Mirrha no lo decía, pero estaba llevando a cabo una investigación de la que el Sr. Tepes no sabía. Todos los días aprendía cosas del mundo, de las plantas, de los hombres. Pero permanecía en las sombras acerca de la historia de la casa, la biblioteca y su maestro.
En ocasiones, cuando estaba segura de que él no veía, merodeaba por los rincones, miraba con atención el tapiz de la pared, los grabados de madera, los muebles y cuadros cubiertos por telas negras. Un solo cuadro permanecía descubierto, el de la señora Tepes. Todo lo demás permanecía oculto para ella.
Podía pasar largos ratos mirándola, sus bucles dorados, sus facciones finas, le recordaban tanto al hombre que la había acogido. Recordaba lo que él le había dicho, que su madre había muerto por el fuego, y recordaba lo que dijo de su padre.
Su padre, pensaba Mirrha, quizá su padre era la explicación a su temperamento ¿pero cómo saberlo? Si todos los cuadros estaban tapados, y por toda la casa habían espejos que le regresaban una sola imagen: la suya.
Aún así Mirrha no se daba por vencida, había ocasiones en que la casa parecía compadecerse de ella y le regalaba una que otra reliquia. La primera fue una pluma muy extraña con una punta de metal, la encontró en una habitación que parecía ser una sala, tenía grabada una inscripción "Para Lisa, siempre tuyo. V.D.T".
No era robar, se dijo a sí misma. Es recopilar datos, datos para llegar al conocimiento, y el conocimiento es algo muy respetable ¿no?
Luego fue un pequeño reloj de bolsillo, muy pequeño como para un adulto. Estaba algo empañado pero tenía grabada la cara de un hombre con cuernos de venado, parecía un príncipe. En una esquina de la carátula, la palabra Cernunnos.
Y por último, una daga. Parecía de nuevo, hecha para un niño y tenía una serpiente grabada que ascendía de la hoja a la empuñadura. Esa imagen, sabía que la había visto en algún lado, pero no recordaba bien en dónde.
Ese día en particular la serpiente la perseguía, había salido a regar las hortalizas y a recolectar algunas de las verduras que había plantado, pero no podía pensar más que en la serpiente. Por fin la duda se hizo insoportable, dejó su canasto en la hierba y corrió adentro del castillo hacia la escalinata que llevaba a la biblioteca.
Se asomó con cuidado, su maestro parecía no estar presente. Bajó tratando de hacer el menos ruido y se puso a buscar entre los estantes, sabía que antes la había visto, pero no sabía en dónde.
¿Un libro? Sí. ¿Pero de qué?
¿Magia?
No.
¿Mapas?
No
¿Flora?
No.
¿Fauna?
No.
¿Recetas? Sí, recetas. De pronto lo recordó. No eran recetas, eran curaciones. Con las manos temblorosas alcanzó el libro, tirando a su alrededor otros más. En la portada vió a la serpiente ascendiendo por un báculo.
Parecía tener un caballo desbocado dentro del pecho. Tenía que llevarlo a su alcoba para compararlo, se dijo. Lo puso debajo de su brazo y se dispuso a levantar los demás libros cuando algo llamó su atención.
En el piso dispersas unas hojas con dibujos. Mirrha las tomó en sus manos y reconoció la fachada del castillo. Pero no estaba en el bosque, sino en el desierto. Entonces leyó con dificultad las páginas borrosas
"...el castillo ambulante. Aún no sabemos qué mecanismos usa para moverlo, ni en qué lugares ha estado a ciencia cierta. En los últimos años…[ilegible]...los alrededores de Wallachia unas cuantas veces. Hacia el sureste lo han visto en las ciudades del desierto…[ilegible]... países del norte. Se especula que su posición original es de hecho cerca de las montañas al este de Wallachia de donde se tienen registros del supuesto V.D.T. quién est…[ilegible] su insignia característica, las cabezas empaladas fuera de la propiedad."
V.D.T.
No podía evitar pensar que había visto algo que no debía ver. En la calidez del agua de su bañera de pronto el tapiz de la alcoba parecían cientos de ojos que la miraban recriminantes. Se hundió por completo y trató de aclarar su mente.
Se peinaba frente al tocador cuando vio la puerta abrirse en el espejo, solo cuando dió la vuelta, encontró a su maestro en el umbral. Se veía algo agitado.
-Mirrha- la llamó y su voz sonó inusual. ¿Estaría molesto? ¿La habría descubierto? ¿Tendría hambre?
-Sr. Tepes- dijo antes de sentirse consciente de su piel expuesta y taparse un poco con los brazos. Él se acercó a ella con seriedad y le extendió algo envuelto en un pañuelo. Ella lo descubrió lentamente y sus ojos se abrieron con sorpresa.
-P-pero… ¿por qué?-
-Ha estado en mi familia por años, era de mi madre. Con esta serpiente en la antigüedad se identificaba a la gente sabia, a los curadores. Mi madre me lo dió a mi, y yo te lo doy a ti ahora-
-Esto… no puedo-
-Ahora es tuyo-
Las mejillas de la chica se sonrojaron y esbozó una pequeña sonrisa, pero se desvaneció en cuanto sintió la mano del joven apretar con fuerza su muñeca.
-Mirrha- dijo mientras se acercaba a su rostro, no soñaba necesariamente amable y sus ojos rubios parecían fulgurar- hay cosas que están mejor enterradas. El pasado es a veces, demasiado para soportarlo. Y una casa puede volverse una tumba.
La cercanía la desconcertó pero no podía apartar la vista. Sabía que lo que estaba diciendo su amo era algo serio pero no podía dejar de ver su rostro. Sintió sus mejillas calentarse y un dolor extraño en el estómago.
Alucard pareció percatarse y su expresión cambió de repente. Alejó la vista perturbado y soltó su muñeca.
La voz de Mirrha lo alcanzó antes de salir.
-la voy a proteger siempre- dijo. Y Alucard miró antes de salir como abrazaba la daga en su pecho.
Todos los ojos de la noche lo miraban a través de la ventana del observatorio mientras luchaba con sus impulsos. No podía evitar preguntarse, si ese era el estado en que su madre ponía a su padre durante su estancia en el castillo.
Le parecía escuchar la voz del conde detrás de su cabeza: si no la alcanza el pasado, la alcanzarán tus impulsos. ¿Acaso no eres hijo mío?
