Wizdad
Sumario: Harry Potter no tenía nada resuelto en su vida. Si James no causaba un problema, entonces Albus estaba de mal humor. Si Albus no parecía un grumpy, Lily tenía una rabieta. Cuando creía que podría tener un descanso, debía ir al Departamento de Aurores. La mayor parte del tiempo no tenía idea de qué estaba haciendo, o qué tan bien lo hacía. Agregar a Draco Malfoy y unos mellizos sólo lo haría más divertido.
Género: Romance/Family/Humor.
Claves: Drarry EWE. Fluff, familias Potter-Weasley y Malfoy-Greengrass. Shipps variados.
Disclaimer: Si HP fuese mío, esto sería canon. Ya que no lo es, saben lo que significa.
La casa ideal de todo niño
Así era el lugar en que uno se imagina que viviría un mago.
Después de la Segunda Guerra, quedó claro que algunas cosas no funcionaban en el mundo mágico, y comenzaron a surgir las pequeñas comunidades de magos, los parques ocultos, escuelas elementales. Por iniciativa del Ministerio (y más que sólo un par de intervenciones de Harry, frente al Wizengamot, hablando de su experiencia con los Dursley y la de Tom en el orfanato), ya no se esperaba a que un niño tuviese once años para hablarle de la magia; en cuanto se registraba un estallido de magia accidental, un equipo visitaba a la familia para explicarle y acercarlo lentamente al "otro mundo" al que pertenecía.
Por el bajo número de familias sangrepuras que quedaban y el hecho de que enviar a sus hijos a una escuela elemental con otros niños con magia, aligeraba su carga y evitaba que tuviesen que enseñarle todo en casa, la mayoría ya convivía con mestizos o hijos de muggles desde la infancia. Hermione, que era la directora de una de esas escuelas, estaba segura de que obtendrían buenos resultados de esto, a medida que crecieran.
Grand Wiltshire no se encontraba tan alejado del lugar de la antigua casa Malfoy, la que él conocía. Sin embargo, las diferencias eran abismales. Nada de rejas tétricas, nada de mansiones. Ningún pavo real albino, detalle muy importante, porque le preocupaba lo que James haría con uno cerca.
Las casas se separaban entre sí por espacio de unos quinientos metros de césped y árboles. Había una laguna cerca, una zona de Aparición bien delineada, y senderos de piedra que guiaban hacia cada entrada, con un buzón de correo en que se anunciaba el apellido de la familia.
Harry cargó a Albus y dejó que se tomase un minuto entero para leer el "Malfoy" e intentar pronunciarlo correctamente.
—Se lee "foy" —decía James, muy seguro. Iba adelante y sostenía una mano de Lily, quien no paraba de observar alrededor, embelesada.
—Se lee "fey" —insistía Albus. Harry no tenía idea de por qué. Tal vez le hacía falta dedicar un par de horas extras esa semana a la lectura de su segundo hijo. O puede que fuese el francés y su pronunciación extraña para un niño.
—¿Cómo se lee, papá? —indagó Lily, echándole un vistazo por encima del hombro.
Harry le sonrió.
—Mal-foy.
Los tres se distrajeron buscando una pronunciación adecuada del apellido de Draco, durante el resto del trayecto.
La casa de los Malfoy lucía como una cabaña sacada de algún cuento de hadas. El pequeño jardín, el medio muro de roca, las paredes de piedras, rejas ornamentadas de colores oscuros sobre las ventanas, una puerta de madera. Viéndola desde afuera, Harry estaba convencido de que tuvo que usar un hechizo para ampliar el espacio; no podía imaginarse a Draco Malfoy allí, con dos niños, de otro modo.
Las barreras los recibieron sin problemas y la puerta principal se abrió, para darle el paso a un emocionado Scorpius que corrió en su dirección. Saludó a Albus con una sonrisa, luego recordó que tenía que hacer lo mismo con Harry, avergonzado, y terminó por decirle hola también a los otros dos niños.
Bajo el umbral, se había parado Draco. Altair sostenía una de sus manos y se mantenía pegado a su costado, observando la interacción del resto, con esa expresión inusualmente seria.
Scorpius ya les mostraba el interior de la casa a sus invitados, cuando Harry los alcanzó. Exhaló, siguiendo con la mirada a Lily, que acababa de pararse frente a un reloj antiguo que la saludó. Su boca se abría en una perfecta "O" y veía a su padre, apuntando al reloj.
—¡El reloj habla, papá!
Harry se dirigió a Draco, con una pregunta silenciosa. Él se encogió de hombros.
—Letia les enseñó algo llamado "La Bella y la Bestia" hace unos meses y luego Scorpius hablaba de candelabros que eran personas, teteras que se movían…—Le restó importancia con un gesto y soltó la mano de Altair, preguntándole si no quería ir a jugar con los demás. Tras un instante, el niño asintió y fue con su mellizo y los tres Potter—. Letia es la…bueno, realmente no tengo idea de qué es de Astoria —admitió, más bajo, meneando la cabeza—, pero ayer me explicaba lo de las "películas", y no puedo creer que no me las mostrase antes.
—¿Astoria…? ¿Qué?
—Astoria un día decidió que le gustaban más las mujeres y nos iba mejor como amigos, ¿en serio no te enteraste? Skeeter escribió cuatro páginas enteras sobre eso para una revista —Draco avanzaba por el corredor, sin verlo, detrás de los sonidos de los niños. Scorpius les estaba presentando a los artículos parlantes de la casa; candelabros, tazas, teteras, una mesa, la chimenea, un piano, un armario.
—No leo nada que lleve el nombre de Skeeter desde hace años —reconoció Harry, con un toque de sombría diversión.
—Jamás creí que diría esto —alegó Draco, parándose en el umbral que daba a una sala, donde Scorpius todavía guiaba a los demás niños—, pero qué inteligente de tu parte, Potter.
Harry rodó los ojos. A pesar del tono desdeñoso y la media sonrisa, no sonaba similar a los insultos intercambiados cuando eran adolescentes, así que decidió no darle importancia.
—¿Qué haces tú leyendo a Skeeter, más bien? —preguntó, burlón—. Pensé que no tendría la suficiente clase para ti…
—Me encanta ver mi nombre en una revista, ¿acaso lo dudas?
Contuvo la risa y negó. Draco se concentró en los niños.
—Scorpius, ¿por qué no les ofreces galletas?
Scorpius saltó y agarró un brazo de su mellizo, pidiéndole que fuese a la cocina. En cuanto Altair se marchó, empezó a arrastrar a los demás, diciéndoles que tenían que ver al Señor Horno.
—¿Señor Horno? —repitió Harry. Draco le señaló el pasillo que llevaba a la cocina.
—Tú también deberías verlo, ha sido de mis mejores trabajos —Draco carraspeó y fingió quitarse una pelusa inexistente de la camisa.
Los dos caminaron hacia la cocina, detrás de los niños. Harry escuchó sus risas, incluso antes de verlos. El horno era una monstruosidad traída de un campo y de un siglo diferente, puro barro y piedras sostenidas por magia. El fuego en su interior aparentaba el suficiente realismo para que los niños observasen el proceso de cocción maravillados. Para los ojos de los adultos, las barreras y hechizos eran bastante obvios.
Las galletas comenzaron a salir por una especie de banda de transporte, enfriándose con rapidez para ser tomadas por manitos pequeñas, curiosas e impacientes que querían comer ya.
—¿No pueden quemarse con el calor?
Draco negó.
—Imposible.
—¿Ni meterse?
—No.
—¿Poner algo dentro?
—No si no estoy con ellos.
—¿Cómo se regula la temperatura?
—Lo hace por su cuenta, un elfo doméstico me enseñó cómo.
Harry dedicó unos instantes a imaginarse la escena de Draco Malfoy, primogénito de una antigua familia sangrepura, preguntándole a un elfo doméstico cómo manejar un horno, de manera que sus hijos no puedan quemarse.
La idea lo enterneció. Y lo ayudó a respirar más tranquilo.
—Qué bueno, porque James tiene esa cara que pone antes de hacer algo como meter a Lily en un horno.
—Sí, la estoy viendo —respondió Draco, sin oírse impresionado.
Scorpius se acercó con galletas para ambos. Harry le agradeció y Draco le revolvió el cabello.
—¿Tus ventanas tienen barreras? —indagó Harry, maravillado con esa galleta con chispas de chocolate—. Porque sino, tengo que ponerles unas para que James no se escape a merodear por el bosque…
—Todas las salidas las tienen, incluso las secretas que los niños no conocen —contestó Draco, tranquilo.
—¿Tienes objetos de Quidditch? Porque le encantan las bludgers y escobas.
—Están bien guardados.
—¿Vidrio, porcelana…cualquier cosa sangrepurezca o malfoyesca que se pueda romper?
—Scorpius y Altair nunca las tocan, pero también tienen barreras. Se las puse esta mañana.
—¿Tienes una oficina en casa? Deberías cerrar bien la puerta.
—Está cerrada.
Harry lo sopesó unos segundos, buscando más "zonas de riesgo" en su mente. Momentos como aquel eran lo único que evitaba que James hubiese destruido cada cuarto en su casa.
—¿Y…?
—Potter —Lo frenó Draco, en tono firme—, respira. ¿Nunca has dejado a los niños una tarde en casa de alguien que no sea su abuela, o qué?
—Sólo en la de Ron y Hermione —admitió Harry, más tenso de lo que había pensado que estaría—, pero- ellos son ellos, y no se molestan si James fastidia al ghoul de su ático, ni-
—Yo tampoco me molestaré —aclaró él, suavizando su voz—; los niños son niños, Harry. Seguramente yo no fui un perfecto ejemplo de comportamiento y estresé mucho a mis padres, sí, pero es lo que hacen los niños, y si les pasa algo mientras los estoy cuidando, es probable que sea porque yo no lo estoy haciendo bien.
Harry no tenía idea de cuánto necesitaba oír algo semejante. Recordarse, aunque fuese muy obvio, que a Draco le preocupaban los mellizos tanto como a él sus hijos. Y claro que los cuidaría mientras estuviesen allí.
Ya no era un adolescente pretencioso y engreído.
Tragó en seco y se fijó en los niños. Scorpius le preguntaba al Señor Horno si podrían comer pastel de manzana para la merienda, James y Lily se unían a su petición con pucheros que convencerían a cualquiera, Albus hablaba con Altair, quien gesticulaba al explicarle algo.
Suspiró.
—¿Pero me puedo quedar un ratito? Uno pequeño —Harry abrió una abertura entre el índice y pulgar, para dejarle en claro qué tan "pequeño" sería, según él—, sólo por si se ponen nerviosos o…
Draco soltó una risita.
—Como quieras, Potter.
—0—
Draco caminaba unos pasos por delante de él, sosteniendo de a ratos las manos de Lily y James, a quienes sólo soltaba cuando les señalaba algo o gesticulaba. Scorpius sujetaba a su mellizo y a Albus, mientras escuchaba a su padre con atención. De hecho, los cinco niños aparentaban estar maravillados.
Siento justos, incluso Harry lo estaba. Un poco. Mantenía la distancia para no llamar demasiado la atención de los chicos, a medida que avanzaban por un área del bosque que rodeaba la comunidad mágica.
—…así que la princesa de las hadas huyó del barco pirata —decía Draco, en tono suave—, tomó a su hijo, y escapó hacia un bosque, donde le dijo a las demás hadas que tenían que esconderse de los humanos hasta que ya no quisieran dañarlas. "¿Pero cómo nos escondemos?" le preguntaban las otras hadas, "porque nuestras alas brillan mucho y siempre llamamos a los humanos". Así que la princesa decidió que se harían muy, muy, muy pequeñas, de manera que pudiesen estar entre los humanos sin que ellos se diesen cuenta. Volaron de bosque en bosque y se instalaron en los árboles desde entonces, tan pequeñas que no pudiésemos notarlas; es por eso que algunas hojas tienen esos agujeros. Son las minihadas las que los hacen.
—¿Y las doxys, y las doxys? —indagó Scorpius, que debía haber oído la historia cientos de veces antes, porque Draco sonrió y agregó, como si también fuese una respuesta común a una pregunta normal:
—Las doxys son tan pequeñas como las minihadas, pero no son iguales. Ellas son feas, gruñonas y muerden, porque son hadas malvadas —James, Lily y Scorpius emitieron sonidos de sorpresa. Albus estaba boquiabierto. Altair sólo seguía atento—. Cuando las hadas lograron esconderse, algunas hicieron un trato con los humanos malos que las querían atrapar…
—¡Noooo! —gimotearon James y Lily.
Draco asintió, serio.
—Sí, un trato para llevarlos con las demás hadas.
—¡Qué hadas tan malas! —protestó Lily.
—Nunca me gustaron las doxys —añadió James, bufando.
—Son horribles —Lo secundó Albus. Los mellizos Malfoy asintieron.
—Pero jamás debes confiar en alguien que vaya a hacerle algo malo a otros —siguió Draco, calmando a los niños y logrando que volviesen a fijarse en él—. Aunque esos humanos malvados les dijeron que sí, cuando se acercaron a los bosques de las hadas y estas se escaparon, atraparon a las hadas con las que hicieron el trato en su lugar. "¿Por qué nos hacen esto?" les preguntaban las hadas capturadas. "Porque nosotros dijimos que atraparíamos a las demás hadas" les respondió el capitán de los piratas, "no que las dejaríamos libres a ustedes". Y fue ese tiempo molestas y alejadas de las hadas, los que las convirtió en las doxys que conocemos.
—¿Y no pueden volver a ser minihadas? —cuestionó Albus, en voz baja. Draco negó.
—Las minihadas lo han intentado cientos de veces, pero todavía no han encontrado una forma. Sólo ellas pueden descubrir cómo hacerlo.
—Eso les pasa por ser malas —refunfuñó Lily, elevando el mentón. Harry nunca la había visto hacerlo—, ¡querían que atrapasen a las otras haditas!
—Sí, eso fue algo horrible —aceptó Draco.
—Pero eran los piratas los que querían atraparlas —alegó Albus.
—Podrían haberse quedado escondidas con las demás haditas…
Draco le dirigió una breve mirada divertida cuando los niños comenzaron a debatir sobre quién era el "malo" de la historia. Harry sonrió. Debería haberse ido hace un rato, pero cuando escuchó que invitaba a los niños a pasear por el bosque, su preocupación porque James acabase metido de cabeza en la laguna, Lily dentro de un tronco hueco, o Albus colgando de cabeza de una rama, lo superó.
Tampoco sería la primera vez que sucedía.
—¿Quién quiere comer el pastel de manzana que el Señor Horno prometió para la merienda? —preguntó Draco, frenando su disputa. Los niños lo observaron de inmediato—. ¿Saben por dónde regresar a la casa? El que llegue antes, va a comer pastel primero…pero si atrapo a alguno, yo me voy a comer su pastel-
Al instante, cinco niños gritaban y echaban a correr entre risas. Se confundieron y dispersaron, hasta que Scorpius les recordó por dónde hallar el sendero. Para entonces, Altair iba a la delantera y Lily le mordía el brazo a James para sacarlo de su camino.
—Fue una buena historia, un poco surrealista —admitió Harry, despacio, cruzándose de brazos. Apuntó la dirección en que se fueron los niños—, ¿pero no deberías perseguirlos?
—Tengo experiencia vigilando niños en un bosque, y si atrapase a alguno, lloraría por no comer su pastel y Scorpius le daría el suyo —replicó Draco, deslizando fuera de su bolsillo una vara que luego agrandó y convirtió en su bastón. Al presionar la piedra redonda, brotaron cinco líneas de colores que iban hacia el mismo punto, y él comenzó a moverse hacia allí—. ¿Y quién dice que mi historia fue surrealista? Esto es el mundo mágico, Harry.
Harry lo siguió. Avanzaron sin prisas, porque el "señor Horno" no permitiría accidentes en la cocina, y según el bastón de Draco, los niños iban por buen camino.
—¿Te diste cuenta de que es la segunda vez en un día que me llamas así?
—¿Cómo? —preguntó Draco, parpadeando. Él sonrió.
—Harry.
—Bueno, ese es tu nombre, ¿no? ¿O debo suponer que te lo has cambiado para que Skeeter se confunda al escribir de ti?
—No —Harry se rio—, ¿crees que eso funcionaría?
—Lo dudo.
En el sendero que daba a la casa, Lily se cayó y sollozó, culpando a James. Él insistía en no haberla empujado. Scorpius la calmaba, mientras Altair y Albus se metían a la casa deprisa para conseguir su pastel.
El ruido de su lloriqueo era tan estridente que los dos magos entrecerraron los ojos al acercarse.
—Deberías enseñarle a no gritar tanto —susurró Draco. Él resopló.
—¿Crees que no lo he intentado? —Harry se acercó a su hija, la sujetó y la puso de pie sin esfuerzo. Le quitó la tierra de las rodillas, comprobó que no tuviese más que un simple raspón, y le besó la cabeza—. Ya, ya, Lil, estás bien, sólo fue una pequeña caída. Yo me tropiezo todo el tiempo.
—Sí, ya sé —contestó ella, limpiándose las lágrimas con una manito—. Te tropezaste con mis muñecas en la fiesta de té, papá…
Lily se rio al recordarlo. Bueno, era un alivio que sus caídas por el desorden de Godric's Hollow alegrasen a su hija.
—¿Quieres pastel de manzana? —indagó. Ella asintió deprisa y le ofreció una mano, para que Harry la acompañase dentro y hacia la cocina.
—Yo no la empujé —Escuchó que le decía James a Draco.
—Tal vez fue una doxy molesta porque saben su historia ahora…
Harry sonrió al oír la respuesta de Draco. Luego de comer pastel, James se pasaría alrededor de una hora decidido a capturar a la doxy malvada que hizo tropezar a su hermana; esa versión atrapó por completo la energía de Lily, y con esta, pronto se unieron los demás.
A media tarde, cuatro niños corrían por el jardín con redes "encantadas" (en realidad, Draco sólo agitó la varita frente a ellas, sin afectarlas). Harry comía su segunda ración de pastel, y Altair, sentado junto a su padre, le hacía preguntas sobre herbología de nuevo.
Ya que nadie salió herido, no rompieron una reliquia ancestral de los Malfoy, y además, consiguió una receta deliciosa de pastel, Harry consideró la visita un rotundo éxito.
