Spoilers de Dark Road y del Melody of Memories.

Despedida.

Todavía recuerdo la conversación con el extraño encapuchado en la Necrópolis de las Llaves Espada. Llegué a ese lugar en busca de respuestas a la tragedia que sucedió a mis amigos, o al menos, la manera para devolver a la realidad a los estudiantes superiores que desaparecieron cuando todo empezó.

No temía a la oscuridad, y de hecho, para cumplir mi propósito debía de emplearla.

Mi primera impresión de ese ser fue su ego desmesurado: sus gestos exagerados, la seguridad que desprendía en ellos e incluso se permitía el uso del sarcasmo en una conversación seria.

Fuera quién fuera, me dio la guía para desplazarme por la oscuridad sin necesidad de mi armadura. Demostraba que al menos era alguien poderoso y que su conocimiento se escapaba de mis límites.

Gracias a él, estoy listo para viajar al otro lado.

Pero antes, debo de visitar a mi viejo amigo Eraqus. Él fue nombrado sucesor del Maestro Odín contra todo pronóstico. Yo, Xehanort, debí de ser el heredero de la Atisbadora. Pero supongo que la sangre y los orígenes convencieron al Maestro Odín de que Eraqus era el candidato. Un chico corriente de las Islas del Destino jamás podría ser quién poseyera la Llave Espada más antigua y poderosa del universo.

Viajé a Scala ad caelum a través de un corredor de oscuridad. Estaba acostumbrándome a ella, a su fuerza fluir entre mis extremidades y a sentir que no podía controlarme. Allí, frente al castillo que fue mi hogar durante tantos años, me esperaba Eraqus, firme, apretando los labios y empuñando la Atisbadora.

- Has venido – dijo dando unos pasos decididos hacía mí.

- ¿Así recibes a un viejo amigo? – pregunté esbozando una sonrisa -. Pensé que tenías ganas de verme, Eraqus.

Eraqus respiró hondo, cerrando los ojos y le tembló la mano. El ojo azul de la Atisbadora brilló con la luz del sol y mis ojos se fijaron en ella.

- Mataste al Maestro – declaró con voz rota -. ¿Por qué?

Cerré los ojos. El Maestro Odín no era ese sabio inmaculado que Eraqus pensaba. Había sido el responsable directo de las muertes de Urd, Hermond, Bragi y Vor.

La dulce Vor.

Ninguno de ellos merecía la muerte, pero Vor era sólo una niña, una pequeña luz que emanaba un gran poder mágico. Si un Maestro de la Llave Espada debía de proteger a esas pequeñas luces, ¿cómo había sido capaz de sacrificarlas?

- Lo sabes – contesté invocando mi propia Llave Espada.

- Así termina nuestra amistad – dijo Eraqus -. ¿Vas a matarme a mí también?

Su voz estaba rota, decepcionada.

- La oscuridad te ha invadido, Xehanort – añadió con un deje de rabia.

Sí, me había invadido, pero era capaz de controlarla. Y gracias a ese control, la rabia no pudo inundar mi cuerpo, como hubiera hecho en uno normal en esa situación, sino que esbocé una sonrisa segura y miré a los furiosos ojos de mi mejor amigo.

- Baja la Atisbadora, Eraqus – ordené apuntándole con mi Llave Espada -. He venido a hablar.

En su cara se dibujó un gesto inseguro, pero a pesar de ello, Eraqus hizo desaparecer la Atisbadora. Hice lo mismo con mi arma, una Llave Espada con la hoja en forma de reloj de arena, a la cual llamé Innómita, y que representaba mi mayor habilidad hasta ahora: viajar en el tiempo.

- Qué quieres – pronunció sin dejar la rabia atrás.

- Despedirme.

En los ojos de Eraqus apareció el brillo de aquel chico que deseaba acompañarme en todas mis aventuras. El de mi mejor amigo, el cuál prometió resolver el problema juntos. La persona con la que aprendí el significado del amor, de la unión de dos corazones. El chico con el que había compartido el fruto paupú.

Pero en milésimas de segundo fue sustituido por el brillo del Maestro Eraqus, el hombre que se había convertido desde que nuestro examen de Maestría diera un punto y aparte a nuestra relación.

Qué lejos había quedado todo.

- No volverás – declaró, consciente del precio.

- Si con ello puedo hacer regresar a Vor y a los demás, no me importa pagarlo.

- Debemos de velar por los mundos, Xehanort, no cambiar lo que está escrito.

- Quizás lo que está escrito es lo que voy a hacer – dije desafiante.

Eraqus suspiró y volvió a invocar la Atisbadora. El chico que desafiaba las leyes había quedado atrás, sustituido por el hombre fanático de la luz que debía cumplir su cometido.

- Debo de hacerlo, Xehanort – dijo con voz casi inaudible, adoptando su pose característica de batalla: rodillas semiflexionadas, las dos manos sujetando la Atisbadora y una mirada desafiante.

- Así sea – dije invocando la Innómita y alzándola al cielo, apuntándole y extendiendo mi brazo izquierdo desafiándole a comenzar el combate.

Eraqus no me defraudó y atacó, pero mi velocidad era mayor que la suya, y lo esquivé fácilmente. Salté varios metros hacía atrás y convertí la Innómita en un látigo de luz azulada, que rápidamente, agarró el arma que ansiaba. Eraqus gritó, pero la sujetó fuertemente, y tiró de ella.

Solté mi arma y extendí ambos brazos hacía los lados, apareciendo un par de sables de luz que aprendí a manejar tiempo atrás. Eraqus no se sorprendió de dicha habilidad, sino que atacó con una carga eléctrica, achicharrándome, y dejándome con la guardia baja. Me vi envuelto de unas cadenas doradas que Eraqus invocó, estrangulándome con facilidad, y entonces, supe que debía de hacer uso de la oscuridad.

Cerré los ojos y de mi cuerpo emanó las sombras. Eraqus soltó un grito asustado y esa pequeña sorpresa en él la aproveché para destruir las cadenas y atacarle con rapidez. La oscuridad me fortalecían, tanto físicamente como mágicamente. Me otorgaba el doble de velocidad, y eso Eraqus no se lo esperaba. No sé cuantas veces le golpeé, pero cuando iba a darle el golpe de gracia, Eraqus me bloqueó con más cadenas doradas.

- ¿En qué te has convertido? – preguntó con miedo.

- Soy el mismo de siempre – contesté jadeando, saltando hacía atrás para no volver a ser estrangulado.

- No – negó Eraqus y alzó la Atisbadora hacía el cielo -. Eres un ser invadido por la oscuridad. Matar al Maestro Odín te ha convertido en otra persona, Xehanort.

- Era necesario – siseé, harto de que Eraqus no viera la partida tal y cómo yo la veía.

Volvimos a chocar una vez más las Llaves Espada. ¿Dónde quedaron las tardes que jugábamos al ajedrez? ¿Y los días libres que salíamos a navegar entre las diversas islas que formaban Scala ad caelum? Qué lejanos se veían. Incluso lo era el día que ambos tomamos la Marca de Maestría.

- ¡Todavía estás a tiempo de abandonar tu idea, Xehanort! – dijo Eraqus.

- ¡Jamás! – rugí -. Debo de ir al otro lado – y sonó las Llaves Espada chocar -. Descubrir qué ha ocurrido con nuestros amigos – volvieron a chocar -. Te prometo que los devolveré a la vida: cueste lo que cueste. Estoy dispuesto a pagar el precio y no volver al mundo real – pero Eraqus no escuchaba, simplemente atacaba, dispuesto a terminar con mi plan -. Incluso si debo de abrir el Kingdom Hearts por ellos: lo haré.

Esa frase hizo que Eraqus fallara el ataque, mirándome con mayor terror en sus ojos, mezclado por la más absoluta de las sorpresas. Alcé la Innómita e invoqué meteoritos oscuros del cielo, concentrando todas mis energías para destruir la tierra que fue mi verdadero hogar.

Se produjo un maremoto cuando impactaron contra el océano. Las calles se inundaron de agua y los edificios se destruyeron a causa del choque contra los meteoros o bien por las olas.

Eraqus saltó a tiempo, pero aproveché su absoluto horror para conseguir lo que era mío: la Atisbadora. Esa Llave Espada me permanecía. Era el único arma que podía hacerme avanzar en mis planes y sentía su energía, que me llamaba y que me nombraba como su verdadero portador.

Al rodear su empuñadura supe que moriría con ella. Su energía escaló por mi brazo, como si estuviera aceptándome, del modo que en su día hizo la Innómita. Sonreí ampliamente pero la borré al ver que Eraqus era arrastrado por las olas que yo mismo había provocado.

¿Ese ataque fue fruto de mi rabia? ¿La oscuridad me había hecho destruir Scala ad caelum y robarle la Atisbadora a Eraqus?

La dominaba, la controlaba y la manejaba, pues no tenía miedo. Eraqus fue quién me atacó. Estaba ciego por su deber, por salvaguardar aquel maldito lugar.

Mi corazón dio un vuelco y el poder de la Atisbadora me dijo que debía de hacer: destruir Scala ad caelum. Si con ello, mataba a Eraqus, lo haría, pues al fin y al cabo, voy a ir hasta los confines de la realidad y la ficción para salvarlos a todos. Si la magia ancestral del fruto paupú era verídica, Eraqus estaría siempre unido a mí.

Las sombras inundaron Scala ad caelum, bastante destruida por el mar. En ese instante supe que mi poder fue de tal magnitud que aquel mundo iba a ser engullido por la oscuridad. La Atisbadora brilló y me pareció que el ojo azul eléctrico me sonreía.

Sería la última vez viera Scala ad caelum, el sitio que me vio crecer como Maestro de la Llave Espada, el lugar dónde conocí a mis amigos y el significado del amor. Ya casi lo había olvidado: sentirse querido por los demás, tener una gran familia de amigos y un hombre el cual había jurado estar conmigo durante toda la eternidad.

Urd, Hermond, Bragi, Vor…

Eraqus.

Voy a salvaros a todos.