CAPÍTULO 17

—Mi señora, no es necesario de verdad. —Intentó hacerla desistir Emily ahogando un quejido de dolor.

—Claro que lo es, esa quemadura tiene muy mal aspecto. Tardaré muy poco en hacer este ungüento y notarás alivio en seguida. —Isabella continuó mezclando la miel, con el árnica y el romero.

Cuando llegó a la cocina Emily acababa de quemarse con unas de las cazuelas. Iban a echarle agua en la quemadura cuando las detuvo.

—¡No! —Buscadme un huevo, será mejor.

Aún confundida por la orden, Angela asustada por lo que le había ocurrido a su madre, fue en su busca y se lo entregó. Bella rompió la cáscara y dejó que el huevo cayese sobre la herida para formar una capa protectora y no dañar la piel. Pidió el resto de ingredientes y se puso a preparar el ungüento que en ese mismo momento estaba terminando

—Esto te aliviará y te ayudará a que cicatrice más rápido. Vamos a limpiarte esa mano. —Pidió, limpiándose las suyas propias en el delantal que llevaba puesto.

—¡Isabella! —El grito furioso de Edward retumbo en las paredes de la cocina haciendo que todas las allí presentes se quedasen congeladas.

La figura de su marido apareció bajo el quicio de la puerta respirando agitadamente. Su rostro se volvió aún más furioso cuando vio la indumentaria de su mujer.

—¡Quítate eso ahora mismo y salgamos de aquí! —Gritó señalando el delantal.

Isabella, después de dirigirle una mirada cargada de furia y sorpresa, ignoró su pedido y continuó con su tarea.

—Lo siento, pero primero debo terminar esto.

—¡No me contradigas! La señora de Cullen no debe ponerse a cocinar como una empleada, ¿Tu padre no te enseñó eso?

—¡Mi padre me enseñó a ayudar a quien lo necesita y eso es lo que estoy haciendo! —Gritó enfurecida y dolida por su ataque.

Edward observó entonces la escena. Efectivamente, se había equivocado al prejuzgar a su esposa, pero, aun así, la furia por las palabras leídas en aquella carta bullía en su interior

—¿Qué ha ocurrido? —Preguntó

—Una quemadura, mi señor. La señora me estaba curando.

—Dame el ungüento por favor, Angela. —Pidió Isabella.

Tomó la crema y cubrió la herida de la mujer para después envolverá con uno de sus finos pañuelos.

—Déjalo así hasta mañana, guarda el resto de crema y a primera hora volveré a curarte. Te aseguro que por muy fea que parezca la herida en dos días estará mucho mejor.

—Muchas gracias, mi señora.

—No hay que darlas. —Le sonrió a la cocinera antes de girarse y dirigirle una retadora mirada a su marido—. Ahora sí, ¿Qué asunto es tan urgente para requerir mi presencia?

Los ojos de Edward brillaron ante el descaro de Isabella, la tomó de la mano y a pasos apresurados abandonaron la cocina.

—¿Qué ocurre? ¿Ha pasado algo? —Jadeaba por la rapidez a la que iban andando— ¿Dónde vamos? —Preguntó al ver que se dirigían escaleras abajo.

—¡A las mazmorras!

—¿Qué? —Gritó asustada intentando detenerle.

—¡Andando! —Continuó Edward tirando de su brazo y caminado de nuevo.

—¡No, Edward, no! ¡Para! ¿Qué significa esto?

—Creo que estarás más cómoda allí que en nuestros aposentos. Son lúgubres. Frías, húmedas... Así podrás disfrutar del mendrugo de pan y la escasa leche que te ofrezco como sustento. ¿No es eso lo que le cuentas a tu padre?

—¿Y tú como sabes eso? —Preguntó enmarcando una ceja aún a sabiendas de la respuesta.

—¡Porque lo pone en tu carta! —Confesó, pero al ver la sonrisa burlona en el rostro de Isabella supo que había caído en su trampa. —Carta que tú por algún motivo que desconozco sabrías que leería, ¿Me equivoco?

—¿Te ha parecido una lectura interesante? —Le reprochó—. No sabía que le futuro jefe Cullen fuese un cotilla.

—No soy un cotilla, y esto, Isabella, va mucho más allá de tu entendimiento.

—Pues explícamelo, dime porque lees mi correo.

—Si te sirve de consuelo no es solo el tuyo...

—¿Cómo? ¿Qué ocurre, Edward? ¿Por qué me ocultas cosas? ¿Por qué no me preguntas directamente a la cara lo que quieras saber?

Edward permaneció en silencio.

—Yo te lo diré; ¡Porque no confías en mí! ¡Me sigues viendo como al enemigo por más que hayas firmado un acuerdo con mi padre!

—No es eso... No del todo

—¿Qué tengo que hacer par a ganarme tu confianza? ¿Para que estés junto a mí? ¿Qué tengo que hacer par que...? —Isabella se calló controlando sus palabras.

—¿Para qué? ¿Para qué, Isabella?

—¿Qué tengo que hacer para que me quieras, Edward?

—¿Quererte? —Preguntó sorprendido— Tú... ¿Quieres que te quiera?

—Sí, lo quiero. Quiero ser feliz, quiero...—Sollozó— Lo que mi madre soñó para mí, lo que ellos tuvieron. No deseo a un marido que me haga suya y luego desaparezca como si fuese una extraña. Quiero cenar contigo, pasear ayudarte en lo que pueda, escucharte y que me escuches, aunque sean tonterías. Reírme de tus cosas y tú de las mías, compartir los problemas... Quiero...

—Un matrimonio de verdad —Acabó la frase por ella.

—Sí, yo... No sé cómo ni cuándo, pero... Mi corazón late desbocado cuando te ve, me sacas de quicio y haces que te odie, pero al mismo tiempo te extraño y necesito verte y saber de ti. Tu indiferencia de hace daño, porque ya estás en mi corazón...

—¿Hablas de amor?

—Nunca he estado enamorada, pero si amar es desear compartir cada minuto con la persona en la que piensas sí, estoy enamorada de ti, Edward.

—Yo... —Edward no pudo continuar hablando pues la tormenta de sentimientos, la lucha de corazón contra razón que se estaba librando en su interior era demasiado intensa, le estaba ahogando.

—Sé que no es recíproco, y lo entiendo. Pero igual, si accedes a dejarme entrar más en tu vida, igual puedes cogerme cariño.

—Cariño, dices...

—No quiero que el día de mañana nuestros hijos vean que sus padres son sos extraños que viven amargados y se odian.

—No puedo prometo amarte, Isabella.

—Lo sé. —Aceptó tristemente.

—Pero puedo intentarlo. Le hice una promesa a tu padre y creo que por el momento no la he cumplido del todo. Esbozó una sonrisa triste y le tendió la mano—. Vamos, acompáñame

—¿A las mazmorras? —Preguntó temerosa.

—No, —Sonrió— A un lugar mucho mejor...

Edward la condujo hasta las caballerizas donde él mismo se encargó de ensillar a su caballo.

—¿Vamos a cabalgar de noche? —Preguntó Bella confundida.

—Será un paseo rápido. Quiero enseñarte un lugar, pero eso sí, Isabella. Esto es algo excepcional, no saldrás a cabalgar sola y mucho menos de noche, ¿Entendido?

—¿Qué soy, una niña de tres años? Me regañas como si lo fuese.

—Porque a veces te comportas igual. Y no empieces, no quiero discutir contigo. Ven aquí y sube... —Pidió tendiéndole la mano.

—¿A tu caballo? ¿Y Volterra?

—Deja que descansé, además no vamos a ir lejos. ¡Arriba! —La tomó por la cintura y con una habilidad impresionante y sin ninguna dificultad la sentó a horcajadas delante de él.

—¡Ay!Eres un bruto!

—Y tú una quejica. —Sonrió oliendo su cabello—. ¡Vamos muchacho!

Espoleó a su caballo, y acercando a Bella con una mano por la cintura y sosteniendo las riendas con la otra comenzaron a cabalgar.

En realidad, el lugar no estaba lejos, podía llegar perfectamente andando. Pero ya estaba siendo demasiado inconsciente saliendo solo a esas horas de la noche, como para además hacerlo a pie. De todas maneras, iba armado, aunque esperaba no tener que usar ni su espada ni su daga

Sabía que no era seguro salir fuera del castillo en la oscuridad de la noche, pero de alguna manera quería retribuir la confesión de Isabella. Por eso decidió llevarla allí, a ese lugar donde buscaba refugio de pequeño. Ese lugar… Al que solo había ido él.

Llegaron al claro que se abría pasó entre la arboleda y bajó del caballo, ayudándole a hacer los mismo a Isabella.

—¿Dónde estamos? —Preguntó mirando a su alrededor.

—En un lugar especial, vas a presenciar una de las maravillas de la naturaleza.

—¿De verdad? Porque yo solo veo árboles y oscuridad.

Edward rodó los ojos ante su respuesta.

—Eres demasiado impaciente.

—Vamos a sentarnos aquí, —Señaló dirigiéndose hacia el tronco de un árbol.

—¿Y ahora?

—Ahora… vamos a esperar un momento.

Isabella le miró sin saber a qué se refería. Sentado a su lado, con la espalda apoyada sobre el tronco y sus brazos descansando entre sus rodillas dobladas parecía sereno y feliz.

Después de pasar un rato allí sentados, en mitad del bosque y sin que nada ocurriese Isabella no pudo más.

—Edward... Susurró impaciente.

—¿Qué? —El tono exasperado era inconfundible.

—¡Qué no pasa nada!, ¡Eso es! —Se quejó mirándole.

Edward sonrió, tomo con dos dedos su barbilla y giró su rostro hacia el frente.

—Mira allí...

—¡Oh! —Jadeó sorprendida.

Pequeñas luces voladoras flotaban delante de ellos, envolviéndoles cómo si de una nube de velas se tratase.

—¿Qué son?

—Luciérnagas. —Respondió disfrutando del espectáculo.

—Es... Precioso.

—¿Te gusta?

—¡Es maravilloso!, ¿Cómo descubriste este lugar?

—Cuando mi madre murió necesitaba evadirme de todo, estar solo y pensar. Un día salí a cabalgar y se me hizo tarde, el caballo estaba agotado y yo también. Decidí descansar aquí un rato y de pronto las vi. Empezaron a aparecer y a rodearme y pensé en cuanto le habría gustado a mi madre ver algo así. Amaba la naturaleza y a los animales.

—Debió ser una mujer maravillosa.

—Lo fue. —Confesó Edward sin ocultar su tristeza por los recuerdos.

—¿Tu padre y tu hermano conocen este lugar?

—No, eres a la primera persona que me acompaña aquí. Si mi madre hubiera estado viva la hubiese traído aquí. Habría sido un regalo maravilloso, lamentablemente le hice muy pocos.

Isabella acarició su mejilla y dejó su mano reposando allí.

—Estoy segura de que tú fuiste su mejor regalo.

Edward se perdió en sus ojos marrones, recorrió con su dedo su nariz. Allí, en mitad de la noche, con una nube de luciérnagas brillando a su alrededor, estaba hermosa.

Acercó su rostro al de ella y se lanzó a besar su boca sin pensarlo dos veces. Isabella, abrió sus labios sin ningún reparo para alojar su lengua que ávida, bebía de ella. Sin darse cuenta, se dejaron caer encima de la fría hierba. Edward sostuvo su peso con una mano, intentando no aplastarla, al tiempo que ella abría sus piernas para que se acomodarse mejor. La boca de Edward se dirigió hacia su cuello, donde chupó, lamió y mordió suavemente cada centímetro de su cremosa piel haciéndola jadear de placer.

En un gesto involuntario, la pelvis de ella se alzó buscando aliviar la llama que se había prendido en su interior haciendo que su intimidad se frotase contra su endurecido miembro.

Edward aprisionó con su mano uno de los senos de ella, aún cubiertos por su ropa mientras que con la otra descendía hasta su cintura, sin embargo, de pronto se detuvo.

—¿Qué ocurre? —Preguntó Isabella al ver cómo se había separado de ella. La desilusión la invadió de nuevo al ver como un nuevo acercamiento quedaba frustrado.

Edward la miró intensamente, enmarcando su rostro entre sus manos.

—Que estoy demasiado cansado como para seguir luchando contra mí.

—¿Contra ti?

—Contra mis instintos, mi necesidad de poseerte, de volver a tenerte entre mis brazos… —Confesó acariciándola suavemente.

—¿Y qué vas a hacer?

—Rendirme a mí mismo. —Respondió apoderándose de su boca. Sus labios devoraron los de ella al tiempo que su lengua exploraba a su cálida boca y sus manos comenzaban a deshacerse de su vestido.

Desnuda, jadeante y rodeada por aquellas minúsculas luces, Isabella era todo un espectáculo digno de ver.

—No sé cómo permití que me dejases tomarte a oscuras la noche de nuestra boda. A partir de ahora siempre habrá luz. No me negarás el placer de verte.

—Yo... ¡Ah! —Jadeó al sentir como la boca de él se apoderaba de uno de sus pezones al tiempo que su mano descendía buscando su intimidad.

—¡Oh, señor! Volvió a gemir al sentir como los dedos de él empezaban a bombear en su interior y su lengua dejaba su seno para torturar a su gemelo.

Bella sintió como la ola de fuego crecía y crecía en sí interior. Aferrándose a la hierba y arqueándose contra él al sentir como el orgasmo estallaba en su interior.

—Digno de ver, sí señor. —Alabó deshaciéndose de su ropa. Completamente desnudo frente a ella y con si miembro inhiesto y febril observó como los ojos de su esposa se abrían desmesurados y sus piernas se cerraban cuando él se disponía a penetrarla.

—¿Qué vas a hacer? ¡Quieto! —Jadeó asustada.

—Tranquila, —Pidió haciéndola caer de nuevo en la cama sosteniendo la por los hombros— ¿No recuerdas lo bueno que fue la otra vez?

—Sí, pero eso... Tú... Estás muy grande, quizás debamos esperar a que baje un poco —Pidió señalando su miembro.

—La otra vez, no pusiste ninguna pega, susurró en su oído al tiempo que sus dedos volvían a colarse en su interior haciéndola gemir de placer de nuevo—. Además, voy a enseñarte una cosa, querida esposa, cuanto más grande esté, más disfrutarás. Ahora lo verás.

Edward sustituyó sus dedos humedecido por los flujos de su esposa por su pene, que se abría pasó en su estrecha cavidad. No había olvidado lo bien que se sentía, de echo ese recuerdo le torturaba, pero sus recuerdos no le hacían justicia, vivirlo era mejor, mucho mejor. Sentir como cada centímetro de sus paredes vaginales aprisionaban su pene haciéndole palpitar era como volar.

Cuando se sintió completamente dentro la miró a los ojos, comprobando que estaba bien. Las pupilas dilatadas de su mujer y la manera en la que mordía su labio inferior le hicieron saber que así era.

—¿Seguimos?

—Sí, jadeo...

Fue lo único que necesitó para empezar a bombear en su interior, lento y suave primero, y aumentando el ritmo después.

Los talones de Isabella se clavaban en sus glúteos haciéndole llegar aún más adentro. Los jadeos de ambos se acompañaban, al tiempo que, de forma sorpresiva, Bella le agarró del cuello acercó su rostro al de ella para volver a besarse.

Sintió cómo ella estaba a punto de estallar, su presión y las uñas clavadas en su piel se lo hicieron saber. Aumentó aún más el vaivén de sus caderas haciendo que ambos, juntos alcanzarán el placer. Juntos, sudoroso, jadeantes, saciados y unidos por su intimidad perecieron en la cama. Él sin salir del interior de ella y ella, aferrándose a él. Algo había cambiado, para ella y para él. Algo que hasta ahora era desconocido pero que juntos, empezarían a descubrir.

Aun reponiéndose de los últimos retazos de placer, el crujido de unas ramas le hicieron ponerse en alerta y despertar su sexto sentido.

—Hay que irse. —Habló Edward levantándose mientras que buscaba su ropa.

—¿Qué?

Edward suspiró y la miró allí tumbada sobre la hierba, desnuda…parecía una ninfa, pero él se había dejado llevar y la había tomado allí como un animal.

—Bella, no quiero que pienses mal, no me arrepiento de lo que acaba de ocurrir, pero no han sido las formas ni el lugar. Tú te mereces algo más que hacer el amor aquí en mitad del campo.

—No cambio la cama más cómoda por este pedacito de cielo.

Edward sonrió, pero seguía estando en alerta, tenían que largarse de allí, porque su imprudencia les estaba poniendo en peligro.

—Pues entonces vístete y sigamos disfrutando, pero a cubierto. —Bromeó besando su frente.

Isabella le obedeció, se vistió y subieron al caballo poniendo rumbo al castillo. La noche iba a ser placentera y larga, aunque Edward tuviese que madrugar al día siguiente y averiguar qué estaba pasando.

ὠὠὠ

—¡Maldita, Swan! Al final eres igual de zorra que yo. Basta una caricia para que tú también te abras de piernas. —Habló consigo misma Tanya.

Les había seguido cuando los vio salir de las caballerizas. En un principio creyó ver solo a Edward. Sabía que le encantaba cabalgar de noche, pero en seguida se percató de que no estaba solo.

Sin dudarlo, sacó uno de los caballos y guardando las distancias se dispuso a seguirlos.

A ella nunca la había tratado así. Nunca había paseado con ella ni le había acariciado con esa dulzura. Ese Edward era diferente al que ella conocía. Esa zorra le estaba cambiando.

—No lo voy a permitir. No vas a quitarme mi lugar. Yo voy a ser la señora de Cullen, ese es mi destino y no lavar tus ropas, zorra.

Tenía que volver, no quería arriesgarse a que descubriesen la falta del animal.

Iba a voltearse cuando de pronto una mano cubrió su boca y un brazo la aferró por la cintura haciendo que su espalda chocase contra el pecho de alguien.

—Vaya, vaya. Que tenemos aquí….

Tanya intentó removerse para deshacerse del agarre de su captor. Pero el aliento helador de él y sus palabras la hicieron detenerse.

—Parece que tú y yo tenemos el mismo interés común...

¡Hola a todos! ¡Al fin han acercado posturas estos dos tercos! ¿Qué ocurrirá ahora?

Muchas gracias a todos por los favs, followsy reviews.

Espero ansiosa vuestros comentarios.

Nos leemos en el grupo de Facebook Elite Fanfiction y su iniciativa martes de adelantos y el viernes en un nuevo capítulo.

Saludos.

Nos seguimos leyendo