Wizdad
Sumario: Harry Potter no tenía nada resuelto en su vida. Si James no causaba un problema, entonces Albus estaba de mal humor. Si Albus no parecía un grumpy, Lily tenía una rabieta. Cuando creía que podría tener un descanso, debía ir al Departamento de Aurores. La mayor parte del tiempo no tenía idea de qué estaba haciendo, o qué tan bien lo hacía. Agregar a Draco Malfoy y unos mellizos sólo lo haría más divertido.
Género: Romance/Family/Humor.
Claves: Drarry EWE. Fluff, familias Potter-Weasley y Malfoy-Greengrass. Shipps variados.
Disclaimer: Si HP fuese mío, esto sería canon. Ya que no lo es, saben lo que significa.
Pecas
Harry iba a invitar a salir a Draco.
Tuvo un par de conversaciones largas y profundas con sus amigos, mientras comían unos emparedados que Ron intentaba copiar de la receta de su madre. Hermione se había rendido un poco antes, pero él insistía en que podían lograrlo. Y de pronto, se le ocurrió que quizás le gustasen a Draco.
Podía pedirle que fuese a su casa en un "fin de semana de Ginny" para que estuviesen solos, cocinar para él, y llamar a eso una "cita".
Cuando se lo mencionó a sus amigos, Hermione se entusiasmó y comenzó a proponerle platillos que podía preparar. Ron le dijo que llevase unas raciones de pastel de Molly.
—El pastel de mamá te puede salvar si lo demás falla —alegó, muy serio.
—Créele —susurró Hermione, inclinándose hacia Harry para que su esposo no la oyese—, la última vez que Ron quiso prepararme una cena romántica, lo único que sobrevivió era el pastel de Molly.
—Aunque puedo enseñarte unas recetas, si quieres —añadió Ron después. Hermione, junto a Harry, meneó la cabeza y gesticuló "dile que no si quieres una segunda cita un día" con los labios.
Así que a mediodía del día siguiente, cuando fue por los niños a la escuela, se quedó unos minutos extra viendo a Lily contarles una historia sobre algo sucedido en clases a Albus y los Malfoy, hasta que Draco arribó por una de las chimeneas. No llevaba túnica por encima de la ropa, y Harry se pasó unos segundos más de lo necesario mirándolo.
Pensó que debería haberse arreglado más para preguntárselo. Y se acobardó.
Draco saludó a los cuatro niños, le ofreció las manos a los mellizos, y se fijó en Harry un instante, con una expresión extrañada. Tal vez porque Harry llevaba casi dos minutos en completo silencio y ni siquiera le respondió.
Primer intento fallido.
El viernes de esa semana decidió relajarse, invitarlo a una simple comida en un restaurante. Nada formal, nada de nervios. Montones de veces fueron a tomar un café después de dejar a los niños en la escuela. No era diferente, se decía, no era diferente, claro que no.
Draco tenía un poco de prisa. Realizó su inspección rutinaria del uniforme de los mellizos, se aseguró de peinar bien a Scorpius, y le pidió a Altair que no enviase a Feroz a jalar de las orejas de otro niño. Sí, incluso si ese niño era molesto. Y no, no podía jalarle él las orejas.
Suspiró en cuanto los niños ingresaron al salón. Harry habló deprisa para no perder el valor.
—¿Quieres ir a…?
Y lo perdió.
Draco se ajustó el cuello de la túnica y lo vio de reojo, vacilante.
—¿Dijiste algo, Harry?
Negó, tenso.
—Bueno, tengo que ir a comer con Pansy y me va a matar porque voy tarde —Se dedicó a arreglar las mangas de su camisa por un segundo. Luego reparó en él otra vez—. ¿Quieres venir con nosotros? Hablará mucho, querrá convencerte de que le des una entrevista exclusiva, y seguramente insinuará que tiene a una amiga para ti, pero Pansy invitará la comida —Y se encogió de hombros, como si aquello fuese razón suficiente para tolerarlo.
Segundo intento no del todo fallido. Ni exitoso.
Durante el fin de semana, desayunó en casa de Ginny, a unos metros de los niños que parecían tramar algo. Los dos dividían su atención entre adivinar qué decía Lily, mediante sus gestos, y su propia charla.
—Tal vez sólo debas preguntarlo sin tanta planeación- digo, ¿cuándo has planeado algo que salga bien? —Ginny se rio—. Simplemente ve y dile que quieres salir con él, ¿qué es lo peor que puede pasar?
Me va a decir que no, pensó Harry.
Visitó la Mansión Malfoy de nuevo ese mismo día, por la tarde. Draco conversaba con Kreacher acerca del diseño que quería en los costados de los estantes para su biblioteca. Ya había elegido la pintura de las paredes y la madera de las mesas.
Harry aguardó unos segundos, lo observó hablar en ese tono firme y suave que tenía, llevar a cabo unos gestos tan Draco, como apretar los labios cuando algo no le gustaba, o arquear una ceja. Y cuando estaba por decírselo, cuando Kreacher acababa de esfumarse y tenía esos ojos grises sobre él, la chimenea estalló y alguien entró a la sala a medio remodelar.
—Necesitas acomodar tu flu, Draco. Que sea un poco más amable con tus invitados no te mataría…
—Eso es porque no te invité, Blaise —replicó Draco, cruzándose de brazos—, tienes suerte de que las viejas barreras te reconozcan.
—A veces hasta me sorprendo de lo buen amigo que eres —Blaise se detuvo, a unos pasos de Draco, cuando notó la presencia de Harry—. ¿Y San Potter sí está invitado?
—Sí.
Blaise fingió un sonido de sorpresa y volvió a ver a Harry. Sólo que, en esa ocasión, fue una ojeada de pies a cabeza, que le hizo pensar en la que le daba algún mago de la prensa cuando creía que le regalaría la noticia de su carrera.
Esbozó una lenta sonrisita y Draco levitó un pergamino de muestras hacia él, empujándolo contra su cara.
—Ni se te ocurra ponerte coqueto en mi sala, por amor a Merlín, Blaise, ten algo de decencia.
—¡No me diste tiempo de activar los hechizos de encanto! —espetó Blaise, quitándose el pergamino de encima y frunciendo los labios de un modo quejumbroso—. Incluso a ti te gusta cuando-
Draco volvió a estampar el pergamino en su cara. Harry deseaba que se lo tragase el suelo recién instalado de la Mansión.
Tercer intento fallido.
El lunes de la siguiente semana no tuvo más suerte. Astoria fue a buscar a los niños a mediodía, y en tono confidente, le contó que Teddy le había organizado una "cita" a Draco con uno de los profesores de la Academia de Medimagia a la que quería ingresar.
Mal. Su siguiente intento fue cuando se lo topó en una visita al parque; Albus fue a ver a los patos, Lily quería jugar Quidditch, Scorpius cuidaba que Altair no se cayese de un árbol, y cuando Harry le preguntó a Draco si quería ir a algún lado, este no lo entendió en el mismo sentido. Terminaron comiendo helado, mientras Lily les explicaba la importancia de saber volar en una escoba para alguien que pensaba cazar magos oscuros cuando fuese mayor. De nuevo, mal.
A lo largo de esa semana, Harry fue acompañante en una tienda muggle de muebles, pasó por el local principal de Sortilegios Weasley para buscar unos paquetes con Draco, e incluso le mostró una de las famosas tartas de Molly, en La Madriguera, pero para fines prácticos, ninguno de ese eventos contaba como una "cita".
Alrededor del jueves, Harry consideró comenzar por explicarle lo que sentía, antes de invitarlo a salir.
Ginny se carcajeó cuando se lo insinuó.
—¿Cómo podría no haberse dado cuenta? Si hasta Fleur me preguntó si ahora salías con ese- —Se calló de repente y frunció el ceño—. Oh, mierda. No- él debería saberlo. Me refiero a que…vaya. A lo mejor no lo sabe, tienes razón. Son un par de tontos.
Tuvo la misma conversación con sus dos mejores amigos. Hermione, que revisaba unos formularios para la escuela, alzó la cabeza con el entrecejo arrugado.
—Harry, yo creí que ya se lo habías dicho.
Ron, que intentaba descubrir cómo rearmar un tren de juguete de Hugo en que no podía usarse magia, hizo una pausa y exhaló.
—Sí, amigo, yo también pensé que se lo habías dicho.
—O que él lo habría notado y habría preguntado algo —agregó Hermione, vacilante—, porque, bueno, es muy obvio, pero…
Su última conversación al respecto fue con Astoria. Buscó a los mellizos en su casa, después de que hubiesen pasado una tarde con sus hijos, y en un momento a solas que tuvieron en la cocina, Harry no pudo evitarlo y le preguntó al respecto; después de todo, era la única persona que conocía que estuvo con él. Pansy no contaba, ella le confesó que fue una farsa para sus padres cuando aún estudiaban.
—¡¿Te gusta…?! —Se interrumpió con un gritito, y al instante, Harry era abrazado—. Te gusta, te gusta, te gusta, ¡lo sabía! ¡Se lo pregunté! ¡Y él me dijo que no tenía idea de qué le estaba diciendo y yo pensé "quizás estoy viendo algo donde no hay nada…", pero sí hay! Sí lo hay, sí lo hay, sí lo hay-
Astoria lo zarandeaba en medio de su abrazo y Harry temía que los niños se acercarían en cualquier segundo y querrían saber lo que pasaba.
—Astoria, Astoria —Intentó calmarla, sosteniéndole los brazos—. ¿Me puedes contestar lo que te pregunté…?
Ella dejó escapar un débil "oh" y se apartó lo suficiente para encararlo. Adoptó una expresión más pensativa entonces.
—Draco no es exigente en lo que se refiere a citas —Frente a su mirada incrédula, soltó una risita—, sí, ya sé que da la impresión de que te dirá que sino es un restaurante exclusivo, ni se te ocurra insinuar que va a comer allí, pero es más…¿cómo te lo explico? Sus padres solían llevarlo a esos lugares, ¿comprendes? Draco cenaba en la misma mesa que el Ministro cuando tenía ocho años; si lo llevas a un sitio como ese, se comportará, sostendrá la charla y te agradecerá apropiadamente. Pero eso no es una cita para él. No es especial.
Harry titubeó. Luego la escena de la renovación de la sala de té de la Mansión acudió a su mente, Draco inclinándose hacia él y preguntándole qué creía que le gustaría. Su corazonada fue correcta aquella vez. Esta igual; debió seguir con el plan de cocinar para él y mantener la sencillez.
—Preocúpate por los detalles, y por recordar las cosas —decía Astoria, concentrada en repasar sus propias memorias—; te sorprendería lo feliz que lo hace que alguien recuerde lo que dijo, incluso si no fue algo importante. ¡Ah! —exclamó, de pronto, dando un saltito—. ¿Sabes qué le encanta? Volar. Draco es muy considerado conmigo para decírmelo, pero creo que, en el fondo, siempre lo decepcionó que yo no disfrutase de los paseos en escoba tanto como él, ¿sabes? Algunas noches sólo- se ponía a volar en círculos por el patio cuando los niños dormían. Yo lo miraba desde abajo y me preguntaba qué le pasaba, pero supongo que fue una de esas cosas que nunca entendí de él.
—¿Fueron muchas?
Harry lo cuestionó sin darse cuenta. Se arrepintió casi de inmediato, aunque Astoria lucía bastante tranquila a pesar de eso.
—¿Las veces que no lo entendí? No, me gusta pensar que no fueron tantas, ya sabes cómo es- —Astoria se encogió de hombros—. Algunos días era como tocar una puerta cerrada, no siempre iba a dejarme entrar, y entender eso también tiene su importancia, Harry.
—Lo sé.
Sólo al oírse a sí mismo, se percató de que era cierto. Lo sabía. Aunque no todos los días supiese lo que pasaba dentro de su cabeza al verlo, quería la oportunidad de intentarlo.
Astoria lo observó por unos segundos, antes de sonreír. Podía escuchar los pasitos de los niños corriendo en su dirección; no tardarían en llegar.
—Te prometo que no te arrepentirás de haberlo invitado —Sujetó una mano de Harry para darle un leve apretón, y justo cuando estaba por soltarlo, agregó un divertido:—. Solía pensar que tenía "algo" contigo, no en ese sentido, es- es como si tú hubieses sido una constante en su vida, algo que se le quedó grabado en la cabeza. Pero, para serte sincera, ahora que lo pienso…me doy cuenta de que, después de cierto día, nunca volvimos a hablar de ti, hasta que se hicieron amigos. Y luego ya no se detuvo.
Lily fue la primera en irrumpir en la sala, gritando que Albus le había pisado el vestido nuevo de Anastasia. Albus exclamaba que no era cierto, Scorpius intentaba calmarlo, y Altair le preguntó a su madre si ya se iban.
Harry no paró de darle vueltas a esa conversación durante el resto del día.
Draco hablaba de él.
Le gustaba esa idea.
—0—
Para su sorpresa, Draco se le adelantó cuando se encontraron al día siguiente.
—¿Cómo vas con lo de ayudar a Granger en la escuela? —indagó, dándose la vuelta en cuanto los niños entraron al aula.
—Bien —Harry le respondió por reflejo, y ante la mirada escéptica que le dirigió, añadió, más bajo:—. Hermione dice que sabe que puedo enseñar muy bien, pero no está segura…
—¿De qué? —Draco frunció el ceño— ¿acaso hay un representante lo bastante idiota para no querer que tú le enseñes a sus hijos?
Harry casi sonrió, cohibido.
—El entrenamiento de Auror no es precisamente igual que una carrera de maestro para pequeños niños con magia, Draco. Los niños tienen necesidades que no cualquiera puede cumplir al enseñarles.
—Si pudiste enseñarle a Longbottom, puedes enseñarle a unos niños —Draco le restó importancia con un gesto—; son prácticamente lo mismo.
Él lo codeó, en señal de reprimenda. Se detuvieron en el área de las chimeneas, una versión reducida y más agradable del Atrio del Ministerio.
—Como sea, Hermione cree que puedo dar una clase corta de introducción a la magia con ella, explicar algunos conceptos a los nacidos de muggles y mestizos que no lo tengan tan claro como los sangrepura, y dependiendo de cómo salga, pedirá un permiso en el Ministerio para que entre a la capacitación y pueda ayudarla en la escuela al mismo tiempo…
—¿Para qué se necesita el permiso? —Draco lucía estupefacto. Él contenía la risa.
—Para que yo pueda enseñar en un salón con niños menores de once años que tienen varitas de práctica.
Lo escuchó resoplar.
—Dudo que a Dumbledore se le exigiesen permisos para sus profesores alguna vez, o no habrían estado, no sé, ¿intentando matarte?
—De hecho, los permisos para enseñar a niños con magia también forman parte de la iniciativa de Hermione —aclaró Harry, que intentaba no empezar a reír por la idea de un Quirrell con sus dos cabezas tramitando un permiso en el Ministerio.
—Bueno, eso tiene más sentido —Draco hizo una pausa frente a una chimenea, después de coger un puñado de flu—. Potter, ¿tienes algo que hacer justo ahora?
—Hay un par de cartas de McGonagall esperándome en casa, pero no es urgente —Ya que Draco lo observó con un deje de preocupación que lo enterneció, explicó:—. James está bien, ella sólo quiere saber por qué vuela todos los días junto a la ventana de su oficina.
Draco apretó los labios por unos segundos.
—¿Tú sabes algo de eso? —inquirió Harry, cuando sus hombros ya comenzaban a sacudirse por el sonido contenido.
—Puede que le haya contado de cómo gracias a mí fuiste el jugador más joven del último siglo —Se encogió de hombros con practicado desinterés y observó el flu en sus manos. Entonces, más decidido, sostuvo la mano de Harry, ahuecó su palma, y los dejó allí. Tomó otro puñado para sí mismo—. Si no estás ocupado, sígueme.
Él le guiñó antes de ingresar a la chimenea y a Harry se le olvidó preguntar a dónde iban. Dio exactamente la misma dirección que Draco y rogó porque hubiese escuchado bien y la red flu hiciese el resto.
Salió trastabillando de otra chimenea y sostuvo una mano pálida, con varios anillos, que le ofrecieron. Era Draco. Se quitó la túnica al entrar y se encontraban en una habitación estrecha y vacía, a excepción de un conjunto de chimeneas, que debía cumplir la función exclusiva de ser un recibidor.
—¿Dónde…?
—Bienvenido a Laboratorios Malfoy&Weasley —Draco realizó un gesto teatral para abarcar la sala del recibidor. Le brillaban los ojos.
—¿No sería Weasley&Malfoy? —bromeó Harry. Él estrechó los ojos.
—Malfoy&Weasley —repitió el ex-Slytherin, entre dientes—, suena mejor, me da el crédito que merezco, y le dije a George que ni loco trabajaría en algo llamado "laboratorio Weasley", pero siendo justos, no podía ponerle sólo mi apellido porque él también hace su parte. Cosas de socios —Agitó una mano en el aire y lo invitó a seguirlo hacia el pasillo, por el que se accedía desde la única puerta.
Una de las paredes del corredor era de cristal y mostraba la línea de producción; mesones largos de piedra, un par de magos, varios calderos de volumen industrial, ingredientes que levitaban, supervisados en todo momento antes de ser arrojados a sus respectivas mezclas. Del otro lado, sólo halló dos puertas. Draco caminaba con determinación hacia la más alejada.
—Están preparando la dotación mensual para San Mungo —Le indicó, echando un vistazo a través del vidrio—; yo seleccioné las pociones y trabajé en las recetas un poco, para que fuese más sencillo producirlas a gran escala. George está encantado y Ginevra no para de decirle que ella sólo recomienda magos excelentes.
Sí, podía imaginarla diciéndole eso. Draco abrió la puerta y la sostuvo para que él entrase primero a un laboratorio más pequeño; de cierto modo, le recordaba a Hogwarts, las mazmorras, clases de pociones.
Draco eligió una túnica oscura de un armario que tenía junto a la entrada y se la tendió. Harry se percató de que él se ponía una igual sobre la ropa.
—¿Qué? ¿Nos estamos disfrazando de Snape?
—Son medidas de seguridad —Él bufó, con su cabeza rubia brotando desde el cuello de la prenda—, aunque no hay nada tóxico en este momento, mejor póntela y ya.
—¿Es un día de "acompañar a Draco al trabajo y llenarlo de halagos"? —indagó Harry, colocándose la túnica también.
Draco le enseñó una media sonrisa.
—Si no existe ese día todavía, no sé qué esperan para crearlo —alegó, dirigiéndose a la mesa más grande que tenía la sala—, pero no. Te pedí que me siguieras porque quería que fueses tú quien me ayudase con esto.
Harry se aproximó con más cautela. El mesón contenía viales, notas con la letra de Draco, viejos apuntes de Severus con correcciones en los márgenes, calderos con el líquido todavía en su interior, varillas.
—¿Recuerdas cuáles eran mis notas en pociones cuando íbamos a Hogwarts? —preguntó, por si acaso.
Lo vio rodar los ojos.
—Estas no son ese tipo de pociones, Harry —Luego de doblar la manga de la túnica en su muñeca para que no le estorbase, deslizó los dedos dentro de una poción rosa, y le salpicó a Harry. Se echó a reír enseguida—. ¿Lo ves?
Draco giraba la muñeca y le enseñaba la piel escamosa que quedaba debajo de la superficie tocada por la poción; era tornasol y bastante realista. Harry se tocó la cara y cuello, y notó que las áreas alcanzadas por las gotas también se tornaban así.
—Te traje para que juegues conmigo y probemos estas cosas —aclaró Draco, divertido. Y no le dio tiempo de responder, antes de introducir la otra mano en un segundo caldero y arrojar una cantidad mínima de poción azul sobre Harry.
El laboratorio contaba con una pared entera de espejos, supuso que para pruebas como esa, por lo que vio de reojo cómo una de sus mejillas se cubría de una piel azul verdosa, que le recordó a las criaturas marinas del Lago Negro. Para que no pudiese escapar, Harry tomó la poción más cercana, se llenó los dedos de un líquido naranja, y los presionó contra una de las mejillas de Draco. Él intentó girar el rostro y sus dedos le rozaron también la nariz y parte de la barbilla, zonas que pronto se cubrieron de pelaje corto y atigrado, como el de un kneazle.
Harry se empezó a reír de la extraña imagen que representaba, medio humano y medio gato. Estos instantes de despiste fueron utilizados por Draco para inclinarse hacia el mesón, recoger uno de sus tubos de ensayo, y arrojar la mitad del contenido sobre él.
Sólo atinó a alzar las manos para cubrirse el rostro. La piel de sus manos y antebrazos empezó a llenarse de un tono de rosa y puntos amarillos. Draco, frente a él, elevaba la barbilla con esa sonrisa de suficiencia y la mirada retadora que conocía tan bien.
Sacó la varita y Draco hizo lo mismo. Allí comenzó el verdadero desastre. Desviaban salpicaduras, llenando el laboratorio de poción que era absorbida por hechizos de limpieza automática, levitaban viales para sorprender al otro derramándolos sobre su cabeza, los convocaban o lanzaban con mayor fuerza.
Crearon burbujas de poción, hileras que se enroscaban en el aire, pequeñas paredes flotantes contra las que el otro podía estrellarse. Se corretearon en torno a los dos mesones, Draco lo acorraló contra un estante para teñirle la mitad derecha del cabello de verde fluorescente, Harry pasó por encima de una mesa para alcanzarlo al otro lado y derribarlo en el suelo, donde pudo mancharle el cuello y brazos de una poción que producía puntos rojizos y púrpuras muy graciosos.
Los apuntes de Draco permanecían intactos bajo unas barreras mágicas que protegían los papeles, mientras ambos magos se quedaban sin aliento y sus risas se volvían cada vez más ahogadas. Eran un par de torbellinos de color, que siguieron persiguiéndose por el laboratorio, hasta que las pociones escaseaban y Draco recogió todos los viales que pudo entre los brazos.
—No —advirtió Harry, varita en mano, una sonrisa exhausta de la que no era consciente en la cara—, ni se te ocurra-
Draco unió los restos de poción en una burbuja gigante que lanzó en su dirección. Harry la desvió de vuelta y él empujó de nuevo con otro hechizo. Mantuvieron su duelo improvisado de ese modo, desde diferentes puntos de la habitación, hasta que la burbuja cedió a la presión y estalló, liberando varias mezclas en todas direcciones.
Las risas de los dos fueron lo único que les dio a entender que seguían ahí, en alguna parte debajo de la capa de texturas y tonos irreales que cubría la habitación. El hechizo de limpieza no era tan veloz y Draco reapareció en el suelo, sentado, abriéndose paso a manotazos entre unos cuantos centímetros de pelaje rosa sin dueño. Vio hacia donde creía que podía estar Harry, pegado a una pared gracias a una capa de escamas rojas.
—¿Todo bien? —indagó, con la voz distorsionada por la risa.
Harry se soltó de la capa de pintura mágica y se abalanzó en su dirección, con las manos como garras. Draco gritó algo que sonó a una pregunta de si se había vuelto loco. Luego los dos rodaron por el suelo limpiado a medias.
Quedaron tendidos hombro con hombro, jadeando por aire tras la persecución. Draco fue el primero en ponerse de lado, frunciendo el ceño al intentar descifrar lo que era Harry gracias a la pintura.
—Yo diría que eres…una quimera con rayas de serpiente, algunas escamas de dragón y descendencia de tritón con alergia a las algas —se burló.
Harry ladeó la cabeza para verlo también.
—Pues tú eres como una serpiente kneazle con viruela de dragón —Recibió un débil manotazo en el pecho a cambio y se echó a reír con más fuerza—. ¿Sabes? Te queda el rojo…
Draco se llevó una mano a la cabeza.
—Oh, no me digas que…
—Sí, aquí —Harry señaló la parte delantera de su cabeza, que era pelirroja en ese instante—. Y aquí está negro, y esto creo que es azul, aquello se ve de otro rubio…¿para qué tantos colores de cabello? —A medida que hablaba, sus dedos se deslizaban entre los mechones, desordenándole el cabello que ya se había zafado de su agarre usual y le caía hacia el rostro.
—Son pociones de fiesta —aclaró Draco, sin moverse, de manera que Harry continuaba jugando con su cabello—; puedes volverte otra persona o una criatura mágica sólo echando la poción sobre ti, un vial es para el cuerpo entero. Es muy fácil de identificar con hechizos, así que no tiene gran utilidad…sólo cosas como esta —Le tocó la frente a Harry. Supuso que la cicatriz estaría oculta bajo escamas o pelaje de algún tipo.
—Espero que también sea fácil de quitar.
Draco asintió.
—Sólo hay que echar agua encima. Si quieres que resista o dure toda la noche, tienes que aplicarle un hechizo; George va a preparar las instrucciones con las que envolverá el frasco para que todo esto suene más simple.
—Antes no me hubiese imaginado que trabajarías con pociones para fiesta para que uno pudiese parecer un dragón o una sirena…—Cuando los mechones de cabello se deslizaron al fin lejos de sus manos, Harry le rozó el contorno del rostro. Después se apartó y decidió sentarse.
De reojo, lo vio encogerse de hombros.
—No se puede ser aburrido toda la vida.
—¿Ni siquiera si eres un sangrepura? —inquirió Harry, arqueando las cejas.
—En especial si eres un sangrepura —Draco se sentó y resopló—, ¿acaso crees que mi padre no se entretenía con sus pavos? A veces los ponía a competir entre sí. Al vencedor le ponía un listón azul en el cuello y le daba un poco más de comida.
—¿En qué pueden competir un montón de pavos?
Harry intentaba hacerse a la imagen mental sin reír, pero era un poco complicado. Draco le contestó con solemnidad.
—Tenían carreras de diez metros, concursos de belleza de alas y de modales. El de modales implicaba que no picotearan a nadie —aclaró lo último en un tono más confidente, mientras Harry se mordía el labio.
—¿Y tú fuiste juez en esos concursos de pavos?
—Por supuesto —replicó Draco, irguiéndose y alzando el mentón con orgullo—, y era el juez más duro. Cuando mi padre los felicitaba, yo les decía "pavo malo, malo, eres un pavo muy malo".
Draco se puso de pie entonces y le ofreció una mano. Ya que no se soltaron de inmediato cuando Harry también se levantó, caminaron de ese modo, con los dedos apenas rozándose entre sí, hasta una de las paredes desocupadas del laboratorio; el toque de la varita de Draco abría la puerta a un baño donde podrían quitarse la pintura mágica.
—Así que fuiste malvado e irritante desde pequeño, eh.
—Me es natural, seguro quise ser Lord Voldemort, hasta que descubrí lo que la magia oscura le hizo a su cuerpo —Draco se detuvo junto al lavabo y frunció la nariz, un segundo antes de retirarle los lentes a Harry—. El poder no valía perder mi belleza.
—Ni la humildad —Harry rodó los ojos—. Sí sabes que sólo veo un punto de colores frente a mí sin los lentes, ¿cierto?
—No seas llorón, es para que no se mojen cuando te quite la pintura.
Pensó en hacerle alguna broma respecto a él limpiándolo de sus propias pociones, cuando sintió el contacto suave de un pañuelo húmedo contra la mejilla. Retiraba la pintura con toques delicados y Harry podía sentir como se caía, igual que una segunda piel soltándose de su cuerpo.
—Debimos tomar una fotografía —opinó, en voz más baja.
—Otro día —contestó Draco, esa figura colorida en el campo de visión de Harry. Podría haber utilizado el hechizo para ver sin lentes que le permitía cerca de media hora sin dificultades, pero por alguna razón, prefirió sólo quedarse ahí.
Le gustaba esa promesa de que lo harían de nuevo.
—Voy a mojarte el cabello al mínimo con un hechizo y te secaré de inmediato, pero vas a tener que cerrar los ojos…
Harry asintió y lo hizo. Percibió el agua fría contra el cabello, los mechones húmedos, cómo se liberaban de otro peso, el de la pintura. El encantamiento de secado envió aire caliente por su cuello y orejas, y le provocó cosquillas.
—Ya casi vuelves a parecer una persona.
—Tú sigues siendo una serpiente gato, no digas nada sobre cómo me veo…
No existía forma de que no se hubiese dado cuenta. Draco enredó los dedos en su cabello y se aseguró de que la pintura no hubiese dejado rastros. Aún con los ojos cerrados, era consciente de su cercanía por la calidez, la respiración que le golpeó el rostro.
Fue poco más que un roce. Labios contra labios. Harry experimentó una brusca sacudida en el estómago, y cuando estaba por echarse hacia adelante, él ya se apartaba.
Le colocó los lentes de inmediato. Harry parpadeó, aturdido, y al enfocar la vista de nuevo, se encontró con que Draco se lavaba el cabello para quitarse los diferentes colores, con un hechizo que impedía que escurriese el agua hacia su ropa. Lucía tan tranquilo que casi dudó de lo que había sucedido un momento atrás.
Pero sus latidos estaban enloquecidos y todavía sentía un leve hormigueo allí donde sus labios lo tocaron, como una señal, un llamado de atención, para que no lo dejase así.
No lo pensó. Sólo extendió el brazo y su mano alcanzó una de las mejillas de Draco. Él giró el rostro por el agarre. Aunque la humedad del cabello no se dirigía a la ropa, algunas gotas caían por su rostro y lo regresaban a la normalidad; rubio platinado y piel imposiblemente pálida, con retazos de la pintura.
—Me gustan tus pecas —comentó Harry.
Draco arrugó el entrecejo.
—Yo no tengo-
—Sí —Harry utilizó el agua que le humedecía el rostro para limpiarle la nariz y los pómulos con el pulgar, trazando cuidadosos círculos—, en la nariz, casi no se ven. ¿No las has notado? Son como puntitos que te hacen decir "oh, no es del todo pálido".
—Potter, nadie jamás me ha dicho que yo tenga pecas.
—Tal vez nadie más se ha fijado en eso —alegó Harry, encogiéndose de hombros—. ¿Te ayudo a secarte el cabello?
Cuando Draco lo aceptó, dirigiéndole una mirada cautelosa, Harry se colocó tras su espalda y utilizó el mismo hechizo de secado. Aprovechó para jugar más con los mechones entre sus dedos, que se deslizaban lejos sin la menor complicación; su cabello solía enredarse, si no sabía qué parte agarrar, a diferencia del de Draco.
—¿Quieres salir?
Su voz fue fuerte en el silencio que los envolvía, mas lo dijo en un tono conversacional y se felicitó a sí mismo después. Así es, pensaba. Simple, directo.
Qué idiota fue al acobardarse. ¿No era de ese modo como siempre funcionaron las cosas entre ellos? Incluso cuando preferían insultarse, no requería gran protocolo. No tenía que ser diferente de pronto.
—Sí.
—Comounacita —aclaró Harry.
—Sí —repitió Draco, seguido de un bufido.
Terminaron de quitarse la pintura en silencio. Harry no paró de sonreír en un largo rato.
