Silencio.

De alguna manera se metía en la mente e irrumpía con mayor fuerza que el ruido. No era como estar dormido, estar dormido era esa penumbra comfortable, el vacío familiar y una que otra vez algún sueño placentero o intrascendente.

La vigilia por otra parte, a veces resultaba insoportable. Afuera de este castillo que palpita como un corazón mecánico, pensaba, hay vida.

Y sin embargo para él, la vida de afuera a veces parecía estar a años luz. Afuera había un cielo de tormenta, precioso, lleno de nubes grises. Pronto empezaría la sinfonía de truenos y la danza aérea de los rayos.

Pero Alucard sufría en silencio.

Si no fuera por el calendario que se había propuesto marcar religiosamente día por día, viviría perdido en el tiempo y el espacio.

Habían pasado ya dos años desde la partida de Sypha y Belmont, dos años desde la muerte de Drácula, dos años desde que Alucard heredó la casa de su padre y la biblioteca de su amigo.

En esos dos años Alucard se había sometido en cuerpo y alma al estudio de la biblioteca familiar Belmont, tanto de su organización como los libros y artefactos que yacían en ella. Al igual que de la preservación de la mansión, sin embargo, y a pesar de su naturaleza contemplativa había ocasiones en las que recordaba la soledad de su padre y se reflejaba un poco en ella. A veces perdía la cuenta de las lunas, el estudio y la enormidad de la mansión lo tenían en una especie de transe atemporal y tenía que salir al bosque a contemplar el vuelo de las aves, o los ojos de los siervos, o cualquier otra cosa viva para recordar también su propia existencia.

Era una de esas noches, había salido a conectarse de nuevo con la vida, cuando divisó algo inusual en el panorama. Un montón de luces que descendían de la montaña más cercana como si el bosque estuviera incendiándose, pero se movían cuesta abajo por entre los árboles y matorrales. Alucard las siguió con los ojos antes de entender de qué se trataba.

Agudizó sus sentidos para verlo todo más de cerca y entonces percibió algo, el sonido dulce de las plantas de sus pies contra el piso, el sudor frío que le caía por el rostro, el olor del miedo, el llanto que le nublaba los ojos. La vio escondida debajo de un arbusto tratando de recuperarse cuando se giró de repente como si hubiera sentido su presencia.

-Ahí estás- exclamó un hombre y la tomó del cabello exponiéndola a las antorchas- vamos ver qué tan rápido corres ahora.

La sostenía como se sostiene a una liebre que se acaba de cazar, mientras otro le escupía y las antorchas se acomodan alrededor presenciando.

-Con qué esta es la hija de la puta- decía otro- vamos a ver si la rama es de la misma madera que el tronco- y varios comenzaron a desabrochar sus pantalones.

Una sombra cubrió la luna, las antorchas se extinguieron de pronto y unos ojos enormes y rojos fueron la única luz que alumbró la escena, las alas se abrieron como cuchillas en la noche y los mismos hombres que acababan de quitarse sus cinturones se orinaron encima al verle los dientes y las garras, todos salieron huyendo.

Alucard la miró tirada en el suelo, llena de tierra y sangre, respirando como un venado recién nacido y recuperando su forma original la tomó en sus brazos.

Apenas mantenía los ojos abiertos.

-¿eres… el diablo?- la escuchó preguntar en un susurro.

-algo así- le contestó él.

-gracias por venir por mí- fue lo último que dijo antes de desmayarse.

La niña abrió los ojos y la luz de la mañana la cegó. El cuerpo le dolía pero se sentía extrañamente cómoda, se incorporó poco a poco y se encontró en una habitación de lo más lujosa, aunque empolvada y sucia. Las sábanas blancas que la cubrían crujían cuando se movía. A un lado de la cama, en una mesa de noche había un gotero que destilaba un aroma fuerte a eucalipto y de la ventana abierta entraba el frío del bosque.

-Dormiste dos días- dijo una voz de pronto, aunque ella juraba estar sola en la habitación, se giró sobresaltada y encontró a un hombre rubio y alto, de tez pálida y ojos del color del ámbar que la miraba desde el umbral de la puerta.

-¿dón...dónde estoy?- preguntó casi sin voz.

-a cien acres del pueblo más cercano-

-p-pero ¿cómo?-

-estabas herida en el bosque ¿no recuerdas nada?-

La chica bajó la cabeza un instante y contestó:

-sí, recuerdo que era de noche y… vi… a Lucifer- Alucard no dijo nada- tenía unas alas enormes y ojos rojos y… me levantó en sus brazos y me llevó con él.

-alucinaste por el cansancio- dijo después de un momento.- puedes descansar algo más pero tendrás que irte, esta casa no es habitable.

Dió vuelta dispuesto a irse.

-¿usted… es doctor?- Alucard la miró de reojo.

-Algo así- dijo simplemente- el agua de la bañera está caliente, puedes limpiarte si quieres.

-¿cual ba…?- pero antes de terminar la pregunta ya había desaparecido y al volver a pasear sus ojos por la habitación encontró una bañera de plata llena de agua humeante y una bandeja con un cepillo y jabón de avena.

Al terminar de bañarse encontró un vestido blanco en la cama, aunque esta vez decidió ya no pensar en cómo las cosas simplemente aparecían frente a ella.

Alucard alejó la vista del libro, la sentía moverse por la mansión, tocar las cosas, veía su vestido ondear en el pasillo y sus pies pasear por las alfombras y por el pasto del jardín. Mientras había dormido ningún tipo de hambre lo había perturbado, pero después de dos años de vigilia aparentemente pacífica, la visión repentina de su sangre había despertado algo en él, su madre le venía a la mente una y otra vez y le impedía pensar con claridad. Sentía una especie de cosquilleo en la punta de los dedos y en la boca. Esa soledad, pensaba, ¿sería ese estado en el que se encontraba ahora, el mismo estado en el que se encontraba su padre cuando su madre llegó a él?

Al día siguiente ella lo esperaba ya vestida, sentada en la cama.

-Estás despierta- al escucharlo se puso de pie.

-Buenos días- dijo quedamente.

-¿cómo te sientes?- preguntó él desde el umbral.

-bien… creo, en realidad, estoy mejor ya… ya no me duele el cuerpo pero, tampoco he tenido hambre, ni he comido nada eso es ¿acaso es por ese gotero?- dijo señalando a la mesa de noche.

-Puede ser- dijo aún desde el umbral.- ¿estás lista para irte?

-quisiera agradecer a la señora-

-¿qué?- preguntó Alucard sin esconder un poco su desconcierto.

-vi su retrato en un salón cercano, disculpe que haya salido de la habitación solo quería caminar un poco y la vi, quiero agradecerle su hospitalidad- dijo determinante.

Él no dijo nada al principio, no veía necesidad de mentir pero tampoco de explicar la situación.

-¿acaso usted está solo en esta casa?- esto lo tomó por sorpresa.

Por primera vez miró con atención a la chica. Tenía el cabello y los ojos negros como el carbón y la piel muy blanca, los labios algo partidos y una cicatriz que le partía la ceja. Le recordó un poco a Sypha en la delicadeza de sus facciones y el corte de su cabello, calculó que tendría a lo mucho unos catorce años.

-¿está solo en esta casa señor?- preguntó de nuevo.

-así es- contestó con simpleza.

-¿por eso dijo que esta casa no es habitable?-

-así es- repitió.

-pero si eso es así ¿cómo es que usted habita en un lugar así?-

Alucard no contestó. En lugar de eso dio media vuelta.

-si aún estás cansada puedes quedarte más tiempo, pero tendrás que irte pronto, esta casa no es habitable para alguien como tú- dijo y desapareció en el pasillo.

La miraba a través de un ventanal recoger bayas en el jardín. Detrás de él el retrato de su madre. Aunque no lo miraba, Alucard sentía que sabía de su presencia, que era consciente de que era observada. Se preguntaba por qué actuaba así, por qué no la dormía y la abandonaba cerca de la aldea, porque la mantenía dentro de la casa, merodeando en los salones y en las alcobas como si quisiera que lo encontrara, como si quisiera que recorriera toda la mansión y descubriera todos sus secretos sin que él tuviera que decirle nada.

Basta, pensó, basta. Hoy mismo se irá.

La luna estaba en medio del cielo cuando Alucard entró a la habitación con un frasco en la mano. La miró desde la esquina acostada en la cama respirar con dificultad, sabía que tenía una costilla fracturada y le costaba trabajo atrapar el aire.

Sus bucles negros le tapaban la cara, se acercó en silencio hasta quedar junto a ella y destapó el frasco, pero en ese momento el aire de la noche removió las sabanas y dejó expuesto su cuello.

Alucard se detuvo. Sentía la corriente de su sangre circular por su yugular y sintió hambre. Hacía tanto que no la sentía, había olvidado lo molesta que era. La criatura abrió entonces los ojos y lo miró, él sospechaba que estaba despierta pero aún así se había acercado. Sus ojos negros lo apuntaban como las manecillas de un reloj apuntan la hora y sus labios se partieron.

-¿piensa hacerme daño?- preguntó pero no sonaba asustada. Alucard se transportó a la biblioteca y la dejó sola en la alcoba.

Sabía que podía satisfacer su hambre, beberla hasta acabarla como una botella de vino y que nadie vendría a buscarla, pero los ojos de su madre lo miraban desde el salón ¿qué era lo que le estaba pasando? ¿Era el aislamiento? ¿La soledad? ¿Quién era esa niña? ¿Por qué la perseguían para cazarla como si fuera un conejo? ¿Por qué no se iba?

No fue a verla en la mañana. Lo esperó sentada durante horas pero no llegó. Al caer la tarde empezó a abrir cada puerta que se cruzaba en su camino, pero era una casa enorme y fría.

La soledad la asaltó de repente, el pensar que no había nadie más que ella en una mansión tan vieja e inmensa hizo que un escalofrío bajara por su columna vertebral, apuró las escaleras y los pasillos buscándolo pero la noche caía y aún no veía a nadie. Exhausta se tiró en el piso, tal vez se había ido, tal vez la había abandonado. Una luz roja la iluminó, se colaban los rayos de luna por un vitral que alumbraba unas escaleras al final del pasillo.

Como pudo se levantó y las siguió.

Alucard luchaba contra el hambre, solo pensaba en su madre y en la sangre de los labios de la niña cuando la encontró, su cuello expuesto al frío, sus manos delgadas como las de su madre. Sus ojos se volvían rojos y su cuerpo se desdoblaba en garras y escamas que tiraban los muebles y acababan con el tapiz sin saber que alguien lo observaba por el cerrojo. Se dejó vencer por la locura esa noche y perforó los vidrios del ventanal para surcar la noche en busca de una presa, ahí escondido entre los árboles se cruzó con un siervo y bastó con que posara sus ojos en él para tenerlo ya entre sus dientes.

Despertó en la habitación hecha un caos. Se incorporó poco a poco recordando su episodio nocturno, salió del observatorio y se encerró en su alcoba, que nunca usaba y llenó la bañera de agua.

No la vio en toda la mañana, se había ido.

Una ligera sensación de alivio invadió su cuerpo, bajó por fin a la biblioteca y pudo leer.

La noche lo asaltó de repente, subió a contemplar la vida nocturna desde la sala y halló de nuevo el rostro de su madre en el retrato. Pensó entonces en los días en los que corría junto con ella por los pasillos de la mansión y su padre observaba desde las sombras. Entendía entonces porqué su padre la había tomado, veía en sus ojos los ojos de todos los siervos y pensó entonces en la niña, eso era lo que veía en ella: los ojos de todos los siervos.

-sé lo que eres- escuchó decir detrás y se giró para observarla.-algo así como el diablo, algo así como un doctor. Te he visto anoche, sé que eres-

Alucard no dijo nada

-¿por qué regresaste entonces? ¿no me tienes miedo?- preguntó por fin, sin cambiar su expresión.

La niña se acercó a él lentamente y extendió su mano hasta llegar a su cara, él sabía que lo encontraría demasiado frío pero el contacto cálido de su palma en su mejilla lo obligó a mantenerse quieto.

-no- dijo por fin- no tengo miedo, fuiste tu quien me salvó en la noche y curaste mis heridas, y me dejaste quedarme en tu casa. He visto sus retratos colgados en las paredes y aunque no lo conozco siento que lo entiendo porque yo también estoy sola, yo también estoy huérfana, yo también quisiera alejarme por completo de la gente y al mismo tiempo… deseo… curarlos.

Separó su mano del rostro de Alucard.

-Por eso, deseo pedirle que me deje quedarme, quiero aprender-

-¿aprender qué?-

-a curar, quiero curar. Mi madre… mi madre se ganaba la vida estando con hombres, era tan dulce y amable pero se enfermó y contagió a algunas personas… no había nadie que la atendiera ni la ayudara y mi madre murió sola- gruesas lágrimas rodaban en el rostro de la niña.- quiero curar a la gente, si usted me enseña yo puedo ser su criada, me haré cargo de su casa yo… cocinaré…

-pero no como-

- haré su alcoba…-

-no duermo-

-limpiaré su casa-

-morirás de cansancio antes de acabar-

-le daré mi sangre-

Alucard guardó silencio.

-no estoy segura pero creo que eso quiere ¿no? Se la puedo dar si solo me deja con la necesaria para estar con vida y…-

-no- y sonó como una sentencia de muerte.

-p-pero-

-no beberé tu sangre-

-la necesita-

-tú no sabes eso- insistió él.

-vi sus ojos, esa hambre… y escuché como devoró a ese animal- la niña se acercó a él descubriendo su hombro, Alucard no se movió- pero, por alguna razón… no le tengo miedo señor, creo que ya me han hecho demasiado daño las personas. Yo no sé qué sea usted, solo quiero reponer lo que le debo, no me importaría dársela si es lo que necesita pero permítame quedarme y aprender.

Claro, esa era la razón. Su madre, su madre nunca se hubiera negado a acogerla.

-Si eso es lo que deseas, esta bien, te enseñaré pero entonces tendrás que defender conmigo esta casa de cualquier peligro que pueda acecharla y debes de jurar obedecerme siempre en todo lo que te pida-

La niña se puso la mano en el pecho.

-bien- dijo Alucard acercándose . Enterró entonces sus colmillos cerca de su clavícula y la sangre tibia empezó a correr. Dejó escapar un pequeño quejido pero aguantó mientras Alucard la bebía. No era la primera vez que bebía sangre, cuando aún estaba desarrollándose su madre alguna vez lo encontró intentando beber a una ardilla y desde entonces sintió la responsabilidad de dársela así como le daba la leche materna cuando recién nacido. Aún así, al no ser un vampiro por completo fueron ocasiones contadas las que sucedió y era más por necesidad fisiológica que por gusto. Sin embargo y quizá por los dos años de vigilia, la sangre de la niña le sentaba particularmente bien, su calor y el sabor metálico lo reconfortaban al tiempo que lo hacían sentirse incluso más despierto.

Cuando sintió que empezaba a temblar se detuvo.

La recostó en la cama y le cubrió de nuevo el cuello con el vestido.

-Mi nombre… es… Mirrha- dijo a media voz.

-Mirrha- repitió Alucard- soy Adrian, Adrian Tepes.

-Tepes- suspiró Mirrha luchando contra el sueño que se apoderaba de ella- por favor… no se aleje.

Alucard la observó dormir. Todos los siervos dormían también.