CAPÍTULO 8

El día de la boda había llegado. La noche anterior Isabella apenas había podido pegar ojo pensando en el día de hoy y rememorando su baile con Edward Cullen. El calor que sintió cuando él la tocó la consumía por dentro haciéndola debatirse por el cúmulo de sensaciones que su sola presencia despertaba en ella.

Tendría toda una vida para descubrirlo, pues desde ese mismo día, pasaría a compartir sus días y sus noches con él.

Mi noche de bodas —Pensó.

Era lo que más le inquietaba. La charla con su cuñada no le había tranquilizado. ¿Sería capaz de hacerlo? ¿Podría entregarse a un hombre que a penas conocía? ¿Cómo se comportaría él?

Le había dicho que tenía intenciones de partir después de la ceremonia por lo que, con suerte, esa noche no la tocaría.

—Pero lo hará la siguiente. —Se recordó. Era una obligación que debía cumplir.

Su cuñada Rosalie, acompañada por un par de muchachas entraron en su habitación.

—¿Aún estas así? —Preguntó señalando su camisón—. Es hora de prepararte.

El sonido de unas trompetas se coló por los cristales de la ventana llamaron su atención. Ignoró la reprimenda de Rosalie y se acercó a la cristalera para ver que ocurría.

—¿Qué es eso?

—El rey Aro está entrando en Swan, debemos apresurarnos. ¡Vamos, vamos!

Isabella se dejó hacer. Actuaba de manera autómata viendo como la peinaban, maquillaban y vestían.

El frio de la tela de su vestido de novia acariciando su piel la hizo estremecerse.

La seda del traje se ajustaba a su figura. El color crema del tejido contrataba con el blanco de su piel y las flores doradas bordadas por todo el vestido hacía que sus ojos marrones resaltasen aún más. Rosalie acomodó la pequeña tiara dorada en su cabeza, coronando así su melena rizada en tirabuzones.

—¡Estás preciosa, Bella! ¡Madre mía estoy tan emocionada! —La alabó Rosalie intentando controlar su emoción.

Isabella levantó la cabeza y observó su reflejo en el espejo: esa era ella, una novia a punto de casarse.

Llevó las manos hasta su boca sin poder contener el sollozo que escapó de ella.

—Bella, ¿Qué te ocurre? —Preguntó su cuñada al verla llorar.

—¡Tengo miedo, Rose! —Sollozó— ¡Estoy aterrada por el futuro que me espera! No conozco a ese hombre, ¿Y si me hace daño? ¡Tengo tanto miedo a ser desdichada! ¡Estaré sola!, ¡Os echaré de menos y me moriré del dolor!

—Bella, ¡Cálmate! Todo va a ir bien. —Habló tomándola de las manos— Mira, no debería decirte esto, pero voy a hacerlo para tu tranquilidad. No sé cómo ni cuándo, pero Emmet me aseguró que tu padre y él hablaron con Cullen y le hicieron prometer que cuidaría de ti, ¿Lo entiendes? —Enfatizó su pregunta haciendo que los acuosos ojos de la morena se fijasen en ella— Ellos no van a permitir que te ocurra nada, ¿Dudabas que tu padre te dejaría abandonada? Ellos te aman sobre todas las cosas y jamás permitirían que te ocurriese nada malo.

—¿Estás segura, Rose? ¿Cómo lo sabes?

—La otra noche tu hermano llegó muy alterado. Me dijo que habían estado reunid con Cullen y sus hombres asegurando tu futuro. Jamás le había viso tan enfadado. Tu hermano tiene que contenerse para o avivar más la furia de tu padre, pero eso no quiere decir que este enlace le agrade. Creo, que lo aborrece tanto o más que tú.

—Emmet siempre ha sido muy protector. —Confesó Bella secando sus lágrimas.

—Demasiado, Es más, quería incluso pedirle a no de sus amigos que te raptase para fingir un matrimonio contigo y así librarte de este trance. ¡Menos mal que le quité la idea de la cabeza! —Bromeó Rose.

Isabella se mordió el labio tímidamente. Su cuñada no tenía idea de que ella había intentado huir por sus propios medios, aunque no tuvo éxito. Tal vez, con la ayuda de Emmet, todo hubiese sido diferente.

—¡Ojalá no lo hubieras hecho, Rose!

—¡No digas tonterías! Habrías sido una mujer soltera y muerta bajo l furia del rey, y yo viuda.

Isabella se estremeció ante sus palabras. Su cuñada tenía razón, hubiese sido una locura.

—¿Y si Cullen no cumple con su palabra?

—Cumplirá. Más le vale no tentar a la furia de los Swan. Tú mejor que nadie conoces como actuarían tu padre y tu hermano.

Isabella asintió sonriendo tristemente.

—De acuerdo, vamos a disimular esos ojos llorosos y a bajar, al rey Aro no le gusta esperar.

—Está bien —Aceptó tomando aire. El momento había llegado, ya no podía retroceder.

Bajaron hasta el gran salón y salieron al exterior. El enlace tendría lugar en el patio de armas, cuidadosamente arreglado con sus flores favoritas y giraldas para la ocasión.

Su padre la recibió a las puertas del castillo. Ataviado con sus mejores galas y los colores de Swan. Al verla llegar, no pudo ocultar su sonrisa de emoción.

—¡Estas hermosa, hija! Tu madre estaría tan orgullosa...

—Padre... —Isabella le abrazó controlando el nudo que se formaba en su garganta.

—No te apures hija, —Intentó tranquilizarla tomando su rostro entre las manos—. No hay que estar tristes. Mira, quiero que tengas esto.

Charles Swan sacó de su bolsillo una pulsera dorada con un zafiro engarzado en medio.

—¡Papá! —Exclamó sorprendida al ver la joya que había pertenecido a su madre.

—Le regalé esta pulsera a tu madre el día que naciste y desde ese momento la llevó en su muñeca. Creo que si hubiese estado viva ella misma te la habría entregado. Espero que esta pequeña parte de ella te acompañe en tu nueva vida.

—¡Muchas gracias, padre! —Le agradeció emocionada besando su mejilla.

—Ha llegado la hora, ¿Estás lista?

—No, pero da igual, hay que hacerlo.

—Así hablan los Swan. —Reconoció mirando orgullosamente a su hija.

Bella agarró el brazo de su padre y se encaminó hacia el altar.

La figura imponente de Edward llamó su atención. De pie frente al altar, al lado del obispo, la miraba fijamente. Su cabello estaba peinado hacia atrás, sus manos cruzadas por delante de sus caderas y sus piernas separadas le hacían parecer un guerrero esperando a su presa. A medida que avanzaba, podía apreciar con más detalle el fulgor de sus ojos verdes que la recorrían de arriba a abajo.

Cuando llegó a su altura fue consciente de como el temblor de sus piernas aumentaba. Sintió como su padre le cedía la mano a su futuro marido. Él no le dirigió ni una sola palabra, pero tampoco dejó de mirarla, los ojos de ambos parecían no querer perderse detalle de las expresiones de cada uno.

La voz firme y seria de Edward al pronunciar sus votos contrastó con el temblor susurrante que empleó Bella para realizar la misma acción.

La voz del obispo la sacó del trance en el que había estado sumida durante toda la ceremonia.

—Con la bendición de Dios y el rey yo os declaro marido y mujer. Que vuestra unión traiga paz y alegría a nuestras tierras. Podéis besar a la novia.

Edward observó cómo los ojos de Bella se abrían por la sorpresa. Debía besarla tenía que hacerlo, todos lo esperaban, sobre todo el rey que miraba expectante.

Estaba desubicado, confundido por la calidez y las ansias desorbitadas de abrazarla y llevársela de allí que había sentido al verla. Esa mujer, estaba empujándole hasta los límites de su cordura.

Acortó la distancia que les separaba y pudo apreciar que además de la sorpresa, un atisbo de temor asomaba en sus ojos. Seguramente aquel sería el primero contacto íntimo que aquella bruja de ojos marrones tenía con un hombre y ese hombre sería él.

Decidido a no incomodarla demasiado, tomó su rostro entre las manos y acarició suavemente lo labios de ella, sin embargo, la electricidad que le sacudió al contactar con ellos, mandó al traste todas sus buenas intenciones. Fue como una sacudida involuntaria de pasión la que se apoderó de él. Todo su cuerpo se encrespó y una llama de fuego brotó desde su interior, avanzando por su pecho, sacudiendo su pelvis y llegando hasta sus labios, donde ese calor se volvió abrasador. Todo su autocontrol había volado muy lejos de allí.

Por acto reflejo, posó una de sus manos en la cintura y se abrió paso entre sus labios para introducir su lengua y acariciar cada rincón de su interior. Sintió como las manos de ella se apoyaban en su pecho y un leve gemido escapó de su boca.

Ese gemido, junto a los vítores de los allí presentes le hicieron recuperar el control que había perdido separándose de ella.

Isabella seguía frente a él, con la boca entreabierta, los labios hinchados y los ojos brillantes.

¿Qué diablos le acababa de ocurrir? —Se recriminó Edward.

No tuvo tiempo de pensar mucho más pues la figura del rey Aro se abría paso hasta ellos.

—¡Enhorabuena!, ¡Os deseo una larga y feliz vida juntos! Escocia os agradece vuestro compromiso y sacrificio por y con ella, aunque por lo que he visto yo y el resto de los aquí presentes esta unión no os resultará tan desagradable. —Se carcajeó divertido el monarca despertando la misma reacción entre sus allegados.

—Gracias por sus buenos deseos, alteza. —Respondió Edward de manera seria sin poder ocultar su malestar por la jocosidad del hombre— Nos hemos limitado a cumplir con nuestro deber.

—¡Pues celebremos vuestra obediencia! —Exclamó el soberano alzando las manos al aire avivando las ganas de fiesta de los allí presentes.

—Si nos disculpáis, alteza. Me gustaría partir hacia Cullen. No quiero estar más tiempo alejado de mi clan.

—¿Nos iremos ya? —El susurró sorprendido de Bella solo fue audible para él. Su recién estrenada esposa, permanecía pálida y con sus mejillas ligeramente ruborizadas y os labios hinchados. Señal de que aún se estaba recuperando de su tórrido beso.

—En cuanto os pongáis algo más cómodo para el viaje y suban vuestros baúles al carro. —Respondió secamente.

—Lo siento, pero eso no puede ser. —Habló Aro—. No me marcharé de aquí hasta que no compruebe que el matrimonio se ha consumado.

Las palabras del rey sentaron de manera desigual a los recién casados. En Isabella despertaron una ola de timidez e incomodidad y en Edward…Una corriente de furia y malestar.

—¡¿Cómo?! —Exclamó airado— ¡¿Dudáis de mi hombría?!

—Cuidado con vuestro tono de voz, Cullen. No olvidéis con quien estáis hablando. —Reprendió Aro— No dudo de vuestra…virilidad, pero me conozco todas las triquiñuelas para deshacer este asunto. No quiero recibir de aquí a unos meses una petición de nulidad. Así que… a no ser que queráis cumplir con vuestros deberes maritales ahora mismo, deberéis pasar la noche en Swan. Mañana, a primera hora, cuando vuestras sábanas sean llevadas ante mí, podréis marcharos… Mientras tanto…. ¡Disfrutemos de este banquete!

Aro se marchó dejando en el altar a la pareja de recién casados que aún permanecía perpleja ante la orden dada.

—¡Esto es inaudito! —Bramó Edward— ¡Increíble! Una cosa es ordenar un matrimonio, pero esto...

—¡Cálmate! —Intervino Jacob Black intentando tranquilizar a su amigo—No ganamos nada con darle vueltas al asunto. Sabemos que Aro no cambiará de opinión.

—¡Ese hombre…está perdiendo el juicio! ¡Qué revisen si la corona le está apretando demasiado la cabeza y no le deja pensar con claridad! Dispone de cuando, como y con quien debo casarme y ahora…. ¡También quiere disponer cuando debo tomar a mi mujer!

—¡Estás loco! ¡Baja la voz! —Le reprendió Jasper— ¿Quieres que celebremos tu boda tu funeral el mismo día?

—Será mejor que nos tranquilicemos. —La voz calmada de Charles Swan llegó hasta ellos—Podéis... Pasar la leche aquí, —Habló incómodo ante lo que ello suponía—Y.… mañana a primera hora podréis partir.

—Una noche más en Swan no os matará, cuñado. —Ironizó Emmet Swan situado detrás de su hermana a quien tenía abrazada por los hombros— Relajémonos todos y disfrutemos de la pequeña fiesta.

Las gentes de Swan habían preparado un pequeño festejo con canciones, exhibiciones de tiro con arco y un delicioso banquete.

A prisa, improvisaron una pequeña mesa nupcial donde se acomodaron los recién casados junto al rey y Charles Swan.

Isabella, que en cierto modo de había sentido aliviada al saber que pasaría la noche en su hogar, apenas miraba a su esposo, estaba demasiado nerviosa para hacerlo. Las pocas veces que sus ojos coincidieron el rubor se extendió por sus mejillas. Sin duda el beso le había perturbado, pero no sólo a ella. También a él.

Cuando la besó, esperaba que fuese solo eso, un beso, pero había sido algo más, algo que jamás había sentido antes al besar a alguna mujer. Algo que no sabía descifrar.

Era una incógnita para él y un descubrimiento para ella, pues jamás pensó que n beso pudiese hacerla sentir de esa manera; ardiente, acalorada, deseosa…Con ganas de más.

Charles Swan rompió en aplausos al ver como su hijo Emmet hacia diana en el objetivo haciéndola salir de sus pensamientos al tiempo que la voz de Edward la sorprendía.

—Vuestro hermano es un buen arquero, —Se atrevió a decirle.

—El mejor. —Respondió ella con orgullo—. Los guerreros Swan son hábiles con el arco y todo ello es gracias a Emmet, él los instruye personalmente.

Isabella fijó la mirada en la boca de Edward. Esos labios que le habían dado su primer beso. Ese beso que había movido el suelo bajo sus pies.

—Tendré entonces que pedirle a mi cuñado que instruya a mis hombres.

Isabella enarcó una ceja sorprendida por sus palabras.

—¿Estáis reconociendo vuestro punto débil?

—¿Creéis que es así? —Preguntó divertido ate su ingenuidad.

—No he oído hablar de los talentos de los Cullen en el campo de batalla, pero si queréis yo pue…. —Pero se calló abruptamente.

Iba a decirle que ella podría ayudarle pues sabía manejar el arco. Su hermano la enseñó cuando era pequeña y para sorpresa de él mismo resultó ser toda una experta.

Sin embargo, cerró la boca a tiempo, pues no estaría bien visto que una mujer desarrollase esos menesteres. Yo puedo hablar con él y convencerle.

—Aunque a vuestros oídos no habrán llegado nuestras gestas, pero os aseguro que a los de vuestro padre sí. Por si aun lo dudáis, esposa mía, era una broma.

El ceño fruncido de Bella le hizo sonreír en su interior. Llevaba mucho tiempo sin molestar a aquella pequeña fierecilla, y aunque bien era cierto que su clan no era diestro en el uso del arco, no pensaba reconocer esa desventaja.

Las mujeres de Swan acudieron en ese instante al lado de Isabella, se la llevaron al centro y comenzaron a bailar en torno a ella, baile que la propia Isabella imitó olvidándose del odioso de Edward y disfrutando de ritmo de la música. Después fue a jugar con sus sobrinos y el resto de pequeños que la recibieron entre sonrisas.

Edward, junto a sus hombres y su recién estrenado suegro y cuñado, permanecieron acompañando al rey, hablando de política y los avances de las tropas propias y enemigas.

Cuando se dieron cuenta la noche había caído y la fiesta estaba llegando a su fin. Edward se había quedado reunido con sus hombres en un pequeño círculo.

—¿Nos iremos al amanecer? —Preguntó Jacob sabiendo que Edward estaba a a punto de marcharse.

—Sí, en cuanto Aro tenga su maldita prueba volveremos a Cullen.

—¡Disfruta de tu noche de bodas! —Bromeó palmeando su espalda.

—¡No te burles! Os veo mañana. —Se despidió Edward sintiéndose ansioso por lo que iba a suceder a continuación.

Subió hasta los aposentos de su esposa. Estaba inquieto y eso le incomodaba. Se trataba de tener sexo con una mujer solo eso, no debía darle tanta importancia. Pero lo hacía. Para Isabella esa sería su primera vez, y él... jamás había estado con una. Todas sus amantes eran expertas en el tema, ninguna se parecía a su mujer.

Su esposa, —Aún le resultaba extraño llamarla así, pero debía a acostumbrarse.

Golpeó la puerta y escuchó un suave Adelante.

Cuando entró la imagen de Bella le golpeó. De pie, al lado de su tocador, jugueteaba nerviosa con sus manos. Su melena suelta caía por sus hombros y el fino camisón largo hasta los pies dejaba muy poco a la imaginación, sobre todo en la zona del pecho, dónde, el fino encaje, ocultaba sus senos.

Edward supo en el momento exacto en el que ella se percató de su mirada, pues instintivamente cruzó sus brazos a la altura de sus senos. Al desviar la mirada, observó el rosado de sus mejillas. Si ya era toda una tentación, ese rubor, le hacía parecer aún más tentadora.

Avanzó un paso para acercarse hasta ella, pero Bella retrocedió, golpeándose el pie contra la pata de la silla.

—¡Ay!

—¿Estáis bien?

—Sí, solo ha sido un golpe.

Edward intentó avanzar de nuevo, pero ella volvió a retroceder haciéndole suspirar de frustración.

—¿Me teméis? —Preguntó con una mirada fiera.

—¿Debo… temeros? —Titubeó.

—Decídmelo vos, estoy intentando acercarme y huis de mí, temo que saltéis por la ventana si doy un paso más hacia vos.

—Yo... Son los nervios, esto... Es nuevo para mí y...

Edward suspiró y pasó sus manos por su rostro cansado.

—Está bien, Isabella, creo que antes de... En fin... Consumar nuestra unión deberíamos hablar.

—¿Hablar? —Preguntó abriendo los ojos con sorpresa— ¿Queréis hablar conmigo?

—Necesito hablar contigo si quiero que esta noche sea placentera para ambos evitar que Aro entre para ser testigo de lo que aquí ocurrirá. —Aclaró dejándose de formalismo pues al fin y al cabo ya no eran necesarios—Siéntate en la silla y... Por favor, ponte una bata encima.

—¿Por qué? ¿Tengo calor?

—Porque si quiero tener una conversación coherente contigo necesito concentrarme en mis palabras y no en averiguar cómo será lo que esconde ese pedazo de tela.

Bella sintió como su cara ardía por la vergüenza y corrió a cubrirse para tomar asiento.

Sin duda, su noche de bodas empezaba de una manera muy diferente a lo que ella creía.

¡Hola! ¿Qué tal todo? Pues parece que hemos disfrutado de una buena boda y que vamos a tener una noche de bodas…. ¿Peculiar?

¿Estáis ansiosas por saber que ocurrirá?

Muchas gracia a todos por los favs, follows, reviws.

Espero ansiosa vuestros comentarios.

Nos leemos el martes en Facebook en el grupo de Elite fanfiction y el viernes en un nuevo capítulo.

Saludos.