Wizdad

Sumario: Harry Potter no tenía nada resuelto en su vida. Si James no causaba un problema, entonces Albus estaba de mal humor. Si Albus no parecía un grumpy, Lily tenía una rabieta. Cuando creía que podría tener un descanso, debía ir al Departamento de Aurores. La mayor parte del tiempo no tenía idea de qué estaba haciendo, o qué tan bien lo hacía. Agregar a Draco Malfoy y unos mellizos sólo lo haría más divertido.

Género: Romance/Family/Humor.

Claves: Drarry EWE. Fluff, familias Potter-Weasley y Malfoy-Greengrass. Shipps variados.

Disclaimer: Si HP fuese mío, esto sería canon. Ya que no lo es, saben lo que significa.


La anécdota de quinto año

Hermione lo llamó "segunda etapa de rebeldía". Harry lo denominó "limpieza". No sabía de dónde sacó el término, pero le sonaba a que era lo correcto.

Según su amiga, por el tiempo de vida de los magos que rondaba los ciento veinte años, presentaban una segunda etapa de rebeldía, similar a la de la adolescencia, aproximadamente a los cuarenta. Él le recordó que les faltaban un par de años, pero la teoría era la misma. Lo relevante aquí es que, al regresar a la oficina y que su Jefe le dijese que estaba feliz de que su investigación hubiese sido cerrada, Harry experimentó la misma rabia del otro día, y esa vez decidió mandarlo a la mierda.

Renunció al Departamento de Aurores, ignoró las respuestas incrédulas de sus compañeros (Ron incluido), y los demás empleados del Ministerio afirmarían haberlo visto con mejor humor que la ocasión en que soltaba magia sin varita hasta el Atrio. Skeeter haría toda una columna de teorías conspirativas sobre su renuncia.

La simple verdad es que no quería trabajar para un Departamento donde permitieron que fuese señalado e investigado, cuando llevaba años intentando que el mundo mágico fuese mejor. Le hacía pensar en cómo era el Ministerio cuando él tenía quince años, y sabía que no soportaría ni un segundo más allí.

Entonces, consciente de que Ron le avisaría a Hermione y esta empezaría a reprenderlo por su impulsividad, se fue al estadio en que el equipo de Ginny entrenaba y se sentó con ella en una banca a beber un té helado, mientras las chicas practicaban huir de las bludgers en pleno inicio del verano.

—Tuviste que ver su cara —Le decía Harry, conteniendo la risa—, pensé que me gritaría "¡no puedes renunciar, eres Harry Potter! ¡¿Quién va a salir en El Profeta?!".

—No hace falta, de todos modos —replicó Ginny, jugueteando con el pitillo de su vaso. Mantenía los ojos fijos en su equipo—, los Aurores ahora se dedican a dispersar a los duendes que protestan, investigan un par de robos, hay un secuestro al hijo de una familia rica una vez cada tres, cuatro años, y luego a comer en la cafetería del Ministerio. Estoy muy segura de que son sus postres los que tienen a Ron un poco subidito de peso, eh.

Harry se rio, ya que no podía negarlo. Hermione restringía su consumo de azúcar en casa, pero no estaba ahí cuando Ron ponía los ojos en las raciones de pastel.

—¿Te sientes mejor? —Ginny lo observó de reojo un instante. Él asintió—. De haberme dado cuenta de que necesitabas salir de ese sitio para poner esa cara, te habría dicho hace años que considerases renunciar.

Ginny le pellizcó la mejilla, sin fuerza, y él protestó en vano. No tenía idea de qué "cara" ponía. Supuso que una feliz, o más tranquila.

Terminó jugando un partido uno a uno contra la buscadora del equipo. Ginny animaba a la chica. Cuando él se quejó, le contestó "¡soy tu ex, cariño, no estoy obligada a animarte y te puedo abuchear! ¡Buuu!" y las demás jugadoras se echaron a reír.

Ganó dos veces, perdió otras dos, y regresó a casa feliz para preparar el almuerzo. Ginny buscaría a los niños en la escuela.

0—

Gran parte del verano de ese año se la pasaron en el patio. El patio de la casa en Godric's Hollow, el patio del lugar que encontró Ginny, o el de La Madriguera. Molly insistía en estar presente en las compras de materiales escolares de James, usando frases que comenzaban o finalizaban con "es el hijito de mi Ginny", Teddy lo ayudaba con hechizos sencillos que podía ejecutar con la varita de prácticas, y Albus lo fastidiaba diciendo que él sería mejor mago cuando entrase a Hogwarts. Lily sólo le pedía que buscase la diadema de Rowena Ravenclaw.

—¿Para qué quieres la diadema, Lil? —Le preguntó Harry en una ocasión.

—Para usarla —respondió ella, seguido de un sonido similar a un "duh". Consideró qué tan buena idea sería decirle que no se la podría poner.

Los hijos de Luna también entraban a Hogwarts ese año, lo que implicaba que Harry reforzó la seguridad del baúl en que guardaba la capa y el mapa, y mantuvo un ojo sobre los tres, durante sus charlas conspiratorias en el jardín o el comedor.

—Si le doy la capa a James —razonaba Harry frente a su ex esposa, cada vez que salía el tema—, no sólo hará todo lo que le dé la gana por los próximos siete años, sino que me quedará el mapa, que le podría dar a Albus, ¿y qué regalo mágico tendré para cuando Lily entre?

—Yo pensaré en algún regalo para ella —insistía Ginny, rodando los ojos—. Con la capa y algo de suerte, James será atrapado sólo en la mitad de los problemas que cause.

Hermione se rehusaba a apoyar que le diese cualquiera de los dos. Ron simulaba estar de acuerdo, y cuando ella se giraba, ponía una expresión mortificada y gesticulaba con los labios "James la va a necesitar".

Ya que entre sus propios amigos existían opiniones diferentes, acudió a una última persona.

Draco escuchó sobre la capa y el mapa con una expresión inmutable, mientras secaba al bowtruckle de Altair con una toallita hecha a la medida. Scorpius había jugado con él sin avisarle a su hermano, y se encontraba en ese momento en su cuarto, escribiendo una nota de disculpas para pegar en la puerta de la habitación de Altair. A la pobre criaturita se le cayó una hoja; era un proceso natural y le volvería a crecer, pero eso el niño no lo sabía.

—Así que tenías un mapa y una capa, y podías andar siguiendo a todos en el castillo sin que lo supiesen —Draco bufó—, y luego dices que no eras un acosador.

—¡Que no…!

—¿No me seguías con el mapa? —Arqueó las cejas.

Harry se lamentó de habérselo contado. Ya era bastante malo que supiese de su ligera "obsesión" en sexto, como para añadir que se burlase por el acoso.

—Uno hace cosas muy raras a los dieciséis años…

—Claro, claro. Lo que tú digas, Harry.

Él apoyó que le diese la capa a James, utilizando el mismo argumento de Ginny, además de un "¿no te metiste en problemas tú usándola? No seas hipócrita negándole algo que tú también hacías".

A mediados de agosto, Harry abrió el baúl y sacó la capa. James lo abrazó fuerte y le prometió que la iba a cuidar muy bien, no la dejaría ensuciarse, y que siempre la llevaría a casa en vacaciones.

—¿Por qué no me prometes no hacer un desastre? —indagó Harry, con divertida resignación.

Su hijo mayor sólo sonrió más. Era su culpa; convenció a Ginny de ponerle el nombre de dos Merodeadores. Ella sugirió que se llamase Gael.

Después de obtener la capa de invisibilidad y arreglar los detalles de lo que fuese que planeaba con los gemelos Scamander, la prioridad de James era el Quidditch. Un día, en broma, alguien en un almuerzo en La Madriguera comentó que si Harry fue el jugador más joven del siglo, James seguramente podía serlo del "nuevo siglo".

Él se lo tomó bastante en serio y Ginny lo apoyaba al cien por ciento, así que a cuatro días de llevarlo al andén, Harry se encontró en una casa vacía. James estaba con su madre, Albus y Lily en La Madriguera, pasando tiempo con sus primos y animando a Molly, que no paraba de decir que todos ya estaban muy mayores. Los tres regresarían en dos días más, para preparar baúles y que pudiesen estar con James antes de que se fuese.

Harry, quien ya apreciaba las ventajas de algo de tiempo para sí mismo más de lo que creyó que llegaría a hacerlo, descubrió que también existía una terrible desventaja que desconocía hasta entonces.

Sentado en su cama, se le ocurrió que Albus se iría en dos años más a Hogwarts, y Lily en otros dos. Para cuando ella entrase al colegio, James tendría unos catorce años. En tres más era legalmente un adulto en el mundo mágico.

Cuando James fuese un adulto, casi de inmediato le seguía Albus. ¡Y Lily! ¡Su Lily!

Lily hablaba ruso gracias a Draco y todavía coleccionaba vestidos y coronas, ¡y quería derrotar magos oscuros! ¡¿Y si luego pensaba que estaba muy mayor para todo eso?!

Ya no se despedía con tres abrazos cuando la llevaba a la escuela, sólo con uno. ¿Cuándo sería el día en que ni siquiera le daría ese?

Y ni hablar de Albus. ¡Albus cocinaba! Aprendió con recetarios, ¡¿por qué un niño de nueve años aprende a cocinar con recetarios, sin que alguien se lo pida?!

Harry se torturó con esta clase de ideas alrededor de media hora, antes de ir por papel y pluma, y escribir una nota que envió con un hechizo que la desvanecía y llevaba, mientras el destinatario no estuviese fuera de cierto rango.

Recibió respuesta minutos más tarde, cuando su mente ya se preguntaba a qué Casa iría Lily, y la nota apareció en su escritorio. Con la respuesta afirmativa que necesitaba, Harry fue por una botella que guardaba en un armario bien sellado de la cocina, y tomó la chimenea, rumbo a una casa de cuentos de hadas en una comunidad aislada de la ciudad.

Draco lo esperaba en el umbral que daba a la sala, con el hombro recargado en la pared y los brazos cruzados. Harry se quitó el hollín con un hechizo no verbal y adoptó su expresión más lastimera. No fue difícil, con el tipo de ideas que tenía.

—Crisis de nido vacío —alegó, muy serio. Todo era culpa de los estúpidos folletos de paternidad que Hermione le dejaba leer. Incluso tenía uno para la "crisis de nido vacío", versión Hogwarts, para cuando los enviaban al internado.

—Tienes tres hijos, Potter, y el mayor sólo tiene once —Draco arqueó las cejas, pero lo invitó a sentarse con un gesto.

Harry le enseñó la botella que sostenía entre las manos. Ambrosía. Se la había comprado a un duende que trabajaba con Bill.

—Mi influencia sobre ti ha tenido sus buenos efectos —dijo Draco, dándole el visto bueno a la bebida. Fue por los vasos en su repisa secreta y regresó al cabo de unos segundos; en la nota, Harry le preguntó si los mellizos estaban en casa, y ya que le dijo que pasarían la noche con Astoria, era "terreno seguro" y le pidió que sirviese el vaso completo—. ¿Recuerdas lo que te dije que pasaría si te bebías un vaso o más?

Harry asintió e insistió en que lo sirviese. Él se encogió de hombros y lo hizo.

—No voy a recoger a héroes de guerra ebrios que no puedan caminar por su cuenta —advirtió Draco, mientras se servía su propio vaso a la mitad. Se sentó en el sofá, junto a él, y lo sostuvo para un brindis.

—¿Me dejarías tirado en el suelo de tu sala?

—¿Te atreves a dudarlo?

No, podía imaginarse la escena. Se le dibujó una pequeña sonrisa, contra su voluntad, cuando dio el primer sorbo. Vio a Draco oscilar la bebida dentro de su vaso, examinándola con ojo crítico, como si fuese un vino.

—Juguemos algo.

—¿Tan rápido te embriagaste? —Draco lo observó de reojo, con una cautelosa curiosidad.

—Necesito distraerme —repuso Harry, en tono suave.

—No había notado que me hubiese convertido en tu bufón personal, Potter.

Draco elevó apenas las cejas y él rodó los ojos.

—¿Ensayas esas cosas frente a un espejo, o el dramatismo es sólo parte de tu esencia?

—Es un arte que toma años dominar —replicó Draco, tras un carraspeo y soltarse la corbata que usaba. Harry supuso que había llegado recientemente de alguna parte y vio cómo la colocaba extendida sobre el reposabrazos, antes de fijarse en él—. Está bien, ¿qué quieres…jugar?

—No sé, alguno de esos juegos con bebidas- de esos en que tomas un trago por ciertas cosas- —Harry gesticuló con su mano libre y titubeó—. ¿Alguna vez jugaste uno?

—Por supuesto.

—¿En las fiestas de Pansy o de adolescente?

—De adolescente —Draco lució extrañado por sus cuestiones—, a Blaise le gustaban esas cosas.

Por la manera en que Harry se limitó a verlo con atención, debió percatarse de lo que ocurría.

—No, no es en serio —Draco arrugó el entrecejo—. ¿Nunca?

—Nunca —Harry asintió—. Es que- ya sabes. Hermione es…es Hermione, y- no digo que los chicos y yo no jugáramos, lo hicimos, con grageas de sabores y…pero después llegó el torneo, me trataron raro, y luego Voldemort, y algunos no me creían, y…y nos distanciamos —Se encogió de hombros—. Mis prioridades eran otras, todo sucedía demasiado rápido, y siempre estuve muy perdido.

—Pero debiste tener tiempo en algún momento. La última vez que jugué con los chicos fue…fue antes de que acusaran a mi padre de…—Draco adoptó una expresión de disgusto, como si hubiese tenido un mal trago—. Sí, olvídalo. Adolescencia difícil, lo entiendo. Muy bien, Potter —Se enderezó, rellenó su vaso al tope y los sorbos que Harry había dado al suyo—, podemos hacer esto de modo normal, o del modo en que estarás feliz de no recordar mañana.

Harry contuvo una sonrisa, y se acomodó de lado, con las piernas flexionadas, para quedar de frente a él.

—El segundo.

—Respuesta digna de un Gryffindor, ni siquiera sabes cómo es la resaca de la ambrosía —Se burló Draco—. De acuerdo, pues esto es lo más básico: tú me dices un secreto o una anécdota, algo rarísimo, perturbador o muy, muy vergonzoso, y yo te digo otra. El peor toma un trago. Ten confianza, dudo que recordemos algo mañana, y el que tenga una peor resaca será el que perdió e invitará el desayuno.

—Me parece justo —Harry se mordió el labio un instante—. ¿Y si comienzas tú? Digo- para hacerme una idea…

Draco exhaló algo sospechosamente similar a un "Merlín me libre de recordar esto".

—Severus Snape me dio "la charla".

—¿Qué…? Ah. ¡Ah! —Harry emitió un sonido de disgusto y luego un ruido que pudo haber sido una carcajada reprimida—. No puedo imaginarme eso…

—Bueno, para que tengas todos los detalles: yo acababa de cumplir catorce, me parece que mi madre notó que prestaba demasiada atención a un primo de Blaise que jugaba Quidditch con nosotros ese verano. Tú has visto a mi padre, él no me hablaría del tema, y mi madre pensó que me sentiría más cómodo charlando con otro hombre —Draco se encogió de hombros—. Severus me dio un libro y me dijo que si tenía preguntas me las callase, pero me pasé unas horas en su casa y no le quedó de otra que responder mis muchas, muchas, muchas, preguntas.

Podía imaginar perfectamente la expresión de Snape, su rostro que advertía que odiaba al mundo en general en ese instante, frente a un joven y curioso Draco.

—Lo siento, no debería reírme-

Draco le restó importancia con un gesto.

—Tranquilo, yo me reiré de cualquier cosa ridícula que hayas hecho, es parte del juego.

Harry vaciló entonces. Vio su vaso, luego a Draco, e intentó hurgar en sus memorias por algo que se equiparase a la idea de Severus Snape hablándole de sexo a un adolescente.

No, no se le ocurrió nada. Le enseñó una expresión de disculpa.

—Ahm- cuando- cuando tenía unos diez años, mi primo escondió mi ropa, y tuve que perseguirlo por la calle desnudo para que me diese al menos una prenda —Harry se encogió de hombros.

—Hijo de puta, ¿cómo es que nunca se me ocurrió eso? —espetó Draco, frunciendo el ceño—. ¿Te lo imaginas? Un Harry Potter de quince años corriendo desnudo por el campo de Quidditch, Blaise y yo pudimos estar sobre las escobas con tu ropa. Hubiese sido una oportunidad única.

Cuando Harry comenzó a quejarse, él se rio y esquivó el manotazo sin fuerza que intentó darle. Draco le guiñó. Medio segundo más tarde, eran los dos los que se reían, y Harry se sentía menos tenso.

—Creo que Severus sigue ganándole a eso, ¿estamos de acuerdo? —Harry asintió, así que él bebió un trago—. Bueno, a ver…

Poco tiempo después la ambrosía fluía al mismo ritmo que las palabras. Luego de la primera, el resto aparentaba ser tan sencillo.

—¿Sabes cuando los niños le dicen "mamá" por accidente a una maestra? —preguntó Draco en una ocasión. Aguardó su asentimiento para proseguir:—. Pues yo se lo dije a McGonagall. Dos veces. ¡Estaba en primer año y ella me estaba regañando! En una creo que le dije algo como "sí, mamá" y pude disimularlo como una burla, pero la segunda…

—Hey, por fin una ventaja de no tener padres, eso jamás me sucedió a mí —Harry se escondió tras su vaso, como si no pudiese verlo reírse.

Poco a poco, también desenterró algunos eventos de los que no hablaba con nadie.

—Bueno, cuando terminó la guerra, yo todavía no- —En otra oportunidad, Harry comenzó a gesticular, a falta de palabras que no lo hiciesen sonar más absurdo de lo que era.

—Eras extra virgen, sí, sí, lo entiendo, no le des tantas vueltas.

Él se ruborizó un poco. Y aún no decía lo peor.

—Pues, la primera vez que…

—Harry, por Merlín.

Harry le pidió un momento, dio un sorbo a su vaso para animarse, y continuó, más fluido.

—La primera vez que me hicieron una mamada fue en La Madriguera, la casa de los Weasley. Sí, mala elección de sitio, no quiero comentarios al respecto —Lo interrumpió, apenas vio a Draco abrir la boca—. Estábamos celebrando, alguien sacó un par de botellas de whisky de fuego, nos pusimos calientes y nos metimos a uno de los cuartos. Por esos días, George estaba probando un artículo de camuflaje para hacer bromas sin que las personas en la habitación se enterasen…

—¿Y se reveló cuando estaban en eso?

—Ojalá —Casi lloriqueó Harry—. El idiota no dijo absolutamente nada, hasta que nos encontramos afuera un rato más tarde.

Draco le indicó que tomase su trago.

—No tengo nada que se compare a un Weasley voyeur viendo tu pene en la boca de su hermanita, Potter.

—¿Acaso dije algo sobre que fuese Ginny quien la hacía?

Él arqueó las cejas. Draco dio un sorbo, lentamente, a su bebida.

—Yo le llamo a eso "fetiche por los pelirrojos" —mencionó, en un tono tan solemne que Harry estuvo a punto de estallar en carcajadas—. Bien, me has sorprendido, lo admito. San Potter no era tan santo.

Harry se bebió su trago entonces. Notó que Draco adoptaba una expresión mortificada, y supo que estaría agradecido de no recordar lo que venía, cuando habló.

—A mis padres les gustan las esposas, y estoy casi seguro de que es mi padre quien las usa —Draco reprimió de forma mal disimulada un escalofrío de disgusto—. Cuando tenía unos doce años, un día de verano que andaba enfermo, me desperté temprano y el elfo no me detuvo, así que llegué al cuarto de mis padres. Mi madre estaba en el baño, con la puerta cerrada, y gracias a Merlín, mi padre usaba la bata de seda que se ponía encima del pijama, pero ignoró por completo mis preguntas sobre las esposas mágicas que tenía colgando de la cabecera de la cama a un lado. Unos tres años después, no sé por qué, lo recordé, y me traumé.

—¿Estás seguro de que eso no compite con el exhibicionismo no intencional? —argumentó Harry, con expresión entre asqueada y divertida—. Ugh, acabo de recordar una vez en que mi tía Petunia…

Alrededor de cinco rondas más tarde, se pasaron un rato debatiendo una de las anécdotas de Draco, mientras Harry servía lo que sería el segundo vaso de ambos.

—Pero, en serio, ¿cómo es posible que te hayan confundido así? —insistía, entre risitas. Draco le había dicho que, en el Mundial de Quidditch de 1994, las Veelas del equipo de Bulgaria creyeron que era una pequeña Veela perdida y le dieron ropa para que se cambiase y saliese a animar con ellas. Con especial énfasis en "pequeña".

—Mi belleza natural —Draco agitó su cabello de forma melodramática y se encogió de hombros—. Menos mal que mi padre se acercó de una vez y les dijo que yo no era una Veela, ni una animadora, ni una niña.

—No creo que te vieses como niña a esa edad. Eras…—Cuando Harry no encontró la palabra adecuada, bebió de su vaso—. Pensándolo bien, sí parecías una Veela, ¿sabes?

Draco se apoyó en el respaldar del asiento, también girado hacia él, y arqueó una ceja.

—¿Me estás diciendo que tengo un atractivo irresistible?

—Ya quisieras —replicó Harry, enseñándole una sonrisita.

—Eso fue lo que yo escuché.

—Pues no fue de mis labios.

La manera en que Draco observó sus labios por un instante activó algún tipo de alarma dentro de Harry. Bebió otro trago y fingió que aquello no había pasado.

Para su pesar, no tuvo demasiada suerte en sacarlo de su cabeza. A medida que el juego avanzaba y las anécdotas eran arrojadas al espacio entre ellos, el alcohol seguía en aumento, las risas se combinaban, y había un par de toques que atraían la mirada y atención de Harry, de forma inevitable. Roces como el pie de Draco contra su pierna cuando cambiaba de posición, sus dedos jugueteando en lo alto del respaldar cuando ambos flexionaban el brazo sobre este, sus rodillas entrechocando cuando uno se quejaba de las palabras del otro.

Qué cerca estaba.

Qué linda era su voz. Y qué bien se veía.

Y cuando Draco observaba su rostro por demasiado tiempo y luego adoptaba una sonrisita torcida, o se fijaba en sus labios, algo dentro de Harry despertaba y se sacudía, reaccionando a llamados que no se esperaba.

Creyó que lo tenía bajo control. Llevaba meses con esa impresión de que no era grave, no importaba. No era para tanto. Esas emociones no crecerían.

—Tengo una buena —comentó Draco, carraspeando al reacomodarse. El toque en su pierna, el roce en sus dedos. Harry moría un poco por dentro, como si aquello jamás le hubiese sucedido, como si fuese un adolescente todavía—, creo que te dará un pequeño ataque cuando me oigas.

Harry se percató de que tenía la boca seca y bebió de su vaso. Draco observó uno a uno sus movimientos.

—¿Sí? ¿Qué es? —indagó, con un hilo de voz.

—Los Slytherin practicábamos duelos a escondidas en quinto año. Un día, Theo quería que utilizase mis mejores hechizos, y decidió usar una poción multijugos y convertirse en alguien con quien sabía que me batiría a duelo con toda mi fuerza —Draco lo abarcó con un gesto. Harry hubiese preguntado de dónde consiguió su cabello para la poción, sino hubiese sido por sus siguientes palabras:—. Sucedió algo muy interesante, ¿sabes?

Ese tono sugestivo lo hizo estremecer. Quería saber.

—¿Qué cosa?

—Teníamos un increíble duelo, cuando nos acercamos demasiado, y de algún modo misterioso, terminamos en el suelo besándonos —explicó Draco, despacio—. Y eso no es todo. Desde ese día, durante un par de meses, cada vez que te veía en los pasillos y nos peleábamos por lo que fuese, una parte de mí decía "maldícelo" y la otra gritaba "bésalo".

Oh.

Entonces Harry se percató de dos detalles igualmente curiosos. Primero, la resequedad de su boca no se quitaría con ambrosía, por mucha que bebiese, y si no respiraba pronto, Draco se daría cuenta de que estaba un poco afectado.

Lo segundo, lo más sorprendente, fue que pensó en ese cretino de quince años que era Draco, y notó que si lo hubiese besado a mitad de una de sus disputas, lo más seguro era que lo hubiese mordido, y terminase siguiéndole la corriente para demostrarle que no lo acobardaba.

Draco oscilaba la bebida restante en su vaso, con cuidado.

—¿Nada que decirme a cambio, Potter? Así no va el juego.

—Debiste haberlo hecho —contestó Harry en su lugar, inclinándose más cerca.

—¿Sí? —Draco elevó las cejas, de una forma casi cortés—. Nos odiábamos.

—No, no nos aguantábamos —Harry sonrió a medias—, pero viéndolo en perspectiva, podríamos haber pasado de maldiciones a besos en cualquier momento…

—Quizás tendrías que haberlo hecho tú.

Esos ojos grises miraban directamente a los suyos. Era, de cierta manera, una escena familiar. Miles de veces estuvieron enfrentándose así cuando eran un par de adolescentes que se peleaban por cualquier tontería. Draco fue el único mago de su edad que no se acobardó ni apartó la mirada en al menos una ocasión.

¿Por qué lo haría en ese momento?

Aquel era su verdadero juego.

—Necesitaba un poco de tiempo para saber que lo quería.

Harry no esperó una respuesta. Acortó la escasa distancia que todavía existía entre ellos, llevó su mano libre a la parte de atrás de la cabeza de Draco, y tiró.

Sus labios se encontraron como si hubiesen estado esperando por demasiado tiempo y sintió el sabor de la ambrosía en su lengua. Draco le rodeó el cuello con un brazo, lo mantuvo cerca, y Harry perdió la compostura, si es que todavía le quedaba un resquicio de esta, cuando notó que lo empujaba hacia atrás. Se rio contra su boca, empujó de vuelta para tumbarlo en su lugar, y comenzaron a batallar por el control sobre el otro de ese modo tan particular.

Ni siquiera supo a dónde fueron a parar los vasos o qué sucedió con los restos de la bebida. No sentía que pudiese separarse de su boca ahora que la había probado. Mucho menos sin haber ganado en su pequeña contienda.