CAPÍTULO 21
—¡Cálmate, Edward! —Pidió James observando como su hermano caminaba desesperado de un lado para otro en el gran salón.
—¡No me pidas que me calme! ¡Si no baja nadie dentro de poco, subiré y tiraré la puerta abajo!
—Edward, tienes que dejar que la vieja Claire haga su trabajo. Esa mujer y su marido han salvado la vida de gran parte de los guerreros Cullen, Isabella está en buenas manos.
Edward miró a Jacob y reflexionó sobre sus palabras. Su amigo tenía razón, Claire y Peter Mcswanson eran los curanderos de Cullen. Peter formó parte del ejército Cullen cuando su padre era joven, pero debido a los conocimientos sanadores que poseía, la mayor parte de las veces se dedicaba a curar a los heridos en lugar de batallar.
Su esposa, había aprendido de él, y además era la comadrona más sabia de la zona. No duda de que Isabella estaba en buenas manos, eso no era lo que le preocupaba, lo que le estaba matando de ansiedad y dolor era no poder estar a su lado para saber cómo estaba y que había ocurrido.
Aún recordaba el grito alarmado de Angela llamándole y diciéndole que la señora estaba inconsciente y sangrando en el suelo.
Ni siquiera la dejo terminar la explicación, cuando rompió a correr hacia el castillo para ver qué era lo que había ocurrido.
La imagen que encontró le encogió el corazón. Isabella estaba tirada en el suelo, a los pies de las escaleras. Su brazo derecho estaba torcido en una posición de lo más extraña y en su frente tenía una herida de la que brotaba sangre de manera profusa.
Con sumo cuidado y desoyendo a su hermano y Jacob que habían corrido tras él, la tomó en brazos y la subió hasta sus aposentos mientras que ordenaba a voces que llamasen a Peter y Claire.
De eso habían transcurrido más de dos horas, y nadie le había notificado nada. Él estaba cansado de esperar, ya no aguantaba más.
—¿Dónde vas? —Preguntó James al verle salir del salón.
—Junto a mi esposa, necesito saber qué es lo que ha ocurrido.
—¡Edward!, ¡Edward! —Gritó James intentando retenerle sin éxito.
—No insistas, —Pidió Jacob— Hasta que no la vea no se quedará tranquilo.
Edward abrió la enorme puerta de madera sobresaltado al matrimonio que estaba atendiendo a su esposa.
—¿Cómo está? —Preguntó acercándose hasta la cama donde Isabella permanecía dormida.
—Mi señor, todo está bien. —Explicó Peter.
—¿Bien? ¡No me digas que está bien cuando tiene la cabeza y el brazo vendado! —Gritó recibiendo una mirada reprobatoria de Claire que en ese momento acomodaba las sábanas sobre su esposa.
Isabella estaba en la cama, pálida. Su cabeza estaba vendada y la sombra de un hematoma empezaba a aparecer sobre su mejilla derecha. Su brazo derecho descansaba sobre su abdomen cubierto por una venda blanca.
—Está golpeada, pero saldrá de esta. Tiene el brazo dislocado por lo que hemos tenido que manipularla y vendárselo para que vuelva a su sitio.
—Le hemos dado un preparado para adormecerla y que sienta menos dolor. —Habló la mujer—. Tiene un par de costillas magulladas y el golpe en la cabeza, aunque es feo, no parece haber dañado nada. La señora hablaba y recordaba todo.
—¿Cuándo despertará?
—Esta noche o mañana, es mejor que esté dormida para que pase mejor el dolor. La caída ha sido dura.
—Claire puede quedarse para cuidar de ella y...
—No, la cuidaré yo. Dígame que debo hacer y yo mismo me encargaré.
—Ambos se miraron sorprendidos, pero acataron las órdenes de su jefe.
—Solo debe mantener su cabeza elevada y darle de beber este preparado para ayudarla con el dolor. Mañana a primera hora vendré para cambiarle los vendajes.
—Si se despierta esta noche que tome algo ligero para cenar, pero si no lo hace, déjela descansar y que mañana disfrute de un buen desayuno.
—Gracias.
—Cualquier cosa que necesite háganoslo saber, mi señor.
El matrimonio abandonó la estancia y Edward se aproximó hasta la cama tomando asiento junto a ella. Tomó su mano y con la otra acarició suavemente su mejilla golpeada.
—Mi pequeña patosa, me has dado un susto de muerte. —Confesó acercando sus manos unidas y besándola—. Descansa, porque mañana quiero ver abiertos esos ojos marrones que me vuelven loco.
Sin embargo, Isabella no despertó al día siguiente. En mitad de la noche, una fiebre se apoderó del cuerpo de ella, haciéndola convulsionar.
Los gritos de Edward atronaron el castillo en busca de ayuda. Peter y Claire acudieron rápidamente para ver qué ocurría. La herida estaba infectada, esa era la raíz del problema. Quitaron los vendajes para curarla, pero ni un así consiguieron hacer que la fiebre desapareciera.
La frente de Isabella estaba perlada de sudor y su piel hervía.
Al final, y en vista de que las curas no surtirán efecto, Claire aconsejó bañarla en agua fría para intentar regular su temperatura.
Edward fue el encargado de hacerlo. Tomaba el cuerpo laxo de su esposa y junto a ella se introducía en la bañera helada sintiendo como su piel se erizaba por el contacto del agua. Abrazaba fuerte a Isabella y con sumo cuidado limpiaba cada centímetro de su piel.
Fueron cuatro días sin descanso en los que la fiebre no dio tregua. Edward no se despegó del lado de Isabella, centrándose sólo en ella. No le importaba lo que pasase en Cullen ni si Escocia caía o no en desgracia. Lo único que le importaba es que su mujer despertase y no se despegaría de su lado hasta que no lo hiciese.
Tan pendiente estaba de ella que ni siquiera se percató de la llegada de su padre. Sólo fue consciente de ello, cuando Carlisle entró en el dormitorio para cerciorarse en persona del estado de su nuera.
—Hijo. —Susurró colocando su mano sobre el hombro de Edward quien sorprendido se giró y se levantó para abrazar a su padre.
—Padre. —Saludó con voz pastosa
—¿Cómo está? —Preguntó Carlisle observando la frágil figura de Isabella.
—Mejor, aunque la fiebre no acaba de ceder.
—Pero lo hará, es una jovencita sana y llena de vida, saldrá de esta.
—Más le vale, porque si no es así...
—Lo será, pero tú también debes cuidarte. ¡Mírate!. —Pidió separándose de él.
Las ojeras eran más que evidentes, hacia días que no se recortaba la barba y había perdido peso.
—No creo que quieras que Isabella te vea así cuando despierte.
—Me da igual, lo único que quiero es que abra los ojos, aunque sea para decirme que me odia y que soy un desastre
—¿Por qué iba a hacer eso?
—Porque es verdad. He intentado frenar mis sentimientos por ella, negarme a mí mismo lo que para todos era una obviedad y la he hecho sufrir. La amo y si se muere... Si muere yo moriré con ella. —Confesó sintiendo como un par de lágrimas brotaban de sus ojos.
—Hijo..., podrás decírselo en persona. Estoy seguro. Ya lo verás. Pero tienes que descansar. Tu esposa te necesita fuerte. Ve abajo, come algo y descansa. Esa muchacha... Angela, se ocupará de Bella.
—No.
—Edward, no es una petición. Es una orden, soy tu padre y el laird. Bajarás conmigo y comeremos algo juntos. Haz caso a este viejo.
A regañadientes, Edward acompañó a su padre, quien le obligó a comer algo después de llevar días sin hacerlo.
—¿Has avisado a Swan del estado en el que se encuentra su hija?
Edward suspiró y pasó sus manos frustradas por su cansado rostro.
—No, no lo he creído conveniente. Tampoco he tenido tiempo de pensar en ello, además, Isabella es mi responsabilidad.
—Pero también es su hija.
—Lo sé, pero soy yo quien debe ocuparse de su cuidado. Enviar una misiva a Swan solo serviría para alarmarle más. Tengo la esperanza de que despierte pronto, Cuando Swan quisiese llegar aquí Isabella ya estaría despierta.
—Pero... ¿Cómo ocurrió? James solo me dijo que se cayó por las escaleras.
—No lo sé, yo no estaba aquí. Debió tropezar o eso imagino. Según Peter los golpes no eran de importancia, pero la herida de la frente se debió infectar y de ahí le sobrevino la fiebre.
—Isabella despertará pronto hijo. He visto a guerreros con heridas mucho más feas que la suya temblar por la fiebre y salir ilesos.
—Pero esos guerreros no eran tan frágiles como ella.
—Edward, hijo, si tuviese que describir a Isabella con una palabra, no elegiría la palabra frágil, precisamente. Como te he dicho antes, ella es joven y sana, va a salir de esto.
—Eso espero, padre, eso espero. —Suspiró.
Carlisle palmeó la espalda de su hijo para reconfortarle y continuó hablando con el fin de distraerle
—Cómo veo que estás deseoso de saber cómo me ha ido en la corte voy a ponerte al corriente de todo lo que he hablado con nuestro rey. —Ironizó Carlisle ante la falta de interés de su hijo— Aro confía en nosotros, está al tanto de la situación. No va a ser tan fácil ponerle en nuestra contra.
—Me alegro, padre, pero ahora mismo eso es lo último que me preocupa.
—Lo sé, pero debes saberlo. —Habló Carlisle quien aprovechó ese pequeño momento para contarle lo ocurrido durante su estancia fuera.
—Padre, creo que James podrá tomar mis funciones durante unos días. No tengo cabeza para otra cosa que no sea Isabella.
—No te preocupes, hijo. Yo me encargaré, tu hermano tiene suficiente con sus quehaceres.
—Padre...
Edward no tenía fuerzas para debatir sobre ese tema de nuevo. Carlisle siempre les había tratado por igual, sin importar que James hubiese nacido fuera del matrimonio, pero algo que siempre supo diferenciar muy bien fueron las obligaciones de uno y otro.
—Yo soy el laird, estoy bien, yo me encargaré.
—Pero no debes sobresforzarte o recaerás. James es responsable y también es tu hijo.
—Pero no será el laird.
—¿Y si muero? Él es tu otro heredero.
—No hables de la muerte, Edward. Cuando eso pase tu hijo ocupará tu lugar.
—Hijo que no tengo.
—Aún, —Apuntilló Carlisle— Cuando tu esposa se recupere estoy seguro de que no perderéis el tiempo. James tiene que tener claro su lugar. Es mi hijo, pero no heredará este Clan. Os quiero a ambos, por vuestras venas corre mi sangre, pero cada uno tiene marcado su destino. Tú has nacido para ello, te he formado e instruido para mantener mi legado. James será un buen hombre, un gran guerrero que espero haga honor a su apellido en el campo de batalla.
—Pero él es el mayor.
—Edward... Si James existe es... Fue por mi inconsciencia por negarme a ver lo que tenía a mi lado. Busqué fuera algo que no me llenaba, el insulso placer carnal y deseché el privilegio que es disfrutar de esa conexión con la persona que amas. Tú debes entenderme mejor que nadie. Tu madre fue una santa al perdonarme, pero yo no. Por ella, por su memoria, tú mi hijo legítimo y mi mano derecha me sustituirás cuando llegue el momento. No hay nada más que hablar.
La pálida mano que aferraba el pomo de la puerta se apretó más fuerte alrededor de la empuñadura de hierro. Su figura quedaba oculta por el grueso portón de madera que daba paso al gran salón.
Allí, cobijado por la oscuridad, había sido testigo de la conversación. Siempre había sospechado cuales eran los pensamientos de Carlisle Cullen, pero escucharlos de su boca dolía. Estaba claro que, para él, su existencia no era más que un error. Un error que si pudiese borraría. Pero no podía hacerlo, tenía que aguantar su presencia allí, y ahora más que nunca estaba decidido a ser firme en su plan, aunque para ello tuviese que sacrificar a Edward.
—Eso ya lo veremos, padre. Ya lo veremos...
James se giró dispuesto a abandonar el castillo, pero la figura inmóvil de una mujer situada en la lejanía le detuvo. Observó a un lado y a otro para comprobar que estaban solos, no entendía como esa idiota podía arriesgarse tanto. Entrecerró los ojos y le dedicó una fulminante mirada, recibiendo a cambio una leve inclinación de cabeza que le invitaba a reunirse con ella.
A grandes y presurosas zancadas, acortó la distancia que les separaba y la tomó del brazo para sacarla de allí.
—¡¿Estás loca?! ¡¿Qué pretendes?! —Susurró arrastrándola hasta un pequeño recodo.
—Necesito hablar contigo.
—No es el momento, te dije que yo te llamaría.
—Es que necesito saber si la zorra de Isabella va a morirse o no.
—¡¿De qué demonios estás hablando?!
—¿Cómo está?
—Mejor, creo. Pero… ¿A ti que te importa?
—¡Maldita sea! Deberé seguir infectando las vendas. Creí que con la caída bastaría, pero esa idiota es más fuerte de lo que pensaba.
—¿Qué estás diciendo Tanya? —Preguntó zarandeándola—¿A caso…? ¿Estuviste implicada en la caída de Isabella?
Pero James no necesitó respuesta. La sonrisa que se dibujó en los labios de Tanya confirmó sus sospechas. Es mujer estaba implicada en lo ocurrido y él, él necesitaba saber que había hecho.
¡Hola a todos! Parece que Isabella está grave ¿Sadrá de esta?
Edward ha reconocido sus sentimientos por fin y Tanya… ha hecho de las suyas.
Veremos que ocurre a partir de ahora.
Muchas gracias a todos por los favs, follows y reviews.
Espero ansiosa vuestros comentarios.
Saludos
Nos seguimos leyendo.
