La flecha rompió el aire con su filo y se fue a encarnar justo en el ojo de la liebre. De entre los arbustos emergió una silueta ágil y esbelta, la niña miró la sangre propagarse por la tierra unos momentos, luego cogió a su presa y dio media vuelta.
A esa hora del día el bosque estaba tranquilo, no se oía más que el cascabeleo de las hojas sacudidas por el viento, los gritos de las aves y la corriente del río.
En días así cuando había cazado y su vestido estaba manchado de sangre, le gustaba quitárselo y lavarse en el río. Colgaba la prenda en alguna rama baja y se acostaba en la hiedra a sentir la luz del sol en su piel húmeda.
Disfrutaba ver ese color dorado que había en sus ojos cerrados cuando los golpeaban los rayos de luz.
-Mirrha- escuchó que alguien le decía y al entreabrir los ojos halló unos ojos rubios que la miraban como un par de estrellas rojas y la cabellera dorada que enmarcaba el rostro pálido.
Se levantó de golpe.
-Tardaste en llegar- le dijo mirándola fijamente. La niña se abrazó a sí misma algo apenada de la piel que dejaba expuesta su blusón.
-Me manche el vestido, entonces me detuve a limpiarlo, lo siento- Alucard asintió sin decir nada. Se removió la capa que estaba usando y se la sujetó del cuello a la chica.
-Hora de volver- dijo simplemente.
-Si señor- pero cuando la niña se levantó Alucard se percató de un corte en la espinilla que hacía que su sangre escurriera por el resto de la pierna
Había cambiado, en las últimas semanas había cambiado más de lo que lo había hecho en sus veintitantos años. Con Mirrha los días transcurrían un poco más rápido y sus estudios se habían retrasado un poco porque ahora su prioridad era el aprendizaje de su pupila. Aunque le costaba trabajo al principio era dedicada y disciplinada, en las últimas semanas había aprendido la organización de la biblioteca, había perfeccionado su lectura y se había familiarizado con los textos mágicos.
Alucard había encontrado un modelo anatómico con el cual le enseñaba sobre el cuerpo humano y la hacía llevar un diario de flora donde Mirrha llevaba un record de todas las plantas que encontraba en el bosque junto con sus propiedades mágicas y medicinales.
Su mayor virtud, pensaba Alucard, era su curiosidad.
Mirrha deseaba saber todo, entender el mundo de la manera en que su maestro lo entendía. Le maravillaba ese hombre que sabía la mecánica de la naturaleza, del clima, del cuerpo humano, de las corrientes de los ríos, de la geografía de Wallachia, de lo que había incluso más allá. Había montones de cosas que quería que le explicara. Un montón de cosas que quería saber.
Sobre todo, y esto la hacía sentir un poco apenada, quería saber cosas sobre él. Sobre su vida.
Los objetos de la casa a veces le hablaban, le daban pequeñas pistas, pero parecían siempre hechos aislados y ella era incapaz de armar el gran rompecabezas de la vida de Alucard, o como ella lo llamaba, el Sr. Tepes.
Alucard sabía esto pero no veía la necesidad de explicarlo todo y tampoco sabría por dónde comenzar.
Mirrha pensaba a veces en su reserva y a la falta de palabras había aprendido a observarlo. Sus ademanes gentiles, las atenciones que le tenía, los cuidados que le procuraba, cómo salía a buscarla cuando llegaba el mediodía y aún no llegaba a la casa, cómo trataba las heridas que se hacía al cazar, aunque no sabía cómo lo lograba mantenía las alcobas limpias para que ella no perdiera tiempo que podía usar en su educación, y aunque él no comía ni dormía tomaba pausas para acompañarla mientras ella lo hacía.
-Iré a cocinar la liebre- dijo tímidamente la niña cuando cruzaron por la puerta.
-No tardes mucho, hoy tengo varias cosas por enseñarte.
-Si señor- dijo y se fue corriendo.
La lección sería en el jardín. Había veces que se encerraban en la biblioteca y se dedicaban a extraer todo el conocimiento de los libros, pero había ocasiones especiales en donde estudiaban el mundo desde afuera y eso era algo que Mirrha realmente disfrutaba.
-este- señalaba Alucard.
-Salvia, se usa para aliviar dolor por golpes o heridas así como impedir infecciones, la usamos para propiciar la inmortalidad, longevidad y la sabiduría-
-esta-
-manzanilla, estabiliza los ácidos estomacales y corrige trastornos alimenticios, un ramillete pequeño es un escudo para malos espíritus-
-esta-
-Artemisa, acaba con los parásitos que pueden incubar en el cuerpo humano, repele insectos, la usamos para inducirnos en sueños proféticos y potenciar habilidades psíquicas-
El cielo que se había puesto n gris ahora se compactaba en nubes negras y a lo lejos empezaban a oírse los truenos, seguidos por la luz de los rayos que se propagaban por las nubes como un río de luz.
-Mirrha- la llamó Alucard. Pero ella no respondía. Repitió su nombre pero de nuevo no hubo respuesta. Cuando un trueno hizo retumbar el cielo nuevamente, se percató del leve temblor en el cuerpo de la niña.
Le tomó el hombro y esto pareció hacerla reaccionar.
-Lo siento- murmuró en una voz tan queda que parecía la de un hada o algo muy pequeño. Entraron cuando las gotas de lluvia empezaron a ametrallar el suelo del bosque com violencia, caían sobre el techo y bañaban el castillo como si estuviera sumergido en un río caudaloso.
Alucard hizo lo posible por continuar su lección pero algo parecía distraer a la niña y al cabo de un rato acabó por rendirse.
-¿por qué no tomas un baño y buscas algo en la biblioteca para distraerte? Ya haz trabajado mucho hoy- dijo con un tono casi dulce, pero Mirrha no reaccionó sino hasta instantes después y de forma mecánica se levantó del escritorio.
Él solo la miró salir de la habitación sumida en un silencio denso como una costra. Después de pasar tanto tiempo sin interacciones humanas, le costaba trabajo distinguir las emociones. Alucard pensaba en su madre y su intuición y sabía que nunca llegaría al nivel de deducción de ella. Decidió retomar sus deberes y dejar de pensar en eso.
Para cuando cayó la noche, la lluvia seguía arrancando ramas y deshaciendo arbustos. Afuera el aire tronaba y por los vitrales del castillo se colaban los destellos platinados emitidos por las nubes.
Alucard alzó la vista de los libros cuando las campanadas que anunciaban la media noche hacían vibrar el castillo, pensó entonces en Mirrha, no la había visto desde la tarde. Cuando entró a su alcoba y encontró la cama intacta, una sensación extraña, como de inyección fría le recorrió el cuerpo.
Abrió las puertas de cada alcoba pero una a una las encontraba vacías, ¿qué debía hacer? ¿Debía llamarla? ¿Gritar?
De pronto escuchó algo, solo cuando un relámpago iluminó la alcoba se dió cuenta de que estaba en su habitación de niño. Y que el ruido que escuchaba venía del armario.
Lentamente abrió la puerta y la luz de los rayos le revelaron a la niña hecha un ovillo, envuelta en su antigua ropa, temblando.
-Mirrha- la llamó, pero ella no acababa de reaccionar. Miedo, había olvidado también el miedo. Como te deja absorto en otro mundo, tan lejos de todo, tan vulnerable.
Recordó la primera vez que vió a su padre salir de cacería, era aún un niño y desobedeciendo a su madre salía espiar al conde mientras cazaba. Lo observo despedazar un oso como si fuera una gallina, ese espasmo del terror, la había olvidado.
El estrépito de un trueno cayendo justo fuera de la ventana la hicieron reaccionar y saltó inmediatamente al cuerpo de Alucard, prendandose de él con fuerza.
Cuando la sintió temblar pensó en muchas cosas, en la sensación que tienes al sostener un pájaro vivo en la mano. Y aunque sabía que su piel era fría, que quizá encontrara su cuerpo demasiado afilado para ser reconfortante, la rodeó con sus brazos igual.
Luego de unos momentos la separó un poco de él y tapó sus oídos. Un silencio total envolvió a la niña, que veía el cuarto iluminarse pero ya no escuchaba nada, tímidamente alzó la vista y encontró el rostro de su maestro. Se tranquilizó rápido pero cayó desfallecida en su pecho.
Mirrha sintió el calor de sus cobijas y una mano que la arropaba, se apresuró a alcanzarla.
-¿qué pasa?- preguntó él.
-¿podría quedarse conmigo?- dijo con voz trémula. Alucard se estremeció por dentro pero no dejó que ella lo notara.
Se sentó junto a la cama sin dejar de sostener la mano de Mirrha. Ella miraba el techo algo consternada, no se atrevía a hablar.
-Una vez me escapé de casa en una tormenta eléctrica- comenzó él a contar- de pequeño era bastante travieso. Normalmente mi madre disfrutaba de mis ocurrencias, pero esa vez no fue así. Me paré cerca de un árbol viejo y un rayo le cayó incinerándolo por completo.
Mirrha lo miró con los ojos bien abiertos.
-Fue la primera ocasión que veía el fuego de esa forma, lo había visto antes en la chimenea del castillo donde mi madre me sentaba en su regazo mientras mi padre leía. Nunca pensé que pudiera ser asi de destructivo.- Alucard hizo una pausa, Mirrha se levantó un poco- y luego, años después me enteré de la forma en la que mi madre murió.
La niña aguantó la respiración.
-Igual que aquel tronco seco, solo quedaron cenizas de ella: polvo eres y en polvo te convertirás, siempre me pareció irónico- Alucard no la veía, parecía estar en otro lado dirigiéndose a alguien en el pasado.
-Y-yo-
-Esta bien- la interrumpió él.- Es extraño hablar de ello, mi padre hizo cosas horribles, cosas que quizá no creerías para vengarse de la gente que mató a mi madre, pero siempre pienso en el fuego-
Mirrha apretó un poco su mano.
-Yo… no sé por qué les tengo miedo solo…- no pudo seguir, su voz se partió.
-Sé que no lo parece, pero he estado más tiempo solo en mi vida que acompañado.- Alucard la miró como tratando de explicarse con los ojos- las ideas y los sentimientos de los humanos, me parecen valiosos, porque así lo aprendí de mi madre, pero la mayor parte del tiempo me siento ajeno a ellos.
Mirrha bajó la cabeza.
-aún así, si tu quieres decirme los tuyos, yo siempre querré escuchar- la niña alzó los ojos de nuevo. Había algo tan apacible en el rostro de su guardián. Algo que la tranquilizaba, que la hacía sentir segura.
Afuera seguía lloviendo, y ella seguía estrechando su mano. Por primera vez, en mucho tiempo, el castillo era el hogar de alguien.
