Era una chica algo inexpresiva. A diferencia de sus experiencias previas con humanos, y con personas tan explosivas como Sypha o Trevor, Alucard no había tenido problemas en adivinar sus pensamientos y entender lo que estaban sintiendo. Era algo natural para él aunque no pudiera simpatizar del todo. De niño, su madre era el referente principal de emociones que tenía. Era sencillo: la risa, el llanto, el ceño fruncido, la respiración agitada eran claros indicadores de la emoción. Pero con Mirrha, todo se volvía difuso. A lo largo del día su semblante permanecía imperturbable, como el de una muñeca de porcelana de las que fabrican en los países de oriente. No sonreía a menudo, no lloraba para nada, mucho menos fruncía el ceño, y cuando Alucard hacía un esfuerzo por leer sus pensamientos, el brillo negro de sus ojos lo absorbía por completo. Solo había mostrado emociones frente a él unas cuantas veces, cuando le pidió quedarse con él, cuando le enseñó el laboratorio y el día de la daga. Fuera de eso, era un misterio. La verdad era ridícula: estaba frustrado.
Desde el incidente con la daga no había podido convenir los sentimientos de la niña, ni los suyos propios. Pensaba que podría soportar vivir con alguien más. Y de alguna manera, era beneficioso, no vivía perdido en el tiempo, tenía momentos de ocio y sus pensamientos no lo consumían. Había cosas que despertaban conforme pasaba los días con ella, cosas que antes le parecían inútiles o sin importancia, como las flores que la chica acomodaba en vasijas por la casa. Alucard pensaba en un inicio que no tenía sentido cortarlas si iban a morir. O el aroma que se propagaba por la cocina cuando cocinaba, algo que por sí solo no ocurría cuando estaba sólo porque él no comía. La luz que entraba por las ventanas cuando ella descorría las cortinas por la mañana, el sonido de sus pasos por la mansión. Esas cosas efímeras que para Alucard por sí mismas no tenían razón de ser por lo pronto que se disipaban, pero que al mismo tiempo eran la evidencia de que alguien habitaba aquel lugar viejo y oscuro. Esas pequeñas cosas a las que cada día se sentía más apegado.
Pero también tenía sus conflictos, la inexpresión de Mirrha era uno, cuidarla de manera adecuada era otro (a menudo perdía la noción del tiempo y la tenía en vela más de lo necesario, o se tardaba en adivinar que pasaba frío o calor), y el más importante, su hambre.
¿Podía llamarla hambre? Ni él estaba seguro, solo sabía que había momentos en que su piel blanca y tersa, sus matices rojos, sus labios tiernos, todo, parecían partes de una deliciosa manzana que rogaba ser devorada. Eso mismo había sentido la noche que le regaló la daga de su madre y había salido corriendo como un cobarde cuando una minúscula gota de sangre se asomó en los labios curtidos de la joven. Se sentía patético.
Justo en ese momento, por ejemplo, se sentía aún más, no solo por los pensamientos previos que tenía sino por los presentes, Mirrha estaba retrasada, de nuevo. Había pasado ya unas cuantas veces en las últimas semanas, llegaba de cazar y se le veía algo diferente en el rostro. Alucard no sabía si había sido atacada, si se había lastimado o si sólo estaba cansada pero definitivamente había algo diferente. Trataba de leerla pero ella se rehuía, o se apuraba en ocuparse en cualquier cosa que ocupara su mente. Lo estaba volviendo loco, pero tampoco quería ser imprudente ni hacerla sentir como que la estaba vigilando, así que su frustración se había estado acumulando y acumulando sin poder hayar solución.
En eso pensaba cuando sintió abrirse una de las puertas traseras. Mirrha, pensó, ¿por qué no entró por la puerta de siempre?
Algo extraño se removió en su estómago y se trasladó lo más rápido que pudo a la cocina, en donde sentía su presencia. Acababa de llegar, aún tenía puesta su capa y lavaba (quizá el cadáver de alguna ave o un conejo) su cabello le tapaba el rostro.
-Tardaste- dijo Alucard en cuanto pudo.
-Lo siento- murmuró ella sin verlo aún- la liebre me llevó por un camino que no conocía bien y me tardé en regresar.
Por alguna razón, sentía que estaba mintiendo, que no le estaba diciendo algo pero ¿qué decir? ¿Cómo averiguar la verdad sin asustarla, sin causar más conflictos que los que ya sentía?
Alucard se acercó aún más y Mirrha empezó a temblar un poco por el frío, entonces lo sintió. Un aroma tenue pero perceptible, el olor de otro ser humano. Sus ojos se tornaron oscuros y pudo sentir que algo en alguna parte de su cuerpo se calentaba.
Mirrha- la llamó con una voz súbitamente oscura- ¿encontraste algo además de animales?
-¿además de…?- pero no pudo terminar la pregunta porque en ese momento su amo le tomó la barbilla y la obligó a mirarle. Ella soltó un chillido por la sorpresa, los ojos del hombre tenían en ese momento el color del vino. Sus miradas se cruzaron y Alucard descubrió en ese momento una herida en la mejilla que dejaba escapar una minúscula gota de sangre. Apartó la vista de inmediato y soltó el rostro de la chica.
Olvídalo- dijo nada más. Y salió de la habitación tan rápido como llegó. Algo le oprimía el vientre y un líquido frío le subía por los brazos y ah, la calidez familiar de la sangre. Sin darse cuenta había llegado a la orilla del río y ahora permanecía quieto y empapado, incapaz de sentir frío a pesar del aire. Mirrha, ¿cuanto más lo iba a hacer sufrir?
