CAPÍTULO 16

Colinas de Cullen, cuevas de Sky

El fuego de la hoguera estaba menguando haciendo que la penumbra invadiese la fría cavidad y el aire se volviese helador.

Ajustando la piel de lobo que llevaba sobre sus hombros, añadió un poco más de hojarasca y dos leños para avivar la llama. Bebió un trago de whisky y sintió como el licor ardía a través de su garganta. Al menos, la bebida le mantendría caliente hasta que el fuego caldease el ambiente.

Dos de sus hombres habían salido a cazar, poco quedaba de los dos conejos que degustaron para la cena de ayer. Con suerte, hoy repetiría menú, pero si estaba ansioso por la vuelta de alguien era por la de quien debía traerle la información que necesitaba. El plan salió a la perfección, habían cuidado todos los detalles, pero necesitaba la confirmación.

El sonido de unos pasos hizo que se pusiese en pie desenvainando su espada dispuesto a matar al intruso.

—¡Baja, eso! Soy yo. —Respondió el recién llegado descubriéndose el rostro.

—¡Maldita sea!¡Identifícate la próxima vez si no quieres que te rebane el cuello!

—Deja que me caliente pidió acercándose a la hoguera mientras que se frotaba las manos.

—¿Qué tal ha ido todo?

—Según lo planeado. Han descubierto el cuerpo del pobre Demetri a primera hora de la mañana. Cullen y sus hombres acudieron al lugar en cuanto fueron llamados.

—¿Escuchaste algo?

—No, estaba demasiado lejos, no quería ser descubierto, pero por la expresión de sus rostros parecían contrariados. Creo que tu pequeño regalo no les ha gustado ni un pelo.

—Esa era la intención.

—Han registrado el cuerpo, se han llevado sus pertenencias y después le han enterrado en el mismo sitio en el que le matamos.

—Creí que tendrían más consideración con un pobre difunto.

—La misma que tuviste tú al matarle, no se lo esperaba.

—Así fue mejor, le ahorré sufrimiento.

—¿Y ahora? ¿Seguiremos mucho tiempo aquí? No es muy confortable que digamos. Necesito un baño caliente, una cama y una mujer.

—Necesito pensar, ver cuál será el próximo movimiento. No podemos fallar ahora que estamos tan cerca.

—¿Estás seguro? Las consecuencias no van a ser agradables.

—Si de algo he estado seguro en mi vida ha sido de esto. Cayo nos necesita, y yo quiero justicia.

—¿Justicia o venganza?

—Ambas. —Sonrió malévolamente.

ὠὠὠ

—¡Ay! —Se quejó Isabella al sentir como la aguja volvía a clavarse en su dedo.

—Es la cuarta vez que se pincha, señora. Creo que debería dejarlo. —Sugirió Angela terminando de preparar la cama.

—Nunca me ha gustado demasiado bordar, pero hoy es lo único que ha conseguido calmarme. Era eso o ponerme a destrozar toda la habitación. ¡Edward es insufrible!

—Todos sabemos que el señor es un poco... Irascible, seguro que le dará una explicación por su comportamiento.

Sin faltarle el respeto, y sabiendo cual era su lugar, Angela se atrevió a darle ese pequeño consejo, pues el comportamiento de Isabella con ella era excelente y habían establecido cierta confianza.

—¿Explicación? Edward no explica nada. Hace y deshace a su antojo, sin importarle que sus actos tengan consecuencia para los demás. Es... ¡Ahh! —Se quejó frustrada. Parecían que las cosas iban bien entre ellos, pero su discusión de esa mañana le dejó claro que jamás llegaría a entender lo que pasaba por la cabeza de Edward.

—¡Relájese!, Enfadándose no logrará nada. ¿De verdad no quiere cenar nada más? —Preguntó dispuesta a retirar la bandeja de la cena—. Apenas ha probado bocado.

—No, con la sopa ha sido suficiente. Gracias, Angela. Puedes retirarte a descansar.

—Que pase buena noche, señora. —Se despidió abandonado los aposentos.

Isabella guardó la costura en el mismo instante en el que la puerta de su habitación volvió a abrirse.

—Veo que has preferido cenar sola en lugar de honrarnos con tu presencia. —Le reprochó Edward mientras que se deshacía de su ropa y se acercaba hasta la jofaina con agua para asearse un poco.

—No sabía si bajar las escaleras que conducen al salón se consideraba paseo o no, y como lo tengo terminantemente prohibido... Preferí ser cauta.

—No estoy para tus sarcasmos, Isabella. —Respondió apretándose el puente de la nariz—. Te prohibir salir a cabalgar, pero puedes moverte con total libertad dentro del castillo. No eres ninguna prisionera.

—¡Pues entonces déjame salir de estas cuatro paredes! Me gusta montar a caballo, me recuerda a mi familia. Me hace no sentirlos tan lejos.

—No, lo siento, pero no.

—¿Por qué?

Edward suspiró ante su insistencia

—Porque no es seguro.

—¿Por lo que ha ocurrido esta mañana?

—Sí.

—Pero dijiste que no había sido grave.

Edward prefirió mentir para así acabar con la curiosidad de su incansable esposa.

—Han aparecido dos animales muertos, atacados por lobos. No es grave, pero tampoco es seguro. No querrás que ataquen a Volterra y os destrocen a las dos.

—No, yo no...

—Pues entonces ya sabes, quédate en casa.

—¿Y por qué no me dijiste eso está mañana?

—¡Porque tenía muchas cosas en la cabeza! —Gritó y se arrepintió al momento—. Lo siento, sé que no debí hablarte así, y tampoco he debido responderte de ese modo ahora, pero llevaba prisa y tú parecías no querer dejarme ir.

—Lo siento, no lo pensé.

—A veces, sustituir a mi padre no es fácil. Él es el jefe, pero intento aliviar su carga de trabajo todo lo posible.

—Y para ello te sobrecargas tú.

—Sí, no quiero empeorar su salud.

—Pero eso tampoco es bueno para ti. Estás cansado, solo hay que ver tu cara.

—Pero es mi deber, tú como hija y hermana de un laird debería saberlo.

—Sí, pero puedes pedir ayuda a Jacob, Jasper... Ellos son tus hombres de confianza, ¿No?

—Sí, y me ayudan en lo que pueden.

—¿Y…? ¿Tú hermano? —Se atrevió a preguntar. Sabía de la existencia de él, pero poco se había escuchado sobre él desde su llegada.

—James está en el frente, él ya tiene suficiente.

—Yo también puedo ayudarte.

—¿Tú? —Preguntó enarcado una ceja— ¿Cómo?

—Se leer y escribir, en Swan ayudaba a mi padre con las cuentas e incluso algunas veces le ayudaba a redactar las cartas. Puede parecer una tontería, pero tardarás menos tiempo en hacerlo si tienes a alguien a tu lado.

—Y ese alguien eres tú.

—Sí, además así podremos pasar más tiempo juntos, conocernos mejor...

—No sé...

—Pero... ¿Por qué? Te estoy ofreciendo mi ayuda y la rechazas.

—Porque no es tan sencillo, Bella. No sé trata solo de leer y escribir cartas o ver cuantas vacas se han sacrificado para alimentar a la gente, en esas misivas y documentos también se tratan asuntos delicados, privados... Entiendo que tu padre, confiase en ti para ello, eres su hija y...

—Y tú no confías en mí, por lo que veo.

Edward la miró sin saber muy bien qué decir. Era cierto que aún intentaba mantener cierta cautela con ella, pero en el fondo sabía que Bella no les traicionaría

—No es eso...

—Sí, lo es, no lo niegues...

—Bella, no se trata solo de ti. Siempre me ha costado delegar funciones. Tú aún te estás acostumbrando a estar aquí, no quiero sobrecargarte.

—No sería una carta, es verdad que tengo cosas que hacer, pero a veces me aburro. Me gustaría ocuparme de más tareas.

—Tampoco estaría bien visto que me ayudases. Si un hombre necesita la ayuda de su esposa para realizar ciertas tareas podría considerarse un signo de debilidad.

Isabella rodó los ojos ante sus palabras. Los hombres y su orgullo. Era algo que nunca entendería.

—No soy tonta, Edward, todo esos son excusas. Sé que en el fondo aún con confías en mí y no lo entiendo. No he hecho nada para contrariarte.

—Te recuerdo que intentaste escapar antes de la boda.

—Tú habrías hecho lo mismo,

—No, yo sé cuál es mi deber

—Fuiste odioso en esos días. —Lamentó tristemente.

—¿Y ahora no lo soy? —Preguntó cercándose hasta ella para acariciar levemente su mejilla. Era un gesto suave, íntimo, algo que nació de manera involuntaria pero que necesitaba hacer para clamar su necesidad de sentirla, tocarla….

—A ratos, pero ¿Sabes? Allá tú, no voy a insistir más. Ya sabes que si me necesitas estaré dispuesta a ayudarte. Está en tu mano. Buenas noches. —Respondió airada, metiéndose en la cama y arropándose dispuesta a dormir.

Edward sonrió ante el enfado de su esposa. Estaba encontrando demasiada diversión en hacerla enfadar. Imitó su gesto y ocupó su lado de la cama.

Meditó sobre sus palabras, mientras que sentía el calor de su cuerpo a su lado. Podría dejarla que se ocupase de la correspondencia más liviana, así dejaría de darle la lata. Por el momento le ocultaría su decisión, quería hacerle sufrir un poco más. Porque ver el brillo furioso en sus ojos le hacía parecer mucho más bella y eso a Edward le empezaba a volver loco.

Pasaron los días y Edward no le hizo referencia a su petición, sin embargo, ella pronto encontró la respuesta a su reticencia para que le ayudase en esos menesteres.

Sabía que algo estaba ocurriendo, algo que ella aun desconocía. Aunque Edward acudía todas las noches a su lado, por las mañanas desaparecía.

Alguna vez, sintió como el acariciaba levemente su brazo, o apartaba su cabello de su rostro. Una noche, incluso sintió un pequeño beso sobre su mejilla, pero no supo si fue real, o un sueño.

En alguna que otra ocasión le había visto cuchichear con Black, Hale y Newton. Podría ser algo normal, pero el recelo que desprendían le hacían sospechar que algo estaba sucediendo. Además, Carlisle Cullen estaba mucho más implicado en los asuntos del clan, no sólo en los asuntos menores como hasta ahora.

Puede que sólo fueran suposiciones suyas, pero algo le decía que no era así.

Esa mañana, iba bajando las escaleras cuando chocó con el joven que llevaba el correo al despacho de su esposo.

—Disculpe, mi señora. Iba distraído

—No te preocupes, te ayudaré a recogerlo. —Habló mientras se agachaba para recoger los papeles.

—No es necesario... —Se excusó nervioso el chico

—No me imp... —Las palabras quedaron atrapadas en su garganta al observar lo que tenía entre las manos.

Era la carta que ella misma había ordenado enviar es a mañana. No era la primera misiva que le dirigía a su familia, pero le sorprendía que, en lugar de haber salido con el resto de correspondencia, estuviese con el correo que le llegaba a su esposo.

—Creo que esto está mal, alguien ha debido equivocarse. Esta misiva debía salir hoy con el correo.

—Puede que me haya equivocado al organizarlo, yo mismo me encargaré de que sea enviada.

El titubeo en la voz del muchacho la hizo dudar.

—¿Siempre te encargas de esta tarea?

—Sí, mi señora.

Isabella continuó observando las cartas as y vio que la suya no era la única que no había sido enviada. Varías misivas de gente del castillo que debían ser entregadas al emisario, estaban allí.

—¿Y estás? ¿También te has equivocado?

—Sí, seguramente debí mezclarlas...

—No me tomes por tonta, no te creo. ¿Qué está ocurriendo?

—Nada…, yo... solo soy el encargado del correo… Mi señora..., va a meterme en un lío.

—Habla o dejarás de ocuparte de esta tarea y pasaras a limpiar las pocilgas de los cerdos.

A Isabella no le gustaba ser desagradable, pero su paciencia se estaba agotando.

—El señor pidió revisar todo el correo antes de ser enviado. —Confesó nervioso.

—¿Incluida mis cartas?

El joven asintió sin mirarla.

Isabella sintió como la furia y decepción corrían por sus venas. Él no confiaba en ella, por eso no quería su ayuda. No confiar era una cosa, pero espiar su intimidad... Leer sus conversaciones con su padre...

—Mi señora, por favor, no le diga al señor que yo...

—Tranquilo de mi boca no saldrá ni una palabra, pero tú tampoco le hablarás de nuestro encuentro, ¿Entendido?

El joven asintió recogiendo las cartas.

—Puedes marcharte, yo misma le haré mi correspondencia a mi esposo.

—Pero...

—Tranquilo, él no sabrá nada.

El muchacho aceptó las palabras de Isabella y desapareció.

—Te vas a enterar, Edward Cullen. Si quieres leer lo que le escribo a mi familia, prepárate porque no te va a gustar. —Sonrió traviesa dando forma a su venganza.

ὠὠὠ

Esa misma tarde, Edward llegó al despacho acompañado por su padre. Carlisle Cullen le había acompañado en su ronda de reconocimiento. Desde que encontraron el cuerpo, habían intensificado la vigilancia de manera disimulada. Black y Newton hicieron preguntas tanto a los aldeanos como por los alrededores, pero nadie había visto a ningún forastero por la zona.

—Parece que no ha vuelto a suceder nada extraño. —Habló el laird.

—Eso parece.

—Puede que la muerte de ese hombre fuese un hecho puntual.

—¿Y la nota?

—Igual viajaba con alguien más, discutieron y se les fue de las manos.

—Entonces, deberíamos preocuparnos por el que sigue vivo y sus intenciones. —Divagó Edward.

—He estado pensando, viajaré a la corte y hablaré con Aro...

—No, padre, iré yo. Es un viaje demasiado largo.

—No me estoy muriendo, Edward. Si no estuviese bien no lo haría, además tú lugar es aquí, en Cullen, cuidando a nuestra gente y a tu esposa.

—Mi esposa sabe cuidarse sola.

—Pero tú también necesitas... Sus cuidados. —Bromeó pícaramente.

—Padre...

Isabella me ha sorprendido, es una mujer excepcional. Me recuerda mucho a tu madre.

—¿De verdad? —Preguntó sorprendido.

—Sí, tiene su mismo coraje y valor por la familia. Ha conseguido que dejes a tu amante, eso ya es un logro importante.

—No fue solo decisión suya.

—Lo sé, pero desde que todo está mejor entre vosotros a ti se te ve mejor, más feliz más... Relajado.

—Bobadas, este asunto me tiene desconcertado.

—No lo son, créeme. Me alegro que al final, todo el despropósito del rey Aro haya servido para traer a tu vida a una mujer que vale la pena.

—Si alguien te escuchase hablar así de un Swan...

—Isabella dejó de serlo desde que se casó contigo. Cualquier otra en su lugar se hubiese encerrado y sentado a esperar ser aceptada. Ella está luchando por ello, se preocupa por la gente y se implica en sus problemas, aunque ellos aún la miren con recelo.

—¿La han tratado mal? Se envaró al pensar que alguien le hubiese faltado el respeto.

—A parte de ti y tu descortesía no, o al menos yo no he oído nada. Aunque creo que ya estáis averiguando como solventar vuestras rencillas. El dormitorio siempre es un buen lugar donde arreglar diferencias.

—Basta ya, padre. Estás dando demasiadas cosas por supuestas.

—Pues si estoy equivocado, es que eres un tonto y estás perdiendo el tempo. Eso… o es que estás enamorado.

—La edad está perjudicando tu juicio, ¡Mira lo que estás diciendo!

—Está bien., no insistiré. Iré a organizar todo para mi partida.

Edward tomo asiento y se dispuso a leer el correo intentando ignorar las palabras de su padre.

No le gustaba particularmente cotillear en los asuntos de los demás, pero en vista de los últimos acontecimientos, quería saber si alguien sabía o urdía algo que el desconociese.

El primer sobre que llamó su atención fue el que estaba lacrado con un sello rojo y firmado con la letra de su esposa.

No era la primera carta que enviaba, pero si la primera desde que ese hombre apareció muerto. La orden de requisar el correo incluía a todos incluso a ella.

Rompió el sello y comenzó a leer.

Querido padre

Me encantaría que estas líneas fuesen para contarte lo maravillosa que es mi vida en Cullen, pero lamentablemente no es así. Si escribo estas líneas son para pedirle ayuda, para solicitar su auxilio.

¡Debe sacarme de aquí cuanto antes!

—Pero ¿Qué...? —Exclamó Edward sorprendido ante lo que estaba leyendo y ansioso por saber más continuó

Mi vida aquí es un infierno. He intentado integrarme sin éxito. La gente no me respeta, mi suegro me odia y mi esposo…mi esposo me ignora que es peor que cualquier cosa.

La situación se ha vuelto insoportable. He pasado de dormir en sus aposentos a ocupar un frio y lúgubre cuarto, donde el frío traspasa las paredes y la luz apenas llega. No se me permite salir, nada más que un par de veces al día.

Mi aseo es escaso, se ha relegado a una jofaina con agua y unos paños que hace mucho tiempo dejaron de ser blancos. Llevo tres días con la misma ropa, y mi calzado está empezando a romperse.

Duermo en un catre en el suelo, aunque el sueño apenas llega a abrazarme pues el frío es tan inmenso que mi cuerpo duele de los escalofríos que sufro. Temo que mi salud empiece a resentirse.

Mi alimentación es escasa: un poco de leche por las mañanas y dos mendrugos de pan a lo largo del día. Creo que los animales comen mejor que yo aquí.

Padre es urgente que venga a buscarme. Necesito salir de aquí. ¡Ayúdeme!

No creo que mi esposo le ponga ninguna pega a la hora de llevarme a casa.

El mismo estará leyendo estas líneas en este momento. Sé de buena tinta que le encanta leer mi correo.

Espero esposo mío, que vuestra curiosidad haya sido saciada.

Ya sabéis lo que le escribo a mi padre en estas líneas y como de sinceras son mis palabras...

Si quieres saber cómo de desgraciada soy en este lugar, espero que vengáis a preguntármelo a la cara, de esa manera no tendréis que espiar mis epístolas.

Atentamente

Isabella Cullen.

—¡Maldita sea, Isabella! —Golpeó la mesa con furia al ver como ella se estaba riendo de él en su cara—. Te vas a enterar, vas a saber cuál es el precio de reírte de Edward Cullen.

¡Hola a todos! Parece que Bella sospecha que algo no va bien, y además ha decidido dale una lección su esposo. ¿Qué consecuencias tendrá su pequeña broma?

Muchas gracias a todos por los favs, followsy reviews.

Espero ansiosa vuestros comentarios.

Nos leemos en el grupo de Facebook Elite Fanfiction y su iniciativa martes de adelantos y el viernes en un nuevo capítulo.

Saludos.

Nos seguimos leyendo