CAPÍTULO 1

—¡No! —Gritaron ambos al unísono.

Tanto Edward como Charles e incluso Emmet, no pudieron reprimir la negación que brotó de su garganta cuando escucharon tales noticias. La orden había caído como una jarra de agua fría entre los allí presentes, pero pasados unos segundos, fueron conscientes de lo que el monarca les estaba proponiendo.

—No estoy pidiendo vuestra opinión. No es una orden que admita discusión, solo estoy informando de lo dispuesto. El decreto real está redactado, al finalizar la reunión os será entregado

—Lo siento, majestad. Sabe que siempre he acatado vuestras órdenes y he aceptado todo lo que me habéis pedido, pero no puedo entregarle mi hija a este hombre. —Intervino Swan— Jamás condenaría a alguien de mi sangre a tremendo sacrificio.

—Sin que sirva de precedente, concuerdo en este asunto con vos. Tiene que haber otra solución. —Añadió Edward.

Parecía casi imposible que pudiese estar de acuerdo en algún tema con Swan, pero por lo visto ambos compartían la misma postura ante lo dispuesto.

—No la hay. Un matrimonio es la mejor muestra de unión en estos tiempos. Swan es el único que posee una hija para poder aportar a esta unión, ¡No hay discusión! —Exclamó él soberano golpeando la mesa—Lo rumores os afectan a ambos, por lo que el matrimonio ha de realizarse entre vuestras familias. Como os he dicho no voy a permitir que esas habladurías acaben dándole ventaja al enemigo. La estabilidad de la frontera es primordial en este asunto. No quiero que Cayo aproveche esa disputa que mantenéis desde antaño para adentrarse en nuestras tierras.

—Entiendo vuestra postura, majestad, pero hay otra opción.

—¿Otra opción? —Preguntó el monarca enarcando una ceja— ¿Y qué proponéis? ¡Adelante, contadme!

—Tiene que haberla, ¡Porque no entregaré a mi hija a este demonio! —Secundó Charles que aún estaba asimilando lo que allí estaba ocurriendo.

—Se trata de una pequeña variación en su disposición. Nosotros, los Cullen, sí disponemos de otro varón que aportar a ese enlace: mi hermanastro James. —Edward sonrió ante su agilidad mental. Su cerebro había tardado en reaccionar, pero creía haber encontrado una solución para librarse de tal castigo.

James Witherlade era el hijo bastardo de Carlisle Cullen, fruto de los escarceos extramaritales de su padre durante sus primeros años de matrimonio. Sin embargo, a la muerte de la madre del niño, la esposa de Carlisle, Esme, que poseía un corazón de oro, accedió a criarlo en su casa sin hacer diferencias entre él y Edward.

Aun habiéndose criado con todos los honores de hijo de un laird, Carlisle nunca le otorgó el apellido, pues era dos años mayor que Edward, y el único heredero legítimo era aquel que hubiese nacido dentro del matrimonio.

—Lo siento, —Se excusó Aro—, Pero la única opción viable es la del heredero, y ese sois vos. Sé que vuestro padre ha criado a James como un hombre de honor, y es algo admirable, pero el liderazgo del clan dependerá de vos en un futuro por eso debéis ser vos quien se case con ella.

—Debe haber otra solución….

—Como he dicho antes, no es una sugerencia ni una petición, es una orden. Podéis tomarlo como una táctica de guerra. No voy a permitir que ese bastado inglés se aproveche de mi punto débil. Si algún día Escocia cae, será a manos del enemigo, no de sus propios hijos. Si sois leales a vuestro rey y a vuestra patria acataréis lo aquí ordenado, de lo contrario lo tomaré como una muestra de deslealtad y traición y creedme; ninguno desearéis conocer las consecuencias. Ni Escocia ni yo perdonamos a los traidores —Habló Aro dirigiéndose a ambos, transmitiendo en sus palabras una amenaza velada—Disponéis de dos semanas para prepararlo todo. La ceremonia se realizará en Swan en deferencia a la novia. Podéis partir desde este mismo momento: vos —Señaló a Edward— Para comunicarle la noticia a vuestro padre y vos... —Continuó mirando a Swan— Para hacer lo mismo con vuestra hija.

Los cuatro hombres permanecieron en silencio. El único al que parecía divertir le todo aquello era a Black, que intentaba controlar la sonrisa que le producía imaginar a su amigo desposándose con la hija de su enemigo.

Edward parecía estar sufriendo una indigestión y los Swan no tenían mejor aspecto. Las palabras de Aro eran tan claras como sus órdenes. Al fin y al cabo, eran hijos de Escocia y de su rey, y como tales, debían acatar sus decisiones, aunque no fuesen de su agrado.

—Quitad esas caras de desagrado. —Continuo Aro— Podría ser peor… Si quisiera hubiera dispuesto desposarse a vuestra hija con McUley que debe rondar los cincuenta. Hace años que no veo a la joven Isabella, la última vez que coincidí con ella era apenas una niña... ¿Cuántos años tiene ahora? —Preguntó mirando a Swan.

—Dieciocho. —Respondió Emmet por su padre. Tuvo que aclararse la garganta pues su voz salió algo ronca debido a la contención mantenida por la tensión del momento.

—Una deliciosa rosa floreciendo. Según he escuchado es toda una belleza. —Alabó el monarca.

—Es el tesoro de Swan. —Afirmó Charles con voz contenida, pues así llamaban a su hija entre sus gentes.

—Una esposa bella y joven que os dará hijos sanos y fuertes con los que perpetuar vuestro linaje. Cualquiera diría que es vuestro día de suerte, Edward.

—De mala suerte, más bien. —Murmuró para si mismo Cullen, pero no lo suficientemente bajo como para que no llegase a los oídos de Swan.

—No tendréis mejor suerte en vuestra vida. —Refunfuñó entre dientes el laird.

—Todo está dispuesto, yo mismo presidiré el enlace y llevaré al obispo en persona. Que tengáis buen viaje. —Se despidió el monarca dejando allí a los hombres que parecían retrase con la mirada.

—¡Esto no puede ser!, ¡Es un desatino!, ¡Un desvarío del rey! —Se quejó Charles caminando de un lado a otro una vez que estuvieron solos en la estancia. Si hubiese sido otra persona quien hubiese decretado esa orden le habría ahogado tan solo por pensar en esa idea del matrimonio, pero ante el monarca no podía hacer nada.

—Padre, creo que el rey no ha dejado opción a la negación. —Intervino Emmet intentando calmar a su progenitor.

Charles esquivó a su hijo y se dirigió hacia Edward que hablaba con Jacob.

—¡Si por mi fuese jamás le entregaría a mi hija a alguien como vos, pero al parecer ese será su destino! Nunca he desobedecido una orden del rey, y os puedo jurar por mi difunta esposa, que si pudiese rebatir esta lo haría, pero no hay vuelta atrás.

—No si puedo evitarlo. La idea de mezclar mi sangre con la vuestra me desagrada tanto o más que a vos. Hablaré de nuevo con el rey y le haré entrar en razón... —Respondió Edward airado.

Charles soltó una incrédula carcajada

—¡Qué ingenuo sois, Cullen! Se ve que no conocéis lo suficientemente bien a la persona por quien lucháis. Cuando da una orden es irrevocable. Y esta vez, será para desgracia de ambos. —Lamentó— Os espero en Swan en una semana, así tendréis tiempo suficiente para conocer a vuestra futura esposa. Prometo recibiros con los honores que merecéis. —Se despidió esbozando una sonrisa irónica.

Charles Swan y su hijo abandonaron la estancia con premura. La noticia no había sido del agrado de ambos, pero debían acatar la orden por lo que necesitaban volver pronto a casa.

—Imagino que sabrás que Isabella no va a tomar nada bien la noticia. —Comentó Emmet tiempo después mientras subía a su caballo dispuesto a abandonar el castillo rumbo a casa.

—Lo sé, en ese aspecto es igual a tu difunta madre, solo espero que los dulces que llevamos le faciliten el amargo trago.

—¿De verdad creéis que unos dulces controlarán el desasosiego que le provocará saber que va a desposarse con un desconocido? —Ironizó Emmet— Padre, los dos sabemos que Swan temblará cuando le comuniquéis la noticia.

—Lo sé, pero al menos podrá comerlos el tiempo que esté sin hablarnos hasta que se le pase el enfado. No es una decisión que yo haya tomado, jamás le haría algo así, pero no puedo ir en contra del rey. Isabella tendrá que entenderlo.

—Lo dudo, padre. Lo dudo. —Sonrió Emmet sin poder evitarlo pues conocía el carácter de su hermana.

Isabella para él era un rayo de luz. Más de uno la comparaba con una ninfa del bosque. De tez blanca y mejillas sonrosadas, sus grandes ojos marrones y su melena color chocolate arrancaba suspiros entre aquellos que admiraban su belleza.

Todo el mundo la adoraba, se desvivía por ayudar a los demás olvidándose a veces de si misma, pero si había algo que Isabella Swan odiaba era acatar órdenes, ella era como un pajarillo libre saltando de un lugar a otro, aunque esta vez no le iba a quedar de otra que obedecer.

El viaje de vuelta hasta Swan lo hicieron sin incidentes, fueron dos días cabalgando, en los que solo pararon para dormir y dar un descanso a los animales. Aunque el tiempo presagiaba tormenta, las primeras gotas de lluvia empezaron a caer en el mismo instante en el que ellos atravesaron el arco de la entrada al clan.

Las gentes se afanaban por terminar sus quehaceres antes de que la lluvia se volviese más intensa, aunque un poco de agua ni sería ningún impedimento para un buen escocés.

Padre e hijo desmontaron y se apresuraron a entrar en el castillo donde suponían deberían estar reunidos algunos de sus hombres.

—¡Bienvenido, laird! —Saludó Billy Mcmurray, el hombre que era la mano derecha de su padre y quien había quedado a cargo de todo durante su ausencia.

—Gracias, Billy. ¿Todo en orden por aquí?

—Ninguna incidencia, laird. Serán tiempos de guerra, pero entre nuestras gentes se respira paz.

—Una paz que va a perturbarse próximamente. —Murmuró Emmet.

—¿Cómo decís? —Preguntó confundido el hombre.

—No hagas caso a mi hijo, el aire del bosque y la falta de sueño le revuelve las ideas.

El primogénito de Swan no pudo evitar reírse pues, aunque su padre intentaba bromear se notaba su malhumor.

—Iré a buscar a Rosalie y los niños, seguro que ella es capaz de ordenar mis ideas.

Emmet Swan se había casado con Rosalie Hale cuatro años atrás. Aunque era la simple hija de un herrero, Charles jamás puso impedimento a esa unión, de la cual habían nacido sus dos nietos; Charlie de tres años y Lillian de uno.

Su difunta esposa Renné le hizo prometer en su lecho de muerte que dejaría a sus hijos casarse por amor, al igual que lo habían hecho ellos, pero ahora... Estaba a punto de faltar a su promesa.

—¿Dónde está Isabella? —Preguntó Charles evadiéndose de sus recuerdos.

Billy abrió la boca para responder, pero en ese mismo instante el grito ilusionado de su hija le hizo girarse.

—¡Padre! ¡Habéis vuelto!

Si no fuese por su aroma, el que reconocería en cualquier parte, podría dudar sobre qué el pequeño borrón de cabellos marrones que había corrido a abrazarle fuese su hija. Sin embargo, ese aroma a flores silvestres era inconfundible.

—Por tu reacción diría que te alegras de ello. —Añadió besando su frente cariñosamente.

—¿Y Emmet?

—Ha ido a buscar a Rosalie y los niños, creo que estaba contando las horas para volver. Ese hijo mío es un impaciente.

—Es un hombre enamorado, padre. Extraña a su esposa y sus hijos, es algo normal.

—Como futuro laird, debería acostumbrarse a pasar tiempo alejado de ellos, así le será más fácil cuando tenga que ausentarse.

—No sea tan duro con él, seguro que vos también me habéis extrañado.

—¡Cómo no hacerlo mi pequeño tesoro! Pero... ¿Qué le ha pasado a tu ropa? —Señaló al observar las manchas de barro.

Isabella se mordió el labio en señal de nerviosismo pues sabía que a su padre no le iba a gustar lo que tenía que decirle.

—Isabella...—Le reprendió intuyendo que ocultaba algo...

—Me resbalé cuando fui al lago. —Confesó

—¿Y para qué fuiste al lago? Sabes que no me gusta que te alejes tanto...

—Necesitaba algunas plantas para hacer una infusión. La cocinera tiene bastante tos y c reo que podría ayudarla...

—¡Que voy a hacer contigo...! Hija, hay cientos de personas a quienes puede enviar a hacer esa tarea.

—Quererme como soy —Confesó abrazándole de nuevo—. Además, probablemente esas personas no conseguirían la planta exacta y me tocaría ir a mí de nuevo a buscarla.

—¡Vaya, hermana!, Veo que te has tomado muy bien la noticia.

Emmet llegó hasta ellos acompañados por su esposa Rosalie.

—¿Esa es manera de saludarme? Hace días que no nos vemos... —Le reprochó mientras se acercaba a él y besaba su mejilla.

—No quería interrumpir. —Se disculpó— Me has sorprendido, Bella. Creí que montarías en cólera, pero veo que la noticia no te parece tan horrenda.

—¿Qué noticia? —Pregunto confundida

Emmet supo que había cometido un error al ver a su padre negar con la cabeza.

—¿De qué noticia habla, padre? —Interrogó Isabella mirando a su progenitor.

—Bella, debemos hablar —Comenzó Charles tomando sus manos

—¿Qué ha ocurrido?

—Traigo órdenes del rey, quiere afianzar la alianza en la frontera y para ello debemos acatar sus órdenes

—¿Qué órdenes? ¿Debéis partir? ¿Os envían a luchar? —Preguntó preocupada.

—No, quiere mostrar unanimidad frente al enemigo.

—Pero... ¿Cómo?

—Con una alianza... Matrimonial.

—No entiendo...

—Un matrimonio entre los hijos de los clanes fronterizos. —Aclaró tomando entre sus manos las de su hija— Deberás casarte con Edward Cullen.

—¿Cómo? —Exclamó sorprendida— ¡No es posible! ¡No puede ser! —Negó deshaciéndose del agarre de su padre.

—Es por orden del rey, hija. No hay nada que hacer.

—¡Vos no podéis permitirlo, padre! ¡No podéis obligarme a casarme con él!

La noticia le había sorprendido, no solo porque su padre no le había hablado de matrimonio por el momento, sino porque mencionar a un Cullen en esa casa estaba prácticamente prohibido. No entendía como su padre parecía tan calmado ante la noticia.

—Hija, esta decisión no es de mi agrado, pero...

—¡No voy a hacerlo! ¡No lo haré! ¡Ni siquiera le conozco! —Negó entre lágrimas— ¡Vos le odiáis! ¿Cómo podéis hacerme eso?

—Lo haréis antes de la boda, vendrá la semana próxima y podrás conocerle. Hija mía, acatar esta orden me duele tanto o más que a ti.

—¡No! —Continuó llorando— Además, creí que los Cullen no eran de fiar, ¡Habláis pestes de ellos!

—Y no lo son. Créeme hija cuando te digo que hubiese elegido otro esposo para ti. Me hubiese encantado cumplir la promesa que le hice a tu madre, pero no hay otra opción. Es un decreto real y si no acatamos la orden seremos acusados de traición. —Explicó Swan pasando su mano por su rostro cansado— La boda se llevará a cabo en dos semanas. Desde ese instante y para mí disgusto, dejarás de ser una Swan y te convertirás en una Cullen, la esposa del futuro laird del clan. —Finalizó escupiendo las últimas palabras.

—¡No!Me niego!¡No podéis entregarme a vuestro enemigo! ¡No! —Sollozó alejándose de ellos y echando a correr hasta sus aposentos.

—¡Isabella! —La llamó Charles intentando retenerla.

—Padre, dejadla. Ya sabe cómo es... Dadle tiempo para calmarse y asimilar la noticia. Ahora está sorprendida pero cuando se calme atenderá a razones.

—Yo hablaré con ella, si vos me lo permitís, suegro —Intervino Rosalie tan sorprendida y disgustada por la noticia como el resto.

—Intentadlo, tal vez consigáis hacerla entrar en razón. —Concedió el laird.

—Esa boda…será una condena para Bella. —Se atrevió a augurar Emmet.

—Mi hija será desdichada y eso es lo único que me preocupa. Si no supiera el alcance de llevarle la contraria al rey, juro que yo mismo impediría ese enlace. Moriré en vida sabiendo que tu hermana no es feliz.

Charles Swan abandonó el salón lamentándose por el triste destino que le esperaba a su hija, el tesoro de Swan, la luz de sus ojos... Una luz que esperaba no se apagase en su alma.

¡Hola a todos! ¿Qué tal?

Parece que Bella no ha tomado muy bien la noticia. Ahora habrá que ver como lo está asimilando el otro implicado ¿No?

Muchas gracias a todas por la acogida que le habéis dado a este nuevo proyecto.

Gracias por cada review, fav y follow. Leer vuestros comentarios me hace inmensamente feliz. Estoy deseando saber que os ha parecido el capítulo.

Cada martes tendréis un adelanto en el grupo de Facebook Elite Fanfiction y todos los viernes un nuevo capítulo.

Saludos.