Deja que fluya el tiempo.

Uno.

París, Francia.

El automóvil se detuvo frente a la entrada accesoria del hotel, ésa por la que ingresaban los empleados. Los ocupantes del vehículo no eran empleados como tal, o bueno, sí lo eran pero no tendrían por qué entrar por esa puerta, aunque lo harían de cualquier manera para mantener en secreto su llegada al lugar. Estaba cayendo una lluvia pertinaz que hacía que a esas horas de la madrugada la temperatura descendiera mucho en el termómetro. Había varios metros por recorrer hasta la puerta de entrada y al muchacho rubio que la contemplaba con tristeza le pareció que era un camino infranqueable hasta la nueva y miserable vida que le tocaría vivir a partir de ese momento.

"Ya sé que no debería de pensar así, pero en una noche como ésta es difícil no sentir que la vida no vale la pena", pensó Gino Hernández, con desaliento.

– Bien, hemos llegado, hijo –anunció Nico Di Angelis, un venerable hombre de negocios, cuyo cabello casi había encanecido por completo debido a los acontecimientos por los que había tenido que pasar en las últimas semanas–. Abróchate bien el abrigo, que está haciendo mucho frío.

– Sí, abuelo –respondió Gino, su nieto, de escasos doce años de edad.

Cuando la puerta del automóvil se abrió, ya había una mujer sosteniendo una sombrilla para que los ocupantes no se mojaran. Seguramente era una asistente del hotel, pero eso a al muchacho no le importó; comenzó a caminar como autómata hacia la luz que se colaba a través de la puerta de empleados, con la vista fija en los adoquines mojados. Nunca antes había estado en París y ésa no era la forma en la que quería verla por primera vez, pero a su corta edad ya la vida le había enseñado que las cosas rara vez salen como uno las planea. Tan sumido estaba en sus pensamientos que no notó cuando dejó de estar bajo la protección del paraguas y la lluvia comenzó a empaparle el rostro. No sintió tampoco cuando cruzó el umbral de la puerta y se encontró en una habitación iluminada. Lo único que consiguió sacarlo de su estado de ensimismamiento fue el movimiento hecho por alguien que se paró delante suyo. Él alzó la mirada y vio a una chica de cabello castaño rizado, cuyos ojos verdes lo miraron con calidez. Ella tenía una mano extendida hacia él para ofrecerle una toalla blanca y mullida.

– Si no te secas, te resfriarás –dijo entonces la chica–. La lluvia está helada.

– No tanto –mintió él, aunque tomó la toalla y enterró la cara en ella.

Al muchacho lo sorprendió la chispa de felicidad que sintió al notar que la prenda estaba caliente y seca; él se frotó la cara con energía y después el cabello rubio, tras lo cual comenzó a sentirse ligeramente mejor. ¿Cómo era posible que algo tan banal como una toalla caliente en una noche fría le resultara tan reconfortante?

– Bienvenido a París –continuó la muchacha–. No es la mejor noche para llegar, pero una vez que la lluvia y las sombras pasen podrás darte cuenta de que la ciudad es hermosa.

– Gracias –agradeció Gino, sin saber en dónde poner la toalla.

– Te la intercambio por esto. –La chica tomó la prenda mojada y le dio en su lugar un plato con un croissant–. Estoy segura de que debes de tener hambre.

Él estuvo a punto de decir que no necesitaba comer, pero su instinto básico le hizo tomar el plato y comerse el croissant antes de darse cuenta de lo que estaba haciendo. El bollo estaba delicioso, caliente y suave, relleno de queso crema y de algo ligeramente dulce que Gino no reconoció. En cuanto se lo hubo acabado, la muchacha del cabello rizado le extendió un vaso de leche tibia.

– Para que termines de entrar en calor –explicó.

El muchacho se bebió el contenido del vaso y notó que tenía un ligero sabor a canela. Mientras bebía, se preguntó quién sería ella, era demasiado joven para formar parte del personal del hotel y sin duda que no era una huésped, pues no tendría acceso a esa área del edificio. Además, era evidente que estaba enterada de su llegada ya que tenía preparada la toalla, el croissant y la leche para él, pero antes de que Gino pudiera formular cualquier pregunta, la chica lo sorprendió con un comentario muy directo.

– Escucha, quiero decirte algo antes de que me vaya –susurró la chica, mientras miraba con disimulo hacia la puerta–. Sé que estás pasando por un mal momento; yo no puedo hacer nada para cambiarlo ni tampoco para aliviar el dolor que sientes, aunque sí te puedo asegurar una cosa: te costará trabajo creerlo, pero volverás a ser feliz un día. Tal vez no sea hoy y seguro que no será mañana, pero vas a sonreír de nuevo, sólo deja que fluya el tiempo.

Gino se sorprendió tanto por la declaración de la muchacha que no pudo responder; además, en ese momento escuchó que su abuelo y la asistente se acercaban a la entrada (vaya que se tardaron en recorrer el trayecto, aunque eran varios metros desde el automóvil), lo que los distrajo tanto a él como a la chica. Ésta le quitó entonces el vaso vacío de las manos, tras lo cual se despidió con una sonrisa y desapareció antes de que Gino pudiera preguntarle su nombre.

"¿Y cómo supo que estoy pasando por un mal momento?", se preguntó, muy sorprendido. "Ya de por sí es extraño que haya estado aquí para recibirme, ayudarme a secarme y alimentarme, como para que aparte supiera que necesitaba consuelo… ¿Qué rayos acaba de pasar? ¿Habrá sido ella un ángel o ya perdí la razón?".

Antes de que pudiera seguir cavilando en la cuestión, su abuelo entró en el edificio junto con la asistente, quien sacudió el paraguas en el dintel de la puerta.

– Ah, aquí estás, Gino –comentó Nico; su rostro reflejaba un profundo alivio, como si hubiese temido que al niño lo hubieran secuestrado.

"No puedo culparlo, con todo lo que ha pasado…", pensó el muchacho.

– Creo que me adelanté mucho y los dejé atrás, lo siento –respondió Gino.

– Está bien, no te preocupes –continuó el abuelo–. Por fortuna no te mojaste mucho. Dentro de un momento subiremos a la habitación para que duermas un rato, debes de estar cansado.

– ¿Tienes hambre? –le preguntó la asistente–. Puedo pedir que te preparen algo.

– No, gracias, estoy bien –aseguró Gino, sorprendido porque de verdad que no estaba mintiendo; inconscientemente se pasó una mano por el cabello, preguntándose si Nico se daría cuenta de que lo tenía muy alborotado por culpa de la toalla–. Preferiría irme a dormir.

– Se entiende, son casi las cinco de la madrugada y fue un viaje ajetreado –suspiró Nico–. Vamos entonces a nuestra habitación.

No supo por qué, pero el chico prefirió omitir que alguien le había dado de comer y que por eso no tenía hambre; quizás fue el hecho de que la muchacha hubiese desaparecido sin dejar huella lo que lo orilló a no revelar este suceso (ni siquiera había dejado los platos o la toalla como testigos), todo había ocurrido tan rápido que llegó a preguntarse si no lo habría imaginado, así que decidió callarlo.

La asistente condujo a sus dos distinguidos huéspedes (aunque mejor debería decirse que condujo a sus jefes) a través de un diminuto pasillo hasta un elevador de carga, del que usan los empleados para subir y bajar la ropa de lavandería. La mujer se disculpó por tener que tomar ese camino, pero explicó que cualquier precaución era poca considerando la situación.

– Sólo pocas personas están enteradas de su llegada, señor Di Angelis –dijo la mujer–. Y dudo mucho que la prensa italiana sepa que ustedes están aquí, pero es mejor no arriesgarse a que los vean en el vestíbulo principal.

– Sí, es mejor así –aceptó Nico, quien había tenido que viajar de madrugada junto con su nieto y hacer un par de escalas para despistar a los medios–. Muchas gracias por tomar tantas precauciones.

Con esta conversación, a Gino le resultó imposible no acordarse del evento que tanto se esforzaba por olvidar: meses atrás, un tren de pasajeros se descarriló poco antes de llegar a Milán, teniendo como resultado la muerte de casi todos los pasajeros y la tripulación, incluyendo la hija de Nico Di Angelis y su esposo, quienes también eran los padres de Gino. Sólo cinco personas sobrevivieron a la catástrofe, entre los cuales se encontraba el propio Gino; en el momento del choque, los señores Hernández hicieron un escudo humano con sus cuerpos para proteger al ser que más amaban, lo cual les costó la vida pero consiguieron su objetivo, pues Gino sobrevivió. Este acto de amor supremo fue dado a conocer a los medios gracias a los rescatistas, con lo cual el caso del niño que sobrevivió a la tragedia gracias al sacrificio de sus padres se hizo famoso en todo el país. Nico tuvo que echar mano de todos sus contactos y de buena parte de su dinero para mantener a Gino a salvo de los reporteros, pues sabía que su mente estaba frágil gracias al estrés postraumático y la presión mediática acabaría por quebrarlo. Cuando el chico se recuperó de sus heridas, ya era evidente para Nico que no sería posible proteger a su nieto en Italia y decidió huir a Francia. El señor Di Angelis era dueño de una cadena hotelera muy famosa en Europa y en París estaba construyéndose un segundo hotel de lujo, con miras a inaugurarse dentro de un año, por lo que le pareció buena idea el irse a vivir al primer hotel Di Angelis que ya se encontraba en funcionamiento en la Ciudad Luz mientras el asunto se calmaba en Italia. Además, a Gino le vendría bien el cambio de aires, quizás en París él podría encontrar lo que necesitaba para superar la trágica muerte de sus padres.

"Y por eso estamos aquí, tratando de reconstruir lo que me quedó de vida…", pensó el chico. "Lo que nos quedó de vida a los dos".

Cuando al fin llegaron a la suite principal, la asistente le entregó una llave electrónica a Nico y se despidió; el hombre abrió la puerta y condujo a Gino a través de la lujosa habitación en penumbras.

– Lávate los dientes antes de acostarte, debe de haber un cepillo de dientes en el baño –ordenó Nico, con suavidad–. Dejé encargado que no te molestaran, así que podrás dormir cuanto quieras; si tienes hambre, pide servicio a la habitación, te cocinarán lo que se te antoje.

– ¿Tú no vas a dormir, abuelo? –preguntó Gino, desconcertado–. También debes de estar cansado.

– Tengo que resolver unas cosas primero –contestó Nico, tras lo cual miró su reloj Cavalli–. Vendré en un par de horas.

– De acuerdo. –Gino sabía que "un par de horas" significaba que, por muy pronto, Nico estaría libre hasta la hora de la comida–. Te quiero, abuelo.

– Y yo a ti, mi pequeño. –Nico se acercó a él y lo besó en el cabello. Al separarse, Gino pudo ver que sus ojos estaban llenos de lágrimas.

"Él también sufrió mucho, más de lo que quiere decirme", pensó Gino, mientras Nico se retiraba. "Después de todo, perdió a su única hija…".

Veinte minutos después, el cansancio hizo presa de su cuerpo y el muchacho comenzó a sumirse en las brumas del sueño. Antes de quedarse dormido, sin embargo, a su mente llegó el recuerdo de la chica de cabello castaño rizado y ojos verdes, quien le susurró con seguridad que volvería a ser feliz algún día, aunque él mismo no se lo creyera.

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Durante sus primeros días en París, Gino no salió de la habitación, la cual era una lujosa suite con dos cuartos separados, una pequeña sala de estar y un mini comedor con una cocina integrada. Comía ahí mismo y pasaba las horas viendo la televisión, aun cuando no hubiera un canal que no estuviera en francés o en inglés; si bien tenía conocimientos buenos sobre el idioma local, su cerebro embotado se negaba a hacer la traducción y por tanto la mayoría de las veces él escuchaba sin comprender cabalmente de qué iba el asunto. Sin embargo, el acento extranjero resultaba increíblemente relajante para sus oídos y eso le ayudaba a mantener la cordura, aunque no entendiera el por qué le resultaba tan tranquilizante. Nico aparecía varias veces durante el día y pasaba con Gino mucho rato, hablando de tonterías y viendo los programas franceses junto con él, que le traducía al italiano la mayoría de las veces. Por las noches, Gino se asomaba al balcón, veía la Torre Eiffel en todo su esplendor y se llenaba de los sonidos nocturnos de esa ciudad extraña. Nico lo dejaba hacer sin decirle nada, pero una semana después de su llegada a París, le avisó que las cosas estaban por cambiar.

– Te traje aquí no sólo para mantenerte alejado de los reporteros, sino también para que tengas una vida lo más cercana a lo normal –anunció–, así que a partir de la próxima semana te incorporarás a la escuela para que retomes tus clases, no quiero que te retrases de grado.

– Como tú digas, abuelo –aceptó Gino, sin protestar.

– No estarás solo, te he inscrito a un colegio privado a donde también acudirán los hijos de un buen amigo mío –continuó Nico–. Mañana por la noche tendré una cena con la familia de este amigo y me gustaría que asistieras para que conocieras a sus hijos.

– Lo haré si es lo que deseas, abuelo –aseguró Gino, con docilidad.

– No quiero que lo hagas sólo por mí sino también por ti –suspiró Nico–. No me gustaría que estuvieras solo, vamos a pasar mucho tiempo en París y quiero que tengas contacto con otras personas, sobre todo con muchachos de tu edad, considerando además que yo no podré estar todo el tiempo contigo.

– Eso lo sé bien –aseguró Gino, cabizbajo–. Te mentiría si te dijera que me entusiasma la idea de conocer a otras personas pero entiendo lo que quieres decir: una parte de mí cree que no debería de estar solo, pero otra sólo quiere que la dejen en paz.

– Eso es lo que se llama ser adolescente –bromeó Nico, con lo cual consiguió arrancarle una sonrisa a su nieto–. Te agradezco que tengas la disposición para hacer lo que crees que es correcto, aun cuando no quieras hacerlo.

– Bueno, me prometí a mí mismo, a mis padres y a ti que haría lo posible para sobrevivir –repuso Gino, con tristeza.

Nico abrazó a su nieto con fuerza. En esos momentos dio gracias a su dios por haberle permitido conservar aunque sea a un miembro de su familia.

– Por cierto, había olvidado comentártelo, pero he considerado prudente que durante un tiempo usemos otros nombres para mantener nuestra identidad en secreto –dijo Nico, tras unos minutos–. Creo que estoy pasándome de paranoico, pero no quiero exponerte innecesariamente.

– Ya veo –contestó Gino, intrigado–. Si crees que es lo mejor, haré lo que me digas. Supongo que ya pensaste en algunos nombres, ¿o habrá alguna posibilidad de que me llame Gianluigi Buffon?

– Creo que más de uno se daría cuenta de que no te llamas así –sonrió Nico–. ¿Qué te parece para mí el nombre de Carlo Belli? Tú serás mi nieto Darío.

– ¿Darío Belli? –cuestionó Gino, extrañado–. El Belli es italiano, el Darío no tanto.

– Bien, esperemos que nadie lo note –señaló Nico–. De cualquier manera es tarde para cambiarlo, ya te registré en el colegio con ese nombre.

– Por ahí hubieras empezado. –Gino se echó a reír–. Será raro que se dirijan a mí con ese nombre, pero al menos será por poco tiempo. Supongo que me he de presentar ante los hijos de tu amigo como Darío Belli.

– Sería lo más conveniente, para que te vayas acostumbrando –asintió Nico–, aunque ellos saben que tu nombre real es Gino Hernández.

– De acuerdo –aceptó el chico.

A la noche siguiente, Gino y Nico se dirigieron al restaurante VIP que tenía el hotel en su piso número 21, ubicado dos pisos por debajo de donde se encontraba la suite en la que se estaban hospedando. Nico trataba de aligerar la tensión, diciéndole a su nieto que su amigo acababa de llegar a Francia tras haber sido embajador en México durante varios años y que en París tomaría un cargo importante en el gabinete del nuevo presidente, aunque no especificó en cuál.

– Tuvieron que volver antes de tiempo por situaciones imprevistas, por lo que su casa no está lista todavía así que están hospedándose aquí, en una de nuestras mejores suites gemelas –señaló Nico–. Están en el ala opuesta a la nuestra.

– Pensé que éramos los únicos que vivían en el hotel –comentó Gino, curioso.

– Te sorprendería saber que muchas personas notables usan hoteles de lujo como vivienda –le explicó Nico–. Les resulta más sencillo pues cuentan con servicio de limpieza, lavandería y comida a habitación, cosa que no obtienes en un departamento. Sin embargo, en el caso de mi amigo y su familia, estarán aquí sólo por unos cuantos meses.

Al llegar al restaurante VIP, el capitán de meseros los condujo personalmente hasta la mesa, la cual estaba situada en la mejor ubicación del restaurante: un ventanal desde donde se veía gran parte de la ciudad. Ahí se encontraban ya dos adultos, seguramente marido y mujer, y cuatro jóvenes, dos muchachos y dos muchachas, cuyas edades variaban entre los once y los catorce años de edad. Iba Gino a hacer un comentario cuando la sorpresa lo enmudeció: ¡Una de las dos chicas era la que le había dado la toalla, la leche y el croissant la noche de su llegada!

– Carlo, buenas noches –saludó el hombre, de cabello rubio oscuro y ojos verdes–. Es un placer volver a verte.

– Rémy, el placer es todo mío. –Nico estrechó la mano del hombre–. Y Susan, cada día estás más bella.

– Gracias –respondió la mujer, de rasgos latinos y suave cabello castaño–. Y tú sigues siendo tan galante como siempre, Carlo.

Gino notó que uno de los chicos hizo un gesto de asco, como si estuviera fastidiado de la cursi educación de sus padres, lo que lo hizo sonreír. Nico lo tomó entonces por el hombro y lo presentó ante la familia: se trataban de Rémy y Susan Shanks, así como de sus hijos Elliot, Leo, Erika y Elieth. Gino se puso tan nervioso por la presencia de la chica de cabello castaño rizado y ojos verdes que no atinó a recordar el nombre falso que debía usar.

– Yo, eh… –tartamudeó–. Me llamo, eh…

– Eres Darío, ¿verdad? –dijo la chica de ojos verdes–. Nuestros padres nos han hablado mucho de ti. Mucho gusto, soy Erika, es un placer conocerte al fin.

– Sí, Darío, así me llamo. –Gino le sonrió con agradecimiento por su oportuna intervención–. El gusto es mío. Por cierto, no alcancé a darte las gracias la otra noche por la ayuda que me diste.

– ¿Qué otra noche? –preguntó Susan, inmediatamente–. ¿Ya se conocían ustedes dos?

– Eh, no, me debes de estar confundiendo, Darío –afirmó Erika, con tanta seguridad que Gino se ofuscó–. Ésta es la primera vez que nos vemos.

– Sí, ya veo, lo siento –se disculpó Hernández, notoriamente confundido–. Lo he de haber soñado.

No entendía qué estaba sucediendo ahí. Gino estaba cien por ciento seguro de que Erika era la chica que lo recibió la noche de su llegada con una toalla caliente, leche tibia y un delicioso croissant, pero ella lo negó con tanta seguridad que él pensó que sí lo había soñado. Después de todo, la chica misteriosa desapareció tan rápidamente que él llegó a dudar que fuese real, tal vez simplemente la había imaginado. Con leche, toalla y croissant incluidos.

– Hola, me llamo Elliot –dijo entonces el mayor de los hermanos Shanks y le tendió una mano amistosa–. Espero que podamos ser amigos.

– Lo mismo digo. –Gino se la estrechó con energía.

– Y cuéntenme a mí también –añadió el segundo varón, Leo, quien físicamente era como una versión masculina de Erika; Gino habría de enterarse después de que ellos eran gemelos–. Vamos a pasar mucho tiempo juntos así que será mejor que nos llevemos bien.

– Y a mí –añadió Elieth, la menor de las Shanks, rubia como su padre aunque de ojos grises–. Estamos inscritos en la misma escuela así que puedes contar con nosotros para lo que sea.

Si bien había estado un poco nervioso por conocer a gente nueva, conforme fue pasando el tiempo Gino se dio cuenta de que los Shanks eran personas tranquilas y sinceras, a pesar de ser una de las familias más influyentes de París. Durante la cena se enteró de que Erika y Leo tenían su edad y por tanto serían sus compañeros de clase, mientras que Elieth estaba en un año inferior y Elliot en uno superior. Así también, a Gino se le fue olvidando el asunto de la muchacha misteriosa y decidió que había sido una alucinación, producto del cansancio y del estrés. Nico lucía muy satisfecho, sin duda que le aliviaba ver que su nieto estaba congeniando con los Shanks, pues al muchacho le hacía falta mucha compañía de chicos de su edad.

Casi al finalizar la velada, Gino tuvo necesidad de ir al sanitario y se disculpó con los Shanks y con su abuelo. Los baños estaban situados en un rincón muy bien disimulado del restaurante, al que se accedía a través de un pasillo que estaba flanqueado por plantas muy altas metidas en grandes macetones. Al salir del sitio para dirigirse de nuevo a la mesa que compartía con los Shanks, una mano apareció por detrás de una de las plantas para tomarlo del brazo. Gino, agarrado por sorpresa, no pudo evitar soltar una exclamación.

– Shhh, no grites –pidió Erika, en voz baja–. Lamento mucho haberte asustado.

– ¡Ah! –Él se sorprendió todavía más–. ¿Qué sucede?

– Quería disculparme contigo por haberte mentido antes –confesó Erika, tímida–. Pensaba esperar a otro momento que fuese más propicio para decírtelo, pero sabía que no podría estar tranquila hasta que te lo contara: sí fui yo quien te recibió el día en el que llegaste, pero tuve que decir que no porque mi madre me habría matado de haberse enterado de que salí de mi habitación de madrugada, sola y sin permiso.

– ¡Ohh! –exclamó Gino, gratamente sorprendido–. ¡Sabía que no lo había imaginado, que todo era real! Digo, no me considero tan inteligente como para crear una alucinación tan increíble como tú.

– ¿Cómo dices? –Erika se ruborizó.

– Quiero decir, que imaginarte a ti con tanto detalle, con una toalla suavecita y caliente y… –Gino se puso nervioso al notar lo que había dicho–. Y el croissant y eso…

– Ah, sí, claro –rio Erika, tan nerviosa como él.

– Lo siento, creo que fue imprudente de mi parte hablarte de ello delante de tus padres y hermanos –añadió Gino, presuroso a cambiar de tema–. Debí suponer que podrías meterte en problemas por haber ido a recibirme.

– No pasa nada. –Erika sonrió–. No tenías manera de saber que lo hice a escondidas.

– Aun así, lo siento –insistió Gino; él titubeó un momento y después se animó a continuar–: Y ahora que sé que sí fuiste tú, puedo darte las gracias por lo que hiciste.

– No hay de qué, no fue la gran cosa –aseguró ella–. Sólo te di una toalla, pan y leche, fue algo simple.

– No fue algo simple –la contradijo Gino, serio–. Esa madrugada todo lucía gris para mí y tú le devolviste el color al mundo. Uno se acostumbra a hacer menos las cosas sencillas, como comer algo caliente y delicioso tras un largo viaje o poder secarte la cara mojada con una toalla tibia; no es sino hasta que el mundo se te ha venido abajo cuando puedes apreciar que ésas son las cosas que justamente necesitas para mantenerte estable.

– Me alegra mucho el haber podido ayudarte en algo tan importante –dijo Erika, tan seria como él.

Había una profunda empatía en esos ojos verdes, la misma empatía que Gino vio la noche de su llegada. Y sin saber por qué, se sintió inesperadamente bien.

– ¿Puedo preguntar por qué te tomaste tantas molestias por mí? –inquirió Gino–. No me conocías y aún así te arriesgaste a ser castigada.

– Oh, bueno, de verdad no fue la gran cosa –repitió Erika, muy nerviosa otra vez–. Mi padre nos habló de tu abuelo y de ti hace algunos días, de sus motivos para venir a París. Espero que él no haya sido demasiado indiscreto, pero papá nos contó lo que sucedió con tus padres y eso nos afectó mucho a mis hermanos y a mí. No en el mal sentido, sino que todos queríamos hacer algo por ti, queríamos que te sintieras bienvenido al llegar y darte todo el apoyo que pudiéramos. Sin embargo, cuando papá avisó que llegarían de madrugada, mamá nos prohibió recibirlos a esa hora porque ustedes iban a estar cansados y se decidió que esperaríamos hasta hoy para conocerlos. Sin embargo, yo no dejaba de pensar que precisamente por llegar de madrugada es que ustedes necesitarían más apoyo y esa idea no me dejó dormir bien durante la noche, sobre todo porque sabía que tendrías hambre, no creía que te hubiesen dado de comer en un vuelo nocturno, así que me arriesgué a salir de mi cuarto para prepararte algo sencillo.

– Ya veo –musitó Gino, asombrado–. ¿De verdad esa idea no te dejó dormir?

– No te miento –asintió Erika, desviando la mirada–. Además de que me sentía muy ansiosa, como si algo importante fuera a suceder.

– ¿Algo como qué? –quiso saber él.

– Conocerte, quizás. –Erika lo miró con timidez.

Gino sonrió. Él también creyó que algo importante había sucedido en su vida en el mismo momento en el que ella le ofreció una toalla seca y caliente para que se limpiara la lluvia y las lágrimas, como si su suerte hubiese dado un cambio para bien.

– Olvídalo, dije una estupidez. –Ella rio con nerviosismo para disimular su turbación–. ¿Qué te parece si regresamos con los demás? No tardarán en preguntarse en dónde estamos.

– De acuerdo –cedió Hernández–. Pero no creo que hayas dicho una estupidez.

Erika le volvió a sonreír y ambos regresaron a la mesa, como si acabaran de toparse por accidente en el pasillo que llevaba a los sanitarios. Nico los vio llegar y no hizo comentarios al respecto, aunque parecía estar muy satisfecho de que los Shanks hubiesen recibido tan bien a Gino y que éste los hubiera aceptado tan bien. La expresión de contenida emoción que veía en los ojos azules de su nieto le infundió la esperanza de que, tal vez, él estuviera comenzando a sanar.

Gino no esperaba más sorpresas por esa noche, dado que ya había resuelto el misterio de la chica del croissant, pero todavía le quedaba una más: casi al finalizar la cena, Elliot se acercó a él de manera amistosa e hizo algunos comentarios vagos acerca de la comida, que Gino interpretó como una forma sutil de abordar un tema mucho más importante, sobre todo porque el resto de la familia Shanks se había alejado de ellos para darles privacidad.

– Tal vez te extrañe lo que te voy a decir, pero mi padre nos ha hablado de lo que sucedió con tus padres y contigo y, bueno, también lo hemos visto en las noticias –comenzó Elliot, con franqueza–. Espero que no te lo tomes a mal, pero papá quería que te apoyáramos en lo que pudiéramos y por eso nos contó todo.

– Está bien, no hay problema –aseguró Gino, a quien no le sorprendió este hecho pues Erika ya se lo había revelado–. Al contrario, agradezco que se preocupen por mí.

– La cuestión es que, si necesitas hablar con alguien sobre cómo te sientes por el accidente, puedes contar conmigo –continuó Elliot, cuya expresión se había ensombrecido ligeramente–. Yo sé bien cómo te sientes, pues yo también perdí a mis padres cuando trataron de protegerme durante una catástrofe.

Hernández parpadeó varias veces, sumamente asombrado. ¡Eso sí que no lo esperaba! Pero algo no cuadraba ahí, ¡lo que Elliot Shanks acababa de contarle no tenía sentido!

– Creo que debí empezar por decirte que Rémy y Susan no son mis padres biológicos, sino mis tíos maternos –explicó Elliot, al ver la cara de confusión de Gino–. Mi verdadero nombre era Elliot Tapia y mis verdaderos padres murieron en un terremoto en la Ciudad de México hace algunos años y, eh… pues… ellos fallecieron tratando de protegerme, así que creo saber cómo te sientes justo ahora.

Bien, que eso explicaba el por qué Elliot era el único de los Shanks que tenía el cabello negro y la piel ligeramente más morena que el resto. Él le narró a Gino que el edificio de departamentos en el que vivía con sus padres en la capital mexicana se derrumbó durante el temblor con ellos dentro, de hecho, prácticamente todos sus habitantes estaban adentro cuando ocurrió el desastre por lo que hubo muchas víctimas, en un macabro paralelismo a lo que Gino vivió en el accidente ferroviario. Los señores Tapia y su hijo apenas iban en el pasillo que llevaba a las escaleras cuando la construcción se les vino abajo, pero ellos alcanzaron a empujar a Elliot hacia el hueco de la escalera, que fue la única parte del edificio que quedó en pie, salvándole así la vida. Ellos, desgraciadamente, no lograron salir y perecieron entre los escombros; la autopsia que se les practicó gracias a la influencia de Rémy Shanks determinó que su muerte fue casi instantánea.

– Me quedé huérfano, pero no solo –continuó Elliot, mientras miraba con agradecimiento melancólico hacia Rémy y Susan–. El hermano de mi madre me adoptó como si fuera su hijo y me ha querido como tal, así que ahora tengo tres hermanos y unos padres que me quieren. Sin embargo, tú sabes cómo es esto, que alguien te dé un hogar no borra de un plumazo el dolor, el trauma y el sufrimiento que vienen obligadamente con un evento tan terrible, sobre todo cuando alguien a quien querías no logró sobrevivir. Estuve años en terapia y el apoyo de mi familia me ha ayudado a superarlo en gran medida, pero conozco bien esa sensación de soledad, sufrimiento y culpa que te ataca por las noches, cuando todo está en calma.

– Sí… –musitó Gino, quien repentinamente tuvo deseos de llorar.

– Así que, cuando llegues a sentir que la oscuridad te está tragando, que el dolor es más del que puedes soportar, búscame. –Elliot le puso una mano en el hombro–. No estás solo, yo entiendo cómo te sientes.

– Gracias. –Gino quería contarle muchas cosas, pero la emoción se lo impidió.

– Lamento haber arruinado una velada tan agradable –se disculpó Elliot–. Pero no quería dejar pasar más tiempo antes de decírtelo.

– No la has arruinado –negó el italiano–. Todo lo contrario, agradezco mucho que desees darme apoyo.

– Todos estamos dispuestos a hacerlo –señaló Elliot.

Poco después, cuando Nico anunció que era hora de retirarse, Erika se acercó a Gino y le apretó la mano con ternura, como si hubiese estado enterada de lo que su hermano/primo le había dicho. Gino se lo agradeció devolviendo el apretón, al tiempo en que se daba cuenta de que su abuelo había estado en lo correcto al decidir llevarlo a Francia.

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Tal y como estaba programado, Gino ingresó a una prestigiosa academia privada unos días después de la cena. Los Shanks también entraron con él así que no sería el único alumno de nuevo ingreso en el lugar, lo cual disminuyó un poco su estrés ya que además ellos eran mitad mexicanos y eso los hacía parcialmente extranjeros, así Gino no sería el único forastero. Sin embargo, eso no hizo desaparecer la sensación de incomodidad que sentía, quizás porque estaba presentándose ante sus nuevos compañeros con un nombre que no era el suyo. Darío Belli, ¡qué absurdo! Él se llamaba Gino Hernández y como tal quería que se refirieran a él de esa manera, pero entendía que sería mucho peor que sus compañeros lo acosaran a preguntas sobre el accidente ferroviario, así que tendría que soportar el mal menor de que se dirigieran a él como Darío.

"Además, sólo será por un año, no es como si ya te fueras a quedar permanentemente con ese nombre", se dijo Gino, para darse ánimos.

Así mismo, si bien su francés hablado no era tan malo, en la escritura daba traspiés y su pronunciación era ligeramente defectuosa, además de que descubrió que en realidad no entendía tan bien las conversaciones como en un principio creyó que sí lo hacía. Una vez más llegaron a su rescate los Shanks, quienes por tener un progenitor francés hablaban el idioma con bastante soltura y no dudaban en ayudar a Gino con las cuestiones más difíciles. Leo fue quien se puso a la tarea de ayudarlo a corregir su gramática, mientras que Elieth le ayudaba con las cuestiones de fonética. Erika se encargó de servir de traductora cuando sus compañeros no comprendían su acento italiano, pero lo que a Gino más le asombraba era que ella tuviese la rara habilidad de adivinarle el pensamiento, pues en más de una ocasión explicó detalles que Gino no había expresado en voz alta. Con el tiempo, él pudo darse cuenta de que Erika era de esas personas sensibles que lograban entender a la gente que las rodeaba a un nivel profundo y personal, quizás porque estaba dotada de mucha empatía: ella sabía que Gino estaba pasando por un mal momento y por eso se apresuraba a cubrir sus necesidades emocionales para darle un descanso.

– Sé que sus casos son diferentes y que son personas distintas –le había dicho Erika alguna vez–, pero puedo entender cómo te sientes gracias a lo que he vivido ya con Elliot. La pérdida de sus padres y su estrés postraumático fue algo que nos afectó a todos porque no sabíamos cómo ayudarlo; él sufrió mucho y nosotros con él, pero ahora que lo peor ha pasado, aprendí cómo se siente alguien en su situación y eso me permite comprenderte mejor.

Era como si Erika le estuviese explicando a Gino el por qué era tan sobreprotectora con él. Hernández no le había hecho ninguna pregunta ni le pidió explicaciones, pero le agradeció que se tomara la molestia de hacerle saber su sentir.

A pesar de todo, Gino no lograba adaptarse, quizás porque no lograba quitarse la impresión de que era un foráneo mentiroso. En honor a la verdad, nadie de su grupo escolar lo hizo menos por ser italiano, de hecho había personas que querían acercarse a él por la novedad de hablar con un extranjero, pero era Gino el que se sentía fuera de lugar y evitaba a la gente. Temía también que alguien lo acosara con preguntas insistentes sobre su vida en Italia y él no supiera qué responder, pues no era bueno mintiendo. Así pues, a la hora del almuerzo Gino pasaba el tiempo con los Shanks, pero si alguien más lo quería invitar a comer, él se escabullía de manera cortés bajo cualquier pretexto. Esto ocasionó que los muchachos empezaran a decir que Darío Belli era un engreído, lo que incrementó más la brecha entre éste y sus compañeros.

Esto a Gino no le importaba mucho, tanto porque su dolor enmudecía cualquier otro sentimiento como porque comenzó a tener pesadillas de nuevo, sueños vívidos y tétricos de lo ocurrido en ese fatídico día. Al principio él intentó ignorar esos sueños, pero se volvieron tan frecuentes que se atrevió a contárselos a Elliot, confiado en que mantendría su promesa de ayudarle. Éste no faltó a su palabra y hablaba con él durante las horas libres de ambos, lo cual favoreció que entre ellos se iniciara una amistad sincera, algo que ya había ocurrido también con los otros Shanks.

– Mi psicóloga me aseguró que tener pesadillas en esta etapa del duelo es normal –le comentó Elliot–. Dice que es la forma en la que un cerebro sano intenta lidiar con el trauma. No es agradable pero es un proceso normal, según ella.

– Entiendo eso –aceptó Gino, pensativo–. Pero a mí ya se me habían quitado, al menos no las tenía tan seguido, y he vuelto a presentarlas casi a diario.

– Quizás se deba a que ahora mismo estás bajo presión otra vez –insinuó Elliot–. Cambiar de país, de ambiente y de escuela es malo cuando no se hace por un motivo serio, pero es infinitamente peor si hay una razón terrible para hacerlo.

– Sí, es cierto –admitió Gino.

– Creo que deberías de decírselo a tu abuelo –sugirió Elliot, con mucho tacto–. Porque puedo apostar lo que quieras a que no se lo has dicho.

– ¿Cómo lo sabes? –El italiano se sorprendió.

– Porque yo tampoco les hablé de mis pesadillas a Rémy y a Susan, o al menos no lo hice al comienzo. –El francomexicano esbozó una sonrisa triste–. Uno de los consejos que puedo darte es que no les ocultes estas cosas a la gente que te quiere. Estás metido en un pozo negro y muy profundo, y la única manera en la que podrás salir de él es siendo sincero con las personas que están cuidando de ti.

Gino se quedó callado unos instantes y después, para asombro de Elliot, se echó a reír.

– Para que me tiendan una mano, ¿no es así? –cuestionó Hernández–. Usar la analogía del pozo estuvo bien, no puedes salir de un pozo si no recibes ayuda externa. ¿Has considerado en estudiar psicología cuando crezcas?

– Todavía falta mucho para eso y ya no tengo la costumbre de hacer planes tan a largo plazo. –Elliot se encogió de hombros–. Me basta con poder ayudarte en algo, por el momento.

– Gracias –dijo Gino, con sinceridad–. Voy a seguir tu consejo.

– Eso espero –suspiró Elliot–, no es bueno pasar por esto solo. De igual manera, si necesitas apoyo en la escuela, sabes que puedes contar conmigo, con Leo o con alguna de mis hermanas. Sobre todo Erika, que está que se muere por ayudarte, pero quiere fingir que no es así.

– ¿De verdad? –Gino se puso colorado.

– De verdad. –Elliot le lanzó una sonrisita burlona–. Qué cosa tan interesante.

– Sí, bueno… –balbuceó Gino, sin saber cómo escaparse de eso–. Ella ha sido muy amable conmigo y se lo agradezco también, aunque siento que he abusado un poco de su generosidad.

– ¿Por qué crees eso? –le preguntó Elliot con el ceño fruncido, como si deseara saber a qué se estaba refiriendo con que "había abusado de su generosidad".

– No en el sentido negativo, créeme. –Gino se puso a la defensiva. Después de todo, Erika era hermana de Elliot–, sino en el sentido de que la busco más de lo necesario para que sea mi intérprete, pero es que estar con ella me tranquiliza.

– Ya veo. –La molestia de Elliot se transformó en picardía otra vez–. En fin, es evidente que a mi hermana le gusta que "abuses de su generosidad", así que no te preocupes por eso.

– Eh, si tú lo dices… –Gino se rascó la cabeza con inquietud, aunque después se puso serio–. Por cierto, quiero preguntarte otra cosa, si no te molesta.

– Adelante –aceptó Elliot.

– Para esos momentos en los que sientes que estás en el fondo del pozo, ¿qué es lo que te ha ayudado a no dejarte llevar por la oscuridad? –preguntó Gino.

– ¡Ah! –exclamó Shanks–. Ésa es una pregunta buena, muy buena. Habitualmente lo que hago, porque todavía me pasa, es pensar en las cosas buenas que me han sucedido desde entonces. Digo, no todo lo que me ha pasado desde el terremoto ha sido malo y me aferro a lo bueno para no perder el ánimo de vivir. Por ejemplo, trato de recordar que soy afortunado por tener una segunda familia y un hogar en donde vivir, dado que muchos niños se quedaron huérfanos o sin casa. Yo, por el contrario, fui adoptado por un par de personas que me quieren y me tratan como si fuese su hijo de verdad, personas que me dieron una segunda oportunidad y eso es lo mejor que me ha pasado en la vida. Siempre que estoy por perder el control, pienso que no todo lo que me ha sucedido es malo y eso me permite mantener la cordura hasta la próxima vez.

"Hasta la próxima vez", pensó Gino. Sí, sabía a qué se estaba refiriendo Elliot: "hasta la próxima vez que me trague la oscuridad".

Hernández no necesitaba analizarlo a detalle para darse cuenta de que él también fue afortunado tras el accidente, pues su abuelo materno no dudó ni un segundo en hacerse cargo de él y en darle todo el amor del que era capaz. Nico lo cuidó, lo protegió, lo mantuvo a salvo durante su etapa más frágil y ahora había hecho un cambio radical en su vida para darle a Gino una segunda oportunidad de vivir, lejos del pandemónium mediático que se había desencadenado en Italia. Eso, sin duda, era ser afortunado, aunque el dolor de la tragedia hacía que Gino no lo notara tan seguido como debiera; de manera inesperada, brotó en su pecho una corriente de amor por su abuelo que lo inundó de calidez.

– No todo en este mundo es malo –dijo Gino, con calma–. Entre el dolor hay pequeños chispazos de felicidad que parecen invisibles pero que están ahí, ayudándonos a resistir.

– Ya lo vas comprendiendo –asintió Elliot.

Era como si él hubiese abierto los ojos a una nueva realidad, una realidad en donde, sorprendentemente, podría llegar a ser feliz de nuevo. Y sin poder evitarlo, Gino pensó en lo que le auguró Erika acerca de que él volvería a sonreír otra vez.

Esa misma noche, Gino le contó a su abuelo que estaba teniendo pesadillas de nuevo; como era de esperarse, Nico se preocupó pero le aseguró que lo afrontarían juntos, como habían enfrentado la tragedia que les había tocado vivir. En el fondo, Gino esperaba que su abuelo hiciera exactamente eso, que lo abrazara y le dijera que todo iba a estar bien, aunque no fuera cierto, y se dio cuenta de que Elliot tuvo razón al decirle que no podía afrontar ese problema solo, que necesitaría ayuda de la gente que amaba para sobrevivir. Sintiéndose más tranquilo, Gino se fue esa noche a dormir con la confianza de que, aun cuando tuviera sueños malos, al día siguiente estarían ahí Nico y los Shanks para apoyarlo.

Un par de días después, tras regresar de la escuela, Nico le comunicó a Gino que se había puesto en contacto con un psicólogo francés que tenía fama de ser muy bueno en el tratamiento del estrés postraumático. Gino, que ya se lo había visto venir, no se sorprendió por el hecho.

– Tendrás sesiones con él tres veces por semana, por el momento –anunció Nico–. Después él determinará si será necesario que te vea más seguido.

– Está bien, abuelo –aceptó Gino, con la misma calma y pasividad con la que había consentido los últimos cambios en su vida–. Si consideras que es lo mejor, iré con ese especialista.

En Italia ya había estado bajo terapia psicológica, así que al muchacho realmente no le molestaba retomar las sesiones en Francia. Lo hacía con la mejor disposición para mantener tranquilo a Nico, aunque sí estaba consciente de que, si quería sanar, debía recibir apoyo psicológico. Su nuevo terapeuta resultó ser un hombre de unos cuarenta y tantos años apellidado Durand, de apariencia sobria pero que inspiraba confianza desde el primer instante. Si bien el doctor Durand habló con Nico con mucha seriedad, al quedarse a solas con Gino le habló como si fuese su propio hijo y no un paciente. Gino se sintió a gusto con él desde la primera sesión y comprendió por qué tenía tan buena fama.

"Además, tres veces por semana no es mucho realmente", caviló Hernández. "Considerando que en Italia iba casi a diario".

Si bien estas reuniones ayudaron al joven a volver a dormir tranquilo durante la mayor parte del tiempo, no pudo hacer gran cosa con el distanciamiento social que estaba presentando en la escuela. En esto Gino sí le había mentido a su abuelo al decirle que estaba adaptándose muy bien a sus nuevos compañeros, pues no estaba preparado para socializar. Las pesadillas lo habían vuelto retraído y, cuando éstas comenzaron a desaparecer, Gino no se sentía lo suficientemente estable como para fingir que era un chico normal. Además, pensaba que no sería capaz de entablar una amistad sincera con alguien cuando le estaba mintiendo en algo tan básico como lo era su nombre real. Gino entendía que debía hacerse llamar Darío Belli para despistar a la prensa, pero no terminaba de aceptarlo y sentía que cualquier relación que pudiera intentar tener con otra persona ya estaría corrompida desde el inicio por culpa de este detalle. Las cosas hubieran seguido así, o empeorado tal vez, si un día Erika no le hubiese hecho a Hernández una propuesta que parecía de lo más inocente, pero que en el fondo estaba hecha con una segunda intención oculta.

– Oye, Darío, tu abuelo nos contó que en Italia jugabas fútbol, ¿es cierto? –le preguntó Erika, un día cualquiera al acabar las clases–. Y de ser así, ¿qué puesto tenías?

La mayoría de los estudiantes tenían clases extracurriculares, incluidos los Shanks, pero Gino era de los pocos que no estaban inscritos en algún club, lo cual obviamente había llamado la atención de más de uno.

– Sí, solía jugarlo –respondió Gino, sintiendo que eso había sucedido en otra vida–. Estaba en una liga menor de un equipo importante, jugaba como portero y tenía deseos de dedicarme a ello de manera profesional.

– Entiendo –asintió Erika, con cautela–. ¿Y eso es algo que sólo puedes hacer en Italia?

– Eh, pues, no –negó Gino, confuso–. Supongo que aquí en Francia también saben lo que es el fútbol, ¿no?

– ¡Por supuesto que lo sabemos! –exclamó ella, indignada–. ¿Qué te crees que somos?

– Era broma. –Gino se echó a reír–. ¿Por qué me lo has preguntado?

– Porque estaba pensando en que podrías unirte al equipo de fútbol –señaló Erika, con total inocencia–. ¿No te gustaría volver a jugar?

– Más de lo que te imaginas –contestó Hernández, con una expresión melancólica–. Me encantaba sentir el calor del sol en la cara mientras esperaba a que alguien se atreviera a intentar anotarme un gol. Me gustaba la sensación de triunfo que sentía cuando conseguía detener un tiro difícil, hacía que me sintiera vivo…

– Pues entonces juega fútbol otra vez–. Erika le mostró una de sus sonrisas más dulces–. Si este deporte te hace tan feliz, deberías practicarlo otra vez.

– Hace muchísimo tiempo que no juego –titubeó Gino, indeciso. "Desde el accidente, básicamente"–. He de estar oxidado.

– A las cosas oxidadas se les echa aceite –replicó Erika–. A los humanos se les obliga a moverse. Vamos, te acompaño.

– ¿Ahora mismo? –preguntó él, asombrado–. No tengo ni ropa ni zapatos adecuados.

– Seguro que habrá quién te preste unos tacos de fútbol y con la ropa de deporte bastará –insistió Erika, tomándolo por un brazo–. No perderás nada con ir a echar un vistazo, ¿no crees?

– Supongo que no –cedió Gino. La sola idea de ir a ver un entrenamiento de soccer lo hizo entusiasmarse más de lo que esperaba.

Al llegar a la cancha de fútbol, una oleada de felicidad lo golpeó de lleno. Los muchachos se pasaban el balón entre ellos con una energía que Gino pudo reconocer a pesar de nunca haberlos visto jugar antes, pues el fútbol es un idioma universal. Había jugadores realmente buenos ahí; quizás un par de ellos, quizás más, podrían acabar en clubes profesionales de adultos y, al ver sus potentes disparos, Gino tuvo un incontrolable deseo de calzarse unos guantes y saltar a la cancha para detenerlos.

– Quiero jugar –musitó Hernández, casi sin darse cuenta.

– Anímate a hacerlo –lo apoyó Erika–. No te van a rechazar.

– No tengo unos guantes. –Gino alzó sus manos desnudas para mostrárselas.

– Pero yo sí. –Ella le guiñó el ojo y sacó de su bolso escolar un par de guantes de portero nuevos.

– ¿De dónde los sacaste? –inquirió Gino, tras lo cual se dio cuenta de que había hecho una pregunta estúpida–. Bueno, ya sé que de tu bolsa pero, ¿por qué traías un par de guantes en tu bolso?

– Porque contaba con que ibas a querer jugar y que, de ser así, necesitarías unos guantes –respondió Erika–. Como te dije, los zapatos te los pueden prestar, pero un portero necesita sus propios guantes.

– Eso significa que tú ya sabías que yo jugaba como guardameta y que me preguntaste por mera cortesía –señaló él–. ¿No es así?

– Eso es obvio. –La francesa se echó a reír–. Pero no pierdas más el tiempo y ve a hablar con el entrenador.

No había más objeciones que Gino pudiera poner, así que tomó el par de guantes y se dirigió al entrenador del club de fútbol. Tras hablar con él por tan sólo cinco minutos, el hombre decidió dejar que Hernández jugara para calar su habilidad y averiguar si tenía madera o no para estar en el equipo.

– No cualquiera puede ingresar, sólo los mejores lo hacen, Belli –señaló el entrenador Laponte–. Nuestro equipo es de élite y por tanto dejamos fuera a los que no sirven.

– Enterado, entrenador –aceptó Gino–. No lo voy a defraudar.

Cuando se calzó los guantes y se paró frente a la portería, Gino sintió que otra vez era dueño de su vida, al menos por un momento. Todo pareció encajar en su sitio, otra vez eran él, el pasto, la portería y, por supuesto, el balón. Su cerebro recuperó de manera inmediata las jugadas y los movimientos que conocía de antemano y los aplicó en el preciso momento en el que Marc-Paul Moreau, uno de los mejores delanteros del equipo, se dirigió hacia él con el balón en los pies.

"Ven", pensó Gino, concentrado. "Te estoy esperando".

El jugador lanzó un tiro estupendo, de ésos que suelen ser gol casi en cualquier circunstancia. Sin embargo, Gino se lanzó sin dudarlo y atrapó el balón en el aire, provocando que los demás soltaran exclamaciones de asombro y admiración.

– Pudo ser un golpe de suerte –bufó Marc-Paul, molesto por el hecho de que su disparo hubiese sido detenido por un recién llegado.

Pero Gino pronto demostró que lo suyo no había sido suerte. En media hora, hizo despliegue de su innata habilidad, causando tal conmoción que pronto comenzaron a acercarse alumnos de otros clubes, que estaban entrenando cerca, para verlo jugar.

– Ése es Darío Belli, el italiano, ¿verdad? –cuchicheaban algunos.

– Es el chico que recién llegó hace unas semanas –decían otros–. El solitario que nunca se acerca a nadie, más que a los Shanks.

– ¡Es un crack en la portería! –gritaba alguien más–. ¿Por qué no había jugado antes?

Erika lo miraba con emoción contenida, escuchando lo que decían los demás pero sin intervenir en ninguna de las pláticas. Estaba feliz de que su plan hubiera resultado tan bien, ella nunca había visto a Gino tan emocionado, tan feliz y tan vivo.

– ¡Bien hecho, Darío! –gritaba ella cada vez que Gino realizaba una parada.

Hernández finalizó el partido de practica con su portería a ceros. Marc-Paul, que no logró anotarle ni otra vez, tuvo que reconocer que la actuación del italiano había sido increíble.

– Espero que te unas al equipo, Belli –dijo mientras le ofrecía la mano a Gino–. Definitivamente quiero tenerte de mi lado.

– Gracias, pero eso depende del entrenador –contestó Gino, estrechándosela.

– ¿Es broma? –intervino entonces Laponte–. ¿Crees que voy a dejar fuera al mejor portero juvenil que he visto en mucho tiempo?

El hombre se echó a reír y Gino junto con él. Justo en ese momento volvía a sentir que formaba parte del mundo. Afuera de la cancha, parada junto a un grupo de impresionados alumnos, Erika experimentó mucho orgullo por Gino, no sólo por la habilidad que mostró tener en el fútbol sino también por haber podido dar un paso hacia adelante en la dirección correcta. Ella, que ya había pasado por algo similar con Elliot, sabía la importancia de cada pequeño paso, de cada victoria anotada en el marcador así que no podía sentirse más feliz por su amigo. Cuando acabó la práctica, Gino se sorprendió mucho de ver que Erika seguía ahí así que se dirigió hacia ella.

– ¿Te quedaste a ver el entrenamiento? –le preguntó–. Pensé que tenías práctica con tu club.

– Pedí permiso para faltar hoy. –Ella se encogió de hombros.

– ¿De verdad? –cuestionó Gino, sorprendido–. ¿Por qué?

– Porque necesitaba ayudar a un amigo –sonrió Erika.

Inevitablemente, Gino sonrió también. Y se dio cuenta de que sí, podía considerar que, a pesar de todo, era una persona afortunada.

– ¿Ah, sí? –soltó él, despreocupadamente–. ¿Quién?

Erika lo empujó levemente de manera juguetona y ambos se echaron a reír. Era la primera vez que ella escuchaba auténtica felicidad en la risa del italiano.

Unirse al club de fútbol consiguió lo que no lograron meses de terapia ni el esfuerzo conjunto de los Shanks o la preocupación de Nico: Gino empezó a adaptarse a su entorno y a llevarse mejor con sus compañeros, incluso llegó a hacer algunos amigos, Marc-Paul entre ellos. Las pesadillas disminuyeron, aunque no desaparecieron totalmente, y fueron reemplazadas por sueños relacionados al fútbol. Claro está, había muchas otras noches en las que Gino no soñaba algo o, si lo hacía, no lo recordaba, pero él lo prefería así a las pesadillas. Además, el esfuerzo físico le abrió el apetito, que había estado dormido desde el accidente, y lo dotó de vitalidad. Nico no podía estar más que agradecido con el cambio y durante mucho tiempo se preguntó por qué demonios no se le había ocurrido a él el sugerirle a su nieto que volviera a retomar el fútbol.

– Es mejor terapia que la psicología –solía bromear Gino, cada vez que su abuelo le preguntaba cómo le estaba yendo en el club–. ¿Recuerdas que, en Italia, tenía el sueño de formar parte de un club profesional?

– Claro que lo recuerdo –respondió Nico–. ¡Deseábamos tanto que ingresaras al Inter de Milán! Y nos sentimos muy orgullosos cuando fuiste admitido en su club infantil.

Nico no aclaró a quiénes se refería al decir "nos sentimos muy orgullosos", pero era obvio que hablaba de los padres de Gino.

– Sí, yo también me sentí orgulloso –asintió Gino, con melancolía.

– ¿Por qué no intentas buscar un club aquí? –sugirió Nico–. Todavía puedes cumplir ese sueño.

– Sí, he pensado en ello –contestó Gino, rascándose la nuca–. Se lo he dicho incluso al doctor Durand y le parece que es una excelente idea, pero siéndote honesto, preferiría hacerlo en Italia y no aquí, aunque como por el momento no podemos volver a Italia, no sé qué hacer.

– Bien, sólo estaremos aquí el tiempo necesario para la apertura del nuevo hotel –dijo Nico, con calma–. Más o menos un año, no es mucho tiempo realmente. Mientras tanto, podrías continuar con el club de fútbol de la escuela, su nivel es bastante alto, hasta donde me han dicho.

– Sí, eso había pensado –reconoció Gino, pensativo–. De todos modos ahora me siento oxidado y necesito volver a ponerme en forma. Me esforzaré este año para recuperar el nivel que tenía antes del accidente, para cuando volvamos a Italia pueda hacer pruebas otra vez para el Inter de Milán. Por fortuna, ninguna de las lesiones que sufrí fueron permanentes, así que no tendré que preocuparme por las limitaciones físicas, sólo necesito volver a entrenar mi cuerpo.

Nico se dio cuenta de que Gino ya había tomado la decisión desde antes de comentarlo con él, pero que había esperado a ver su reacción para comunicársela, o tal vez sólo quería saber si de verdad ellos iban a regresar a Italia algún día. Sea como fuere, no cabía duda de que era una buena señal el que Gino comenzara a pensar en su futuro otra vez.


Notas:

– Gino Hernández es un personaje creado por Yoichi Takahashi ©.

– La familia Shanks, con excepción de Elliot, y Nico Di Angelis son personajes creados por Elieth Schneider.

– Elliot Tapia-Shanks, Marc-Paul Moreau y demás agregados culturales son personajes creados por Lily de Wakabayashi.

– Este fanfic está basado en la historia que Elieth Schneider ha planeado para Gino Hernández para el Universo Captain Tsubasa que tenemos ella y yo (y que ha ideado porque no hay información de él en el manga). En otras palabras, este fic es mi propia versión de la historia de Elieth.