Wizdad
Sumario: Harry Potter no tenía nada resuelto en su vida. Si James no causaba un problema, entonces Albus estaba de mal humor. Si Albus no parecía un grumpy, Lily tenía una rabieta. Cuando creía que podría tener un descanso, debía ir al Departamento de Aurores. La mayor parte del tiempo no tenía idea de qué estaba haciendo, o qué tan bien lo hacía. Agregar a Draco Malfoy y unos mellizos sólo lo haría más divertido.
Género: Romance/Family/Humor.
Claves: Drarry EWE. Fluff, familias Potter-Weasley y Malfoy-Greengrass. Shipps variados.
Disclaimer: Si HP fuese mío, esto sería canon. Ya que no lo es, saben lo que significa.
Un lugar para dos
—¿Qué te hizo creer que traerme de campamento sería una buena idea?
—Estaba seguro de que no lo habrías hecho antes —Harry se detuvo en lo alto de la pendiente y le echó un vistazo por encima del hombro—, ¿o sí?
—¿Estar a la intemperie, expuesto a los cambios de la naturaleza, sin baño, por voluntad propia? —Draco arqueó las cejas—. ¿Qué piensas que soy? ¿Un wizscout?
Harry se rio y le tendió una mano cuando se aproximó lo suficiente. Por suerte, pese a la expresión que puso cuando se dio cuenta de sus intenciones, Draco sabía llevarle el ritmo de la caminata. Claro que no estaría muy feliz cuando tuviese que usar tres encantamientos distintos en sus zapatos para dejarlos como nuevos.
—¿Eso realmente existe? —preguntó Harry, curioso. No había oído el término antes.
—Por supuesto —respondió Draco, deteniéndose en lo alto de la pendiente, junto a él. Exhaló—, van de campamento a reservas de criaturas mágicas y la mayoría son mestizos.
Hizo una nota mental de averiguar al respecto. A Lily le encantaría ir.
—Ahora —Harry carraspeó y se giró para encararlo—, es cuando tienes que darme tu varita.
Draco se llevó una mano al antebrazo opuesto, cubriendo la manga donde usaba el soporte de la varita. Miró alrededor, al destino de su campamento, y luego a Harry de nuevo.
—Creo que prefiero irme a casa mientras esté en una pieza y sin picaduras de insectos.
Harry rodó los ojos, pero contra su voluntad, sonrió, porque era una reacción predecible.
—Ya llegaste hasta aquí sin usar la varita, Draco.
—Tomamos un traslador.
—Confía en mí, sé lo que hago —insistió Harry, más suave—. Te la regresaré en un rato, después de montar la tienda y cocinar.
Entonces Draco adoptó una expresión tan horrorizada que tuvo que contener la risa.
—¿Piensas cocinar sin magia? ¿Aquí?
—¡Draco! —exclamó Harry, ya sin poder evitar reír—. Sólo confía en mí, en serio. ¿Crees que te traería a un sitio que sé que vas a odiar cuando te pedí específicamente una cita? ¿O que me arriesgaría con algo como esto, si no supiese que lo vas a amar?
Draco tragó en seco y echó otro vistazo alrededor. De pronto, suspiró, deslizó la varita fuera de su manga, y se la dio a Harry.
—No la rompas.
Harry resopló.
—La trataré con el cuidado que se merece, Su Alteza —dramatizó, guardándola en un compartimiento de su bolso, donde también tenía la suya.
—Bien —Draco tomó aire, vacilante—, dime qué es lo que planea tu cabeza demente, Potter.
Él le sonrió, buscó en otro bolsillo de la mochila, y extrajo un paquete que se agrandó al tacto. Una tienda de campaña.
—Así es cómo lo hacen los muggles —indicó, frente a la mirada cautelosa de Draco.
Conforme se lo explicó, sus ojos se llenaron de algo que casi podía llamar curiosidad.
—Es bastante sencillo —afirmó Draco, con una mano bajo la barbilla y la vista puesta en la tienda sin armar—, nada de hechizos para agrandar, ni colchones, ni doseles, ni una cocina en su interior…sólo soportes y tela. Cualquiera puede hacerlo.
Diez minutos más tarde, resultó que no cualquiera podía hacerlo. Ambos contemplaban una cosa que no merecía ser llamada "tienda", con una varilla fuera de su posición, en lo alto, la tela caída de un lado, y demasiado alzada del otro. Cuando una segunda varilla de soporte se elevó y casi los golpeó, Harry se mordió el labio para no carcajearse. Draco veía lo que hicieron como si fuese algún tipo de criatura mágica sin clasificar.
Luego se soltó otro soporte mal puesto y el intento de tienda cedió. Harry estalló en risas, hasta que Draco tomó una de las varillas flexibles y la utilizó para darle una nalgada.
—No te rías, tú no lo hiciste mucho mejor, Potter —refunfuñó, con el rostro rojo.
El principal problema de armar la tienda ni siquiera fue la falta de experiencia, sino que Harry recogió otra varilla, lo "atacó", y empezaron a pelearse con los soportes como espadas, lo que tampoco era muy práctico, por la manera en que se doblaban y agitaban.
Draco presionó la punta de su varilla contra el pecho de Harry y le avisó que estaba muerto. Pero como él no tenía la menor idea de esgrima, no le prestó atención y se lo devolvió, así que acabaron "muertos" los dos.
—¿Intentamos armar la tienda de nuevo? —propuso.
Draco asintió.
—No voy a dejar que esa cosa me gane —determinó, solemne, lo que le dio la impresión a Harry de que en serio lo consideraba una criatura extraña.
Veinte minutos y dos intentos fallidos después, ambos descansaban en el interior de una cómoda, cálida y confortable tienda de campaña, mirando el techo de tela.
—No resistiría la lluvia —decía Draco, pensativo.
—Sí lo hace —respondió Harry, más atento al hecho de que sus dedos casi se rozaban en el espacio entre los dos—, o los muggles se mojarían cada vez que van de campamento. Y le podemos poner unos hechizos para que te sientas más seguro después.
Draco lo vio de reojo.
—¿Así que para eso sí usaremos magia? —indagó, con un deje burlón. Harry se encogió de hombros—. ¿Has acampado muy poco? No estabas tan seguro de cómo armarla.
Para ser honesto, Harry había practicado en el patio de su casa, con una entusiasmada Lily y un extrañado Albus, pero al llegar allí, olvidó cuál era el primer paso.
—Sólo acampé durante un tiempo —explicó, en voz baja—, pero era Hermione quien ponía la tienda.
Tras un instante de silencio, en que se imaginó que Draco comprendía de qué época hablaba, este se movió sobre la manta que tenían por cama improvisada y se acomodó a medias sobre el pecho de Harry.
—Oye —Pareció realmente pensativo por un momento—, ¿y cómo es que los muggles encienden fogatas?
Harry sonrió.
—Busca en la mochila un…
—0—
—…no me parece justo que los muggles usen encendedores para sus fogatas —decía Draco, quizás por tercera vez, mientras prendía y apagaba la llama diminuta de este. Había estado a punto de quemarse antes de cogerle el truco, y ahora ya no fallaba.
—Los magos tienen hechizos de fuego —recordó Harry, rodando los ojos.
—Pero también tenemos hechizos para apagar ese fuego y contenerlo si se propaga, ¿y cómo harían los muggles si incendian una parte del bosque?
Bueno, no lo había visto así. Harry se encogió de hombros.
—Llamar a los bomberos o buscar agua suficiente para apagarlo, supongo —Harry recogió un bocado de lo que se convertiría en su comida cuando estuviese listo y se lo ofreció.
—Entonces todo se quemaría antes de que lleguen —Draco paró de refunfuñar para probar lo que preparaba—. Uhm, está bueno.
—¿Qué dijo, Su Alteza? —Harry elevó las cejas y esbozó una sonrisita burlona, al tiempo que él estrechaba los ojos.
—Que no es lo peor que me he tragado en mi vida.
—Admitir que te has divertido no te va a matar, Draco —mencionó, de pasada, al regresar su atención a la fogata. Acababa de calentar chocolate y comenzó a beberlo, hasta que Draco preguntó por qué no le daba también—. Mimado.
—Testarudo.
—Mira quién habla —Harry se dejó caer a su lado y le tendió otro vaso de chocolate. Atrajo la mochila hacia sí con un accio no verbal y sacó la varita de Draco para regresársela—. Honestamente, ¿ha sido tan malo como para que te quieras ir?
Draco bebió despacio de su chocolate y aceptó su varita de vuelta. Se fijó en la fogata un instante y suspiró.
—No —admitió, en un murmullo. Cuando Harry sonrió, él también lo hizo, adoptando un tono más malicioso:—, mi "yo" adolescente estaría feliz de haberte "matado" con una varilla.
Harry entrechocó sus hombros, en señal de protesta, aunque sonreía.
—Pues a mí me ha gustado pasar un rato contigo —comentó, más bajo—, y estoy feliz de que lo hayas "aguantado".
—¿Por qué elegiste este sitio? —indagó Draco—. Aparte de probar mi escasa paciencia…
—La verdad sonará estúpida…
—Adelante —Draco levitó la jarra con chocolate y se sirvió más—, ¿ves? Hasta me preparo para escuchar la "estupidez".
Harry apoyó ambas palmas en el tronco que usaban como asiento y se fijó en el cielo por unos segundos. Comenzaba a oscurecer. A pesar de la época, no haría demasiado frío en ese sitio; era uno de los detalles que investigó antes de ese día, junto con otro par de cosas que le gustarían a Draco.
—Deben invitarte a salir seguido desde que volviste a ser soltero, no, en serio- viste las encuestas de la revista de Pansy, hay personas a las que les encanta verte desde lejos. Y supongo que, cuando te invitan, piensan que mientras más lujoso sea todo, mejor será tu reacción- y quizás sí te agrade estar en ese ambiente, porque te es familiar y sabes manejarte ahí. Y puede que me equivoque con esto también, pero- —Resopló al percatarse de que se desviaba del tema—. Te has quejado un montón y te reíste hasta que te dolió el estómago cuando una de las varillas de soporte me golpeó; esas no son cosas que hubieses hecho en un restaurante caro de Londres, ni en alguno de esos lugares aburridos a los que pude haberte llevado, si sólo quisiera una charla larga y superficial que después se me va a olvidar.
Cuando bajó la mirada y se fijó en Draco de nuevo, no pudo ponerle un nombre a su expresión. La luz de las llamas brillaba sobre un lado de su cara, Draco lo veía como si no lo hubiese hecho en realidad antes, y Harry se dio cuenta de que le gustaba más de lo que quiso reconocer en los últimos meses.
—Quería darte un lugar donde pudieses gritar de frustración si algo te molestaba, y reírte a carcajadas de cualquier tontería —musitó—, sin presiones tontas y sabiendo que no importa si no te contienes y no eres un ejemplo de comportamiento, porque sólo estoy yo, y ya conozco cuál es tu peor lado. Pero, aun sabiéndolo, te quise invitar y te traje a un lugar en medio de la nada.
Tras un momento, Draco masculló algún tipo de maldición y dio otro sorbo a su chocolate. Luego, lentamente, puso su cabeza en el hombro de Harry.
—Fue muy divertido cuando la varilla te golpeó.
—Qué interesante que eso fuese lo único que oíste de todo lo que dije…
Draco se acurrucó un poco más contra su costado.
—No fue lo único —susurró, burlón—, pero para la próxima, elijo yo.
La próxima. Harry sonrió.
—Oh, todavía no ves lo que creo que te va a encantar.
—¿Armaremos una segunda tienda para que seas golpeado por otra varilla?
—¡Draco!
Pero él ya se reía, con el rostro enterrado en el hombro de Harry, quien decidió que era mejor que la "sorpresa" permaneciese de ese modo.
—0—
Después de poner encantamientos de agrandamiento, calefacción e impermeables para reforzar su tienda, que tampoco estaba tan bien construida como debería según la imagen de la caja en que venía originalmente, Harry calentó un poco más de chocolate, apagó la fogata, y escogió una bolsa de bocadillos de las que llevaba en la mochila. Draco no paraba de preguntarle a dónde iban y qué harían.
Se alejaron de la posición del "campamento" para acercarse a un arroyo, un hilillo de agua entre un conjunto de piedras, que caía de forma casi imperceptible y se perdía en el resto del bosque. Harry movió una roca enorme con un hechizo y se sentó.
Draco lo observó como si se hubiese vuelto loco, pero ya lo había hecho un par de veces desde que llegaron, así que Harry se limitó a decirle que podía comer papas, o gomitas.
—¿Sabes que es la primera vez que me ofrecen gomitas en algo que se supone que es una cita?
—Al menos no se te va a olvidar este día —Harry se encogió de hombros y palmeó la piedra, a su lado—. Entonces, ¿papas o gomitas?
—Gomitas, por supuesto —replicó Draco, subiéndose a la piedra para sentarse a su lado. Le arrebató la bolsa de gomitas, le echó un vistazo y sacó una—. ¡Son las que tienen forma de caldero! Pensé que ya no las vendían, Severus solía comprar de estas para mí cuando tenía que cuidarme de niño y necesitaba que me quedase callado el tiempo suficiente para dejarlo trabajar en una poción- hay unas con forma de viales, unas parecen varitas, y hay de frascos de pociones y una que se ve como una-
Al girar el rostro y darse cuenta de lo que decía, Draco apretó los labios. Harry lo veía con una sonrisita, que se amplió apenas notó que enrojecía un poco.
—Es que- —Draco carraspeó—. Es que son buenas gomitas.
—Albus y Lily estarían de acuerdo contigo en eso.
—Oh, cállate —refunfuñó, entrechocando sus hombros—. Eres tú el que las trajo.
—¿Todavía tienes quejas sobre gomitas para una cita? —Harry arqueó las cejas.
—Creo que es algo…
Jamás escuchó la respuesta de Draco. Su voz bajó de volumen de forma progresiva, hasta silenciarse por completo, cuando el arroyo se iluminó por un fugaz resplandor azul blanquecino. La luz continuó su trayecto y desapareció en el bosque.
—¿Qué es…?
Otro haz de luz le siguió, más rápido. Las piedras en el borde del arroyo se encendieron, una a una, como si alguien tocase un interruptor que transformaba rocas opacas en puntos brillantes y coloridos.
Draco miraba alrededor, vacilante, una de las gomitas todavía entre sus dedos.
—¿Tú estás haciendo esto?
La noche por fin caía, y a medida que el cielo adquiría tonalidades más oscuras, el agua del arroyo se convertía en un manto luminoso perpetuo. Más allá de las rocas de su orilla, líneas de color surcaban la tierra y otras piedras. Serpenteantes, vivaces, desprendían destellos que los alcanzaban también a ellos.
—No sabía que sobreestimaras mis capacidades mágicas-
—¡Harry!
—No lo estoy haciendo yo —aclaró Harry, bastante entretenido con su expresión desorientada—. Se supone que antes algunas criaturas mágicas hacían un tipo de ritual aquí por las noches, así que la tierra, el agua, y todo el lugar en sí, fue afectado, y se convierte en esto. Pero es completamente seguro, tranquilo, lo investigué bien- puedes tocar el agua, las líneas de luz, caminar sobre ellas, y no pasa nada. Son sólo un bonito espectáculo.
—Bueno, eso quiere decir que estoy en medio de la nada, comiendo gomitas, por un espectáculo de luces mágicas —alegó Draco. Comió una gomita de caldero despacio, siguió con la mirada una hilera de luz que serpenteaba en torno a la roca que ocupaban, y de pronto, soltó un:—. Tienes razón, esto no se me va a olvidar.
Cuando ya no quedaba ni un atisbo de luz del día y se colocaron un par de amuletos de calor, Draco se animó a bajar de la roca. Llevaba la bolsa de gomitas en una mano, la varita en la manga, y representaba una escena bastante divertida al esquivar un par de hileras brillantes que reptaban por el suelo hacia sus pies; daba un pequeño salto, pasaba sobre ellas, luego se apartaba hacia un lado.
Al pisar una por error, se percató de que el resplandor se extendía alrededor y bajo su zapato, para después retornar a la forma inicial de una hilera. Luego su calzado podía crear un par de huellas brillantes durante un rato, que se desvanecían en segundos.
Lo escuchó quejarse en voz baja de algo cuando se detuvo cerca del arroyo, observando su reflejo en una superficie distorsionada por las líneas de luz que la atravesaban.
—Está bien, está bien —dijo, de repente, en un practicado tono quejumbroso—, vale la pena venir. Pero sólo porque no tuve que ensuciarme, la varilla malvada también te atacó a ti, y me regresaste mi varita.
—Y te traje tus gomitas favoritas sin saberlo —puntualizó Harry, divertido.
—No lo menciones, en serio, Potter.
Él simuló ponerse un cierre en los labios.
—Nadie tiene que saber que Draco Malfoy ama las gomitas, será nuestro secreto.
Draco lo observó por unos segundos desde su posición, a unos metros de distancia, en medio de un mundo de luz y color. Había relajado su expresión, y a pesar del amuleto de calor y que la temperatura allí fuese mucho más tolerable para la época que en otros lugares, el frío de la noche le teñía el rostro de un leve rosa.
Harry le enseñó una sonrisa amplia. Él rodó los ojos, pero una sonrisa también tiró de sus labios.
Se bajó de su asiento improvisado para acercarse a Draco y le ofreció un brazo.
—¿A Su Alteza le apetece un paseo? —imitó su mejor tono pomposo, que era, curiosamente, el de Draco.
Estrechó los ojos hacia Harry en señal de advertencia, pero enganchó un brazo al suyo. Empezaron a caminar dejando huellas brillantes cada poco tiempo detrás de ambos.
—¿Qué se supone que es? —preguntó Harry tras un momento, cuando Draco examinaba una gomita de forma extraña.
—Un medidor de temperatura para pociones en las que no se pueden usar hechizos —explicó, tendiéndosela. Harry la recibió con la boca desde sus dedos y se la comió—, ¿es que no lo recuerdas?
—¿De Hogwarts? —Elevó las cejas—. ¿Acaso usamos eso alguna vez?
—¿A qué clases prestabas atención, Harry?
—Defensa contra las Artes Oscuras —contestó enseguida—. Y, uhm, no me iba mal en Transformaciones y…ahm…¿sabes? No tenía malas notas, era sólo que mi cabeza estaba un poco ocupada con otras cosas…
Conversaron de clases, visitas a Hogsmeade, y su vida escolar, en general, como si jamás hubiese sido interrumpida por una guerra y un loco mago oscuro que quería acabar con todo. Luego, de algún modo, hablaron sobre la Academia de Aurores.
—Uno pensaría —decía Draco, en un tono que pretendía ser suave, pero era velado por la inquietud—, que después de tantas veces que intentaron matarte, elegirías un trabajo más simple.
—¿Qué gracia hubiese tenido eso para un Gryffindor de dieciocho años? —se excusó él, encogiéndose de hombros—. Era un trabajo pesado, pero supongo que estaba bien. Es decir- sentía que estaba haciendo algo importante, ¿entiendes?
No tenía idea de cómo cambiaron de tema.
—El principal problema era que mi padre no sabía dónde los elfos guardaron su versión del brazalete prohibido de-
—Oye, ¿eso no es ilegal? —inquirió Harry, pensativo.
Draco lo vio de reojo.
—Potter, si vas a cuestionar la legalidad de las cosas de las que te hablo, no te podré volver a decir nada de mi familia —argumentó, muy serio.
—Está bien, sólo quería confirmar —juró Harry, riéndose.
Y los temas seguían cambiando.
—…teníamos- ¿qué? ¿Diecinueve años? —dijo Draco, en otra ocasión—. ¿Quién tarda casi dos años en mandar una varita por correo? Por correo, Harry, ni siquiera tuviste que encontrarme-
—¿Quién se pasa casi dos años sin varita? —alegó él, en cambio—. Honestamente, no recordé que la tenía hasta que me mudé, y puff, apareció una varita en una caja.
—Tenía otra varita, pero no es lo mismo que usar tu varita, la que te eligió a ti, y lo sabes…
Se alejaron demasiado del campamento y volvieron sobre sus pasos, sin soltarse. Pasaban un par de minutos en silencio, observaban el arroyo brillante, las hileras de luz que ascendían por los troncos de los árboles y formaban venas brillantes en los espacios entre su corteza. Después uno decía algo, cualquier cosa, y terminaban en otro tema que no tenía relación con el inicial.
Cuando se acabaron las gomitas y regresaron al punto de partida, se sentaron durante un largo rato en la orilla del arroyo. En cierto momento, Harry hacía una broma sobre su cabello, enredaba un mechón rubio en su índice, Draco giraba el rostro, y de pronto, notaba lo cerca que estaban.
Llevó la mano a su mejilla y en realidad no supo quién se inclinó primero. Sólo que se estaban besando.
Draco tenía un sabor dulce en la boca, arrastraba a Harry de un juego caótico de lengua a un contacto suave y viceversa, y no quería parar de besarlo pronto, así que siguió, siguió, siguió haciéndolo.
Detrás de escenas:
Astoria: a Draco le gustan las citas simples.
Harry: LO LLEVARÉ DE CAMPAMENTO A UN LUGAR EN MEDIO DE LA NADA, SÍ, YA ENTENDÍ.
Astoria: ¡eso no fue lo que dije!
