-¿Eres su hermana?- preguntó el chico. Ella no respondió, siguió vendando sus heridas.- ¿o su criada?
Mirrha ni siquiera lo miraba.
-Esto va a doler un poco- dijo y apretó sus vendajes. Él se retorció un poco de dolor pero luego se repuso y se sintió extrañamente aliviado del cuerpo. Debe ser por ese ungüento que usó, pensó.
-Mirrha- la chica se estremeció al oír su nombre. Hace tiempo que la única persona que lo pronunciaba era el señor Tepes.- es un bonito nombre, te queda
-Será mejor que vuelvas con tu gente- dijo ella sin más.
-Ese hombre… esconde algo ¿sabías?- se apresuró a decir el chico tomándola por la muñeca- lo vi descender de un árbol como si fuera un ave. Sea lo que sea, no tienes que seguir trabajando para él. Ven conmigo.
Mirrha se levantó de inmediato al oír sus palabras.
-Es mejor que te vayas ahora- dijo sin dirigir la mirada hacia él.
-Mi…- el joven interrumpió sus palabras cuando sintió la estancia tornarse fría de repente. Se giró de inmediato y encontró al hombre que los miraba desde el umbral.
-Terminé de vendarlo, Señor Tepes. El chico está por irse- se apresuró a decir mientras caminaba en dirección a la puerta de entrada.
-Ya veo- contestó. Mirrha paró en seco y lo miró. Había algo en su mirada, algo inusual que lo hacía verse menos humano.-En ese caso escóltalo. Sigue débil.
La chica abrió los labios para contestar pero su amo desapareció en ese instante. Dejó escapar un suspiro pesado y contenido. Luego se giró para ver a su acompañante.
-Vamos- dijo de manera seca, de nuevo se adelantó hacia la entrada.
Ya llevaban un rato caminando cuando empezó a anochecer.
-¿Todavía no te parece familiar el paraje?- preguntó Mirrha, cada vez más impaciente.
-Lo siento- contestó su acompañante- de verdad no recuerdo bien, creo que golpeé mi cabeza con algo y desde ese momento todo ha sido muy borroso.
Los nervios empezaban a apoderarse de la chica, le parecía que ella también estaba perdida. Si las cosas seguían así tal vez tendrían que parar y acampar. No. Sacudió la cabeza. Debo regresar a toda costa, pensó.
-Eres… su aprendiz ¿no es así?- por fin se rompió el silencio.
-Algo así-
-Pero… ¿es por tu propia voluntad?- ella solo asintió. El chico se rascó la cabeza. Si lo pensaba detenidamente, Mirrha parecía ser una chica fuerte: cazaba, sabía usar el arco, era una curadora (en potencia), y parecía conocer las mañas del bosque, si quisiera, tal vez viviría en la aldea y no con aquel tipo raro, pero aún así tenía un presentimiento extraño. Se dijo a sí mismo que estaba siendo ridículo, que la chica había dicho que no quería ir con él y debía de respetarlo, pero había una reverberación en su cabeza que no lo dejaba en paz. De pronto se percató de que estaba anocheciendo peligrosamente rápido- ¿no crees que será mejor que acampemos?
Ella pareció no escucharlo, siguió caminando un poco más hasta que por fin paró de golpe haciendo que el chico casi le pisara los talones. Luego se dio media vuelta y se puso a buscar en el piso.
-Bien. Nos detendremos. Busca algo con qué hacer una fogata- le ordenó, había algo de molestia en su voz suave. Él no dijo nada, pero obedeció. En cuanto reunieron suficientes pedacillos de leña, el rubio se lanzó de manera "caballerosa" a encender la fogata, lo cual logró de manera prodigiosa.
-Eso fue rápido- lo elogió la chica de forma desganada y luego volvió a sumirse en su silencio.
-Lo siento- dijo por fin él.
-¿Por qué lo sientes?- preguntó ella de nuevo indiferente.
-Claramente tu maestro disfruta de la privacidad y no le gusta recibir gente en su casa y… creo que te puse en una situación incómoda con él- tras pronunciar esto la chica dejó su semblante indiferente y cambió su semblante por uno más honesto, dejando salir un suspiro.
-Fue mi culpa…- murmuró- debí haber sido honesta con él. Pero tenía miedo…
-¿De él?-
-¡No! Bueno… tenía miedo de hacerlo enfadar. Es cierto que no le gustan los humanos- al joven le pareció raro el uso de esta palabra, pero no hizo mucho caso- y pensé que no volvería a verte, pero luego el oso… no pude protegerte, y te deje solo y herido ¡eso no es lo que hace un curador! Debí haberte llevado conmigo y ser sincera y admitir que nos metí en problemas porque la culpa de haberle mentido es peor que cualquier cosa.
El chico se sintió tocado por alguna razón por sus palabras y dejó salir una sonrisa gentil de sus labios.
-En serio lo quieres ¿no?- las mejillas de la chica se pintaron de escarlata a la luz del fuego. El dejó escapar una risita pero en seguida sintió la palma de la chica presionar contra sus labios y encontró en su cara una expresión de alerta.
-¿Escuchaste?- escuchó que susurraba. Sonaban como crujidos de hojas, como múltiples pasos que trituraban restos de ramas y hojas mientras se acercaban más y más. De entre las sombras de los árboles emergieron entonces unos hocicos enormes y detrás de ellos, las bestias y sus ojos rojos, como inyectados de sangre.
¿Qué son estas cosas?, se preguntó el joven. Eran demasiado grandes para ser coyotes y demasiado fornidos para ser lobos. Tenían hocicos largos pero caras aplastadas como murciélagos y se lamían dos colmillos refulgentes. Cuando sintieron que se abalanzarían a ellos, Mirrha alcanzó a coger su arco y él por su parte tomó una rama gruesa y la metió a la fogata, cuando hubo prendido las sacudió frente a ellos para ahuyentar a las bestias.
-Tenemos que correr- dijo él. Ella asintió y tras lanzar la rama consumiéndose hacia ellos, aprovecharon esa distracción para oír. Ambos corrían uno al lado del otro sin dirección aparente, tropezando con piedras y ramas que rasgaron sus ropas pero no se atrevían a parar, pero sentían a las bestias pisandoles los talones. El joven tropezó de repente con una rama y rodó por el piso hasta estamparse con un árbol. Mirrha se volvió y al ver que no se movía, regresó hacia él.
-Debes de levantarte- le exclamó en cuanto lo vió.
-No… puedo… vete tú…- alcanzó a murmurar él, le parecía a la chica que iba a perder el sentido.
-¡No puedo hacer eso!- exclamó. De pronto oscureció la noche. Mirrha miró a todas partes pero no podía percibir nada más que un frío que se apoderaba de inmediato del lugar, para cuando se despejó el cielo, ahí estaba él. Ambos jóvenes se petrificaron al ver su figura, y el aire dejó sus pulmones cuando al aparecer una de las bestias entre los árboles, la figura se abalanzó sobre ella. Todo lo que pudieron identificar después fue que la sangre brotaba del cuello destazado de la criatura que rodaba agonizante por el suelo. Cuando él se giró hacia ellos estaba bañado en ese líquido oscuro y denso.
-Mirrha…- dijo. Y sonaba aliviado. Pero los ojos de ella se abrieron como si estuvieran gritando y su cuerpo se movió por sí solo hasta quedar a su lado con el arco tensado. La flecha se fue a encarnar en la frente de la segunda bestia que se debatía detrás de ellos aún consciente. Alucard se lanzó hacia ella y con un movimiento certero le destrozó el cuello, el cadáver rodó hasta quedar junto al de su compañero.
Las piernas de la chica se rindieron en ese momento, pero justo antes de caer al suelo, sintió una presencia fría que la envolvía, una presencia que ya conocía y que lejos de hacerla temblar, la hizo suspirar con alivio.
-Gracias de nuevo, por todo. Y lamento las molestias- el chico se inclinó humildemente ante el hombre y la joven.
-No hay de qué Ariol- dijo ella, él se sonrojó un poco al oírla entonar su nombre.
-Te traje esto- dijo- y le extendió una bolsa de cuero que tenía una serpiente similar a la de su daga- se las vendieron a mis padres hace tiempo. Espero que te sirvan.
Mirrha tomó la bolsa e inspeccionó su interior: unas tijeras, un mortero y una lámpara de aceite inusualmente pequeña. Los ojos de la chica se nublaron y saltó a su cuello abrazándolo. Él se quedó helado por un instante pero luego correspondió.
-Hasta que volvamos a vernos- dijo mientras se separaban. Luego miró al Señor Tepes, quien en su opinión era demasiado joven para ser un señor y asintió con respeto. Él hizo lo mismo, luego se subió a su caballo y desapareció.
-¿Entramos?- dijo Alucard cuando ya no podían verlo.
-Mhm- asintió ella sonriente.
Al despertar luego del ataque en el bosque, lo primero que vió fue el rostro de Alucard. Estaba sentado junto a su cama con la mirada fija en ella. Pronto las lágrimas se escurrieron de su rostro y como pudo murmuró "perdón, perdón" hasta que sintió su mano fría presionar su frente y secar sus mejillas. No dijo nada pero su rostro la hizo sentir tranquila de manera inmediata. Luego supo que Ariol, así se llamaba el chico rubio, había despertado antes que ella, y dejando a un lado su herida en la cabeza, casi no estaba lastimado de ninguna forma. Alucard lo había curado y el chico había salido por la mañana a buscar a su familia que seguramente estaban preocupados. Luego le dijo que se quedara en la cama, que traería algo para comer y que pasaría el día en reposo.
-Lo siento- dijo de nuevo. Casi escondida en las cobijas- Debí…
-Mirrha-dijo su amo interrumpiendo- No hiciste nada malo. Estás aprendiendo a curar a las personas, es natural que te encuentres con ellas, mi madre pensaría muy bien de ti. Además… no debí dejarte ir sola, debí acompañarlos. No volveré a ser así de descuidado.
La chica pensaba aún en esas palabras mientras estudiaba su herbolario en su cuarto. Luego de eso su maestro estuvo cuidando de ella hasta que se quedó dormida. El sol estaba empezando a ponerse cuando tocaron a su puerta. En el umbral estaba parado su maestro, ella se levantó al verlo.
-Tengo algo para ti- dijo y las mejillas de la chica comenzaron a calentarse al oír esto.- ponte ese vestido- de inmediato el vestido blanco apareció extendido sobre el colchón- y baja cuando estes lista.
Mirrha obedeció. El vestido blanco de botones le enmarcaba el cuello y contrastaba contra su cabello oscuro y sus labios rojizos. Al bajar la escalera principal percibió un parpadeo de luces. Delante de ella se iluminaban las velas del pasillo marcándole el camino. Pronto llegó a la puerta de una estancia en donde no recordaba haber estado, y al empujar la puerta apareció frente a ella un salón iluminado por velas, con un piano en el fondo que se tocaba de forma automática y una figura que la esperaba en la esquina.
En cuanto lo miró no pudo evitar sentir que su corazón saltaba. Llevaba puesta una camisa adornada y un listón aterciopelado, se había echado el cabello ligeramente hacia atrás y lucía en sus ojos como el hombre más apuesto que había visto nunca. No supo cuando llegó frente a ella.
-¿q-qué es esto?- preguntó en un susurro. Como si tuviera miedo de que estuviera viendo una ilusión que podría deshacerse con su aliento.
-Es la fiesta de la aldea, era hoy ¿no? Pensé que te haría sentir menos sola- era cierto. No le gustaba la fiesta de la aldea a decir verdad. Odiaba ver a todos los hombres y mujeres lanzando miradas desdeñosas a su madre. Lo había olvidado por completo. Sus pensamientos fueron interrumpidos por la mano de su maestro sobre la suya, mientras la conducía seguro pero gentil hacia el salón y comenzaba a bailar con ella.
-N-no soy muy buena- se excusó de inmediato con las mejillas coloradas.
-Yo tampoco, no bailaba más que con mi madre y la última vez fue hace mucho- dijo con su voz profunda. Y al estar así, tan despreocupados le parecía imposible creer que apenas hace unos días casi moría a manos de esas extrañas criaturas.
-Aquellas bestias en el bosque…- Alucard la miró un momento en silencio y luego habló.
-No eran animales normales, son un tipo de demonios-
-Hace algunos años había muchos demonios por aquí-
-Sí- dijo él- había muchos demonios en Wallachia. Ya no los hay como en ese entonces, pero siguen rondando… lo que hay en la biblioteca, es algo codiciado digamos, por gente peligrosa, por gente…- como yo pensó en decir, pero no lo hizo- que no es humana.
La chica miró hacia el suelo y calló unos instantes. Luego alzó los ojos y Alucard percibió una extraña determinación en su mirada.
-De ahora en adelante estudiaré más, no solo sobre curar, aprenderé todo lo que tenga que aprender para proteger esta casa- dijo decidida. Alucard casi sonríe.
Luego de un momento volvió a hablar.
-Debe de estar cansado- murmuró viendo su pecho- por el ataque.
-No es nada- dijo él. Ella guardó silencio un poco más y luego volvió a hablar.
-S-si quiere puede… beber- Alucard se sorprendió un poco al escucharla- tal vez lo ayudaría a recuperarse.
-No hace falta- respondió pero la chica alzó sus ojos consternada.
-Está bien- insistió- estoy recuperada y…
-Mirrha- la interrumpió de nuevo.
-Dije que estaba bien- dijo ella con más decisión.- Dije que lo haría cada que fuera necesario, y es necesario, es mi culpa que esté así de cansado.
Alucard alejó la vista esta vez. Por alguna razón se sentía incómodo al luchar contra su determinación.
-Está bien- dijo.- Solo un poco.
Las mejillas de la niña se encendieron de nuevo, y se estremeció al sentir las puntas heladas de los dedos de su amo, que descubrían su cuello. Cerró los ojos y ladeó la cabeza. Dejó escapar un quejido silencioso al sentir sus colmillos cerca de su clavícula, pero resistió el dolor. Se retiraron de su piel y entonces dos hilillos de sangre empezaron a manar, que Alucard tomó en su boca para empezar a beber, con sus brazos alrededor de la chica, sosteniendola con fuerza.
Mirrha pensó entonces que su boca era lo único tibio de su cuerpo y apoyó sus manos en su pecho. Ambos estaban tan absortos que no escucharon la carroza que se detenía, ni la puerta principal abriéndose, sólo cuando una brisa del exterior entró al salón apagando algunas velas, se percataron de que dos figuras los observaban desde el umbral.
