CAPÍTULO 4
—No recordaba que Swan estuviese tan lejos. —Habló Jacob divisando desde la distancia la muralla que rodeaba las tierras vecinas.
—Tampoco es que hayamos galopado demasiado deprisa. No tengo ningún apuro por llegar. —Continuó Edward.
Aunque bien es cierto que la distancia que separaba ambos clanes podía recorrerse en medio día a caballo, en ningún momento Edward demostró interés en aumentar la velocidad de su avance para acortar el tiempo de trayecto
Viajaba acompañado por Jacob y sus otros dos hombres de confianza: Jasper Hale y Mike Newton. Su padre había preferido no acompañarlo para evitar aumentar la tensión del encuentro con Charles y su hermano James permanecía al norte, no llegaría hasta dentro de unas semanas por lo que ambos se perderían el enlace.
—Creo que Swan no nos recibirá muy emocionado, y menos al no cumplir sus órdenes. Dijo que te esperaba una semana antes del enlace y apenas faltan dos días para la boda.
—Swan no es nadie para darme órdenes, y creo que para lo que tenemos que hacer allí llegaremos con tiempo suficiente.
—¿No sientes interés por conocer a la muchacha? —Preguntó Jasper.
Tanto Hale como Newton habían luchado mano a mano con Edward, por lo que más que compañeros de batallas les consideraba amigos y hermanos, aunque no compartiesen la misma sangre.
—Dicen que es hermosa... —Señaló Newton.
—La gente suele exagerar en cuanto a la belleza. Seguramente será una escocesa más. —Respondió Edward.
No iba a reconocerlo, pero involuntariamente se había imaginado en estos días como sería Isabella. En su mente intentaba dibujarla como una muchacha normal, aunque en ningún momento consiguió vislumbrar una imagen nítida de ella.
—Una escocesa que pasará a compartir tu lecho. —Dijo Jasper.
—Al igual que muchas otras. —Fanfarroneó Edward haciendo reír a sus hombres.
—Por cierto, ¿Cómo se ha tomado Tanya la noticia de tu boda? —Quiso saber Jacob.
—Sorprendida, como todos los demás.
Sus encuentros con Tanya eran meramente carnales. Sabía que la muchacha se daba cierta importancia por ocupar la cama del futuro laird, pero él jamás había entrado en esos asuntos. Nunca le prometió nada, pues ambos sabían los términos de su relación. Ella calentaba su cama y a cambio él le daba ciertos privilegios.
Su último encuentro con Tanya había tenido lugar dos noches atrás. Tras retozar con ella y saciar su sed de sexo, se disponía a marcharse cuando ella le detuvo.
—¿Es verdad que os casáis? Todo el mundo habla sobre ello, pero no me habéis mencionado ni una sola palabra.
—No tengo que darte explicaciones.
—Lo sé. —Respondió algo molesta— Pero me gustaría saber si es cierto o no.
—Es verdad. Partiré en dos días y cuando vuelva lo haré como un hombre casado.
—¿Con la hija de Swan?
—La misma, muy a mi pesar. —Refunfuñó atando los cordones de sus pantalones.
—Dicen que es por orden del rey, pero...
—Pero no hay nada más que hablar. —Sentenció terminando de vestirse—. No le agradaba saber que era la comidilla de todo el clan. Todos sabían que estaba siendo sometido a una decisión contraria a su voluntad y eso, en cierto modo reflejaba cierta debilidad.
—¿Y yo? ¿En qué lugar me deja eso a mí? Vuestro matrimonio significará que dejaremos de vernos.
—Mantendrás tu lugar en mi cama, no habrá cambios en ese aspecto. Puedes estar tranquila —Reconoció de espaldas a ellas sin ver el gesto de alivio que se dibujó en el rostro de Tanya. El pensar que podía dejar de compartir la cama con el hijo del laird y acabar con sus comodidades le había quitado el sueño desde que se enteró de la noticia del enlace.
Edward se marchó de los aposentos de Tanya dejando una pequeña bolsa con monedas sobre la mesa que había al lado de la puerta. Debido a la relación que mantenían, Tanya Delani no ocupaba una habitación como el resto del servicio. Su estancia era algo más grande y con algunas cuantas comodidades más como bañera, espejo y algunos objetos de lujo como jabón artesanal y agua de rosas. No solo en deferencia al servicio que le prestaba, si no también para su propia comodidad. No iba a yacer con ella en un estrecho camastro de paja.
—Te buscaré cuando regrese. —Se despidió cerrando la puerta. Lo haría, no pensaba renunciar a esos placeres.
El relincho de su caballo y la voz de Jacob le devolvieron a la realidad.
—Pues creo que no le hará mucha gracia la llegada de tu esposa. Ella ya se veía como señora de Cullen
—Tanya sabe muy bien cuál es su posición, se lo he dejado muy claro. Eso no cambiará ni ahora ni nunca.
—Estamos llegando. —Habló Newton— Y parece que saben quiénes somos. De seguro tienen vigías en el bosque —Continuó al observar cómo las verjas de hierro se abrían a su paso.
Los cuatro hombres cruzaron el arco entrando en el lugar que siempre habían considerado terreno prohibido.
En cuanto entraron en la fortaleza un nauseabundo olor les impactó de lleno.
—¡Oh, diablos! ¿Qué es eso? —Se quejó Newton.
—¿A qué huele? —Se unió Jasper.
—¿Eso es mierda? —Exclamó Jacob señalando la zona desde donde provenía el olor.
Edward observó la sonrisa que se dibujaba en la cara de los dos hombres que pala en mano, amontonaban estiércol cerca de la entrada.
—Creo que estos son los honores a los que Swan se refería para darnos la bienvenida. —Habló Jacob recordando las palabras del laird en el castillo de Aro
—Disculpe el hedor, —Habló uno de los hombres—, Pero necesitamos abono para las tierras y como su llegada se retrasaba…, decidimos hacerlo aquí, antes que apestar a todo el mundo.
—No os preocupéis por nosotros, buen hombre. —Respondió irónicamente a sabiendas de que aquello estaba hecho con toda la intención—. Los Cullen no nos achantamos ante nada ni nadie, pero no estaría demás aconsejar a vuestro señor que buscase otro lugar. No todas las visitas son planeadas y estoy seguro de que al rey Aro no le agradaría tal recibimiento en caso de que viniese hasta aquí.
La sonrisa se borró de golpe en la cara de ambos hombres que tragaron saliva dificultosamente. La incomodidad hizo sonreír a Edward y sus hombres que se dirigieron hasta llegar a los escalones que daban entrada al castillo.
Durante el breve trayecto observaron como las gentes de allí murmuraban a su paso y les dedicaban miradas recelosas.
Swan y su hijo les esperaba en la puerta, señal de que el vigía les había alertado de su llegada.
Ambos hombres mantenían un aspecto serio y rígido. Incluso podría decir que Swan parecía malhumorado.
Estaba claro que su presencia no era grata para ninguno de los habitantes, pues normalmente solían acercarse a los recién llegados para ofrecerles viandas y regalos, sin embargo, ellos lo único que habían obtenido era silencio y recelo.
—¡Bienvenidos a Swan, caballeros! Aunque ya creíamos que no vendrían. Acordamos encontrarnos una semana antes de la unión y apenas faltan dos días. Está claro que no sois un hombre de palabra. —Reprochó el laird.
—Jamás os di mi palabra, por tanto, no podéis dudar de ella. Yo no acepté vuestra propuesta, vos disteis por hecho que sería así. Llego con tiempo suficiente para conocer a mi futura esposa antes del enlace. No me gusta pasar mucho tiempo donde no soy bien recibido y por lo que he visto y he olido aquí no lo somos.
—Tomad eso con sentido del humor. Ha sido una broma sin mala intención. Estoy seguro que vos habríais hecho algo parecido.
Edward no respondió pues sabía que Swan llevaba razón. Él también le hubiese preparado alguna jugarreta.
—¿Vuestro padre no os acompaña? —Quiso saber Swan al no ver allí a Carlisle.
—He preferido ahorrarle el mal trago. ¿Podemos dejar a nuestros caballos y asearnos o vais a alojarnos junto a los animales en los establos?
—No someteré a los animales a soportar vuestra presencia. ¡Billy!, Encárgate de los caballos, —Ordenó Swan a su hombre de confianza que apareció en ese instante junto a ellos—. Acompañadme dentro y podréis tomar algo de agua y vino antes de mostraros vuestros aposentos.
Swan y su hijo emprendieron el camino hacia el salón seguido por Edward y sus hombres. Una vez dentro, aparecieron un par de muchachas con varias jarras de agua, vino y algunos aperitivos.
—Como veis, no soy tan vil ni desconsiderado. Espero que aceptéis mi hospitalidad. Os prometo que podéis comer tranquilo, no están envenenados. —Swan sonrió al tiempo que tomaba un poco de pan y queso y se lo llevaba a la boca para corroborar sus palabras.
—Gracias, al menos no nos matareis de hambre.
—Entiendo que el camino hasta aquí ha debido de ser duro, por eso se os acompañará a vuestras estancias para que descanséis y os refresquéis. Esta noche habrá una cena donde podréis conocer a mi hija y después me gustaría mantener una conversación con vos. ¿Estáis de acuerdo?
—Por supuesto.
—Si habéis terminado yo mismo os acompañaré hasta vuestros aposentos. ¡Seguidme! —Indicó Emmet abandonando el salón.
Edward caminaba a su lado seguido de Jacob, Jasper y Mike.
—Espero que en estos días podamos firmar la paz. Mi hermana es muy importante para nosotros y la más perjudicada con este asunto.
—No lo dudo, pero para mí tampoco es un plato de gusto.
—Pensad una cosa; vos estaréis aquí dos días, después volveréis a vuestro hogar. Mi hermana dejará a su familia, su casa y sus gentes. Irá a vivir con vos que no os conoce de nada. —Prosiguió Emmet— Sois hombre, sabéis como de diferentes son las cosas entre nosotros. Vos seguiréis con vuestra vida mientras que ella permanecerá presa en aquellas paredes.
—¡Cullen no es ninguna prisión, os lo aseguro! Vuestra hermana no pasará calamidades. No estará en una celda con grilletes y a base de pan y agua.
—Eso espero, —Respondió sabiendo que la última parte de su afirmación era broma— Porque si no yo mismo os haré pagar por ello. Vuestros aposentos están en el ala izquierda. Podéis elegir vuestra propia habitación, la cena...
Las palabras de Emmet quedaron a calladas en su boca en cuanto escucharon los gritos. Los cinco hombres parados a un lado de las escaleras se voltearon para ver que ocurría.
De repente un niño de pelo negro apareció corriendo como un borrón sosteniendo algo en las manos, riendo a carcajadas y gritando
—¡No me atraparás! ¡Son míos! —Gritaba entre risa y risa el pequeño Charlie.
—¡Charlie! ¡Devuélveme mis zapatos...! —Vociferaba detrás de él Isabella.
El pequeño granuja de su sobrino le había robado los zapatos y ella, no se lo pensó dos veces en salir corriendo detrás de él.
Descalza, con el lazo del vestido sin atar a su espalda y cabello a medio peinar, haciendo que su melena tuviese un aspecto desordenado y alborotado, no contó con el pequeño grupo de espectadores que iba a tener.
Intentó avanzar más rápido para intentar alcanzar al niño, pero al doblar la esquina y enfilar el pasillo que daba al ala izquierda de la sala, pisó la falda de su vestido cayendo de bruces contra el suelo.
—¡Auch! —Se quejó al sentir como su frente golpeaba contra el suelo.
Tanto Emmet como Edward y sus hombres no pudieron evitar mostrar una expresión de dolor al ver la caída. Si a ellos les había dolido verlo no se querían imaginar el dolor que tenía que haber sentido ella.
—¡Bella! —Gritó Emmet al ver a su hermana en el suelo— ¡Charlie, ven aquí!
Emmet intentó ayudar a su hermana, pero su hijo estaba parado y asustado frente a él por lo que le cogió en brazos antes de ir en su ayuda. El pequeño se revolvía dificultándole la tarea por lo que al final fue Edward quien la ayudó a incorporarse tomándola de los brazos.
—¿Os encontráis bien? —Preguntó al ver cómo ella elevaba el rostro mientras se incorporaba.
Aún con las manos tomadas, sintió como el tiempo se paraba en cuanto sus ojos hicieron contacto con los de ella. Su corazón empezó a galopar ferozmente y su alma quedó atrapada por esos dos ojos color chocolate que le miraban confundidos. Nunca se había sentido así, no sabía que le estaba ocurriendo.
Ni siquiera había prestado atención al nombre que había gritado Emmet. Esos ojos marrones, le miraban con una mezcla de confusión e intriga. Temor y vergüenza... Incluso un atisbo de sorpresa. La calidez de esa mirada era algo que le estaba perturbado de un modo totalmente desconocido.
El temblor y la frialdad de los dedos de ella, apresados por sus manos aún, tras levantarla del suelo, le hicieron querer apretarlo más, aferrrarlos para evitar que rompiese el contacto.
De pronto, algo encajó en su interior... El nombre que había gritado Cullen era Bella, Isabella... Su futura esposa, su regalo y su condena... El tesoro de Swan había hecho acto de presencia.
Pero no podía ser, un Swan jamás podría despertar en él un sentimiento agradable, si ko todo lo contrario. ¿Estaría siendo preso de alguna brujería? ¿Podría esa muchacha estar hechizándolo con su mirada? Esa era la única explicación, no podía ser de otra manera.
Jamás pensó que Isabella Swan pudiese causar tal impacto en él, pero lo que desconocía es que la jovencita que lo miraba fijamente se encontraba en el mismo estado que él. Sus ojos esmeraldas la habían atrapado desde el instante en el que los orbes de ambos contactaron.
Fundiendo la calidez y el hielo que les separaban, inundando sus cuerpos con sensaciones nunca vividas por ninguno de los dos, enredando sus espíritus, encrucijando sus almas...
Un instante fugaz que iba a cambiar sus vidas para siempre...
¡Hola a todos! ¿Qué tal? ¡Por fin se han encontrado!
Parece que el regalo de bienvenida ha sido un poco…oloroso y que el futuro matrimonio se ha conocido de una manera un poco accidentada. ¿Cómo creéis que reaccionará Edward al enterarse de la identidad de la muchacha?
Muchas gracias a todos por los favs, follows y reviews. Espero ansiosa vuestros comentarios y teorías.
Nos leemos los martes en Facebook en el grupo de Elite Fanfiction y el viernes en un nuevo capítulo.
Saludos.
