Xehanort regresa de su viaje al mundo de ficción que inició en el primer oneshot de esta serie y se encuentra a Eraqus en Tierra de Partida junto a los niños Terra y Aqua.
Terra
No sé cuántos años del mundo real pasé en el de ficción. Pero mi incursión allí, a pesar de proporcionarme información valiosa y conocimientos todavía más profundos del funcionamiento del universo, no me había entregado lo que ansiaba. Nuestros amigos no estaban allí y sólo me quedaba una alternativa: Kingdom Hearts.
No olvidaba por qué quería abrirlo, aunque si temía que la oscuridad, poco a poco, ejerciera ese efecto. Apenas podía recordar las caras de mis compañeros desaparecidos y qué sentimiento sentía acerca ellos. Debía de pensar para que sus nombres vinieran a mi mente: Vor, Urd, Hermod y Bragi.
El único que recordaba los sentimientos que sentía hacía él era Eraqus. Aunque pensaba que lo maté en Scala ad Caelum, años atrás. En ese momento fui iluso, pues pensé que lo estaba salvando de su deber y que me esperaría con una gran sonrisa en el mundo de ficción.
Pero cuando el mundo del cielo y del océano infinitos, al que bauticé como Mundo Final, me llevó al Mar Estrellado, invoqué a mi olvidaba armadura. Fue un acto reflejo, como si la luz residual que quedaba en mi corazón quisiera guiarme a un nuevo destino. Así que la seguí, sintiendo que no lo había hecho desde que recibiera el poder de la Llave Espada.
Llegué a un lugar en el que jamás había estado, pero que por alguna razón, me resultó extrañamente familiar. Era un castillo blanco y dorado, con una torre central de varios metros de altura y un par de torres laterales flotantes, atadas por gruesas cadenas de oro. Mi vista se quedó clavadas en ellas, resiguiendo su recorrido desde la construcción hasta las cumbres vecinas.
- Eraqus – musité.
No podía creerlo. ¿Había sobrevivido? ¿La luz me había llevado hacía él? Mi corazón empezó a latir nervioso, mucho más que durante mi Marca de Maestría o cuando pisé por primera vez Quadratum.
- ¡Oh!
De repente, un niño chocó contra mi pierna. Me giré y lo encontré sentado en el suelo, con bastantes magulladuras en la cara, rodillas y brazos, y una llave espada de madera que posiblemente hubiera confeccionado él mismo. Tenía un cierto parecido físico al mío, y aunque era evidente que no guardábamos parentesco, me pregunté si un hijo mío sería como él.
- ¡Terra! ¡Ten cuidado! – exclamó una niña de cabellos azules que pegó un gran salto desde un muro próximo.
A diferencia del niño, que su mirada era decidida, la de la niña estaba cargada de inteligencia.
- Señor, ¿Quién es usted? – preguntó el niño llamado Terra, levantándose de un brinco y quedándose totalmente tieso, mirándome a los ojos con gran curiosidad -. ¿Viene a ver al Maestro? ¿Viene de otro mundo?
- ¡Terra, no hagas preguntas a los desconocidos! – exclamó la niña que ya nos había atrapado -. Perdone por la actitud de mi compañero – me dijo con un gesto de disculpa -. Ahora avisamos al Maestro del castillo.
- Gracias – dije asombrado ante la educación de la niña -. Y no te preocupes: tu amigo no ha sido maleducado.
La niña se sonrojó levemente y agarró a Terra de un brazo para llevárselo al interior del castillo.
De modo que aquellos niños vivían con Eraqus. Ambos tenían una gran luz en su corazón y eso me hizo sonreír. Si Eraqus había salido con vida, era lógico que gastara aquellos años en crear una nueva fortaleza y en buscar niños que fueran sus sucesores.
Contemplé con más atención al castillo. ¿La familiaridad del lugar me la daba por qué Eraqus lo había construido o es por qué lo había visto anteriormente? No me dio tiempo a cavilar mucho más cuando Eraqus salió por la puerta principal, sin la compañía de los niños.
No pude evitar sentir emoción en mi corazón demasiado dañado por la oscuridad. Creí que había muerto. Pensaba que lo había asesinado. Y ahí estaba. ¿Cuántos años habían transcurrido? Seguía con el mismo peinado con el que lo recordaba, y aunque las canas delataban su edad, su aspecto era más juvenil que la edad que tenía. Se había dejado crecer un bigote que no supe si le favorecía o no, pero le hacía tener un aspecto más severo, y vestía con una túnica más larga, igualmente blanca, como la anterior que solía utilizar, y aquellos pantalones anchos marrones que tanto le gustaban y que yo aborrecía.
- Has cambiado – dijo Eraqus sin mostrar un atisbo de sorpresa por mi visita, pero sí que invocó su Llave Espada.
No pude evitar sorprenderme: era la Llave Espada de su antepasado, uno de los niños elegidos por la Maestra Ava para formar parte de los Dientes de León.
- ¿Pensabas que serías bien recibido? – preguntó con voz dolida -. Destruiste nuestro hogar y casi logras asesinarme.
- Simplemente, seguí la luz – contesté sintiendo que era la excusa más pobre que había formulado en años.
- ¿La luz? – preguntó incrédulo -. ¿Queda luz en tu interior?
Invoqué la Atisbadora a modo de prueba.
- Ya veo – dijo en casi un susurro.
No quería volver a pelear contra Eraqus, así que la hice desaparecer. En cambio, mi antiguo compañero y amante dejó la Salva del Maestro en su mano. Suspiré, entendiendo su precaución debido al gran antecedente que dejé con nuestro último encuentro.
- ¿Cómo saliste de Scala? – pregunté con cierto miedo, pues no sabía si lograría iniciar una conversación amistosa.
Eraqus emitió un largo suspiro y me miró directamente a los ojos. Conservaba el color pardo, algo más oscuro de lo que recordaba, en su mirada.
- Me ayudó un amigo – confesó tras unos largos minutos en silencio -. El Maestro Yen Sid fue quién me sacó de Scala ad caelum, la cual, destruiste completamente.
Técnicamente, no la destruí completamente, pero eso le costaría horas y días a Eraqus de comprender. De hecho, fue algo que averigüé por casualidad en Quadratum: Scala ad caelum todavía seguía viva y nacería, tarde o temprano, como un nuevo mundo. Los mundos eran como las personas, y sus ciclos, los mismos: nacimiento, crecimiento y muerte. Pero una vez morían, el ciclo se repetía. Así, una y otra vez, hasta el infinito.
- Me dio un hogar, la Torre de los Misterios, y me ayudó a construir este: Tierra de Partida – siguió hablando -. También fue gracias a él que salvé a Terra, y posteriormente, fue quién encontró a Aqua.
- ¿Son tus aprendices?
- Creo que eso lo has deducido antes de preguntarme – contestó con una pequeña sonrisa y haciendo desaparecer, al fin, la Salva del Maestro -. Sí, ambos lo son. La destrucción de Scala ad caelum derivó en una ausencia de niños preparados para heredar la Llave Espada, pero el Maestro Yen Sid pudo salvar a uno de ellos.
- Terra – afirmé.
- Eso es.
De modo que Terra era oriundo de Scala ad caelum. Eso despertó interés en mí. Los dientes de león habían fundado Scala ad caelum y eso significaba que los niños de gran pureza en su corazón descendían de ellos. El propio Eraqus era uno de ellos. Mi mente trabajó a velocidad de la luz: Terra, como todos los demás, tenía oscuridad en su corazón. Debía de despertarla, o al menos, hacerle ver a Eraqus que aquello era un problema.
- ¿Y Aqua? – pregunté para saber si podría incluirla en mis planes.
- Aqua viene de tus Islas.
Eso descartaba a la niña.
- Las Islas del Destino entregan portadores de la Llave Espada – respondí con la mejor de mis sonrisas.
- Eso parece: aunque me encargaré que no siga tu camino – dijo Eraqus recuperando la hostilidad en su voz.
- No creo – negué y aproveché en tirar el primer dardo -. Terra es el que tiene oscuridad en su corazón de tus dos niños.
Eso hizo que la cara de Eraqus palideciera y parpadeara varias veces, mirándome fijamente. Se mordió el labio inferior.
- Lo he conocido antes. Y sabes que me he metido demasiado en la oscuridad para saber que ese niño la guarda en su corazón.
Pasaron unos eternos segundos, pero Eraqus asintió lentamente.
¡Bien! Quedaba todavía cierta confianza en él hacía mí. Ahora, lo único que debía de hacer era asegurarme de que Terra desarrollara dicha oscuridad, aunque, eso lo dejaría para dentro de, al menos, una década más. El niño debía de convertirse en un hombre, portar una Llave Espada de verdad y desarrollar todo su potencial.
- Lo vigilaré – masculló con decepción.
Se hizo otro silencio y entonces, vi brillar unas pequeñas lágrimas en los ojos de Eraqus.
¿Tanto quería a ese niño?
- Seguro que bajo tu supervisión no la desarrollará – traté de animarlo, pues a pesar de todo, me dolió verlo así.
La luz, tan tenue en mí, todavía me entregaba fuertes sentimientos hacía Eraqus. Le toqué un hombro y Eraqus me apretó la mano, sonriéndome como solía hacerlo cuando éramos niños.
- Gracias – musitó -. Me gustaría que… Me contases sobre tu viaje.
- ¿Quieres oírlo? – pregunté incrédulo.
- Seguro que has estado en esos lugares increíbles con los que soñábamos – afirmó con una sonrisa melancólica.
Quería sembrar dudas en Eraqus acerca la oscuridad de Terra, pero ese dardo también hizo que Eraqus recuperara cierta confianza en mi. Cerré los ojos, notando el tacto de su mano con la mía, y eché de menos aquellos días en Scala ad caelum en los que paseábamos con las manos entrelazadas por el mercado de la ciudad.
- Este puesto lleno de cosas de madera me parece espectacular – comentaba Eraqus delante de su puesto favorito del mercado.
Siempre me decía la misma frase y se quedaba largos minutos revisando de cabo a rabo todas las figuras de madera. El tendero era un amable señor de cabellos castaños y ojos cobalto que atendía a todos los aprendices de la Llave Espada con una gran sonrisa.
- Mira Eraqus: al final lo hice. El fruto del que me hablaste la semana pasada – dijo el tendero enseñándole un fruto paupú de madera muy logrado para haber sido tallado por un hombre que jamás había visitado las Islas.
- ¡Oh! – exclamó tomándola con ambas manos -. Es espectacular: tal y cómo se lo describí. ¿Xehanort, qué te parece?
Volví a examinar el fruto estrellado el cual tenía las cinco puntas simétricas y un pequeño tallo con una hoja en el extremo de una de ellas. Parecía mentira que fuera aquel dichoso fruto lo que hubiera transcendido de mi hogar a Scala ad caelum, pero Eraqus era un soñador y le gustaban ese tipo de historias.
- Es tal cual lo describí – contesté con sinceridad.
- ¿Lo quieres? – preguntó el tendero -. He vendido hoy cinco como este y muchas chicas me han preguntado si podía encargarlos con los nombres de sus novios.
Me sonrojé automáticamente preguntándome qué diablos le contaría Eraqus al tendero.
- Es su trabajo: no puede regalármelo – negué con ambas manos.
Eraqus me dio una palmada en la espalda y se rió.
- ¡Vamos Xehanort, no seas así! – se quejó con emoción en su voz -. Gracias a ti conoce la leyenda del fruto paupú.
- Más bien será gracias a ti, Eraqus – repliqué fulminándole con la mirada.
Me sonrió ampliamente y me guiñó un ojo, y volvió a prestar su atención al tendero.
- Le hace ilusión: lo que siempre debe de ser cortés – contestó Eraqus por mi.
- ¿De veras? – preguntó el tendero con un brillo en los ojos.
- Claro – acepté a regañadientes.
El tendero me dio el fruto paupú y Eraqus soltó una exclamación victoriosa. El resto de niños y adultos que rodeaban el puesto nos miraron con curiosidad cuando Eraqus me dio un beso en la mejilla y me abrazó efusivamente. No me quedó más remedio que devolverle el abrazo y sonreír al ver lo feliz que se puso.
Volví a abrir los ojos y Eraqus me miró sorprendido.
- ¿Qué ocurre? – preguntó sin soltarme de la mano.
- Recordaba viejos tiempos – dije con media sonrisa.
- ¿La humanidad ha vuelto a ti? – volvió a preguntar con emoción en su voz.
- Nunca se fue – respondí con sinceridad.
Si se hubiera ido, si la pequeña luz que restaba en el fondo de mi oscuridad se hubiese apagado, jamás hubiera aparecido en Tierra de Partida. No hubiera recordado el momento en el mercado de Scala ad caelum que el tendero me regaló una réplica exacta del fruto paupú en agradecimiento por una nueva idea para su negocio, aunque técnicamente no se la hubiera dado yo. No sentiría emoción al ver que Eraqus me había apretado la mano de aquella forma, ni al ver el brillo de sus ojos, ni al sentir su calidez y su atención en mi.
Aquella tarde sería una reminiscencia de lo que una vez fuimos, pues antes dije que la luz seguía en el fondo de mi corazón, pero la oscuridad y mi objetivo eran más fuertes que el amor que sentía por Eraqus. De hecho, le mentí con la naturaleza de Terra y dudo que Eraqus aprobara mis futuros planes con el niño.
Ya me había hundido demasiado en la oscuridad para que Eraqus me salvara de ella. Era demasiado tarde para vivir una vida común. El chico de las Islas del Destino que estaba destinado a estar encerrado en su mundo lo reiniciaría todo mediante el Kingdom Hearts. Y una vez lo lograra, Urd, Hermod, Bragi y Vor volverían a casa junto a Eraqus y a mí. Y buscaría a Baldr. Y a su hermana, y a todos nuestros compañeros. Volvería a reunirlos a todos en una renacida Scala ad caelum.
Y allí, volveríamos a pasear de la mano, saludaríamos al tendero de los ojos cobalto y le aseguraríamos que la leyenda del fruto paupú era verídica.
