Wizdad
Sumario: Harry Potter no tenía nada resuelto en su vida. Si James no causaba un problema, entonces Albus estaba de mal humor. Si Albus no parecía un grumpy, Lily tenía una rabieta. Cuando creía que podría tener un descanso, debía ir al Departamento de Aurores. La mayor parte del tiempo no tenía idea de qué estaba haciendo, o qué tan bien lo hacía. Agregar a Draco Malfoy y unos mellizos sólo lo haría más divertido.
Género: Romance/Family/Humor.
Claves: Drarry EWE. Fluff, familias Potter-Weasley y Malfoy-Greengrass. Shipps variados.
Disclaimer: Si HP fuese mío, esto sería canon. Ya que no lo es, saben lo que significa.
Malfoylandia
—…está enfermo.
Sucedió después de una de sus clases de prueba para obtener el permiso del Ministerio. El salón protegido por barreras para los estallidos accidentales de los niños se vaciaba, y Altair Malfoy esperaba pacientemente afuera, con su bowtruckle Feroz sobre el hombro y una expresión que dejaba en claro que no pensaba ser atrapado en medio de un tumulto de mocosos menores que él que apenas tomaban su varita de prácticas.
Entró una vez que en el aula sólo quedaba Harry, arrastró una silla hasta su escritorio, y se sentó. No dijo ni una palabra. Harry revisaba un libro sobre magia para niños, y él sólo se recargó en el borde de la mesa y lo observó.
Consideró preguntarle si no tenía clases, o se había escapado, pero lo segundo le resultaba bastante improbable. Y continuaron en silencio, hasta que lo escuchó susurrar esas dos palabras.
Harry levantó la vista de su libro.
—¿Scorpius?
Altair negó, frunciendo el ceño.
—A Scorp le están curando un raspón en la enfermería —Rodó los ojos—. El tonto de Bastian quiso molestarlo, y Albus lo empujó, y se golpeó contra una mesa, y de repente había gritos y todos estaban medio locos.
Eso sonaba a que Harry tendría que pasar por la oficina de Hermione en unos minutos. Exhaló, rendido. No podía pedirle a Albus que no los defendiese cuando lo creía necesario, sólo preferiría que fuese menos rudo con el resto de sus compañeros.
—¿Y tú no deberías estar en la enfermería cuidando a Scorpius?
—Ya estuve ahí —replicó el niño, negando—, antes de fastidiar a Scorp, Bastian me confundió con él.
—¿Estás bien? —A pesar de que buscó algún signo de pelea en él, no encontró nada. Ni siquiera lucía alterado, sólo irritado porque así culminase su día escolar.
—Sí, claro.
Luego se le ocurrió que había hecho la pregunta incorrecta y la que sí importaba era:
—¿Y Bastian está bien?
Altair pareció sopesarlo.
—No mucho.
Bueno, supuso que le avisaría a Draco que llegase un poco antes, porque ambos irían a la oficina de Hermione.
—¿Y quién está enfermo? —cuestionó Harry, al ordenar la situación dentro de su cabeza. Esa frase no encajaba.
—Ah —Altair se removió en su asiento—, mi abuelo.
—¿El señor Greengrass?
Temía saber cuál era su respuesta, incluso antes de que moviese la cabeza de un lado al otro.
—El abuelo Lucius.
—0—
Draco levitaba la ropa de los mellizos, la doblaba con cuidado, y la acomodaba en un baúl que luego encogería. Harry lo observaba desde el borde de su cama; la experiencia le decía que era mejor no meterse cuando él tenía un método tan cuidadoso para guardarlo todo. Y esa "experiencia" venía en forma de un accidente con un maletín de pociones, Draco pidiéndole que pusiese un frasco dentro por él, y Harry errando el compartimiento. Puede que hubiese un par de explosiones y daños menores al final de ese evento.
—¿Se lo has dicho a alguien? Aunque sea a un medimago, Draco.
—No es algo grave, él preferiría no armar un alboroto de algo como eso —replicó Draco, sin verlo—. Si mi madre no me cuenta, ni siquiera yo lo sabría.
—Así que no lo sabe nadie más —concluyó Harry. Él resopló. Estaba claro que no se sentía muy feliz de enterarse de que Altair lo descubrió por accidente.
En un par de semanas comenzaría el verano. El mismo día en que Draco tuvo que pasar por la oficina de Hermione para hablar del asunto "Bastian", le informó que los mellizos se ausentarían de las clases por un tiempo, no demasiado, y se mantendrían al día con el temario. Los tres se iban a Francia.
—¿Cómo le explicaste a Astoria que vas a sacar a sus hijos del país de pronto, durante el período escolar?
—No tuve que explicárselo —Draco se encogió de hombros—. Astoria asumió que mi madre intentaba convencerme de que nos fuéramos a vivir más cerca de ellos, allá donde la guerra no llegó, para dejar que los críen como me criaron a mí.
—¿Y eso le pareció bien?
—No, pero le recordé que tienen el mismo derecho de pasar tiempo con mis padres que con los suyos, y ella es una mujer razonable. Además, su madre fingió estar a punto de morir durante un mes entero para que los niños estuviesen allá con ella...
—Altair sonaba preocupado por la enfermedad de su abuelo, ellos no preocuparían a sus nietos sólo para que se queden allá, ¿verdad?
Harry esperaba una respuesta más inmediata. Draco se pasó una mano por el cabello, echándolo para atrás, y comprobó la localización de sus hijos en la casa, a través del viejo bastón. El baúl terminó de llenarse y se cerró por su cuenta.
—Les preocupa el trato que puedan recibir aquí, tal vez no ahora, no sólo unos golpecitos y algunos comentarios de niños, pero más adelante…ya sabes. Que los juzguen o se les cierren oportunidades por nuestra culpa.
Draco caminó hacia la cama y se sentó a su lado.
—Sé que a Astoria no le gusta que oiga sus opiniones, pero- bueno, me criaron a mí, ¿no? Y-
—Y eras un cretino engreído e idiota, insoportable, sin ofender —Harry alzó las manos, en señal de paz, cuando él estrechó los ojos.
—Lo que estaba diciendo —masculló Draco, seguido de un resoplido—, es que quieren dedicarse a ellos para arreglar esos errores y no se dan cuenta de que, al hacerlo, tienen otros errores. Y eso en sí no los vuelve malos, porque- mira, sobrecompensar algo es…incluso yo lo he hecho. Y me he tenido que detener cuando lo noto, no voy a pensar que por esos minutos en que me equivoqué, Altair será un mago oscuro que mate gente, o Scorpius va a ir a Azkaban. Sólo…supongo que hay que saber qué opiniones escuchar y cuáles no.
Harry abrió la boca para replicar y ningún sonido brotó. Cuando aún estaba casado con Ginny, ella lo regañó por algo similar.
Intentó recordar sus palabras.
"Sé que es muy importante para ti que James no se sienta mal, pero tú no lo estás haciendo dormir en una alacena, Harry. Él no eres tú. No dejará de sentirse querido por una reprimenda cuando se comporta mal, si sabes cómo dársela. Pero no puedes negarte a decirle 'no' temiendo dañarlo, o se convertirá en el tipo de adulto con el que ninguno de nosotros querría lidiar"
—Sí, entiendo el punto —Harry suspiró, aunque se sintió menos idiota cuando Draco colocó una mano sobre el dorso de una de las suyas y comenzó a trazar líneas imaginarias con el pulgar sobre su piel—. Aun así, podrías pensar en decirles que no sean tan rígidos y no les muestren sólo el carácter de un sangrepura. Mimarlos un poco está bien, y tienen que respetar lo que tú decidas al final. Y además, deberían dejar de hacer rabiar a Astoria, porque es la madre de sus nietos, y es muy infantil que porque no les agrade no puedan-
Escuchó una débil risita de parte de Draco.
—¿Y si les dices tú todo eso?
Al fin y al cabo, Altair no se lo contó para pedirle consejos médicos que no hubiese podido darle. No, él lo que quería era que Harry animase a Draco.
—0—
Con el paso de los años, múltiples intentos de homicidio, el entrenamiento Auror, la convivencia con el batallón Weasley, y tres hijos, Harry había desarrollado un sentido extra. Casi podía oler los problemas. No cualquier tipo de problema, no, esos que lo sacarían de sus casillas, pondrían a prueba su paciencia, y le harían preguntarse por qué no entró al curso de meditación con Hermione cuando ella se lo propuso.
Eran esos problemas. Y Harry podía jurar que sentía cómo se avecinaban desde el instante en que se presentó en la oficina de trasladores esa mañana.
¿Por qué dijiste que sí? No paraba de preguntarse. ¿Por qué fuiste tan idiota como para decirle que sí?
Él le había contestado que no podía ir de viaje con su familia, ni siquiera durante ese fin de semana, porque no era un Malfoy y no estaba bien llegar a un lugar sin ser invitado. Pudo haber usado esa excusa y cientos más, mucho más creíbles, empezando por el "¡pero si tus padres deben odiarme!".
Sólo que Draco estaba ahí, en su cuarto, sosteniendo su mano y mirándolo con atención. Le gustaba tanto. Sabía que no lo insinuaría si no estuviese completamente seguro de poder lidiar con el tema por su cuenta. Incluso si fingía que no, también debía estar preocupado por la salud de su padre.
Entonces se le había ocurrido decirle que sí. El tiempo para retractarse se agotó mientras Draco tiraba de él y lo besaba.
Astoria le dijo que eso le pasaba por pensar con la cabeza inferior a último momento. Harry ni siquiera fingió ofenderse; tenía razón.
Scorpius prácticamente custodiaba la entrada a la oficina y lo recibió con una sonrisa entusiasta, los ojos brillantes, y un suéter gris que decía "Tengo a los mejores abuelos del mundo". Ya que la prenda podía portar un color y mensaje distinto durante veinticuatro horas, se preguntó si el que le dictó ese fue el niño, o Draco.
—…padre me compró una pastilla burbujeante —Le explicaba, echándole vistazos cada pocos pasos, a medida que seguían a una de las trabajadoras a la sala en que lo esperaban el traslador y los dos Malfoy—, son para que no vomite por el viaje- ¿quiere una? Tengo de fresa, de menta, de chocolate- tengo una sola de chocolate, pero se la puedo dar- ah, también tengo de mora y una de vainilla, me gusta la de vainilla, ¿ha comido pastillas burbujeantes, señor Potter? Perdón, mi padre dice que hablo mucho cuando estoy nervioso, y me ponen nerviosos los trasladores- ¿qué le decía? Ah, sí, también tengo…
Draco conversaba con un mago que acababa de depositar un libro desgastado en una mesa, con guantes. Altair los notó primero. Observó a su hermano, luego a Harry, y caminó hacia este para sostenerle el brazo y arrastrarlo hacia la mesa. No podía estar seguro de si intentaba alentarlo, o si sabría, de algún modo, que estaba pensando en echar a correr en la dirección contraria.
El baúl encogido que llevaba en el bolsillo le pesaba como si no hubiese usado hechizos en este, a pesar de tener sólo ropa para un fin de semana. Harry había contado tres "vías de escape" que podía usar como salida, y comenzaba a preguntarse qué tan buena idea fue permitir que Ginny se llevase a los niños a un campamento de entrenamiento de su equipo.
Sí, jugarían bastante Quidditch, sí, las chicas los adoraban, ¿pero no habrían estado mejor en casa? ¿Y si Lily se lastimaba? ¿Ginny recordaría comprobar si Albus hizo su tarea? Porque tenía tarea. Tal vez tendría que volver, o Albus no haría su tarea. ¿Y si Albus terminaba como un vagabundo por no hacer su tarea?
Por lo visto, Scorpius no era el único nervioso. Cuando se detuvieron junto a la mesa, le pidió una de las pastillas burbujeantes, se tragó la de vainilla, y esperó que la cápsula empezase a generar espuma comestible en su boca, relajándolo y distrayéndolo de sus pensamientos.
Dos días. Sábado y domingo. Un fin de semana, nada más. Tomaría el traslador cuando fuese activado de nuevo, y los Malfoy pasarían un tiempo más allá.
Dos días. Una maldita casa de verano en Francia y cinco Malfoy.
Podía hacerlo. Claro que podía hacerlo.
Cuando Draco les pidió a sus hijos que se sujetasen del traslador y no lo fuesen a soltar, vaciló por un segundo en Harry. Él le enseñó una sonrisa, tomó el traslador, y viajó.
—0—
No podía hacerlo.
El traslador los arrojó en una estación de metro mágica en Burdeos. Tenía una salida similar a la del andén 9¾ y Draco pudo Aparecerse desde esa distancia sin ningún problema, llevando a dos niños y un adulto extra consigo.
La casa de los Malfoy en Francia era una estructura espectacular de claraboyas, fuentes y pasadizos expuestos a la luz natural de la época. Si hubiese sido un hotel, Harry habría quedado debidamente impresionado.
Entonces se percató de que Scorpius corría hacia sus abuelos, quienes los esperaban en la entrada, Altair atrapaba su brazo de nuevo, y Narcissa Malfoy lo veía como si considerase el riesgo de echarlo fuera de su propiedad a punta de maldiciones.
Para ese momento, Harry calculaba que tenía más de diez minutos sentado en una salita de té, provista de su propio balcón y muebles con detalles en vidrio que reflejasen la luz exterior, escuchando a Scorpius hablar sin cesar a su abuelo sobre la escuela, el Quidditch y Albus. Altair se había colocado en el sillón contiguo al suyo, y por la posición de ambos, podían ver la puerta entreabierta que daba al pasillo. En verdad no distinguían gran cosa, pero no creía que Narcissa se hubiese llevado a Draco de la sala sólo para saludarlo con un abrazo.
—…y cuando las burbujas se mezclan con tu saliva —Le contaba Scorpius a su abuelo, después de enseñarle la caja de pastillas burbujeantes de sabores—, tu cuerpo se empieza a relajar, y provocan unas cosquillas muy graciosas, no puedes estar preocupado mientras las sientes, a mí me gustan mucho. Padre dice que las inventó pensando en mí —Y le mostró una sonrisa radiante a Lucius Malfoy.
El hombre apenas mostraba signos de envejecimiento en algunas arrugas que no estaban ahí cuando Harry lo conoció. Desde que los vio en el partido de la liga infantil, supo que se había repuesto de la guerra. El cabello bien cuidado, la ropa a la medida, el porte impecable. El bastón parecía un nuevo modelo, y se sentaba sobre ese sillón como si todavía pensara que el mundo le pertenecía.
Sólo que el poblado más próximo a su casa se encontraba a tres horas de distancia y Harry se percataba de la sorprendente cantidad de barreras que rodeaban el lugar. Incluso mientras Draco los Aparecía, hubo hechizos que lo detectaron a él como alguien fuera de la familia.
Los sangrepura tenían una sorprendente habilidad para aparentar.
—Así que Draco está ocupando su tiempo en hacer pastillas para el mareo con los Weasley —Lucius arrastró las palabras, sopesándolas.
Scorpius, que estaba muy orgulloso del trabajo de su padre, asintió varias veces.
—También es el encargado de los cargamentos principales de medicinas para San Mungo —alegó Harry, en un tono un poco más duro de lo que pretendía—, los medimagos saben que nadie más le prestaría la misma atención a cada frasco como él.
—¿No son esas donaciones? —Lucius apenas se inmutó al fijar su atención, por primera vez desde que se sentaron allí, en él.
—Sí, y han salvado montones de vidas —replicó Harry, consciente de que los mellizos lo observaban con atención—. Los productos para fiestas y bromas que hace son los más vendidos del catálogo, y su laboratorio está trabajando en cosas para niños, como las pastillas burbujeantes, que ni siquiera tienen que ver con los Weasley, sino que son un proyecto enteramente de Draco.
—A padre le escribieron una carta de la asociación europea de pocionistas —añadió Altair, más concentrado en dirigir a Harry una mirada extraña, que en la reacción de su abuelo.
Lucius se mostró sorprendido con la correcta condescendencia, haciendo que Harry rodase los ojos. Por suerte, la vocecita de Scorpius era el distractor perfecto para el mago, quien se dedicaba a escuchar sus historias como si fuesen el hecho más interesante del mundo mágico.
A Draco le tomó otro par de minutos regresar a la sala, y Harry intentaba ignorar que Altair hubiese tenido la mirada fija en él todo ese tiempo, desde que paró de hablar. Narcissa acompañaba a su hijo, y les sonrió a sus nietos, antes de avisarles que sus cuartos estaban listos.
Los mellizos saltaron desde sus asientos y echaron a correr, con Altair empujando a su hermano para llegar primero, y Scorpius emitiendo quejidos al respecto.
—¡Quiero el cuarto con balcón! —Escuchó que decía uno, desde el pasillo.
—¡Tú lo tuviste la última vez, Alti!
Eso lo dejó en la sala de té con Draco y los dos Malfoy mayores. Narcissa tomó asiento sobre el reposabrazos del sillón que ocupaba su esposo, cuidando en demasía no arrugar su vestido, y observó a Harry por unos segundos, de un modo que luego le resultó idéntico a cómo lo hacía Altair cuando intentaba entender algo.
—Lamento mi —La mujer echó una ojeada a su hijo y volvió a Harry— reacción. No fue nada propio de una buena anfitriona pasar de un invitado de tal manera.
Harry tragó en seco y lamentó no haberse quedado en Inglaterra. No vuelvas a hablar de algo importante en la cama con Draco, se dijo. Ni con besos de por medio. Es mala idea.
—Está bien- mire, estaban sorprendidos, y yo debí decir que "no" cuando Draco me preguntó si podía venir, y-
Su punto era finalizar con algo como "creo que será mejor que me vaya". No estaba en sus planes que Narcissa lo interrumpiese.
—Draco me contó por qué pensó que sería buena idea —aclaró la bruja—, tiene mucho sentido haber traído a alguien más que pudiese cuidarlos mientras él revisa las pociones de su padre —Colocó una mano en el hombro de Lucius, con cuidado—, ya que, aparentemente, yo tampoco soy una buena-
—Madre —Draco la cortó, en tono cansado—, lo último no tiene nada que ver con lo que dije.
Narcissa soltó un débil resoplido, gesto que en ella incluso parecía propio y cortés.
—Bastaba con oír lo que no decías.
Harry comenzaba a preguntarse en qué se metió.
—0—
El laboratorio provisional de Draco contaba con un inmenso ventanal que daba al área del patio favorita de los mellizos, con un jardín y un estanque lleno de libélulas arcoíris, una variación mágica que rara vez se acercaba tanto a los humanos. No creía que fuese una coincidencia; desde su puesto junto al cristal, podía ver a la perfección cómo Scorpius se inclinaba sobre el estanque e intentaba que una libélula se posase en su dedo, mientras Altair le enseñaba un truco de su bowtruckle a su abuela, ambos sentados sobre una manta gruesa en el césped y bajo una sombrilla.
—¿Tu padre no los cuida? —indagó Harry, recargado a medias en la pared junto al ventanal.
A unos pasos, Draco recreaba la poción medicinal de su padre en base a las instrucciones de un libro antiguo, y no se veía muy feliz. Lo había escuchado mascullar frases como "procedimiento obsoleto", "han pasado diez años desde que nadie sugiere agregar semillas de fuego en ese punto de la cocción" y "¿cómo se les ocurrió cortar la raíz?".
—Mi madre insiste en que descanse —contestó, entre dientes. Él sabía que era por la frustración que le provocaba la poción, no por la pregunta en sí—, así que pasa tiempo con ellos cuando se encuentran dentro de la casa. Es mejor evitar que se ponga histérica desde las últimas crisis nerviosas que tuvo. Sigue diciendo que ningún Black ve a un psicomago.
Harry recordó la manera en que Lucius prestaba atención a Scorpius cuando este le contaba sobre lo que fuese. Inclusive lo escuchó hablar de las pastillas y el trabajo de Draco como socio de los Weasley.
—¿Qué es lo que tiene exactamente? —Harry apartó la mirada del cristal para fijarse en él otra vez—. No se ve mal, digo- para como imaginé que podría estar-
Draco exhaló y empezó a revolver la poción con una varilla.
—Ellos no salen demasiado —mencionó, en tono quedo—, se unieron a una comunidad de sangrepuras elitistas que se reúnen en sus casas y van a lugares como teatros y otros sitios mortalmente aburridos o sorprendentemente interesantes. Sólo se encontraron con quien no debían en la Rue- es como el Callejón Diagón de Burdeos —Meneó la cabeza—. El mago había perdido a alguien importante en la guerra, lo último que supo de esa persona fue que la torturaron en la Mansión unos Mortífagos, los reconoció, los acusó, estaba trastornado- y bam. Se suponía que la maldición iba para los dos, y a mi padre, bendito sea Merlín, se le ocurrió hacer de Gryffindor valiente para que mi madre no saliese lastimada.
Harry se quedó sin palabras.
—Qué…
—Estúpido, lo sé —Draco resopló.
—No iba a decir eso —contestó Harry, enseguida—, no pienso que lo sea, Draco. Recibió un daño por los dos, es-
—Si la maldición les hubiese dado a los dos, su efecto habría sido de menos de doce horas de cansancio, que pudo haberse convertido en seis en un buen hospital mágico, y el sujeto habría sido atrapado por las autoridades —espetó él, más duro—. Pero como quiso ser un héroe, ahora no puede utilizar magia, y mi madre se preocupó tanto por él cuando la maldición le dio, que no se fijó lo suficiente en el imbécil que le hizo esto, y sigue suelto por ahí, porque como siempre, las autoridades del mundo mágico son unos incompetentes.
Draco apretó los párpados un instante y paró de revolver. Lo escuchó respirar profundo.
—Es un tema que me pone tenso —dijo luego, de nuevo suave—, tú sólo ignórame o échame un silencio si me comporto como idiota.
Después regresó su atención a la poción y empezó a servirla en pequeños frascos, cuidando la consistencia. Su vuelapluma realizaba notas apresuradas en una pergamino, en la otra punta del mesón.
—No sabía que una maldición pudiese bloquear la magia de alguien —comentó Harry, tras un momento.
Draco sacudió la cabeza.
—En teoría, ninguna puede, no por tanto tiempo, pero el imbécil debió utilizar una palabra incorrecta o equivocarse con el movimiento de varita, y si una maldición mal echada es terrible, recibir dos es un desastre.
—¿Y no puede usarla para nada, absolutamente nada?
—Si lo hiciera, requeriría demasiado esfuerzo y se agotaría más rápido —respondió Draco, apartando los frascos ya llenos—. El problema no es sólo el bloqueo, se puede restaurar, hay formas, pero es como…como si la magia se le estuviese saliendo por los poros cada segundo que pasa, y cuando llegue a cierto punto, va a comenzar a agotarse su energía vital. Mi conclusión y el informe médico que mi madre recibió acaba en que enfermará más, más, más, más, y más, hasta que no pueda sostenerse a sí mismo.
Y morirá, añadió Harry, sintiendo cómo el aliento se le atascaba en la garganta.
—Pero con el tratamiento se puede arreglar, ¿no? ¿Cuánto tiempo podría tardar en llegar a ese punto? No puede ser una semana o dos, la magia no debe agotarse así de rápido-
—No, es algo lento, pero espero que no tenga que atravesar ese proceso —Draco le frunció el ceño al libro de pociones y tamborileó con los dedos sobre este—. Hay dos formas rápidas de acabar con esto y que sane, una es atrapar al idiota, tomar su recuerdo del hechizo y crear un contrahechizo. No todas las maldiciones los tienen, así que tampoco es seguro que funcione bien. La otra es buscar una poción que sea específicamente para esto, en lugar de darle esa…cosa —Y observó la poción recomendada por los medimagos, como si el frasco hubiese cometido un acto atroz en su contra con el mero hecho de existir.
—¿No es algo que debería quedar en manos de los medimagos, Draco?
—Se supone que ellos también están buscando una cura rápida, pero mi padre no es el único paciente en toda Francia, y por la velocidad de su proceso, ni siquiera es de urgencia. En resumen —Abarcó el mesón con un gesto—, esto sólo me importa a mí, hasta que esté a punto de morir.
Harry volvió a ver a través del ventanal. Scorpius tiraba de la mano de su abuela para acercarla al estanque y Narcissa recogía la falda de su vestido al agacharse. Altair se asomaba por uno de sus costados, mirando a unas libélulas arcoíris.
—¿Ella te habló de traerlos? —indagó, en voz baja. Era claro que Draco tenía que ir para allá para probar la poción directamente en su padre.
Lo que no resultaba igual de obvio era el motivo de llevar a los mellizos consigo, en lugar de dejarlos con Astoria.
—No —replicó Draco, releyendo la página de instrucciones de la poción—, fue una petición de mi padre. Sé que parece muy tranquilo y todo, pero seguramente está pensando que se va a morir en cualquier momento. Altair también. Si esto los calma, genial.
Afuera, en el patio, Scorpius acababa de entrar corriendo a la casa. Podía oírlo llamar al "abuelo" Lucius.
Harry suspiró. Le quedaba día y medio.
Sí, podía con eso.
