Wizdad
Sumario: Harry Potter no tenía nada resuelto en su vida. Si James no causaba un problema, entonces Albus estaba de mal humor. Si Albus no parecía un grumpy, Lily tenía una rabieta. Cuando creía que podría tener un descanso, debía ir al Departamento de Aurores. La mayor parte del tiempo no tenía idea de qué estaba haciendo, o qué tan bien lo hacía. Agregar a Draco Malfoy y unos mellizos sólo lo haría más divertido.
Género: Romance/Family/Humor.
Claves: Drarry EWE. Fluff, familias Potter-Weasley y Malfoy-Greengrass. Shipps variados.
Disclaimer: Si HP fuese mío, esto sería canon. Ya que no lo es, saben lo que significa.
Amigo secreto
Lily se apresuró a sostener la mano que Harry le ofrecía, para no quedarse atrás, mientras un entusiasmado Albus le contaba que Scorpius sería su "amigo secreto" en el intercambio que la maestra organizaría.
—¿Y qué regalo quieres darle? —indagó Harry, con una sonrisita. Adoraba verlo así.
—No es un "regalo", son "regalos" —contestó Albus, encantado con la idea—. La tía Hermione le dijo a los maestros que nos enseñaran las tradiciones muggles y sangrepura, vamos a dar los doce regalos de los sangrepura, y después Santa va a venir y nos dará nuestros regalos el día de la fiesta…
Harry tenía una ligera sospecha de dónde saldría el "Santa".
—¿Cuáles son esos regalos sangrepura? —Y luego se le ocurrió agregar, mirando a Lily—. ¿James y tú también tienen que hacer eso?
Ella negó.
—Nosotros vamos a cambiar los doce regalos por doce dibujos —Le contó ella, balanceándose al andar y aferrada a su mano—, ya hice uno. También hice uno para ti —Se puso a agitar en el aire la hoja que llevaba doblada en su otra manito. Harry la recibió, observó el desastre de líneas de colores, y se comportó como si ni siquiera Picasso lo hubiese hecho mejor—. Ese eres tú, papá —indicaba Lily, muy confiada por los halagos.
El "Harry" de su dibujo tenía dos circulitos negros que debían ser los lentes y algo torcido que, quizás, fuese la cicatriz de la frente. Del resto, se asemejaba más a una criatura esponjosa. Eso probablemente fuese su cabello. ¿Lo llevaba tan largo?
Tal vez debería intentar peinarse un día.
Se detuvo junto a la puerta que daba a la oficina de Hermione y le pidió a ambos que se sentasen en los puestos colocados en el pasillo. James esperaba dentro. Afuera, también aguardaban Astoria y Scorpius.
—¿Él ya llegó? —preguntó Harry, al pasarle por un lado, después de saludarla con un gesto y que la bruja le hubiese besado la mejilla.
Astoria asintió.
—¿Están en muchos problemas? —murmuró, un poco ansiosa.
A Harry le hubiese gustado decirle que no. La verdad era que Hermione sólo le explicó que convirtieron al conserje en una miniatura de dos centímetros para sacar algunas cosas de su oficina; dulces que les decomisó antes, principalmente. Por lo visto, James llevó su berrinche a Altair, y puede que no hubiese sido la mejor idea de Harry comenzar a enseñarles un poco de magia.
Cuando entró a la oficina, Hermione mantenía una mano hacia arriba, y sobre su palma, descansaba el afectado y huraño conserje. Draco se encontraba en uno de los asientos del otro lado de la mesa, junto a un tranquilo Altair; cualquier otro habría pensado que no era responsable de nada.
James se sobresaltó al verlo y comenzó a removerse en el asiento, demasiado inquieto. Su expresión decía "ups".
Harry tomó asiento junto a su hijo y se preparó para lo que fuese que pudiese surgir de esa larga, larga, larga charla. Y por la expresión de Hermione, ya tenía en mente lo que pensaba decirles.
—0—
Las clases de reforzamiento mágico le parecían una excelente idea; él no se daba abasto para mantener bajo control el potencial de James y de sus hermanos a la vez. Lily y Albus todavía no suponían un gran problema por su edad, pero en cuanto los maestros diesen el visto bueno para regarles sus varitas de práctica, Harry temía que su casa se vendría abajo. Que James se entrenase un poco más antes de que eso sucediese, lo ayudaría enormemente en el futuro.
Que estuviesen castigados también le resultaba aceptable. Ayudarían a organizar libros de la biblioteca y se asegurarían de que los demás niños no arrojasen basura en el recreo durante una semana. Bien. Hermione era una directora razonable, y para la cantidad de dulces que James debió comer para sufrir un dolor de estómago al volver a casa, una semana no era gran cosa.
Lo que Harry no alcanzaba a entender era qué hacía un domingo en la escuela de los niños. Ni por qué Hermione tenía cajas de adornos y un sombrero de Santa en las manos. O la razón de que Ron y Draco estuviesen sentados a cada lado de él, y estuviesen rodeados de brujas, en su mayoría. Frente a ellos, otro pequeño conjunto de padres tenía la misma expresión desorientada de Harry.
—Gracias a todos por ofrecerse como voluntarios para esta actividad navideña y del Yule —decía Hermione—, sé que puede ser agotador en estas fechas, pero es importante que los niños entiendan que las tradiciones de sus familias pueden coexistir con las tradiciones de los demás y del mundo mágico, en general. A sus hijos se les ha asignado un "amigo secreto", y sí, sé que es tedioso conseguir los regalos, mi esposo y yo también tenemos dos niños incluidos en esta actividad. Sin embargo, esos regalos pertenecen a una lista bastante sencilla, y espero contar con que ustedes…
Harry se inclinó hacia el lado de Ron, muy, muy despacio.
—¿Tú sabías algo de esto antes de hoy?
—Sí —Ron se inclinó a su vez—, me lo dijo anoche.
—¿Para qué estamos aquí?
—Trajo de "voluntarios" a los padres de niños que causaron problemas desde octubre a noviembre —aclaró Ron, encogiéndose de hombros. Él dejó escapar un "ah".
—¿Para qué?
—¿Te parece que lo sé, Harry? Ella quería dar un taller de paternidad, yo le dije que los padres seguro estarían ocupados, que casi era el Yule…y de pronto, salió con esta idea.
Harry se enderezó en su asiento. Hermione continuaba hablando, a medida que pasaba por el semicírculo que formaban las sillas, y les permitía a los padres deslizar la mano en el sombrero de Santa para sacar un papel.
—Haremos esto en una sola vuelta —explicaba—; si les sale una actividad, se encargarán de eso para el día del intercambio final, ya sea traer aperitivos para los niños, adornar la sala principal, organizar un juego…si les sale un nombre, en cambio, llevarán a cabo la tradición de los doce regalos de navidad. Sepan que he encantado los papeles y sacado cuentas con sus números, y el que dé regalos también los recibirá, como corresponde. Esto tiene reglas y no quiero enterarme de que han mandado regalos ofensivos, o que…
—¿Por qué tenemos que hacer esto? —inquirió una bruja que no superaba los cuarenta años, frunciendo los labios, cuando Hermione se detuvo frente a ella.
—Porque, señora Allamand, una de sus hijas dibujó una Marca Tenebrosa con marcador permanente en el antebrazo de un niño de su salón y lo hizo llorar acusándolo de Mortífago, entre otras cosas igual de horribles y absurdas, que espero que no haya aprendido en su casa —Conforme hablaba, su voz se hacía más dura, y la mujer apretaba más los labios—. Y a pesar de que se le ha aplicado el correctivo necesario y me he asegurado de que Tania sepa por qué lo que hizo está mal, en realidad no la puedo culpar por cargar un prejuicio tan viejo, así que a menos que le parezca abrir espacio en su ocupada agenda para un curso de paternidad de tres semanas, conmigo y un miembro del Departamento de Familias Mágicas, le sugiero que tome un papel, ayude en esta actividad, y recuerde que no voy a permitir prejuicios ni actos de odio de ninguna clase en esta institución. Usted aceptó este tipo de participación activa familiar en el acuerdo que firmó al inscribir a Tania, del que hay una copia en mi oficina y otra en el Ministerio, por si quiere releerlo.
La bruja resopló, pero sacó un papel del sombrero.
—Aperitivos —masculló, entre dientes. Hermione sonrió.
—Nada con demasiada azúcar, por favor, señora Allamand, y si puede traer algo con motivos navideños, se lo agradeceré muchísimo. Siguiente —Hermione le ofreció el sombrero a un hombre vacilante, que por su aspecto y la manera en que llegó al colegio por la puerta principal, debía ser el padre muggle de un mestizo—. Cuando hayamos terminado, quiero que se me acerquen uno a uno para que pueda anotar sus tareas, y así llevar un control de…
—¿Y yo por qué estoy aquí? —indagó Ron, apenas su esposa se paró frente a él—. Entiendo el concepto, Mione, pero Rose es la mejor de su clase y Hugo- creo que los maestros sólo recuerdan a Hugo porque es tu hijo.
—Tenemos que dar el ejemplo, Ronald —replicó ella, agitando el sombrero para que seleccionase un papel—. ¿Cómo esperas que le pida a estos padres que inviertan su tiempo y energía, y me ayuden a que sus hijos se relacionen con otros niños y sus tradiciones, si no hago lo mismo?
Ron soltó un dramático suspiro al sacar su trozo de papel.
—Haré un nuevo amigo, yujú.
Hermione le agradeció en un susurro y se detuvo ante Harry. Él se ahorró la charla y tomó su propio papel.
"Amigo secreto" decía la letra que apareció en el pergamino. Luego cambió a "Ronald Weasley".
Harry sonrió. Le gustaba aquella dinámica. Su amiga prosiguió y le ofreció el sombrero a Draco, quien titubeó un instante y metió la mano, antes de darle tiempo de empezar otra diatriba.
—Tiene que ser una broma —bufó al leerlo. Harry se estiró para ver, pero él entrechocó sus hombros y lo mantuvo a distancia—. No seas maleducado, Potter.
Cuando Hermione completó la vuelta, comenzó a anotar las actividades de cada uno, dio instrucciones sobre qué regalos podían darse en los intercambios, y qué era aceptable para la actividad navideña. Harry y Ron la esperaron en la puerta, mientras el lugar se vaciaba, porque habló durante cinco minutos enteros de la importancia de que al menos dos tipos de dulces fuesen aptos para diabéticos, ya que tenía un par de niños así y le preocupaba que pudiesen sentirse mal por no comer con el resto en la fiesta.
Para entonces, Draco ya había desaparecido de la sala, al igual que la mayoría de los padres.
—0—
Harry mandó el bastón navideño favorito de Ron (directo de Honeydukes) con su lechuza, a primera hora del día lunes. Llevó a cabo su rutina regular; levantar a los niños, desayunar con ellos, acompañarlos a la escuela, pasar por el Ministerio. Cuando regresó a casa a mediodía, Lily chilló y comenzó a dar saltitos a causa del búho que aguardaba en su sala.
Su "amigo secreto" le había enviado el primer paquete.
Harry encontró dentro una piedra redonda, rayada, de un verde oscuro. Lily mencionó que era el mismo color que sus ojos y los de Albus.
"Amazonita" era lo único que ponía la nota con la que venía. Según el folleto que Hermione les dio, las piedras preciosas eran aceptables como primer regalo de intercambio. Se trataba de un comienzo bastante formal, así que asumió que su "amigo" era un sangrepura.
Se percató de a lo que se refería sobre "ser el ejemplo" respecto a las tradiciones, cuando los tres niños estuvieron a su alrededor, haciendo preguntas sobre el regalo. Y acerca de los siguientes once también.
El martes, Harry recibió una tarjeta cantarina con una melodía que sonaba en Godric's Hollow cada navidad. Por un segundo, tuvo la impresión de estar en casa, con sus padres. De que la guerra no pasó y ellos estarían con vida al darse la vuelta.
En su lugar, se topó con tres pares de ojitos curiosos de niños a los que les encantó la tarjeta. Lily amaba la idea de tener tantos regalos y se pasó el mes entero halagando las tradiciones sangrepura, James le preguntaba por qué ellos no seguían algunas, y Albus quería que le dijese lo que podría gustarle más a Scorpius de los "regalos muggles".
El jueves, el cuarto día de su intercambio, su "amigo" le mandó unos lentes nuevos. Eran rectangulares, se ajustaban a la forma de su rostro, tenían un delicado marco negro y fino, y Lily no paró de decir que se veía como "todo un rey muy, muy, muy, muy, muy guapo" (sí, con cinco "muy").
El sábado, el sexto día, Harry y Albus acababan de mandar una cámara Polaroid original a Scorpius, cuando el búho arribó en la sala de los Potter. Abrieron juntos el paquete, mientras una emocionada Lily le ofrecía golosinas al ave.
Incluso James, que se acercó deprisa al notar el pájaro, se quedó sin aliento al ver su contenido. Harry reaccionó con demora para alzar la caja lejos del alcance de los niños, y ahí, ellos se empezaron a reír, gritar o preguntarle al respecto.
—¡Es tan…! —James arrugaba la nariz.
—¡Lindo! —chillaba Lily, aturdiéndolos a todos—. ¡Es el regalo más lindo, papá…!
—¿Puedo verlo de cerca, papá? —Albus se ponía de puntillas para extender el brazo—. Quiero ver…
—¡Lindo, lindo, lindo, lindo, lindo, lindo!
Su "amigo" le envió un pequeño "premio al valor". Una réplica de la espada de Gryffindor en cristal traslúcido, con una rosa cuyo tallo se enroscaba en el arma, en un vidrio colorido. El artículo completo tenía el tamaño de su mano y llevaba su nombre en la parte inferior, junto a una fecha.
Pensó que sería el día de la Batalla de Hogwarts y se equivocó. Era un día cualquiera del trimestre inicial en el primer año en Hogwarts. ¿Qué fue? ¿El trol? No, eso fue en Halloween. ¿Acaso sucedió algo más importante en ese año, aparte de Quirrell y la piedra filosofal?
¿No sería…?
Comprobó la fecha y entonces lo notó. Encajaba con el comienzo de las pruebas para los equipos de Quidditch y la temporada de juegos. El "premio" no era por salvar a nadie, ni por arriesgarse, ni por ser arrastrado de aquí para allá por Mortífagos o profesores.
Era por volar. Por hacerlo bien, por hacerlo joven. Por algo que decidió y que le gustaba.
De cierto modo, aquello lo volvió más especial para Harry que su propia Orden de Merlín Primera Clase. Esa cualquiera la podía tener. Esa se la dieron al "niño-que-vivió".
Y esa estatuilla de cristal era para Harry. Sólo Harry.
El domingo, el séptimo día, siguió con las figurillas de cristal. Un conjunto bien empacado de un James, una Lily, un Albus y un Harry Potter. Interactuaban entre ellos de un modo natural en una familia, vestían ropas navideñas talladas sobre el vidrio, y Lily no dejó de chillar sobre lo mucho que le gustaban.
El martes fue el noveno día y el búho los esperaba cuando salieron de la chimenea. Le pidió a James que pusiese la mesa, en vano; los tres niños lo siguieron en su trayecto hacia el paquete.
Tuvo que agrandarlo, hasta que se convirtió en una figura alargada y estrecha. Lo abrió con manos temblorosas y la respiración atascada.
Una escoba. Era un modelo viejo restaurado y adaptado, una Saeta de Fuego mejorada y actualizada a un nuevo siglo. Tenía su nombre escrito en el costado, en dorado.
Hace años que Harry no volaba, pero ese día recogió las escobas de James y Albus, fueron al parque mágico, y sentó a Lily frente a él, para ponerse a hacer carreras de una punta a otra del lugar.
El viernes, el último día de clases de los niños hasta el próximo año y también del intercambio, Harry esperaba ver al búho ingresar por su ventana abierta con la misma insistencia que sus hijos. Almorzaron casi sin hablar. Envió a James a bañarse, intentó trenzarle el cabello a Lily sin magia, e incluso jugó cartas con Albus.
No podía creer lo decepcionado que se sentía.
Entonces llegó. Anochecía y el búho estaba empapado por una lluvia que debió encontrar en el camino. Se paró sobre el respaldar del mueble y sacudió las plumas, cuidando el paquete cuadrado que llevaba atado a una pata.
Harry sentía tres pequeñas presencias detrás de sí cuando se aproximó para tomarlo. Acarició la cabeza del ave, le dio una golosina y la secó con un hechizo, sólo para retrasar el momento inevitable.
—¡Papá! —lloriqueó Lily— ¡queremos verlo!
Sus hermanos la secundaron y Harry no lo alargó más. Tomó el paquete, lo agradó y abrió.
James se estiró desde uno de sus costados, arrugando el entrecejo.
—¿Quiénes son esos, papá?
Albus se inclinó desde el otro lado y apuntó el retrato.
—Se parece a ti, papá.
Harry tenía un nudo en la garganta que no le permitió contestarles de inmediato. Entre sus manos sostenía un pequeño retrato de Fleamont, Euphemia y James Potter, con ropa elegante y felices de conocerlos.
Jamás había visto a sus abuelos.
Allí no sólo estaban los nombres, sino la fecha en que fue pintado. Su padre todavía era un niño; debió ser la navidad antes del año en que ingresó a Hogwarts.
—¿Papá? —llamó Lily, preocupada porque tuviese que quitarse los lentes para tallarse los ojos.
Harry le sonrió y la atrajo hacia sí, rodeándola con un brazo. Le mostró el retrato.
—Este es mi papá —Le informó, apuntando al niño sonriente que los saludaba con una mano. Lily adoptó una expresión pensativa.
—Está muy chiquito, papá.
—No parece el papá de nadie —alegó James. Harry soltó una risita estrangulada.
—Era pequeño cuando pintaron esto…
—¿Y esos son tus abuelos? —Albus los señaló. Él asintió.
—Fleamont y Euphemia, según esto.
James emitió un sonido de desagrado.
—Qué horribles nombres, papá.
Lily le pegó en el estómago.
—¡No digas cosas feas de los abuelos de papá! ¿No ves que está llorando?
—James tonto —La apoyó Albus, abrazando a Harry por el otro costado—. "Abuela Eu" suena bonito para mí, papá. Hola, abuela Eu —La saludó. La bruja del retrato estuvo encantada de responderle y hacerle preguntas sobre quiénes eran y cuánto tiempo había transcurrido.
