Segundo oneshot dónde Eraqus comparte el fruto paupú con Xehanort.

Siempre juntos

Todavía podía acordarme del día que lo conocí como si fuera ayer. El Maestro Odín nos citó más temprano que de costumbre en clase. Y como siempre, yo, Eraqus, el "cagón tardón", todavía estaba en la habitación vistiéndome y con el cabello sin peinar. ¡Maldita sea! Nunca iba a aprender el significado de la puntualidad.

Podía imaginarme la reacción de cada uno de mis compañeros. Urd me regañaría, Bragi se burlaría, Hermod negaría con la cabeza mientras Baldr se reiría y Vor sería la única en excusarme. El Maestro Odín finalmente soltaría un largo suspiro y nos mandaría a callar con su único ojo funcional. A veces, era la simple presencia de la Atisbadora quién lo hacía, como si su ojo fuera el ojo que le faltara al Maestro.

Ojalá fuera alguna misión interesante como dejarnos salir de los confines de Scala ad Caelum, estrenando nuestras recientes armaduras adquiridas, o bien, que ascendíamos de clase. Pero éramos demasiado jóvenes y ninguno de nosotros todavía había manifestado su Llave Espada definitiva. Además, sólo los que alcanzaban la categoría de Maestros podía salir al resto de mundos.

Salí del dormitorio sin siquiera cerrar la puerta, peinándome con las manos mientras bajaba los escalones de dos en dos y con el corazón acelerado. Crucé los infinitos pasillos del castillo, saludando con una mano a los estudiantes de clase superior que justo subían hacía los dormitorios, entre ellos, la hermana de Baldr.

- ¡Eraqus, nunca dejas de llegar tarde! – exclamó la joven.

- ¡No sería yo! – contesté esbozando la mejor de mis sonrisas y casi cayéndome escaleras abajo.

Escuché una risa a mis espaldas y corrí lo más veloz que pude hasta llegar al aula. Pero cuando entré, no hubo la reacción esperada de mis compañeros, sino que me topé con una mirada que jamás olvidaría. Un muchacho moreno, de cabellos plateados y sonrisa tímida, se encontraba en la tarima, al lado del Maestro Odín.

- Te estábamos esperando – dijo el Maestro con voz grave -. Siéntate, Eraqus.

Vi las miradas de mis compañeros clavadas en mi y no me atreví a soltar una de mis bromas. ¡Un nuevo alumno! El "cagón tardón" era un desastre que ni siquiera llegaba a tiempo para conocer a su nuevo compañero.

- Xehanort se unirá a nosotros a partir de hoy – dijo el Maestro Odín, probablemente continuando la conversación -. Es un joven proveniente de otro mundo, así que deberéis de enseñarle la ciudad y las costumbres de sus habitantes.

No pude evitar soltar una exclamación de admiración. ¡De otro mundo! ¿Cómo habría llegado aquel niño hasta nosotros? ¿Qué cosas interesantes guardarían sus conversaciones? Quizás vendría de un lugar distinto a Scala ad caelum: un desierto, un bosque, una metrópolis distinta a la nuestra o una isla tropical.

- Con él, seréis siete alumnos y ya al fin, una clase completa de nuevos aprendices – sentenció el Maestro Odín, haciendo caso omiso de mi reacción -. Recibirá su correspondiente Ceremonia de Herencia y podrá sentarse entre vosotros.

¡La Ceremonia de Herencia!

Oh, diablos, ese momento era crucial. Seguro que Xehanort estaría nervioso y confuso. Si era de otro mundo, se preguntaría en qué se basaba aquello. De hecho, ni siquiera sabría qué eran las Llaves Espada, el concepto de luz, oscuridad, del corazón… Qué especial debía de ser aquel niño para que el Maestro Odín lo sacara de su mundo.

- Eraqus, no has llegado tan tarde – susurró Bragi con cierta malicia -. Al menos no te perderás su Ceremonia.

- No seas malo, Bragi – intervino Baldr.

- Chicos, atended – pidió Urd antes de que me diera tiempo a replicar.

El Maestro Odín alzó una de sus arrugadas manos hacía la pared dónde colgaba su Llave Espada: la Atisbadora. Era una de las primeras Llaves Espada, de la época de los Cuentos de Hadas, y con la que siempre se realizaban las Ceremonias de Herencia. Todos nosotros habíamos recibido el poder de la Llave Espada agarrando el mango de la Atisbadora.

La Atisbadora desapareció de la pared y lo hizo en la mano de su portador. Xehanort la miró impresionado, pero su rigor me hizo comprender que no quería mostrar esa sorpresa delante de nosotros. El Maestro Odín se puso enfrente de Xehanort y pronunció las palabras:

- En tu mano, toma esta Llave. A través de este simple acto, un portador te convertirás. Y siempre me encontrarás, amigo. Ningún océano te contendrá, ni barreras, mientras protejas las personas que amas.

Su voz era solemne, tanto, que hizo que un escalofrío recorriera mi cuerpo. Por alguna razón, supe que Xehanort cumpliría a rajatabla con aquellas palabras, pues lo decía su mirada cuando rodeó el mango de la Atisbadora. A diferencia de cómo fue la Ceremonia de Herencia de Vor, la última que vi, Xehanort lo hizo con decisión, como si hubiera esperado toda una vida para ello.

- Ahora, como nuevo portador, puedes unirte a tus compañeros – declaró.

La Atisbadora desapareció de la mano del Maestro Odín y ocupó de nuevo su lugar habitual. No se movería de allí a menos que el Maestro Odín viajara a otro mundo o bien necesitara realizar otra Ceremonia de Herencia.

Xehanort bajó la tarima con paso decidido pero con una sonrisa nerviosa y ocupó el lugar vacío de mi derecha. Me dirigió una mirada fugaz y por algún motivo, eso me puso nervioso.

- Hoy seguiremos con el estudio del corazón – dijo el Maestro Odín y señaló la pizarra de su espalda, la cual estaba llena de garabatos y dibujos sobre el tema -. Debéis de comprender que es la entidad más importante de nuestro cuerpo y que su funcionamiento a día de hoy todavía no es comprendido ni siquiera por nosotros, los Maestros de la Llave Espada. Aun así, es importante que retengáis toda esta información, pues os será útil en vuestros futuros viajes una vez seáis Maestros. Bien, ¿Quién de vosotros se atreve a definirme el corazón?

Urd levantó la mano y segundos después, lo hizo Hermod. Ambos se miraron de reojo compitiendo por ver quién sería el elegido por el Maestro Odín. El anciano sonrió bajo su tupida barba y señaló a Urd, generando un suspiro de fastidio en Hermod.

En ese momento, no sabía si Xehanort entendió algo de las palabras del Maestro Odín. Aunque a día de hoy estoy seguro que sí: la maravillosa mente de Xehanort trabajaba a una velocidad superior a la nuestra, como un engranaje exacto y preciso, configurado para aprender, comprender y retener todos los conceptos que escuchaba.

- ¿En qué piensas?

Su voz me sacó de mis recuerdos y me devolvió al atardecer que estábamos observando. Estábamos sentados en una palmera que había crecido de forma horizontal en un pequeño islote, conectado a uno mayor por un puente de madera.

- En el día que llegaste a Scala – contesté sin apartar la vista del sol que bañaba con sus últimos rayos de sol el infinito océano.

- ¿El día de la Ceremonia?

- Ajá – asentí.

Sentí su mano encima de la mía y me la apretó, en un gesto que llenó de calidez mi interior.

- Mañana será nuestra Marca de Maestría – continué -. Y han pasado muchas cosas desde entonces.

- Debería de ser la de Urd, Hermod, Bragi y Vor – dijo con voz amarga.

Miré a su rostro cargado de tristeza. Xehanort no pudo olvidar el destino fatal de cuatro de nuestros cinco compañeros y anteriormente había partido en busca de respuestas. Todas ellas estaban fuera de mi agrado, y en mi opinión, del poder que teníamos.

- Estén dónde estén: seguro que están bien – traté de animarlo.

Xehanort arrugó el morro y prefirió no continuar con una discusión eterna que habíamos tenido días atrás desde que regresara de su viaje. Sus ojos, de un ligero color amarillento, habían cambiado de los grises que había conocido cuando éramos unos niños.

- Te he traído a las Islas para compartir un rato a solas juntos, no para discutir – zanjó.

- Está bien – acepté sabiendo que mis palabras no cambiarían su opinión.

Volví a mirar hacía el atardecer y me pregunté qué serían todos aquellos conceptos de ficción y realidad que Xehanort había averiguado en su viaje. Me lo había explicado miles de veces, y creía haberlo entendido, pero eran tan abstractos que me costaba pensar que eran verídicos. A pesar de ello, Xehanort siempre estaba a un paso más hacía delante que el resto y sabía que debían de serlo.

Si no se equivocaba, significaba que nuestros compañeros seguían vivos en algún lugar. Pero, si Xehanort conseguía llegar a ellos: jamás podría regresar al mundo real.

- Eraqus – llamó, volviéndome a sacar de mis pensamientos.

Lo miré y vi que en sus manos llevaba un llamativo fruto estrellado amarillo.

- Este es el fruto que te hablé en Scala – dijo con las mejillas levemente sonrojadas -. Me gustaría… Que lo compartiéramos.

El fruto paupú. La leyenda contaba que si dos personas lo compartían, sus destinos quedarían enlazados para siempre. Xehanort quería ligarlo con el mío y eso hizo que sintiera unas mariposas revolotear por el estómago.

La mente maravillosa de Xehanort había elegido al cagón tardón para unirse toda la eternidad, y eso, me hizo sonreír ampliamente.

Quizás, eso significaba que no se iría a ese mundo de ficción.

- Por supuesto – acepté.