CAPÍTULO 7
Al principio su plan le pareció una buena idea, pero estaba claro que no había sido así. Ese era el problema de precipitarse, que no había sopesado los posibles inconvenientes.
Cuando su padre, acompañado por su hermano y Cullen junto a sus hombres abandonaron el salón, lo vio claro. No podía casarse con ese hombre.
Lamentablemente no podía poner a su padre en la tesitura de contrariar al rey, pero si ella huía... Nadie podría culpar a su progenitor de su poca cabeza.
Extrañaría a su familia, sobre todo a sus sobrinos, pero podría permanecer un tiempo alejada y después, cuando las aguas se calmasen, volvería a su hogar. Mientras tanto se escondería, podría incluso buscar refugio con alguno de los primos de su madre que vivían al norte. Tenía joyas y algún dinero ahorrado, eso le ayudaría durante un tiempo.
Lo que no contaba era con la terquedad de su yegua Volterra. El animal había sido un regalo de su padre por su decimoquinto cumpleaños. Ella adoraba a la yegua y el animal a ella, pero al parecer, amaba más su hogar pues no quería abandonar los establos.
Ese pequeño inconveniente era el responsable de la situación en la que se encontraba ahora; Descubierta en los establos por el odioso de su prometido.
Edward Cullen la agarraba por su brazo derecho mirándola con una ceja enarcada esperando una respuesta a su pregunta. Pregunta, que ella no había escuchado, pues la sorpresa de su descubrimiento la sobresaltó demasiado.
—¿Y bien? ¿A dónde pensáis ir?
—Yo... No tengo por qué daros explicaciones. ¡Soltadme! —Exigió forcejeando.
—Está bien, entonces iremos a vuestro padre. Seguro que a él le interesará mucho saber dónde pensaba ir su hija a estas alturas de la noche.
—¡No! Yo solo... Solo... Iba a dar un paseo. No podía dormir y cabalgar me relaja.
—Ya…. —Respondió Edward sin creer ni una sola palabra. En ese mismo instante miró por encima de ella y observó el pequeño bulto que descansaba a lomos del animal—. Y por lo que veo, necesitabais algunas cosas para ese paseo ¿No es así?
Edward soltó su agarre y la rodeo hasta llegar al caballo. Cogió el saco y empezó a buscar en su interior.
—¡No tenéis derecho a.…!
—¡Vaya, vaya! Dos vestidos de lana, otro par de zapatos... Un saco de monedas… ¿De verdad os pensáis que soy estúpido? ¡¿Qué significa esto?!
—¡No os debo ninguna explicación!
—¡Estabais intentando huir! ¡Escapabais a vuestro compromiso!
—¡No es de vuestra incumbencia! —Gritó apretando los puños furiosa a ambos lados de su cuerpo.
—¡Sí lo es! ¡Resulta que soy vuestro prometido para mi desgracia y la vuestra! ¿Cómo creéis que nos afectaría a ambos vuestra huida? ¿Queréis que Aro nos mate a todos? ¿Qué nos acuse de traidores?
—¡Nadie iba a resultar implicado! ¡Era una decisión mía!
—¡Una decisión de la cual no habéis medido las consecuencias, niña! —Bramó lanzando el pequeño hatillo de ropa al suelo.
—¡No soy una niña!
—¡Pues dejad de comportaros como una! —Gritó llevándose las manos a la cara en señal de frustración.
—¡No me gritéis!
Edward resopló intentando calmar sus nervios.
—¿De verdad pensabais marcharos sola en mitad de la noche? ¿Sabéis lo peligros que oculta el bosque? ¿Sois consciente de lo que le puede pasar a una mujer que viaja sola? —Preguntó intentando hacer que tomase conciencia de su imprudencia.
—Sabría arreglármelas... —Respondió no muy segura de sí misma.
—¿De verdad? ¿Y qué haríais si os encontraseis con unos desertores? ¿O con algún comerciante sin escrúpulos? ¿Sabéis lo que os pasaría? Yo os lo diré. —Continuó al ver que ella iba a responderle— Os robarían todo lo que llevarais encima para después violaros y mataros.
—¡Callad, por favor! —Pidió intentando desechar esas imágenes de su cabeza.
—¿Os asusto? ¿Os dan miedo mis palabras? ¡Pues imaginad si os hubieseis encontrado en esa situación!
—Yo…— Sollozó— Solo quería...
—¿Huir? ¿Escapar?
—No quiero desposarme con vos. —Confesó desolada.
—Ni yo con vos, pero no hay otra opción. —Respondió con una serena calma sujetándola por los hombros y mirándola fijamente— La decisión ha sido tomada por otros y hay que aceptarla, aunque no sea de nuestro agrado. Dejad de comportaros como una niña y actuad como una mujer.
—¡Os he dicho que no soy una niña! ¡Dejadme en paz! —Se revolvió deshaciéndose de su agarre— ¡No quiero veros! ¡Marchaos!
—¡No!, No hasta que me aseguréis que se os ha quitado de la cabeza esa loca idea. No pienso pagar las consecuencias de vuestra imprudencia.
—No huiré, pero quiero estar sola.
—Lo estaréis, pero en vuestros aposentos.
—Iré cuando lo considere oportuno. —Replicó resistiéndose a obedecerle. No iba a marcharse, sus palabras le habían hecho reflexionar, pero no quería volver a su dormitorio, no por el momento.
—Iréis ahora. —Ordenó.
—¡No!
La réplica de Isabella quedó atorada en su garganta ante la acción de Edward que, en un movimiento sorpresivo, la cogió de la cintura y se la echó sobre su hombro sosteniendo la bajo las piernas. Intentando refrenar las ganas de darle un guantazo en el trasero que se alzaba tentador al lado de su cara. Eso es lo que merecía, un par de tortazos en sus posaderas como si de una niña pequeña se tratase.
—¿Qué hacéis? ¡Bajadme!
—¡Me he cansado de vuestras pataletas! ¡Yo mismo os llevaré hasta vuestros aposentos!¡ Y más vale que dejéis de gritar, no creo que os guste que vuestro padre os vea en esta situación!
—¡Si mi padre nos encuentra así, él mismo os matará con sus propias manos! —Refunfuñó pataleando.
—Yo creo que me agradecerá el haber evitado que su hija cometa una locura.
—¡Maldito seáis! ¡Bajadme!
Edward ignoró los quejidos de Isabella y continuó su avance por el castillo. Si ellos estaban alojados en el ala izquierda, debía suponer que su habitación estaría en el ala derecha.
—¿Cuál es la vuestra? —Susurró cuando estuvo delante de las puertas.
—Averiguadlo vos —Respondió enfadada.
—¿De verdad queréis que vaya puerta por puerta? Está bien, me gustará ver la cara de vuestro padre y vuestro hermano al vernos. Pero sobre todo disfrutaré escuchando vuestra explicación.
—¡Es la del fondo! —Confesó rendida
Edward se dirigió hacia donde ella señaló y abrió la puerta. Cuando entraron, el ruido del cristal rompiéndose les alertó.
Jane, la joven que se encargaba de ayudar a Isabella jadeó sorprendida ante la imagen que tenía en frente, dejando caer la jofaina que tenía entre las manos.
—¡Lady Isabella! ¿Os encontráis bien?
Edward respondió por ella al tiempo que la dejaba en el suelo.
—Vuestra señora se encuentra perfectamente. —Habló depositándola en el suelo de una manera poco delicada— Aseguraos de que pasa la noche en su cama.
—¡Os odio! —Replicó dirigiéndole una mirada llena de odio.
—Buenas noches, milady. Descansad. Espero veros mañana, porque si no yo mismo iré en vuestra búsqueda.
—¡Fuera! —Gritó Isabella viendo como Edward de marchaba de allí. Ese hombre iba a volverla loca.
ὠὠὠ
El día amaneció extrañamente soleado, perfecto para ir a visitar las tierras que Swan les devolvió la noche anterior.
Charlie, junto a Emmet y Billy acompañaron a Cullen y sus hombres.
Edward había visto a Isabella esa misma mañana, pero ella sólo le dedicó un escueto y educado saludo de buenos días acompañado de una mirada cargada de odio. Al parecer, Swan había querido que su hija les acompañase, pero el castillo era un caos con todos los preparativos del enlace.
Isabella y su cuñada tenían que ultimar todos los detalles concernientes a la boda, la llegada del rey Aro y empaquetar las pertenecías que su futura esposa llevaría con ella.
Edward no pudo evitar sentirse feliz al observar los terrenos que pertenecían a su familia. Pero la felicidad que brotaba en él no era solo por recuperar ese pedazo de tierra, si esa noticia le alegraba era porque sabía que en cuanto le comunicase la noticia a su padre le otorgaría algo de paz. Carlisle Cullen llevaba años atormentándose por esa cuenta pendiente y desde ese instante quedaba saldada.
Su futura esposa no compartía su estado de ánimo. Isabella se mostraba alicaída mientras que empacaba sus cosas.
Era el último día en su casa, su último día como soltera. Mañana a esas horas sería una mujer casada.
La noche anterior apenas había podido dormir dándole vueltas a su encuentro con Edward Cullen. Ese hombre tenía algo que la confundía. Como podía odiarlo y al mismo tiempo tener la necesidad de verle.
Rosalie entró en su habitación y pidió a las criadas que les estaban ayudando que se marchasen para que las dejasen a solas.
—¿Estás bien?
—No, no quiero marcharme.
—Sabes que no hay vuelta atrás, Bella. Debes aceptar que esa será tu nueva vida. Cuanto antes lo hagas más fácil será todo. A partir de ahora toda tu vida estará ligada a la de Edward Cullen. Serás su esposa, con todo lo que ello implica.
—¿A qué te refieres?
—A qué vosotros... Bueno, pasareis vuestra noche de bodas juntos, intimareis y en ese momento os convertiréis en verdaderos esposos.
Isabella se turbó. Hasta que Rosalie no le habló de ello ni siquiera lo había pensado.
—Nosotros, él y yo...
—Haréis el amor.
—Entre nosotros no hay amor.
—Bueno, pues consumaréis el matrimonio, tendréis relaciones carnales, o como quieras llamarlo, pero es lo que pasará. —Habló Rosalie haciéndola ruborizar.
—No creo que él quiera.
—Bella, los hombres siempre quieren y más cuando tienen a una mujer tan bonita a su lado. Además, es su deber.
—Pero... Yo... ¿Y si yo no quiero?
—No puedes negarte, si lo haces…—Rosalie calló para no decirle que ese hombre sería capaz de forzarla— Si no te niegas, será más fácil para ti, Bella. Edward tomará lo que le pertenece, que es tu cuerpo, si te niegas… Podría no ser amable contigo.
—No te entiendo, Rose. No sé… —Titubeó nerviosa— ¿Qué debo hacer? No sé...
—Tienes que dejarte llevar. Él... Deberá introducirse en ti.
—¿Cómo? ¿Por dónde? —Preguntó confusa.
—Bueno, eso ya lo verás...
—Pero eso tiene que doler.
—Al principio sí, pero después... Será lo más maravilloso que hayas experimentado en tu vida. Tú solo debes relajarte y disfrutar. Cuanto más tensa estés peor será.
—Pero... ¿Tendré que desnudarme?
Rosalie asintió
—¿Y él también? —Preguntó obteniendo de nuevo un gesto afirmativo.
—¡Ay madre! No podré, moriré de la vergüenza.
—Bella, voy a darte un último consejo. Baja el hacha de guerra que tienes alzada contra Edward, de esa manera todo será mejor. Sois dos extraños y ninguno habéis querido esta unión, pero ambos estáis condenados a aceptarla. Intenta conocerle, acercarte a él. ¿Quién sabe?, Igual conoces a un Edward diferente. Al menos intenta llevarte bien con él, así será más fácil
—Rose, voy a extrañarte tanto. —Sollozó abrazándola
—Y yo a ti, Bella.
Esa misma noche Swan volvió a reunir a sus gentes en el salón. Isabella, sentada al lado de su padre, miraba con disimulo a su futuro esposo.
Haciendo caso a las palabras de su cuñada, intentó aproximar posturas preguntándole por el paseo que habían organizado esa mañana, pero obtuvo un escueto todo ha ido bien.
Dejar de ver a Edward como el enemigo no iba a ser fácil, pero debía intentarlo. El ruido de la silla de su padre llamó su atención. Swan permanecía de pie y estaba dispuesto a hablar.
—Amigos, esta noche es muy especial para mí. Esta noche, será la última que mi querida hija Isabella pase con nosotros. Como todos sabéis mañana, se unirá en matrimonio con Sir Edward Cullen— Habló mirándole directamente a él—. El rey Aro llegará a primera hora de la mañana para presidir el enlace, lo cual debe ser un honor para todos nosotros. Sé que nadie esperaba esta unión, y también sé que muchos estáis contrariado por ello. La enemistad entre los Swan y los Cullen se remonta a años atrás, pero... En los tiempos que corren, debemos aliarnos entre nosotros para poder hacer frente a un enemigo común. Por eso quiero que este matrimonio sea un nuevo inicio para ambos clanes. Sin rencor. —Brindó Swan alzando su copa.
—Sin rencor. —Respondió Edward aún sorprendido por las palabras del laird pues no entendía a qué estaba jugando. No sabía si esas palabras eran sinceras o solo una fachada para calmar los ánimos de sus gentes.
—¡Disfrutad de la cena! —Ordenó Swan.
Todos cenaron para después danzar al ritmo de la música.
—Esto parece una fiesta de despedida. —Habló Edward acercándose a Swan por la espalda.
El hombre tenía la mirada fija en su hija, que en ese momento bailaba con su pequeño sobrino en brazos.
—Lo es. Mañana será todo más formal. La presencia de Aro hará que todo sea más encorsetado.
—Su discurso de antes, las palabras que pronunciasteis…, ¿Eran sinceras?
—Sí, mi hija se convertirá en una Cullen y no tengo interés en enemistarme con aquellos que deben cuidarla.
—Me sorprendéis, No pensaba que fuerais así...
—A veces, nos dejamos llevar por las habladurías y nos negamos a conocer a las personas. Vos también me habéis sorprendido.
—Entonces... ¿Firmamos la paz? —Ofreció tendiéndole la mano.
—La firmamos.
—¡Abuelo! ¿Es cierto que mañana vendrá el rey? —Preguntó el pequeño Charlie llegando hasta ellos haciendo que Isabella corriese tras de él.
—Sí, por eso mismo mañana deberás comportarte como todo un hombre.
—Lo juro.
—Padre, ¿Bailáis conmigo?
—Será un placer, hija mía. Pero le cederé mi turno a vuestro prometido primero. —Indicó provocando que Isabella se tensase—¿Le acompañáis?
—Por supuesto. —Aceptó ofreciéndole su mano a Bella, ofrecimiento que ella no pudo rechazar para no disgustar a su padre.
—¿Ha sido un día fructífero? —Preguntó retomando sus intenciones de aproximar posturas.
—Ocupado, más bien. ¿Y el paseo?
—Agradable. Respondió de manera cortante—¿Lo tenéis todo listo para abandonar Swan?
—Sí —Respondió sin poder ocultar una muevo de tristeza.
—Bien, mañana partiremos después de la boda.
—¿No...? ¿No pasaremos la noche aquí? —Preguntó confundida pues aun guardaba la esperanza de tener una noche más entre los suyos.
—Me gustaría partir cuanto antes, quiero volver a Cullen, no pudo desatender mis asuntos durante tanto tiempo.
—Lo entiendo. —Aceptó resignada.
—Os prometo que...
Se interrumpió para aclarase la garganta y mirarla a los ojos— Vuestra vida allí no será tan difícil. Podréis visitar a vuestra familia cuando queráis, escribirles misivas...
—Gracias...
—¿Puedo preguntaros algo?
—Claro.
—¿Tendré que dejar a uno de mis hombres apostado en vuestra puerta para evitar que huyáis? —Intentó bromear enarcando una ceja.
—No es gracioso. —Refunfuñó molesta por su pregunta— No huiré, podéis estar tranquilo. Vuestra sumisa prometida acudirá al altar a la hora prevista.
—No sé por qué, pero vuestras palabras me dan miedo.
—¿Por qué?
—Porque creo que vos sois cualquier cosa menos sumisa.
¡Hola a todos ¡¿Qué tal? Parece que Bella al final no ha logrado escapar está resignada a casarse.
¡Preparad los trajes de gala porque nos vamos de boda!
Muchas gracias a todos por los favs, follows y reviews Esper ansiosa vestros comentarios.
Saludos
Nos seguimos leyendo.
