Capítulo 10

Kagome se recargó en el respaldo del asiento, en varias ocasiones estaba tentada a mirar por el vidrio trasero del auto la figura de Inuyasha, pero se hizo la fuerte y hasta que la limusina no salió del Aeropuerto fue cuando sus lágrimas comenzaron a brotar.

Estaba lloviendo esa noche, algo en ella le decía que las cosas iban a ser muy diferentes al día de mañana, y claro que lo serian, porque para ella Inuyasha Taisho estaba muerto y enterrado para ella.

El auto se detuvo en un semáforo y ella contemplo su reflejo en la ventanilla, su rostro era el mismo que exactamente diez años, triste, cansado y derrotado.

―Mal clima ¿No cree? – comentó el chofer.

Ella se limpió las lágrimas y asintió.

―Sí, malo – respondió ella.

Y en seguida la limusina arrancó de nuevo, fue un trayecto de media hora, la cual se le había hecho eterna, quería llegar a su departamento, tirarse en la cama y llorar con todas sus fuerzas.

―Bien – dijo el chofer deteniendo el auto – Hemos llegado señorita

El chofer se iba a salir del auto para abrirle la puerta a Kagome, pero ella le dijo que no era necesario, que ella podía sola.

Así que le dio las gracias al salir de la limusina negra, entró al edificio y cuando estuvo a dentro de su departamento fue directo hacía la cama donde su llanto silencioso lo cambio por un llanto amargo, lleno de dolor.

Hundió su rostro en la almohada, todo había sido perfecto hace un par de días hasta que encontró su diario en la cama de Inuyasha, él una vez más había jugado con ella, se había aprovechado de sus sentimientos, tal vez él se había reído de ella mientras leía su diario.

Eran más cosas negativas que positivas que se acumulaban en su mente.

Inuyasha Taisho era un maldito miserable que no merecía ni una lagrima de ella, ya bastante lo había hecho en el pasado como para volverlo hacer de nuevo, ya no más, se dijo así misma, mientras se levantaba de la cama y se enjuagaba las lágrimas, él no la vería derrotada como lo esperaba.

Al amanecer sería un día distinto y diferente.

Una nueva Kagome iba a nacer, ya no sería la mujer ingenua y estúpida que se había enamorado de un hombre que le había hecho daño, un hombre que no valía la pena de pensar ni llorar por él.

Estaba dispuesta a olvidarlo definitivamente.

Inuyasha se había quedado ahí, parado, viendo como la mujer de su vida se le escapaba de sus manos, esas manos que creyó que eran fuertes, ahora eran frágiles.

No le importó si se estuviera mojando, el agua era refrescante y ayudaba a aclarar las ideas, probablemente ella necesita más tiempo para pensar las cosas y buscarla al día siguiente solo ocasionaría que la herida se abriera más, así que dejaría pasar dos o tres días cuando mucho para volverla a buscar.

―Señor ¿Nos vamos?

Era la voz de otro chofer, Inuyasha lo miró y negó con la cabeza.

―No – dijo – Iré en mi coche. Ve a descansar, mañana nos vemos

―Que descanse señor

En seguida alguien le llevó su BMW y se subió, lo encendió y fue directo a su departamento, esa noche se había quedado con unas palabras en la garganta, tales como "te amo, Kagome "¿Quieres casarte conmigo?"

Todo le había salido mal, pero en parte había sido su culpa, si tan solo le hubiera dicho en un principio a Kagome que había leído su diario y que no lo hizo con las intenciones que ella pensaba, otra cosa hubiera resultado, probablemente si se enfadaría, pero lo comprendería al momento.

Luchas contra un pronóstico en contra iba a resultar difícil, remontar el marcador mucho más.

Hacerle entender que en realidad la amaba iba ser una tarea muy difícil, pues en lugar de enamorarla la había seducido con besos y caricias, no con palabras tiernas, si en realidad quería recuperarla debía comenzar por ese tipo de detalles, que, aunque fueran mínimos, resultaban más efectivos que cualquier otra cosa.

Al día siguiente

Kagome entró a su oficina seguida por su mejor amiga, había deseado no encontrársela esa mañana, pero resultó imposible y en cuanto se encontraron en el ascensor no dejó de acosarla con preguntas.

―Muy bien – dijo la castaña tomando asiento en una silla que estaba en frente del escritorio de su amiga – Ahora cuéntame los detalles de tu escapada con Inuyasha.

―No quiero hablar del tema – Kagome negó con la cabeza mientras encendía su ordenador.

― ¿Qué pasó? – preguntó sería Sango, ya que pudo notar un destelló de tristeza en los ojos de su amiga

Ella asintió y tomó asiento en su silla, recargó su espalda en el respaldo y miró al techo.

―Descubrí mi diario en su cama. El diario que escribí hace diez años

―Eso es complicado – comentó Sango sin saber que responder ― ¿Crees que lo haya leído? – era la pregunta más estúpida ya que sabía la respuesta

―No. Solo lo quería porque le gustó el color del fondo– dijo sarcástica – Es obvio que lo leyó

― ¿Y cómo reaccionaste?

―Mal, comencé a cuestionarle por qué lo había hecho y sólo respondió que era para entender lo que pensaba la Kagome de hace diez años.

Sango esbozó una sonrisa, y no por burla, solo que Kagome no había comprendido muy bien porque lo hizo. Si un hombre está interesado en saber lo que pensaba una mujer o una de dos, les preguntaba a sus amigas o a su madre, pero en este caso se había ido directo a un diario que era más íntimo y personal.

―Pero sé bien por qué lo hizo. Quiso utilizarme, ver si aun caería en sus pies una vez más y vaya que lo consiguió

―Tal vez lo mal interpretaste Kagome – comentó Sango con cierto tono de sabiduría y mujer moderna – Yo, en lo personal, si el hombre que amo lee mi diario, no me enfadaría porque solo indica que está interesado en saber cómo pienso, que es lo que siento.

―Yo no lo veo así – Kagome negó – Es un maldito desgraciado que no merece ni que lo nombre

―Kagome, han pasado diez años sin que los dos se vieran. Crees que si a él no le interesaras tanto ¿No habría regresado solo para verte, aun cuando si tuvieras tu vida hecha o no? – Cuestionó a su amiga, pero no recibió respuesta por parte de ella y no esperaba recibirla –En cambio solo se arriesgó y vino a buscarte.

―Pero de todos modos me hizo daño – respondió, pero sin darle a entender que sus palabras habían creado confusión en su cabeza.

―Debe quererte tanto como para soportar tu forma de pensar, tus desplantes, cuando le arrojaste el arreglo de flores por la ventana – Sango se levantó frustrada de su asiento –Piénsalo bien amiga, un hombre que te quiere no sacrificaría nada sin saber si va a recibir o no algo a cambio.

Ante esas palabras ella se quedó pensativa, de hecho, todo lo su amiga le había dicho hicieron hueco en su mente, era verdad, él nunca esperaba nada a cambio, siempre era él el que daba la iniciativa, el que seducía y trataba de conquistar y en ella solo esperaba lo que él haría al día siguiente.

Inuyasha entró a la oficina de Koga, éste al verlo lo abrazó dándole una palmadita en el hombro, había ido con la intención de confesarle de una vez por todas a su mejor amigo que estaba enamorado de su hermana.

― ¿Qué haces aquí, Inuyasha? – preguntó Koga cruzándose de brazos

―Hay algo que debo hablar contigo, algo que nunca te he dicho desde hace diez años

Koga frunció el cejo, que él supiera nunca había habido secretos entre ellos dos, puesto que eran los mejores amigos y siempre se contaban sus cosas y se aconsejaban entre ambos, de hecho, había sido Inuyasha quien arrojó a su amigo a los brazos de Ayame, su esposa, pues una noche él le habló para pedirle un consejo, ya que la relación entre ambos se iba deteriorando y como su amigo que era, no podía dejarlo morir solo.

― ¿Qué es esto Inuyasha? – dijo Koga esbozando una sonrisa divertida – Como que no me has dicho algo desde hace diez años

―Así es – Inuyasha asintió – Koga…― vaciló un poco – Hace diez años que estoy enamorado de Kagome, siempre la he amado

Pero la sonrisa divertida de Koga se borró de sus labios y si Inuyasha creía que iba a tener una respuesta civilizada por parte de su amigo estaba equivocado, pues en cambio solo recibió un golpe en la mejilla.

―Infeliz – dijo tomándolo del cuello de su camisa ― ¿Desde hace cuánto?

―Koga… cálmate

―Responde idiota – estaba más furioso, sus ojos azules parecían arder de rabia contenida o descontrolada.

―Desde que ella tenía quince años.

―Eres un maldito pervertido – lo soltó e Inuyasha tropezó con algo que por poco lo hace caer al suelo –Mientras yo te abría las puertas de mi casa tú te comías con la mirada a una niña inocente.

―De ninguna manera ― Inuyasha negó lampeándose la mejilla – Yo siempre respete a tu hermana, nunca me atrevería hacerle ningún daño, porque la quería como hermana hasta que comprendí lo que sentía por ella.

―Vete – dijo su amigo señalando la puerta – No quiero saber más de ti y, sobre todo, no te acerques a mi hermana.

―Pues déjame decirte que no lo haré. Kagome también siente lo mismo por mí, por eso, cuando se me declaró hace diez años la rechacé por tus padres y por ti – se acercó a su amigo – Y aquí te digo, que no voy a cometer el mismo error de dejarla todo por los perjuicios. Amo a tu hermana y voy a luchar por ella.

Koga estaba tentado en golpearlo una vez más, pero para su fortuna su amigo o más bien el traidor de su examigo se había ido. Ahora entendía todo, la razón por la cual la sobreprotegía más que él, las miradas que ella le daba cuando tan solo era una niña, todas esas dudas que tenía en el pasado se habían aclarado.

Jamás dijo nada, pues no quería incomodar a su amigo, en el pasado tal vez pensó que estaba equivocado y que Inuyasha solo la miraba como lo hacía cualquier hermano.

Tomó su teléfono móvil y le marcó a su hermana.

―Koga, ¿Cómo estás? ― preguntó su hermana feliz al reconocer su voz.

―Bien – respondió frio ― ¿Podemos vernos esta tarde? – preguntó.

―Sí, claro.

―De acuerdo, paso por ti para ir a comer.

Y así ambos colgaban al mismo tiempo.

Kagome se había quedado sorprendida ante el tono de su voz, nunca se había escuchado tan enfadado, tal vez se había peleado con Ayame y buscaba algún tipo de consejo, pero ella era la menos indicada para darle uno, pues estaba en las mismas condiciones que él.

Una vez que su hermano pasó por ella y la llevó a un restaurante a comer, ordenaron algo al mesero y cuando estuvieron solos Kagome fue la primera el hablar.

―Y bien ¿Qué pasa?

― ¿Es verdad que Inuyasha está enamorado de ti y tú de él?

Ante esa pregunta Kagome se puso sería, miraba a su hermano y realmente se veía enfadado.

― ¿De dónde sacaste esa tontería? – respondió con una pregunta

―Por favor, no me respondas con una pregunta. Quiero respuestas Kagome, respuestas

―Te lo dijo él ¿Verdad?

―Fue a buscarme para decirme que está enamorado de ti desde hace diez años, debes entender que no reaccioné bien y terminé por golpearlo…― Koga hizo una pausa antes de continuar ― ¿Es cierto que están enamorados uno del otro?

―Inuyasha cree estar enamorado de mí – respondió Kagome – Y no, yo nunca he estado enamorada de él

―Por favor, se sincera Kagome. No te voy a juzgar ni nada, solo quiero saber la verdad

Ella no pudo más, solo bastaba con quien alguien tocara las fibras sensibles de sus sentimientos para comenzar a llorar. Koga al verla le tendió un pañuelo, se levantó de la silla y abrazó a su hermana.

―Si – admitió ella – He estado enamorada de él desde hace diez años

―Lo sabía – se inclinó de rodillas para tenerla frente a frente – Siempre has sido fácil de adivinar tus sentimientos pequeña

―Pero… ¿Cómo?

Koga esbozó una sonrisa y acarició el cabello de su hermana.

―Porque eres mi hermana y sé cómo eres y lo que sientes― se levantó y de nuevo tomó asiento en la silla –Siempre estuve al pendiente de que nunca te quedaras sola con Inuyasha, es mi amigo y lo estimo, sí, pero tú eres mi hermana y no quería que nada malo te pasara. Él era mayor que tú en ese tiempo y no se hubiera visto bien, ni tanto para mis padres ni por mí.

Koga observaba a su hermana, quien se había quedado en silencio, como si estuviera tomando una decisión internamente.

― ¿Qué piensas hacer? – preguntó su hermano.

Kagome alzó la cabeza – Nada – ella se encogió de hombros – No pienso hacer absolutamente nada. Inuyasha ya es asunto olvidado, lo que quedó en el pasado, está ahí.

―Pero él te ama.

―Pero yo a él no.