Wizdad
Sumario: Harry Potter no tenía nada resuelto en su vida. Si James no causaba un problema, entonces Albus estaba de mal humor. Si Albus no parecía un grumpy, Lily tenía una rabieta. Cuando creía que podría tener un descanso, debía ir al Departamento de Aurores. La mayor parte del tiempo no tenía idea de qué estaba haciendo, o qué tan bien lo hacía. Agregar a Draco Malfoy y unos mellizos sólo lo haría más divertido.
Género: Romance/Family/Humor.
Claves: Drarry EWE. Fluff, familias Potter-Weasley y Malfoy-Greengrass. Shipps variados.
Disclaimer: Si HP fuese mío, esto sería canon. Ya que no lo es, saben lo que significa.
El amanecer de un día especial
—¿…te dije que sé usar un telepono?
Transitaban por una calle del Londres muggle, un espacio agradable con varias tiendas de muebles que llamaron la atención de Draco. De a ratos, él volvía a enganchar su brazo al de Harry, o le sostenía la muñeca, pero estaba más concentrado en la acera, las vitrinas, y el envase que llevaba en su otra mano. Sólo a Draco Malfoy se le antojaría un helado tan cerca del comienzo del invierno.
Se supone que elegían (Draco elegía, él acompañaba e intentaba que su opinión no fuese demasiado dura) muebles para la segunda sala de la Mansión y el estudio. Y si podían encontrar los regalos de navidad para sus hijos de una vez, mejor. Ginny y él tenían un acuerdo de comprarles obsequios por separado; sólo le informaban al otro cuando era un artículo muy deseado, para evitar que les diesen lo mismo.
Draco le había contado que él solía ir de compras con Astoria a principios de diciembre. Ese año, que estaba en cama por un resfrío, se ofreció a conseguir los obsequios de ambos para los mellizos. Eso, junto a los que buscaba Harry, daba una suma total de un mínimo de siete regalos.
Sólo llevaban dos, el de Lily y uno de Scorpius.
Bien, podían hacer una pequeña pausa. Aún faltaban un par de semanas para la fecha importante.
—¿Te refieres a un teléfono? —indagó Harry, tras analizarlo por un instante.
—Telepono —repitió Draco, extrañado—, ¿que no es eso lo que acabo de decir?
Harry contuvo una sonrisita y asintió.
—¿Por qué sabes usar uno?
Entonces Draco se irguió, elevando el mentón con una expresión autosuficiente.
—Eso es porque estoy siendo muy cotizado entre los muggles estos días.
Adoptó la expresión de cortés interés que sabía que Draco quería recibir, e intentó pensar en qué podría ofrecerle a los muggles. No se le ocurrió nada.
—Bien, preguntaré —aclaró Harry, frente a la mirada expectante que le dedicaba—. ¿Por qué estás "cotizado" entre los muggles estos días, Draco?
Se notaba que Draco estaba más que complacido de hablar del tema, sin embargo, en lugar de contestar, los hizo detenerse frente a la puerta de un edificio. Harry alzó la vista para encontrarse con un cartel de una galería de arte.
Él lo soltó, desapareció el envase vacío de helado de forma disimulada con un hechizo, y lo invitó a entrar al edificio con una reverencia teatral.
—Creo que lo vas a reconocer en cuanto lo veas —mencionó, ingresando detrás de Harry.
Eran contadas las ocasiones en que entró a una galería de arte; por lo general, iba con Hermione, que sabía hacia dónde moverse y qué pintor era el creador de cuál obra. Él sólo empezó a caminar alrededor, mirando con curiosidad. Cuando vacilaba, veía a Draco por encima del hombro, con su expresión divertida, y seguía avanzando.
Lo reconoció por el apellido en la ficha de la obra, no por el cuadro en sí. Sólo decía "Malfoy".
Draco lo alcanzó cuando se detuvo frente al lienzo y lo observaron por unos segundos, hombro con hombro.
—No te ofendas —susurró Harry—, pero no tengo la menor idea de qué es.
—Ni yo —respondió Draco, dejando escapar una risita incrédula—. Altair me dijo que quería aprender a pintar hace unas semanas, y yo le contesté que estaba bien, que me dijese qué quería, si le gustaría empezar por óleos, acrílicos, acuarelas…—Se encogió de hombros—. Blaise vio esto en mi oficina cuando nos visitó, me contó que tenía un contacto en una galería muy conocida por los muggles, y aparentemente, es "una magnífica pieza de arte conceptual moderno con toques surrealistas".
Harry sólo distinguía un montón de figuras distorsionadas, líneas bastante gráciles para el pulso de un niño, colores y algo que quizás pretendía ser una planta cuando comenzó.
—Bueno, es…es…
No encontraba una palabra para definirlo.
—Voy a traer a Altair para que lo vea la próxima semana —explicó Draco, sin apartar los ojos del cuadro, aunque sospechaba que sólo porque se imaginaba a su hijo pintándolo, no porque lo entendiese mejor que él—, será parte de su regalo de navidad. Quiere una de esas grandes cajas de madera llenas de pinturas y pinceles de todos los tamaños, y no va a poder creerse que incluso han querido comprarlo.
—¿Tiene ofertas? —Harry se lamentó de haber sonado tan sorprendido, hasta que lo escuchó reírse de nuevo.
—Sí, y si vieras la suma que algunos dementes ofrecen por estas cosas…
Abandonaron la galería poco tiempo después, mientras Draco le contaba su primera experiencia con un teléfono fijo, en un local del que tuvo que llamar al número en la tarjeta de presentación del encargado de las obras. Lo revisó con un hechizo para ver si podía hacerle algún daño, lo limpió con un toallita húmeda, y se pasó alrededor de cinco minutos tratando de marcar el número, sin que el aparato finalizase su tiempo de espera y cortase la conexión. Después otro minuto en descubrir a dónde tenía que hablar.
Se desviaron hacia una entrada secundaria al Callejón Diagón, del conjunto construido tras la guerra a manera de vía de escape, y pasaron por una tienda de Quidditch para que Harry pudiese conseguir el regalo de James. Uno menos.
—Oí que Granger va a cederle espacio a un equipo de Quidditch infantil —mencionó Draco, observando un estante de guantes para niños con gran atención.
—Sí, yo voy a ayudarlos en los entrenamientos mientras termina de tramitar mi permiso para enseñarles sobre magia básica…
Vio que Draco seleccionaba un conjunto de guantes, mientras él sopesaba dos opciones de escobas de último modelo.
—Si dejas que Scorpius se lastime, vas a estar en serios problemas, Harry James Potter —advirtió, apuntándolo con el juego de guantes.
—¿A Scorpius le gusta el Quidditch?
—Fue él quien corrió a contarme lo del equipo infantil —Draco suspiró—, hace tiempo que noté que quiere aprender, pero no deja que yo le enseñe. Piensa- no sé, que Altair vuela mejor que él y es una pérdida de tiempo, o algo así, creo.
—¿Por qué pensaría eso?
—Porque Altair vuela mejor que él —replicó, con calma. Cuando Harry le frunció el ceño, rodó los ojos—. No es algo que yo le haya dicho, por Merlín. Es que cuando les enseñé a volar, Altair aprendió de inmediato, y a él le costó más tiempo, pero sí vuela bien. En serio, lo hace genial, es rápido, sólo que…de repente mira al suelo, o se distrae, y se cae de nuevo.
—Nada que un hechizo para evitar caídas no arregle.
Sólo porque estaba seguro de que Harry lo ayudaría con Scorpius, Draco compró también una versión infantil de una Quaffle acolchada, para que atraparla no fuese tan duro.
Uno menos. Harry comprobó las compras encogidas que llevaba en el abrigo y consideró cuál sería su próximo destino.
—No estoy seguro de si Albus preferiría un caldero para pociones básicas, o alguna otra cosa para seguir aprendiendo a cocinar- —Hizo una pausa y arrugó el entrecejo—. ¿Alguno de los mellizos está interesado en cocinar? Todavía no sé de dónde sacó Al esa afición.
—Altair hace unas tostadas francesas idénticas a las de mi madre, y Scorpius hornea galletas con Astoria —Draco se encogió de hombros—, ¿tal vez los vio y decidió intentarlo?
Continuaron con su recorrido de compras.
—0—
James no quiso ser abrazado en medio del andén, como Ginny le advirtió que ocurriría, pero sí estuvo un largo rato pegado a un costado de Harry cuando visitaron La Madriguera. Claro que eso fue hasta que llegaron sus primos y Teddy. Luego se olvidó de la existencia de su padre, porque tenía un montón de cosas de Hogwarts de las que quería hablar.
Harry terminó en la sala, jugando con Lily, Lucy, y unas cartas de magos tenebrosos y héroes famosos. Le incomodaba el hecho de tener dos Harry Potter en su mazo, tanto como le hacía gracia que su hija no se preocupase por eso. En realidad, estaba casi seguro de haberla escuchado decirle a su prima que la carta de Newt Scamander le gustaba más.
Ginny se aproximó con cautela a la esquina en que se encontraban y se sentó sobre el reposabrazos del asiento de Harry.
—¿Y Albus? —Le preguntó Harry, después de arrojar una carta de Grindelwald que sería vencida por el Albus Dumbledore del mazo de Lucy. Las niñas compartían cartas y permitían que la otra viese las suyas, y aunque pensaban que lo disimulaban bien, Harry también las observaba.
—Está preguntándole a mi papá cómo hacer que un vehículo muggle vuelve y se camufle —respondió ella. Se tardó unos segundos en añadir:—. ¿Alguna idea de por qué Albus querría hacer eso?
Harry meneó la cabeza y felicitó a Lucy cuando lo sacó del juego, como predijo.
—¿Debería preocuparme por él?
—Yo me preocuparía más por papá, si se le ocurre enseñarle eso a un niño —Ginny se cruzó de brazos y resopló—. James anda persiguiendo a Victoire en su escoba-
—La fastidiaba mucho las semanas antes de irse a Hogwarts también, ¿cierto?
Ella asintió.
—Cosas de niños —excusó Ginny, restándole importancia—. Y…quería pedirte un pequeñito favor.
No le gustaba ese tono. Sabía lo que venía con ese tono.
—No —replicó, enseguida.
—Por favor, Harry —Ginny unió las manos, a manera de súplica.
—Lo he hecho por los dos últimos años, Gin. Se supone que es una tradición familiar.
—Tú eres de la familia, ¡si mamá te quiere más que a todos nosotros juntos! Cuando nos divorciamos, me pidió que viniese los días en que tú no lo hacías, por si teníamos problemas, para que no dejases de visitarla. Y es muy feliz cuando tú lo haces…
—No lo haré —insistió Harry, firme.
—0—
—…y después me recordó cómo Molly le pidió que no viniese los días en que yo lo hacía, para que no dejase de visitarla, y antes de que me diese cuenta, terminé aquí. En fin —Harry suspiró y echó un vistazo alrededor—, ¿por qué no puedo atraer la sal con un accio? ¿Quién la tiene?
La tradición Weasley navideña implicaba dos aspectos fundamentales que no eran un secreto para nadie. Mucha comida y muchos suéteres tejidos. Molly se ocupaba en persona de cada uno de los suéteres, hasta de los que no pertenecían a miembros de la familia, como el de Teddy, Harry, los mellizos Malfoy, y la mejor amiga de Victoire, que también era invitada a la celebración.
Luego estaba la comida. Con el pasar del tiempo y las nuevas adiciones a la familia, Molly tenía más para hacer, y las horas previas a su enorme banquete ya no eran suficientes.
No era que Ginny cocinase mal. En su opinión, su comida era tan buena como cualquier otra, sólo que no alcanzaba el estándar Molly Weasley para días festivos. De hecho, los únicos de sus hijos que sí los alcanzaban eran Percy y Bill.
Ron se comía los ingredientes a medida que cocinaba, y cambiaba las recetas, atacando los nervios de su pobre madre. George usaría los mismos ingredientes para hacer bromas en vez de cocinarlos, y Molly insistía en decir que Charlie perdió el sentido del gusto comiendo entre tanto humo y fuego en la reserva de Rumania.
Así que la noche previa a la navidad, Harry se encontraba en la cocina de La Madriguera, atrapado con Percy y Bill, para adelantar todo lo que fuese posible de la comida del día siguiente. Teddy fue echado un rato atrás, después de casi arruinar un caldo e incumplir el estándar Molly Weasley de sabores; en su lugar, Fleur o su hija mayor se asomaban cada poco tiempo y le preguntaban a Bill si podían ayudar con algo. Ellas entraban en los estándares, pero a Molly le gustaba más la comida de Harry.
Las fiestas no eran fáciles para una familia tan grande.
—Bill, prueba esto, creo que a mamá le…
—Fleur, ¿puedes buscar…?
—¿Esto ya está? —Harry se escabulló en medio de los dos hermanos Weasley para echar una ojeada a una enorme olla. Antes de que pudiese introducir un cucharón para probarlo, Percy le dio en el dorso de la mano con una cuchara de madera.
—Tu lado de la cocina es aquel —le recordó a Harry, muy serio.
—¿Quién está haciendo el postre? —indagó Fleur, de pie en el umbral de la cocina, donde acababa de probar un bocado que su esposo le ofreció para dar el visto bueno.
Tres magos se observaron con idénticas expresiones de horror. Harry tragó en seco.
—¿Tarta de melaza? —propuso.
—A hacer tarta de melaza —Percy suspiró, levitó un recetario hacia él y lo revisó, a pesar de haberla preparado al menos cien veces.
—Y las trufas de James —agregó Bill, exhalando. Molly tenía la costumbre de preparar algunas raciones del postre favorito de su nieto que acabase de entrar al primer año en Hogwarts; esa vez, por suerte, bastaría con trufas de chocolate.
El movimiento en la cocina no paró por alrededor de media hora más, mientras los preparativos llegaban a su fin, se organizaba lo que sólo tendría que ser cocinado por la mañana, y se aseguraban de que los postres estuviesen bajo barreras para comida que evitaban que los niños se los comiesen a mitad de la madrugada, y lograban que parecieran recién hechos.
Molly comprobó su "trabajo" después. Fleur avanzaba a su lado, contándole sobre lo que preparó Bill, y Victoire le pedía a su abuela que la dejase probar cuando ella lo hacía. Harry, al igual que sus dos compañeros de cocina, aguardaban bajo el umbral.
—¡Está delicioso, chicos!
Estaba seguro de que no fue el único que suspiró. Un momento más tarde, los tres eran atrapados en un abrazo muele-huesos, de esos que nadie más que Molly sabía dar.
Victoire recogió algunas porciones de tarta que sobraron de la comida de ese día para llevársela a sus primos, Fleur los salvó de hacer cambios de último minuto al sacar a Molly de la cocina, y ellos se dedicaron a esconder de los niños (y de George) todo aquello que pudiese ser usado, explotado, ingerido o convertido en una trampa.
Escuchó el sonido distante de la chimenea y vio asomarse en la cocina a una cabeza castaña y familiar. Hermione lo llamó con un gesto para que se acercase. Ella tampoco entraba en el estándar Molly Weasley, desde que arruinó una receta por accidente.
—Alguien vino a verte hoy…—susurró.
Hugo, que se estiraba desde uno de sus costados, medio escondido tras su madre, vio a Harry con curiosidad.
—Dijo que era un dragón, tío Harry —explicó el niño, solemne.
Una sonrisa apareció en el rostro de Harry al percatarse de quién era la única persona que le diría algo así a unos niños. Les dijo a Bill y Percy que volvería en un segundo, y prácticamente corrió hacia la sala.
Draco estaba de cuclillas en el suelo, extendiendo una capa de una poción espesa por una de las mejillas de una divertida Lily, que simulaba garras con los dedos, a medida que el efecto de la magia convertía su piel en escamas de un dragón. Lucy soltaba risitas y sonidos de sorpresa, mirando a su prima.
—¡Papá, papá, papá! —Lily empezó a dar saltitos al ver a Harry entrar. Se paró frente a él y adoptó una postura "feroz", con garras y enseñando los dientes—. ¡Soy un dragón! ¡Raaaawr!
Harry simuló echarse hacia atrás por la sorpresa, llevándose una mano al pecho.
—¡Un dragón en La Madriguera! —exclamó, mientras una feliz Lily "modelaba" sus nuevas escamas, balanceando los brazos y cambiando de posición frente a él. Más allá, Draco extendía la misma poción sobre el brazo de Lucy, y le explicaba cómo "transformarse" en dragón, y cómo quitarlo después.
Las dos niñas tomaron los frascos de poción que él les ofrecía y decidieron ir a saltar sobre James y Teddy, rugiéndoles para "asustarlos". Harry les pidió que no los mordiesen, pero nunca se sabía con Lily.
Draco se enderezó, alisó una arruga inexistente de su atuendo, y se fijó en Harry. La mayoría de los chicos se encontraban en las habitaciones y los adultos se dividían entre el patio y la cocina.
—Te traje algo —Draco extrajo un pequeño sobre de su bolsillo y se escudó a medias detrás de este, de manera que sus ojos grises todavía lo veían por encima del borde—. Astoria está esperando las galletas del "señor Horno" y yo tengo que volver pronto para despertar a los niños y que veamos el amanecer, y ya que no vendré mañana temprano…
Le tendió el sobre. Harry se aproximó para tomarlo; era ligero, delgado y de papel común de carta. Sólo llevaba el nombre de Draco en una esquina, con una caligrafía precisa y estilizada.
—No lo abras todavía —pidió, en tono más urgente, cuando Harry estaba a punto de hacerlo—. Como sabía que no podría venir temprano, está encantado para mostrarte tu regalo por la mañana, en cualquier momento en que lo toques, después del amanecer. Pero si lo abres ahora, perderé varios minutos de hechizar el sobre —Draco protestó por lo último, cruzándose de brazos.
Harry asintió, le enseñó una pequeña sonrisa, y lo desvaneció entre sus manos, enviándolo a su baúl en La Madriguera, para evitar cualquier posibilidad de daño. No esperaba ver a Draco ese día, tenían cerca de una semana que apenas intercambiaban cartas porque los niños ya estaban de vacaciones y las festividades los asfixiaban, y sabía que era ridículo, pero se sentía feliz de tenerlo ahí. Incluso si era un rato.
—¿Ya te vas? —indagó, extendiendo el brazo hacia él para sostener su mano. Se puso a juguetear con sus dedos, entrelazándolos, liberándolos de nuevo, y Draco se fijó en el contacto por unos segundos.
—Debería, sólo estaba haciendo de lechuza mensajera.
—Todas las lechuzas se llevan una golosina por su buen trabajo —alegó Harry, dando otro paso más cerca.
—Buen punto —Draco observó sus labios un instante, luego de regreso a sus ojos—, seguramente me merezco esa pequeña recompensa. Es decir, vine tarde, y en época festiva, además.
—¿Tal vez debería ser más que una recompensa común por tanto esfuerzo?
Harry se inclinó hacia él hasta que sus labios se rozaban al pronunciar cada palabra. Podía sentir la emoción creciendo dentro de él, un cosquilleo cálido, una impresión absurda de diversión. Le encantaba jugar con él. Le encantaba que Draco le siguiese la corriente. Que fingiese pensarlo, con sus labios ya tocándose, y moviese la cabeza apenas, de forma intencional, lo volvía loco.
Tiró de su mano y le echó un brazo en torno a los hombros al besarlo. Draco emitió un sonido bastante similar a una risa contra su boca, y le puso su mano libre en la cadera, acercándolo un poco más.
El día previo a la navidad sería su favorito de esas fiestas, por lo visto. Se aseguró de ser cuidadoso mientras lo besaba, porque tenía que recordar que se encontraban en medio de la sala de La Madriguera, y ninguno quería un escándalo si se entusiasmaban demasiado.
Sonreía cuando se apartaron. Harry presionó otro beso en sus labios, más corto.
—Espera a la mañana por el regalo, en serio —musitó Draco, soltándolo y dando un paso atrás.
Casi había olvidado esa sensación de que las palabras se trabasen y la mente se quedase en blanco por algo tan sencillo. No se lo esperaba a esas alturas.
—Esperaré —murmuró Harry, en voz baja, pensando que reclamaría más besos si no lo detenía.
Draco le acarició la mejilla con los nudillos, se despidió, y regresó por la chimenea.
Harry ya quería que amaneciese.
—0—
Los adultos no dormían demasiado esa noche en La Madriguera. Tenían que comprobar que los niños estuviesen en sus cuartos, poner los regalos en su sitio, y asegurarse de que ninguno robaría una caja o se colaría a la sala en la madrugada. Charlaban en el patio, bebían un poco, comían algo, y en general, se daban un respiro en uno de los pocos momentos de calma que podían existir allí. Luego cada quien se iba hacia su cama para estar ahí cuando los chicos despertaran y llenasen la casa de gritos.
Harry fue de los últimos en meterse a su habitación; con varias remodelaciones y expansiones de La Madriguera, principalmente por insistencia de George, los adultos de la familia tenían cuartos separados. Los chicos todavía compartían porque, bueno, Molly sospechaba que les resultaba más entretenido maquinar planes, hablar hasta tarde e incluso pelearse con sus primos.
Colocó sobre la mesa de noche el sobre que Draco le dio y se recostó en la cama. Sin los lentes, el mundo sólo se hizo más borroso, y pronto se durmió.
No fue durante demasiado tiempo, supuso, porque apenas amanecía cuando entreabrió los ojos. Había dejado las cortinas abiertas intencionalmente, consciente de que la luz alcanzaba primero ese lado de la casa.
Tanteó en la mesa de noche, se puso los lentes de nuevo, y contuvo un bostezo al recargarse sobre un brazo para alzarse un poco. El sobre se había ensanchado hasta convertirse en una caja cuadrada de papel. Él sonrió, adormilado.
Tan pronto como lo rozó con un dedo, el papel se deshizo, permitiéndole ver una simple esfera de cristal sobre un soporte. Lucía como un objeto que habría utilizado Trelawney en sus clases, y se preguntó qué querría Draco que viese en esta.
Harry sostuvo la esfera y la puso sobre la cama, entre sus brazos. Lo que fuese que le mostraba no era más que un leve destello de luz. Le tomó alrededor de un minuto despertarse lo suficiente para razonar, pasando la mirada de su ventana a la esfera.
Oía pasitos y voces a la distancia. Los chicos ya se levantaban, Lily irrumpiría en su cuarto en cualquier instante hablando sin cesar sobre regalos. Y al darse cuenta, lo entendió.
Los Malfoy tenían una celebración básicamente nocturna. Comían a medianoche, tenían algunas galletas, abrían regalos por la madrugada, veían el amanecer y se iban a dormir. Draco le había dicho lo que encontraría ahí, sólo que no lo comprendió entonces.
Conforme más lo observaba, más aumentaba la luz y más sencillo se hacía distinguir el resto de la imagen. Draco sabía que las tradiciones de sus familias empezaban a horas diferentes, así que consiguió un modo de que lo acompañase, por un rato, entregándole un pequeño amanecer en una esfera. El ángulo y la velocidad a la que se iluminaba era diferente a lo que hallaba más allá de su ventana, por lo que se imaginaba que lo habría sacado de su casa, o quizás de la Mansión.
Que, tal vez, incluso fuese el reflejo de lo que Draco veía en ese preciso momento, desde su posición.
Harry se dedicó a observar el amanecer que le regaló, sintiéndose estúpidamente feliz.
