Mauretania de "Su Gracia"

Los personajes de Candy Candy son propiedad de Mizuki e Igarashi y TOEI Animation Co., Tokio, 1976. Usados en este fic sin fines de lucro.

Capítulo 4. Mayo de 1917

Después de la Campaña de Galípoli, donde The Queen of the Ocean – como cariñosamente se referían al Mauretania – demostró su eficiencia y confiabilidad al ser capaz de esquivar los submarinos alemanes debido a su velocidad, las fuerzas inglesas y francesas comenzaron a sufrir bajas casi incontables. El buque entonces fue requerido como un buque hospital.

De alguna manera, al enterarse, su gracia se sintió agradecido. No podía creer haber aprendido a sentir aprecio por algún objeto, sin embargo, Terry debía reconocer que se había incluso molestado cuando se enteró que el buque tendría que mostrar toda su potencia en su travesía desde el mar de Turquía. Siempre que había tenido que atravesar el Atlántico había procurado hacerlo en Maury. Sólo a Maury le confiaría su vida en medio del mar. Gustaba de estar en ese barco, era para él imposible no revivir sus memorias más caras cada vez que se sentaba en el Verandah Café. Aquella voz, como si cantara, mientras daba consuelo a una gaviota la tenía profundamente metida en su alma. Con la noticia de que el buque era ahora un barco hospital, tenía la confianza de que nadie lo atacaría, pues la convención de La Haya de 1907 era bastante estricta y protegía dichos buques, que, a su vez, estaban obligados a prestar asistencia médica al personal herido de cualquier nacionalidad.

Unos años atrás, tan pronto la Gran Guerra comenzó, Richard Grandchester había iniciado esfuerzos descomunales para mantener las responsabilidades de su primogénito fuera del alcance del conflicto bélico.

El hombre era parte de la Royal Flying Corps, de las fuerzas al servicio de su majestad y día tras día hacía mil malabares para cubrir la faltante figura de Terry.

Poco a poco comenzaron a correr las noticias de las proezas de los condes. Uno en especial llamaba la atención del Duque de Grandchester, el conde Fitz, quien tenía a su cargo un pequeño pero valiente batallón apostado en Francia compuesto, como debía ser, por los mineros del pueblo de Aberowen, que pertenecía al tal conde. El conde Fitz había avanzado ganando terreno en tierras francesas y se había ganado una reputación. A estas alturas era prácticamente imposible que Terrence Grandchester siguiera sin cumplir con sus obligaciones. Su posición era superior a la de un conde, así que se esperaba que tomara su lugar entre los oficiales del ejército inglés para guiar a la gente de su ducado durante las batallas.

Terry no había recibido la aprobación de su majestad para contraer matrimonio con la señorita Marlowe. La ley de matrimonios reales de 1772 lo obligaba a tener la autorización del monarca, a menos que fuese mayor de 25 años y las dos cámaras aprobaran su elección. Así que su padre escribió una vehemente carta invitándolo a tomar su responsabilidad en el ejército inglés. No podía seguir sin participar en el conflicto. No era patriótico ni honorable y, una de las casas más tradicionales de la nobleza no podía darse el lujo de permanecer indiferente.

El joven actor tuvo que despedirse por un momento de su naciente carrera, de sus tablas y de sus admiradoras para cumplir con su deber. En realidad, no lo había pensado mucho. En ese momento Terry era como un autómata, carecía de la fuerza para rebelarse ante lo que la nobleza inglesa le estaba exigiendo en ese momento crítico. La única forma de cumplir con su promesa a la señorita Marlowe era esperar seis años más, hasta cumplir los 25.

En aquel momento el Mauretania servía como buque de transporte de tropas y Terry viajó a Canadá para hacerse a la mar junto con las tropas que habían requerido el buque para unirse al conflicto.

Tal como su padre lo había predicho, Terry, debido a su estatus, fue nombrado oficial en el ejército y de inmediato fue puesto al frente de los hombres que vivían en los límites de su ducado. Había participado con fiereza en la batalla de Festubert hasta que se quedaron sin municiones y lograron ganar un kilómetro en un frente de 27000 metros. Desde entonces sus hombres le seguían con confianza y el resto de los oficiales le miraban con respeto.

Había pasado casi un año y a los aliados les costaba cada vez más ganar tan solo un metro ante los alemanes. Pese a que había ganado terreno en la batalla de Arrás, pronto el ejército alemán había recuperado esos metros. Esa tarde había recibido la visita de su padre. Él entró a la tienda principal del campamento, donde el mariscal se reunía para planificar las estrategias.

-Terry – el orgulloso padre abrazó a su hijo. Había llegado hasta la tienda entre el informal saludo de los hombres de su ducado que le reconocieron al paso por el campamento.

-Padre – Terry se dejó fundir en un abrazo con su padre. Para su sorpresa, la guerra lo había rejuvenecido. Se veía más fuerte que nunca y más optimista.

-Voy a tomar tu lugar – le explicó su padre. El mariscal prestó mayor atención a la conversación y se unió con disimulo.

-Será un honor, Richard – le dijo el mariscal.

-Gracias John – respondió con cortesía y luego se dirigió de nuevo a su hijo – los superiores quieren que vayas en una comisión al Mauretania – explicó –. La tripulación necesita de ánimos. Se sabe que es una tripulación experimentada, sin embargo, no han sido relevados desde que el conflicto comenzó, a excepción de su capitán. Han sido buque de transporte de tropas, buque de guerra y ahora son un buque hospital. Están cansados, están agotados. Necesitamos que algunos jóvenes oficiales vayan ahí y les ayuden a subir la moral.

-¿Cómo puedo subir la moral de una tripulación cansada? Mis hombres también están agotados – Terry señaló con preocupación hacia el campamento. Lo que su padre vislumbró fue un conjunto de hombres sucios, con rostros cansados y desconsolados, a todas luces muy mal alimentados –. Primero debería subir la moral de aquéllos de quienes soy responsable. Ellos son nuestros vecinos, son nuestros trabajadores. Es gente de la aldea en Escocia, no puedo simplemente abandonarlos para ir al Maury. Cuando llegué me trataban muy mal. Habían estado siguiendo a oficiales ajenos a ellos porque yo estaba en América muy seguro recitando poesía de Shakespeare – Terry sintió que su rostro se ruborizaba, se sentía avergonzado hasta cierto punto.

-No fue tu culpa. Yo te dije que esperaras mis instrucciones, te ordené que no te movieras. Aún no olvido la llamada de tu madre desde ese pueblucho totalmente preocupada por ti. Necesitabas tiempo, Terry, y te lo di.

-No debí escucharte – aunque su gracia y su excelencia estaban murmurando, era imposible que quienes estaban fuera de la tienda y los miraban no comprendieran que estaban discutiendo.

-No los estás abandonando, yo me quedaré con ellos.

-Eso no importa. El punto es que tuve que trabajar mucho para ganarme la confianza de mis hombres. Me veían como un joven malcriado que vivía en la hermosa casa de campo de su villa y nada más – Terry respiró profundo, casi con resignación – ¿Dónde está la reina del océano? – preguntó con cierto recelo, esforzándose por no distraerse por un par de ojos verdes que de la nada se liberaban de sus memorias para ponerlo nervioso y nostálgico.

-Ahora mismo está cerca de Dieppe. Recuerda que en un barco hospital puedes encontrar soldados y oficiales de cualquier nación beligerante, solo dedícate a hacer lo tuyo y a tratar con respeto a cualquier hombre con uniforme enemigo. No quiero que te metas en problemas.

Candice White Andrew poco sabía de las responsabilidades de la nobleza y aristocracia inglesa en época de guerra. Ella tenía la idea de que Terry Grandchester debería estar en la compañía Stratford, del otro lado del mar, volviendo locas a las chicas o ensayando algún papel protagónico en alguna obra del Bardo de Avon. Por supuesto, que a toda costa evitaba asociar el nombre de Terry con el de cierta actriz. Siempre se sacudía esas memorias. Ella justificaba sus pensamientos diciendo que era una admiradora más; como tantas otras, suspirando por un hombre y que no había nada de malo en ello. ¿Muchas lo hacían, o no?

Candice se levantó de su camastro del cuarto de descanso de enfermería en el Hospital Militar de Lewisham, en Londres. Había estado sirviendo como voluntaria desde aquella noche en que se despidiera de Terry en las escaleras de un hospital neoyorkino.

Caminando bajo la nieve, se sintió sola, más sola y perdida que nunca. No deseó volver a Chicago, quería alejarse tanto como fuese posible, así que, sin pensarlo, sus pasos la guiaron justo a una fila, donde los jóvenes esperaban pacientemente para darse de alta como voluntarios. No tenía recuerdos claros en su memoria de sus días en altamar, tampoco comprendía muy bien cómo había llegado a Lewisham, pero esto sí sabía: necesitaba ocupar su mente, tenía que sobreponerse, debía ayudar y, había llegado al mejor lugar.

Esa mañana, cuando Candy escuchó que sería reclutada como personal en el Mauretania tuvo sentimientos encontrados. Amaba a Maury y amaba todo lo que se refería a ella. La guerra había menguado el personal médico y ahora era prácticamente imposible para una voluntaria elegir un lugar de trabajo, debía obedecer a sus superiores y esta vez no podría permanecer más en tierra, amparada por la Royal Navy, el orgullo del Reino Unido.

El buque irlandés esperaba en Southampton por el personal mientras era pintado nuevamente. Su camuflaje anterior de gris en el casco y chimeneas en color negro era cambiado rápidamente al conocido blanco, con una cruz roja al centro y, además, con grandes luces rojas alrededor del casco.

Candy se detuvo frente al barco. Casi no podía creer el cambio tan grande que el buque transatlántico más famoso había tenido. Las piernas le temblaron al recordar su buque hermano, el Lusitania, que había sido hundido por submarinos alemanes en el atlántico, frente a Irlanda. Recordaba muy bien la fecha: 7 mayo de 1915, justo el día en que Candy celebraba su cumpleaños número 17.

Había pasado un año desde su hundimiento, era ahora 1916 y ahí estaba ella, frente al majestuoso Mauretania, con los nervios a flor de piel. Esta vez no estaría hospedada en la Regent Suit, esta vez no era una pasajera de élite, esta vez no habría cenas de gala, bailes, algarabía, y lo más importante: No podría ver la masculina figura, ni escuchar la cristalina risa de Terry. Así… simplemente Terry.

Candice suspiró profundo en el muelle, con la vista clavada en el paseo de observación. Tuvo una visión de una capa azul bailando con el viento. Descubrió que estaba sola, así que aprovechó, y dejó escapar un grito que se había mantenido cautivo en su garganta durante años: ¡Terry! -gritó- y luego suspiró profundo solo para recuperar el aliento antes de volver a llamarlo.

-¡Terry! – un par de lágrimas se escaparon. Le pareció ver a Maury alejándose del puerto de Southampton, llevando con ella a la persona que esa chica más amaba. Candy nuevamente se sostuvo del barandal del mirador del muelle, esta vez no podría dejarse caer de nuevo. Repitió el mismo grito que sentía que la ahogaba - ¡Terry!

Y en ese mismo instante, allá, en medio de la Batalla de Somme, una de las más sangrientas en los registros de la Gran Guerra, el corazón de un joven brincaba y tomaba nuevos bríos.

-Candy… - apenas logró decir. Terry jamás supo de dónde había venido la necesidad de decir tan dulce nombre en ese momento.

Ya para 1917, Candice había servido durante un año como enfermera en el Mauretania. Había desarrollado un hábito: Cada noche libre, a la misma hora, la joven se dirigía al pasillo de observación del buque y miraba el horizonte. Ese era el mejor momento, su mejor escape: cuando podía apartarse del infierno que la rodeaba y pensar únicamente en cierto joven londinense que a pesar del tiempo continuaba arrancando en ella los suspiros más profundos y despertaba además deseos que hasta el momento le habían sido desconocidos, sensaciones que en sus sueños nocturnos la obligaban a despertar deseando la presencia en su cama de Terrence Grandchester, Marqués de San Vincent y heredero aparente del Octavo Duque de Grandchester. Candice ahora sabía que muy pocas casas nobles inglesas tenían el mismo apellido del título nobiliario que poseían. Eran casas antiquísimas con familias totalmente tradicionalistas. La casa Grandchester era, incluso más antigua que la actual casa del monarca, cuyo origen era alemán. Candice pasó las manos por el fino barandal del pasillo de observación; quizás era muy infantil, pero ella adoraba saber que, en ese mismo lugar, Terry había posado sus manos, era una manera para ella de sentir una caricia. Como aquel beso indirecto del que habló el aristócrata cuando ella le regaló una armónica.

Hasta el buque llegaban noticias de las batallas terrestres. La última noticia de la que habían escuchado era sobre la Batalla de Arrás, en la que el Conde Haig había logrado el mayor avance registrado hasta entonces en las trincheras, con la ayuda aguerrida del Marqués de San Vincent, a quien Candice decía no conocer; era obvio que Terrence Grandchester jamás había compartido con ella su título nobiliario.

Las maniobras en el buque hospital eran realmente demandantes. Iban de un lado a otro, desafiando las minas marítimas y los submarinos con la finalidad de ayudar a salvaguardar las vidas de los combatientes. La moral de la tripulación en ocasiones necesitaba de ánimos y precisamente recién les habían comunicado que recibirían la visita de oficiales que se interesaban en su servicio y seguridad.

En el puerto de Dieppe, con la espesa bruma matutina y el romper de las olas en el muelle, Terry trataba de rechazar la idea de abordar el ahora buque hospital. Trataba de buscar alguna otra razón para volver sobre sus pasos y dirigir a sus hombres en la siguiente batalla. Ya algunos oficiales estaban esperando a su lado con la misma misión. Eran una pequeña compañía de hombres jóvenes. Un capitán les dio instrucciones:

-Solo estamos esperando un médico francés que ha sido reclutado para el buque. Pronto un bote vendrá a recogerlos.

-¿Usted no vendrá con nosotros, Capitán? – Un oficial, aparentemente más joven que Terry preguntó sinceramente preocupado. Su gracia lo miró con cierto recelo al inicio, sin embargo, luego comprendió que dicho oficial era demasiado joven, se sentiría más seguro con una figura de autoridad como el capitán a su lado.

-Ya es suficiente con que seis oficiales de los mejores y más bravos que tenemos en nuestro ejército vayan al buque un par de días – respondió el capitán mientras lanzaba una fumarola en forma de dona al aire proveniente de su puro –. Su gracia – le dijo a Terry mirándolo fijamente a los ojos – a usted le corresponde ser el líder de esta compañía. El Mauritania estará en Dieppie durante esta semana, así que no teman, pronto volverán con sus batallones –. Entonces el capitán señaló un pequeño grupo que incluía mujeres y hombre vestidos de civiles –. Es una compañía de teatro. Ellos harán un par de representaciones. Ustedes todo lo que deben hacer es cuidar de ellos y mezclarse entre el personal para ayudarles en sus tareas.

Terry no le dio mucha importancia a la compañía de teatro. Seguía intentando encontrar dentro de sí alguna razón para escabullirse, sin embargo, de pronto una cálida sensación lo envolvió cuando el bote que los trasladaría al buque apareció abriéndose paso entre la bruma para llegar al muelle. Un par de marineros cortaron las aguas con sus remos y saludaron con cortesía justo cuando el médico francés de unía al grupo.

Unos minutos más tarde, Terry tenía la vista fija en el agua, en dirección hacia el buque. Por una razón extraña sentía una terrible necesidad abordar el Mauretania. Era un llamado que se metía a lo más profundo de su alma. Pareciera que los pocos minutos que tardaron en el traslado se hubiesen convertido en horas. Cuando la escalera de emergencia se desplegó hacia el bote, Terry odió ser el líder del grupo porque eso lo obligaba a ser el último en abandonar el bote. Su paciencia fue probada ante el natural temor de las damas a subir la escalera. Todas, sin excepción, necesitaron de mucho tiempo y valor para abordar. Cuando por fin llegó a cubierta, el capitán sonrió.

-Bienvenido a bordo, su gracia.

Terrence no estaba acostumbrado a que se refirieran a él por su tratamiento últimamente. Levantó la mirada y de inmediato reconoció la paternal mirada frente a él.

-Capitán Wold – exclamó con una sonrisa, obedeciendo la indicación del capitán para caminar con él, no sin antes asegurarse que el jefe de oficiales condujera a los recién llegados a los camarotes que les habían sido asignados.

-Creí que usted se había retirado.

-Y así fue – un aura de serenidad y dignidad invadía al hombre de mar mientras hablaba – me retiré, aunque fui llamado para volver a mi servicio poco antes de la campaña de Galípoli. Por supuesto que podía rechazar la invitación, pero se requería de una tripulación experta para tener éxito surcando el mediterráneo desde el mar de Turquía – el capitán suspiró profundo – yo no quería ver a mi Maury terminar como su hermana – el capitán hizo una pausa, se notaba emocionado – y aquí estoy.

-Es usted un hombre muy valiente, capitán – a Terry le parecía ver unos de esos héroes anónimos, de los que casi nadie habla porque no están al frente de las batallas.

-Pues, tendré que agradecer el cumplido viniendo de usted – el capitán se tomó la libertad de colocar suavemente su mano sobre su gracia – he escuchado de su bravura en la batalla de Festubert y de su hazaña más reciente en la batalla de Arrás. Se dice que ha sido usted muy valiente; no sabe cómo me llena de orgullo decir que yo conozco a ese valiente hombre. El mariscal French no se cansó de decir que usted y su batallón de ovejeros fueron lo que inclinó la balanza en Festubert.

Su gracia sonrió orgulloso. Jamás se le había ocurrido que su batallón fuese conocido de tal forma, pero tenían razón: La mayoría de los hombres de su ducado se dedicaba a la cría de ovejas.

El andar de los caballeros los llevó hasta el segundo oficial, que permanecía fuera del cuarto de control, justo en el pasillo de observación. El señor Wilde le acompañará con el jefe del servicio médico. Él le explicará las tareas que ha pensado en asignarle a usted y a los oficiales que le acompañan. El doctor Michael, ya debe de haberse reportado con él…

-¿El doctor Michael?

-Sí, el médico que venía con ustedes. Estoy seguro que el médico y las enfermeras ya saben lo que deben hacer. Habrá dos representaciones de la compañía de teatro, cada una al terminar el día, antes de la cena, que, como usted recordará, se sirve a las siete de la tarde. El señor Wilde se pondrá de acuerdo con el director para que nada les falte.

Terry se sintió decepcionado. Al parecer su presencia en el buque no sería de mucha ayuda, resopló con cierta resignación y sin darse cuenta sus hombros cayeron.

-Así que todo lo que me queda es obedecer la orden de cuidar de los civiles y realizar las tareas mezclándome con el servicio médico. No sé cómo voy a ayudarlos, tengo la impresión de que seré más un estorbo que una ayuda.

-Por supuesto que no. Hay muchas cosas que un hombre fuerte y sano puede hacer en un buque hospital bajo la dirección del servicio médico. Ya lo verá – justo en ese momento el capitán sonrió con picardía y sus pequeños ojos se iluminaron – de hecho, tengo la impresión de que usted disfrutará mucho el par de días que pase con nosotros.

El señor Wilde justo en ese momento le indicó el camino hacia la cubierta de segunda clase para ir en busca del jefe del servicio médico. Terry se despidió del capitán y siguió al segundo oficial. Aún llevaba su mochila sobre su espalda, así que se ajustó el peso mientras caminaba.

Encontraron al hombre en plena tribulación por la atención de sus pacientes. Maury había participado en el desalojo de más de veinte mil heridos en Francia, obviamente, no había tomado a todas las personas bajo su cuidado, pero su capacidad de atención estaba al tope. Su gracia se deshizo de su mochila y se acercó para ayudar a levantar a un hombre que a todas luces requería que sus piernas fueran amputadas de inmediato. Cuando levantó la vista, notó que lo que antes había sido el comedor de segunda clase se había convertido en una sala de emergencias ruidosa y hasta cierto punto, desordenada, por la reacción inmediata de médicos y enfermeras.

No muy lejos de donde estaba, vislumbró que una enfermera era arrojada al piso por un paciente que se resistía con fuerza a la amputación de uno de sus miembros. La fuerza con que el veterano retorcía su cuerpo era tal, que las dos enfermeras que trataban que inmovilizarlo no eran suficientes para que el médico hiciera el corte que precisaba.

-¿Está usted bien, señorita Andrew? – la voz del médico era más bien de urgencia.

-Sí, doctor – la escuchó responder mientras se ponía de pie con suma agilidad para colocar nuevamente sus manos sobre una de las piernas del fuerte hombre.

Un remolino de sentimientos se apoderó de Terry. En medio del gozo de encontrarla de nuevo tuvo mucho miedo. No fue capaz de disfrutar la algarabía de su corazón porque sentía que la vida le estaba jugando una cruel y despiadada broma. Es verdad que había rogado al cielo por volver a verla, es verdad que en sus más locos sueños la tenía cerca, muy cerca… de hecho, demasiado cerca. Había soñado con hacerla suya, con poseerla, con ser uno con ella en toda la extensión de la palabra. Quería tocarla, apretujarla, sentirla, olerla… pero no así, sino entre sábanas de seda china, o quizás entre algodón egipcio. Terry la conocía a la perfección, sabía de detrás de esa sonrisa se encontraba una joven cansada. Sus bellos ojos verdes estaban ojerosos, había perdido un poco de peso y, para sorpresa de aristócrata, a simple vista parecía que Candy había ganado por fin unos centímetros de estatura. Él se perdió en las suaves curvas del cuerpo que adoraba, trató de memorizarlas, porque sabía que no podría estar mucho tiempo con ella, así que no dudó en permitir que sus ojos viajaran lentamente por cada centímetro del cuerpo femenino. Él estaba paralizado, en el centro de la sala de urgencias, contemplando a la mujer que soñaba con hacer suya casi cada noche. Miró su cabello recogido en una coleta alta, contó los risos traviesos que se habían escapado con rebeldía y que enmarcaban su rostro con sus bellas y traviesas pecas. Él la amaba, la amaba más que a nada en el mundo, nunca lo había dudado, pero hoy, esa certeza era más fuerte que nunca; habían pasado años y sin embargo, con solo tenerla cerca, él se sentía más ligero… complementado.

La violencia de un segundo golpe hacia la chica de sus sueños lo hizo volver a la realidad, quizás después podría continuar con el banquete visual que tanto demandaban sus más bajas pasiones, pero por el momento, sus piernas se desplazaron presurosas. Miró cómo Candy levantaba su pequeña nariz mientras estaba en el piso y sonrió; adoraba cómo sus pecas se incrementaban con ese gesto. Tomó a la joven gentilmente por el brazo y la levantó.

-Permíteme, Candy – le dijo mientras la liberaba y él mismo se colocaba en su lugar sujetando al paciente.

Fue el momento de Candy de paralizarse por un segundo. La gallardía de los movimientos de su gracia la hipnotizaron tal como en antaño. El corte militar de su pelo, el bronceado de su piel, sus manos masculinas y la fuerza de su cuerpo la deslumbraron. Su voz varonil y madura penetró cada fibra del cuerpo de la chica, sonaba más adulta, más sensual, más aterciopelada. Además, ella sabía que había usado un tono que era solo para ella al llamarla por su nombre. Candy quería abrazarlo por la espalda, aferrarse a ese cuerpo y no separarse más nunca de él. Se sorprendió con el galope de su imaginación, porque se descubrió deseando cumplir esa misma noche sus más locos y atrevidos sueños. ¡Cielos! Ese hombre la volvía loca con solo mirarla.

-Ayúdame, Candy – la voz de su compañera la sacó del éxtasis del momento.

A pesar del momento, Terry sonrió con disimulo, había sentido el fuego de la mirada de Candy sobre su nuca.

-"¿Por qué me miras así, pequeña pecosa…?" repitió en su fuero interno, con la mirada clavada en Candice.

La joven pareció adivinar los pensamientos de Terry y se le subieron los colores al rostro. Ambos se miraron profundamente, declarándose mutuamente sus más ambiciosos anhelos y permitiendo que el otro penetrara en ellos. Las instrucciones del médico los sacaron de su éxtasis.

-Sujétenlo fuerte.

Terry desvió la mirada del corte quirúrgico. Prefirió mirar frente a él. La chica rubia que le había robado el sueño estaba ahí. Quién sabe por qué loca casualidad. Ella estaba ahora en el infierno, aunque él no lo quisiera, pero al menos, estaban juntos.

Situaciones como esa habían sido repetidas durante toda la mañana y la tarde.

Su gracia y sus compañeros habían ayudado en trabajos físicos de la misma índole: habían sujetado pacientes y habían trasladado a otros a los camarotes asignados para despejar el comedor.

Poco a poco Terry comenzó a comprender a qué se refería su padre con eso de levantar los ánimos. Había estado en el teatro, había sido aclamado por varias señoritas así que era capaz el revuelo que habían causado entre las enfermeras. Miró con ojo crítico a los jóvenes que habían venido con él: todos de muy buen trato y de muy buen ver. Más de una vez descubrió a las enfermeras sonrojarse mientras cuchicheaban entre ellas con pícaras risillas mientras miraban traviesas a alguno de ellos.

Para levantar el ánimo de los caballeros estaban las señoritas de la compañía de teatro. Era bien sabido que las artistas eran las únicas que les era permitido llegar incluso al frente de guerra, siempre pensando en el ánimo de los caballeros.

El cambio de turno ocurrió hacia las seis de la tarde.

Tanto su gracia como sus compañeros estaban agotados. Más que nunca respetaban la labor de los médicos y enfermeras de guerra.

A su gracia le fue imposible mantenerse siempre cerca de Candy. Cuando se dieron las seis de la tarde el médico en jefe le dijo que el turno había terminado, así que él y sus hombres se fueron a descansar entre las miradas coquetas de las entusiastas enfermeras. Ellos fueron amables con ellas y trataron de corresponder tanto como les fue posible a sus sonrisas.

Terry se dirigió a su lugar favorito del barco: el pasillo de observación. La cubierta de primera clase servía como camarotes para el servicio médico así que no había sufrido demasiadas transformaciones. Aunque eso sí, el Verandah Café se usaba como una extensión del comedor.

Pronto iniciaría la puesta en escena de la compañía de teatro y el personal que estaba descansando se apresuraba para divertirse un rato. Pero Terry no tenía muchos ánimos para unirse a la algarabía.

Respiró profundo, siempre mirando hacia el mar. Tenía bien claro la dirección de las tierras continentales, sin embargo, él prefería mirar hacia la profundidad, hacia la extraña quietud de esa tarde en el atlántico. Aún no podía creer su suerte, no lograba colocar las piezas tan diferentes que una vez más lo colocaban frente a frente con esa linda joven, la misma de la gaviota herida. Hoy ella no sanaba aves, hoy ella sanaba personas, y el amor con que alguna vez había tratado a su gaviota, había crecido exponencialmente.

El segundo oficial le había dirigido hace apenas unos minutos por la cubierta A para llevarlo al camarote que le había sido asignado. En él aún estaban las monturas labradas con los delfines y la concha sobre el libro, pero el mobiliario era mucho más austero de lo que había sido cuando Maury transportaba la élite en sus viajes transatlánticos. Mientras había caminado por el estrecho pasillo, Terry pasó a la suit que en aquél viaje de 1912 había sido ocupada por el señor Stanford. Sonrió con cierta melancolía, la puerta estaba abierta y pudo ver los interiores.

Ahora, con la suave brisa alborotando su pelo y con el frío de la tarde, irremediablemente la memoria de su gracia volvía hacia aquella escena.

Flashback

Su gracia entró en el camarote sin llamar. La chica de la gaviota había dejado la puerta abierta al salir corriendo. La estola que estaba alrededor del cuello femenino cayó con el movimiento; él la levantó, pero ella era tan rápida que el joven aristócrata no pudo devolver la prenda. La guardó en el bolsillo exterior de su abrigo y ahí permanecería durante mucho tiempo.

De algún lado, por alguna razón desconocida, Terry estaba muy molesto.

El señor Stanford miró los ojos encendidos de su gracia y se armó de valor para olvidar la cortesía de tu tratamiento. Ese chiquillo se había burlado de él cuando le solicitó su apoyo, no tenía por qué hablarle correctamente. Con aparente indiferencia inhaló de su puro.

-No es de caballeros hacer llorar a una dama – su gracia aparentó quietud, pero sus ojos eran dos filosas espadas capaces de penetrar hasta el alma misma de su interlocutor.

-Esa señorita carece de modales y por supuesto, no tiene idea de lo importante que es el tiempo en el mundo de los negocios. El tiempo es oro, jovencito, que no se le olvide nunca.

-No solo el tiempo es oro, señor – Terry trataba de mantener la calma; sabía que un hombre como Stanford no se dejaría amedrentar por otra cosa que no tuviese un signo de pesos – la habilidad para hacer relaciones es también muy importante y a mí me parece que usted acaba de perder toda posibilidad de hacer negocios con el padre de esa joven.

-No sé quién esa chica y tampoco me interesa.

-Ese ha sido su error, Stanford – su gracia se acercó con cierto aire de grandeza y triunfo – ella es Candice W. Andrew – era obvio que su gracia se había tomado ya el tiempo, a estas alturas, para averiguar el nombre completo del objeto de su afecto.

-¿Ha dicho usted, Andrew, su gracia? ¿El poderoso clan escocés? ¿Los banqueros? – de súbito Stanford cambió su actitud altanera e indiferente por una más sumisa e interesada.

Ahora fue el turno de Terry Grandchester para aparentar indiferencia. Hizo gala de todo su porte y se dirigió a la puerta, no quería que este hombre descubriera que en realidad no sabía mucho de su jovencita de ojos verdes.

-Si yo fuera usted – sentenció señorialmente – haría todo lo posible por reivindicarme con el capitán Wold y por supuesto, con la señorita Andrew. Nunca olvide la lección de hoy, Stanford: no solo el tiempo es oro, también los valores y las relaciones. Nunca olvide que la reputación es tan valiosa como el tiempo – remarcó y abandonó la suit igual que como entró: sin pedir permiso.

-Estaba segura que te encontraría aquí – Terry reconoció esa voz y su corazón brincó. Sonrió con la más pura felicidad.

-Supongo que sabes que te estaba esperando. Me declaro culpable – su sonrisa reconfortó a la joven frente a él.

-Sabía que sabrías que vendría.

De mi escritorio: Gracias por leer. Gracias por tomarse un tiempo para dejarme un review. Espero que hayan disfrutado este capítulo.

PD: Cada hecho citado es real: la Batalla de Galípoli, en 1915, la batalla de Somme en 1916, la batalla de Arrás en 1917, el hundimiento del Lusitania en la fecha señalada y el servicio de Maury como barco hospital.

Maly.

Torreón, Coahuila, México. 15 de agosto de 2020.