CAPÍTULO 23
El choque del metal chirriaba en el patio de armas. La furia de Edward era incontrolada y esa desazón la expresaba con su ataque, haciendo retroceder a su contrincante, sin ni siquiera darle un respiro hasta que logró hacerle tropezar y caer al suelo.
El filo de su arma apuntó hacia su garganta tembloroso, como consecuencia de su agitada respiración.
—¡Para! ¡Para! ¡Me vas a matar! —Se quejó Jacob entre jadeos. Rodó hacia un lado desapareciendo del objetivo de Edward al tiempo que se incorporaba y se limpiaba los restos de barro de su ropa— Cuando me dijiste que querías entrenar no sabía que te referías a esto. ¿Qué diablos te ocurre? Solo te he visto actuar así en el campo de batalla.
—Tienes razón, Jacob. Lo siento. —Se excuso lanzando la espada al suelo. Necesitaba descargar mi frustración y no he medido las consecuencias.
—¿Frustración? ¿Qué es lo que ocurre? ¿Isabella está peor? —Preguntó preocupado.
—No, ella está bien. Son…otras cosas.
Isabella afortunadamente se encontraba cada día mejor, era cierto que él apenas la dejaba moverse de la cama, pero aun así sus golpes habían disminuido y cada vez se encontraba con más fuerza. Lo que le perturbaba era otra cosa, era saber, que alguien había querido matar a su esposa.
Cuando Bella le confesó lo ocurrido le hizo repasar cada uno de sus movimientos durante el día del accidente. Lo recordaba todo perfectamente, pero lamentablemente no le había podido ver la cara al agresor. Eso era lo que más le turbaba, el no saber quién le estaba traicionando.
Debía ser alguien cercano, eso estaba claro, pues conocía lo suficientemente bien el castillo para aparecer y desaparecer sin ser visto. Un traidor entre los suyos, el enemigo en su propia casa.
Por el momento decidió no comentar con nadie lo ocurrido. Ese secreto permanecería por el momento entre él y su esposa, al menos hasta que decidiese como actuar. Lo que estaba car es que iba a descubrirle. Nadie más pondría en riesgo la vida de Isabella y la suya tampoco.
Aún con ganas de mantener el secreto necesitaba hablar con alguien. Necesitaba ayuda para descubrir al traidor. Podía confiar en Jacob, le conocía desde pequeños, prácticamente se habían criado juntos. Hablaría con él, pues por el momento no quería preocupar ni a su padre ni a James.
—Amigo, ¿Va todo bien? —Preguntó de nuevo Jacob colocando su mano en el hombro de él— Tu cabeza está en cualquier parte menos aquí.
—Tengo que hablar contigo, pero no aquí. Necesitamos ir a un lugar seguro y…
Las palabras de Edward quedaron silenciadas por el sonido del cuerno proveniente del torreón del vigía. Su cuerpo se envaró junto al de Jacob.
—¡Fuego! ¡Fuego, mi señor! —Gritaba el vigía.
Ambos corrieron hasta la torre y subieron las escaleras de dos en dos hasta llegar a la cima. Una enorme columna de humo se divisaba al fondo.
—¿Qué hay ahí? —Preguntó Jacob intrigado pues el terreno estaba demasiado lejos para que pudiese ser un ataque.
—Las tierras que me cedió Swan. —Respondió Edward seriamente— ¡Vamos!
Bajaron a la misma velocidad y se subió a su caballo sin siquiera ensillarlo mientras que Jacob ordenada llenar carretas y juntar a hombres para acarrear el agua hasta la zona.
Edward observó horrorizado como el terreno era pasto de las llamas. A simple vista estaba claro que el fuego estaba descontrolado y que poco se podía hacer por recuperar el terreno. Lo único importante era evitar que se propagarse para evitar que llegase hasta la zona poblada.
El ruido de los cascos y las carretas le hicieron salir del estupor y ponerse a dirigir las maniobras para apagar el fuego. Todos sus guerreros, incluidos los hombres del clan que se dedicaban a otros menesteres acudieron prestos para sofocar el incendio.
Su hermano James dirigía la parte este, mientras que Edward y sus hombres se ocupaban del centro y oeste.
Carlisle Cullen llegó hasta la zona asombrado por las lenguas de fuego que ascendían entre la maleza.
—¡Santo cielo! ¡Edward! ¿Qué ha ocurrido?
—No lo sé, padre. Pero no deberías estar aquí. Tus pulmones...
—No voy a dejaros solos, hijo.
—Y yo no voy a arriesgar tu salud. Vuelve al castillo, organiza más carretas con agua, creo... Que vamos a tardar en controlar este desastre.
Edward tuvo razón, la noche se cernió sobre ellos y el fuego, algo menos intenso, continuaba azotando el terreno.
Los hombres estaban exhaustos, llenos de hollín y cansados de acarrear los cubos de agua para mitigar aquel infierno.
—Edward, ve a descansar. Haremos turnos para poder mantener la zona vigilada durante la noche. —Pidió Jacob observando como su amigo seguía labrando la tierra con el fin de despejar la de maleza y crear un cortafuegos.
—Ve tú, yo seguiré con esto y después podrás relevarme.
—Edward...
—Hermano, Jacob tiene razón. —Habló James llegando hasta ellos—. Aquí aún queda trabajo por hacer, es mejor que nos turnemos. Ve a casa, tu esposa debe estar preocupada
—Isabella...
Debía estar ansiosa ante la falta de noticias. Estaba seguro de que ya todos estarían al tanto de lo que había ocurrido.
—Está bien, os haré caso. Jacob, organiza a los hombres en dos turnos de trabajo. El primero se marchará conmigo y volveremos antes del alba para relevaros.
—No te preocupes, hermano, yo me encargaré. —Dijo James.
—No, no te lo tomes a mal, James, pero has estado fuera, Jacob conoce mejor a los hombres y sabe las aptitudes de cada uno. Sin embargo, me gustaría que te quedases con él para organizarlo todo.
—Cómo desees, hermano. Asintió James.
—Cualquier cosa no dudéis en ir a buscarme.
—Por supuesto. —Asintió Jacob.
—Cuando Edward cruzó la puerta de sus aposentos se encontró con su esposa ataviada con un fino camisón blanco, el pelo recogido en una trenza e intentando mantener el equilibrio de manera dificultosa junto a la ventana.
—¿Se puede saber qué haces levantada, Isabella? ¡Edward! ¡Oh, Dios mío! ¿Estás bien? ¡Dime que estás bien! —Exclamó corriendo con dificultad hacia él pero un pinchazo de dolor le hizo detenerse—, ¡Ay!
—Vamos a la cama. —Ordenó acercándose hasta ella y tomándola en brazos.
—¡Dios mío! Solo puedo diferenciar tus ojos entre tanta oscuridad. —Habló ella observando el ennegrecido rostro de él
—Es por el humo, allí parece que se ha desatado el infierno.
—Pero... ¿Está todo el mundo bien?
—Sí, afortunadamente esa zona suele estar despoblada.
—Pero... ¿Cómo ha podido pasar? ¿Dónde ha sido? Angela sólo me ha dicho que había fuego y que todo el mundo estaba corriendo de un lado para otro.
—En las tierras que me dio tu padre, las que pertenecieron a mi tío.
—Pero... Eso está bastante retirado de aquí, ¿Cómo...?
—No lo sé, Bella, y ahora mismo no quiero verbalizar lo que pasa por mi cabeza. Solo quiero lavarme y descansar un rato a tu lado ¿Está bien?
—Bella acarició su rostro limpiando un poco el oscuro rastro que ocultaba su tez.
—Claro, le diré a Angela que te prepare algo de comer y...
—No, no tengo habré solo quiero quedarme aquí, junto a ti.
Edward se tumbó a su lado. De repente su cuerpo parecía pesar toneladas, era como si todo el cansancio acumulado hubiese salido de golpe. Las suaves caricias que Isabella le estaba prodigado por su cuello y su pelo tampoco ayudaban a evitar el sopor que le invadía.
Algo no iba bien, su instinto se lo decía. Se sentía igual que cuando estaba en el campo de batalla y olía al enemigo acercarse, sigiloso, agazapado, traicionero...
Ese incendio no había sido fortuito, no necesitaba pruebas para confirmarlo, sin embargo, mañana constataría si estaba en lo cierto o no. Puede que una guerra interna estuviese a punto de desatarse y no le importaba si con ello salvaba a los suyos y a su familia. No perdería la batalla. Puede que el enemigo contase con la ventaja que le daba el mantenerse oculto, pero él iba a descubrirlo, aunque muriese en el intento.
La falta del calor del cuerpo de Isabella le hizo despertarse. Palpó a tientas la cama, pero no la encontró.
—¿Bella...? —Preguntó alarmado incorporándose de golpe.
—Estoy aquí. —Respondió al lado de la bañera—. Van a subir el agua caliente para que puedas bañarte antes de volver, anoche caíste rendido.
Edward pasó las manos por su cansado rostro.
—¿Has salido de la habitación? Bella...
—Solo salí al pasillo, Angela estaba limpiando ni siquiera tuve que moverme de aquí.
—Bella, ven aquí, pidió señalando el lado de la cama para que se sentase junto a él.
—Escúchame, necesito que me prometas algo. —Pidió tomando su rostro entre las manos.
—Edward...
—Bella, mírame. Júrame que no saldrás de esta habitación mientras que yo no esté contigo. Nadie absolutamente nadie, que no sea mi padre o Angela debe entrar aquí, ¿Me has entendido?
—Pero... ¿Qué ocurre Edward?
—Aún no lo sé, pero quiero ser precavido. ¿Me lo juras, Bella?
—Sí, sí, te lo juro.
—Está bien.
Edward abandonó el castillo y pudo rumbo de nuevo hacia la zona del incendio. Todo estaba más calmado que ayer, aún había pequeños focos que ardían, pero el resto de los rescoldos estaba controlado.
—¡Jacob! Dime, ¿Cómo va todo?
—Más o menos controlado ha sido una noche dura, pero los cortafuegos que construisteis han ayudado a controlar la propagación. Aún hay que refrescar la zona para evitar que se avive el fuego. Vamos a dejar ese lago seco.
—Eso da igual. ¿Y James? —Preguntó al no ver por allí a su hermano.
—Está explorando la zona junto a Jasper y algunos hombres más, sospechan que...
—Que esto ha sido provocado.
Jacob asintió.
—¡Edward! —La voz de Mike llegó hasta ellos. El hombre, acompañado por James y un grupo de hombres se acercaron hasta su posición.
—¿Qué ocurre, Mike? —Preguntó Edward al ver el rostro confuso del hombre.
—Edward, hemos encontrado algo, pero no sé...
—¿El qué? ¿Qué habéis encontrado?
Mike miró a James como dudando, si hacerlo o no.
—¡Enséñaselo! —Ordenó James.
—Pero...
—¡Trae eso! —Bramó James enfurecido quitándole el trozo de tela que Mike ocultaba a su espalda—. ¡Esto es lo que tú hombre tiene tanto temor a enseñarte!
Edward tomó el trozo de tela y lo observó. Los colores no dejaban lugar a dudas de a quien pertenecía ese trozo de tartán.
—¿No dices nada? —Preguntó James observando a su hermano.
—¿Qué quieres que diga?
—¿Cómo que qué quiero que digas? ¡Ese tartán pertenece a los Swan! ¡La familia de tu mujer te ha traicionado! ¿No piensas hacer nada? ¿Vamos a quedarnos quietos mientras que se ciernen sobre nosotros?
Edward volvió a fijar su mirada en el trozo de tela y acarició la lana despacio. La familia de Isabella estaba detrás de todo aquello. ¿Sería verdad? ¿le habría engañado Charles Swan incumpliendo su palabra?
Edward arrugó el trozo de tela que sostenía en las manos. Traición, esa era la palabra que James había pronunciado y todos sabían que, en Escocia, la traición se pagaba con sangre.
¡Hola a todos! Se complican aún más las cosas para Edward. ¿Estarán los Swan detrás de este nuevo ataque?
Muchas gracias a todos por los favs, follows y reviews.
Espero ansiosa vuestros comentarios.
Saludos.
Nos seguimos leyendo.
