CAPÍTULO 3

Esa noche, Lisa no podía conciliar el sueño porque los recuerdos de ese día se agolpaban en su mente. ¡Y vaya que eran hermosos recuerdos! Había disfrutado el día con su padre, lo cual hacía años que no sucedía y qué decir del atardecer, pues había salido con Richard. Particularmente esa tarde, disfrutó mucho de la compañía del jovencito de ojos azules, por quien comenzó a sentir un interés especial que nunca había tenido por alguien más. Su corazón estaba tranquilo y contento y su estómago sentía que tenía pequeñas mariposas cada vez que veía o platicaba con el muchacho.

Al siguiente día en la mañana, Lisa se despertó muy temprano. El coronel, con tantos años de ser militar, ya estaba despierto, listo para comenzar su día, por lo que decidieron dar una caminata matutina y detenerse a desayunar en alguno de los pequeños kioscos al aire libre. Ambos ordenaron hot cakes con jugo de naranja. Lisa los comía muy gustosa mientras que el coronel estaba calmado y pensativo.

–Padre, ¿sucede algo? –preguntó Lisa.

–¿Por qué lo preguntas, mi amor? –cuestionó el coronel.

–Porque tu mente está en otro lado y casi no has probado tu desayuno –respondió la chica–. ¡Está delicioso! Yo ya casi me lo acabo.

–Es cierto, está delicioso. Enseguida me lo como…

–Hay problemas en tu trabajo, ¿verdad? –dijo Lisa–. No te dejan descansar, incluso en las vacaciones que ellos te autorizaron.

–Hija, ya sabes cómo es mi trabajo. Tengo un cargo importante, por lo que no puedo dejarlo sin atención, incluso en vacaciones. Y con los disturbios globales que está habiendo, tengo que estar alerta.

–Es que solo quisiera que pasaras un día sin que te preocuparas por la milicia –refutó la jovencita.

–La milicia… Los Hayes lo llevamos en la sangre.

–Es por eso que yo quiero ser concertista, para romper con la tradición Hayes –dijo Lisa a manera de queja.

–Se hará como tú quieras, yo voy a apoyarte en todo.

–Aunque si fuera militar, te demostraría de lo que soy capaz y quizá pudiéramos compartir tiempo juntos, al estar en el mismo trabajo… –pensó la jovencita en voz alta.

–Lisa, la vida militar es muy estricta, difícil y tú eres tan delicada.

–Entonces...¿Crees que no podría ser una buena militar como tú?

–No quise decir eso.

–Si yo quiero, ¡puedo ser una militar tan brillante como tú y por mis propios méritos! –dijo Lisa con una molestia palpable.

–Tranquila, Lisa, creo que mi comportamiento distante te predispuso. Disfrutemos del desayuno y de esta bella mañana –sugirió el coronel Hayes–. Y… ¿hoy vas a ver a tu amigo? –preguntó para tratar de que el buen humor de Lisa regresara de inmediato.

–Sí, papá, de hecho, quería pedirte permiso…

–¿Permiso para qué?

–Para llegar un poco más tarde del anochecer. Es que Richard y yo vamos a ir a la feria, está saliendo de este centro, atravesando la carretera federal.¿Puedo?

–Haremos esto, una vez que empiece a anochecer, tienes exactamente una hora más para regresar.

–Está bien, papá. Gracias… –Lisa hizo una pausa, no sabía cómo continuar.

–¿Hay algo más que deba saber?

–Sí, también… invité a Richard... a comer… con nosotros –dijo Lisa con duda pero sosteniendo fijamente su mirada en los ojos de su padre.

El coronel comenzaba a ver el verdadero carácter de su hija. Si bien era noble, humana y refinada, tenía una fuerza en su mirada y una firmeza en sus decisiones. «Creo que sí serías una buena militar, como toda nuestra familia» pensó el apuesto coronel.

–Está bien, así puedo conocerlo mejor. Me llama mucho la atención que hayas compaginado con ese chico, pues generalmente repeles a todos. Así que supongo que él es alguien especial para ti.

–¡Papá! –respondió Lisa mientras su rostro se sonrojaba.

–Tranquila, terminemos nuestro desayuno y vayamos a los campos de mini golf, ¿te parece?

–¡Claro que sí, papá!

Lisa y su padre disfrutaron de una agradable mañana. Jugaron varias veces la ruta del minigolf, quedando el puntaje en un empate. Se divirtieron mucho y sobre todo, el tiempo que compartieron juntos había sido muy preciado.

Llegaron a la casa, Lisa decidió bañarse, arreglarse y estar lista para la hora de la comida, mientras que su padre ordenó la comida al restaurante. Ella esperaba con ansias el momento de ver a Richard, aunque se sentía algo nerviosa por la interacción que iban a tener los tres, pues pensaba que su padre iba a interrogar al muchacho como si fuera un sospechoso.

Richard llegó puntual a la hora indicada para la comida, Lisa lo recibió en el chalet y fue a buscar a su padre. La preocupación en su rostro era evidente por lo que Lisa le preguntó qué sucedía.

–Hija, hay algunos asuntos serios que debo resolver, voy a tener que hacer algunas llamadas justo ahora, no pueden esperar –dijo el coronel tratando de mantenerse tranquilo.

–Entiendo, papá. ¿Te esperamos para la comida?

–No, Lisa, no sé cuánto me vaya a tardar. Ustedes pueden comer en la mesa del jardín, ¿qué te parece?

–Está bien… –afirmó Lisa con desánimo–. Es solo que esperaba que estuvieras con nosotros…

–Lo sé. pequeña. Discúlpame –habló el coronel con nostalgia, al ver la tristeza de su hija–. Piensa que compartirás buenos momentos con tu amigo, sin el escrutinio de tu padre –sonrió–.

Ese comentario sacó una sonrisa de Lisa.

–Eso sí, papá. De acuerdo. Le diré a Richard que nos vayamos al jardín.

–En cuanto llegue la lasagna, yo les indico que la lleven al jardín.

–¿Lasagna? ¿Vamos a comer lasagna? –preguntó Lisa con el entusiasmo de una chiquilla–. ¡Me encanta!

–Por eso ordené comida italiana. Disfruta hija y disculpa. Ve con tu amigo.

–Gracias, papá –dijo Lisa dándole un abrazo a su papá.

Lisa regresó con Richard quien esperaba en el recibidor.

–Disculpa la espera, vamos al jardín, comeremos ahí –indicó la muchachita.

–Gracias, Lisa… –dijo Rick no muy convencido.

–¿Qué pasa, Richard? –preguntó la chica al ver que Rick estaba actuando diferente.

–Es que… bueno… estoy nervioso –respondió él–. Vamos a comer con tu papá…

–No te preocupes, él no va a poder comer con nosotros… por cosas de su trabajo. –contestó ella–. Me dijo que lo disculpara contigo.

Los ojos de Rick enseguida se alegraron y su rostro reflejó una gran sonrisa.

–Uh, ya puedo estar tranquilo –respondió el chico–. Me sentía muy preocupado porque se ve que tu papá es muy estricto.

Ambos rieron con el comentario y se dirigieron a la mesa del jardín. La comida llegó y el Coronel les indicó que la llevaran hacia donde estaban los chicos. El militar aprovechó para fijarse por los ventanales del chalet y observó lo feliz que se veía su hija con ese muchacho. Tuvo pensamientos cruzados, por una parte pensó en Lisa adulta y la etapa en que ella tuviera que unir su vida con alguien más, sintiendo cómo su estómago se encogía y por otra parte, sabía que Lisa escogería a un buen hombre como compañero de vida y esperaba que ella fuera muy feliz en su etapa de pareja.

Los chicos terminaron sus alimentos, entre pláticas, conversaciones y jugueteos. Aún faltaba tiempo para que abrieran la feria, por lo que decidieron caminar en los hermosos senderos del centro vacacional.

–¡Me encanta caminar! –dijo Lisa– Y más si es en caminos tan hermosos como estos.

–A mí también me gusta caminar y más si es con una compañía tan especial como tú.

–¿Te parezco especial?

–Claro que sí. Eres la niña más bonita y más amable que he conocido. No eres como mis compañeras de la escuela, son muy molestas. No las tolero. –dijo Richard entre risas.

–Tú… también eres especial para mí. Nunca había platicado tanto con algún chico. Debe ser arte del destino que debíamos conocernos –respondió Lisa.

–¿Algo así como la leyenda del hilo rojo?

–¿Hilo rojo?

–Sí, esa leyenda que dice que las almas gemelas están unidas por un hilo rojo invisible. No importa el tiempo ni la distancia, el hilo rojo no se romperá y algún día se reunirán para estar juntas –dijo Richard–. No recuerdo exactamente las palabras.

–No te preocupes, entiendo la idea y… –ella hizo una pausa–. ¿Crees que tú y yo estemos unidos con un hilo rojo?

–¡Podría ser! –respondió el muchachito con entusiasmo– O pudiéramos hacer que un hilo rojo nos uniera.

–¿Y cómo?

–Mmm… no sé, algo se nos puede ocurrir.

–Bueno, pero sería forzar al destino –refutó Lisa.

–¿Y qué tal si sólo lo estamos ayudando? –cuestionó Richard con mucho ánimo.

–Creo que aún estamos muy jóvenes para entender la filosofía de la vida… –dijo Lisa entre risas–. Mejor… dime hacia dónde me llevas, porque este sendero no lo conozco.

–Es una pequeña sorpresa.

–¿Vas a perderme y llevarme fuera de la zona de recreación?

–Algo así… Ven –dijo Richard mientras tomaba de la mano a la chica y comenzaban a correr –¡Vaya! Tienes muy buena condición, corres en sincronía conmigo.

–¿Te olvidas que soy atleta?

–¡Claro que lo eres! Me gustaría verte hacer alguno de esos saltos increíbles que hacen las gimnastas que salen en las competencias de la televisión.

–Para eso necesito calentamiento, pero… creo que puedo hacer una excepción. Espero que correr sea ejercicio suficiente… ¡Mira! –dijo Lisa.

En eso, la muchachita se soltó de la mano del chico, corrió un poco para tomar impulso e hizo una serie acrobática terminando con un mortal hacia al frente. Richard se quedó anonadado.

–Wooooow! ¡Es espectacular! Nunca había visto algo igual. ¡Eres maravillosa, Elizabeth! –afirmó Richard con euforia.

–Muchas gracias –dijo Lisa, extendiendo su mano hacia Richard –. ¿Seguimos nuestro camino?

–¡Seguro! Ya casi llegamos –respondió Richard, tomando la delicada mano de Lisa.

Sin embargo, seguían alejándose de las instalaciones del campamento y parecía que continuarían caminando por más tiempo.

–Richard, dime… ¿A dónde vamos? Me estoy empezando a poner nerviosa.

–Espera un poco, Elizabeth. Confía en mí.

–Está bien… pero… ya estamos muy lejos.

–Tranquila, ven.

Llegaron hacia una cerca con alambrado eléctrico, que indicaba el fin del terreno del centro vacacional y había una pequeña puerta. Richard le advirtió a Elizabeth que evitara tocar el alambrado, porque podría sufrir una descarga de electricidad. Entonces, él sacó dos llaves. Con una de ellas abrió la puerta y la otra llave se la dio a Lisa.

–Elizabeth, quiero que conserves esta llave, es para ti. Vamos a salir por esta puerta y voy a mostrarte algo –dijo Richard, sin soltar de la mano a Lisa.

–¿Es la llave de tu corazón? –preguntó ella entre risas.

–Sí, de mi corazón y de mi hogar… Quiero que conozcas dónde vivo –respondió Richard.

El muchacho veía fijamente a Lisa. Los hermosos ojos azules emanaban una sinceridad y tenían un brillo especial, mismo que encontraba eco en el reflejo de los hermosos ojos verdes de la chica. Los muchachitos eran unos adolescentes que no sabían identificar precisamente lo que estaban sintiendo, si era un simple gusto, admiración, atracción o amor. Cierto era que disfrutaban de su compañía y Lisa se sentía muy halagada con el trato y las palabras que Richard le había dicho.

Atravesando la puerta, se vislumbraba una hermosa cabaña, como las del centro vacacional solo que de menor tamaño. También se veían unos establos y un cobertizo de dimensiones considerables. Unos prados verdes con algunos árboles esporádicos.

–¡Qué hermoso paisaje! La cabaña se ve muy acogedora. Gracias, Richard, por compartirme tu mundo.

–Gracias a ti, Elizabeth por venir a mi mundo. ¡Ven! Te voy a enseñar mi hogar.

Entraron a la cabaña. Richard llamó a su papá en repetidas ocasiones sin recibir respuesta alguna, por lo que procedió a enseñarle la sala de estar, la cocina, hasta la recámara de él, que estaba llena de avioncitos en miniatura.

–¡Tú recámara! No imaginaba cómo sería… –dijo Lisa.

–Es pequeña, pero me gusta. Ahora la tengo para mí solo –afirmó Richard.

–¿Por qué?

–Antes la compartía con mi hermano. Bueno, no es mi hermano de sangre pero crecimos juntos.

–¿Dónde está él ahora?

–Se fue al ejército. Mi papá no quería que él se fuera por las amenazas de disturbios pero ser militar es el sueño de mi hermano y más, si tiene que ver con los aviones. Pero la vida militar es muy dura y pueden morir de un momento a otro.

–Lo sé –dijo Lisa con tristeza.

–¿Lo sabes? ¿Cómo es que lo sabes? Si eres una chica.

–¿Qué quieres decir con que soy una chica?

–Sí, las niñas están más interesadas en seguir la vida de los artistas que de los militares.

«Oh, Richard… Si supieras que toda mi familia es militar» pensó Lisa para sus adentros.

–Por cierto, aprovechando que no está papá, te voy a enseñar su avión –mencionó Richard.

–¿Tiene un avión?

–Sí, está guardado en ese cobertizo enorme que ves ahí.

Los chicos fueron a ver el avión. Lisa reconoció el modelo del avión, pero no dijo nada, pues casi cometía la indiscreción de hablar de su linaje militar. Richard le explicó todo del avión, sus ojos brillaban conforme iba diciendo los detalles técnicos. Lisa lo escuchaba atentamente y no perdía detalle de sus gestos y lenguaje corporal, pues era un chico muy atractivo para ella.

–El terreno donde está el centro vacacional, era de mi familia. Al morir mis abuelitos, mi papá lo heredó. Al morir mamá, papá vendió el terreno para comprarse este aeroplano y de esa forma, canalizar su dolor por la pérdida de mi mamá. Fue un golpe muy fuerte para todos. Papá se volvió muy retraído. Después, mi hermano le dice que se iba a la milicia, fue otro duro golpe para nosotros.

–Entiendo. Tu papá debe sentirse afortunado de tener a un hijo como tú –afirmó Lisa.

Ese comentario causó que Richard se sonrojara. Quiso devolver el halago, refiriendo el mismo comentario hacia ella.

–Tu papá también, tiene a una buena hija… Además de bella e inteligente –afirmó Richard a quien nuevamente se le subieron los colores al rostro. –¡Ven! Quiero mostrarte el establo.

Así fueron al establo, Richard le enseñó los caballos a Elizabeth y ella le dijo que en su casa de campo, también tenía caballos.

–¡Elizabeth! Ya falta poco para que abran la feria, vamos a regresar. Tenemos el tiempo justo para llegar antes de que haya mucha gente y poder subirnos a todos los juegos.

–¡Vamos! Ya quiero estar ahí.

Lisa estaba muy emocionada porque era la primera vez que iría a una feria. Richard estaba muy contento porque era la primera vez que salía con una amiga por la que estaba sintiendo un afecto muy especial, a pesar de tener pocos días de conocerla. Llegaron a la feria cuando tenía pocos minutos de haber sido abierta. Richard le enseñó todos los juegos mecánicos y de destreza a Elizabeth para saber por cuál le gustaría empezar.

–Pues… ¡me gustaría el carrousel! ¡Nunca me he subido a uno! ¿Vamos? Aunque sea para niños pequeños. ¿Crees que nos dejen subir? –preguntó Lisa con el entusiasmo de una niñita.

–¡Claro! ¡Vamos!

Se subieron al carrousel, dieron dos vueltas. Lisa sonreía plenamente, se sentía muy feliz y más porque estaba disfrutando con Richard, con quien sentía una conexión muy particular.

«Se ve hermosa. Y lo mejor es que está feliz. ¡Me encantas, Elizabeth! Cómo quisiera que te quedaras aquí. ¡No debo pensar en cosas tristes!» decía Richard para sí, mientras observaba detenidamente a Elizabeth.

Después, fueron a la rueda de la fortuna. Richard pensó que la altura iba a espantar a Elizabeth pero por el contrario, ella disfrutó mucho quedarse detenidos en la cima en espera de que más gente abordara la rueda.

–Mira la vista, Richard, ¡es preciosa! Se ve el centro vacacional, la feria, los árboles y lo mejor, es que tú estás conmigo.

–Lo sé, yo soy la mejor parte del paisaje –dijo Richard entre risas.

–Claro, la mejor –replicó Lisa, sonrojándose un poco mientras trataba de mirar hacia otra parte.

Lentamente, Richard sujetó la mano de ella. Miles de descargas eléctricas recorrieron sus cuerpos. El contacto de sus manos, la cercanía de la piel de sus brazos hacía que todos sus sentidos se encendieran. Continuaron tomados de la mano hasta que el controlador del juego les avisó que ya era hora de bajarse de la rueda.

Así lo hicieron y se dirigieron a los juegos de destreza. Estuvieron intentando en algunos sin tener suerte. Hubo un juego de insertar 5 aros en unos conos, Richard quiso jugarlo y tuvo una puntería excelente, colocando los 5 aros.

–¡Vaya! ¡Qué buena puntería tienes, Richard! –dijo Lisa asombrada.

–¡Gracias! Vamos a escoger un premio. ¿Cuál te gusta?

–Pero si el premio es para ti.

–Sí, pero… a ver… –dijo Richard haciendo el ademán de que estaba pensando–. Quiero el osito de peluche, el que tiene el moño rojo –le dijo al asistente de los juegos.

Una vez que Richard obtuvo el osito, se lo obsequió a Lisa, quien se emocionó mucho con ese gesto, dándole un abrazo al chico, hecho que hasta a ella misma le sorprendió, sin embargo, fue agradable sentir el abrazo que Richard le dio en respuesta.

Había una música cadenciosa que le llamó la atención a Lisa.

–¿Qué es eso, Richard? –preguntó ella.

–Es un juego. Se llama limbo.

–¿Cómo se juega? ¿Para qué son esas barras?

–Se trata de que los participantes bailen y pasen debajo del nivel de la barra horizontal, sin toparla, sin caerse y tampoco tocar el piso –respondió Richard.

–¡Quiero jugarlo!

–¿De verdad?

–¡Sí! ¡Vamos!

Había algunos participantes, Lisa era la número 5. Cuando el juego comenzó, la barra horizontal estaba a una altura muy sencilla de atravesar. Pasó la primera ronda y disminuyeron la altura de la barra. Así fueron pasando varias rondas hasta quedar una muchachita y Lisa. La otra chica topó la barra al intentar pasar por debajo de ella y ahora era el turno de Lisa, quien haciendo uso de su control corporal, pasó por debajo de la barra sin mayor problema. Los asistentes le aplaudieron y ella buscaba a Richard, quien también estaba emocionado. El encargado del juego le dijo que podía escoger su premio.

–A ver… quiero el osito azul –dijo ella.

Una vez que recibió el osito, le dio un beso.

–Toma, Richard, es para ti. Así los dos tendremos un recuerdo de este día, que ha sido maravilloso.

–Elizabeth… yo… gracias. Ninguna chica me había regalado algo antes. ¡Muchas gracias! –contestó Rick con una sonrisa enorme y sincera.

–Gracias a ti, Richard, por todo.

–Pero falta algo…

–¿Algo? ¿Como qué?

–Algo exquisitamente delicioso… Que sé que te gusta… –dijo Richard haciendo un guiño.

–¡Tú! –contestó ella entre risas.

–¿Yo? ¿Soy exquisito y delicioso?

–¡Claro! Guapo, exquisito y delicioso –respondió Lisa.

–¡Hey! Ya te pareces a mis compañeras de la escuela, que a veces empiezan a molestarme.

–¿Ellas también te dicen que eres guapo y delicioso?

–No, nunca me han dicho eso.

–Entonces no soy como ellas. Pero tienes razón, a veces mi sentido del humor es muy…

–Sarcástico.

–Quería decir… exquisito

Ambos comenzaron a reír. Richard volvió a tomarla de la mano y la llevó hacia la zona de botanas.

–¡Aquí está lo exquisito, Elizabeth! –exclamó el chico.

–¡Un helado de vainilla!

–Exacto.

–¡Doble, por favor!

–Enseguida, bella princesa.

Richard le sonrió con esas palabras que hicieron que Lisa se sonrojara. Richard pidió el helado de vainilla pero el vendedor le dijo que solo quedaba un cono pues apenas habían ido por más.

–Puedo darles un helado doble. Lo puedes compartir con tu novia –sugirió el vendedor.

Lisa abrió sus ojos enormemente ante tal comentario y el rostro de Richard se puso de mil colores. Por inercia, contestó que sí, que quería ese cono doble de helado de vainilla.

–Disfruten su helado. Por cierto, hacen bonita pareja, chicos –dijo el vendedor.

–¡Gracias! –contestaron ambos.

Los dos chicos siguieron caminando, hasta que encontraron una banca donde pudieron sentarse, colocando a los ositos a un costado.

–¿Por qué no dijiste nada? –preguntó Lisa.

–¿De qué?

–Cuando dijo que soy tu novia.

–Porque… me agradó la idea –respondió Richard apenado.

–¿De ser novios?

–S… Sí… –contestó nervioso y miró hacia otro lado.

Lisa miraba fijamente a Richard. El chico le encantaba pero desafortunadamente en tres días ella debía regresar a Inglaterra. «Aunque… son tres largos y hermosos días… Me gustaría ser novia de Richard. ¿Qué se sentirá? ¿Será que se siente tan bien como dicen mis amigas del internado?» pensaba Lisa.

–A mí también… Me agrada la idea –respondió ella tímidamente.

–¿Es en serio? –cuestionó Richard con sorpresa.

–Sí…

–Entonces, antes de que el helado se derrita… ¿Quisieras… quisieras ser mi novia?

–Sí…

–¡¿Sí?!

–¡Sí!

–¿Solo sabes decir sí?

–¡Sí! –dijo Lisa entre risas.

Ambos se rieron abiertamente, parecía que fueron hechos el uno para el otro y que su sentido del humor se complementaba perfectamente.

–Entonces no te importará compartir el helado conmigo –dijo Richard.

–Bueno, nunca he compartido mi comida con alguien –respondió ella–. Es intercambio de bacterias.

–Y de virus, pero podemos hacer como si no existieran y comer el helado antes de que se derrita más de lo que está.

–¡De acuerdo!

Richard sostenía el helado por lo que acercó el cono hacia Lisa y ambos trataron de comerlo al mismo tiempo, hecho que provocó que sus narices tuvieran contacto, lo cual los sorprendió y se separaron en el acto, ruborizándose ambos.

Los ojos de los chicos brillaban en tonalidades amarillas debido al sol que empezaba a descender. La blanca piel de Lisa adquiría un color rojizo por los reflejos de algunos rayos del sol y los ojos de Richard parecían tener una flama superpuesta a su color azul cristalino. Se veían tan guapos, tan felices. Ellos apenas estaban descubriendo el gusto del uno por el otro, los sentimientos a flor de piel que se generaban con la cercanía de sus presencias, las descargas eléctricas que recorrían sus cuerpos y los impulsos por abrazarse y quizá, besarse… Con la inocencia del primer beso de amor para los dos.

En sincronía, se brindaron una de las más tiernas sonrisas. Richard aún sostenía el cono de helado. Lentamente y como movidos por una fuerza desconocida, los dos jóvenes quisieron acercarse a seguir probando el delicioso helado de vainilla que comenzaba a derretirse más y más mientras Richard evitaba ensuciarse su mano tratando de mover el cono, provocando que de repente, el contenido se cayera, los labios de Richard y Elizabeth quedaron sin interferencia alguna, quienes por inercia, cerraron sus ojos y continuaron acercándose hasta que sus labios se rozaron mínimamente.

Sentir la piel y el calor del uno en los labios del otro fue un momento mágico. Sus corazones sentían una felicidad extrema y su cuerpo era recorrido por impulsos que parecían miles de hormiguitas frías, yendo desde la cabeza hasta la punta de los pies. Ambos volvieron a abrir los ojos y sonrieron al mismo tiempo. Richard cerró el espacio entre ellos y acercaron sus rostros nuevamente para continuar con ese roce de labios y convertirlo en un hermoso y tierno beso de amor.

Richard sostuvo las manos de Elizabeth entre las suyas mientras acercó su rostro a ella al momento que la chica cerraba los ojos y se preparaba para recibir los labios de Richard, quien cerró toda distancia entre sus labios y volvieron a besarse, lentamente, como pidiéndose permiso y esperando la reacción del otro.

«Es mi primer beso. No sé cómo besarla.¿Lo estaré haciendo bien? Tus besos son tan ricos, es la mejor sensación que he tenido en toda mi vida. ¡Me encantas, Elizabeth!»pensaba Richard mientras que por la mente de Elizabeth, surgían las mismas dudas «Nunca he besado a alguien, ¿será que le gusten mis besos? Sus labios se sienten tan bien, quisiera continuar besándote por siempre. ¡Me gustas tanto, Richard!».

Los primeros besos fueron únicamente un tímido roce de labios. Ambos sonreían con sus ojos cerrados y podían sentir cómo sus labios formaban una curvatura de alegría que los tranquilizaba. Continuaron besándose con besos inocentes, suaves y pausados, sin abrir mucho los labios, dejándose llevar por las sensaciones que recorrían sus cuerpos y que nunca antes habían experimentado.

Richard acarició tiernamente el rostro de Lisa, como tratando de grabarse sus facciones. Ella le brindó una tierna sonrisa y fue su turno de acercarse a Richard para volverse a besar. Sus labios comenzaron a hacer los besos cada vez más y más intensos hasta el momento en que sus lenguas se encontraron, lo cual hizo que ambos se sobresaltaran al contacto, teniendo una sensación explosiva en sus estómagos. Su respiración comenzaba a entrecortarse y sonrieron apenados.

–¡Lo siento! –dijeron al unísono, con preocupación.

Richard trató de desviar la plática para que esos besos más profundos no arruinaran tan bellos momentos.

–Eres tan linda, Elizabeth...–dijo Richard–. Me alegra que estés conmigo.

–A mí también me alegra conocerte, Richard. Quisiera que este día no terminara jamás.

–Yo tampoco, bonita –contestó Richard mientras se acercaba a ella otra vez.

Volvieron a unir sus labios, con el candor adolescente de los primeros besos. Ya se habían adaptado a los besos que estaban prodigándose y la sensación de sentir los labios del otro los hacía revolucionarse. Siguieron besándose lenta y cadenciosamente hasta que sus bocas empezaron a reclamar un descanso. Cuando finalmente abrieron sus ojos, el sol y el cielo se confabularon para dar lugar a hermosos paisajes en tonalidades azules que brindaban un efecto de privacidad. La tenue luz del sol que empezaba a irse hacía juego con los ojos verdes de Lisa y la oscuridad azul que empezaba a nacer, hacía que los ojos de Richard tuvieran un color azul intenso.

Todo parecía perfecto hasta que Lisa reaccionó que tenía el tiempo justo para regresar con su padre, poco después de que empezara el anochecer. Sabía lo estricto que era él con respecto al tiempo, así que no quiso tentar al destino y con dolor en su corazón, le dijo a Richard que debían regresar. Él notó la tristeza de ella en sus ojos y trató de animarla.

–Está bien, Elizabeth –le dijo Richard sujetándola de la mano–. Nos podemos ver mañana y… aprovechar el día al máximo. Mañana no trabajo, podríamos pasar el día juntos, si tu papá te da permiso.

–Es que no me quiero separar de tí, Richard.

–Ni yo de ti, bonita…

–Pero tienes razón, nos podemos ver mañana –dijo Lisa, haciendo una pausa–. Entonces ya tenemos que regresar.

–Lo sé, es solo que… siento que ya te extraño.

–¡Yo también!

Volvieron a darse besos muy tiernos y después, tomados de la mano, caminaron de regreso al chalet donde ella se hospedaba, mientras que Richard sujetaba ambos osos de peluche.

Antes de entrar en el chalet, Lisa se había quedado unos momentos en la terraza. Cerró sus ojos al sentir el contacto del suave viento que acariciaba su cara, mismo que la hizo recordar la suavidad de los besos de Richard y los momentos vividos con él. Sentía que su mente la había abandonado y que su corazón se encontraba con ese chico de ojos azules. «Mañana te veré otra vez. Aún nos quedan tres largos días para disfrutar y después… Después no sé qué pasará pero no quiero pensar en eso ahora. Me has dicho que sea positiva y así será, alguna solución encontraremos, Richard» pensó ella con una sonrisa.

Finalmente, Lisa entró al chalet, encontró a su papá preparando la mesa para cenar. Lo notaba un poco serio pero pensó que era por los problemas que estaba habiendo en su trabajo y no le dio mayor importancia. Ella siguió soñando en su mundo de fantasías con su ahora príncipe azul, de ojos azules.

–Ya vine, papá –dijo Lisa.

–Sí, hija –respondió él–. La cena estará lista en unos minutos, está en el horno.

–¿Cómo? ¿Cocinaste? –preguntó ella sorprendida.

–Bueno, no es así como cocinar, sino que hice los paninis que tanto le gustaban a tu madre. Tiene mucho que no los comemos.

–Sí, papá. Seguramente estarán deliciosos –afirmó la muchachita.

–Veo que te fue muy bien en la feria. Hasta regresaste con un premio.

–¡Sí, papá! Fue increíble. Richard ganó un premio para mí y yo uno para él –respondió Lisa con entusiasmo.

El coronel pudo notar el brillo en los ojos de su hija cuando mencionó al chico. Se sentía emocionado por ella pues hacía mucho tiempo que no la veía tan feliz, pero a su vez, se sentía inquieto por una noticia que debía darle. «Esperaré después de cenar, no quiero arruinar este momento ni la felicidad que irradia mi hija» pensó.

Así, cenaron tranquilamente. La plática estuvo muy amena pues Lisa le contó a su papá todo lo que había hecho con Richard, a excepción de los besos. Esa parte la había guardado para ella y para Richard, pues era algo único entre los dos.

–Qué bueno que te divertiste, mi niña–dijo el coronel.

–Divertirme es poco, papá –respondió ella–. También quiero pedirte permiso para mañana. Es el día libre de Richard y queremos salir a recorrer los senderos del área. ¿Puedo?

–Hija… de eso quiero hablarte –mencionó el con seriedad.

Lisa pudo notar cómo su padre se tensaba y regresaban sus gestos sobrios. El padre cariñoso se había ido para dar lugar al militar. Sabía que algo pasaba, pero no se imaginaba qué podría ser.

–¿Pasa algo, padre?

–Sí, Lisa… –dijo él– Regresamos mañana temprano a Inglaterra.

Al escuchar esa noticia sintió un helado frío recorrerla desde la cabeza hasta los pies. No lo podía creer, estaba atónita y no sabía qué hacer.

–¿Por qué? ¡Aún nos quedan 3 días de vacaciones! –gritó ella.

–Tranquilízate, hija. La situación mundial está muy crítica y va a haber una junta extraordinaria pasado mañana. Solo tenemos mañana para viajar y que yo esté en posibilidad de asistir a la reunión.

–¡No, papá! ¡No me puedes hacer esto! ¡No! –dijo Lisa angustiada.

–Lo siento…

–Déjame aquí, yo me regreso en tres días o envía a alguien por mí…

–Sabes que eso no es posible. ¡Cómo puedo dejarte sola, si eres lo que más amo!

–¡Cómo puedes cambiarme por un trabajo si soy lo que más amas!

–Entiéndeme, hija, por favor… –habló el coronel con serenidad.

–No lo entiendo, papá. Cuando por fin me siento completamente feliz, ¡siempre hay algo que lo arruina todo!

Lisa se levantó intempestivamente de su asiento y subió a su recámara a llorar.

«¡Richard! ¡Ya no voy a verte! ¡No es justo! ¡No es posible!» lloraba ella, abrazando la almohada, cuando sintió que algo en la bolsa de su pantalón la molestaba.

–¡La llave! –dijo en voz alta.

Súbitamente se levantó de la cama, se lavó la cara, los dientes y se arregló un poco. Bajó corriendo las escaleras y se encontró a su papá.

–¡Voy a buscarlo! ¡Voy a despedirme de él! Al menos, eso déjame hacer. –dijo ella con lágrimas recorriendo su rostro.

–Pero Lisa, ya es noche. No es hora para que andes fuera –respondió el coronel con serenidad

–¡Con o sin tu permiso, iré a despedirme!

–Está bien. Solo dime a dónde vas.

–A su casa, vive al final del sendero pequeño paralelo al sendero principal, pasando la barda que divide el centro vacacional.

–Ve, Lisa, tienes 40 minutos para regresar, si no, iré a buscarte.

Lisa salió corriendo de su casa, tenía que aprovechar el tiempo que le dio su papá. Tenía que ver a Richard, su Richard, el chico que habitaba en su corazón. Tenía que volver a besarlo, sentir su calor, sus manos, volver a ver sus hermosos ojos azules, aunque fuera por unos minutos. Su corazón estaba destrozado pero pensaba que ese pequeño viaje había valido la pena, pues había conocido el amor en un chico extraordinario.

Corrió tan fuerte como pudo hasta llegar a la barda que indicaba el final del camino. Abrió la puerta con la llave que le regaló Richard y fue corriendo hacia la cabaña. Tocó la puerta y gritó el nombre del chico.

–¡Richard! ¡Richard! –dijo ella con todas su fuerzas.

La puerta se abrió, unos grandes ojos azules la recibieron, pero no era Richard, sino su padre.

–¿Diga? –dijo una voz madura.

–Yo… busco a Richard –respondió Lisa.

–Tú debes ser su amiga Elizabeth, ¿verdad? Richard no deja de hablar de tí. En verdad eres tan hermosa como él te ha descrito.

Ese comentario hizo que Lisa se sonrojara y no sabía qué decir.

–Hija, Richard salió, no me avisó cuánto tardaría, pero debe ser algo importante, ni siquiera quiso cenar.

–¡Oh! Ya veo –dijo ella mientras sus ojos se llenaban de lágrimas–. Entonces ya no podré verlo.

–¿Por qué no? Él me dijo que mañana iban a salir –contestó él.

–Es que me voy mañana. Mi papá tiene que regresar a trabajar urgentemente y regreso a casa mañana muy temprano, no sé la hora.

–Ya veo…

–¿Le puede decir a Richard, por favor?

–Sí, hija, yo le digo. Espero que puedan verse antes de tu partida. Es una bonita amistad la que han creado.

–Gracias… –respondió ella–. También… ¿podría darle esto? Es una dirección de apartado postal donde Richard me puede escribir.

–Así lo haré. Te lo aseguro.

–Bueno, tengo que regresar, antes de que anochezca más.

–Sí, ¿quieres que te encamine a tu regreso?

–No, señor, gracias. Es un gusto haberlo conocido.

–El gusto es mío, jovencita. Cuídate mucho.

Se despidieron de mano y Lisa comenzó a correr y conforme aceleraba su paso, liberaba la tristeza mediante sus lágrimas que se esparcían en el aire. Ella se fue hacia el sendero principal para regresar al chalet mientras que en el mismo instante, el destino le hacía una jugada pues Richard corría por el sendero paralelo al principal. Ella llegó al chalet hecha un mar de lágrimas, estaba inconsolable porque al parecer, ese día en la feria sería la última vez en que vería a Richard, ya que al siguiente día, ella se iría muy temprano.

***FIN DEL FLASHBACK***

Lisa tenía la mirada perdida hacia la nada, con su cabeza hacia abajo, mientras le contaba su historia a Rick. Continuó con la última parte de su relato, pues estaba muy concentrada en ello, sin siquiera mirar al piloto. Era algo que ella tenía guardado por años y que a nadie más le había contado, así que estaba hablando en automático.

–Al día siguiente, Richard llegó justo unos momentos antes de que nos fuéramos y mi papá nos dio unos minutos a solas para que nos despidiéramos. Yo me sentía devastada pues esa sería la última vez que lo vería. Nos abrazamos con mucho cariño y nos besamos con la esperanza de volvernos a ver, pero no sabíamos que esos serían nuestros últimos besos –comentó ella.

Lisa hizo una pausa, una lágrima escurría por su mejilla. Rick solo la observaba. Si tan solo Lisa hubiera volteado a verlo, se hubiera dado cuenta que Rick también tenía sus ojos húmedos y la veía con admiración.

–Antes de despedirnos, Richard me entregó una pulsera, que en parte fue hecha por él mismo. Tenía un corazón de cuarzo rosa sostenido por un marco de oro y un lazo rojo que él mismo tejió. Me dijo que el cuarzo rosa había pertenecido a su madre y que el lazo rojo simbolizaba el enlace de nuestros destinos, por lo cual, en algún momento de nuestras vidas nos volveríamos a ver –seguía contando ella con melancolía–. También me dijo que había juntado sus ahorros para mandar a hacer el marco que sostendría al corazón y que había querido que llevara una cadena de oro pero el joyero ya no tuvo tiempo de hacer su trabajo artesanal para tener la cadena lista ya que yo me iba al otro día, por eso le tejió el lazo rojo –relató ella entre sollozos –. Nos dimos un último beso y antes de despedirnos. Y para que él me recordara, yo le di…

Lisa ya no pudo continuar porque en ese momento fue interrumpida por Rick.

–Le diste un anillo de oro blanco con una esmeralda rodeada de zirconias… –dijo con su voz a punto de quebrarse–. También le dijiste que no volverías a usar un anillo hasta que estuvieras comprometida con alguien y que esperabas que fuera con él –añadió él con nostalgia–.

Al escuchar esto, Lisa levantó su cabeza y abrió sus ojos sorprendida. Estaba atónita ante tal comentario y no podía creer que Rick estuviera repitiendo las palabras que ella dijo años atrás.

Lisa volteó a ver al piloto. El rostro de ella reflejaba la sorpresa que sentía. Al ver a Rick, se encontró con el rostro del atractivo chico sonriéndole tiernamente y con sus hermosos ojos azules llenos de lágrimas, mismas que estaban a punto de ser derramadas. Ella abrió sus ojos a más no poder, las palabras no salían de su garganta mientras que Rick continuaba viéndola con tanto cariño y fue él quien rompió el silencio…

–¡Elizabeth! Soy yo… –dijo Rick en tanto sus ojos liberaban esas lágrimas guardadas por tanto tiempo.

–¡¿Richard?! –respondió Lisa con sentimiento mientras gruesas lágrimas salían de sus bellos ojos verdes.

Continuará…

Notas de autor:

¡Hola a los lectores! Comparto el siguiente capítulo de esta tierna historia AU, justo en el mes del amor y la amistad, que se celebra en varios países. La pareja favorita de muchos, Rick y Lisa, siendo adolescentes y descubriendo las primeras muestras de amor, con su típico humor agudo y retador, para dar lugar a la pareja adulta que por fin, logró reconocerse.

Gracias por los comentarios que me han enviado. Me agrada leer sus puntos de vista. Asimismo, gracias por adelantado por los reviews que están por venir.

¡Saludos!