Capítulo 11

Después de haber ido a comer con su hermano, Kagome había regresado a su trabajo y cuando entró a su oficina se encontró con un invitado no deseado que le daba la espalda.

Inuyasha tenía un retrato en sus manos, una foto donde estaban su sobrina y ella haciendo unas divertidas muecas.

― ¿Qué haces aquí? ― preguntó ella mientras cerraba la puerta tras de ella

Él a escucharla dejó el retrato de Kagome y su sobrina en el escritorio, giró sobre sus talones y se encontró con ella.

La joven abrió los ojos de par en par al verlo con un moretón en la cara.

― ¿Qué te pasó? – preguntó sin darle importancia, pero la verdad si estaba preocupada

―Nada –Inuyasha negó con la cabeza – Solo una pelea con un viejo amigo es todo.

―Ah ya veo – Kagome atravesó la oficina, para estar solo frente a Inuyasha ― ¿Por qué le dijiste a Koga que estabas enamorado de mí?

―Le dije que estoy enamorado de ti solo para que supiera la verdad. Ya no tiene caso que siguiera ocultando la verdad – se llevó la mano a la mejilla y se acarició la herida – Creo que no lo tomó nada bien, porque me prohibió acercarme a ti.

―Pues deberías hacerle caso – dijo ella – Porque si no lo haces es capaz de matarte.

Inuyasha la miró herido, no contuvo las ganas de verla, había pensado que tal vez si dejara pasar varios días, las cosas mejorarían, pero el impulso fue más fuerte que él.

― ¿Y tú quieres que me aleje de ti? –preguntó

―Si – respondió ella sin algún tono de arrepentimiento – Quiero que me dejes en paz, te alejes de mí y hagas como si nunca hubiera existido en tu vida.

―Pero será muy difícil para mí, si me dejaras explicarte que no leí tu diario para seducirte, que lo hice solo para saber lo que sentías por mí en el pasado. Por favor Kagome tienes que creerme y perdóname si te lastimé.

―No Inuyasha, no te puedo perdonar y no dejó de pensar que lo hiciste solo para seducirme– Kagome se apartó y tomó asiento en su silla – Además ya hemos pasado por esto una vez, una segunda separación no importa – dedicó un poco de atención a su ordenador ignorando su existencia – Ahora si me disculpas, tengo mucho trabajo y me gustaría que te fueras – dijo señalando la puerta – Ya conoces la salida

En ese momento se sentía humillado, herido, lastimado, ella no era la mujer de la cual se había enamorado, de la dulce Kagome no había ni rastro de ella, la mujer que observaba era una copia barata.

Se armó de valor y salió de su oficina, con la cabeza agachada sin mirar al frente, pero en ese momento tropezó con alguien y solo escuchó el grito de una mujer.

―Lo siento – dijo al ver la mujer en el piso

―No te preocupes – ella examinó su tobillo – No pasó nada

Pero al momento en que ambos se miraron a los ojos se reconocieron al instante.

―Eres al paciente al que se le cayó un arreglo de flores en la cabeza

―Y usted la doctora que me curó

Esbozó una sonrisa y la ayudó a levantarse, y por último a recoger todos los papeles que se le habían tirado.

Ella hizo una mueca al verlos todos desordenados.

―Ahora tendré que pasar toda la tarde ordenando estos papeles

―Por cierto, la otra vez no fuimos presentados― extendió una mano hacia ella – Inuyasha Taisho

―Mucho gusto Inuyasha –ella estrechó su mano con la de él – Dalila Anderson

Inuyasha no la había visto bien el primer día que se vieron, pues estaba más al pendiente de Kagome. Pero la doctora era una mujer muy bella, ojos agua marina, piel blanca y cabello rojizo, labios carnosos y un cuerpo de ensueño. Ahora entendía porque Kagome se había puesto celosa en aquella ocasión.

― ¿Ya hubo alguien que le mandara rosas? – preguntó coqueto.

―No – ella negó – Alguien quedó en mandarme rosas y no lo ha hecho – dijo en tono de reproche.

Inuyasha se llevó una mano a la cabeza – Que poco descuido de mi parte. ¿Qué puedo hacer para reparar el daño?

―No te preocupes, era broma – la doctora miró el rostro dañado de Inuyasha – Por lo que veo sigues metiéndote en problemas.

Él, al acordarse de la discusión que había tenido con el hermano de la mujer que amaba se puso un poco más serio.

―No fue nada.

Kagome salió de su oficina, pero antes de que pudiera hablar con su asistente vio de lejos a Inuyasha hablar con la doctora de la empresa, los veía sonreír, coquetear y los celos invadieron todo su cuerpo.

―Toma – dijo furiosa entregándole los papeles a su asistente – Ya están firmados.

Y entró a su oficina, tomó el primer objeto que encontró y lo arrojó al suelo.

―Maldito. Mil veces maldito.

Tomó otro objeto al suelo, otro, uno más, el ultimo.

Un día le decía que la amaba, al siguiente le hacía el amor y después se enteraba que había tomado su libro para utilizarlo en su contra, solo había faltado esto, que coquetear con esa doctora, que, para su mala desgracia, era una mujer muy atractiva incluso más que ella.

―Infeliz.

No se podía que creerle a un hombre, todos eran iguales, cortados con la misma tijera, no existía el hombre perfecto. No todos los hombres podrían ser un seño Darcy.

¿Pero por qué se había puesto así? Ella misma le había dicho que se alejara de ella y que la dejara en paz, pero el haberlo visto con otra mujer, sacaba lo peor de él. Estuvo tentada en tomarla del cabello y arrastrarla por todo el edificio mientras le decía que Inuyasha era suyo y nada más de ella.

Inuyasha había sido consciente de que Kagome los había visto, pues escuchó sus gritos furiosos, eso quería decir que aun sentía algo por él, aunque ella dijera que lo odiaba y que no quería verlo, ella seguía amándolo, por eso había optado una postura seductora con Dalila, aunque ella no tenía nada que ver.

Dalila miró su reloj y negó con la cabeza.

―Debo irme o se me hace tarde

― ¿A dónde vas? – preguntó

―Al hospital. Tuve que dejar mi coche en el taller porque se descompuso

– Yo te llevo – sugirió

―No – ella negó – No quiero incomodarte

―Será un placer acompañar a una dama tan hermosa como usted

― ¿Eso se lo dices a todas?

―Normalmente si – confesó

Y así, ambos salían del edificio y subieron al auto de Inuyasha.

En el transcurso del camino, Dalila le había confesado que no era su único trabajo, que por las mañanas trabajaba en la empresa de publicidad, ya que ella y Midoriko eran muy amigas. Ella trabajaba en un prestigiado hospital, no solo tenía carrera en médico cirujano, sino que también era psicóloga y sexóloga.

―Vaya, todo un estuche de monerías – comentó Inuyasha

―Mi padre siempre dice que hay que estar preparado para enfrentar todos los retos que la vida te pone

― ¿Y porque medicina?

―Me ha gustado desde pequeña – comentó la joven – Mi padre es doctor, mi madre había muerto cuando era una niña de cinco años, así que mis niñeras eran las enfermeras del hospital – dijo como si para ella era un orgullo – Así que me enamoré de la medicina

Llegaron a su destino, Inuyasha detuvo su coche en frente de las puertas principales del hospital.

―Gracias por traerme – agradeció la joven quitándose el cinturón de seguridad – Seguramente no habría llegado si hubiera tomado un taxi

―No hay de que – Inuyasha esbozó una sonrisa

―Hasta luego y no te siguas metiendo en problemas

Se despidieron con un beso en la mejilla e Inuyasha no se movió hasta ver que la joven entrara al hospital, una vez que la perdió de su alcance, encendió su auto y siguió su camino.

Había descuidado los negocios familiares todo por dedicarse a reconquistar a Kagome, así que si se distraía con números tal vez eso le ayudaría a quitársela de la mente.

Sango entró a la oficina de su amiga y se encontró con desorden, como si un huracán hubiera pasado por ahí.

Kagome estaba sentada en una silla y tenía la cabeza recargada en el escritorio, se escuchaban sus sollozos.

Ella se acercó y le acarició la espalda.

― ¿Qué pasó aquí, Kagome? ¿Por qué lloras?

Ella alzó la cabeza, se llevó las manos a su rostro rojizo por las lágrimas.

―Porque es un idiota y porque lo amo – dijo ella

Sango no tenía que preguntar para saber de quién se trataba.

―Kagome si es por lo del diario, ya olvida eso

―No es por el diario Sango – golpeó el escritorio con la palma de su mano –Fue a ver a Koga y le dijo que estaba enamorado de mi desde hace tiempo, después vino aquí para pedirme perdón, pero lo rechacé, le dije que se fuera y, por si fuera poco, lo acabo de ver coqueteando con Dalila

― ¿La Doctora?

―No Sango, la secretaria – dijo sarcástica – Si, con ella. No sabes cómo me sentí. Es un maldito hipócrita, un mentiroso e infiel. No se puede confiar en él

―Si no te conociera diría que estas celosa

― ¿Celosa? ¿De esos dos? – ella negó – Por favor, por mí pueden hacer lo que se les pegue la gana con tal de que me dejen en paz.

―Entonces, si piensas de esa manera ¿Por qué llorabas y dices que lo amas?

―Mira, no quiero hablar de él. Ya es agua pasada, no hay nada que nos una. NADA

Sango no sabía si frustrase o reír, su amiga tenía síntomas de celos, aunque ella no quisiera admitirlo, decía odiarlo cuando lo amaba, decía que no tenía celos cuando en realidad los tenía, decía que, por ella, Inuyasha podría hacer lo que sea sin que a ella le afectara, lo cierto, era que a ella le importaba lo que Inuyasha hacia.

No tocaron más el tema para que ella no se sintiera incomoda.

Pero por más que Kagome se concentrara en el trabajo, no podía dejar de pensar en Inuyasha, le había dolido tanto verlo que, con Dalila, sonriéndole a cada momento, cuando esas sonrisas eran solo y debían ser solos para ella.

SEMANAS DESPUÉS

Ella había salido de su oficina ya que tenía una cita de negocios, subió al ascensor y cuando las puertas estaban por cerrarse una mano las detuvo y al instante se tensó al ver a Dalila e Inuyasha entrar en él.

― ¿A dónde vamos? – oyó preguntar a la pelirroja.

―La estoy secuestrando señorita – escuchó que Inuyasha respondía seductoramente.

Esas palabras la habían herido en lo más profundo del alma, recordó lo que había hecho hace una semana cuando él justamente la había secuestrado y se la llevó a una playa mágica, donde pasó los días más hermosos de su vida antes de que supiera lo del diario.

―Kagome, no te había visto – comentó la doctora.

―Ni yo a ti – se vio obligada a responder.

Alzó la vista y vio que tanto la mano de Inuyasha como la de ella estaban entrelazadas.

A estas alturas se estaba culpando de haberle dicho a Inuyasha que actuara como si no existiera, pues vaya que lo estaba haciendo, pues en ningún momento la había mirado, era como si ella no estuviera ahí.

―Por cierto, Kagome – escuchó una vez más a Dalila – Gracias por hacer que Inuyasha y yo nos conociéramos.

Kagome giró la cabeza para verlos, los ojos se le abrieron como platos ante el comentario de la mujer.

―Es un hombre maravilloso – finalizó ella mirando a Inuyasha a los ojos.

―No, tú eres la mujer más maravillosa – respondió Inuyasha dándole un beso en la punta de la nariz.

Que fácil la había olvidado, la sacó de su vida de una manera tan fácil. Eso decía muchas cosas, que nunca la amó como tantas veces lo había proclamado.

Kagome esbozó una media sonrisa – Bien por ustedes.

Un segundo más y terminaría por abofetearlo, decirle cuanto lo odiaba, pero el ascensor se abrió y los tres salieron al mismo tiempo, en ese momento agradeció el estar libre.

Vio como Inuyasha abría la puerta del coche y Dalila entraba para ocupar su lugar en el asiento del copiloto, después el subió para encender el coche y alejarse de ahí.