, tuvo que soltar el enlace de sus manos. Los ojos de él miraban fijamente a los de ella, no había necesidad de hablar para expresar que a ambos les dolía tener que separarse.

–Hasta mañana… Richard –dijo Lisa con suavidad en su voz.

–Hasta mañana, Elizabeth –respondió el chico.

Lentamente, Richard se retiró del chalet. Lisa aún se encontraba afuera de éste, viendo cómo el joven se alejaba. Él, al percatarse que ella aún no había entrado, se dio la vuelta súbitamente, corrió en dirección de la chica, la tomó de sus hombros y en un rápido movimiento, le dio un tierno beso en la mejilla, retirándose intempestivamente, corriendo lo más rápido que sus piernas le permitían.

Lisa lo siguió con la mirada, llevó su mano a la mejilla que acababa de recibir tal demostración de afecto, cerró sus ojos para recordar la sensación de ese beso tan tierno y por primera vez, surgían ciertas ideas «¿Acaso… así se siente estar… enamorada?».

Continuará…

Notas de autor:

En este capítulo se relata un amor adolescente incipiente, noble y puro, donde ambos chicos están empezando a descubrir las emociones y sentimientos del primer amor.

Asimismo, nuestros queridos Rick y Lisa están reviviendo ciertas sensaciones románticas en su vida de adultos.

A los lectores: ¿Recuerdan su primer amor? :) Do you remember (your first) love? :)

Gracias por sus comentarios. Espero hayan disfrutado la lectura.

¡Saludos!